GEORG TRAKL Y LA DISOLUCIÓN DE LA PALABRA

«Yo no llego a entender la poesía de Trakl,
pero su lenguaje me deslumbra, y es lo
que mejor idea me da de lo que es el genio»,
Ludwig Wittgenstein

El suyo fue un intento desesperado por indagar un lenguaje para aquellos que han enmudecido, por construir una interpretación del mundo desde el alejamiento y el silencio. Como poeta, anticipándose a Celan, Krolow y Bobrowsky, fue consciente de que, colocados ante una realidad fragmentaria, quebradiza, donde nada llega a ser plenamente lo que es, la palabra misma, avanzando a tientas, incapaz de penetrar e iluminar el corazón de dicha realidad, se transforma en un obstáculo, en un elemento desarticulador. Es, por así decirlo, el primer eslabón de la relegación del poeta, cuyo drama es no poder hacer de la palabra un vehículo vivo del sentimiento.

En cierta medida, Trakl compartió la sospecha de Hamann y Robert Browning: expresar es usar símbolos y los símbolos limitan, desperfilan la realidad en su inagotable e incomunicable individualidad, la mutilan bajo el torpe disfraz de las abstracciones. Ya no se trata meramente de sondear lo real, de expresarse singularmente a propósito de lo que se vive, o de crearse a través del decir, a la manera de Goethe o Rilke; la poética de Trakl, con el sosiego como telón de fondo, es antes que nada una poética sobre el hundimiento del lenguaje, sobre la disolución de la palabra como portadora y reveladora, una confesión de impotencia ante un estrecho molde de fabricación humana.

Ajeno a su propia palabra, como un extraño para sí mismo, la voz indecisa de Trakl se transforma en murmullo, en balbuceo, en sumisión al silencio. La noche del lenguaje es «una noche sin viento, sin astros ... ». Y la vocación del poeta no es otra cosa que «el dulce silencio colmado de respuestas quedas a oscuras preguntas».

Ante un mundo envilecido por el mal, con el hombre como un ser degradado, corroído por la culpa, la enfermedad y la muerte («todos los caminos llevan a la negra putrefacción»), el creciente malestar de Trakl no encuentra -como en Hölderlin un refugio o un asilo en la palabra amada; su orfandad e incomunicación es total. La palabra es apenas un cadáver, un remedo, que jamás alcanza la posesión de aquello que nombra. Ello explica la permanente vaguedad e indefinición de su lengua poética, cuyas imágenes yuxtapuestas, en apariencia descriptivas, más que mostrar o explicar, se limitan a sugerir, a crear un clima emocional determinado, apelando para ello a los colores -el azul ocupa un papel dominante-, al asedio continuo de determinados sustantivos y adjetivos, al juego reiterado de sabores, olores y formas. Nada parece completamente definido; el reino solitario de objetos, paisajes y seres, despojándose de cualquier ilusión tranquilizadora, sucumbe una y otra vez a la tentación del silencio.

Es probable que la angustia originaria de Trakl -aquella que funda su poesía- haya sido la angustia ante la pérdida del habla; pues más allá del desafío creador, Trakl intuyó que el poeta está condenado irremisiblemente al universo agonizante del lenguaje, cuyos estrépitos vacuos minan «la carne y la sangre de las cosas» y relegan lo sagrado a la esfera de lo incomunicable, de lo indecible.

Interpelado por un destino fatal y efímero, por una existencia que bien podría ser asimilada a un dudoso sueño de sueños, cuando la palabra deja de ser anuncio y artífice, el poeta, desligado de su individualidad, se despide de sus verdaderas herramientas y se aísla en un mutismo sombrío y sobrecogedor. Por eso la poesía de Trakl se desenvuelve a la sombra de una permanente tensión interna, en la que resuena constantemente la pregunta por el sentido de la experiencia poética, de la tarea primordial del artista, de las visiones que el poeta intenta exorcizar -en un contacto vital nuevo y profundo- a través del precario tránsito de la palabra.

«Es el dulce momento del amor.
Qué bellamente se suceden las imágenes ...
Se hunde todo esto en silencio y en paz...
Las palabras lo son todo»,
proclamó Hofmannsthal.

El drama de Trakl fue precisamente ese: las palabras, más que rebosar vida, la confunden y la descomponen. Tambaleantes y raquíticas, lejos de agotar, marchitan lo sagrado. El hombre es sólo carroña verbal; las palabras no hacen sino consumar su apartamiento esencial. Por eso, el ámbito del poeta no es ya depurar lo indepurable -el lenguaje- sino conjurar una realidad crepuscular a través del silencio, donde lo existente y la nada se funden en una protesta más sonora y vehemente.

 

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