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Dr.
James F. Drane
Profesor Emeritus
University of Edinboro Pennsyvania
-
Introducción
La Revelación Exacta Versus
La Mentira en un Contexto Clínico
El Hecho de Decir la Verdad
y la Autonomía del Paciente
El Contexto y el Juicio Clínico
Justificar Menos, Luego la Revelación
Total
El Paciente Agónico
Argumentos Morales Acerca de
la Verdad y la Mentira
La Verdad en la Historia de
la Ética Médica
La Verdad y Los Profesionales
Verdaderos
Conclusión
- Notas
Introducción
¿Deberían
los doctores ocultar la verdad a los pacientes con el propósito
de mitigar sus temores y ansiedades? Esto puede parecer muy simple,
pero, en realidad, es una pregunta muy difícil. Ocultar la verdad
puede tomar muchas formas diferentes, tener muchos propósitos
y llevar a diversas consecuencias diferentes. Las preguntas acerca
de la verdad y la mentira, en efecto, saturan toda comunicación
humana. Surgen en familias, clubes, lugares de trabajo, iglesias
y, por cierto, en la relación médico - paciente. En cada contexto,
las preguntas se encuentran configuradas de manera algo diferente.
El hecho de ocultar la verdad en la relación médico - paciente
requiere de especial atención, ya que los pacientes, en la actualidad,
más que nunca, experimentan un severo daño si se les miente. No
sólo se socava la autonomía del paciente, sino que, además, aquellos
pacientes que no están al tanto de la realidad acerca de las intervenciones
experimentan una pérdida total de la confianza lo cual es fundamental
para el proceso de curación. Los pacientes se preocupan por la
honestidad. La necesitan, puesto que se encuentran enfermos, vulnerables
y tienen que cargar con preguntas gravosas que requieren de respuestas
exactas.
La honestidad también juega un rol importante para el médico y
otros profesionales de la misma especialidad. La pérdida de reputación
en cuanto a la honestidad en la práctica médica significa el término
de la medicina como profesión. Tan importante como para los pacientes
como para los doctores, sin embargo, la honestidad no ha constituido
un tipo de interés especial en la ética médica ni tampoco un valor
importante para los médicos. Puede ser una exageración decir que
la honestidad no se enseña en la escuela de medicina ni que tampoco
se valora en la cultura médica, pero en realidad así son las cosas.
¿Es
la honestidad y el hecho de decir la verdad tan ausente como amenazador
en otras profesiones? ¿La honestidad es una virtud respetada entre
los abogados? La pregunta en cuestión parecerá inclusive ridícula
para la mayoría de las personas ¿Aún se respeta la verdad entre
los corredores de bolsa, políticos o policías? Todos los así llamados
profesionales se encuentran públicamente comprometidos a hacer
lo que sea mejor para los otros y así y todo, con frecuencia,
estos no conocen la verdad. En realidad, ¿podrían los doctores
coincidir con abogados, corredores de bolsa y políticos en lo
que respecta al socavamiento de las bases de lo que durante siglos
hemos conocido como la función fiduciaria en un profesional auténtico?
De ser así, la pérdida que experimenta la medicina es trágica,
ya que no existe comparación entre las consecuencias que acarrea
mentir en la relación médico - paciente y la mentira que se presenta
en otros contextos. Además de dañar la autonomía del paciente,
estos ya se encuentran perjudicados al igual que los médicos,
la profesión y toda la sociedad que depende de una medicina humana
y confiable.
Desatender la verdad o violaciones a la honestidad por parte del
personal médico es un problema serio. Hay mucho en juego también
para las enfermeras, investigadores y otros profesionales de la
salud. La problemática de la verdad equivale a pensar en todo
los profesionales responsables del cuidado sanitario. En algunos
casos, el daño resultante del hecho de no decir la verdad puede
ser menor. Algún grado de falta de honradez puede ser incluso
perdonable en algunas ocasiones con el fin de evitarle al paciente
un daño más serio. Si existen razones para no decir la verdad,
¿cuáles son? ¿Qué tipo de excepciones existe, de ser así, a la
regla en contra de la mentira? ¿Qué tipo de argumentos sustentan
las respuestas a estas preguntas? Estos son los problemas que
trataremos de solucionar.
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La
Revelación Exacta Versus La Mentira
en un Contexto Clínico
Las sutilezas acerca de decir la verdad se encuentran empotradas
en contextos clínicos complejos. Las complejidades de la medicina
moderna son tales que la honestidad o la verdad, en el sentido
de decirle simplemente a otra persona lo que uno cree, constituye
una sobresimplificación. Existen ciertos límites en lo que un
médico o una enfermera pueden revelar. Los doctores y las enfermeras
tienen responsabilidades hacia los otros además de sus pacientes;
su profesión, la ley de salud pública, la ciencia, sólo por mencionar
algunas . También tienen obligaciones creadas por políticas institucionales,
disposiciones contractuales y sus propias obligaciones familiares.
La mayoría de las obligaciones de tipo moral que puede tener una
enfermera o un médico hacia las personas o grupos que no sea el
paciente complican la pregunta de cuánto debería revelar un profesional
a sus pacientes .
En algunas culturas, los doctores y las enfermeras creen que resulta
incorrecto mentir acerca de una diagnosis o prognosis mala. Por
cierto, resulta dificultoso decir la verdad, pero pensándolo bien,
existen muchos beneficios respecto a decir la verdad y muchas
razones para no mentir. Tolstoy nos entrega un poderoso mensaje
acerca de los daños que siguen a la mentira de los pacientes agónicos
en La Muerte de Ivan Illich, y sus contribuciones provienen de
una cultura que asumía que la mentira era lo correcto en tales
circunstancias.
Escuchen- "Esta decepción lo atormentaba --- el no desear admitir
lo que todos sabían, inclusive él, pero desear mentirle acerca
de su terrible condición y desear forzarlo a participar en esa
mentira. Esas mentiras --- mentiras representadas en él en la
víspera de su muerte y destinadas a degradar su terrible y solemne
acto al nivel de sus visitas, cortinas, esturión para la cena
--- eran una terrible agonía para Ivan Illich".
Determinar lo apropiado de la reducción de una revelación total
es una cosa, pero tratar de justificar una mentira descarada es
totalmente otra. La mentira y la decepción en el contexto clínico
son tan negativas como continuar con intervenciones agresivas
hasta el final. Ambas técnicas se pueden calificar como una tortura.
Sigmund Freud puso más atención a las sutilezas de la relación
médico - paciente que cualquier otro médico. Él vio el daño que
la mentira le provoca al doctor, a la relación terapéutica y a
la profesión médica. Puesto que demandamos una veracidad estricta
de nuestros pacientes, ponemos en peligro nuestra propia autoridad
si nos dejamos atrapar por ellos en una desviación de la verdad.
Mentir en un contexto clínico resulta incorrecto por muchas razones,
pero reducir la revelación total puede ser justificable moralmente.
Si un paciente se encuentra deprimido, irracional y con actitudes
suicidas, entonces se requiere de cautela para que la revelación
total no contribuya a un severo perjuicio. Si un paciente se encuentra
en un estado demasiado pesimista, la revelación de posibilidades
negativas, en realidad, puede contribuir a la actualización acentuada
de estas posibilidades.
En la actualidad que disponemos de tantas intervenciones médicas
resulta obviamente erróneo no revelar la verdad a un paciente
cuando el motivo consiste en justificar la intervención continua
con el fin de encubrir nuestras fallas por nuestro propio beneficio
y no así en beneficio del paciente. Sin embargo, las enfermeras
y los doctores pueden hacer mucho más daño mediante una revelación
de la verdad fría y cruda al igual que pueden hacerlo por medio
de una renuncia cruel y fría a la verdad. Decir la verdad en un
contexto clínico requiere de compasión, inteligencia, sensibilidad
y el compromiso de permanecer con el enfermo después de que se
le ha revelado la verdad.
Si un paciente se encuentra internado en un hospital terciario
de alta tecnología, el problema de decidir lo que se va a revelar
está compuesto de la dificultad de elegir a la persona correcta
que llevará a cabo tal misión. Un paciente puede ser atendido
por un número indeterminado de miembros del equipo profesional,
cada uno de los cuales cuenta con un código profesional y cierto
sentido de la responsabilidad en el momento de decir la verdad.
Tradicionalmente, sólo el doctor era el responsable de toda la
comunicación. Hoy en día, los trabajadores sociales y las enfermeras
también demandan su cuota de responsabilidad por una comunicación
veraz con los pacientes y los familiares. Puesto que todos los
empleados de una institución de cuidados sanitarios están sujetos
a políticas institucionales (incluyendo el Proyecto de Ley de
Derechos del Paciente), la coordinación del hecho de decir la
verdad constituye un problema aún mayor. Una persona del equipo
médico que no es veraz es posible que sea desenmascarada por otra.
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El
Hecho de Decir La Verdad
y La Autonomía del Paciente
La obligación de un profesional correspondiente a ser veraz no
requiere ser justificada por un nexo con la autonomía del paciente,
pero, en los hechos, por lo general resulta ser de esta manera.
Entonces, se tiende a necesitar a lo que los autonomistas se refieren
como revelación total. Para ellos, no es suficiente decir la verdad,
se debe revelar la totalidad de ella. Los defensores radicales
de la autonomía del paciente tienden a eliminar la discreción
del médico o de la enfermera y simplemente requieren que " todo
sea revelado", ya que "sólo el paciente puede determinar lo que
es apropiado". Otros principios, como el de beneficencia, no-maleficencia
y confidencialidad, pueden ser poco considerados o transformarse
en obligaciones secundarias.
Los autonomistas que insisten siempre en la revelación total,
por lo general, desestiman las preguntas acerca de las inseguridades
que rodean el contexto clínico. Sin embargo, las diagnosis médicas
y los regímenes terapéuticos de seguimiento son rara vez una cuestión
de seguridad matemática. Por ejemplo, los diagnósticos psiquiátricos,
al igual que los realizados en otras especialidades, desarrollados
a partir de hipótesis que se comprueban a través de una evaluación
de síntomas continua y respuestas analizadas cuidadosamente a
las intervenciones terapéuticas ¿Cada hipótesis factible requiere
de la revelación al paciente? ¿Cada dato acerca de la enfermedad
o la terapia se considera como información que debe ser revelada?
Hablando en términos generales, las seguridades relativas y las
inseguridades realistas pertenecen a las exigencias de una revelación
honesta, puesto que se pueden calificar como información que una
persona razonable necesita conocer con el propósito de tomar la
decisión de cuidados sanitarios correcta. No obstante, las personas
razonables no desean la revelación total aunque sea factible.
Decir la verdad en un contexto clínico constituye una obligación
de tipo ético, pero el hecho de determinar lo que es cierto sigue
formando parte de un juicio clínico. La autonomía no puede ser
el único principio involucrado. Decir la verdad tiene que estar
relacionado con la beneficencia, justicia y la protección de la
comunidad.
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El Contexto y El Juicio Clínico
Podemos apreciar la influencia del contexto clínico en una revelación
exacta cuando observamos un nuevo campo emergente como la medicina
genética. ¿Qué verdad debería ser comunicada a un paciente que
ya ha sufrido una prueba de diagnóstico que indica la posibilidad
de que desarrollará una enfermedad incurable? ¿Deberían revelarse
los simples hechos? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién? ¿A quién? ¿Después
de qué tipo de evaluación del paciente? ¿Qué pasa si el paciente
tiene una historia de tendencias suicidas?
Si una prueba genética revela la predisposición a ciertas enfermedades,
¿quién interpreta la predisposición o el riesgo en aumento? ¿Qué
debería ser revelado a un paciente aprensivo? Si una prueba genética
indica que una cierta enfermedad en cierto punto se va a manifestar,
para la que no existe ni cura ni terapia, ¿debería ser revelada
simplemente la manifestación eventual de ésta? El paciente puede
morir de otra causa antes de que se presente la enfermedad genéticamente
potencial. Si la prueba genética sugiere que una mujer de cuarenta
años de edad tiene un 20% de probabilidades de desarrollar un
cáncer que aumenta a medida que pasa el tiempo, ¿cuándo debería
revelarse la información? Todas estas preguntas llegan a un punto
simple pero, a su vez, importante; la revelación de la verdad
en un contexto clínico requiere de un juicio clínico y no es cuestión
de una simple afirmación acerca de lo que es objetiva o científicamente
cierto o de decirle todo al paciente y dejar que éste tome su
propia decisión.
Los hospitales de New York ya han modificado una política ética
institucional acerca de la revelación exacta en relación con el
estado concerniente al VIH en una madre. Antes la prueba del VIH
y la revelación de esta información requería de la autorización
del paciente. Ahora, ambas son automáticas. El cambio refleja
una re - evaluación de los riesgos y los beneficios asociados
a la prueba del VIH y a la posibilidad de alteración del curso
de la enfermedad en el caso de los adultos que saben la verdad
acerca de su estado. Ahora, la verdad, en el sentido de informar
información objetiva conocida, se considera una responsabilidad
de salud pública y más importante que el derecho de un paciente
a controlar o a individualizar su autonomía. Este es otro ejemplo
del cambio del contexto médico y el delicado juicio médico acerca
de la revelación de la verdad.
El concepto de contexto clínico se puede extender incluso a dimensiones
financieras de la práctica médica. Los abogados, movidos por sus
propios intereses, han penetrado el contexto clínico con el temor
de los casos de mala práctica y esta situación deja ver errores
imprudentes o incluso autodestructivos. Idealmente, la revelación
exacta de los errores del médico o del hospital hacia los pacientes
se recomendaría y probablemente consolidarían la confianza entre
el médico y el paciente, pero este rara vez es el caso en el contexto
clínico actual. Aquí puede existir un conflicto entre la prudencia
y la revelación veraz y ninguna regla simple, como decirlo todo,
resolverá el conflicto.
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Justificar Menos,
Luego La Revelación Total
Que un paciente renuncie a la información no siempre socava la
veracidad o viola el principio de confianza. A veces, los pacientes
exigen que se omita la información. En algunas ocasiones, se les
pide a los doctores tomar decisiones por los pacientes sin comunicar
información pertinente. Por lo general, respetar tales exigencias
no viola ningún principio ético trascendental: ni la autonomía,
ni la confianza ni tampoco la beneficencia. Sin embargo, el juicio
clínico es siempre requerido, ya que en algunos casos, inclusive
el de un paciente poco dispuesto e intimidado que exige no ser
informado, necesita conocer algunas verdades. El hecho de mantenerse
al margen de cierta información puede crear un serio peligro para
uno mismo o para los otros y, de ser así, la exigencia del paciente
relativa a que la información sea omitida no se puede respetar,
puesto que viola los principios centrales de beneficencia y no
- maleficencia.
Ciertas culturas tradicionales no ven al paciente como una entidad
autónoma con derechos inviolables, sino como una parte de una
unidad familiar extendida. A los miembros de la familia más que
al paciente se les da información médica, en especial información
amenazante como en el caso de una diagnosis fatal. La ética médica
requiere de prácticas culturales, ya que éstas se encuentran íntimamente
ligadas al respeto por los pacientes individuales. No obstante,
las culturas experimentan cambios y las familias son diferentes
y algunas prácticas culturales son éticamente indefendibles. El
juicio clínico puede requerir que el paciente sea incluido en
el círculo de información más que cooperar con una práctica cultural
que prefiere un aislamiento doloroso y una comunicación que involucra
sólo a la familia.
En algunas ocasiones, un miembro determinado de la familia puede
ser designado como la persona encargada del proceso de toma de
decisiones por un paciente incompetente que posteriormente recupera
la competencia. Entonces, ¿quién recibe qué tipo de información?
Por lo general, la familia y el paciente pueden mantenerse informados
y concordar acerca de las opciones, pero no en todos los casos
la situación se manifiesta de esta forma. Nuevamente, el médico
tiene que hacer un juicio no sólo acerca de la competencia del
paciente sino acerca de qué información el paciente puede manejar
y cuándo la familia debería tomar ésta en sus manos. Si los miembros
de la familia le dan al doctor o a la enfermera información médica
importante desconocida por el paciente, generalmente se le diría
que la ética médica profesional requiere que a un paciente se
le den tales informaciones. Sin embargo, al igual que en el caso
de otras variaciones contextuales, se requiere de un juicio médico
sensible y sutil en extremo.
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El Paciente Agónico
Nadie podría pretender hablar por cada paciente en cada contexto,
pero hablando en términos generales, los pacientes desean saber
la verdad acerca de su condición y es poco probable que los doctores
estén en lo correcto cuando juzgan que este no es el caso. Algunos
pacientes a los que se les da un diagnóstico cancerígeno y una
prognosis de muerte pueden hacer uso de la negación por un instante
y las malas noticias pueden tener que ser repetidas, pero el uso
de la negación como un mecanismo de enfrentamiento no significa
que los pacientes preferirían desconocer la verdad o que ésta
no les importe. Los pacientes necesitan conocer la verdad incluso
cuando ésta les revela su propia muerte. Vivir sin enfrentar la
inevitabilitad de la muerte no significa vivir en algo que se
aproxime a una manera racional o moral. Resulta errado asumir
que los pacientes prefieren la irracionalidad y la superficialidad
moral. Una noticia de muerte constituye shock y dolor, pero los
pacientes pueden obtener beneficios de la verdad incluso cuando
se trata de su propio fallecimiento.
Sin la revelación de la verdad en una situación de agonía, es
probable que los pacientes sean sometidos a tratamientos agresivos
que transformarán su muerte en un proceso doloroso, caro y deshumanizador.
Esta es justamente la clase de situación que ha contribuido a
aumentar el apoyo para el movimiento de la eutanasia. Con justo
derecho, los pacientes se encuentran temerosos del hecho de no
conocer su verdadera situación médica y, por consiguiente, morirán
sólo después de intervenciones inútiles, sufrimiento prolongado
y un aislamiento deshumanizador. Por otra parte, los beneficios
de conocer la verdad pueden ser sustanciales; por ejemplo, un
manejo del dolor mejorado, inclusive mejores respuestas a la terapia,
etc.
Sin embargo, el daño también puede provenir del hecho de conocer
la verdad acerca de la muerte. El daño puede ser poco común, pero
aún así se debe evitar. El doctor responsable de decir una verdad
terrible debe hacerlo en cierto momento y de cierta manera. La
comunicación de la verdad siempre involucra un juicio clínico.
Decir la verdad en cada contexto clínico debe ser sensible y tener
en consideración la personalidad del paciente y su historial clínico.
Hablando en términos generales, no obstante, en caso de existir
duda es mejor decirle la verdad al paciente.
En contextos clínicos complejos, puede ser difícil trazar la línea
entre una revelación veraz y una violación de la verdad. Por cierto,
podrían existir razones que justifiquen el no informarle a cierto
paciente la verdad. Por otra parte, las mentiras dichas de un
solo golpe rara vez se perdonan. Algo menor a la verdad total
y completa es casi inevitable. El buen médico no es sólo bueno
en lo que respecta a la medicina ni tampoco con relación al ser
buena persona; debe tener condiciones para juzgar lo que requiere
el principio de veracidad en un contexto clínico determinado.
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Argumentos Morales Acerca de La Verdad y La Mentira
La tradición de la ley natural católica, comenzando con San Agustín
y continuando con Santo Tomás de Aquino y aún más allá, consideraba
cada instancia de la mentira como un pecado. Mentir, en esta tradición,
trastorna la naturaleza del discurso y, por consiguiente, viola
el propósito divino de crearnos como animales dotados del lenguaje.
La circunstancia, la intención y las consecuencias pueden mitigar
su seriedad, pero nunca podrían cambiar la maldad inherente de
un discurso falso. Si la intención era correcta y se evitó un
daño serio a los otros, entonces el mal objetivo sería mucho menor,
pero mentir nunca fue un buen acto. Esta enseñanza moral católica,
sin embargo, fue modificada por los confesores que se vieron forzados
a decidir si los penitentes individuales en contextos particulares
habían cometido un pecado o no. Los confesores y los casuistas
introdujeron la reservación mental como una forma de negación
de la maldad intrínseca de cada mentira.
A finales del siglo XVIII, Kant abogó por la verdad y el rechazo
estricto de toda mentira. En la doctrina del imperativo categórico
de Kant, decir la verdad es una labor (imperativa) que obliga
incondicionalmente (categórica). Una mentira es siempre un mal,
de acuerdo a la perspectiva de Kant, ya que daña la revelación
humana y la dignidad de cualquier individuo. Kant eliminó las
circunstancias de mitigación, las intenciones y las consecuencias.
Decir la verdad es siempre una obligación, si los otros tienen
el derecho a conocer o si personas inocentes resultarán severamente
dañadas. En la teoría de la Ley Natural, la verdad tiene una base
objetiva en cada estructura de la naturaleza humana. Incluso desde
el punto de vista de Kant, existe una suposición que indica que
la mentira viola un estándar moral objetivo. Tanto en tradición
católica como kantiana, decir la verdad constituye una condición
sine qua non para la integridad humana individual. Las violaciones
habituales a la veracidad despojan al mentiroso de cualquier sentido
de lo que en realidad es como individuo. Decir la verdad es un
hecho necesario con el fin de transformarse en una persona buena
e incluso con el fin de conocerse a sí mismo.
Obviamente, decir la verdad es incluso más necesario con el fin
de sostener las relaciones humanas. Los seres humanos son en esencia
relacionales y sin veracidad las relaciones humanas se tornan
imposibles. Sin honestidad, intimidad y unión todo se reduce a
nada. Sin intimidad y unión, las comunidades no pueden existir,
grandes o pequeñas, civiles o económicas. Sin honestidad y confianza,
los seres humanos están condenados a un aislamiento alienante.
En términos generales, lo que es el caso para los seres humanos
es incluso más verdadero para los doctores que por definición
se encuentran relacionados con sus pacientes.
Claro está que la verdad es un bien moral esencial. Sin embargo,
¿qué ocurre si la verdad entra en conflicto con otros bienes morales
esenciales, como la vida en sí, la libertad o la beneficencia?
¿Se puede justificar una mentira si ésta salva una vida humana
o a una comunidad, o si se evita otro mal superior? ¿Estaban en
lo correcto San Agustín y Kant cuándo admitieron sin excepciones
la labor de decir la verdad, o estaban en lo correcto los confesores
y los casuistas cuándo insistían en la consideración de las consecuencias,
intenciones y circunstancias y cuándo consideraron algunas mentiras
como menores o ajenas de importancia moral? Históricamente, la
mentira benevolente de un médico hacia un paciente enfermo y preocupado
se consideraba el acto menos malo de todos. De hecho, los casuistas
y los confesores consideraban un acto benevolente mentirle a los
pacientes.
Tratar de decidir que decir en las relaciones médicas o en contextos
clínicos, por lo general, se encuentra separado por argumentos
falsos. Uno de esos argumentos exige que no existe ninguna responsabilidad
moral en el acto de revelar la verdad, ya que en los contextos
clínicos resulta imposible. Este argumento se centra en la enorme
complejidad de asimiento y luego de comunicación de la verdad
médica concreta en todo su sentido. Este argumento, comprendido
en abstracto, es respetable, sin embargo, en su aplicación resulta
falaz.
Podemos reconocer y fácilmente admitir la complejidad epistemológica
al igual que una falla humana inevitable para alcanzar "la verdad
absoluta". No obstante, estos reconocimientos no hacen del hecho
de decir la verdad un acto imposible y no anulan o incluso reducen
la obligación moral de ser veraz. El doctor que se detiene consideradamente
antes de responder a las preguntas de un paciente enfermo, ansioso
y vulnerable se enfrenta con una problemática moral clínica más
que con una perplejidad filosófica. La cuestión de la verdad,
en este punto, no consiste inevitablemente en la cognición humana
limitada de tratar de entender la complejidad total de la enfermedad
de un individuo en particular. Más bien, es la pregunta de lo
se descubre de una información conocida con el propósito de asegurar
que el descubrimiento ayude al paciente o con el fin de mantener
la confianza, lo cual puede hacer en un paciente vulnerable más
daño que bien.
La misma idea se puede expresar de maneras diferentes. Más que
hablar acerca de la verdad epistemológica versus la verdad moral,
podemos referirnos a la verdad abstracta versus la verdad contextual.
La verdad objetiva, cuantitativa y científica es abstracta y,
no obstante, no se encuentra desvinculada al escenario clínico.
La verdad relacional, contextual y clínica siempre apunta a la
incorporación o a la aplicación de lo que es objetivo y a su vez
abstracto. Sin embargo, ambas palabras no constituyen sinónimos
ni tampoco son reducibles. Un juicio clínico es diferente de uno
de laboratorio, y lo mismo resulta válido para la verdad abstracta
y clínica. La verdad clínica lucha por su aplicación a las preguntas
de los pacientes sin ocasionarle a éstos perjuicios innecesarios.
No puede ignorar la objetividad, pero no es reducible a ella.
La verdad clínica/moral es contextual, circunstancial, personal,
comprometida y relacionada tanto a la verdad objetiva/abstracta
como a los valores clínicos de beneficencia y no-maleficencia.
Además de hacer la distinción entre verdad epistemológica y clínica,
también necesitamos analizar las consecuencias que provienen del
rechazo de esta distinción y el posible colapso que se presentaría.
Si, en la práctica clínica, los doctores operan bajo la suposición
que la verdad es imposible y, por consiguiente, sin relación,
a los pacientes se les mentirá descaradamente por cualquier razón.
Las mentiras se utilizarán para el beneficio del médico, el hospital,
las compañías de seguros, los amigos especialistas del doctor,
los laboratorios de libre mercado en los que el médico confía,
etc. No existiría ninguna diferencia entre la comunicación con
un doctor competente y uno incompetente. Muchas partes diferentes
obtendrían beneficios al considerar la verdad como un hecho imposible.
Los únicos que no resultarían beneficiados son los pacientes.
Si los pacientes sufren perjuicios como resultado del colapso
de la moral dentro del contexto epistemológico, entonces existen
razones para rechazar la proposición de que "la verdad es imposible".
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La Verdad en La Historia de la Ética
Médica
Los códigos médicos históricos correspondían a cuestiones como
no hacer daño, no quitar la vida, no comprometerse en actos de
tipo sexual, no revelar secretos, pero decían lo menos posible
o nada acerca de decir la verdad y evitar las mentiras. El valor
correspondiente a no hacer daño era tan fuerte que mentir con
el propósito de evitarlo se consideraba aceptable, una extraña
forma de la virtud médica. Puesto que el hecho de comunicar la
verdad acerca de una enfermedad es difícil, muchos médicos simplemente
descontaban o ignoraban el problema moral de la veracidad en la
relación médico - paciente. La importancia de no hacer daño, por
cierto, relega el hecho de decir la verdad a la categoría de "si
todo lo demás sigue igual, decir la verdad" o "decir la verdad
mientras ésta proporcione más ayuda que daño al paciente".
Debido a la centralidad histórica de no - maleficencia y, porque
decir la verdad acerca de un diagnóstico fatal e incluso serio
se asumía ocasionaba perjuicios al paciente, los médicos tradicionalmente
no le decían la verdad acerca de su estado. Muchos filósofos morales
se referían a la revelación médica con los pacientes como una
excepción a la obligación de decir la verdad. La obligación moral
principal de los médicos consistía en ayudar y no así dañar al
paciente y, en consecuencia, cualquier cosa que dijera el doctor
al paciente se juzgaba por su efecto en estas tareas centrales.
En la actualidad, las cosas han experimentado variaciones. La
beneficencia y la no - maleficencia siguen siendo principios éticos
médicos básicos, pero la verdad también forma parte del principio
ético médico. La importancia del hecho de decir la verdad en el
contexto clínico se deriva de tomar con mayor seriedad la perspectiva
del paciente en la ética médica. Las justificaciones históricas
en cuanto a mentirle a los pacientes articula el punto de vista
del mentiroso, no de la persona que está siendo excluida de la
verdad. En la mayoría de los casos la gente resulta dañada cuando
son engañadas deliberadamente. Esto resulta, en especial, válido
para el caso de los pacientes. Esto puede no haber sido tan así
desde una perspectiva histórica, pero definitivamente es cierto
en nuestros días. En la actualidad, la observación de Bacon acerca
de que "el conocimiento es poder, pero la honestidad es autoridad",
resulta particularmente aplicable a los doctores. Al final, las
mentiras en la relación médico - paciente hieren a este último,
a los doctores, a la profesión médica y a la totalidad de la sociedad
que depende de un sistema médico en el que los pacientes pueden
confiar en la autoridad del doctor.
La ausencia histórica de una exigencia de la verdad en la ética
médica tiene mucho que ver con las suposiciones morales de las
antiguas culturas. En nuestra cultura el término paternalismo
es una palabra mala, un "disvalor", algo que se debe evitar. En
culturas más antiguas constituía un ideal tratar a otras personas
como un padre trata a un hijo. El paternalismo se consideraba
como algo virtuoso; el opuesto consistía en tratar al otro como
un esclavo. En la cultura griega, el buen médico o el buen gobernante
trataban al paciente o al ciudadano como a un hijo o como a una
hija más que como un esclavo. Hacía lo que era mejor para el "hijo",
pero sin siquiera preguntar por su consentimiento. Sin ningún
tipo de compromiso en las decisiones relativas al tratamiento,
hacerle ver la verdad al paciente era de menor importancia. Puesto
que los pacientes hoy en día pueden y deben consentir a cualquier
cosa que se les haga, la revelación veraz de información pertinente
es una tarea tanto legal como ética.
Los códigos éticos médicos modernos reflejan este cambio en la
importancia de la veracidad. El código de la Asociación de Enfermeras
estadounidenses señala: "Los clientes tienen un derecho moral...
a recibir información exacta." Esto impulsa a las enfermeras a
evitar demandas y decepciones falsas. Incluso los "Principios
de la Ética Médica" de la Asociación Médica de los Estados Unidos,
en el año 1980, incluyeron una referencia a la honestidad. "Un
médico deberá tratar el tema de la honestidad con sus pacientes
y colegas y luchará por desenmascarar a los médicos pobres en
carácter o competencia, o que entran en fraude o decepción." Esta
primera referencia oficial a la veracidad en los códigos médicos
sigue siendo muy abstracta y se encuentra más relacionada a las
fallas en la honestidad entre colegas que con la falta de veracidad
con los pacientes.
El Colegio Médico de los Estados Unidos, no obstante, se refirió
a la obligación de los doctores relativa a la honestidad en las
relaciones médico - paciente en su manual ético. Se centraba en
la obligación de proporcionar una información veraz a los pacientes
con el propósito de contribuir a una relación médico - paciente
aceptable. Referencias y recomendaciones similares han sido incluidas
en códigos médicos de sub - especialidades (ortopedia, cirugía,
psiquiatría, obstetricia y ginecología).
El nexo entre la autonomía del paciente y la veracidad es característico
de la ética médica moderna e inclusive más evidente en el "Proyecto
de Ley de Derechos del Paciente" de la Asociación Hospitalaria
de los Estados Unidos (1972). La exigencia de honestidad se encuentra
por cierto relacionada con el nuevo derecho legal del paciente
a dar un consentimiento informado y libre o un rechazo al tratamiento.
La facultad del paciente en la relación médico - paciente consiste
en distinguir el elemento de la ética médica moderna. Al requerir
información adecuada para el proceso de toma de decisiones, la
ética médica moderna rompe con la tradición paternalista.
Tradicionalmente, el doctor no revelaba la verdad para que el
paciente no resultara perjudicado. En la actualidad, no perjudicar
al paciente requiere en la mayoría de las instancias que los pacientes
sean informados con veracidad y luego incluidos en la participación
de la toma de decisiones clínicas.
Si hoy en día el médico determina, de acuerdo a consideraciones
clínicas, ocultar la verdad, debe llevar la carga de prueba. Un
doctor debe tener la capacidad de defender su decisión ante otros
profesionales involucrados en el cuidado del paciente. Algún miembro
o miembros de la comunidad moral del paciente deben conocer la
verdad. Si los médicos mienten con frecuencia o le ocultan la
verdad a los pacientes, no pueden ser disculpados sobre la base
de un contexto clínico o un juicio clínico discreto.
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La Verdad y Los Profesionales Verdaderos
Si el hecho de proporcionarle información veraz a un paciente
es una cuestión de juicio, se tienen que cometer errores. Si la
información en sí se encuentra limitada y la cantidad que se revela
debe estar determinada por el contexto de cada caso, entonces
inevitablemente habrán incapacidades y fallas. Una cosa es fallar,
cometer un error, calcular mal lo que se debería haber dicho.
Es completamente otra cosa proponerse mentir. Es inclusive peor
adoptar un patrón de decepción. La falla es una cosa, transformarse
en un mentiroso es otra por completo distinta, algo incompatible
con el hecho de ser un profesional.
Para un profesional auténtico, luchar por convertirse en una persona
honesta constituye un hecho importante. Hemos visto la fuerte
postura de Immanuel Kant respecto a esta problemática. Ahora escuchemos
a la persona en contra a la que Kant se encontraba por lo general
en desacuerdo y opuesto a sus ideas, John Stuart Mill. En la siguiente
cita, él se refiere al sentimiento de autenticidad o veracidad.
Él señala que este sentimiento es:
"uno
de los más útiles, y la debilitación de este sentimiento uno de
los más perjudiciales, cosas a las que nuestra conducta puede
ser instrumental; y (...) cualquiera, incluso sin intención, desviación
de la verdad hace mucho para la debilitación del mérito de la
verdad de la afirmación humana, que no sólo es la base de todo
el bienestar social presente, sino que también es su insuficiencia
la que hace, más que ninguna otra cosa que se puede nombrar, retroceder
a la civilización, la virtud, todo aquello de lo que depende la
felicidad humana en mayor escala...
Para
Mill, si alguien disminuye la confianza en la veracidad de otra
persona, ésta se transforma en su enemigo. ¿Por qué? Puesto que
la pérdida de confianza en los otros consiste en perder la propia
integridad. Un doctor puede hacer incluso más daño, porque al
no ser honesto daña el clima de confianza dentro de la profesión.
Entonces, no se trata de la integridad individual, sino de la
integridad profesional en su totalidad que pierde. Si habitualmente
se les miente a los pacientes o se les entrega mal la información,
o bien son engañados, entonces el contexto de la práctica médica
se encuentra viciado. Se desacredita la totalidad de la profesión.
En un película reciente, Mentiroso Mentiroso, se intentaba hacer
una comedia de la omnipresencia de la mentira en la profesión
legal. Los productores parecían más interesados en crear risas,
pero en el proceso hicieron un comentario para nada gracioso acerca
cómo la mentira y el engaño se han generalizado entre los abogados.
Sin la mentira, el personaje principal no podría haber funcionado
en el sistema legal. Sus colegas abogados eran personajes desagradables.
La estrella cómica salvó su vida y su matrimonio y su integridad
moral mediante el descubrimiento de la importancia de ser auténtico.
En consecuencia, tuvo que buscar un tipo diferente de trabajo.
La imagen de la profesión legal representada en esta película
era desagradable. No podemos dejar que esto ocurra con los doctores
y los investigadores médicos.
Algo parecido no le debe ocurrir ni a los doctores ni a la profesión
médica. Ahora, más que nunca, los pacientes tienen que ser capaces
de confiar en sus doctores y ser capaces de confiar en la verdad
que se les entrega. Puesto que la autenticidad y la veracidad
constituyen virtudes médicas críticas, los doctores tienen que
trabajar para desarrollar la virtud de la autenticidad. Esta no
es una tarea fácil.
Para llegar a ser una persona auténtica, en primer lugar, tenemos
que luchar para conocer la verdad. Luego, tenemos que luchar contra
los prejuicios personales que pueden distorsionar cualquier información
que reunimos. Tenemos que tratar de ser objetivos. Tenemos que
trabajar para corregir una tendencia a la corrupción que trastorna
una parte de la historia o una perspectiva de un hecho con la
verdad absoluta. Por último, tenemos que reconocer que el autoengrandecimiento
corrompe la capacidad de conocer la verdad y comunicar cualquier
cosa que se aparte de los intereses patológicos y narcisistas.
La verdad para un egoísta se reduce a lo que promueve su ego.
El egoísta no puede ver la verdad y, por ende, no puede transmitirla.
Lo único que está en condiciones de comunicar es su autoengrandecimiento.
Conocer la verdad y transmitirla es lo suficientemente difícil
sin ensombrecer las capacidades humanas débiles en cuanto a la
virtud con sombras narcisistas y patológicas. Si nos autoengañamos,
no podemos esperar evitar la decepción en lo que revelamos. No
asignar distorsiones de carácter patológico hace de las mentiras
actos inevitables. Los códigos éticos médicos clásicos estaban
relacionados con los rasgos del carácter personal de un buen médico---
verdaderamente así era.
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Conclusión
Este artículo aboga por la verdad en la relación médico paciente
y no por una comunicación torpe o insensible. La suposición siempre
es por la verdad en contra de la mentira. Sin embargo, los argumentos
apoyan la necesidad de formular juicios clínicos humanos acerca
de lo qué se dice, cómo, cuándo y en qué cantidad. Tal vez, la
mejor forma de resumir este argumento consiste en citar a un médico
sensible y humano que se refiere a este tema: Dr. Cicely Saunders,
el fundador del Movimiento de los Hospicios.
Cada paciente necesita una explicación acerca de su enfermedad
que será comprensible y convincente para él si coopera en su tratamiento
o si es liberado de las cargas de temores desconocidos. Esto resulta
válido si se trata de la pregunta de dar una diagnosis en una
situación alentadora o confirmar una mala prognosis.
El hecho que un paciente no pregunte no significa que no tenga
interrogantes. Rara vez basta con una visita o con una charla.
Sólo esperando y escuchando, podemos obtener una idea de lo que
deberíamos decir. Los silencios y los vacíos, por lo general,
son más reveladores que las palabras a medida que tratamos de
aprender lo que está enfrentando un paciente mientras se desplaza
a través del curso cambiante constantemente de su enfermedad y
sus pensamientos respecto a ésta.
(...) Gran parte de la comunicación se llevará a cabo sin palabras
o de manera indirecta. Esto resulta válido para todas las reuniones
donde participan personas, pero en especial con los que encaran,
con malicia o no, situaciones difíciles o amenazantes. Este también
es el caso del paciente que se encuentra muy enfermo.
El argumento principal en contra de una política deliberada, invariable,
negable de situaciones desagradables consiste en que ésta hace
la comunicación extremadamente difícil, por no decir imposible.
Una vez que la posibilidad de hablar con franqueza con un paciente
ha sido admitida, no significa que esto siempre tendrá lugar,
sino que la atmósfera total presentará cambios. Entonces nos encontramos
libres para esperar tranquilamente por las señales de cada paciente,
verlos como individuos de los que podemos esperar inteligencia,
coraje y decisiones individuales. Se sentirán lo suficientemente
seguros para entregarnos estas señales cuando lo estimen conveniente.
Por último, decir la verdad no significa negar las esperanzas.
La esperanza y la verdad e incluso la amistad y el amor forman
parte de la ética de los cuidados terminales.
Traducción:
Haydée Vivanco Astete.
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NOTAS
- En
algunas ocasiones, el paciente no puede conocer toda la verdad
o suposiciones hipotéticas fuertes asociadas con las exigencias
de la salud pública.
- Por
ejemplo. los médicos militares, por lo general, se encuentran
compometidos a decir la verdad, debido a sus obligaciones militares.
Lo mismo resulta válido para los doctores e investigadores que
trabajan para una industria o para el gobierno o para una institución
de cuidados.
- Leo
Tolstoy. The Death of Ivan Illich.. Quoted from Bok,
Sissela Lying: Moral Choice in Public and Private Life,
Pantheon Books, NY. 1978. p.220.
- Sigmund
Freud, Collected Papers. Cited from Lying: Moral
Choice in Public and Private Life. Pantheon Books, NY.
1978, p.221.
- Si
las finanzas en el contexto clínico complican el hecho de decir
la verdad para los profesionales de la salud, imaginemos los
problemas creados por la industria del cuidado que tenemos en
nuestros días. Los hospitales se están transformando en operaciones
para ganar dinero que compiten no sólo por clientes sino también
con otros industrias ¿Pueden los pacientes contar con la verdad
en una anuncio hospitalario, en las compañías de seguro y firmas
farmacéuticas? Cada vez más pacientes al igual que médicos necesitan
una comunicación autentica de la información, pero lo que obtienen
por lo general es una mensaje manipulador ¿Resulta razonable
esperar que el capitalismo de libre mercado y sus agentes sean
veraces? ¿Continuar insistiendo en la verdad en el cuidado médico
es un hecho demasiado ingenuo? En lugar de contar con la verdad
por parte de los administradores que obtienen ganancias a partir
del cuidado sanitario, los pacientes ahora tienen que adoptar
la apariencia de un ser sin intereses propios.
- Augustine,
"On Lying," Treatises on Varies Subjects, in Fathers
of the Church, Deferrariced R.J. Catholic University of
American Press, NY 1942, v.14, ch.14.
- Aquinas,
Summa Theological, Secunda Secunda, questions 110,
art2.
- Kant,
The Doctrine of Virtue, N.Y.: Harper and Roe, 1964,
pp. 92-96.
- En
un escenario clínico, decir la verdad se relaciona con un paciente
determinado, quien padece de una enfermedad particular y tiene
su propio historial. Sería un error pensar que el hecho de decir
la verdad en este escenario constituye algo completamente distinto
del hecho de decir la verdad en un informe académico que se
centra en la investigación científica. No son por completo diferentes,
pero obviamente son distintos. Los diferentes escenarios dan
origen a diversas realidades y estándares para juzgar lo que
realmente resulta honesto y se require éticamente.
- El
departamento de finanzas en un hospital que busca ganacias y
el contexto de cabecera de un paciente en el mismo hospital
se relacionan, pero son diferentes. Los hospitales no pueden
sobrevivir si las realidades económicos se dejan de lado. La
economía se relaciona a las realidades clínicas, pero las dos
no son iguales ni reducibles. Lo que resulta positivo para la
línea de fondo económica puede no ser bueno en una relación
médico-paciente determinada. Muchas realidades se entrelazas
e influencian a la otra, pero no se pueden colapsar ni reducir.
Existe una dimensión personal y existencial en las manos de
la relación médico-paciente que se encuentra ajena de manipulaciones
matemáticas de los datos de fondo de la economía. Sería un error
inexcusable reducir el cuidado del enfermo a la economía. El
cuidado debe ser cálido y comprometido, la economía tiene que
ser fría y abstracta.
- Mill,
John Stuard. (1861). 1961. Utilitarianism In The
Philosophy of J.S. Mill, Marshall Cohen, e. New York:The
Modern Library, p.349.
- Cicely
M.S. Sanders, "Telling Patients," in Reiser, Dyck, and Curran,
Ethics in Medicine, pp. 238-240.
 
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