Cyber Humanitatis, Portada
Cyber Humanitatis, Indice
Cyber Humanitatis, Otros Números
Cyber Humanitatis, Secciones
Cyber Humanitatis,  E-mail
©Sitio desarrollado por SISIB Universidad de Chile 2002
 
Cyber Humanitatis Nº 33 (Verano 2005)

 

Poemas inéditos de David Villagrán

 
 

 

DAVID VILLAGRÁN. Miembro del taller de poesía Códices dirigido por el poeta Andrés Morales. Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.  

El infierno es la llama seca que visten los santos
La llama que golpea el aire por recobrar las uñas
Y las arrugas donde todo anciano lee a su niño
Líneas torcidas en el levante de las horas y esta noche
La más larga extendiéndose hasta oír

Vine con la espalda a la deriva
Con la piel en vela como orla de mi rabia
Vine a descifrar la sombra cicatriz
Y está golpeando el oído al miedo
¡Y las bestias de mis manos cuánto esperan por mis manos!

Los clavos de mi barca son tres peces
Tan largos como remos de un dolor que no dirijo
 
Los voy atravesando,
Los acerco a este fuego traído a perderte
Y como y brindo por los huesos tardos aún despiertos
Encajando entre sus desperdicios y esta noche
 
¿Dónde acabas, Primavera
Sino es bajo estas aguas?
En el fondo del mar hay otro mar amurallado
Otro vacío acudiendo a sus histriones en abismo
 
¿No es este el lugar, Perséfone,
Donde te rompe un amor embrutecido en la borrachera de la fosa?
El sol de esta noche no es más que aroma
Palidez del vidrio sin sosiego en puro avance
 
Podría beberla de tu pecho podría hablarte en ella
De las aves del polvo hasta mi espalda
En tu aurora
Donde cada palabra es como un trago que derramo
Donde en cada estrella habrá una sombra por la tierra
 
Pero la luz no es más que el sudor de un amante cansado
Estoy intacto, me digo. Perséfone, ¿oyes el miedo?
No es la música del mar ni el alarido de las piedras
No el peso de la calma en el vaivén de un manco
Que busca mariposas elevándose a las manos de la bruma
Soy yo más incansable que el gusano sobre el nervio
Más que el augurio escrito de cárcel a condena
Y el amor que traigo deja de ser bello
Para ser amor no más la carga que sostiene el cuerpo
Con su hijo adormecido
 
Sólo su paisaje es fiel porque desprecia cada parte de su sangre
Y va contracorriente tan libre, y en pedazos aparece en la montura de las aguas
Precipicio de una noche coronado
 
¡Río arriba van las bestias ardiendo con lo seco de la hierba!
¡Sólo por ti el humo es dividido! ¡Solo por ti responderá la grieta!
 
Del viaje tan sólo un invierno sonríe En el doblez de las rodillas nuestra patria
En los cabellos
Que tuvieron voluntad de brotes y como un barbecho
Amantes fueron devorando
Murmullo de la piel
Presente hacia sus rutas desaparecidas
 
Las joyas sostienen el verde
La protección de sus feudos en tu hojarasca, otoño
Sangre negra
Secano para adormirme las hojas en el oro de esta muerte
 
Primicias, Perséfone. Y verdades
En las palabras del viento que campaneó mis huesos
Que vino para beber los cipreses de mi sangre;
¡Cómo el amor elevó los gritos del árbol hasta hacerlo trampa de suspensos frailes!
Verde majestuoso.
 
Cuando la bestia llora sin ser unicorne
Y se arrepiente al ser el tronco su más bello través
La tierra bebe de sus mirlos de ir tan bajo el canto
Y encrucijados los altares que llevan al cuerpo
 
Oye al mar, no brotes nuestras huellas al decir
Sólo invierno y sólo el vidrio entre las aguas
¿Qué granos son la arena y cuántas hoces la llovizna?
 
Ay nuestra ciudad, semilla de piedra entre las piedras
No crece el espacio que divide el corazón
Y aún así cavar por los tesoros que son ruinas
¡Y tanto verde en aterir la sangre!
 
No hay un rostro para el oro de mi puño
Que cubre de llamas lo que voy segando y besando
En la violencia azul de nada el sembradío
 
Amo tan solo el madrigal de ti
Que se desviste el cauce y que se aleja
Torturado por hambriento espasmo sin orillas
 
Porque eres la parte de la tierra, Perséfone
Donde se quisieron con urgencia los navíos
Y raudas las velas encontraron luto allí en el cielo
 
No hay paisaje que valga ni eleve volcán mi garganta
Donde quepa tu mitad un solo pecho
Mi risa es el ay de las montañas en una piedra sin reflejo,
Amarte es como oír la lluvia a medio camino
Si de verdad te amara y sobre la verdad lloviera,
Lejos de ti soy dos en plena guerra.
 
 
 
El aullido del grano es el bastón de los ciegos Que tan alto asciende en la oscuridad escalones
Días uno más bajo que el siguiente
Donde la luz es el anverso de una pálida llovizna y su camino
La espalda socavada de una pira
 
La tierra no es muerte para la siega de cada altura
Ni para cada tímpano a los extremos del fruto
Semillas traen los párpados hacia el precipicio
El reino no es más que un castillo o algo que oye
La penumbra de sí bajo la planta de sus pies
 
Mira al ciego sobre la torre, Perséfone
Oye la catástrofe de su oído arrojado encima de la piedra
Está solo y condenado por más que el paisaje vaticine rojo el cielo
Y un aire de conmiseración clausure en pórtico su castillo
 
Mira Perséfone, cómo sus pasos
Ahogan la voluntad del abismo para seguir extendiendo en avance
Siempre desde funerales trinos la cáscara hacia el corazón
Donde todo espíritu de saciedad encuentra su arraigo
 
Hemos caído y tan pequeños, Amor
En esa culpa cuyos miramientos están sujetos
A bellos árboles que tiende la piedad
 
De ellos pendemos y nuestras fuerzas en contrario beneficio
Se encuentran como paralelos golpes
En la guerra donde van cayendo máscaras del fruto,
Partes de nosotros a través de su temperatura
 
Perséfone, fuimos esos trozos en descenso
Tuvimos la gravidez que en la velocidad precede a la culpa
nutriendo juntos la misma sombra, o fuimos
La sangre que volviéndose negó el latido al propio corazón
Y se incendió por no tocar el paisaje más real,
Ese donde las olas no revientan, y las barcas,
Crecen como flores horarias en los jardines de pleamar
 
Cómo el miedo nos abrió los ojos
Cuando los cascos de la sed nos derrumbaron
La boca hundida en el esfuerzo de traer lumbre
A esta región dispersa y cóncava en la oscuridad
 
Los reyes envejecidos rogarían porque el hambre
Vuelva a ser recta en la contemplación del fruto más maduro
 
Pienso en nuestros reyes, Perséfone
En sus reinos no se puso luz más que tinieblas;
Y el filo de la ley decapitó sus mensajeros
Refugiados en nuestros manuscritos Todavía.
 
 
 
La noche nos come los ojos, Perséfone Los sueños,
El único tacto conservado aún en la distancia
Cuando la luz
De mito a mito nos palpa las horas y sabemos, dolor
Nos queda la piel camino de ayer
Esa caverna entre los bosques y el ocaso
Donde mis cartas son los restos de una lumbre
 
La noche me cabe en un puño que negando el frío
Supo fechar contra los muros a cada piedra una promesa;
Cerrado la acerco a mi pecho el desvelo y la suelto
Con la paz del naufragio en su buena fortuna
Allá va este navío cuyo recto curso acabará los ojos del mundo
 
La noche fustiga sus rutas
Y que aún conserve tu imagen en la hierba
Como cuerpo en calco de esmeraldas sin el roce de tu estela
Dice algo para mí de las estrellas:
El grano tienta los mapas en la simetría de esta muerte
 
¿Has oído las estrellas, Perséfone?
No son más que niños impetuosos en carrera
 
¡Y pensar hay quienes amando han medido sus sonrisas
Convidándoles del trigo de sus propias almas
y leche de pechos mas llenos y tiernos que el mar!
¿Has oído?
¿Acaso no saben los amantes; padres y reyes?
Para ellas no es la libertad de la Piedra
 
No te fíes, Perséfone
De los niños que nacen y mueren cautivos en el aula de la noche.
Recuerda la vocal que hay en mi puño
Clavando lo que rige sólo el padre de su hambre
 
Nuestras cartas no llevan nombres desde los cuatro costados de la muerte
Son la música que los árboles esconden de sus ramas con dolor
 
Perséfone
Estas letras, las primicias que te devuelvo en duelo por el aire
Por el roce de la tierra con el trueno
Acerca tus manos desde el miedo
El miedo que también huele a estas flores
Palpa el rostro de tus hijos.
 
 
 
 
 
 
 

Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile ISSN 0717-2869