Las Profesoras doctoras Pilar Oviedo y Anita Soto, de la Unidad de Higiene y Tecnología de los Alimentos del Departamento de Medicina Preventiva Animal de la Facultad de Ciencias Veterinarias y Pecuarias, apunta a que los niños aprendan desde ya a ser consumidores atentos, responsables y también juiciosos.

Profesoras doctoras Pilar Oviedo y Anita Soto.
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Las intoxicaciones masivas que
cada cierto tiempo ocurren en
el país, constituyen quizás el
ejemplo más visible de un problema
de importante prevalencia a nivel
mundial: las enfermedades transmitidas
por los alimentos.
Estas se producen por la contaminación
de los productos con algún o algunos
agentes patógenos de la gran
variedad que existen, siendo por ello
un problema de difícil manejo para la
mayoría de las naciones.
Ante esto, diversos países han adoptado
variadas medidas preventivas
para lograr la inocuidad de los alimentos
y proteger a su población. Sin embargo,
en el nuestro, los consumidores
(que son los principales afectados),
cuentan con muy poco conocimiento
sobre la materia. De hecho, más que
abordar el tema con tranquilidad y conocimiento,
cada vez que una información
aparece cuestionando la calidad
de un alimento, lo primero que
aflora en nuestra población es la reacción
de pánico y de abstenerse de consumir
el producto.
Así lo sostienen las profesoras doctoras
Pilar Oviedo y Anita Soto de la
Unidad de Higiene y Tecnología de los
Alimentos del Departamento de Medicina
Preventiva Animal de la Facultad
de Ciencias Veterinarias de la Universidad
de Chile, quienes están impulsando
un innovador proyecto piloto
que apunta a educar a los niños en
el colegio para ser consumidores atentos,
responsables y también juiciosos.
Analizando los programas de estudio
del Ministerio de Educación, las académicas
constataron que el tema en la
enseñanza está enfocado principalmente
desde el punto de vista
nutricional, es decir, con información
respecto a la pirámide de los alimentos
y la importancia de cada uno de
los principios nutritivos. Sin embargo,
respecto a los riesgos que encierra
el consumo de productos contaminados
o, por ejemplo, las conductas de
higiene que pueden evitarlo, los alumnos
prácticamente no tienen idea.
El proyecto denominado “La educación
como pilar fundamental en la
inocuidad de los alimentos”, se está
iniciando en dos colegios de las comunas
de La Pintana y La Reina, y está
dirigido a alumnos de entre 10 y 12
años de edad.
“Queremos diagnosticar qué es lo que
ellos realmente conocen respecto de
la inocuidad de los alimentos, es decir,
que estos sean sanos y que no nos
produzcan enfermedades. Después,
queremos aplicar una unidad educativa
bien creativa en el tema, capacitando
en talleres a los profesores para que
ellos les transmitan eso a sus alumnos.
La idea es hacer talleres teórico-prácticos
donde los profesores lleguen a
tener mucho material como para poder
enseñar a los niños que en los alimentos
pueden haber contaminantes
químicos, bacterianos u otros agentes,
que aunque no los pueden ver, estos sí
los pueden enfermar”, afirma la Prof.
Dra. Soto.
La Prof. Dra. Oviedo, por su parte,
agrega que si bien uno de los objetivos
de la iniciativa es que los niños
puedan conocer los riesgos que existen
en un alimento, la idea es que su
interés por el tema vaya aún mucho
más allá.
“El propósito es que los niños puedan
ser consumidores más juiciosos y no
consumidores que se alarmen gratuitamente.
La idea es propiciar que estén
más dispuestos a indagar y buscar
conocimiento. Es decir, que sean más
inquietos, más responsables, y menos
influenciables”, señala.
Cambiar la mentalidad del adulto no
siempre es fácil -sostienen- y buen elemento
para revertir dicha situación es
que el niño llegue a la casa con una
serie de conocimientos nuevos que
quiera aplicar.
El proyecto piloto, que cuenta con el
apoyo del Departamento Agrícola de
Estados Unidos, será evaluado luego
de un plazo de un año. Posteriormente
se piensa entregar al Ministerio de
Educación una propuesta de unidad
educativa que pueda ser utilizada a
nivel del país.
Pero el desarrollo educativo de este
proyecto no sólo es posible a través
del sector público. A juicio de las profesoras,
el sector privado también tiene
un gran potencial de colaboración
con esta iniciativa que está orientada
principalmente a los niños que serán
los consumidores del mañana. “Además
de incorporar este tema a través
de los programas educacionales del
Ministerio (de Educación), pensamos
que debe haber una acción conjunta
desde los distintos sectores tanto públicos
como privados para que este sea
un esfuerzo sostenido en el tiempo”,
subrayan.
Inocuidad
Los alimentos pueden ser contaminados
por agentes químicos, bacterianos,
medicamentosos o parásitos, entre
otros.
En Chile, así como en otros países,
evaluar la magnitud de los problemas
de salud que provocan estos agentes
es una cuestión difícil y compleja,
porque en general sólo son reportados
los casos graves. Además, respecto de
los contaminantes químicos, sus efectos
son de largo plazo.
La globalización, con la apertura de
los distintos mercados, ha hecho que
muchas empresas presentes en nuestro
país cuenten con sistemas de
aseguramientos de calidad que les permitan
internar sus productos en países
con normas altamente exigentes.
Sin embargo, dicha práctica es poco
extendida a nivel de consumo interno,
dado el alto costo que ella implica.
La Prof. Dra. Oviedo, señala en ese
sentido que si bien se están haciendo
los esfuerzos para asegurar calidad,
“todavía queda mucho por hacer”.
Agrega que lamentablemente los consumidores
nacionales estamos más
desprotegidos, aunque a su juicio tenemos
una ventaja: somos bastante resistentes
como población a los agentes
contaminantes bacterianos habituales.
En general, desde el control oficial respecto
a la inocuidad de los alimentos,
se realiza analizando el producto fi-
nal, el que se elimina en caso de estar
contaminado. Pero actualmente se
prioriza en el mundo que las acciones
se realicen a nivel preventivo, es decir,
desde que el alimento está en el
predio hasta que, elaborado o no, llega
a la mesa de los consumidores. Esta
modalidad requiere muchos cambios
tanto a nivel de consumidores, productores
y fiscalizadores.
Según la Prof. Dra. Soto los productos
de origen animal, que son los más
nutritivos, presentan los mayores riesgos
de contaminación y multiplicación
bacteriana.
Agrega en esta línea que como es prácticamente
imposible llegar a producir
alimentos estériles, lo que se busca en
lo cotidiano -y se promueve en campañas-
es lograr que los pocos agentes
que pudieran existir en un producto
-por ejemplo, las bacterias en la leche-
no se multipliquen y afecten la
salud de las personas.
Las profesoras sostienen que tanto instituciones
públicas, privadas y académicas
deben trabajar en pos de conseguir
alimentos inofensivos. Todo sumado
a consumidores más informados,
exigentes y atentos a la cadena
productiva que hay detrás de los alimentos,
contribuiría a llegar a mejores
resultados.