LOS SONÁMBULOS

Ya los sofistas, por oposición a Parménides, establecieron que lo aparente, al no haber modo de probarlo, terminaba convertido en realidad. El conocimiento ya no representaba un mundo subsistente, independiente del hombre mismo, medida de todas las cosas, sino que constituía por su propia naturaleza una organización creadora que respondía a la necesidad de proyectar atributos humanos sobre la realidad. La metafísica, así, se transformó en antropología, con el hombre como suerte de mapa o cifra del universo. Siglos más tarde, con el advenimiento de la odisea renacentista, cuando la naturaleza deja de ser un organismo vivo para transformarse en una máquina dotada de extensión y movimiento, y en cuya explicación no se requiere ni de formas substanciales ni de causas finales, la sospecha en torno a la evidencia del mundo exterior, como una entidad dotada de consistencia con autonomía de cualquier sujeto, adquiere un nuevo brío. El hombre, entonces, a partir de Descartes y Berkeley, se convierte en un ser vuelto sobre sí mismo, que no conoce directamente sino su propio pensamiento. Es el intelecto, pues, el que le permite fijar el ámbito de su existencia, dictaminar sobre lo esencial o lo aparente, modelar lo verdadero o lo falso. Puesta en tela de juicio la tradición aristotélica acerca de la inteligibilidad de lo creado, será ahora el hombre, en su calidad de sustancia pensante, quien funde el ser de las cosas como ideas suyas.

La física de Galileo es, a este respecto, el paradigma: extrae principios y conceptos para concebir el movimiento de los cuerpos no de éstos sino del entendimiento. Kant intentará llevar la revolución de Galileo al plano de la filosofía: es la realidad la que gira en torno a la mente y no al revés. Así, las impresiones sensibles, para constituirse como tales, deberán estar sujetas a ciertas condiciones apriori, independientes de la experiencia, que las posibiliten. El desdén hacia la realidad de lo real alcanzará su estocada decisiva con Fichte y Hegel: el primero con su tesis del yo personal e individual, que a través de sucesivas acciones y reacciones estatuye la realidad material; el segundo, con su tesis de la razón universal o Espíritu Absoluto como origen, creación y posesión del Universo.

La filosofía moderna introduce una fisura en el orden significativo del mundo. Nada de lo que podría llamarse real aparece apodícticamente probado. Pero la duda en la certeza de las percepciones, en la evidencia objetiva de las cosas, no se limita a un simple problema epistemológico. También tendrá alcances éticos. El pesimismo de Lutero reducirá la salvación personal al plano subjetivo de la fe y no al objetivo de la práctica de la virtud. El formalismo kantiano establecerá que la corrección moral de una conducta no estará dada por el hecho de que sus consecuencias maximicen un cierto bien intrínseco, sino sólo por el principio volitivo o intención -cumplimiento del deber- con arreglo al cual dicha conducta se ha verificado en la interioridad del individuo.

La inteligencia, concebida como una inmensa fábrica de objetos, ya no presupone el ser; abandonado a su función creadora, el hombre se verá constreñido por un horizonte de fantasmagorías pasajeras. El peligroso dualismo entre la realidad de las cosas y su modo de manifestarse en nuestra conciencia culmina en el abandono del mundo como entidad sustancial para estructurarlo bajo la endeble arquitectura de un sueño, de una imagen ilusoria, de una pura representación. Hubo quienes como Nietzsche, avizorando un porvenir contaminado por simples apariencias (o fenómenos, en el sentido kantiano), intentaron sacrificar las diversas categorías del entendimiento a la realidad ontológica más abisal del ser, aquella zona prohibida que Goethe llamó «las madres», viciada por las construcciones artificiales del nominalismo y del idealismo. O como el propio Husserl, que luchó por reivindicar la legitimidad de un saber que llegara a las cosas mismas, libre de supuestos y prejuicios.

No sabemos a ciencia cierta si somos o no capaces de arrancarnos de la tela de nuestros sueños, al decir de Shakespeare. De si acaso nos comportamos como sonámbulos a lo largo de nuestras vidas. Los Vedas y los Puranas compararon el conocimiento del mundo con el ensueño. Schopenhauer conjeturó que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro. El hombre bien puede ser un recipiente vacío de contenidos cognoscitivos. La transición desde la satisfacción imaginaria a la evidencia de la cosa en sí debe sortear un sendero tortuoso. La suspensión de la creencia natural en el mundo parece ignorar que el entendimiento es apenas una parcela del universo.

Observador indiferente o intencional, dinámico o estático, la eterna autorreferencia del yo nos impele a ver en el todo un espejo de nuestros deseos. El origen de la búsqueda vehemente de lo «real», contrariando los datos elementales del sentido común, probablemente obedezca a una inconfesada e inconfesable fragilidad. No tenemos herramientas definitivas para despejar la incertidumbre. Quizá abominamos arrancar las máscaras con las que disfrazamos el mundo que nos rodea por temor a desvanecernos al salir de la existencia, declinando camino de la nada. Como Murphy, el personaje de Beckett, que se retraía hasta las regiones más oscuras de su existencia a las que describía como «una gran esfera hueca, cerrada herméticamente al universo exterior».

Los sonámbulos temen despertar y no distinguir la vigilia del sueño. La filosofía, por su voraz apetito de realidades, ama la vigilia. La poesía, en cambio, por no soportar demasiada realidad, busca ardientemente, a través de la imaginación, considerar la vigilia como el anverso de un sueño. «El sueño, autor de representaciones / en su teatro sobre el viento armado / sombras suele vestir de bulto bello», escribió Góngora. Y Tennyson, otro sonámbulo, presintiendo nuestra derrota ante lo inefable, esculpió estos hermosos versos que resumen veintitantos siglos de incertidumbre acerca de la validez de la realidad, tan cercana y lejana a la vez:

«No puedes probar lo innombrable,
oh hijo mío, ni puedes probar
el mundo en que te mueves;
no puedes probar que eres
cuerpo solo, ni puedes probar
que eres sólo espíritu, ni que
eres ambos en uno; no puedes
probar que eres inmortal, ni
tampoco que eres mortal; sí,
hijo mío, no puedes probar
que yo, que contigo hablo, no
eres tú que hablas contigo mismo,
porque nada digno de probarse
puede ser probado ni desprobado».

 

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