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Cyber Humanitatis N°48 (Primavera 2008)

 

Crítica y literatura de América Latina en la reflexión de Victor Barrera Enderle

Grínor Rojo
Universidad de Chile

 

    

 

  (*) Víctor Barrera Enderle, cuyo último libro les presentamos Alicia Salomone y yo hoy (sí, este no es el primer libro de Víctor, aunque ustedes lo vean ahí con esa cara de niño de la secundaria), llegó a Santiago por primera vez hace unos siete u ocho años. Venía de México, más precisamente del norte de México, de Monterrey (él fue quien nos contó, para regocijo de nuestra ignorancia, que las personas de Monterrey eran los “regiomantanos”), y podía haber elegido para hacer sus estudios de postgrado irse a cualquier otra parte, a Estados Unidos por ejemplo, que le quedaba a unos pocos pasos de su casa y donde hasta tenía parientes. Pero no, por alguna razón que nunca he logrado averiguar se vino a Chile, a este Chile lejano, frío y postdictatorial, con poca plata y muchísimas esperanzas, a vivir a salto de mata, pero con la ilusión de que entre nosotros iba a poder aprender algunas cosas. Recuerdo ahora su figura y sus cara en mis seminarios de aquellos años: sentado en la primera fila, con los ojos abiertos de par en par y moviendo la cabeza en señal de asentimiento a mis palabras, lo que a mí me hacía sentirme excepcionalmente bien y sin haberme percatado todavía de que eran sólo la buena disposición y la generosidad de Víctor las que lo hacían ser tan consentidor. El hecho es que se estaba convirtiendo, desde entonces, de uno más de mis estudiantes en uno más de mis amigos y hasta, ¿por qué no decirlo?, en uno más de mis cómplices.

      Pronto, Santiago fue suyo. Encontró Víctor dónde vivir de una manera más o menos razonable; su trashumancia se aquietó, al menos parcialmente; y empezó también a alimentarse mejor, gracias a la comida sana y nutritiva de nuestro casino. En la Facultad, en el Departamento de Literatura, encontró profesores y condiscípulos; en el Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos, colegas y compañeros de ruta. Terminó su magíster en el 2000, con una tesis sobre Alfonso Reyes, publicada en el 2002 con el título La mudanza incesante. Teoría y crítica literarias en Alfonso Reyes, habiendo sacado a luz ese mismo año un libro de ensayos: Miscelánea textual. Ensayos sobre literatura y cultura latinoamericanas. Este 2005 ha sido el año de completación de sus estudios doctorales, con una tesis larga y enjundiosa: La formación del discurso crítico hispanoamericano (1810-1870), recibida con elogios por la comisión que se encargó de juzgarla, y además, como en el episodio anterior, ha sido también este el año de la aparición de un nuevo libro de ensayos. Es el que ahora les presentamos Alicia y yo: La otra invención (la primera parte del título es un homenaje a su compatriotra Edmundo O’Gorman, creo yo). Ensayos sobre crítica y literatura de América Latina. Habría que añadir que a estas alturas Víctor está de vuelta en México, de vuelta en su cargo de profesor e investigador en la Universidad de Nuevo León, pero como Chile se le quedó pegado regresa a visitarnos cada vez que puede. Los pasajes baratos, pero también algo inciertos de Mexicana de Aviación a veces lo hacen quedarse con nosotros más tiempo del que sus permisos le autorizan, aunque eso no parece complicarlo demasiado.

      La otra invención… es un libro que se inicia con un par de ensayos que Víctor Barrera dedica a Pedro Henríquez Ureña y a Alfonso Reyes, dos de sus admiraciones más grandes. ¿Por qué? Porque Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, junto con José Carlos Mariátegui, son los hombres que abren la puerta ancha de la crítica literaria moderna en la región, y lo hacen en la medida en que se empeñan los tres en deslizarse por la curva ourobórica que consiste en hacer metacrítica, esto es, en hacer de la crítica misma el objeto de la contemplación. Barrera sabe bien que ellos no son nuestros primeros críticos teóricos, que antes que ellos hubo gente de la estatura de Martí y Rodó, entre otros (podríamos nombrar también a Justo Sierra en México y fuera de México a Paul Groussac), pero sabe igualmente bien que lo que en los anteriores fue tanteo y florecimiento esporádico, en Henríquez Ureña, Mariátegui y Reyes se convierte en proyecto y programa eficaz.

      Desde las Cuestiones estéticas (1911) de Reyes, pasando por los Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928) de Henríquez Ureña y los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928 también) de Mariátegui (en nuestro caso, el que importa más es el “Proceso de la literatura”, por supuesto) hasta llegar a El deslinde (1944), de Reyes de nuevo, tiene lugar en América Latina una revolución en el campo de los estudios literarios. Con todas sus líneas al descubierto, se instala en nuestra región, durante esa época, una problemática o, lo que es lo mismo, un repertorio de problemas que se mantiene vigente hasta hoy. Algunas de las líneas de ese repertorio de problemas son éstas: la disputa entre una idea única de la modernidad y una idea regional, latinoamericana, de la misma; la disputa entre una literatura y una crítica literaria que llegan a ser tales y que se entienden como tales sólo en la medida de su mayor acercamiento a los modelos metropolitanos y otra literatura y otra crítica que apuntan de diversas maneras, con mayor o menor ahínco y lucidez, hacia el desafío de la diferencia; la disputa entre una crítica estética, que no se priva del goce y del juicio, y una crítica científica, que hace de la objetividad y la neutralidad posiciones de principio; la disputa entre una crítica de corte sincrónico, deshistorizada, y una crítica que sabe o sospecha que nada se hace nunca en el vacío temporal; y la disputa entre una crítica inmanentista, que no ve más que el texto y por lo común sólo las dimensiones formales del texto, y otra que opera a partir del circuito de la comunicación literaria, desde el productor al receptor.

      Todos estas son preguntas de grueso calibre, que se introdujeron por primera vez en nuestra agenda de trabajo de una manera sistemática hacia 1911. Se introdujeron, repito, no se resolvieron. Estaban constituyendo Henríquez Ureña, Mariátegui y Reyes el piso sobre el cual nosotros íbamos a llevar a cabo nuestras labores hasta la fecha y respecto del cual seguimos dándonos de golpes sin descanso, con entusiasmo y fe inexhaustibles. ¿Que de raro tiene entonces que Barrera les dedique a dos de ellos las primera páginas de su nuevo libro? Hablar de Pedro Henríquez Ureña y de Alfonso Reyes es hablar de nosotros; poner la vista en lo que se hizo en esos años, que a algunos pudieran parecerles prehistóricos, es empezar a entender lo que ahora mismo nos ocurre.

      Dos son, a juicio de Víctor Barrera, los logros mayores del maestro dominicano: “demostrar la existencia de una tradición cultural (para lo cual requería de un modelo historiográfico y de periodización) y, al hacerlo, demostrar también la existencia de una tradición crítica hispanoamericana” (8). Y luego, poco antes de poner fin al capítulo respectivo, agrega: “Henríquez Ureña experimenta su anhelado sueño de ser un crítico profesional sin dejar de ser un hombre de letras” (22). En cuanto a Reyes, Barrera lo ve como alguien que “en su intento por elaborar una teoría literaria, demostró lo contrario: la imposibilidad de su realización” (46). Pero advierte también: “si su teoría no se concretó, sí desarrolló --según mi perspectiva-- una teoría crítica (mudanza incesante), donde la dimensión estética juega un papel capital al obligar al crítico a despojarse de la falsa objetividad cientificista y a asumir la responsabilidad de emitir un juicio valorativo” (Ibid.).

      Tiene razón, evidentemente, aunque yo discrepe en lo que a las causas del fracaso de Reyes se refiere. No creo en efecto que esas causas hayan tenido que ver con la imposibilidad esencial de la teoría, por el camino de su gramaticalización o incluso de su retorización, un argumento que desarrolla Paul de Man, sino con la imposibilidad de constituir los estudios literarios en una ciencia sincrónica e inmanentista en América Latina o, lo que es lo mismo, con la imposibilidad de cerrar el campo entre nosotros sobre esas bases presuntamente ortodoxas. Ni la sensibilidad de Reyes ni lo que el propio Barrera llama la “modernidad diferencial” de América Latina podían permitírselo.

      Otros seis ensayos completan este libro: dos de ellos se ocupan de la diferencia dentro de la diferencia, es decir, de la literatura y la crítica provincianas (“nuevoleonesas”, en este caso) al interior de la literatura y la crítica nacionales (la mexicana, es claro). Poco es lo que nosotros podemos aportar a la discusión de estas materias y por razones obvias. Trataremos, por eso, de decir algo sobre los cuatro ensayos siguientes: los que reflexionan sobre la Antología del modernismo (1884-1921), de José Emilio Pacheco, sobre la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, de Sor Juana, sobre Ancho mar de los sargazos, de Jean Rhys, y sobre literatura, crítica y globalización en América Latina.

      La Antología… de Pacheco, que se publicó en 1971, a Barrera le interesa por su conexión con el espíritu renovador de la crítica latinoamericana de los años sesenta, la de Candido, Rama, Cornejo y algunos más. Y, consecuentemente, por su comprensión del modernismo como un lenguaje literario que no se entiende sólo a partir del proyecto autonomista y esteticista metropolitano (el del simbolismo y sus secuelas, podríamos decir nosotros), sino imbricado en las peculiaridades de la “modernidad diferencial” latinoamericana. Pacheco habría dado forma así a esa antología ejemplar con criterios que están más cerca de las incursiones de Angel Rama en el tema que de las de Federico de Onís y en la medida en que detrás de Pacheco, como detrás de Rama, está todo el proceso de cambios que América Latina experimentó en esos años y, muy en particular, la emergencia de un “anticolonialismo” fiero, y que es el mismo que a la sazon hizo posible el recobro de una perspectiva latinoamericanista de nuestra cultura. Claro está, los seguidores de Barthes y sus secuaces, como dijo Fernández Retamar, nunca faltaron pero lo que hicieron ellos está hoy mucho menos vivo que lo que hicieron estos otros y, por cierto, mucho menos vivo que la estupenda Antología… de Pacheco.

      Sobre la Respuesta a Sor Filotea…, Barrera incide en su modernidad, en la conciencia crítica que construye ese texto legendario: “me interesa destacar el componente crítico en el discurso de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), el cual representa, en su búsqueda de acceso al poder del conocimiento, uno de los momentos iniciales en la reflexión de ese espacio germinal que más tarde se denominará América Latina” (112). Pero hay más: no sólo se trata para Víctor Barrera de perseguir, en ese “documento” y “monumento” famoso, la escenificación extemporánea de una conciencia moderna y por lo tanto crítica, sino además de poner de relieve el hecho de que esa conciencia es la de una mujer, quien, para hacerla efectiva, debió recurrir a lo que Josefina Ludmer denominaba hace algunos años las “tretas del débil” y que Barrera rebautiza aquí como un “falso sentimiento de culpa” o, mejor dicho, como la posibilidad de la crítica desde la autonegación. No estoy yo muy seguro de que hablar, a propósito de La respuesta…, de un falso sentimiento de culpa sea el mejor fraseo para designar algo que Barrera intuye correctamente a mi juicio: el movimiento retórico entre el poder decir y el decir no diciendo o el no decir diciendo con el que Sor Juana escribe su crítica en aquellas páginas famosas y las que en eso y por eso conforman uno de los capítulos más fascinantes de la literatura de lengua española en esta parte del mundo. 

      También en clave feminista y subalternista está escrito el penúltimo de los ensayos que componen La nueva invención…, en el que Barrera trabajó en coautoría con Lucía Stecher. Ancho mar de los sargazos, de la caribeña Jean Rhys, que como es sabido retoma la historia o un aspecto de la historia de Jane Eyre, de Charlotte Brönte, no sólo no es para los autores de este ensayo una extensión del original (“como lo ha dicho el discurso epistémico metropolitano”, acusan, 139), sino que invierte sus términos. La rebelde y periférica primera mujer de Rochester (Berta Mason en la novela de Brönte y Antoinette Cosway en la de Rhys) llena aquí el foco narrativo y eso tiene consecuencias graves y múltiples, que irían desde la reivindicación de una femineidad heterodoxa por parte de Rhys, vis-à-vis el personaje de la novela de Brönte, hasta la reivindicación de la letra misma que la cuenta. Cosway acabará así transformándose, para Barrera y Stecher, en el símbolo de ”una futura literatura nacional, independiente y con características propias” (142). Curioso es que no se hayan fijado, en particular después de Fundational Fictions: National Romances of Latin America, el libro de Doris Sommer, en que algo muy parecido es lo que ocurrió con varias de las novelas hispanoamericanas del siglo XIX. Pienso en Amalia de José Mármol y en Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, entre otras muchas.

      Muy cerca de mis propios intereses está el último de los trabajos que incluye el libro de Barrera:  “Notas sobre literatura, crítica y globalización en América Latina”. Habiéndose encomendado a la protección de su ángel tutelar, Alfonso Reyes, y reconociendo la necesidad de “no dar la espalda al momento histórico actual, es decir, sin negar el hecho de que el mundo se está globalizando y que atrincherarse en un regionalismo desmedido no sólo es absurdo sino inoperante” (165), Barrera cree también en la posibilidad de “pasar de lo individual a lo colectivo, de lo regional a lo nacional, y de lo nacional a lo mundial” (168). Entre medio, piensa que sería conveniente reformular el concepto de nación, en el entendido de que éste alude a una significación incompleta” y la que debería completarse “como una instancia factible de incorporar todo aquello que en su afán modernizador había dejado de lado” (167, el subrayado es suyo). Para eso, la crítica en su sentido más ancho le resulta indispensable: “la nueva crítica deberá, en cierto sentido, continuar y completar la labor iniciada en los días previos a la emancipación política de nuestras naciones, esto es, tendrá que promover un discurso alternativo a las instancias oficiales y mundiales. En pocas palabras, necesitará formar lectores activos y autónomos: nuevos ciudadanos que sean capaces de asumir y compartir no sólo las diferencias culturales e identitarias, sino los diversos modelos de gobernabilidad, haciendo de la cultura, de las culturas, una dimensión fundamental a la hora de repensar los proyectos nacionales y globales” (166, el subrayado es suyo).

      Santo y bueno, digo yo. Porque ni yo, ni creo que nadie en esta sala, va a manifestarse en desacuerdo con los buenos deseos de Barrera. Lo que estaría faltando en su programa es la advertencia de que ninguno de los ítems que lo forman se va a concretar en el aire y por sí solo. El campo cultural es un campo de lucha por el poder o, mejor dicho, es un campo en el que la lucha por el poder repecute y es apropiada o en sus propios y crasos términos o en otros. Y si el que no ofrece Barrera es efectivamente nuestro programa, si ese es el programa de los que nos pensamos humanistas en este tramo de la historia moderna, vamos a tener que pelear para imponerlo. Barrera no lo ignora, no ignora que la globalización no es sino el nombre que se le da actualmente a la expansión capitalista y a sus secuelas de todo tipo, desde la revolución tecnológica de la información y las comunicaciones, a la ideología postmoderna y a la mercantilización cada vez más invasora y obscena de la literatura y las artes. Y si la modernidad había convivido hasta ahora con el capitalismo, ello había sido conteniendo sus naturales impulsos, sujetando a la bestia, aplicándole el freno en todas aquellas ocasiones en que ella intentó desbocarse. Ese freno vino siempre del lado de la cultura o, más precisamente aún, del diálogo entre los ciudadanos y los intelectuales, los primeros tratando de salvar el pellejo y los segundos inventando la manera de hacerlo. ¿Pero están, amigo Barrera, unos y otros en condiciones de repetir esa estrategia en los tiempos que corren? ¿Son hoy los ciudadanos y los intelectuales lo suficientemente libres y lo suficientemente fuertes como para cumplir con los presupuestos de la fórmula? He ahí la gran pregunta, la que este ensayo no responde y que no estoy seguro de que yo mismo podría responder.

      Pero al menos sabemos lo que queremos: lo sabe Víctor Barrera y lo sabemos sus lectores. En la serie de oposiciones binarias que yo anoté más arriba, nosotros estamos en un lado y no en el otro. Estamos en el lado de la modernidad diferencial, en el de la crítica diferencial, en el de la crítica estética, en el de la crítica histórica o rehistorizada y en el de la crítica que atiende a todas las estaciones del circuito de la comunicación, desde la punta del productor y su circunstancia, pasando por los aspectos relativos a la configuración de la obra y hasta llegar al receptor y las condiciones de su recepción. No renunciamos a nada y no por un simple prurito ecuménico sino porque nos interesa el campo crítico y el campo crítico incluye todo eso que acabamos de nombrar, a la vez que está integrado a un campo mayor: el de esa cultura respecto de la cual nosotros estamos dispuestos a dar la pelea para que siga siendo latinoamericana, mexicana y chilena, aunque sin dejar de ser por eso una cultura mundial. Esa fue la lección de Bello, la de Martí, la de Henríquez Urena, la de Alfonso Reyes y la de todos los demás viejos próceres que le gustan al autor de este libro y a nosotros también.  


(*) Presentación de La otra invención. Ensayos sobre crítica y literatura de América Latina, de Víctor Barrera Enderle, hecha en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, el miércoles 26 de octubre de 2005.

Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile ISSN 0717-2869