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Cyber Humanitatis Nº 38 (Otoño 2006)

 

Ejercicios en prosa, por David Villagrán

 
 

 

Cuando llegamos ya donde el rocío
Resiste al sol, por estar en un sitio
Donde, a la sombra, poco se evapora

Ambas manos abiertas en la hierba
Suavemente puso mi maestro;
Y yo, que de su intento me di cuenta,

Volví hacia él mi rostro enlagrimado
Y aquí me descubrió completamente
Aquel color que me escondió el infierno.

Dante.

 

Yo no sé qué debo decir; cosa asombrosa,
Yo solo busco lo que no se ha perdido.

Attar.

 

 

*
Ella lavó su boca en cuatro rostros distintos olvidando la propia voz sobre su amado espejo. Sin rostro, él se ocupa de un solo frente, pone toda su fe en cada efigie de silencio que recibe.

Ella sabe recordar entre sus sueños las aguas escurriendo del aseo, luego, despierta vuelve hasta encontrarse en la cláusula del brillo, persistiendo entre su boca y sus besos arruinados en el eco. Su canto repite incansable su amor cada vez más difunto hasta perder el blanco.

Su amado es la rabia de una sombra recortada en el vacío. Duele su raíz de horizonte en todos sus frentes. Canta la estación del invierno y en el calofrío confunde viento con sábanas o sábanas con el aire temblando en sus ramas, cerrándose en anillos.

Ella se arrima al temblor de todos esos años que son uno, se aquieta un momento, y luego sigue persiguiendo su voz yendo hasta la boca del hombre, siempre inaugurando, siempre reuniendo.

La muerte se contempla. Ellos la oyen juntos desde el jardín, en el rasgarse de las plantas recostadas y extendidas a besarse par, como diques del sueño a los pies de la vida, rebasados de saliva hasta guardarse de la lluvia.

Recuerda entonces la palabra del amado: Amada de brazos que son ríos hacia frutos que cosechan hendiduras, pon como toda la hora del año tus palmas sobre mis cuencas, penetra como la luz las cosas hasta una superficie. Verde es el roce, azul la mordida. Y en el acto la savia siempre estalla tras cerrarse la puerta de la casa.

Ellos perdieron. Fueron su través hacia el boscaje entero de los cuerpos: aire a medio camino y aire herido de arriba; Una puerta desde abajo y puerta toda, su árbol parte. Ella, madre e infinitivo, vuelve a comenzar frente un espejo que desconoce. Sube por el vidrio haciendo cúspide sus aguas al fluir.

No pedimos crecer así, parte, par. Nos tuvimos como un brazo terco tendría una ventana. Ella recorrió la casa lejos de ella misma y amó su cuerpo en sueños. Cada una de sus abluciones en cada rincón del espejo fue una flor, el choque de sus propios recuerdos con el nuevo espacio vacío.

Su espejo enfrentaba un silencio distinto. Olvidado, desde el jardín sostenía un río por dentro. Su rostro contemplaba un humo de perlas, nubes sobre el cuarto de baño..

*
Los amantes se han encontrado en el viento que los despide. Solo él ha pasado por el sitio donde existieron, ha huido con su monumento de hojas pero ambas manos en todos los hombres calzan uno el rostro. La mirada que desea permanecer con voluntad de sal únicamente.

La distancia sangra. El agua conoce desde siempre el camino que indica. La vida no es más que la educación de la sed, y los amantes, van doliéndose la cerviz como el tallo de una larva que habrá de prosperar.

El viento conduce algo; las estaciones antes y después del sol y algo no avanza ni se queda, permanece. Padres y Reyes, su flor tiende aunque la corona pese y las espinas se devuelvan, porque la voluntad debe ser personal y yo no soy más que toda la distancia entre dos cuerpos. Mi reino todavía no sabe si acabar o derrumbar el muro en fundación. El muro que enciende el pecho con ínfulas de ruina.

¿Pero qué conquistas entraron o pensaron salir de la niebla que hoy les tuvo? ¿Qué invasores? La letra vino a esparcir nuestras hojas. Nadie la sintió llegar aunque todos los ciudadanos velaran por algo. Fue el ladrón de la noche

Con la letra empacamos el sueño y viramos muy fuerte el corazón industrioso a los mapas. La prosa de los mapas tiene océanos pero aún pedía abismos. Todos abrimos nuestras lámparas a la letra. Era un reino más descalzo que una herida. Caminé.

Cerré mis brazos y ella estaba partiendo, siempre partiendo hacia algún todo de pasillos que llegaban a mi oído. Todo lo que hice estaba lleno de sus plantas y el aroma también caminó detrás del humo.

Son las cosas que perdemos en el fuego las que guardan mayor peso en el baúl que es el reverso del camino; está lleno de papeles a cuyo derredor la humedad se agolpa resonando: es una puerta, pero la puerta de algo, un algo de nadie que todos criamos. Una cúspide.

Nosotros que en la letra nos conocimos por la letra, más abajo compartimos la espina de la infancia cuando los amantes sucedían bellos, con adornos, la salutación de la piedra. La sangre era el Dios, estaba escrito, y la flor el sacrificio. ¡Qué apremios del descuido en el camino engañoso de la obligación!.

Solo había cantos en mi boca para la piedra, porque la piedra me cabía en la boca, y el tesoro que todos los piratas arribados con la letra buscaban no era sino el silencio. El ruido brusco del trizarse los dientes, y escupir los universos en la espalda de la amada. Sangre en pago por la tortura de su propia sangre. El amor del caballero y el amor de su caballo.

Por eso tuve la sonrisa horrible de los que murieron en diluvio. Tuve en mi la energía y la desazón del gigante que en auxilio acude a un monte que le llega a las rodillas. Fui un río. Tuve por eso también el cansancio de quien corre bajo el agua respirando de los peces.

Entonces la letra se marchó, y el agua se hizo pequeña a la vez que enterré el fuego en mi vientre. Me encogí sobre la ceniza y no hubo muerte entonces ni borracho por venir; nadie romperá la tierra desde adentro porque la piedra se descubría para mi semilla de cielo aguardando pues no amanecía. La noche está escrita, pensé en un gemido; la luna es la casa del pájaro que sacude la aurora de los árboles rompiendo su corteza.

A ella acudimos pues es el centro, adonde van a dar las cenizas. Saltamos respirando del anhelo, saltamos con las alas de un ciego a la oscuridad del aire. No hay nada más difícil que ver en el aire donde acaba el espacio, lo que ama la infancia del sueño. La cúspide escribe estas líneas y cada letra es un niño que habrá de dolerse si no aprende a espirar. La infancia es un amor sin destinatario a todas las alturas y se deja caer en llanto cada tanto.
Los amantes pasaron toda la noche juntos, cada uno escrito y desnudo uno al lado del otro, pero yo desperté y era el viento quien iba escribiendo ¿Quién dijo entonces si el verde y la luz sólo dicen silencio? El rey y la reina han guardado vigilia durmiendo su reino.

 

*
El sueño es la verdadera prisión con que la aurora se empobrece, aunque en ella se duerma hasta la muerte, como tal supo acabar con cada quién. A los animales les bastó para morir la soledad; a las bestias, el hambre y la impotencia de sus miembros ante el tiempo. Con sus manos blancas ella dio a los santos una vida tan contraria como la de besarse trinidad en desconsuelo. A mí me quitaba el sueño y me daba la noche en medio del día. El agua se estancaba recta, aplazando su ascensión al sol, dudando del lugar del mar, o esperando tan denso como solemne un oro que secretaba bocas en el aire

 

*
Los elementos contienen leyes puras, inteligencias que nos van pensando por dentro. He sentido el camino infranqueable del triángulo terrestre. He intentado asentarme en mi garganta. El canto es mitad aire mitad rastro. Caminamos.

Las rodillas del agua que llevamos hacen sed de nuestros pasos. Mi amigo estaba perdiéndose en el fuego, nos dábamos las manos en el odio.

Supimos leer nuestro respeto como un humo levantado hacia el oriente. Eran cartas rectas donde la muerte era besar un par de ofrendas para el dios vacío. La ética del odio más antiguo y quizás, tan solo la forma de las cartas con las líneas que vimos en ellas tocándose en los fines con principios, pura espalda y frente en la caricia.

Los elementos, escribió mi amigo, nos legaron el deber de hallar cerezos para confundirlos con ceniza de un perfume. No había letra afuera única, irrefutablemente corrupta.

¡Si mi amigo hubiérase estrellado en el flanco más cercano! Si se hubiera sostenido en pie con ayuda de la lanza que lo atravesaba llevándola al piso por el frente! Pero la espalda de la letra tiene aprecio por la letra. La ley de la ceniza no fue escrita por la ley del fuego.

Enarbolamos el pecho la boca entera atravesada y la luz con su silencio fue la única en sentirnos. Con el oído allí en la lanza de la ley los elementos piaban por su culto. El rito de la palabra en cuerpos que van heridos viste de insultos a sus sacerdotes. Una mujer de túnicas que nos ama corre el riesgo de amarnos las heridas.

Injurié a aquella mujer con toda mi alma, y ella, mi alma, fue la única en abandonarme. Se marchó temerosa como la belleza y la verdad al encontrar sangre en desmesura por el eco de un dolor.

El ausente acude a ordenar los puntos cardinales del hambre en pena, sacude su fortuna de malentendido, continúa su camino. Hay un alma que fabricar en el presente, quizá una mujer a los pies, esperando con la humildad de una aya el reino del abrazo.



*
La tarde es la hora de la derrota. El vía crucis de la luz cubierta y encerrada tras paños, vidrios y trapos. Hay sangre por la cual luchamos como la luz, resonando y cubiertos por muros. Sangre que levantaría la tierra.

Nosotros los ministros presenciamos el paso del sol desde el punto más alto de nuestro cráneo decaer en frente a la mirada. Los ojos pierden su órbita cuando observan su propia espalda y el sol, va tras nosotros abriendo hasta los huesos...

La tarde es un grito que solo se lee en la carne, como la luz. El aire también se queja cuando el viento se rompe en su columna; las paredes sacrifican su ejército al paso de la rasgadura del papel. El gran hombre lleva la sangre adentro solo en recuerdo de su inauguración. Una ventana, siete, dejan ver en él y observan.



*
¿Existe el hombre del trasfondo? ¿Qué hace el hombre que contempla algo meditabundo, algo nervioso? Busco una rapidez que conduzca mis medios en su escucha, porque hay una tardanza y no es el peso del aire.

Hay un muro donde vivo y se sienten agresiones, cuando pienso qué son los ladrillos, cuál es su vínculo con el invierno y la luz de mi casa, cuando mi casa amanece. Yo sólo soy el que vive, pero la letra reclamó un lugar, un espacio llano donde comenzar a construir lanzando cables, nivelando.

Antes la madera se agrupaba para recibir el golpe. Ahora la impresión se desplaza uniforme, demasiado curva por la baldosa, y hay un fuego cuyo aroma es arruinado por la brea.
No hay avance estrictamente en sucesión.

Abro mis puertas al día, las puertas que el reloj despeja sólo cuando estoy a la espera del sueño y entonces, el hombre entra en el edificio porque huye; Huye en su desesperación de tarde a tumultos y sólo; Ha aprendido a otorgarse desvíos, pero los pasillos persisten aún cuando el oído se recoge en la búsqueda de augurios.

Me levanto con la sensación de un accidente que ha sosegado al cuerpo entre las sábanas. Encuentro una escalera en mi ventana y salto de riesgo a peldaño porque estoy naciendo a la velocidad. Aunque una pausa me ha encontrado con el cuerpo en alto; he despertado todos los ladrillos de mi torre vuelta escombros. Ahora al lado de mi cuerpo en reposo hay un indicio de la presencia anterior de aquel hombre. Una pequeña nota canta, y mis ojos no saben que pensar. Es en los pisos inferiores donde son fabricadas las máscaras, puedo ver qué hay de óvalos en sus ventanales, adentro, donde el torno y la faz descansan en el molde todavía, y el obrero está en ausencia aguardando.

Me gustaría pedir un favor al Maestro, pero no me es permitido; El ladrillo sostiene la forma; La torre se inclina. Acuden tempraneros como siempre los flancos de la empalizada. El individuo está guardando algo para su propio muro, avanzando con el cuerpo escarpado a través de su columna.

Yo lo observo y sé que no hay forma alguna pues estamos encerrados, aunque el hombre y su oído prefiguren un templo para su vigilia, aunque siempre encuentre al mismo conocido algo triste, algo impertérrito, pensando que se encuentra santo y puro en la intemperie de su imaginación, sin poder comenzar a vivir, pues la materia de sus salmos no son las vestiduras, sino la célula feliz en su arrebato, el silencio de una personalidad.

 

*
Es tan difícil encontrarte, cuánta arquitectura hay que repetir, cuánto sol hay que tragar sin un respiro. Mi casa esta rodeada de aridez. No hay aves mensajeras esperando por ventanas. No hay tecnología que soporte esta distancia en medio del propio cuerpo.

Hay escombros del porvenir anterior. Hay teléfonos que inútiles nos secan más que el deseo de sernos cada uno amante de su muerte propia y separada. Pero sólo el grito rodeado de silencio, ¡Sí!, Sólo el grito rodeado de silencio y mi silencio en su conquista subalterna.

 

*
A los amantes no los rige su voluntad, he aquí el punto donde la tragedia se vuelve salmo y la personalidad persiste. Los amantes son vehículos de Dios, ellos le aman en su vacío futuro de querer, en su recurrencia, y en la recurrencia de su distancia, que es la única manifestación de su encuentro.
El amor desconoce sus escritos.



*
Nosotros, que vemos la madurez como una caída porque la boca es el fruto único de nuestra hambre en ascensión, pendemos como nuestros labios de una distancia inexistente, que bien valdría su existencia no en el golpe de la mordida, sino en la cicatriz anterior de su anhelo mismo.

 

*
Ella ha respirado con premura porque su aire que no está en el aire le hace falta ahora, no antes, tampoco después de su partida. Estoy en frente de sus manos recostadas sobre la ropa de su cama, y han desfallecido algo de piel por fuera. Los huesos estrecharon algo en medio de la médula, algo se estaba negando desde más allá, en el átomo de calcio donde una palabra se deshacía en sílabas vocales, dejando a las consonantes menos que el valor de una promesa orbitando.

La vida en sus ojos húmedos tiene puertas que no quiero cerrar aunque el cuerpo en fuga tiene la desconocida torpeza de una latencia. Es frágil, tan frágil, su corazón frente a esta ganzúa que fuerza algo para cerrar, un robo de generosidad, de supervivencia que se vuelve egoísmo. Impune tonsura de condenado que se jacta de haber sido su propio silenciador en la balacera del respeto.

Hay muertos que le han hecho lo mismo. Tanto adiestramiento de amenazas y golpes lleva cada árbol de su frente.

Quiero. Necesito un pasillo que contenga la casa vacía de esta sangre que se ahoga y que respira de nivelaciones en la preliminar del embaldosado. Hilos extendidos, rectas que vienen y van ordenando los escombros que habrían de retornar con sus fotografías a cuestas.

He aquí el recuerdo de mi último humo, tan impropio como el primero, salvo porque este, el verdadero, tardará más en arder por dentro de sus párpados. ¿Qué pasa cuando la vida comienza y acaba tan simétrica en la lucha del dolor con el dolor?

 

*[1]
Estamos en la medianía de la respiración y el pecho, como un coral ha convertido en leche lo que antes era su pulso. Un soplo contenido vino para fecharse pendiente. Era el mar, la bóveda formada por el hijo con su mirada en alto.

Esperaba ver un momento nuestra luz acudir hasta el agua y su flanco mas tierno le otorgó la densidad. ¡Nuestro hijo sin pronunciar palabra cubrió de alas los párpados de la ventisca!. Supimos un refugio indicado para su reverencia. Le acunamos más adentro de la carne, y de luna nos sirvió su boca en las mareas. Uno a uno los barcos fueron recordados al golpear maderos en la asfixia de este viaje.

Tu madre escribió la primera letra de la primera línea porque ella se llamó Comienzo, y tuvo nombres para cada pausa del entierro mío en hojas de agonía.
Ella dijo "Ancla eres porque sólo el ancla se libera de su peso en la cubierta de la nave a la que pertenece", y por aquellas palabras mis miembros persisten rígidos como moluscos en el universo propio de su hambre. Pero ¿quién conoce el idioma con que el niño expresa su dolor? ¿Está muerto o respira desde el fondo todavía?

En nuestras manos tenemos la impresión de su imagen solo cuando el agua da noticia de algún pez en rumbo a nuestras redes, aunque estos, los ojos con que lo buscamos, no sean saciados con tal esperanza.
Soñamos con un lecho en la espalda que sostiene esta noche en su ir y venir, pensando en el compás que deberían nuestros cuerpos familiares. Pero ¿y si después de la marea nuestra posición se mantiene en nuestros hombros? Náufragos y pescadores, los vencidos por la voracidad de un instante, queman sus propias velas, y hacen lanzas de sus brazos para sus corazones con el rigor de una ofrenda.



*
Atravieso la hora que afilada es levadura. Tengo hambre de ruinas a este paso, a este viento en que me llega el claustro y me refresca todo porque es destrucción.

He visto un perro viviendo su vida por este camino que antes se enorgullecía en mi por ser un túnel de árboles con sus ramas en arcada.

El perro estaba quieto como las líneas del pavimento, tenía la velocidad por fuera y nadie podía distinguirlo uno entre las piedras y las hojas en reposo. Su lengua se estiraba o era una ilusión; había caído como un árbol, estoy seguro, y su pelaje, obediente al color de los escombros, poco a poco, sumaba oscuridad por cada sueño y por cada ruido que dejaba de alcanzarle.

No sé si estaba muerto o era la hora. El entusiasmo del polvo en el levante.
(De todas maneras ya era una imagen)

Para el final de la tarde, cuando pueda ver desde aquí mi casa, será dispuesto el reconocimiento; la arquitectura sabrá de su mordida póstuma aunque su cuerpo traicione al silencio escribiendo de odio la piel de su amigo.

Estoy queriendo un poco a este desvío. Después de todo, los vestidos trabajan su cansancio, lo cultivan, lo adiestran, lo asesinan hasta hacerlo florecer tan parecido a su ruina desnuda, a su sonrisa.
Pero aquí hay todavía pan de cable a cable. ¡Hay aquí sudor de árbol a árbol! Y yo voy saludando a saltos a una hambre ordenada que da otro hogar por el mismo camino. Si mi rostro para marcar su rumbo, para señalizar negación y respeto, esgrime una mueca contraria y triste es porque va tatuada.

El camino ha sido abierto como unos labios, y para todo, lo de fuera está pujando. La hora tiene su prejuicio y su razón; lleva los brazos mudos y el corazón de sus maestros a destiempo, por eso calla y habla solo por su tos y con su ruido. Tiene miedo de pronunciar su retirada. Tiene miedos el camino como pasos y autobuses en que los escombros de la hora son testigo en cuerpo y sangre de su cuerpo y de su sangre.

La velocidad es sincera con ellos, tan durmientes, sin embargo, hay hojas que penetran a un tiempo su sueño y apuro, e intentan decir todo de prisa cuando caen a sus torsos lapidados por la inercia.
¡Ay, si es bella esta hora! Una oportunidad para cada piedra y vagabundo; un sol y cielo abierto, luz que también se rompe entre los árboles corriendo a su trabajo de sombras como un río de belleza para la crisma de cada cual, observadores y observados.

 

*
Mi casa se va quebrando y no hay un mar en medio de su cuerpo. Mi casa son los trozos de mis ojos, las rasgaduras en las paredes que escrutan; escombros de la hora que me erige.

De mi casa solo las aguas han quedado intactas, por lo tanto, mi casa es la imagen del cielo recortado por las ruinas y el hombre que enmudece en su techumbre.

¡El fuego no la consumió! Ella se ha bebido todo el fuego haciendo una respiración el sacrificio. Guardando las ventanas ha ahuyentado a las estrellas, y el fuego aullándome pregunta: ¿De qué trató tu amor?

Esta casa ha estado aquí antes de la venida de mis párpados y es como un niño que dibuja un paisaje:
A todas sus alturas hay montañas y verde el horizonte, aún cuando en su corazón el color no rompa al hombre que va a callar su de profundis, que va a morir por todo blanco en amarillo.

¡Tardanza su extrañeza de papel!

 

*

Estoy envejeciendo. Tengo frío de cerrar las puertas y mi ventana; tengo los bolsillos de mi abrigo llenos de almendras para mantenerme quieto. Aún así huelo la hierba sobre la cual me tiendo en las tardes.
¡Imaginación! Qué frugales son las estampas de la desventura. Hay nieve y solo puedo decirlo igual que hace cinco años; incomodando a mi mano para indicarla.

Deseo tener más recuerdos de ti donde correr. Deseo legar toda esa agua de mis pulmones a la mujer quien fuera dueña del color...; el que contemplo en todo lo que no viví.
Y me pregunto inmóvil como estoy, con las arrugas de la luz en el mediodía de este rostro, ¿aquel hombre podrá seguir viendo el sol después de vivir con el en los ojos? Su mirada estaba tibia...

La hierba me ha cegado y el frío ha corrompido mis vestidos. Mis nueces se han perdido. Han reventado demasiado fuertes sus dos pasos, de antes a caída.

Inútil de rabia, con el cuerpo azulado, desnudo ante los golpes de las hojas, berrincho en frente del hambre que me ha roto y que se aleja llevándome en su memoria apenas a horcajadas.

 

*
No sé que pensar, o si estoy, o dónde, si lo que busco y lo que no, se mueve fijo comenzando por venida. El día se sabe hermoso repentinamente y hay viejas edificaciones escurriendo tras una ventana por momentos.

Levanté unos ojos desde un libro y se estrellaron otros un millón de veces o tal vez... La calle estaba desierta porque no entendía el peso de este cielo sobre su pausa, ni las consecuencias de la tardanza de cada imagen en la impresión.

De negocio a negocio, ¿Cuál más hermoso en su mal traer?, de vitrinas a puertas ¿Cuál más bellísima con su impenetrable lucidez de cortinas, carteles, colores y cosas ?
El ruido, su edad familiar, se allegaba a mi pagándome el silencio, dando forma a mi cuerpo con su precio de vestidos mientras su tiempo sólido me nutre con dulzura. El hombre no necesita nada más.

¡El día es hermoso pero le falta una hora! La calle lívida al paso del aire imaginaba a sus hombres una brisa. Esto que soy es un pasaje...

 

*
La isla con su tierra negra, y en ella la hendidura de un cuerpo entero. Apenas el viento ve pasar ese leve agujero, corre porque está seguro que no hay en él diferencia entre sus partes. El aire busca otra cosa.
Mientras el cielo se está quieto, el mar cubre un caballo que bebía arena.

"Nadie puede oírme desde aquí. El cielo es una mudez completa y la hora es roja como una rosa cardinal. ¡Quién se encuentre aquí sabrá del movimiento!"

La isla es toda la sensación de ella; se ha marchado también de quienes acudían, y la roca enorme que era se fue poniendo hasta ocultarse tras la última rompiente.

La huella de un hombre ha quedado en las aguas, pero no puede ser la misma porque es distinto su sonido.

En esta parte del mar la fuerza de la luna construye silencio elevando gruesas capas de sal.
El viento juega en mis pies con un río de peces que agonizan.
El caballo ha amanecido trayendo la tarde al lucero. El hombre esta siendo sacado de su boca,
ha manchando con sangre el cielo al otro lado del mar.

 

*
El huerto de los duraznos ha sido cortado por nuestros padres. ¡He visto hermanos míos, su tiempo interrumpido!; Me duele su inmortal memoria por resto y pobreza. El árbol del rey y de la reina, las ramas de la nobleza, los brotes de los hombres que trabajan la tierra de su sangre; Todos me han visto en sueños, cada uno con su armadura rasgada, todos y cada uno con el alma como un brazo extendida hacia mi culpa que se va alejando de la tierra.

Quiero ver el huerto en flor por última vez porque queda en mi cuerpo un país sin gobierno para las miradas de mis hijos.

¡Quiero ver al huerto despedirse trozos en lugar de pétalos!
Mi tristeza es el único aroma del azahar, y mi alma, la ausencia de la hierba en espera.
¿Construiré algún día una casa? Puedo construir un huerto de duraznos, pero no puedo hacerlo florecer. Sólo un árbol; Esta pena que caló la tierra; Esta pena que sin patria ha esparcido ya mis hojas.

 

*
Vivir un día durante un mes; imposible. ¿Necedad? Tengo que hacerlo simplemente porque la tardanza me condena más que un hoy, un ayer, o un mañana. No se puede vivir en la pura lejanía del día que es destino de su antelación, ni en el año de mi muerte como recuerdo de su porvenir una y otra vez.
Vida es tardanza. ¿Porqué tarda el recuerdo del amigo? ¡Lástima!

Si tu escuchas, la noche te guarda su imagen.

 

*
Si la muerte fuera como la idea de una enfermedad y su relación con el cuerpo fuera simplemente lo terrible de un viento, ese viento aún puede agradar al alma dependiendo de su trato con el ánimo; Ni ojo, ni oído. La enfermedad; ésta enfermedad mía que comparto con mi especie, es el recuerdo de un amigo traído por la lluvia.

Los golpes de la piel en los huesos, en los pies, son como gotas donde se hermana el paso de la sangre. Pienso que esta sensación, que no es otra que un peso y un desorden en la motricidad de la inteligencia, fue auténtica, y por eso mismo, otra, cuando estando muerto imaginaba con tal exactitud, a mi cuerpo aconteciendo en la pura idea de un rumbo posible junto a la humedad.

Debería, sin embargo, ser un poco más concreto. Recuerdo que describí esto; el paseo por una de las calles que se hundieron en mi cuarto.

Como la supremacía del aire, la impresión marcaba un rumbo a mi blandura desde el límite del rostro y el pecho; un peso comprimido que los pasos manifestaban de forma involuntaria al elevarse en puro tiempo.

Todo lo que vi entonces fue enfermo porque respirando soy mi propio síntoma negado al aire, aún así conducido en cada tramo por la edificación. Sin embargo, me contuvo un ánimo maravilloso.

El síntoma central es una contradicción: estuvo sorprendido como un espectador, únicamente para asombrarse y arrojar el humo de sus más lentas majestades mientras ella, la sangre, pasara a su alrededor sin mirarle.

Cuando en sus rostros escritos mi espejismo se enfrentó a sus direcciones, la imagen resolvió silencio simplemente, ni tan sólo fragancia. Se pensaría que ambos, los rostros y sus signos, serán amantes sanos y salvos de sí mismos, pero viviendo en el mismo antiguo solar de la crisis. Quizás mi cuerpo donde llueve,
o un cuerpo donde cada sensación se agripa de entusiasmo, y truenan gentes como relámpagos inválidos de catalepsia.

 

*
Estoy enfermo porque escribo un dios en mi. Lo que en mi discierne no tiene cuidado con lo que envuelve su oquedad, se hunde en la luz que no le pertenece, carga con demasiado orgullo a la oscuridad de su corazón.

He estado en la calle antes del mal tiempo, totalmente solo, y el espacio era una suma. Vine desde atrás caminando, desde tiendas, apacible en el frío por la escarcha de una vía.

Intuí que el sol estaba confortable, y mi voz envió otra voz hacia el frente, la ubicó entre mis dos ojos hasta oír la luz su propio recuerdo. Intuí que ambos serían iguales, ella y yo.

Las cosas fueron tumulto y claridad, yendo como iban, en un mar de rocío. Ella, de pie frente a mi en la calle, veía que sus ojos se habían empañado antes que la nieve del recuerdo le emboscara. Su imagen se dormirá antes de llegar a la esquina, me digo, ya es un color olvidado; está despierto en la vida, tengo que estar despierto. Como una tormenta va agrietando a sus compañeros desde adentro porque su nave es una cicatriz.

¡Caminemos juntos amiga, que somos la herida del frío! ¡Un cielo en el hielo más oscuro, una cárcel húmeda en la llama!

Si me preguntaras amiga, qué siento cuando el aguacero me imprime una sonrisa, te respondería... Pero no es ese mi rostro, ni míos los gestos, ni esta parábola mezquina; mío es sólo el silencio, el sueño del Cristo que duerme, suspiro arropado en cóncavas naves. Yo extiendo mis brazos y es para apartar de mí la temperatura.

¡Se estrella la órbita densa, no tan sólo la materia! ¡No te cubra el cuerpo, hacia ti, como un brillo!...

¿Qué da la luz cuando ambos ojos van cubiertos y la nieve es el miedo? Esto sería silencio, el corazón que no sabe donde mirar, ruido de engaño con desesperación. Pero al fin, es saludar todo el amor que llenos o vacíos, sin dudarlo nos quisiera.

No le creo a mi sangre pues voy herido.

 

*
La noche ha olvidado su entrada; yo estoy en ella, ahora que he alumbrado al instante... ahora; comedido a extrañar su aislamiento.

Es tan tarde cuando comienzo a escribir que me adelanto de inútil al golpe; que hiero por el costado la hora de las cosas cuando de ellas ha huido incluso el alarido que denuncia mi abandono. ¡Cuantas cosas, cuantas cosas y personas y sueños y deseos he abandonado, No merezco respeto por eso. La memoria no me basta, nunca me ha bastado porque hay otra ventana en mis ventanas; sobre las imágenes que erizan mi piel se yergue otra tan segura y subrepticia como un camino que aparece solo para apartarse...

No puedo decir que lo recuerde, no puedo afirmar que recuerdo al visitante estando vidrio, siendo el marco apresado en cruz, feliz en el engaño y casi sin un rostro al horizonte...

Es tan tarde ahora para despertar al hombre entre las sábanas de mármol; aunque la tarde duerma en él pareciera que sólo corresponde oírlo... Puede quedar en el derramarse agua de unas flores frescas, quizá en recuerdos cortados brotando de las manos de sus cuerpos familiares, extendidos, paralelos a un hogar común bajo la tierra.

He visto despierto en medio de la noche, a ese espacio vacío marcharse de su único lugar; y no podría hablar de ello, si no entendiera que sólo me visita por momentos, porque no está muerto del todo. ¿Y si fuera no más piedra lo que hay hacia abajo?

Cuando ese hombre se marcha lo sabe su sepultura, su amada lluvia fingida a la cual está atado. En la noche, todas las imágenes se burlan de cada uno de sus segundos, y mi memoria es una oquedad inquieta. Doliente por pasajera.

Me callo porque voy a seguir mientras dure este retraso, hablando y hablándote de mí hasta encontrarme. Soy un cobarde y estoy seguro porque al fin he sido derrotado. ¿Por qué? ¿Por quién?
¿Y si dentro de la hora estuviera yo de carne y hueso? ¿Y si la hora tampoco tuviera lugar ni sepultura?

He escrito y he oído, pero ¿cómo ser el oído que oye que oye? Si he abandonado tantos sueños por verlos, por golpearlos con mi piel verdadera para que ella se abriera como una semilla, para que mi amor se extendiera por mis heridas hacia afuera de mi cárcel ¿por qué esta cicatriz entre yo y lo que contengo?.

Algo me separa de un tesoro. El sol no sabe que la nieve es oscura ni qué sucede con el tiempo, con su propio tiempo cuando el hielo lo niega solo para entregarle su reflejo: apenas un brillo opaco, una vivacidad en el color. !Y el color!, la maldición, todo lo ofrecido fue entonces un error... sólo... pero la luz...

Puedo decir. El hombre que soy deja las flores húmedas, la mano enmudecida y frente al espejo el viaje del ciclo en su punto intermedio final.

Estas palabras que han dolido. No soy Ulises; lo oí pasar enorme en el mástil de la tempestad cuando mi cuerpo encalló.

No conozco el mar... conozco el azul. Quiero comprender de una vez esta sal.
Aquí, en la tumba, el vacío es el único que ha resucitado.

 

*
Estoy solo en esta conversación sin muros. En esta bodega donde nada permanece con cuidado y mi silencio se pudre. No sé si lo que puja contra mi voluntad todo este cuarto vacío hasta el grito sostenido, es el sudor del hombre estúpido que escribe sus respuestas a golpes de puño.

¡Cómo van encajándose con ellos los ladrillos! La fuerza del vacío tiene un silabario en la temperatura por inútil y establecida: el blanco de la hoja va escrito con cicatrices del vértigo.

¡Pero ni ese vacío puede responder por el cuerpo cubierto de cieno! ¡Por la imposible escultura del cielo aquí enfrente de mis ojos! ¿Dónde ha quedado ese poro de nube?

Mis ojos son las ventanas de un hospital donde toda la dignidad del enfermo consiste en levantarse de cama a estampar una boca contra el vidrio... ¡Aquí está! ¡Por fin se muestra un aliento capaz de sostenerlo entre sus dientes! ¡Por fin una señal de verdadera pesadumbre, más que las sábanas arrojadas sobre la fantasmagoría de unos restos!

Hemos roto los párpados que unían nuestra idea de no estar más frente sobre el frente y con Dios, y si estamos fríos, es porque resplandecemos hartos ya de oscuro, como la luna. Hasta las plantas y los árboles con su propio vértigo alimentan su cicatriz de ahora, y de otra forma ascienden para saber su bosque en el choque de los unos contra otros. Dijiste: por su encuentro el trueno es saludable, y el lindero de su fuego conduce hasta el lindero.

Pero ¡Ay!, ¿Cómo podríamos hablar con un espejo hecho de tripas? ¿Cómo puede la carne detenerse en un abrazo si se derrama el humor sobre la sangre?
No sirven esta vez los golpes para acomodar un lecho sobre un lecho. No sirve el aliento para soñar los dos el mismo sueño de tener un bosque, una fuente, e inconsciencia para poder hablar...
...O una muerte propia para amar.

...He digerido completamente la transparencia de los muros, pero sigo arrojándome -¡Qué nadie me culpe!- hacia el río de la sangre...

...Sigo y he seguido a solas, observando cómo esta conversación no llega a más que a un comerse los ojos...

...Si voy flagelando ésta, la víspera del hambre, no es porque me esté martirizando; ¡Es porque tengo aprisionado a este cobarde desde el cuello para que no me deje solo!

Tenemos un cuerpo y puede que tengamos otro de más para vestirlo de pura violencia...

Por cada oportunidad que perdemos de fundar nuestro amor, falta un oído en nuestro vacío, para el llanto del recién nacido.



*[2]

¡Si el vidrio hablara! ¿Qué hay en ese interrogarlo, en esa mirada que no quiere ser través y se queda, ningún paso atrás, ni uno sólo adelante?
Sólo tengo fe en que el polvo y las manchas que le pertenecen, sean parte de toda imagen, ¡Y aún más!, que en ellos exista un frío y un calor; un viento para impedir las grietas de tiempo y los trozos de mundo aunado de golpe.

Si todo esto de hombre humano fuera óptica, digámoslo: La luz permite que el ojo no se espíe. En el fondo del vidrio, en penumbra, hay una curva sostenida, un ojo que es los párpados de ojos nuestros.

Pienso ahora en la pregunta del vidrio que rompiéndose es abierto; en la esfinge que hay crucificada en todos y cada uno de nuestros muros:

¿Acaso éste? ¿Acaso el que vendrá mañana?

¡Qué deber de respuesta tiene entonces este marco que llevamos en la boca!

"Soy la muerte de mi madre y de toda su ascendencia"; "Seré la luz cuando algún sol haya de alzarse"; "Fui"

Y ahora que se acabaron las preguntas, cada una ejecutada con un tiro de no haber quien, el párpado nos cierra la cara.

Solo cuando el vidrio calla existe el silencio, todo lo demás sangra en el través de su reino.

 

*
Aunque no sea llamado, Dios acude. Mira, así es la luz... como estos nardos, la tierra sosegada.
Tienes una mano sobre tus ojos ¿Tienes una puerta ante tus manos? Así no se recoge fruto alguno.
Tu tronco es un angosto pasillo, pero, ¿De dónde vienes? ¿Por quién has sido llamado?
Aún no llega el tiempo en que el oído distinga luz de oscuridad. Alcanzar los ojos, eso, es un milagro, pero estar aquí de pie supera cualquier bendición, por eso el llanto es un huevo.
Así como volaste en su vacío adorando una sustancia dividida, y siempre semejante a cada una de tus alas, ahora es necesario dejar tu cielo atrás.

Corres de un lado a otro, plantado en el jardín, y no hay árboles. Hablas con la boca llena de cabellos, y piensas: soy besado. Indicas con tus ojos la dirección de tu aliento y piensas: estoy hablando;
Con tus manos amontonas hierbas secas y luego te alejas nunca lo suficiente para sentir que tu amor es el artesano todavía fuera de la materia.

Mientras sean tus huellas, los rebaños imaginarios que te complaces en conducir por la tierra, no habrá camino para tu amor; no contará la vida tus ojos, ni hablará tu boca pulida por la cáscara en un brillo.
¿Acaso no es un momento para ser invadido?

Eres conocido y no conoces. Llama ahora a todas las puertas Convoca a todos los perros que te precedieron y a su descendencia y haz un discurso: su olfato no habrá muerto si tu alma no se presenta.
Si es así, tráela de regreso desde la muerte, pues ella han sido cada una de las espléndidas malezas con que te cubriste: una a una todo el paraíso inverso de tu calendario.

Puede que el fuego del deseo acabe con tus cabellos; puede que vuelvas a sentir en la boca lengua. Si el aire reinó miserables fantasías las del polvo, en tu aliento que se eleve aurora tu alma anocheciendo.

Ay del juicio de la saliva de los perros. Ay de sus aullidos, cuando de muerte el huevo te desplace con sus grietas por donde el sueño observa, desgarrando tus visiones y dejándote la puerta en unos ojos sin párpados pero sin manos.

En cualquier momento el mirlo comienza entonces su descenso directo en ningún lugar del cielo, sino desde los ojos del perro que supo aguardar, hasta su hocico de impaciencia perpetua, insaciable.
Pero no sólo árboles y aves, no sólo los cuatro elementos ni la ausencia de un corazón pueden prestar su forma al color perdido entre el ojo y su naturaleza o vestir al vestido en abandono de su dote.

¿Y si el llanto viniera de un niño?

A los pies de la ventana yace el fruto del llanto de un llanto como el eco del hambre, y la cicatriz del silencio. Alguien ha dejado a propósito un niño en un niño a los pies de la puerta cerrada de su madre.
El agua es una sola, dicen los dos ojos del niño y lo mismo dice la cerradura de la puerta. La piel tiene sed porque únicamente la sed contiene bien.

Las palabras del héroe trágico tienen una voz de animal en el reverso de la puerta y un temblor en el horizonte del pasillo. Abotagado por el filo está en su única visión y los pasos son preguntas.
Su rostro de hombre tácito frente a la luz funda hogares, templos y ciudades como párpados.
El agua no lavará la oscuridad que lleva consigo su rostro, la isla apartada emergida de lágrimas.

¿Y si despojo en mi reino el agua del llanto?

Dios está a su lado sin condenarlo. Él, que podría condenarte y sin embargo bendice tu estirpe.
Dos duraznos han caído de muerte madura; uno reposa, parece que duerme, el otro ¿despierto?, sufre por un ojo inquieto que escudriña hacia el carozo. ¡Bienaventurado primer fruto que te entierras en tus sueños!

Así es como la luz perdona; en el silencio de una decisión del todo justa. ¡Ay, de quién desee conocer su muerte sin su propia vida y de quien iluminado rompa el sueño creyendo tener ojos! ¡Sólo a la luz pertenece el carozo del carozo! Sólo Dios recoge frutos a ambos vados del sueño.
Ellos, los frutos del sueño, conservan las manos con los ojos cerrados para auxiliar la ceguera de quienes viven en muerte creyendo propios los reinos de la luz.

Hay niños que lloran porque desean ser escuchados por la luz, hay llantos que han caído arrancando la razón de la misericordia ¿Ha tenido la piel del niño la suficiente sed para sostenerse?

El héroe camina por el filo del cuchillo que ha de cortarlo en dos. Pregunta, pero la luz de antemano reniega de sus crímenes. Recuérdalo, ¡ningún crimen has cometido! A Dios le sobran ojos.

Has atravesado el umbral, no porque buscaras la luz, sino porque te vestiste como un rey, y pudiste imaginar que Dios estaba a tu lado, y en sus manos la justicia. Fuiste un momento del sueño de Dios y no eres libre. Desde ahora serás la ventana frente al árbol que deja caer sus frutos maduros.
Carga tu llanto en tus brazos, la fuerza de Dios eleva la isla entre tus lágrimas. Eres tú quien permanece. Saca el llanto de ti y déjalo en la cerradura.

Tú que has avanzado, ¿Has visto que avanzando por el pasillo has logrado una ventana?
¡Una ventana de frente, qué alegría ver desde fuera como nos guía, con qué fuerza ocurre la llamada hacia quienes miran desde afuera y creen ver, al encontrarse adentro iluminado, que aquel hogar desconocido por oscuro, guardaba a sus ojos la imagen de una amada!

¿Pero se puede amar desde el vacío?
¿Se puede amar sin forma, realidad ni camino?

 

*
El sueño se ha cerrado como el corazón al despedir la sangre. Tiene un hombre ante su puerta con muchas ganas de saber como se muere, si hay alguna insignia o sello diciendo "sí" bajo la lengua, camino al rosario hasta no ver la puerta, su horario entero.

Ahora que la lluvia cicatrizó para estos ojos, los del hombre se han perdido en la repetición de pórticos distintos.

Una mañana, a punto de mostrase el sol entero, el pórtico de la aurora se partía volando sus pedazos la vegentadura de la piedra. Ella había anunciado un viaje pronto hasta la sangre costra; Ella, que era la herida del sueño y unía en sus mundos, iba a esconderse en el casco mismo del guardián.

Muerto el secreto hubo el hombre de olvidar aquella ruta desde su casa al no se dónde de su amada. La olvidaba imaginando por las noches el recto curso de su giro juntos. El hombre una vez dormido salía de su casa sin siquiera haberse encontrado dentro.

Un mediodía, con las tumbas del cementerio en fila y marchando tras el desayuno que los engañaba desde lejos en cada ola del mar, el hombre visitó a su hijo bajo el pórtico del silencio. Iba tejiéndole un vestido en la piel con la aguja del consejo y bastaron dos palabras para cegar sus oídos con el abrigo del desconsuelo, mientras las tumbas rompían filas y retornaban el cementerio a su sitio. Ni el hijo ni el hombre en el momento de su encuentro repararon en ellas, que más lentas y pesadas, contenían ahora entre todas lo que antes era el mar.

Sumamente despacio el hombre volverá a su casa, solo, tras la negativa de su hijo de arroparse, merendar y acompañarle, todavía con el desayuno en lo más alto de la hora.

Cada vez que lo hago venir a mi pórtico le grito al hombre:
¡La hora es tarde!
¡El sueño se ha cerrado!
¡El mar está dentro de las tumbas!
¡La sangre de la amada tiñe la luz y se parte partiendo!
¡Tu hijo es un ovillo de culpa porque no existe de tanto agujero a pesar de ser más que un vestido!

Y sin embargo, si el sueño se abriera, no sería más que un vaciarse de tumbas, un cementerio de olas que no pueden saber si mueren en contra de una lápida o si lo que en verdad desean es el mar o el mediodía.
Si el sueño se abriera te daría hijos como consejos y amadas como horas para olvidar tu propia casa.

Si la lluvia cicatrizó para estos ojos ¿porqué no podría hacerlo para los tuyos? Tu que tienes tu casa en la intemperie del sueño, abre tu puerta desde fuera por dentro; sé tu hijo entonces en el silencio y ámalo a él y a tu casa, pero excede tu amor para el mar porque no son las aguas su morada.
Sé como tu padre y entrégate como tu madre.

 

*
Construyeron su cuerpo con pausa, movimiento e intervalo, y lo ornaron con gestos de un conjunto de hombres por un río que es el gesto, sólo para arrojarlo al mar de los miembros y celebrar la letra escrita en la hebra del árbol, no en la flor seca que dejada en el índice se volviera cruz para un cementerio. Construyó un cuerpo sólo para quitarle su aliento en que arde y canta la palabra, únicamente para bendecirlo con vacío, el vacío que permite su presencia y la presencia del principio. El vino se vacía en el cuerpo con distancia interior, por la venida de la sangre al ritmo que tiene el aire, por la danza de la lengua en su mosaico y la reverencia de esta cúpula a la tierra.

El tambor cura al oído del oído y el movimiento beatifica su límite y su distinción, la voz es la que va oyendo y el agua es la que se prosterna. El tiempo en que se lee es arrebato del espacio, y uno a uno, perdido el corazón, los ángeles guardan a Dios porque son un real `nosotros'.

Así nos enseña la repetición. Tenemos un corazón que no tenemos, muy en lo alto, y una melodía nace de un soplido que podemos llegar a sostener. Mira al pájaro sobre la techumbre frente a tu corazón; el ojo no puede entender. Celebramos a un dios que sentimos con el cuerpo a la vez que el alma, afligida, huye como un niño ante la muerte. La ronda de cuerpos vacíos oculta una celda de niños en su centro y la única forma de huir es saltar por encima del canto. Cada uno acude sobre otro: el niño piedra bajo el niño luz, el libro a los pies del abrazo extendido de un tercer niño, sobre el cual un cuarto debería subir, pero que tarda porque espera por el pájaro de la techumbre. Aquel niño sólo se distingue del pájaro porque uno canta y el otro escucha embelesado. Hacia abajo el ojo se agrada con los ramajes en vaivén.

Gestos, gritos; cuerpos vacíos, y mujeres, niños, hombres y animales, nada... Quien danza es la hora que canta por la boca del instante y puede mover el cuerpo del día. Todo se ha vaciado, en todas partes, en cada ángel que aguardaba, el silencio vino como una raíz cuando el árbol se encumbraba ya maduro. El peso de cada una de sus hojas es esa raíz que llega tarde sólo porque el árbol la demora, y pasa que viene el fruto entonces, y como el amante, contiene la mordida, íntegro.

El ramaje sacude sus pájaros porque el cuarto niño se ha perdido junto a los otros y ha comenzado el viaje hacia el alma del alma: la piedra se abrió a la luz, la luz lleno las hojas, la letra se escribió a los pies de la cruz, y desde los cuatro rincones vino al núcleo del núcleo a conjugarse en verbo y el verbo fue desbordándose en aliento por Alá.

Nos enseña la repetición, todo es culminación: el amor es un segundo que no avanza hasta que no llega el segundo, hasta que los cuerpos acogen nuevamente a sus almas con juegos de niños en su atención habiendo ellas vuelto del viaje como amadas. El tambor recupera su vestido de silencio, cicatriza el golpe y no sabe si estar triste por perder su bella herida; lo sabe también el oído, lo lamentan como dos viudas los pies, pues saben que el luto no está en el camino, sino en los pasos, al igual que se aflige la voz abrazada a su silencio como dos hermanos que juntos fueran un padre.

El libro que es cada uno se cierra para permanecer abierto llevado en brazos de la memoria y la confesión. Los hombres, se miran y se oyen como afluentes; conjuntos de sonido que levantan las aguas al paso de la hora, gestos cada vez más solitarios, cerrados sobre la campiña, cada uno devuelto a su idea del mar, en su circunstancia de piedras, llanos, y animales dirigidos por un lecho. Duerme el río, y en su sueño se recorta el cielo como un fondo sangrado, y es sólo la imagen del cielo ante las aguas, nada más...



[1] Todo cuerpo existe para la mesura del avance.

[2] "tener conciencia de las máscaras es tan terrible como no tenerlas. soportarlas, sin embargo, es posible sólo cuando hay un rostro"

Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile ISSN 0717-2869