La investigación del Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias determina que estas especies chilenas presentan mecanismos de defensa contra
esta clase de estrés, agravado por la disminución del ozono, que inhibe tanto la fotosíntesis como el crecimiento de las plantas.
 Prof. Liliana Cardemil. |
Desde hace casi treinta años
que la comunidad científica
ha venido advirtiendo de la
potencial crisis global que se produciría
si continúa la progresiva destrucción
de la capa de ozono, ese delgado
escudo de gas, ubicado entre los 19 y
23 kilómetros sobre la superficie terrestre,
en la estratósfera, que protege
a nuestro planeta de los rayos solares,
especialmente de la nociva radiación
ultravioleta (UV-B) que, dependiendo
de su intensidad y tiempo
de exposición, puede provocar nocivos
daños en los seres vivos. En el
caso de las plantas, entre los múltiples
efectos adversos que pueden presentar,
está el metabolismo oxidativo,
sumamente peligroso, puesto que
inhibe su crecimiento, altera su ciclo
reproductor, el proceso de fotosíntesis
y produce un envejecimiento prematuro;
lo que implica que producto
de esta situación, en el futuro se dificulte
el cultivo de algunas especies vegetales.
Chile es uno de los países más vulnerables
del mundo a la radiación ultra
violeta y lo seguirá siendo mientras
el agujero de la capa de ozono siga en
franco crecimiento. Sin embargo, así
como tenemos el problema, que puede
aumentar en los próximos años,
también contamos con aquellos recursos
naturales que tienen mecanismos
de defensa natural ante su presencia.
Así lo sostiene la Profesora del
Departamento de Biología de la Facultad
de Ciencias, Liliana Cardemil,
quien justamente para determinar cuáles
son las propiedades especiales de
aquellas especies, que viven en zonas
extremas -Desierto de Atacama y
Antártica- se embarcó en el proyecto
auspiciado por CONYCIT y el gobierno
alemán, a través del International
Bureau of the BMBF: “Impacto de
Luz Ultra Violeta de onda Corta en
Plantas Especiales de diferentes
ecosistemas de Chile”. “Conociendo
esos mecanismos de defensa podemos
hacer algo para que otros organismos
adquieran esa resistencia natural. En
algún momento ya sea por la
biotecnología o por la ingeniería
genética, tendremos la opción de poner
estos genes en otros para que se
protejan”, explica la profesora.
Una de las especies que se estudió fue
el Prosopis Tamarugo, propia del Desierto
de Atacama. Se trata de árboles
que prácticamente mantienen en vida
a todo el ecosistema de esa zona. De
ellos usufructúan insectos y mamíferos
como los roedores y los guanacos.
También se analizó el comportamiento
del Prosopis Chilensis, más conocido
como algarrobo chileno, cuya
distribución geográfica va desde la III
a la VI Región, pero que también ha
sido introducido en la Pampa del
Tamarugal. El propósito de la investigación
fue comparar estas dos especies
y estudiar sus respuestas
fisoiológicas, bajo la premisa de que
el algarrobo como no era nativo de
dicha región, podría resultar más vulnerable
a la acción de la luz UV-B.
La Deschampsia Antártica, una gramínea
que se presenta en forma de
pasto y que es una de las dos especies
vegetales que se encuentran en
la antártica, capaz de soportar las hostiles
condiciones ambientales del territorio
antártico, fue la tercera planta
incluida en el proyecto.
Invernadero computarizado
Con estas especies vegetales se realizaron
los mismos experimentos que
ya se han hecho a nivel mundial, por
ejemplo, con las plantas alpinas que
sufren un alto impacto de la luz ultra
violeta.
El análisis de la fotosíntesis en terreno
se realizó utilizando un instrumento
denominado “medidor de la fluorescencia”.
La Prof. Cardemil explica
que cuando hay altos niveles de
estrés como mucho calor o frío o una
fuerte radiación ultravioleta, los
fotones que tienen que ser absorbidos
por los fotosistemas -estructura donde
se desarrolla el proceso de captación
de le energía solar- no son aprovechados,
lo que impide que la luz sea
procesada por las unidades receptoras
para dar inicio a todo el proceso.
Cuando hay más estrés, más fluorescencia
registra este aparato. En el desierto,
el resultado de la investigación
arrojó que la luz es perfectamente
aprovechada por estas plantas. “Al
estudiar estas especies del hemisferio
sur, nos dimos cuenta de que la fotosíntesis
no sufría alteración y en el
caso del Prosopis Tamarugo esta aumentaba
en comparación con otras
plantas que reciben con igual intensidad
la radiación UV-B”, explica la
docente.
Una de las moléculas que defienden
a los fotosistemas son los flavonoides,
que se encuentran en todas las plantas
(los más comunes son los que les
dan el color rojo o azul). Son algunos
de ellos los que captarían parte
de la luz ultravioleta y actuarían como
filtros protegiéndolas de los agresivos
rayos.
También cumplen importante función
los carotenos, parte de los fotosistemas
y que absorben la luz en la fotosíntesis.
Para evaluar su efecto protector se
estudió el ciclo de la xantofila (pigmento
amarillo difuso), de este modo establecer
cómo se formaban los
carotenoides, que defienden a las plantas
especialmente del metabolismo
oxidativo.
Para comparar las tres especies en
estudio, gracias al convenio con el
gobierno alemán, se pudieron realizar
pruebas, con la asesoría del profesor
alemán, Dr. Cornelius Lütz, en
el “GSF, Research Centre for
Environmet and Health” en München.
“En este Centro existen cámaras
computarizadas de crecimiento vegetal
que permiten simular todos los
ecosistemas del mundo y que reciben
el nombre de Fitotrón. En ellas se
pueden colocar todas las condiciones
en términos de luz ultravioleta, cantidad
de agua, temperatura de día y
noche, imitar, por ejemplo, el mismo
medio ambiente que existe en el desierto
de Atacama”, acota la docente.
Cuando se aplicó el procedimiento
con Deschampsia Antártica, bajo las
características de temperatura, agua,
luz, y humedad de la Antártica, se
comprobó que esta planta tiene una
alta facilidad de adaptación al medio
ambiente.
Según la investigación, de las tres especies
estudiadas, el Prosopis
Tamarugo está mejor protegido y en
menor medida le siguen el Prosopis
Chilensis y Deschampsia Antártica,
aunque también manifiestan buenos
resultados.
“Encontramos que tanto en el
Prosopis Tamarugo como en el
Chilensis, en las horas de la tarde, después de medio día, aparece un
flavonoide especial que al identificarlo
químicamente como responsable de
la protección de luz ultravioleta, nos
permitirá determinar cuántos genes
son importantes para su síntesis y
estudiar los mecanismos para que las
plantas que no cuentan con ellos puedan
sintetizarlo o fabricarlo”. A juicio
de la Prof. Liliana Cardemil la
importancia de estudiar en plantas
chilenas los mecanismos de protección
frente a este tipo de estrés, permitirá
sentar las bases para, en un
horizonte de aproximadamente diez
años, lograr colocar estos genes en
otros organismos para que tengan la
protección necesaria frente a la radiación
ultravioleta.