Acelerar la muerte de un enfermo o, por el contrario, prolongar artificialmente su vida, son temas complejos abiertos al debate. Desde la sicología se plantean algunos enfoques como la real capacidad del hombre de decidir su propia muerte y los mecanismos de proyección y culpa que operan en su familia.

Morir es una etapa más del ciclo vital. A partir de esta premisa la sicología del desarrollo, que se preocupa del análisis y comprensión de las distintas etapas en la vida del hombre, ha comenzado a incluir a la muerte entre sus temas de estudio. ¿Cuándo morir?, ¿de qué forma enfrentar este inevitable suceso?, ¿cómo y para qué introducir el tema a nuestra vida cotidiana? Son algunas de las interrogantes que está planteando la sicología actual, sobre un área que antes era campo exclusivo de las religiones y la filosofía.
En este escenario, la sicóloga Liliana Vilches Prof. de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, especialista en sicología del desarrollo, se aventura en la reflexión de uno de los temas más complejos sobre el fin de la vida: la eutanasia, la acción de apresurar la muerte de un enfermo a petición de él mismo o de sus familiares.
“Para situar el tema de la eutanasia -explica la profesional- es necesario reconocer el proceso de la muerte como parte del ciclo vital humano. Que se incluya a la muerte dentro del estudio de la vida, vida y muerte son las dos caras de una misma medalla”.
“Dependiendo de cómo nosotros hayamos realizado nuestra vida y fundamentalmente cómo hemos creado lazos significativos con otras personas repercute en cómo se va a producir nuestra muerte”.
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A su juicio, se debe analizar el morir desde una perspectiva psicoevolutiva, comprender el fenómeno a la luz de lo que son las etapas anteriores de la vida de las personas. Por esto, para la sicología la muerte idealmente debe producirse hacia el final del ciclo vital, cuando la persona ha llegado ya a la ancianidad. Esa sería una muerte normal, de esta forma, el ser humano alcanza a desplegar todas las potencialidades que puede realizar durante la vida. Por el contrario, muchas religiones piensan que no existen las muertes prematuras, sino que “tránsitos” más breves o extensos por la tierra.
En el terreno de la salud es muy claro que la forma de llegar a la muerte es consecuencia directa de lo que fue nuestra vida, nuestros cuidados previos pueden retrasar la muerte o ayudarnos a enfrentar de mejor forma las enfermedades. En el plano psicológico, aunque cueste un poco más verlo pasa lo mismo, señala la Prof. Vilches, “dependiendo de cómo nosotros hayamos realizado nuestra vida y fundamentalmente cómo hemos creado lazos significativos con otras personas repercute en cómo se va a producir nuestra muerte”.
A lo anterior hay que sumar que nuestra cultura es en extremo negadora de la muerte, tratamos de apartarla de nuestros ojos porque vivimos en la fantasía de la inmortalidad.

Especialmente se oculta a los niños a los que no se les lleva a los funerales, ni se les menciona el tema, como si la muerte no existiera. En circunstancias que ellos ven la muerte violenta no natural a diario, en televisión, los menores se enteran que la gente muere atropellada, por homicidios o suicidios. Para los chicos todo se distorsiona y están permanentemente expuestos a la pornografía de la muerte: ver la imagen distanciada afectivamente.
Por esto, la sicóloga plantea que en todas las edades se debe abordar el tema, “para darse cuenta de que somos seres limitados temporalmente y tenemos un tiempo que debe saber administrarse, es importante la incorporación de la muerte como un hecho muy cierto en la vida de las personas”, afirma.
En este sentido, un testimonio muy común es que la gente que se ve enfrentada a una enfermedad terminal señala que invariablemente la época mejor aprovechada de su vida ha sido después que se enteraron que iban a morir; antes desperdiciaban su tiempo, sus relaciones afectivas y se complicaban inútilmente con cuestiones banales.
“El dolor y el sufrimiento son partes inherentes a nuestra naturaleza y si bien no podemos erradicarlos de nuestra vida, podemos buscarles un sentido. En ese marco se puede situar la discusión sobre la eutanasia”, explica la profesional.
Entre distanasia y eutanasia
Publicado en el más reciente número de la Revista de Psicología de la Universidad de Chile -de edición semestral y que incluye trabajos de académicos nacionales e internacionales sobre los últimos temas de la sicología-, el artículo “Sobre la Eutanasia” de la Prof. Liliana Vilches se centra por una parte en hacer un análisis objetivo del tema, más allá de las diferentes posturas pasionales, y por otra en fomentar el apoyo del sicólogo al moribundo y su familia.
La académica explica que se requiere enfocar el debate desde las humanidades, más que buscar una iniciativa en materia legal. “Creo que en la legalidad no se resuelven las dificultades importantes de las personas, en la ley no vamos a encontrar factores que impulsen el perfeccionamiento o los modos más nobles de actuar del ser humano. Eso solamente puede provenir de las disciplinas humanas”, señala.
Según su postura, una ley sobre la eutanasia unificaría la forma de morir, lo que puede devenir en abusos enormes. Por eso, es mejor que la decisión quede en las manos del paciente, la familia, el médico y el psicólogo.
De hecho, la figura del médico es clave para no prolongar artificialmente una vida en condiciones muy precarias, lo que se llama encarnizamiento terapéutico o distanasia, método que puede hacer sufrir al enfermo y genera un desgaste emocional y económico en la familia. Por esta razón, es frecuente la eutanasia pasiva o “el dejar morir”, en que no se acelera la muerte, pero tampoco se evita. La idea es entender que el médico está para aliviar las enfermedades y no para evitar la muerte.