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REVISTA DE URBANISMO Nº 8, Especial Sewell - junio 2003
ISSN 0717-5051

Sewell, historia y cultura en un asentamiento humano organizacional

5. La cultura y sus valores

Sewell y su forma tan peculiar de urbanismo ofreció un ámbito físico donde se plasmó una cultura propia y distintiva. Entendemos por cultura, un conjunto de valores, conocimientos y percepciones comunes e hipótesis fundamentales, compartidas por los miembros de una comunidad de personas, que operan en forma inconsciente, que han permitido y permiten resolver problemas y son transmitidas a los nuevos miembros, (Schein,1985) .

Se describen a continuación algunos de estos elementos de la cultura sewellina, configurados en el transcurso de su historia.

La eficiencia y el éxito

Estas finalidades están presentes desde el primer momento en que W. Braden decide crear la empresa y construir lo necesario para producir cobre en la montaña. El y su equipo de connacionales eran:

...“representantes del momento histórico de su país y del prototipo del norteamericano de aquella época. Geopolíticamente, Estados Unidos ya proyectaba (conscientemente a nivel estatal) una ocupación de países pequeños de la Cuenca del Pacífico, entendida como penetración económica con tecnología y recursos unidos en un contingente humano en expansión; finanzas caracterizadas por el auge de empresas privadas con accionistas sin obligación de comprometer dineros personales, coincidente con un período de industrialización sediento de cobre en etapa de preguerra mundial, y por último individuos ansiosos de cumplir el ideal colectivo norteamericano de hombre ganador, que surgido de la nada llegaría a un país exento de impuestos con un elevado salario ganando un buen pasar de por vida, hasta convertirse en millonario, si se lo proponía”, (Baros,1995:205).

Este ideal se plasmó en formas muy eficientes de ir resolviendo los innumerables problemas y desafíos que una empresa muy compleja fue deparando. Los norteamericanos fueron creando una escuela entre sus colaboradores chilenos, incentivándolos para aprender nuevos oficios, adquirir conocimientos, reconociéndolos con incentivos materiales e inmateriales cuando lo lograban, y creando una valoración compartida de lo importante que es hacer “bien las cosas” y progresar gracias a ello.

Fue y ha sido una característica de esta cultura el enorgullecerse de haber sabido superar difíciles desafíos, tener la capacidad para seguir enfrentándolos y autoconsiderarse en mejor posición que otras comunidades y organizaciones para hacerlo. Entre variadas manifestaciones de esta creencia fundamental estuvo también el convencimiento de que Sewell, a pesar de sus limitaciones, fue una especie de urbe modelo, un lugar donde gustaba y se añora vivir.

El valor de la vida

La vida humana estuvo seriamente amenazada en Sewell por una pléyade de factores vinculados a un medio físico pleno de riesgos, a un clima severo especialmente en los inviernos, a una faena de las más riesgosas entre las actividades laborales, y a condiciones de salud para una población numerosa, en los comienzos alejada de centros hospitalarios, y que en su mayoría no tenía hábitos de higiene.

Puede llamar la atención que habiendo sido Sewell una cuidad con población significativa, y lugar de numerosos fallecimientos, no contara con un cementerio para enterrar y conmemorar a sus muertos. Hay constancia que la empresa elevó solicitudes a las autoridades en orden a construir camposantos en sus campamentos que no llegaron a concretarse. En Sewell sólo se sepultaron no-natos y criaturas de muy breve existencia.

Desde temprano en la historia de Sewell hubo acciones significativas para preservar la vida de los trabajadores y de los pobladores del campamento.

Los exámenes preventivos y la amplia cobertura médica para los trabajadores y sus familiares crearon una conciencia de valorar y preocuparse por la salud en la población, que fue privilegiada en las reivindicaciones sindicales, erigiéndola en condición de primer rango al llevarse a efecto la “Operación Valle”: contar con semejante nivel de prestaciones en Rancagua.

La prevención y restablecimiento de la salud humana llegó a tener una valoración social muy arraigada en el hombre y la mujer de Sewell, exhibiendo coberturas de salud propias de ámbitos de elevado desarrollo económico-social.

La moralidad

La observancia de reglas morales de convivencia tanto en lo público como privado fue un problema a resolver para la administración del campamento y también un objetivo explícito de su política empresarial. Debían generarse condiciones tales que permitieran una vida de comunidad respetuosa de los demás, y que eventuales conductas desviadas de las reglas morales básicas no pusieran en riesgo el modelo de residencia  adecuado a un campamento densamente poblado por seres humanos de diferentes condiciones educacionales y sociales.

La administración puso los acentos en dos aspectos: la institución del matrimonio como base de la familia, y la prohibición del alcohol. Los encargados de hacer cumplir sus preceptos fueron los Serenos, cuerpo de control interno que, dotado de amplias facultades y a veces con demasiado celo funcionario, supervigilaba a las personas. Acusados con frecuencia de invadir la esfera privada de la vida, no gozaron de popularidad entre los sewellinos, (Baros, 2000:389).

En 1917 la Compañía exigió que los matrimonios exhibieran el certificado del Registro Civil como condición  para disponer de una casa en el campamento, (Fuenzalida,1919:101). Años mas tarde, los Serenos vigilaban los recodos y escondrijos de las escaleras, lugares donde acudían parejas para disponer de alguna intimidad, las cuales, si sorprendidas reiteradamente, eran conminadas a casarse.

La prohibición de introducir alcohol y consumirlo fue la otra tarea que los Serenos debieron llevar a cabo, dada la declaración de Ley Seca en el campamento.

En términos globales y como reflejo de una cultura con estos rasgos “moralistas”, propugnada y controlada por la administración, Sewell, aún contando con una población numerosa, registró bajísimas tasas de delitos, siendo el respeto a los niños y a las jóvenes una característica de su forma de convivencia.

La tolerancia

Así como la vida privada de las personas y las familias tuvieron restricciones en el campamento, hubo allí una tolerancia muy amplia hacia las confesiones religiosas, ideologías y militancias políticas. La Braden desde un comienzo no se inmiscuyó en estos aspectos de la vida de la comunidad, aceptando a todo aquél que se sometía al trabajo, cumplía con sus obligaciones y respetaba los reglamentos de la empresa. Lo mismo ocurría en materia religiosa, tal como lo expresaba de manera muy reveladora un empleado de la época: “ Aquí no hay más Dios que el cobre”, (Fuenzalida,1919:128).

Existían en Sewell una iglesia católica, una iglesia evangélica y grupos masónicos. El 14 de mayo de 1927 fue instalada en el campamento la Logia Andes Nº20, con 43 miembros fundadores, entre los que se contaba una mayoría de extranjeros. Utilizaban para sus ceremonias el antiguo gimnasio, el cual era decorado con los símbolos rituales para tales efectos. Los partidos políticos, incluidos el Socialista y el Comunista, declarados opositores y críticos de la compañía norteamericana, disponían de locales en el campamento facilitados por la empresa, donde funcionaban sus sedes.

Este espíritu de apertura y respeto a las más diversas maneras de pensar, estuvo internalizado en los habitantes de Sewell, quienes practicaron de manera muy concreta el valor de la tolerancia, lo cual facilitó  la convivencia en la armonía de la diversidad dentro de sus límites urbanos.

La calidad de vida y la educación

Sus habitantes llegaron a gozar de estándares de vida muy elevados, los cuales no encontraban parangón en el país. La empresa asumió desde los primeros años tareas que trascendían las operaciones productivas, destinadas a satisfacer de la manera más amplia y completa las diversas necesidades individuales y sociales de sus trabajadores y familias.

Los trabajadores, y en especial sus esposas, otorgaron carácter de bien muy apreciado culturalmente a la educación de sus hijos, identificando en ella el nexo que les permitiría mantener y superar la condición social de sus progenitores. Este proceso fue de temprana emergencia en el campamento, el  mismo que con algún desfase se verificaría en el país y en varios países de América Latina, que vieron por esta vía emerger y consolidarse a una  numerosa clase media.

Esta aspiración, recordamos, fue de importancia clave en el  transcurso de la “Operación Valle”.

La solidaridad

El minero de Sewell se mostró solidario, como suelen hacerlo la mayoría de los sectores del país en caso de catástrofes, y al convocarse campañas de ayuda masiva a los necesitados. Concurrió de manera generosa a ellas, y con orgullo de las sumas que eran capaces de reunir, dado su numero y nivel de ingreso, asociando su donación a su terruño y al nombre del campamento.

La solidaridad como valor cultural tomó también formas institucionales peculiares, no sólo a través de los cauces sindicales, sino también mediante otro expediente no controlado por esos gremios. Fue el caso de las históricas “Mutuales”, agrupaciones de trabajadores de un mismo departamento en su origen, y que más tarde aceptó miembros de otros, a sola condición que aportaran la cuota de reglamento. Su finalidad consistía en disponer de un fondo que permitiera efectuar préstamos de auxilio a sus socios, y entregarles un significativo aporte en caso de accidente, muerte o retiro de la empresa.

La racionalidad

Los primeros habitantes de Sewell, junto con su indumentaria de hombres de campo, eran portadores de una serie de creencias y explicaciones de cómo funcionaba el mundo. Uno de esos componentes valórico-culturales fue el fatalismo, o forma de pensar que consiste en atribuir a fuerzas desconocidas e incontrolables para el hombre, el destino, el éxito o el fracaso en una empresa, y hasta explicar la muerte trágica de la propia persona en esos términos. Tales pensamientos se acompañan de un conjunto de supersticiones que atribuyen nexos mágicos a la concatenación de acontecimientos, los cuales sin conexión lógica entre sí, generan presagios y atribución de causas de naturaleza mítica a los hechos. En este trasfondo cultural, provisto de estos componentes supersticiosos, debió trabajar el supervisor, y lentamente ir introduciendo una forma basada en la razón para interpretar el mundo y su acontecer.

Con los años el esfuerzo de capacitación desplegado y el mayor nivel educacional de los trabajadores fue cambiando su cultura, e incorporando elementos de racionalidad, más funcionales a la eficiencia requerida por una organización compleja y moderna. Ilustrativo de este proceso,  en que ha cambiado una explicación de cómo funciona el mundo, es la declaración de un trabajador que señala: “nadie se quiere accidentar, no existe la mala suerte, los accidentes no son casuales, sino actos inseguros”, (Baros,2000:356). Así, los portadores de esta nueva forma compartida de mentalidad, se consideran a sí mismos como actores y responsables de lo que acontece en sus vidas, y labradores de su propio destino.

El tradicionalismo

Si bien el campamento y sus formas de vida experimentan una evolución apreciable, encontrándose mundos culturales muy diferentes que van configurando una comunidad que incorpora por necesidad funcional muchos elementos de modernidad, subsisten en él otros componentes de una clara impronta tradicional.

En la relación paternalista entre la administración y sus trabajadores, éstos encontraron en ella una imagen familiar y muy reconocible de aquella otra, propia de las zonas rurales, y de equivalencia funcional: el hacendado o patrón. Esa imagen del “pater”, va evolucionando en el imaginario del campamento hacia una figura aún más acogedora y comprensiva, al hacerse familiar el identificar a la empresa como “la mamá Braden”, y posteriormente “la mamá Empresa”. Ni los mayores conflictos laborales ni las  mas arduas reivindicaciones sindicales consiguieron modificar estas representaciones tan arraigadas, que atribuían a la empresa el rol  siempre providente, cuan madre generosa, cuyos recursos no conocerían extinción.

Es de señalar como otro rasgo de tradicionalismo en la cultura, la práctica ya comentada de reclutar preferentemente como nuevos trabajadores a los parientes e hijos de ellos. La convivencia cercana entre el jefe y el trabajador en la faena, y su vecindad física en el campamento permitió al primero conocer a la familia del trabajador, a sus hijos, lo que facilitó sancionar como política el preferir su contratación. Esta forma de convivencia es propia de zonas rurales, en que todos los miembros de la comunidad se conocen, definiendo un conjunto de relaciones muy personales, de carácter primario. Al reemplazarse trabajadores por hijos de trabajadores fueron sucediéndose sewellinos por hijos de sewellinos en el campamento, afianzándose una cultura transmitida no tan solo por la empresa, sino por la familia, por los vecinos, los sindicatos y toda una comunidad que había compartido una situación muy peculiar de vida, y que tendía a preservar.

Portada | Resumen | 1. Reseña histórica de Sewell | 2. Estructura organizacional, estructura social y emplazamiento de las edificaciones | 3. El medio ambiente, el aislamiento y la autarquía | 4. El origen de la fuerza de trabajo y el cambio cultural | 5. La cultura y sus valores | 6. El intercambio cultural | 7. El espacio físico, lo privado y lo público. | 8. La educación, las entretenciones y las expresiones culturales | 9. El campamento y los conflictos sociales | 10. Sewell como asentamiento humano | Bibliografía | Citas | Imagen | Versión completa/Complete version



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