EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES

«yo no niego a Dios; lo que no admito es ese universo divino por Él creado».

Iván Karamazov

Si se concibe la creencia en un Dios personal como una cuestión de temperamento, difícilmente resultan justificables los argumentos a favor o en contra de su existencia. Apelar a la razón para conjurar lo divino no deja de ser un burdo escándalo. Las compulsiones metafísicas no han hecho más que trivializar aquello que Damasciano llamaba el Eskhatos, el inefable abismo que separa a Dios de las criaturas. Las cualidades morales y metafísicas atribuidas al creador para justificar un universo libre de contradicciones siempre han sido objeto de seducción para los eternos inquisidores de un orden absoluto. La teodicea de Leibniz fracasó. También la de Spinoza. Todo profetismo es peligroso. La radicalidad diferenciadora de la experiencia religiosa estriba en su negatividad: el misterio inescrutable, refractario a cualquier petición de principios, estéril frente a las acometidas del lenguaje. Quizá la fe verdadera es aquella que proviene del crisol de la duda. Como en Aliosha Karamazov. Vacuo es pretender fijar la sombra de Dios, convertirse en su dueño; la historia de la especulación teológica ha sido la huella palpable de este instinto desesperado y frustrante. Ni siquiera la aspereza del camino ha logrado disuadirla. La infinita vanidad del ser humano reclama credenciales a lo divino; la fuerza terrenal de la muerte, cruda e irreprimible, lo impulsa a la visión mitológica, al alegato en pro de la salvación. Enajenados en nuestra propia finitud, buscamos perseverar en aquello que nunca seremos y por lo mismo deseamos. Se cuestiona la distribución de fortunas y miserias; si acaso obedecen al azar o a un inescrutable mandato divino. Se confunden el orden lógico con el teleológico; el aparente absurdo de una existencia sobre la que se carece de control ha forzado la idea de un Dios como eslabón mágico cuyo significado último no podemos descifrar. Providencia, gracia o predestinación, invocadas para verificar la integridad de un universo asimilado como una construcción dotada de finalidad y no a una inescrutable operación de las leyes de la naturaleza. La insoslayable injusticia del orden humano a través de sus múltiples vicisitudes históricas, en los hechos no requiere de una petición de principios respecto a la legitimidad del acto creador. El ser de Dios es, desde un punto de vista lógico, independiente de su bondad o abyección. Entre el acto de fe y el asentimiento intelectual, nuestras percepciones, emociones o pensamientos por cierto no están inmunes a la tentación de confundir perfección con bondad. Cualquier suposición a ese respecto, como acertadamente ha afirmado Kolakowski, es arbitraria.

¿Es este el mejor de los mundos posibles? Si hemos de proclamar la validez de nuestra voluntad como motivo final de cuanto creemos, aún sabiendo de sus angustias y derrotas, mirando cara a cara los fenómenos que integran el cuadro de la naturaleza, dejando a un lado el velo inconsistente de la razón, que demanda imperiosamente representaciones ilusorias destinadas a falsear de un modo radical el ciego devenir de la existencia, reconoceremos el despropósito que encierra dicha pregunta. Ya Nietzsche desenmascaró el poder fabulador del espíritu, su pertinaz deseo por ocultar la irreductible pluralidad de lo real. Los formulismos simplificadores del racionalismo y del empirismo afirman la posibilidad del mal en tanto éste no envuelva una contradicción lógica del creador, del padre benevolente, aceptando de esa forma, a manera de dudosa petición de principios, que las mismas categorías del entendimiento humano han de gobernar la mente del creador. Leibniz vislumbró en Dios a un matemático laborioso que, tras examinar todos los mundos posibles, comparando cada una de sus propiedades, optó por aquel donde la cantidad total de bien era mayor que la de mal. Su teodicea no parece admitir la probabilidad de que el verdadero Dios esté más allá de la necesidad y la capacidad humanas; su opción, como la de muchos, se inclina por ese Dios familiar e inteligible en contra del que siglos más tarde se rebelarían Dostoyevski y Nietzsche, quienes con justicia atisbaron en las teodiceas mecanismos de compensación del sufrimiento frente al peso de la libertad, una herencia demasiado incómoda para el hombre.

La polémica entre fe y razón, entre el espíritu de fineza y el espíritu geométrico, palidece ante la inevitable derrota del ser, ante su irremediable decrepitud en los mares del tiempo. Cualquier especulación sobre el sentido de lo que llamamos el bien y el mal, sobre la genealogía de la moral occidental y su justificación ante el silencio pavoroso del universo, ante su indiferencia abrumadora, sea o no el fruto de un Dios personal, no es más que una confesión de la naturaleza quebradiza y débil de nuestro pensamiento cuando debe responder ante lo Absoluto.

Flotando a la deriva, a medio camino entre la certeza del creyente y el escepticismo del filósofo, resuenan en nuestros oídos, como afilados puñales, las palabras de Iván Karamazov: «Yo no niego a Dios; lo que no admito es ese universo divino por Él creado». Sea o no éste el mejor de los mundos posibles, sentimos apetencia de órdenes superiores al nuestro. No se trata aquí de discutir la capacidad de persuasión que puedan ofrecernos filosofías o religiones; pues ésta es una cuestión de la carne -los poetas nos avalan con su testimonio, pues ella es la que desea y agoniza en lo eterno, en el heroico esfuerzo por hacer del pequeño espacio del corazón un vasto e infinito universo.

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