La investigación realizada por la Prof. Margarita Iglesias, de la Facultad de Filosofía y Humanidades, recoge el tema de “la violencia hacia y desde las mujeres” con una perspectiva histórica y acotada en la ciudad, ya que es este el principal lugar donde hombres y mujeres se encuentran y pretenden hacer prevalecer su visión de mundo.

Prof. Margarita Iglesias.
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Ya Pitágoras planteaba que una
mujer está siempre fuera de
lugar en lo público.
Esta idea, fue retomada posteriormente
por el cristianismo asociando a las
mujeres, y específicamente sus cuerpos,
a la idea de “lo incontrolable, seductor
y repudiable a la vez, la cual
inquieta a los organizadores de las ciudades,
laicos y religiosos, quienes ven
en ellas, así como en las multitudes,
un peligro supremo”, afirma la investigadora
Prof. Margarita Iglesias del
Departamento de Historia de la Facultad
de Filosofía y Humanidades.
A nivel de historiografía, violencia y
mujeres es un tema que se ha comenzado
a indagar recientemente. En
nuestra Universidad el trabajo de la
Prof. Margarita Iglesias, tiene la finalidad
de ampliar el conocimiento sobre
las relaciones entre los sexos, sus
orígenes históricos y sus incidencias
en las sociedades.
El estudio abarca desde el siglo XVI
hasta nuestros días. En este contexto
se considera a la violencia como un
elemento que está incorporado en
nuestra cotidianeidad a través de guerras,
violaciones físicas y de derechos,
represiones diversas: políticas,
policiales, morales, religiosas u otras.
La Prof. Iglesias asevera que “en toda
esta violencia las mujeres se encuentran
involucradas. Este es un hecho
que me parece de importancia trascendental
para entender la discriminación
ejercida por las sociedades, no contra
una minoría como se ha dicho hasta
hace muy poco, sino contra la mitad
de la humanidad, lo que es una constatación
demográfica indesmentible”.
La violencia hacia y desde las mujeres
se puede explicar históricamente
y situar en determinados espacios, que
para este caso se acotó al centro de la
ciudad de Santiago, “por su carácter
histórico fundacional y preponderante
en la sociedad hasta nuestros días,
donde se produce un encuentro en condiciones
de desigualdad, que genera
tensiones que pueden expresarse en violencias
interpersonales e intersociales
con un acervo cultural determinante”,
comenta la investigadora.
La ciudad es un lugar privilegiado de
observación que permanece y cambia
a través del tiempo. Es en ella, donde
se produce un encuentro de hecho, a
pesar de las desigualdades de derecho,
con predomino masculino, social y
cultural. Este lugar de encuentro, que
desde la Colonia es un centro de poder, de administración, de comercio y
de sociabilidad.
Según lo explicado por la académica
en un análisis de larga duración, se
puede acotar que el espacio público se
constituye sobre las bases de la violencia,
lo que determina el ordenamiento
de las ciudades y la división
sexual del espacio.
La ciudad, violenta desde siempre, es
asunto de hombres. Las mujeres que
circulan por ella están expuestas a su
violencia, pues no es su espacio “natural”.
En el espacio público, hombres
y mujeres están situados en dos extremos
de la escala de valores. “El hombre
público está investido de una función
oficial, que desempeña un papel
importante y reconocido...En cambio
la mujer pública se asocia a lo depravado,
perdido, lúbrico, venal, es una
“criatura” común que pertenece a todos”,
cita la Prof. Iglesias. Lo anterior
no es de poca importancia, si además
asumimos que es en la “esfera pública”,
en contraposición a la privada,
donde se ejerce la “ciudadanía”.
En el caso de las mujeres, la historia
de las formas y contenidos de la violencia
posee características mal conocidas
aún por nosotros. Al respecto, la
académica señala que “ha sido la
historiografía reciente, especialmente
la francesa, la que ha realizado estudios
sobre la violencia de las mujeres
y hacia las mujeres que han permitido
ampliar el campo de interrogantes sobre
la relación entre los sexos y situar
en las sociedades, en su contexto histórico,
el desarrollo de este aspecto en
los comportamientos masculinos y
femeninos que se expresan en realidades
determinadas dando forma a
imaginarios y representaciones, así
como percepciones que regirán nuestras
vidas”.
René Salinas, relata la investigadora,
“describe que entre el siglo XVIII y
hasta fines del siglo XIX, nos encontramos
en presencia de una sociedad
en la que se generaban relaciones de
violencia interpersonal cotidiana. En
el ámbito doméstico, familiar y comunitario,
intentando reproducir en cada
uno de ellos un ideal de convivencia
apoyado en una consideración fundamentalmente
privada del orden social.
Múltiples conflictos sometían a prueba
ese ideal, tanto en las relaciones
familiares como entre comunidades”.
Espacios prohibidos
Esta situación se mantendría hasta más
o menos el siglo XX, donde “una lenta
confiscación de la violencia por el
Estado, la Justicia y la Iglesia se desarrolló
en la “civilización de las costumbres”
venida del mundo externo.
Así, esa concepción “privada” del orden
se superpuso conflictivamente otra
concepción “legal” y pública del mismo,
que intentó establecer los poderes
coactivos por la vía institucional”,
relata la historiadora. Al separarse algunos
roles e imponerse el control del
Estado sobre algunos aspectos de la
violencia, se va esclareciendo y definiendo
un nuevo espacio: el espacio
público que dará independencia y claridad
a las actitudes delimitadas entre
lo privado y lo público que conocemos
hasta el día de hoy. La delimitación
de los espacios, permitió definir
las funciones del mismo.
Siempre en el contexto de una cultura
tradicional que experimenta transformaciones
de manera mucho más lenta
que los cambios sociopolíticos y económicos,
el siglo XX debe enfrentar
la particularidad de la “invasión” de
las mujeres en el espacio público, que
venía haciéndose notar ya desde mediados
del siglo XIX. La particularidad
de este fenómeno está dada por la
masividad de esta inclusión y el impacto
que representa su asentamiento
en el espacio urbano, porque la mujer
se incorporó a espacios que habían
sido por excelencia masculinos, y porque
la irrupción femenina en el ámbito
público comenzó a ser asumido
como un problema a nivel de ideario
cultural.
Las ciudades, que las atraen sin que
verdaderamente las acojan, se esfuerzan
por canalizar el desorden potencial
que se atribuye a la cohabitación
entre hombres y mujeres. “De allí proviene
la segregación sexual del espacio
público. Hay lugares que en la
práctica están prohibidos a las mujeres:
políticos, militares, judiciales, intelectuales,
incluso deportivos, y otros
que se les reservan casi con exclusividad:
lavaderos, grandes tiendas, salones
de té”.
En la ciudad, los espacios sexuados,
se desplazan no obstante poco a poco
a las fronteras de los sexos.
En el caso de América Latina, la situación
política de los países del conosur (Argentina, Chile y Uruguay) entre
1890 y 1920, favoreció las transformaciones
sociales y económicas
que condujeron a una lenta pero constante
apertura del espacio político y el
reconocimiento social para aquellos
grupos marginados en la consolidación
de la reciente independencia. Uno de
aquellos grupos fue el de las mujeres,
excluidas hasta entonces debido a las
limitaciones que les imponían las costumbres
sociales y los sistemas legislativos
imperantes. En el caso concreto
de Chile, el siglo se ve enfrentado
al hecho de una creciente incorporación
de las mujeres al mundo del trabajo,
y su consecuente participación
en las luchas por mejorar las condiciones
laborales. Paralelamente se venía
dando un proceso de paulatina incorporación
a la educación superior de
féminas pertenecientes a las capas
medias de la sociedad, las que asumieron
como preocupación instruir a otras
mujeres así como el mejoramiento de
su situación legal. Esta preocupación
alcanzó también el ámbito político
traduciéndose en la conformación de
un heterogéneo movimiento femenino
cuyo objetivo fue obtener el derecho
a sufragio. El acceso de las mujeres
al dominio público se refuerza hasta
poder hablarse hoy de “feminización
del mundo”.
En la década de los sesenta, ellas logran
situar en el debate público el tema
de los derechos reproductivos, reivindicando
para sí la decisión sobre su
propio cuerpo. La Prof. Iglesias señala
que “tras este proceso de luchas, que
significó una seguidilla de logros, vino
la dictadura militar, instalando la necesidad
de volcar el contenido esencialmente
femenino que habían tenido
estas luchas hacia un objetivo más
amplio: la recuperación de la democracia,
que se traducía concretamente
en la recuperación de la ciudadanía, en
la defensa de la vida y la lucha diaria
por la subsistencia, entre otras cosas”.
En consecuencia, el siglo XX estuvo
marcado para las mujeres por rasgos
diversos: rupturas políticas, guerras,
revoluciones, crisis económicas, etc.,
así como también cambios en el ámbito
de la ciencia, la técnica y la filosofía.
Es así como el maquinismo las
incorporó al trabajo remunerado lo que
fue clave para la independencia económica
de éstas, la invención de la
píldora les dio las armas de la
anticoncepción buscada desde hacía
siglos y el pensamiento feminista expresa
y precipita al mismo tiempo la
subversión de los límites.
Lo anterior podría pensarse como un
simple efecto de la modernización, sin
embargo, ningún proceso histórico
opera por sí mismo, sino que supone
complejas interacciones en que “las
mujeres participan individualmente,
en la oscuridad de gestos desconocidos
y de vidas anónimas, o de manera
colectiva, mediante irrupciones espontáneas
-disturbios por la supervivencia,
huelgas...- o mediante acciones
más organizadas: surgimiento, por la
caridad y la filantropía, de una ciudadanía
social que torna aún más chocante
la deficiencia política; feminismos
de todos los tipos que, con intermitente
continuidad, denuncian las
injusticias y las contradicciones de la
democracia. Gracias a todo ello, el
poder de decir “no”, esa “fuerza de
obstrucción” que se suele atribuir a las
mujeres, se torna reivindicación y proyecto
alternativo. Este último sería
heredero de construcciones históricas,
culturales y sociales perfectamente
identificables en estudios como este”,
concluye la especialista.