Ingresar en un mundo nuevo y ajeno, como lo era el del ensayo y la prosa política, para ellas resultó una titánica tarea. Aparte de ser mal miradas por una sociedad fuertemente tradicional, tuvieron que demostrar su capacidad para abrirse camino en un campo muy masculino.

París, 1929. Como dirían los convencidos del “lugar preciso y tiempo exacto”, todo confluyó para que Victoria Ocampo, en ese tiempo una anónima argentina en tierras galas, hiciera un descubrimiento crucial en su vida. Se trataba de “Un cuarto propio”, libro de Virginia Wolf, que relata las dificultades de las mujeres en esos años para escribir y donde exige “una pequeña esquina”, independencia para poder hacerlo. El texto le resultó tan iluminado y decidor que resultó el impulso último para que decidiera que su destino serían las letras.
Fue así que una vez en Buenos Aires, se rebeló contra las trabas sociales que exigían a las señoras de clase acomodada ser unas verdaderas damas, un ejemplo para la sociedad, cuyo principal fin en la vida era cumplir un rol familiar, siempre bajo la sombra del marido. Superando tanto los prejuicios externos como sus propios temores, comenzó un proceso que la llevó a convertirse en una de las
“Nos parece que el periodo entre las décadas del 20 y 50 es un momento clave para la constitución de las mujeres en cuanto sujetos intelectuales".
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intelectuales latinoamericanas que luchó por abrir un espacio y lograr que cada vez más féminas reclamaran esa esquina propia para dedicarse al oficio de escribir. Ocampo, a los ojos de sus más cercanos, había cambiado su papel de señora bien por el de oveja negra.
Reconstruir el escenario latinoamericano en plenos años veinte es encontrarse con ciudades en plena época de cambios, fruto de la modernidad, que desde finales del siglo XIX comenzaron a sentirse fuerte. Se vivía el contraste entre una sociedad que ya no podía parar las transformaciones, pero donde todavía pesaban fuertes costumbres tradicionales, protegidas celosamente por la Iglesia Católica. En este contexto, que obviamente afectó el ámbito social, la mujer salió a la calle y tuvo sus primeras incursiones en el espacio público, desde los talleres, fábricas, en el comercio, las escuelas, y cómo no, también en el campo intelectual.
“Nos parece que el periodo entre las décadas del 20 y 50 es un momento clave para la constitución de las mujeres en cuanto sujetos intelectuales. La tarea de producir pensamientos en nuestro continente, hasta esa época, era una tarea restringida a hombres. Acá ya hay todo un grupo que empieza a formar un discurso, una visión propia acerca de su propia posición y empiezan a formar un espacio” explica la
 Virginia Wolf |
Prof. Alicia Salomone, académica del Magíster de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile y responsable de una investigación dedicada a estudiar las construcciones discursivas de las mujeres intelectuales de dicho período. Este proyecto, que cuenta con la aprobación del Fondo Nacional de Desarrollo Científico Y Tecnológico, FONDECYT, va en su tercer y último año y en su desarrollo participan también Gilda Luongo Darcie Doll, Natalia Cisternas y Claudia Zapata, estudiantes de posgrado de dicha carrera.
El establecer cómo se definen a sí mismas las mujeres en ese contexto latinoamericano de los años veinte y cómo se sitúan frente a los procesos de modernizadores de la época, son los objetivos de esta investigación, que tomó para tales efectos la obra de seis destacadas escritoras: las argentinas Alfonsina Storni, Victoria Ocampo, la venezolana Teresa de la Parra, Antonieta Rivas Mercado de México y las nacionales Gabriela Mistral y Amanda Labarca.
Todas, aparte de escribir obras en géneros tradicionales como novela, poesía y teatro, también se dedican a los llamados géneros no canónicos, llámense: cartas, biografías, artículos periodísticos y conferencias; que representan parte de su legado más desconocido y por años ignorado. Son estos textos los que nos entregan mayor información de la época y reflejan con claridad su pensamiento con respecto a los cambios sociales que se producían a diario. Aquí se muestran como intelectuales que buscan instalar su mirada sobre la sociedad y la cultura, lo que las lleva en muchos momentos a un enfrentamiento frontal con su entorno.
 Gabriela Mistral |
“En esta América en que todo está “in the making”, los testimonios son quizá más necesarios que en ninguna parte, y si los míos significan algo es sobre todo porque pertenezco a ella”. Quien escribió esta declaración de principios era la ya en esencia diferente Victoria Ocampo, quien dedicada exclusivamente a las letras, se refiere justamente al poder que le otorga la escritura y que le permite exigir un espacio dentro del campo intelectual, que siempre había sido masculino y que ante al irrupción de estas mujeres reacciona con sorpresa. Claro, porque a pesar de que los hombres las leen, las relegan a ciertos temas femeninos y amorosos. El espacio que les otorgan es subordinado y naturalmente ignora los otros componentes de su escritura, cuyo espectro era bastante amplio, sobre todo en lo que respecta a la política y a la crítica a la modernidad.
El proceso que emprenden para lograr ser valoradas va acompañado de contradicciones muy grandes, producto del conflicto permanente con el entorno. Viven también en una reflexión constante sobre cómo autodefinirse, ya que quieren ser un tipo nuevo de mujer, que explora en un campo masculino, pero a su vez no pueden eludir las responsabilidades de una sociedad fuertemente tradicional que no se resigna a verlas abandonar la exclusividad de su rol como esposa y madre.
“Ahora podemos decir ¡qué pioneras estas mujeres!, pero muchos de estos textos expresan lo doloroso de este proceso, debido a que las subestimaban, las caratulaban de cierto modo, porque estaban abandonando una imagen con la que las criaban y que decía que debían ser niñas buenas, conseguirse un buen marido, casarse y ser feliz. Ellas sabían de la falacia de ese modelo. Esa lucidez les atormentaba”, comenta la académica Alicia Salomone para referirse a la tensión que se generó en esta lucha de las intelectuales por insertarse en ese mundo nuevo y ajeno.
Su legado
La dificultad para encontrar los textos de estas mujeres evidencia el descuido que por años ha sufrido su obra. Caso que ocurre especialmente con Antonieta Rivas Mercado, cuyos escritos recién en 1986 fueron publicados y que gozan de una riqueza particular por la visión política que manifiesta. Además, cabe destacar su labor como destacada “gestora cultural del grupo de vanguardia mexicano “Los contemporáneos”.
 Victoria Ocampo |
Así como ella, que no escatimó en críticas para la sociedad que la rodeaba, la argentina Alfonsina Storni, en sus artículos periodísticos dio rienda suelta a una prosa combativa y conflictiva. Reflejo de su mordaz escritura es su trasgresora “Carta de una mujer engañada”, texto donde pone en jaque las relaciones intergenéricas y que se centra en la traición, un tema vedado y que ella comenta desde su posición marginal. También relata en sus crónicas los cuestionamientos que las mujeres intelectuales experimentaban a diario. “Debiéramos llamarnos las mal ubicadas, qué cosa lamentable es para nosotras este gran Buenos Aires, estamos como fuera de centro... No encajamos a perfección en ningún ambiente; para algunos nos falta, para otros nos sobra. Conservamos la delicadeza interior propia de la mujer, pero hemos perdido las apariencias de esta delicadeza”, escribe Storni en Tijereteo, una crónica que escribió para el diario La Nación en 1921.
Del total de la obra de Gabriela Mistral se suele considerar sólo sus poemas. Sin embargo, hay unas serie de ensayos que la Premio Nobel escribió, donde se refiere a su preocupación por las mujeres pobres y las campesinas. Recién en 1970 se publicó su prosa política, en la que es posible detectar su incomodidad por una sociedad con la que estaba en permanente conflicto. Para Amanda Labarca, quien en 1922 se convirtió en la primera académica de la Universidad de Chile, el desafío era similar: demostrar su capacidad intelectual, que muchos en principio ponían en duda. En la colección de artículos “Desvelos en el alba”, revela que, si bien ha logrado entrar a un ambiente propio de hombres, su deseo es rescatar el espacio del hogar, lo que le resulta complejo y difícil.
Quien también vivió esta fuerte contradicción es Teresa de la Parra, al sufrir el fuerte impacto de dejar Europa para vivir en esa “Venezuela colonial” como se encarga despectivamente de llamarla. El tema lo desarrolla en su novela “Ifigenia, diario de una señorita”. Es ahí que relata cómo mientras en Francia era reconocida como sujeto, con plenos derechos, en su tierra natal era reducida a la maternidad. El texto decidoramente no tiene un final feliz.
Pero quien tuvo mejor fortuna fue la anteriormente citada Victoria Ocampo, ya que una vez que superó las trabas que la sociedad le imponía, desarrolló un proceso de autoformación que se vio materializado en sus “Testimonios”, artículos que resultan una herramienta fundamental para conocer la realidad de los años treinta. Además, a través de su revista y editorial Sur, todo un hito de la cultura latinoamericana, puso en contacto a los intelectuales más importantes de la época, lo que le permitió convertirse en figura clave, como gestora cultural, en todo el continente.
Para dar a conocer la obra de estas intelectuales, es que la prof. Alicia Salomone, pretende terminar esta investigación publicando una antología con sus textos más destacados, que si bien presentan diferencias estilísticas obvias, tienen en común ser reflejo de una época difícil. Innegable es el valor de estos escritos, que permitieron a la mujer ganar un espacio en el mundo de las ideas donde pudiera ser reconocida desde su capacidad intelectual.