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Cyber Humanitatis Nº 31 (Invierno de 2004)

 

La problemática barroca en el Quijote de 1605: Figura y representación de la mujer, por Carolina Brown y Daniela Picón

 
Universidad de Chile

 

Introducción.

El siglo XVII fue para España un período de grave crisis política, militar, económica y social, que termino por convertir el Imperio Español en una potencia de segundo rango dentro de Europa. España perdió la mayoría de sus posesiones en el continente, de modo que, a principios del siglo XVIII, el Imperio Español estaba totalmente liquidado. Producto de las continuas guerras, la peste y las persecuciones religiosas el país enfrentó una fuerte crisis demográfica. En el plano social, la nación se encontraba escindida, la nobleza y el clero conservaron todos sus privilegios y posesiones, mientras que el pueblo sufrió el rigor de la depresión económica.

Las nociones ideológicas de una época determinada se manifiestan de un modo análogo en las artes. En el período de la decadencia española encontramos en la península un prolífico movimiento artístico y espiritual que trató de lidiar con las contradicciones de su tiempo, intentando, entre otras cosas, sustituir el hedonismo renacentista por valores más serios y espirituales. Esto, íntimamente relacionado con el complejo proceso político –religioso de la Contrarreforma, da pie a los temores metafísicos, el estremecimiento religioso y el misticismo.

El Barroco debe considerarse no como una degeneración en cuanto a los motivos y temas del Renacimiento, sino como una transformación y término de estos aspectos: "El Barroco, pues, se expresa con formas ajenas entablando una lucha con ellas, que es la base de ese gran drama que supone siempre el barroquismo, acabando con el equilibrio, la armonía, la claridad racional del clasicismo, haciéndole decir así a esas formas lo contrario de lo que por sí mismas representaban. [1] ”. Esta irrupción se lleva a cabo con un cierto grado de violencia y quiebre en cuanto a las construcciones renacentistas de origen culto.

Los motivos barrocos más importantes comprenden reflexiones sobre la vida, el hombre, el paso del tiempo y la trascendencia. Esto compone el tema fundamental del "todo es nada” [2] .  En este mismo sentido, se intenta renunciar a las seducciones mundanas y llevar una vida que nos acerque a Dios. Existe una preocupación permanente por el paso del tiempo: el crecer de la muerte frente a la vida y el carácter pasajero de la existencia.

El concepto tiempo-eternidad que maneja el Barroco es una proyección sicológica del sentimiento del infinito como tiempo en el espacio, esto supone la sensación de infinitud espacial y el hombre que se desenvuelve entre lo infinitamente grande (Dios) y lo infinitamente pequeño ( lo material). En relación a esto el movimiento emplea una técnica de contraste denominada claroscuro, que resulta "adecuada a esta época oscura, pero iluminada de fe” [3] Este claroscuro se presenta también en un plano metafísico, en cuanto el hombre es incapaz de conocer la verdadera realidad. Esto desencadena el motivo del mundo como teatro, donde el mundo existiría en calidad de un escenario finito que manifiesta lo infinito. En este contexto "Dios actúa como director de escena y los actores han de representar sus respectivos papeles sin estar muy seguros del éxito final” [4] .

Ya que toda representación supone la sorpresa, participan los motivos de intrusión en los secretos e intimidades del otro, y surge el observador como espía que mira a escondidas esta representación que no necesariamente es inocente, principalmente en cuanto a su veracidad. Surge la figura del curioso, argumento central de la novela intercalada en El Quijote, "El Curioso Impertinente”. Es justamente la curiosidad de don Felipe motivada por los relatos de Cardenio lo que lo lleva a conocer a la prometida de su amigo, lo que desencadena en última instancia la tragedia que ya conocemos.

Otro motivo, muy relacionado con lo anterior, es el de la metamorfosis y el disfraz, como advierte Hatzfeld donde encontramos la figura típica de la mujer vestida como hombre, que analizaremos más adelante en Dorotea, quien aparece en Sierra Morena disfrazada del sexo opuesto, buscando en esa metamorfosis una cura a sus dolores. Sabemos que en casi la cuarta parte de las obras de Lope aparece el disfraz varonil de la mujer, también fue utilizado por Tirso de Molina, y por supuesto, por Cervantes en sus obras teatrales.

Todo esto se enmarca en la relación problemática del artista, atraído por la realidad, donde juegan importantes papeles los motivos ya referidos. El artista barroco se encuentra escindido entre dos planos que se contraponen: por una parte, y en su verticalidad, un movimiento que se desarrolla en una ascensión hacia lo espiritual y trascendente (místico). Sin embrago, se siente cautivado por otro impulso  que corre en dirección horizontal hacia lo terreno, la vida y la naturaleza (tema que de cierta forma el Renacimiento ha tratado de manera superficial). "Esta atracción por lo humano individual, por la naturaleza y por la realidad toda, es lo que nos explica el extraordinario enriquecimiento de la temática artística y literaria del Barroco” [5] . Cobra especial importancia lo sensorial, y en su exacerbación lo sensual [6] . El artista pone el acento no ya en la idealización, sino en la vida misma, en su proximidad con la existencia, que contempla y goza, sin censurar ya la fealdad, lo grotesco, más allá de la belleza formal o las jerarquías sociales.

Esto no significa que el sujeto se quede exclusivamente en la exploración de la realidad próxima e inmediata, sino que por el contrario, el artista busca internarse más profundamente en el plano trascendente de la existencia, pero a través de su entorno próximo. Por esto es que Orozco propone que el término de realismo simplemente, y en sus sentido tradicional, no es suficiente para entender el Barroco, sino que se trata (y especialmente el español) de un realismo particular, ya que al mostrar la realidad, el artista busca traspasar ese umbral, con el objetivo de llegar a lo esencial. Esto lo veremos también más adelante, en Maritornes, a quien postulamos como uno de estos casos, a través de la grotesca descripción física, Cervantes busca en última instancia poner acento en otra realidad del personaje: su belleza esencial

Las preocupaciones metafísicas del barroco - de las que ya hablamos- dan paso a la representación del momento de la muerte (momento mori) el cual se ve como una instancia de revelación y profunda conversión en el individuo, y se encuentra ligado al tema de la sensualidad, básicamente por un intento de mitigar el horror del tema de la muerte a través de una técnica que atrae los motivos decorativos clásicos.

El Barroco concibe el mundo como en constante movimiento y cambio, esto trae consigo la sensación de fragilidad e inestabilidad del mundo, lo que resulta en la deformación, la exageración (como las figuras del El Greco), la paradoja (loco-cuerdo en el Quijote), la contradicción, el perspectivismo, y la ambigüedad (temas que se presentan también en la obra de Cervantes, recordemos especialmente el episodio del Baciyelmo en cuanto a la ambigüedad, y la narración de la Batalla del vizcaíno, la cual se relata desde cuatro perspectivas diferentes).

A continuación revisaremos algunos aspectos centrales del movimiento viendo como éstos se aplican y desarrollan en la obra que enmarca el Barroco español, Don Quijote de la Mancha. Para ello hemos decidido tomar como eje la figura y representación de la mujer, específicamente en los personajes de Dorotea y Maritornes, tomando en especial consideración uno de los dramas fundamentales de la concepción barroca; lo real- aparente, la relación problemática del hombre (y la mujer) con la realidad.

Ambos personajes nos parecen indispensables para ejemplificar los aspectos anteriormente señalados ya que reúnen caracteres que contienen principios fundamentales del Barroco.

Desarrollo.

La mujer barroca.

En la época del Quijote el papel de la mujer en la sociedad era muy restringido. Su rol se limitaba al hogar. Sus funciones principales -y prácticamente únicas- se reducían a ser madre y esposa. Esto era considerado como el deber fundamental y primero de la mujer, y quienes no cumplían con ello eran mal vistas por el resto, ya que consideraba que no estaban cumpliendo con su deber básico. Con esto, la mujer quedaba recluida en su casa, sin tener acceso al mundo exterior, el cual quedaba reservado exclusivamente para los hombres. Una sociedad de estas características,  celosamente patriarcal, marginó a la mujer de la educación y la cultura, ya que se consideraba que para ser una "buena mujer” bastaba que fuera instruída en las labores domésticas. Las nuevas formas de pensamiento, parasitarias de la contrarreforma y el Barroco no valoraban la cultura de la misma manera que el período anterior, donde la erudición se consideraba un adorno que debía acompañar a las mujeres.

 

Una vez que se les relegó de toda posibilidad de crecimiento intelectual, las mujeres quedaron sometidas al estrecho círculo familiar, dominado por hombres, y sin ninguna posibilidad de contacto con el mundo exterior. La ignorancia de la mujer no hacía más que facilitar este hecho.

Dentro de esta sociedad, el honor era considerado un requisito fundamental para ser reconocido y aceptado por ella, todo lo que un individuo era dependía directamente de su papel que desempeñaba en el sistema, lo que en última instancia significa que su identidad estaba sometida a la pertenencia a un determinado grupo social, el cual le asignaba respectivos roles y determinaba su comportamiento. Prácticamente, la muerte social equivalía a la muerte física de la persona.

El honor se define a grandes rasgos como el deber de cumplir con el comportamiento que obliga la pertenencia a un determinado sector social, es responder adecuadamente a estas exigencias. Según esto, el honor es un elemento integrador a la sociedad, en tanto el deshonor, es un elemento que excluye y margina al individuo de ésta.

En este contexto, el honor de la mujer en la sociedad barroca española dependía de que ésta siguiera el modelo propuesto por la misma. La mujer "virtuosa” debía cumplir con los siguientes requisitos: la castidad, la pureza, la templanza, la belleza, la sumisión, la modestia y la obediencia, sin olvidarse que su principal función es ser esposa y madre. Su participación en las actividades públicas no sólo era considerada inconveniente, sino también inmoral.

La mujer en el Quijote.

A diferencia de la mayoría de la literatura de su tiempo, la cual manifestaba y sustentaba la visión social de la mujer barroca, Cervantes no expresa una visión antifeminista ni peyorativa del sexo femenino, muy por el contrario, antes de estar determinados por su sexo, los personajes cervantinos son humanos, por lo tanto, mujer y hombre, presentan virtudes y defectos. Estos vicios y desperfectos no son inherentes al personaje, sino que están dados por las circunstancias en que se encuentran, determinados casi en su totalidad por el contexto social al cual pertenecen.  Las mujeres en el Quijote representan todas las ocupaciones, son novias, sobrinas, madres, hojas, cortesanas, sirvientas, tías, las hay de distintas edades, etc.…

Todos los personajes tienen luces y sombras, el ser humano está retratado tanto en el hombre como en la mujer lo que apunta a que Cervantes tiene y desea presentar una visión  totalizadora del hombre. En la obra no hay personajes ideales, lo que se ve en don Fernando (mostrando su condición erótica lasciva), el cual no puede reprimir sus instintos por Dorotea, y luego pide matrimonio a Luscinda. El autor incluye mujeres de todos los niveles sociales, características y tipos, los cuales son observados (por el lector) a través de los múltiples personajes que va creando, sin una intención idealista ni moralizante: "No se proponía sermonear sino presentar esta materia tal y como presentaba los otros detalles de la vida, de una manera humana y natural” [7]

Otro aspecto importante es que toda la acción principal de la novela y muchos de los sucesos secundarios giran en torno a las figuras femeninas, asunto tan contrario a lo que de la época podía esperarse. Esto motivó a Azorín a bautizar la novela con un nuevo nombre: "Un hombre y varias mujeres”. Los personajes femeninos corresponden generalmente a la situación y ambiente del tema amoroso. Sin ir más allá, es Dulcinea, mujer irreal, que don Quijote crea como dama, la que mueve la totalidad del texto. Como sabemos, sin ella, no habría Quijote, ya que hay una absoluta necesidad de la existencia de la dama.

La mujer en el Quijote, siempre aparece relacionada con el tema literario, ya sea porque las mujeres que aparecen en la obra tienen sus antecedentes en la literatura de la época, a la que Cervantes imprimió su sello personal, o porque su característica lectora cobra importancia significativa dentro del contexto en el cual se desenvuelven.

Por ejemplo, el hecho de que Dorotea sea lectora de novelas de caballería, es gravitante en su interpretación de princesa Micomicona, llevándola a cumplir este papel de manera excepcional, engañando no sólo a Don Quijote, sino también a Sancho Panza. Debido a que Dorotea es lectora, asumir tal papel no se le hace nada difícil, por el contrario: "No dejó de avisar el cura lo que había de hacer Dorotea, a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se haría sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los libros de caballerías” [8]

Por otro lado, Maritornes participa de la teoría de lectura elaborada durante el segundo escrutinio en la venta de Juan Palomeque El Zurdo, al declarar la razón por la cual gusta de las novelas de caballería, razón de corte erótico; los encuentros amorosos entre el caballero y su dama. Así, junto con el ventero, la ventera y su hija, Maritornes ilustra una de las cuatro maneras de leer postuladas en el episodio.

Según lo señalado por Héctor Márquez la primera fuente literaria del Quijote sería la novela de caballería. En segundo lugar, encontramos los romances y luego todos los otros géneros, en donde se incluyen la picaresca, la novela pastoril, la novela bizantina o sentimental y la novela morisca. En este sentido, el Quijote puede tomarse como una síntesis y reelaboración de la literatura anterior y según esto la figura de la mujer se elabora mediante una visión retrospectiva de la literatura tradicional y popular más una dimensión contemporánea propia del autor, que supone hechos e ideas de su época, como por ejemplo, los refranes, las costumbres y lo sucesos conocidos, a los que el autor le agrega una visión propia.

En la tradición de la picaresca, tomando como ejemplo y referencia al Lazarillo, obra que ya era muy conocida en la época de Cervantes (a pesar de la cesura a la que fue sometida) la mujer era presentada de manera degradante; como lo peor y lo más bajo de la sociedad. En el texto son personajes con roles menores y no se les da mucha importancia, por lo tanto hay muy poca descripción de ellas, a excepción de sus acciones en cuanto a la función específica que cumplen en la trama.

 

La representación de la mujer en la novela picaresca se opone de manera tajante al tratamiento idealista de ésta en la novela pastoril. El aporte propio y original de Cervantes consiste en tomar personajes pertenecientes al ámbito de la picaresca y darles un tratamiento diferente, cuidando reducir los rasgos grotescos (presentados de manera exacerbada  en la novela picaresca) como la fealdad, la deformación, lo repulsivo, las conductas inmorales, etc.…

Este tratamiento especial que Cervantes desarrolla, podemos verlo en la figura de Maritornes. Ella aparece en un espacio que pertenece a la picaresca, como es la venta, la que se asocia al pecado y gente de mal vivir. Asimismo, su caracterización física responde a este género: "Servía en la venta, asimismo, una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana (…) no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que aún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera” [9] . Sin embargo, acto seguido, la fealdad y lo grotesco de su condición física es contrapuesto en las páginas siguientes a una caracterización interior rica en cualidades positivas: Maritornes es bondadosa, compasiva y solidaria, es el personaje más humano de la venta. Esto se demuestra en el episodio del manteo de Sancho, donde es la única que se que conmueve ante la burla que sufre el pobre escudero. Así lo aclara Héctor Márquez [10] : "Pero observada con cuidado la pícara chica asturiana cobra nueva vida y mayor importancia. Ahora sus rasgos negativos contrastan de una manera evidente con su agudo sentido del humor, su honestidad, su caridad, su compasión cristiana y sobre todo su verdadero carácter humano”. Volveremos sobre este aspecto en Maritornes más adelante, en cuanto a la importancia que tiene en relación al motivo del ser/parecer.

Con respecto a la novela de caballería, encontramos la figura de la dama menesterosa, que estaría representada en la figura de Dorotea. Es la doncella en apuros que solicita la ayuda al caballero andante. Ella sería la que inspira al caballero a salir en busca de la aventura. Así lo hace este personaje al asumir el papel de princesa Micomicona, personaje que nace justamente con el objetivo específico de conducir a don Quijote de regreso a casa.     Los recursos de representación de la mujer en el Quijote son tres [11] : en primer lugar estaría la literatura como fuente de inspiración, como lo vimos anteriormente. En segundo lugar, encontramos la técnica cervantina del perspectivismo, que le permite al autor separarse de la obra dándole de esta manera mayor libertad a los personajes, quienes se presentan y describen ellos mismos, o a través del diálogo y la acción, de lo que resulta la naturalidad y humanidad de estos. El diálogo también da la posibilidad de que el lector se encuentre con los personajes directamente, sin ningún mediador. Por último, está la oposición y contraste utilizados para exaltar las cualidades y/o defectos de los personajes que se presentan, o de la sociedad en general.

Todas las mujeres que aparecen en la novela, tienen sus antecedentes en los géneros literarios de la época, que Cervantes desarrolló y dio vida, para que dejaran de ser meros tipos.

Dorotea aparece en Sierra Morena, ambiente pastoril pero también representado por las locuras y penitencias de amor pertenecientes al mundo caballeresco. Se manifiesta como un contraste en relación a don Quijote y a Cardenio, que en ese espacio se distinguen por sus locuras, a diferencia de Dorotea, que muestra lucidez y cordura en sus actos.

El personaje proviene de una familia de labradores acomodados y, en su hacienda desarrolla actividades importantes en cuanto a su mantención y manejo de los bienes familiares. Esto es importante, ya que se puede establecer una oposición con respecto al rol de la mujer de la época: Dorotea pertenecería a una pequeña  minoría instruida, la que no tiene un rol pasivo, por el contrario, es activa en cuanto a sus actividades como hacendada, en lo que se muestra especialmente inteligente y dotada de capacidades para ello. Por otra parte, ha recibido educación, y es estudiosa, tal como dice Concha Espina [12] : "No es la niña aldeana inculta, ni mucho menos” Dorotea no sólo es hermosa, sino que es también discreta, actúa en libertad  y con decisión; huye de su casa para encontrar al que ha de ser su marido y hacerle cumplir sus obligaciones morales, entra a Sierra Morena para vivir la experiencia del dolor amoroso, que le llevará a la solución de sus problemas. Hecho importante es que Dorotea toma la decisión de vestirse de hombre luego de que su criado y un pastor tratasen de propasarse la mujer asume papeles masculinos para ejercer ciertas funciones sociales (lo que ocurría en la época) aquí, restituir su honor. Todo esto demuestra enorme soberanía y emancipación, tanto en sus actos como en sus pensamientos.

La historia de Dorotea está cruzada desde un principio por un juego de apariencias y engaños. En primera instancia, Don Fernando la seduce con falsas promesas que no pretende cumplir, ella cae en sus juegos y se entrega sin mayor resistencia, confiando en la palabra de su nuevo amante. La verdad es que don Fernando es caprichoso, y sólo pretende satisfacer sus deseos eróticos y calmar sus obsesiones amorosas. Así, luego de un tiempo, la abandona, fascinado ahora por los encantos de Luscinda, la novia de su amigo Cardenio.

Sin embargo, tras esto, Dorotea siente instintivamente que debe luchar por restituir su dignidad, que se vio tremendamente afectada tras estos acontecimientos,  y se anima a seguirlo, decidida a exigirle que cumpla con su promesa matrimonial, lo que implica, en último término, que le devuelva su honra. Siguiendo los planteamientos del Concilio de Trento, toda la desgracia de Dorotea pende de su matrimonio frustrado, por él se ha quedado sin honra, se ha visto obligada a dejar la comodidad de su hogar, el amor de sus padres y peregrinar por las soledades de la sierra luego que se entera del matrimonio de su supuesto esposo con Luscinda. La única solución feliz de sus problemas depende del matrimonio por vía religiosa. Lo interesante es que la mujer en este caso toma el papel decisivo y activo: Dorotea lucha por reponer su honor, y logra su objetivo: su reencuentro con don Fernando.

La moral de Dorotea nos da constantes sorpresas. En un principio parece una mujer extremadamente recatada y discreta, que entiende perfectamente los propósitos reales de su aristocrático seductor e intenta guardarse de él, rechazándolo siempre con la mayor delicadeza y educación. Sin embargo nos sorprende que, una vez don Fernando en su habitación, a cambio de la resistencia que había demostrado hasta ahora, Dorotea se rinde fácilmente tras las promesas de su nuevo amante. Más aun, se considera satisfecha con el matrimonio de palabra y, considerándolo garantía suficiente, invita a don Fernando a que vuelva a visitarla.

Todo esto se opone fuertemente a las ideas del Concilio de Trento, de las cuales Cervantes es depositario,  el cual había prohibido y censurado esta clase de enlaces. Sin embargo, una vez abandonada, Dorotea muestra una voluntad ejemplar de encontrar a su legítimo esposo y hacerle cumplir sus obligaciones, búsqueda llena de tropiezos, vejaciones y dolor, pero que, finalmente, la llevará a la salvación por vía del casamiento religioso.

Al enterarse que don Fernando la ha traicionado contrayendo matrimonio con otra, busca senderos donde pueda disimular su dolor, y lo hace justamente tomando hábitos masculinos: la mujer vestida de hombre; queriendo parecer otro, inclusive de distinto sexo, donde tenemos de nuevo el tema de las apariencias: Dorotea aparenta ser un hombre. Así es como se presenta por primera vez en Sierra Morena,  mojando sus pies en el río con atuendos de labrador. Sin embargo este atuendo se aleja radicalmente de su realidad física, ya que es una mujer dotada de gran belleza, y justamente la escena en que se redescubre su verdadera identidad, se presenta desarrollado el motivo de la sensualidad. Como punto de partida a la descripción del personaje, los  hermosos pies de la doncella, "que eran tales, que no parecían sino dos pedazos de blanco de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo habían nacido” [13] . Esta imagen resultaba tremendamente sensual para el lector de la época. El autor pone especial cuidado de subrayar la blancura de su piel (pies y manos), sus largos cabellos dorados, las hermosas facciones del rostro. La sensualidad se instauró como un motivo artístico recurrente en tanto sugería una evasión hacia el plano de lo mundano y lo terrenal. En cuanto al especto técnico, el motivo de la sensualidad implicó la inclusión y reelaboración de los motivos decorativos clásicos y la mitología renacentista.

Dorotea posee los ideales de belleza del Renacimiento; el cabello rubio y largísimo, la piel tan blanca que puede equipararse a la nieve o al cristal, la hermosura en grado divino [14] . Como se verá más adelante, también demuestra ser una mujer culta, discreta e inteligente, con lo que, por otra parte, atrae el arquetipo de mujer del Renacimiento, en donde la cultura era considerada un ornamento que, necesariamente, debía acompañar a la mujer. Pero Dorotea está muy lejos de ser una mujer renacentista, aunque podamos identificarla con éste en su aspecto físico e intelectual, sino que es una figura tremendamente humana, la cual, en virtud de ello, presenta tanto virtudes como contracciones y defectos.

También es importante advertir que, a diferencia de la mayoría de los personajes cervantinos, en donde la descripción se prolonga por todo el transcurso de la acción, Dorotea es descrita, casi totalmente, durante su primera aparición, mientras se lava los pies en el arroyo. La descripción del autor de lo que fue visto por el cura, el barbero y Cardenio opera de manera similar a una cámara fotográfica, la que va enfocando las diversas partes del cuerpo que retrata. La escena del arroyo también introduce otro motivo barroco, que Hatzfeld denomina  motivos de intrusión en los secretos e intimidades. Los otros personajes espían, observan a Dorotea mientras se lava sus pies en el riachuelo, ella, quien no se sabe observada, tiene la confianza para descubrirse, momento en que los mirones (los curiosos) descubren su verdadera identidad; es una bellísima muchacha y no un joven labrador, como parecía en un principio.

Esto se relaciona también con el ser- parecer, una de las aristas que presenta la compleja relación del hombre barroco con la realidad: Cuando caen los disfraces en el Gran Teatro del Mundo, las cosas no son lo que anteriormente parecían, y se revela la verdad, lo esencial: Dorotea es una mujer hermosísima, de armas tomar, que ha tomado el disfraz de hombre por una cura de amor.

 Al proponerle que tome el papel de una doncella en apuros, Dorotea acepta inmediatamente, y sin ningún reparo, mostrándose audaz en su nuevo papel. Ella misma es la que trama todos los detalles del engaño en que harán caer a don Quijote, con el propósito de hacerlo regresar a casa: "(…) se identificaba de tal modo con su interesante papel, que llegó a sentirse Princesa y a imaginar que el hijo de un duque la pretendía con la más reverente solicitud” [15] . Crea una fábula que en sus labios parecía hacerse real.

Es sabido que el barroco es considerado como un movimiento que se caracteriza por expresar un espíritu que establece una lucha de contrarios [16]. Una de las luchas que se integran en este aspecto, es la del ser/parecer, lo que va a cruzar toda la novela Cervantina en sus aspectos más fundamentales (sin ir más allá la locura/cordura, díada muy central en la novela). Esta oposición tiene directa relación con la problemática de la relación que el individuo establece con la realidad. Como vimos, lo externo, la naturaleza inmediata, se sobrevalora, con todo también las apariencias, con el fin de llegar a conocer (en tanto dar a conocer) lo esencial de las cosas e individuos.

Orozco expone que en el Barroco hay una superación de lo artificioso sobre lo natural, tomando lo artificioso en el sentido que se le daba en la época, como lo artístico e incluso lo meramente artificial; y como natural lo dado directamente por la naturaleza, aquello que no fue producido, aquello natural que es espontáneo y se consigue sin violencia. El mismo autor propone esto es sustituido por aquello que violenta esa armónica naturalidad, lo que es producido con un cierto empeño. Esta superación de lo natural, dice el mismo autor, se expresa justamente con mucha agudeza, en el elogio de la imagen femenina en poesía.

Rasgo importantísimo para nuestro estudio que rescata Orozco (ya bosquejamos algo sobre esto) es su aclaración en cuanto al concepto de realismo Barroco, ya que advierte que se trata de un tipo especial de realismo, que intenta sobre todo captar la realidad interna espiritual.

Maritornes operará de esta manera (algo ya hemos adelantado del asunto cuando nos referimos al personaje en relación a la novela picaresca)  ya que tras una realidad externa y concreta, que es su despreciable condición física, encontramos la riqueza espiritual que Cervantes destaca en el personaje.

[17] . Se busca entonces más allá de las apariencias, el alma que contiene cada individuo, que se encuentra enana envoltura material, lo cual sí es descrito de manera realista, pero de lo cual se trasciende a una visión de lo individual, interior, y propio de cada individuo.

En Maritornes vemos justamente cómo Cervantes hace referencia a una apariencia externa que está enlazada con la esencia de su ser, su constitución individual, apoyándose sobre todo (lo que es propiamente barroco) en el sentido de lo humano. Esto  lleva a Orozco a afirmar en último término que se trata de un realismo psíquico e ideológico, lo que no cabe dentro de la denominación del realismo tradicional.

Este ser/parecer se va a relacionar con el motivo de la representación. Dorotea es significativamente importante en este aspecto ya que es el eje fundamental de la representación que se monta ante don Quijote con motivo de regresarlo a su hogar: es ella la que toma el papel de Micomicona y quien inventa tal, y la trama de tal engaño, nada sencilla, sino bien compleja, ya que la sustenta bien extensamente, ingenia un linaje para la princesa, ubica espacialmente la historia, tomando el papel de la doncella que es asediada por un desaforado gigante que pretende arrebatarle su reino, a quien le pide que enfrente don Quijote, y pide su ayuda como la doncella menesterosa.

Dentro de la obra se juega constantemente con las apariencias, con las infinitas posibilidades que existen para presentar/ re-presentar la realidad ante el espectador, y con esto, lograr multiplicidad de objetivos. Por esto creemos que es iluminador concluir esta investigación con una conclusión fundamental en palabras de Emilio Orozco:

"En último término, podríamos decir, en general, de la obra barroca que llega a cobrar su pleno sentido expresivo,  contando con el espectador como elemento o término vivo de la composición (...) la escena busca borrar los límites entre la ficción y la realidad” [18]

Bibliografía.

Cervantes, Miguel: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Madrid: Alianza Editorial, 1984. 

Hatzfeld, Helmut: Estudios sobre el barroco. Madrid: Editorial Gredos, 1964.

Márquez, Héctor: La representación de los personajes femeninos en el Quijote.  Madrid: Ediciones José Porrúa, 1990.

Cubillo, Ruth: El honor conyugal en la sociedad española barroca: una aproximación a la historia desde la literatura de Lope de Vega.  En: Cuadernos digitales: Publicación electrónica en historia, archivística y estudios sociales. Nº 19, Noviembre 2001. Universidad de Costa Rica. Escuela de Historia.

Orozco Díaz, Emilio: Temas del barroco: de poesía y pintura. Granada: Universidad de Granada, 1947.

Lamb, Ruth: Las mujeres en el Quijote: Contraste entre la mujer renacentista y la mujer barroca.  En: Apuntes Monográfico del Quijote.

Orozco, Emilio: Manierismo y Barroco. Madrid: Ediciones Cátedra, S.A. 1981

Espina, Concha: Mujeres del Quijote. Madrid: Editorial Renacimiento, 1930.

Schultz, Margarita: Cervantes y las mujeres ejemplares. Revista chilena de literatura Nº 14, Octubre 1979.



[1] Orozco, Emilio. Manierismo y Barroco.

[2] Algunos de sus exponentes son: Santa Teresa de Jesús y Calderón de la Barca.

[3] Hatzfeld, Helmut: Estudios sobre el Barroco.

[4] Hatzfeld, Helmut: Estudios sobre el Barroco

[5] Orozco, Emilio. Manierismo y Barroco.

[6] Orozco señala: "No es extraño, aunque sí paradójico, el que el artista resalte con vigor lo finito y concreto de toda la realidad visible, al mismo tiempo que descubre, como nunca, su relación y depender de lo eterno”.

[7] Márquez, Héctor. La representación de los personajes femeninos en el Quijote.

[8]  Cervantes, Miguel. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Capítulo XVI.

[9] Cervantes, Miguel. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Capítulo XVI.

[10] Márquez, Héctor. La representación de los personajes femeninos en el Quijote.

[11] Márquez, Héctor. La representación de los personajes femeninos en el Quijote.

[12] Espina, Concha. Mujeres del Quijote.

[13] Cervantes, Miguel: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Capítulo XXVIII.

[14] Como afirma Cardenio luego de ver el hermoso rostro de la muchacha: "Ésta, ya que no es Luscinda, no es  persona humana, sino divina”. Vid. Capítulo XXVIII.

[15] Espina, Concha: Mujeres del Quijote

[16] Orozco Díaz, Emilio: Temas del barroco: de poesía y pintura

[17] Orozco Díaz, Emilio: Temas del barroco: de poesía y pintura.

[18] Ibid. 17.

Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile ISSN 0717-2869