EL UNDÉCIMO LIBRO DE LA ODISEA

«Preferirla ser esclavo de un pobre en la superficie de la tierra a reinar sobre todos los muertos», solloza el espectro de Aquiles en el Hades, la lúgubre mansión de los difuntos, compartiendo desdichas con todos aquellos que, tras haber sido abandonados por la vida, se han reducido a sombras sin entendimiento. Este pasaje, ubicado en el undécimo libro de La Odisea, donde se relatan los pormenores del descenso de Ulises al mundo subterráneo de los muertos para interrogar a Tiresias sobre su regreso, es una de las más notables formulaciones del temple espiritual del mundo griego anterior a Sócrates, ajeno a las abstracciones crepusculares de la razón, dominado por la concepción de las cosas como magnitudes no encadenadas a la presencia devorante del tiempo.

El mito homérico se afinca en un presente ahistórico, imagen de un universo que desconocía las nociones de pasado y futuro como instancias creadoras de un orden determinado. El amor por las hazañas de los mayores, recogido en los himnos y las súplicas a los dioses, daba su sanción a un presente cuya gloria era necesario enaltecer. Por eso la conciencia escrutadora de Ulises, aún enfrentada al misterio inderogable de la muerte, repugna cualquier noción moderna del devenir. Cuando platica con los muertos del Hades no vuelve los ojos hacia esferas lejanas, como un exiliado en la búsqueda de paraísos perdidos, pues no posee la convicción de que el decurso de los acontecimientos habrá de conducir a un estadio final determinable y formulable.

La concepción homérica de la existencia, dominada por la armonía entre la naturaleza y la vida humana, articulada por la intervención de los dioses en los destinos humanos ante la exigencia de una dirección unitaria del mundo, estaba subterráneamente erosionada por una reverente incertidumbre frente al futuro. Cada momento es vivenciado como una realidad absoluta, consumida en su propio transcurrir. La luz santa del presente nutre el espíritu heroico del mito, cuyos derechos no son usurpados por el tiempo cronológico, medido por el reloj, siempre finalista y direccional. Ya Spengler advirtió el parentesco entre el mito griego, refractario a la historia, mediatizado por el esquema pasado y futuro, y la geometría euclidiana, la estática matemática y la teoría de los conos, donde no se conciben las cosas según se comportan y devienen. En Homero, a diferencia de la cultura egipcia, no se siente el pasado y el futuro como la totalidad del universo. La muerte tampoco es sentida como una culminación, lo que en algún sentido deja traslucir el carácter de una religiosidad en la que no se aprecia una escatología unánimemente reconocida ni un ideario aceptado de redención.

La fama alcanzada en vida, la necesidad de llenar a ésta de gloria, es en La Odisea un consuelo ante la amenaza de la ruina tenebrosa del sepulcro, ante la inutilidad del porvenir, ese océano inmenso dentro del cual los hombres apenas alcanzan a ser esporádicas olas. La única supervivencia verdadera está reservada para la emulación o el recuerdo. Los ritos funerarios, la estela sepulcral y el epitafio tienen sólo una función conmemorativa, la que en ningún caso se traduce en permanencia histórica. Por eso en Homero, como quizá en ningún otro autor del mundo antiguo, está presente de manera recurrente la idea de la corrupción del cuerpo: sólo el polvo ha de volver al polvo, siendo la inhumación reemplazada por la cremación.

Las perplejidades son resueltas por el mito, constituyéndose nexos teleológicos que, sin embargo, no buscan una conciencia clara y distinta frente al complejo entramado de acontecimientos que gobiernan a los hombres. La aventura homérica, desde un punto de vista filosófico, no va conformando ciclos o cursos de tiempo; el presente, abarcando la representación del pasado en el recuerdo y del futuro en la fantasía, está determinado como un «estar», una «disposición» que arraiga como algo fijo dentro del cambio incesante de las percepciones sensibles, de los deseos y sentimientos que acosan a héroes y dioses.

El descenso de Ulises al Hades, con toda su carga de escepticismo frente a un cierto desenvolvimiento histórico del ser humano, al menos en cuanto a objetividad mensurable, se inserta en la tradición más arcaica del helenismo que no hace distingo entre virtud o demérito frente a los mandatos de la muerte, cuya guadaña ni siquiera deja indemne la integridad del alma. Todos los hombres, sin distinción, cuando son arrojados a la gruta tenebrosa de la muerte, si sobreviven de algún modo es sólo como caricaturas, como simples remedos despojados de individualidad.

Un desasosiego íntimo nos atraviesa al leer y releer los memorables pasajes del undécimo libro de La Odisea. La congoja de Ulises ante las atribuladas sombras de los muertos es la congoja ante la negación del porvenir, ante la discontinuidad de una existencia en la que se busca desesperadamente perseverar. La emancipación de la temporalidad es la refutación de lo posible. Más allá de los apegos y de las pasiones, los dioses rehusan entregarle la dádiva de la inmortalidad y le condenan a durar en lo efímero, a codiciar sólo la voluptuosidad de lo inmediato.

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