Documento de trabajo 8 de marzo de 2018. Día Internacional de la Mujer en la Universidad de Chile
género” (como un discurso social- mente aceptado) es uno de los ins- trumentos legalmente disponibles para avanzar en ello. En este sen- tido, son altamente meritorios los esfuerzos institucionales que lleva la Universidad de Chile para mejo- rar “las brechas de género”. Pero el feminismo debe también advertir lo siguiente: el hecho de que la so- ciedad estandarice las oportunida- des existentes para repartirlas con mayor justicia entre hombres y mu- jeres no desajusta nada del sistema capitalista. Sólo les ofrece a las mujeres nuevas fórmulas de tran- sacción de sus intereses de género ajustadas al pacto liberal: unas fór- mulas hechas para desmantelar la identidad colectiva del feminismo, reemplazando –como bien lo señaló Alejandra Castillo- el concepto de autonomía del sujeto-mujeres por el éxito de la autorrealización indi- vidual en términos de capacitación y mejoramiento de oportunidades 8 . Insistiría en que el feminismo (los feminismos) deben seguir inclu- yendo y sosteniendo políticamen- te el discurso del género (para no caer en el éxtasis del “más allá del género” con el que sueñan utópi- camente ciertas ficciones queer ) pero que deben a la vez desbordar teóricamente la categoría “géne- ro”: excederla, darla vuelta, agitar sus significados para impedir su neutralización y disciplinamiento institucional. Los desafíos de los “feminismos del siglo XXI” implican apelar nue- vamente a la capacidad táctica ya demostrada por el feminismo his- tórico que supo combinar simultá- neamente lenguajes dobles, desdo- blados, como el de la identidad y de la diferencia: unos lenguajes que juegan con el “sí” y el “no”, man- teniendo ambas posturas en una tensión siempre activa. Por un lado, está la utilidad política de ocupar el lenguaje de la “equidad de géne- ro” como un lenguaje admitido que permite avanzar –mediante la ley, las políticas públicas y los mejora- mientos institucionales- en corregir las “brechas de género” que acu- san la desigualdad entre los sexos. Por otro lado está la necesidad teó- rica del feminismo de desestabili- zar la comprensión normativa del género (abriendo “brechas” en su sistema de significación) para infil- trar las políticas de la conformidad y la adecuación a las que siempre les conviene amortiguar los con- flictos de discurso político-cultura- les. Le corresponde al feminismo atender y entender las “brechas de género” en este pliegue de ambiva- lencia crítica para refinar nuestra comprensión de cuán variadas son las mascaradas de la dominación feminista, partiendo por la “mas- carada postfeminista” denunciada por Angela McRobeee 9 . La palabra “género” fue primera- mente resistida durante la transi- ción por la institucionalidad de la Mujer que sospechaba de su marca feminista. Esta misma palabra “gé- nero” está siendo hoy incorporada al discurso ministerial de la “equi- dad”, pero sin que esto haya tenido como correlato un reconocimiento declarado al proyecto feminista. La derecha conservadora denuncia la “ideología del género” como la cul- pable de haber pervertido el manda- to divino de lo femenino-materno. La derecha liberal concede hablar de “género” para avanzar en igualar oportunidades entre los sexos, pero negando el trazado del feminismo como horizonte emancipador. Sólo es posible contrarrestar estos usos conservadores y liberales del género haciendo que se multipli- quen las vías de enunciación de la palabra “feminismo”: unas pala- bras que deben circular en plural y, sobre todo, reactivar una y otra vez su potencial disruptivo para sacu- dir la normalización –social e insti- tucional- del “género”. 8 Alejandra Castillo, “¿Qué circula del feminismo?” en el sitio web Antígona feminista, enero 2018. 9 Ángela Cobree, “¿Las chicas arriba? Las mujeres jóvenes y el contrato sexual posfeminista”, en revista Debate Feminista N. 41, México DF, 2010. 29 Universidad de Chile, 8 de marzo de 2018
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