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INTRODUCCIÓN
Aunque el trasplante de tejidos primero y de órganos
después aparece como una rama reciente de la medicina,
tiene raíces que datan de tiempos muy antiguos. Varios
siglos antes de Cristo se describen autotrasplantes de piel en
la India, con métodos que fueron introducidos en Europa
desde el siglo XVI al XVIII. En este último siglo también
se intentó el heterotrasplante (dientes, testículos,
ovarios) sin ningún éxito. Finalmente, a comienzos
del siglo XX, los progresos en la inmunología permitieron
los homotrasplantes de células sanguíneas. El mayor
desarrollo de esa área de la medicina, con nuevos descubrimientos
sobre el sistema inmunológico y sobre medicamentos que
evitan el rechazo ha permitido que en la actualidad se llegue
a la situación que conocemos. El presente y el futuro nos
ofrece un campo aún más promisorio, con las investigaciones
y hallazgos relacionados con el genoma humano.
TÉCNICA Y BIOÉTICA
Es preciso siempre revisar los factores técnicos
del trasplante de órganos y tejidos antes de abordar los
aspectos bioéticos involucrados, ya que cualquier análisis
ético debe hacerse una vez que están resueltos los
problemas técnicos: una "mala ciencia" (en lo
metodológico y lo técnico) es una "ciencia
mala" (en lo ético, lo moral), por el principio fundamental
de la no-maleficencia ("no hacer daño").
Proponer un trasplante de órganos o de tejidos sin tener,
desde un punto de vista técnico, un fundamento sólido
y consistente (con investigación previa), o las capacidades
profesionales suficientes, o la infraestructura y recursos materiales
necesarios, es antiético a priori.
De allí que los primeros procedimientos de trasplante y
muchos de los que aún se realizan, han debido cumplir las
exigencias técnicas y éticas pedidas a los procedimientos
que están aún en fase de experimentación,
para procurar los mayores resguardos posibles a la persona que
será sometida a ese acto médico.
TRASPLANTE DE ÓRGANOS Y TEJIDOS "TRADICIONAL"
En la actualidad, la gran mayoría de los trasplantes
se realiza como un acto terapéutico, ya validado por experimentación
suficiente. Aunque para algunos órganos y tejidos persiste
todavía la necesidad de considerarlos en fase de experimentación,
porque aún no se resuelven totalmente los problemas técnicos
inherentes y es necesario ponderar el riesgo/beneficio que signifiquen
para las personas.
En todo caso, al considerarlos ya como procedimientos terapéuticos
comprobados, el problema ético pasa a ser otro. Nos referimos
con esto al diagnóstico de muerte, a la obtención
de órganos y tejidos, a la utilización de recursos
escasos, que serán la materia que se presentará
en la primera parte de esta exposición.
LA "NUEVA ERA" EN TRASPLANTE
Un campo absolutamente distinto al tradicional, en
cuanto a la procuración de tejidos y órganos para
trasplante, se ha abierto con el desarrollo actual de la ingeniería
genética. Las investigaciones sobre el genoma humano, sobre
células madres y sobre clonación, han abierto un
horizonte que parece ilimitado y que podría terminar con
la dependencia humano-humano en la obtención de órganos
y tejidos.
No obstante, una vez resueltas las dificultades técnicas
que supone, se presenta un perfil distinto de problemas bioéticos
que deben ser considerados: uso de "embriones donantes",
riesgo de los heterotrasplantes transgénicos, definición
del estatuto del embrión humano, y -esto sí reiterado
- inequidad en la utilización de recursos escasos. Este
tema será tratado en la segunda parte de la presentación.
EL DIAGNÓSTICO DE LA MUERTE
La gran mayoría de los trasplantes (de los llamados "órganos
singulares") se realiza obteniéndolos de un cadáver.
Y no sólo de un cadáver, sino que de un cadáver
tan reciente como para que el órgano extraído pueda
ser utilizado eficazmente.
Desde un punto de vista médico, como es sabido, esto ha
llevado a un cambio en la definición de muerte, desde el
criterio "cardio-respiratorio", aceptada por siglos,
a éste "neurológico" de los últimos
treinta o cuarenta años.
Antes de la era de los trasplantes, el ser vivo comenzaba a quedarse
quieto, luego dejaba de respirar y su corazón se detenía,
sus pupilas se dilataban, comenzaba a ponerse frío y rígido
y, entonces, pasaba a ser un cadáver, pero incluso muchas
legislaciones que aún existen no permitían su entierro
hasta 24 o más horas después (quizás para
asegurarse que estaba muerto bien muerto). Luego de comenzar los
trasplantes de órganos vitales, se pasa de persona a cadáver
en una fracción de minuto, dándonos la posibilidad
inmediata de extraer órganos y trasformando esa legislación
de la espera para el entierro en una obsolescencia.
Este cambio de criterio dado por la ciencia y la demanda de órganos
para trasplantes le confiere al acto médico del diagnóstico
de muerte una trascendencia enorme que debe ser motivo de reflexión
y preocupación ética permanente de los médicos
que deben efectuarlo.
En la perspectiva filosófica el problema es establecer
qué es la vida y qué es la muerte y, por lo tanto,
cómo podemos diferenciar una de la otra.
Desde la antigüedad hay amplio consenso y parece claro que
siendo la vida humana una vida animal dotada de razonamiento (logos)
e integralidad de funciones, la muerte se producirá cuando
se pierdan total e irreversiblemente esas condiciones.
De allí que es aceptado por todos que la muerte cerebral
(criterio de Harvard) o encefálica (criterios de Minessota),
diagnosticada correctamente de acuerdo a los argumentos clínicos
y tecnológicos existentes para tal efecto, es signo de
que se ha perdido irreversiblemente la capacidad de integración
del organismo individual como tal y, por lo tanto, es verdadera
muerte.
El diagnóstico de muerte neurológica lleva a dos
problemas que pueden generar conflictos éticos:
- El primero se refiere a la certeza del diagnóstico clínico
y a la suficiencia de los medios técnicos utilizados para
corroborarlo. El principal "riesgo ético" en
este sentido es el abandono anticipado de medidas de soporte vital
y la extracción de órganos de una persona gravísima
y con quizás nulas posibilidades de recuperación,
pero que aún no está muerta neurológicamente.
Se configura con esto un claro acto de eutanasia.
- El segundo se relaciona con la certeza -sin ningún género
de dudas- que pueda tener para todas las personas, para todas
las creencias, el diagnóstico de muerte usando el criterio
neurológico y no el tradicional cardio-respiratorio. Como
estos son criterios científicos, la sociedad (incluyendo
la Iglesia Católica) tiene razones consistentes como para
aceptarlos como criterios de muerte, pero el disenso es posible
y de hecho se da y merece el mayor respeto. Esto tiene especial
relevancia al referirnos al consentimiento para la donación
de órganos.
LA DONACIÓN DE ÓRGANOS
Para respetar uno de los principios fundamentales
de la Bioética, el de la autonomía (es decir, el
respeto a la voluntad del individuo como persona, el respeto del
ser humano en sí mismo y a las decisiones que ha tomado)
a nadie se le debería extraer un órgano si no ha
documentado su voluntad de donarlo. Este es un tema conflictivo,
ya que sin duda el "consentimiento presunto" (una contradicción
en sí mismo: si es consentimiento, no es presunto; si es
presunto, no es consentimiento) que existe en algunas legislaciones
-como la española- permiten un número muchísimo
mayor de órganos disponibles para trasplantes que otras
legislaciones en que se establece el "consentimiento explícito"
(notarial, al obtener documentos públicos, etc.). Pero
la sola razón de que puede haber una persona que no está
de acuerdo con los criterios de muerte cerebral antes señalado,
ya sea por razones religiosas, filosóficas o de otra índole,
hace necesario respetar también esa libertad de conciencia,
lo que en la práctica significa que se debe actuar en todos
los casos con consentimiento informado explícito, como
ocurre en la gran mayoría de nuestras legislaciones latinoamericanas.
Cuando no existe expresión previa de voluntad, ni a favor
ni en contra, para constatar -de acuerdo a sus creencias y costumbres-
cual habría sido la voluntad del fallecido, se debe recurrir
a sus familiares más cercanos o personas más allegadas.
Éstos deberán documentar su consentimiento para
la extracción de órganos, expresando que no hay
voluntad en contra y demostrando con ese acto que están
(y el fallecido lo habría estado) a favor de la donación.
Por supuesto, éste puede ser un tema de debate; pero la
que he expresado es mi opinión al respecto, sustentada
en el respeto por la libertad de conciencia de al menos una persona
que crea que morirse es otra cosa de lo que hemos definido científicamente
y no esté de acuerdo con que le extraigan sus órganos
mientras no se cumpla esa condición por ella creída.
CLONACIÓN TERAPÉUTICA - ESTATUTO ÉTICO
DEL EMBRIÓN HUMANO
Las células madre son aquellas células
dotadas simultáneamente de la capacidad de autorrenovación
(es decir, producir más células madre) y de originar
células hijas comprometidas en determinadas rutas de desarrollo,
que se convertirán finalmente -por diferenciación-
en tipos celulares especializados.
En el contexto de la investigación actual, se pretende
obtener células madre que se mantengan como tales en cultivo
en el laboratorio y que, bajo determinados estímulos, puedan
conducir a poblaciones de células diferenciadas.
Se ha determinado la existencia de células madre embrionarias,
germinales y del adulto.
El caso paradigmático de célula madre del adulto
es la hemopoyética, que reside en la médula ósea
y genera todos los tipos de células sanguíneas y
del sistema inmunitario.
Hace ya cuatro años, en 1998, al menos dos centros de investigación
comunicaron la obtención de células madre humanas.
Uno de ellos (U. De Wisconsin) a partir de blastocitos sobrantes
provenientes de programas de fertilización in vitro; y
el otro (U. John Hopkins) a partir de fetos abortados.
Se ha calculado que se usarán embriones "sobrantes"
de programas de fertilización in vitro que en unos pocos
años permitirán establecer una 1.000 líneas
distintas de células madre embrionarias.
Una revisión de las legislaciones de los países
que han establecido normas al respecto, permite apreciar que la
enorme mayoría prohibe la clonación humana con fines
reproductivos, acogiendo la recomendación dada por Naciones
Unidas (UNESCO, 1997). No obstante, también en la mayoría
de los países europeos y en Estados Unidos, se permite
la investigación con células madre germinales bajo
controles rigurosos. En general, se autorizan los estudios con
células madre derivadas de "embriones sobrantes"
que ya existen, pero se prohibe la creación de nuevos embriones
para investigación, incluso para clonación terapéutica.
Sin embargo, como los controles rigurosos se pueden efectuar adecuadamente
sólo sobre aquellas investigaciones cubiertas con fondos
públicos (en especial en Estados Unidos) el sector privado
tiene de hecho vía libre para investigar en esta área,
sin más control científico y ético que el
que ellos mismo se quieran imponer y la normativa muy general
y ambigua que les pueda ser aplicada.
La esperanza terapéutica principal que se tiene en las
células madre es que se puedan emplear para terapias celulares
y trasplantes de tejidos, sin los problemas actuales de los aloinjertos.
Lo ideal sería derivar tejido con la identidad fisiológica
del propio paciente, para hacer autotrasplantes.
Hay al menos tres ejemplos de tejidos creados artificialmente,
que han sido patentados en estados Unidos para su uso clínico
como piel y como cartílago: uno, a partir de células
de dermis sobre un polímero biodegradable, usado en quemaduras
como cubierta protectora temporal; otro, de dermis y epidermis
obtenido del prepucio en la circuncisión, para tratar úlceras
de piel en diabéticos; y otro, a partir de condrocitos
del paciente que se hacen crecer en una matriz biodegradable y
permiten producir cartílago que se implanta en la rodilla
afectada.
Si se lograra esta alternativa terapéutica por medio de
células madre de adulto que fueran capaces de diferenciase
incluso en líneas que no son las suyas originales, como
se ha logrado inicialmente en algunos centros de investigación,
se tendría una nueva posibilidad de terapias celulares
y autotrasplantes sin manipular ni destruir embriones humanos,
con lo que el problema ético se reduciría sólo
a la transferencia de un núcleo somático a un ovocito
vacilo, para la clonación correspondiente.
Pero como el ámbito actual de la investigación
en clonación terapéutica es principalmente a partir
de células madre embrionarias provenientes de blastocitos
o fetos abortados, el problema ético es justamente definir
el estatuto moral del embrión.
El debate bioético se centra en el momento en que el embrión
adquiere características de persona (de "genoma"
a "fenoma"). Y en este caso adquieren relevancia las
diferencias existentes en los científicos, sobre bases
morales y religiosas, con un período de 14 días
(entre la fecundación y la anidación) que no está
resuelto y en lo cual cada quien tendrá que asumir su propia
responsabilidad moral para dilucidarlo, hasta que la ciencia no
nos entregue otros elementos de juicio más objetivos (como
ha sido en el caso de la muerte cerebral) que permitan un mayor
consenso.
HETEROTRASPLANTES O XENOTRASPLANTES
Tan ligado al tema del genoma humano y la ingeniería
genética como la clonación, se ha investigado desde
hace largo tiempo la posibilidad de obtener tejidos y órganos
por medio de modificaciones transgénicas en animales, tales
como cerdos y monos (en especial los primeros, por la similitud
morfológica de algunos de sus órganos con el ser
humano).
En algunos países hay empresas que ya cuentan con autorizaciones
estatales y han obtenido patentes, para la obtención y
desarrollo de "células madre animales transgénicas"
y por todos es sabido la obtención por clonación
de diversos animales adultos, incluso antes de la famosa Dolly.
Por alguna razón los antiguos griegos nos legaron las imágenes
de la Quimera y de Quirón. La primera, con cabeza de león,
cuerpo de cabra y cola de dragón; el segundo, mitad hombre
y mitad caballo, ha sido singularmente considerado la representación
clásica de la cirugía. Estos transgénicos
clásicos se ven ahora representados en ratones con orejas
en sus lomos, y -ya anunciado hace un tiempo por algunos centros
de investigación- en cerdos con corazones y riñones
"humanos" por modificación genética.
A las dificultades técnicas inherentes a este tipo de experimentos,
camino siempre previo de dilucidar antes de evaluar los aspectos
éticos de estas investigaciones, se suman los riesgos de
trasmisión de enfermedades y de características
no deseadas entre especie y especie, que en bioética constituyen
una obligación absoluta de evitarlas, por el principio
de la no-maleficencia.
No obstante, con esos elementos resueltos, esta posibilidad abre
un campo ilimitado de oferta de órganos y tejidos sin dependencia
humano-humano, que debe ser mirada con optimismo, desde el punto
de vista del principio de la beneficencia y la equidad.
Para terminar este tema de la ingeniería genética
y sus consecuencias, quisiera mencionar lo que señala Diego
Gracia al respecto: "...Entonces, Quirón habrá
logrado la quimera perfecta. Algo que durante siglos y siglos
se ha considerado monstruoso y antinatural, empezará a
no serlo. Lo cual obligará al ser humano a reformar no
sólo su idea de la naturaleza, sino también su propio
concepto de la moralidad. Ya no podrá decirse que las fusiones
transespecíficas son antinaturales y por lo tanto intrínsecamente
malas. Lo cual demuestra que hay una segunda historia de los trasplantes
de órganos, relacionada ya no con los aspectos científicos
y técnicos, sino con los filosóficos y morales".
JUSTICIA - LA EQUIDAD EN LA DISTRIBUCIÓN DE
RECURSOS ESCASOS
En los trasplantes de órganos y tejidos, la
principal preocupación ética en el ámbito
de la justicia distributiva lo constituye la adecuada asignación
de los escasos órganos existentes a las personas que más
lo necesiten, luego de haberse cumplido las exigencias técnicas
respectivas. Esto obliga a establecer criterios médicos
estrictos de máxima efectividad del trasplante y siguiendo
protocolos que sean siempre verificables y qué demuestren
científicamente por qué se ha trasplantado a un
paciente y no a otro.
Otro tema en que puede haber conflicto entre los principios bioéticos
de la autonomía, la beneficencia y el bien común
(justicia) es cuando se establece el dominio del cuerpo para la
existencia o no de consentimiento explícito para la decisión
de donar órganos. Desde un punto de vista de la autonomía,
parece claro que debe respetarse siempre la voluntad expresa del
posible donante; desde la perspectiva de la beneficencia (del
receptor) la mayor disponibilidad de órganos que permite
el "consentimiento presunto" sin duda orienta en ese
sentido. Lo anterior hace que según sus tradiciones, los
países adopten más una u otra postura: en las culturas
liberales (que prima la autonomía) se exige el consentimiento
explícito; en las socialistas (que prima la beneficencia)
se establece el consentimiento presunto.
La actitud más adoptada en las legislaciones de los países
occidentales (y entre ellos los latinoamericanos) es la que defiende
el carácter de deber imperfecto de la donación de
órganos (que, por lo tanto, no puede ser impuesto como
los deberes perfectos establecidos por las leyes), que prohibe
la comercialización del cuerpo humano y exige la existencia
de consentimiento explícito e informado.
Respecto del tema de equidad en los trasplantes, en algún
momento se planteó que por tratarse de intervenciones de
alta complejidad y costo, podrían determinar un conflicto
ético con el bien común y la justicia social. No
obstante, la evaluación actual de costo-beneficio es ampliamente
favorable a la indicación de trasplantes en la mayoría
de los órganos y, posiblemente en la medida que vayan mejorando
aún más los procedimientos técnicos y los
fármacos empleados post-trasplante, ese indicador va a
ser positivo para todos los casos. Esto, en cuanto a la mejoría
de la calidad de vida de los trasplantados y el menor costo de
vida potencialmente útil logrado.
Distinto es el caso en la aplicación de ingeniería
genética para trasplantes de órganos y tejidos.
En este campo de investigación los intereses han estado
centrados en el mercado y las inversiones de grandes empresas
en investigación genética exigen y exigirán
por mucho tiempo una recompensa económica por los frutos
de su trabajo, al igual como ocurre en la industria farmacéutica.
La dura lucha que presenciamos en la determinación del
genoma humano, para la obtención de patentes comerciales
sobre genes; la falta de controles adecuados y eficaces sobre
las investigaciones con gametos y embriones, animales y humanos;
el limitado acceso de la población a los avances biotecnológicos
genéticos, por razones de costo y ubicación geográfica;
son apenas algunos elementos que transforman a este ámbito
de acción en un perfecto paradigma para la bioética
del siglo XXI.
Si seguimos sin reflexionar en serio sobre los vínculos
entre autonomía y bien común, sólo lograremos
afianzar aún más la economía de libre mercado,
que invade ahora ámbitos muy sensibles, donde se juegan
valores clave de lo que consideramos humano. ¿Queremos
realmente que el mercado se inmiscuya cada vez más en estos
ámbitos?. Como dice Lisa Cahill: "a lo más
que llegará la bioética dirigida por el mercado
es a pedir que todos los individuos tengan igual acceso a todas
las novedades biotecnológicas y reproductivas que el propio
mercado vaya generando.
Los invito a reflexionar sobre esto y a compartir juntos los beneficios
de la ciencia y la tecnología, pero a no olvidarnos de
los "riesgos de pendiente resbaladiza" que permanentemente
suponen.
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