XIII
Le
dijo el grajo al cuervo
Hora
y media después todos los ilustres compañeros de merienda estaban de vuelta
en la Ciudad.
El
señor Obispo y su familia habían llegado con bastante anticipación,
gracias al coche, y hallábanse ya en palacio, donde los dejaremos
rezando sus devociones.
El
insigne Abogado (que era muy seco) y los dos Canónigos (a cual más grueso
y respetable) acompañaron al Corregidor hasta la puerta del Ayuntamiento (donde
Su Señoría dijo tener que trabajar), y tomaron luego el camino de sus respectivas
casas, guiándose por las estrellas como los navegantes, o sorteando a tientas
las esquinas como los ciegos; pues ya había cerrado la noche; aún no había
salido la luna, y el alumbrado público (lo mimo que las demás luces de este
siglo) todavía estaba allí en la mente divina.
En
cambio, no era raro ver discurrir por algunas calles tal o cual linterna o
farolillo con que respetuoso servidor alumbraba a sus magníficos amos, quienes
se dirigían a la habitual tertulia o de visita a casa de sus parientes...
Cerca
de casi todas las rejas bajas se veía (o se olfateaba, por mejor decir) un
silencioso bulto negro. Eran galanes que, al sentir pasos, habían dejado por
un momento de pelar la pava...
-¡Somos
unos calaveras! -iban diciéndose el Abogado y los dos Canónigos-. ¿Qué pensarán
en nuestras casas al vernos llegar a estas horas?
-Pues
¿qué dirán los que nos encuentren en la calle, de este modo, a las siete y
pico de la noche, como unos bandoleros amparados de las tinieblas?
-Hay
que mejorar de conducta...
-¡Ah!
sí... ¡Pero ese dichoso molino!...
-Mi
mujer lo tiene sentado en la boca del estómago... -dijo el Académico, con
un tono en que se traslucía mucho miedo a próxima pelotera conyugal.
-Pues
¿y mi sobrina? -exclamó uno de los Canónigos, que por cierto era penitenciario-.
Mi sobrina dice que los sacerdotes no deben visitar comadres...
-Y,
sin embargo -interrumpió su compañero, que era Magistral-, lo que allí pasa
no puede ser más inocente...
-¡Toma!
¡Como que va el mismísimo señor Obispo!
-Y
luego, señores, ¡a nuestra edad!... -repuso el Penitenciario-. Yo he cumplido
ayer los setenta y cinco.
-¡Es
claro! -replicó el Magistral-. Pero hablemos de otra cosa: ¡qué guapa estaba
esta tarde la señá Frasquita!
-¡Oh,
lo que es eso...; como guapa, es guapa! -dijo el Abogado, afectando imparcialidad.
-Muy
guapa... -repitió el Penitenciario dentro del embozo.
-Y
si no -añadió el Predicador de Oficio-, que se lo pregunten al Corregidor...
-¡El
pobre hombre esta enamorado de ella!...
-¡Ya
lo creo! -exclamó el Confesor de la Catedral.
-¡De
seguro! -agregó el Académico... Correspondiente-. Conque, señores, yo tomo
por aquí para llegar antes a casa... ¡Muy buenas noches!
-Buenas
noches... -le contestaron los Capitulares.
Y
anduvieron algunos pasos en silencio.
-¡También
le gusta a ese la Molinera! -murmuró entonces el Magistral, dándole con el
codo al Penitenciario.
-¡Como
si lo viera! -respondió éste, parándose a la puerta de su casa- ¡Y qué bruto
es! Conque hasta mañana compañero. Que le sienten a V. muy bien las uvas.
-Hasta
mañana, si Dios quiere... -Que pase V. muy buena noche.
-¡Buenas
noches nos dé Dios! -rezó el Penitenciario, ya desde el portal, que por más
señas tenía farol y Virgen.
Y
llamó a la aldaba.
Una
vez solo en la calle, el otro Canónigo (que era más ancho que alto, y que
parecía que rodaba al andar) siguió avanzando lentamente hacia su casa; pero,
antes de llegar a ella, cometió contra una pared cierta falta que en el porvenir
había de ser objeto de un bando de policía, y dijo al mismo tiempo, pensando
sin duda en su cofrade de Coro:
-¡También
te gusta a ti la señá Frasquita!... ¡Y la verdad es -añadió al cabo de un
momento- que, como guapa, es guapa!
XIV
Los
consejos de Garduña
Entretanto,
el Corregidor había subido al Ayuntamiento, acompañado de Garduña, con quien
mantenía hacía rato, en el salón de sesiones, una conversación más familiar
de lo correspondiente a persona de su calidad y oficio.
-¡Crea
Usía a un perro perdiguero que conoce la caza! -decía el innoble Alguacil-.
La señá Frasquita está perdidamente enamorada de Usía, y todo lo que Usía
acaba de contarme contribuye a hacérmelo ver más claro que esa luz...
Y
señalaba a un velón de Lucena, que apenas si esclarecía la octava parte del
salón.
-¡No
estoy yo tan seguro como tú, Garduña! -contestó D. Eugenio, suspirando lánguidamente.
-¡Pues
no sé por qué! Y, si no, hablemos con franqueza. Usía... (dicho sea con perdón)
tiene una tacha en su cuerpo... ¿No es verdad?
-¡Bien,
sí! -repuso el Corregidor-. Pero esa tacha la tiene también el tío Lucas.
¡Él es más jorobado que yo!
-¡Mucho
más! ¡muchísimo más! ¡sin comparación de ninguna especie! Pero en cambio (y
es a lo que iba), Usía tiene una cara de muy buen ver..., lo que se llama
una bella cara..., mientras que el tío Lucas se parece al sargento Utrera,
que reventó de feo.
El
Corregidor sonrió con cierta ufanía.
-Además
-prosiguió el Alguacil-, la señá Frasquita es capaz de tirarse por una ventana
con tal de agarrar el nombramiento de su sobrino...
-Hasta
ahí estamos de acuerdo. ¡Ese nombramiento es mi única esperanza!
-¡Pues
manos a la obra, señor! Ya le he explicado a Usía mi plan... ¡No hay más que
ponerlo en ejecución esta misma noche!
-¡Te
he dicho muchas veces que no necesito consejos! -gritó D. Eugenio, acordándose
de pronto de que hablaba con un inferior.
-Creí
que Usía me los había pedido... -balbuceó Garduña.
-¡No
me repliques!
Garduña
saludó.
-¿Conque
decías -prosiguió el de Zúñiga, volviendo a amansarse- que esta misma noche
puede arreglarse todo eso? Pues ¡mira, hijo!, me parece bien. ¡Qué diablos!
¡Así saldré pronto de esta cruel incertidumbre!
Garduña
guardó silencio.
El
Corregidor se dirigió al bufete y escribió algunas líneas en un pliego de
papel sellado, que selló también por su parte, guardándoselo luego en la faltriquera.
-¡Ya
está hecho el nombramiento del sobrino! -dijo entonces, tomando un polvo de
rapé-. ¡Mañana me las compondré yo con los Regidores..., y, o lo ratifican
con un acuerdo, o habrá la de San Quintín! ¿No te parece que hago bien?
-¡Eso!
¡eso! -exclamó Garduña entusiasmado, metiendo la zarpa en la caja del Corregidor
y arrebatándole un polvo-. ¡Eso! ¡eso! El antecesor de Usía no se paraba tampoco
en barras. Cierta vez...
-¡Déjate
de bachillerías! -repuso el Corregidor, sacudiéndole una guantada en la ratera
mano-. Mi antecesor era un bestia, cuando te tuvo de alguacil. Pero vamos
a lo que importa. Acabas de decirme que el molino del tío Lucas pertenece
al término del lugarcillo inmediato, y no al de esta población... ¿Estás seguro
de ello?
-¡Segurísimo!
La jurisdicción de la Ciudad acaba en la ramblilla donde yo me senté esta
tarde a esperar que Vuestra Señoría... ¡Voto a Lucifer! ¡Si yo hubiera estado
en su caso!
-¡Basta!
-gritó D. Eugenio-. ¡Eres un insolente!
Y,
cogiendo media cuartilla de papel, escribió una esquela, cerrola, doblándole
un pico, y se la entregó a Garduña.
-Ahí
tienes -le dijo al mismo tiempo- la carta que me has pedido para el Alcalde
del Lugar. Tú le explicarás de palabra todo lo que tiene que hacer. ¡Ya ves
que sigo tu plan al pie de la letra! ¡Desgraciado de ti si me metes en un
callejón sin salida!
-¡No
hay cuidado! -contestó Garduña-. El señor Juan López tiene mucho que temer,
y en cuanto vea la firma de Usía, hará todo lo que yo le mande. ¡Lo menos
le debe mil fanegas de grano al Pósito Real, y otro tanto al Pósito Pío!...
Esto último contra toda ley, pues no es ninguna viuda ni ningún labrador pobre
para recibir el trigo sin abonar creces ni recargo, sino un jugador, un borracho
y un sin vergüenza, muy amigo de faldas, que trae escandalizado el pueblecillo...
¡Y aquel hombre ejerce autoridad!... ¡Así anda el mundo!
-¡Te
he dicho que calles! ¡Me estás distrayendo! -bramó el Corregidor-. Conque
vamos al asunto -añadió luego, mudando de tono-. Son las siete y cuarto...
Lo primero que tienes que hacer es ir a casa y advertirle a la Señora que
no me espere a cenar ni a dormir. Dile que esta noche me estaré trabajando
aquí hasta la hora de la queda, y que después saldré de ronda secreta
contigo, a ver si atrapamos a ciertos malhechores... En fin, engáñala bien
para que se acueste descuidada. De camino, dile a otro alguacil que me traiga
la cena... ¡Yo no me atrevo a parecer esta noche delante de la Señora, pues
me conoce tanto, que es capaz de leer en mis pensamientos! Encárgale a la
cocinera que ponga unos pestiños de los que se hicieron hoy, y dile a Juanete
que, sin que lo vea nadie, me alargue de la taberna medio cuartillo de vino
blanco. En seguida te marchas al Lugar, donde puedes hallarte muy bien a las
ocho y media...
-¡A
las ocho en punto estoy allí! -exclamó Garduña.
-¡No
me contradigas! -rugió el Corregidor, acordándose otra vez de lo que era.
Garduña
saludó.
-Hemos
dicho -continuó aquél, humanizándose de nuevo- que a las ocho en punto estás
en el Lugar. Del Lugar al molino habrá... Yo creo que habrá una media legua...
-Corta.
-¡No
me interrumpas!
El
Alguacil volvió a saludar.
-Corta...
-prosiguió el Corregidor-. Por consiguiente, a las diez... ¿Crees tú que a
las diez?...
-¡Antes
de las diez! ¡A las nueve y media puede Usía llamar descuidado a la puerta
del molino!
-¡Hombre!
¡No me digas a mí lo que tengo que hacer!... Por supuesto que tú estarás...
-Yo
estaré en todas partes... Pero mi cuartel general será la ramblilla. ¡Ah,
se me olvidaba!... Vaya Usía a pie, y no lleve linterna...
-¡Maldita
la falta que me hacían tampoco esos consejos! ¿Si creerás tú que es la primera
vez que salgo a campaña?
-Perdone
Usía... ¡Ah! Otra cosa. No llame Usía a la puerta grande que da a la plazoleta
del emparrado, sino a la puertecilla que hay encima del caz...
-¿Encima
del caz hay otra puerta? ¡Mira tú una cosa que nunca se me hubiera ocurrido!
-Sí,
señor. La puertecilla del caz da al mismísimo dormitorio de los Molineros...,
y el tío Lucas no entra ni sale nunca por ella. De forma que, aunque volviese
de pronto...
-Comprendo,
comprendo... ¡No me aturdas más los oídos!
-Por
último: procure Usía escurrir el bulto antes del amanecer. Ahora amanece a
las seis...
-¡Mira
otro consejo inútil! A las cinco estaré de vuelta en mi casa... Pero bastante
hemos hablado ya... ¡Quítate de mi presencia!
-Pues
entonces, señor... ¡buena suerte! -exclamó el alguacil alargando lateralmente
una mano al Corregidor y mirando al techo al mismo tiempo.
El
Corregidor puso en aquella mano una peseta, y Garduña desapareció como por
ensalmo.
-¡Por
vida de!... -murmuró el viejo al cabo de un instante-. ¡Se me ha olvidado
decirle a ese bachillero que me trajesen también una baraja! ¡Con ella me
hubiera entretenido hasta las nueve y media, viendo si me salía aquel solitario!...
XV
Despedida
en prosa
Serían
las nueve de aquella misma noche, cuando el tío Lucas y la señá Frasquita,
terminadas todas las haciendas del molino y de la casa, se cenaron una fuente
de ensalada de escarola, una libreja de carne guisada con tomates, y algunas
uvas de las que quedaban en la consabida cesta; todo ello rociado con un poco
de vino y con grandes risotadas a costa del Corregidor: después de lo cual
miráronse afablemente los dos esposos, como muy contentos de Dios y de sí
mismos, y se dijeron, entre un par de bostezos que revelaban toda la paz y
tranquilidad de sus corazones:
-Pues,
señor, vamos a acostarnos, y mañana será otro día.
En
aquel momento sonaron dos fuertes y ejecutivos golpes aplicados a la puerta
grande del molino.
El
marido y la mujer se miraron sobresaltados.
Era
la primera vez que oían llamar a su puerta a semejante hora.
-Voy
a ver... -dijo la intrépida navarra, encaminándose hacia la plazoletilla.
-¡Quita!
¡Eso me toca a mí! -exclamó el tío Lucas con tal dignidad, que la señá Frasquita
le cedió el paso-. ¡Te he dicho que no salgas! -añadió luego con dureza, viendo
que la obstinada Molinera quería seguirle.
Ésta
obedeció, y se quedó dentro de la casa.
-¿Quién
es? -preguntó el tío Lucas desde en medio de la plazoleta.
-¡La
Justicia! -contestó una voz al otro lado del portón.
-¿Qué
Justicia?
-La
del Lugar. ¡Abra V. al señor Alcalde!
El
tío Lucas había aplicado entretanto un ojo a cierta mirilla muy disimulada
que tenía el portón, y reconocido a la luz de la luna al rústico Alguacil
del Lugar inmediato.
-¡Dirás
que le abra al borrachón del Alguacil!- repuso el Molinero, retirando la tranca.
-¡Es
lo mismo... -contestó el de afuera-; pues que traigo una orden escrita de
su Merced! Tenga V. muy buenas noches, tío Lucas... agregó luego entrando,
con voz menos oficial, más baja y más gorda, como si ya fuera otro hombre.
-¡Dios
te guarde, Toñuelo! -respondió el murciano-. Veamos qué orden es esa... ¡Y
bien podía el señor Juan López escoger otra hora más oportuna de dirigirse
a los hombres de bien! Por supuesto, que la culpa será tuya. ¡Como si lo viera,
te has estado emborrachando en las huertas del camino! ¿Quieres un trago?
-No,
señor, no hay tiempo para nada. Tiene V. que seguirme inmediatamente. Lea
V. la orden.
-¿Cómo
seguirte? -exclamó el tío Lucas, penetrando en el molino, después de tomar
el papel-. ¡A ver, Frasquita! ¡alumbra!
La
señá Frasquita soltó una cosa que tenía en la mano, y descolgó el candil.
El
tío Lucas miró rápidamente el objeto que había soltado su mujer, y reconoció
su bocacha, o sea un enorme trabuco que calzaba balas de a media libra.
El
Molinero dirigió entonces a la navarra una mirada llena de gratitud y ternura,
y le dijo, tomándole la cara:
-¡Cuánto
vales!
La
señá Frasquita, pálida y serena como una estatua de mármol, levantó el candil,
cogido con dos dedos, sin que el más leve temblor agitase su pulso, y contestó
secamente:
-¡Vaya,
lee!
La
orden decía así:
«Para
el mejor servicio de S. M. el Rey Nuestro Señor (Q. D. G.), prevengo a Lucas
Fernández, molinero, de estos vecinos, que tan luego como reciba la presente
orden, comparezca ante mi autoridad sin excusa ni pretexto alguno; advirtiéndole
que, por ser asunto reservado, no lo pondrá en conocimiento de nadie: todo
ello bajo las penas correspondientes, caso de desobediencia. El Alcalde:
Juan
López.»
Y
había una cruz en vez de rúbrica.
-Oye,
tú. ¿Y qué es esto? -le preguntó el tío Lucas al Alguacil-. ¿A qué viene esta
orden?
-No
lo sé... -contestó el rústico; hombre de unos treinta años, cuyo rostro esquinado
y avieso, propio de ladrón o de asesino, daba muy triste idea de su sinceridad-.
Creo que se trata de averiguar algo de brujería, o de moneda falsa... Pero
la cosa no va con V.... Lo llaman como testigo o como perito. En fin, yo no
me he enterado bien del particular... El señor Juan López se lo explicará
a V. con más pelos y señales.
-¡Corriente!
-exclamó el Molinero-. Dile que iré mañana.
-¡Ca!
¡no, señor!... Tiene V. que venirse ahora mismo, sin perder un minuto. Tal
es la orden que me ha dado el señor Alcalde.
Hubo
un instante de silencio.
Los
ojos de la señá Frasquita echaban llamas.
El
tío Lucas no separaba los suyos del suelo, como si buscara alguna cosa.
-Me
concederás cuando menos -exclamó al fin, levantando la cabeza- el tiempo preciso
para ir a la cuadra y aparejar una burra...
-¡Qué
burra ni qué demontre! -replicó el Alguacil-. ¡Cualquiera se anda a pie media
legua! La noche está muy hermosa, y hace luna...
-Ya
he visto que ha salido... Pero, yo tengo los pies muy hinchados...
-Pues
entonces no perdamos tiempo. Yo le ayudaré a V. a aparejar la bestia.
-¡Hola!
¡Hola! ¿Temes que me escape?
-Yo
no temo nada, tío Lucas... -respondió Toñuelo con la frialdad de un desalmado-.
Yo soy la Justicia.
Y,
hablando así, descansó armas; con lo que dejó ver el retaco que llevaba
debajo del capote.
-Pues
mira, Toñuelo... -dijo la Molinera-. Ya que vas a la cuadra... a ejercer tu
verdadero oficio..., hazme el favor de aparejar también la otra burra.
-¿Para
qué? -interrogó el Molinero.
-¡Para
mí! Yo voy con vosotros.
-¡No
puede ser, señá Frasquita! -objetó el Alguacil-. Tengo orden de llevarme a
su marido de V. nada más, y de impedir que V. lo siga. En ello me van «el
destino y el pescuezo». Así me lo advirtió el señor Juan López. Conque...
vamos, tío Lucas...
Y
se dirigió hacia la puerta.
-¡Cosa
más rara! -dijo a media voz el murciano sin moverse.
-¡Muy
rara! -contestó la señá Frasquita.
-Esto
es algo... que yo me sé... -continuó murmurando el tío Lucas, de modo que
no pudiese oírlo Toñuelo.
-¿Quieres
que vaya yo a la Ciudad -cuchicheó la navarra-, y le dé aviso al Corregidor
de lo que nos sucede?...
-¡No!
-respondió en alta voz el tío Lucas-. ¡Eso no!
-¿Pues
qué quieres que haga? -dijo la Molinera con gran ímpetu.
-Que
me mires... -respondió el antiguo soldado.
Los
dos esposos se miraron en silencio, y quedaron tan satisfechos ambos de la
tranquilidad, la resolución y la energía que se comunicaron sus almas, que
acabaron por encogerse de hombros y reírse.
Después
de esto, el tío Lucas encendió otro candil y se dirigió a la cuadra, diciendo
al paso a Toñuelo con socarronería:
-¡Vaya,
hombre! ¡Ven y ayúdame..., supuesto que eres tan amable!
Toñuelo
lo siguió, canturriando una copla entre dientes.
Pocos
minutos después, el tío Lucas salía del molino, caballero en una hermosa jumenta
y seguido del Alguacil.
La
despedida de los esposos se había reducido a lo siguiente:
-Cierra
bien... -dijo el tío Lucas.
-Embózate,
que hace fresco... -dijo la señá Frasquita, cerrando con llave, tranca y cerrojo.
Y
no hubo más adiós, ni más beso, ni más abrazo, ni más mirada.
¿Para
qué?
XVI
Un
ave de mal agüero
Sigamos
por nuestra parte al tío Lucas.
Ya
habían andado un cuarto de legua sin hablar palabra, el Molinero subido en
la borrica, y el Alguacil arreándola con su bastón de autoridad, cuando divisaron
delante de sí, en lo alto de un repecho que hacía el camino, la sombra de
un enorme pajarraco que se dirigía hacia ellos.
Aquella
sombra se destacó enérgicamente sobre el cielo, esclarecido por la luna, dibujándose
en él con tanta precisión, que el Molinero exclamó en el acto:
-Toñuelo,
¡aquel es Garduña, con su sombrero de tres picos y sus patas de alambre!
Mas,
antes de que contestara el interpelado, la sombra, deseosa sin duda de eludir
aquel encuentro, había dejado el camino y echado a correr a campo travieso
con la velocidad de una verdadera garduña.
-No
veo a nadie... -respondió entonces Toñuelo con la mayor naturalidad.
-Ni
yo tampoco, -replicó el tío Lucas, comiéndose la partida.
Y
la sospecha que ya se le ocurrió en el molino principió a adquirir cuerpo
y consistencia en el espíritu receloso del jorobado.
-Este
viaje mío -díjose interiormente- es una estratagema amorosa del Corregidor.
La declaración que le oí esta tarde desde lo alto del emparrado me demuestra
que el vejete madrileño no puede esperar más. Indudablemente, esta noche va
a volver de visita al molino, y por eso ha principiado quitándome de en medio...
Pero ¿qué importa? ¡Frasquita es Frasquita..., y no abrirá la puerta aunque
le peguen fuego a la casa!... Digo más: aunque la abriese; aunque el Corregidor
lograse, por medio de cualquier ardid, sorprender a mi excelente navarra,
el pícaro viejo saldría con las manos en la cabeza. ¡Frasquita es Frasquita!
Sin embargo -añadió al cabo de un momento-, ¡bueno será volverme esta noche
a casa lo más temprano que pueda!
Llegaron
con esto al Lugar el tío Lucas y el Alguacil, y dirigiéronse a casa del señor
Alcalde.
XVII
Un
alcalde de monterilla
El
Sr. Juan López, que como particular y como Alcalde era la tiranía, la ferocidad
y el orgullo personificados (cuando trataba con sus inferiores), dignábase,
sin embargo, a aquellas horas, después de despachar los asuntos oficiales
y los de su labranza y de pegarle a su mujer la cotidiana paliza, beberse
un cántaro de vino en compañía del Secretario y del Sacristán, operación que
iba más de mediada aquella noche, cuando el Molinero compareció en su presencia.
-¡Hola,
tío Lucas! -le dijo, rascándose la cabeza para excitar en ella la vena de
los embustes-. ¿Cómo va de salud? ¡A ver, Secretario; échele V. un vaso de
vino al tío Lucas! ¿Y la señá Frasquita? ¿Se conserva tan guapa? ¡Ya hace
mucho tiempo que no la he visto! Pero, hombre..., ¡qué bien sale ahora la
molienda! ¡El pan de centeno parece de trigo candeal! Conque..., vaya... Siéntese
V., y descanse; que, gracias a Dios, no tenemos prisa.
-¡Por
mi parte, maldita aquella! -contestó el tío Lucas, que hasta entonces no había
despegado los labios, pero cuyas sospechas eran cada vez mayores al ver el
amistoso recibimiento que se le hacía, después de una orden tan terrible y
apremiante.
-Pues
entonces, tío Lucas -continuó el Alcalde-, supuesto que no tiene V. gran prisa,
dormirá V. acá esta noche, y mañana temprano despacharemos nuestro asuntillo...
-Me
parece bien... -respondió el tío Lucas con una ironía y un disimulo que nada
tenían que envidiar a la diplomacia del Sr. Juan López-. Supuesto que la cosa
no es urgente..., pasaré la noche fuera de mi casa.
-Ni
urgente, ni de peligro para V. -añadió el Alcalde, engañado por aquel a quien
creía engañar-. Puede V. estar completamente tranquilo. Oye tú, Toñuelo...
Alarga esa media-fanega, para que se siente el tío Lucas.
-Entonces...
¡venga otro trago! -exclamó el Molinero, sentándose.
-¡Venga
de ahí! -repuso, el Alcalde, alargándole el vaso lleno.
-Está
en buena mano... Médielo V.
-¡Pues,
por su salud! -dijo el señor Juan López, bebiéndose la mitad del vino.
-Por
la de V...., señor Alcalde, -replicó el tío Lucas, apurando la otra mitad.
-¡A
ver, Manuela! -gritó entonces el Alcalde de monterilla-. Dile a tu ama que
el tío Lucas se queda a dormir aquí. Que le ponga una cabecera en el granero...
-¡Ca!
no... ¡De ningún modo! Yo duermo en el pajar como un rey.
-Mire
V. que tenemos cabeceras...
-¡Ya
lo creo! Pero ¿a qué quiere V. incomodar a la familia? Yo traigo mi capote...
-Pues,
señor, como V. guste. ¡Manuela!: dile a tu ama que no la ponga...
-Lo
que sí va V. a permitirme -continuó el tío Lucas, bostezando de un modo atroz-
es que me acueste en seguida. Anoche he tenido mucha molienda, y no he pegado
todavía los ojos...
-¡Concedido!
-respondió majestuosamente el Alcalde-. Puede V. recogerse cuando quiera.
-Creo
que también es hora de que nos recojamos nosotros -dijo el Sacristán, asomándose
al cántaro de vino para graduar lo que quedaba-. Ya deben de ser las diez...
o poco menos.
-Las
diez menos cuartillo... -notificó el Secretario, después de repartir en los
vasos el resto del vino correspondiente a aquella noche.
-¡Pues
a dormir, caballeros! -exclamó el anfitrión, apurando su parte.
-Hasta
mañana, señores, -añadió el Molinero, bebiéndose la suya.
-Espere
V. que le alumbren... ¡Toñuelo! Lleva al tío Lucas al pajar.
-¡Por
aquí, tío Lucas!... -dijo Toñuelo, llevándose también el cántaro, por si le
quedaban algunas gotas.
-Hasta
mañana, si Dios quiere, -agregó el Sacristán, después de escurrir todos los
vasos.
Y
se marchó, tambaleándose y cantando alegremente el De profundis.
***
-Pues,
señor... -díjole el Alcalde al Secretario cuando se quedaron solos-.
El tío Lucas no ha sospechado nada. Nos podemos acostar descansadamente, y...
¡buena pro le haga al Corregidor!
XVIII
Donde
se verá que el tío Lucas tenía el sueño muy ligero
Cinco
minutos después, un hombre se descolgaba por la ventana del pajar del señor
Alcalde; ventana que daba a un corralón y que no distaría cuatro varas del
suelo.
En
el corralón había un cobertizo sobre una gran pesebrera, a la cual hallábanse
atadas seis u ocho caballerías de diversa alcurnia, bien que todas ellas del
sexo débil. Los caballos, mulos y burros del sexo fuerte formaban rancho aparte
en otro local contiguo.
El
hombre desató una borrica, que por cierto estaba aparejada, y se encaminó,
llevándola del diestro, hacia la puerta del corral; retiró la tranca y desechó
el cerrojo que la aseguraban; abriola con mucho tiento, y se encontró en medio
del campo.
Una
vez allí, montó en la borrica, metiole los talones, y salió como una flecha
con dirección a la Ciudad; -mas no por el carril ordinario, sino atravesando
siembras y cañadas, como quien se precave contra algún mal encuentro.
Era
el tío Lucas, que se dirigía a su molino.
XIX
Voces
clamantes in deserto
-¡Alcaldes
a mí, que soy de Archena! -iba diciéndose el murciano-. ¡Mañana por la mañana
pasaré a ver al señor Obispo, como medida preventiva, y le contaré todo lo
que me ha ocurrido esta noche! ¡Llamarme con tanta prisa y reserva, a hora
tan desusada; decirme que venga sólo; hablarme del servicio del Rey, y de
moneda falsa, y de brujas, y de duendes, para echarme luego dos vasos de vino
y mandarme a dormir!... ¡La cosa no puede ser más clara! Garduña trajo al
Lugar esas instrucciones de parte del Corregidor, y esta es la hora en que
el Corregidor estará ya en campaña contra mi mujer... ¡Quién sabe si me lo
encontraré llamando a la puerta del molino! ¡Quién sabe si me lo encontraré
ya dentro!... ¡Quién sabe!... Pero ¿qué voy a decir? ¡Dudar de mi navarra!...
¡Oh, esto es ofender a Dios! ¡Imposible que ella!... ¡Imposible que mi Frasquita!...
¡Imposible!... Mas ¿qué estoy diciendo? ¿Acaso hay algo imposible en el mundo?
¿No se casó conmigo, siendo ella tan hermosa y yo tan feo?
Y,
al hacer esta última reflexión, el pobre jorobado se echó a llorar...
Entonces
paró la burra para serenarse; se enjugó las lágrimas; suspiró hondamente;
sacó los avíos de fumar; picó y lió un cigarro de tabaco negro; empuñó luego
pedernal, yesca y eslabón, y, al cabo de algunos golpes, consiguió encender
candela.
En
a quel mismo momento sintió rumor de pasos hacia el camino, que distaría de
allí unas trescientas varas.
-¡Qué
imprudente soy! -dijo-. ¡Si me andará ya buscando la Justicia, y yo me habré
vendido al echar estas yescas!
Escondió,
pues, la lumbre, y se apeó, ocultándose detrás de la borrica.
Pero
la borrica entendió las cosas de diferente modo, y lanzó un rebuzno de satisfacción.
-¡Maldita
seas! -exclamó el tío Lucas, tratando de cerrarle la boca con las manos.
Al
propio tiempo resonó otro rebuzno en el camino, por vía de galante respuesta.
-¡Estamos
aviados! -prosiguió pensando el molinero-. ¡Bien dice el refrán: el mayor
mal de los males es tratar con animales!
Y,
así discurriendo, volvió a montar, arreó la bestia, y salió disparado en dirección
contraria al sitio en que había sonado el segundo rebuzno.
Y
lo más particular fue que la persona que iba en el jumento interlocutor, debió
de asustarse del tío Lucas tanto como el tío Lucas se había asustado de ella.
Lo digo, porque apartose también del camino, recelando sin duda que fuese
un alguacil o un malhechor pagado por D. Engenio, y salió a escape por los
sembrados de la otra banda.
El
murciano, entretanto, continuó cavilando de este modo:
-¡Qué
noche! ¡Qué mundo! ¡Qué vida la mía desde hace una hora! ¡Alguaciles metidos
a alcahuetes; alcaldes que conspiran contra mi honra; burros que rebuznan
cuando no es menester; y aquí, en mi pecho, un miserable corazón que se ha
atrevido a dudar de la mujer más noble que Dios ha criado! ¡Oh! ¡Dios mío,
Dios mío! ¡Haz que llegue pronto a mi casa y que encuentre allí a mi Frasquita!
Siguió
caminando el tío Lucas, atravesando siembras y matorrales, hasta que al fin,
a eso de las once de la noche, llegó sin novedad a la puerta grande del molino...
¡Condenación!
¡La puerta del molino estaba abierta!
XX
La
duda y la realidad
Estaba
abierta... ¡y él, al marcharse, había oído a su mujer cerrarla con llave,
tranca y cerrojo!
Por
consiguiente, nadie más que su propia mujer había podido abrirla.
Pero
¿cómo? ¿cuándo? ¿por qué? ¿De resultas de un engaño? ¿A consecuencia de una
orden? ¿O bien deliberada y voluntariamente, en virtud de previo acuerdo con
el Corregidor?
¿Qué
iba a ver? ¿Qué iba a saber? ¿Qué le aguardaba dentro de su casa? ¿Se habría
fugado la señá Frasquita? ¿Se la habrían robado? ¿Estaría muerta? ¿O estaría
en brazos de su rival?
-El
Corregidor contaba con que yo no podría venir en toda la noche... -se dijo
lúgubremente el tío Lucas-. El Alcalde del Lugar tendría orden hasta de encadenarme,
antes que permitirme volver... ¿Sabía todo esto Frasquita? ¿Estaba en el complot?
¿O ha sido víctima de un engaño, de una violencia, de una infamia?
No
empleó más tiempo el sin ventura en hacer todas estas crueles reflexiones
que el que tardó en atravesar la plazoletilla del emparrado.
También
estaba abierta la puerta de la casa, cuyo primer aposento (como en todas las
viviendas rústicas) era la cocina...
Dentro
de la cocina no había nadie.
Sin
embargo, una enorme fogata ardía en la chimenea...; ¡chimenea que él dejó
apagada, y que no se encendía nunca hasta muy entrado el mes de Diciembre!
Por
último, de uno de los ganchos de la espetera pendía un candil encendido...
¿Qué
significaba todo aquello? ¿Y cómo se compadecía semejante aparato de vigilia
y de sociedad con el silencio de muerte que reinaba en la casa?
¿Qué
habla sido de su mujer?
Entonces,
y sólo entonces, reparó el tío Lucas en unas ropas que había colgadas en los
espaldares de dos o tres sillas puestas alrededor de la chimenea...
Fijó
la vista en aquellas ropas, y lanzó un rugido tan intenso, que se le quedó
atravesado en la garganta, convertido en sollozo mudo y sofocante.
Creyó
el infortunado que se ahogaba, y se llevó las manos al cuello, mientras que,
lívido, convulso, con los ojos desencajados, contemplaba aquella vestimenta,
poseído de tanto horror como el reo en capilla a quien le presentan la hopa.
Porque
lo que allí veía era la capa de grana, el sombrero de tres picos, la casaca
y la chupa de color de tórtola, el calzón de seda negra, las medias blancas
los zapatos con hebilla y hasta el bastón, el espadín y los guantes del execrable
Corregidor... ¡Lo que allí veía era la hopa de su ignominia, la mortaja de
su honra, el sudario de su ventura!
El
terrible trabuco seguía en el mismo rincón en que dos horas antes lo dejó
la navarra...
El
tío Lucas dio un salto de tigre y se apoderó de él. Sondeó el cañón con la
baqueta, y vio que estaba cargado. Miró la piedra, y halló que estaba en su
lugar.
Volviose
entonces hacia la escalera que conducía a la cámara en que había dormido tantos
años con la señá Frasquita, y murmuró sordamente:
-¡Allí
están!
Avanzó,
pues, un paso en aquella dirección; pero en seguida se detuvo para mirar en
torno de sí y ver si alguien lo estaba observando...
-¡Nadie!
-dijo mentalmente-. ¡Sólo Dios..., y Ese... ha querido esto!
Confirmada
así la sentencia, fue a dar otro paso, cuando su errante mirada distinguió
un pliego que había sobre la mesa...
Verlo,
y haber caído sobre él, y tenerlo entre sus garras, fue todo cosa de un segundo.
¡Aquel
papel era el nombramiento del sobrino de la señá Frasquita, firmado por D.
Eugenio de Zúñiga y Ponce de León!
-¡Este
ha sido el precio de la venta! -pensó el tío Lucas, metiéndose el papel en
la boca para sofocar sus gritos y dar alimento a su rabia-. ¡Siempre recelé
que quisiera a su familia más que a mí! ¡Ah! ¡No hemos tenido hijos!... ¡He
aquí la causa de todo!
Y
el infortunado estuvo a punto de volver a llorar.
Pero
luego se enfureció nuevamente, y dijo con un ademán terrible, ya que no con
la voz:
-¡Arriba!
¡Arriba!
Y
empezó a subir la escalera, andando a gatas con una mano, llevando el trabuco
en la otra, y con el papel infame entre los dientes.
En
corroboración de sus lógicas sospechas, al llegar a la puerta del dormitorio
(que estaba cerrada), vio que salían algunos rayos de luz por las junturas
de las tablas y por el ojo de la llave.
-¡Aquí
están! -volvió a decir.
Y
se paró un instante, como para pasar aquel nuevo trago de amargura.
Luego
continuó subiendo... hasta llegar a la puerta misma del dormitorio.
Dentro
de él no se oía ningún ruido.
-¡Si
no hubiera nadie! -le dijo tímidamente la esperanza.
Pero
en aquel mismo instante el infeliz oyó toser dentro del cuarto...
¡Era
la tos medio asmática del Corregidor!
¡No
cabía duda! ¡No había tabla de salvación en aquel naufragio!
El
Molinero sonrió en las tinieblas de un modo horroroso. ¿Cómo no brillan en
la obscuridad semejantes relámpagos? ¿Qué es todo el fuego de las tormentas
comparado con el que arde a veces en el corazón del hombre?
Sin
embargo, el tío Lucas (tal era su alma, como ya dijimos en otro lugar) principió
a tranquilizarse, no bien oyó la tos de su enemigo...
La
realidad le hacía menos daño que la duda. Según le anunció él mismo aquella
tarde a la señá Frasquita, desde el punto y hora en que perdía la única fe
que era vida de su alma, empezaba a convertirse en un hombre nuevo.
Semejante
al moro de Venecia (con quien ya lo comparamos al describir su carácter),
el desengaño mataba en él de un solo golpe todo el amor, transfigurando de
paso la índole de su espíritu y haciéndole ver el mundo como una región extraña
a que acabara de llegar. La única diferencia consistía en que el tío Lucas
era por idiosincrasia menos trágico, menos austero y más egoísta que el insensato
sacrificador de Desdémona.
¡Cosa
rara, pero propia de tales situaciones! La duda, o sea la esperanza (que para
el caso es lo mismo), volvió todavía a mortificarle un momento...
-¡Si
me hubiera equivocado! -pensó-. ¡Si la tos hubiese sido de Frasquita!...
En
la tribulación de su infortunio, olvidábasele que había visto las ropas del
Corregidor cerca de la chimenea; que había encontrado abierta la puerta del
molino; que había leído la credencial de su infamia...
Agachóse,
pues, y miró por el ojo de la llave, temblando de incertidumbre y de zozobra.
El
rayo visual no alcanzaba a descubrir más que un pequeño triángulo de cama,
por la parte del cabecero... ¡Pero precisamente en aquel pequeño triángulo
se veía un extremo de las almohadas, y sobre las almohadas la cabeza del Corregidor!
Otra
risa diabólica contrajo el rostro del Molinero.
Dijérase
que volvía a ser feliz...
-¡Soy
dueño de la verdad!... ¡Meditemos! -murmuró, irguiéndose tranquilamente.
Y
volvió a bajar la escalera con el mismo tiento que empleó para subirla...
-El
asunto es delicado... Necesito reflexionar. Tengo tiempo de sobra para todo...
-iba pensando mientras bajaba.
Llegado
que hubo a la cocina, sentose en medio de ella, y ocultó la frente entre las
manos.
Así
permaneció mucho tiempo, hasta que lo despertó de su meditación un leve golpe
que sintió en un pie...
Era
el trabuco que se había deslizado de sus rodillas, y que le hacía aquella
especie de seña...
-¡No!
¡Te digo que no! -murmuró el tío Lucas, encarándose con el arma-. ¡No me convienes!
Todo el mundo tendría lástima de ellos..., ¡y a mí me ahorcarían! ¡Se trata
de un Corregidor..., y matar a un Corregidor es todavía en España cosa indisculpable!
Dirían que lo maté por infundados celos, y que luego lo desnudé y lo metí
en mi cama... Dirían, además, que maté a mi mujer por simples sospechas...
¡Y me ahorcarían! ¡Vaya si me ahorcarían! ¡Además, yo habría dado muestras
de tener muy poca alma, muy poco talento, si al remate de mi vida fuera digno
de compasión! ¡Todos se reirían de mí! ¡Dirían que mi desventura era muy natural,
siendo yo jorobado y Frasquita tan hermosa! ¡Nada! ¡no! ¡Lo que yo necesito
es vengarme, y, después de vengarme, triunfar, despreciar, reír, reírme mucho,
reírme de todos..., evitando por tal medio que nadie pueda burlarse nunca
de esta jiba que yo he llegado a hacer hasta envidiable, y que tan grotesca
sería en una horca!
Así
discurrió el tío Lucas, tal vez sin darse cuenta de ello puntualmente, y,
en virtud de semejante discurso, colocó el arma en su sitio, y principió a
pasearse con los brazos atrás y la cabeza baja, como buscando su venganza
en el suelo, en la tierra, en las ruindades de la vida, en alguna bufonada
ignominiosa y ridícula para su mujer y para el Corregidor, lejos de buscar
aquella misma venganza en la justicia, en el desafío, en el perdón, en el
cielo..., como hubiera hecho en su lugar cualquier otro hombre de condición
menos rebelde que la suya a toda imposición de la naturaleza, de la sociedad
o de sus propios sentimientos.
De
repente, paráronse sus ojos en la vestimenta del Corregidor...
Luego
se paró él mismo...
Después
fue demostrando poco a poco en su semblante una alegría, un gozo, un triunfo
indefinibles...; hasta que, por último, se echó a reír de una manera formidable...,
esto es, a grandes carcajadas, pero sin hacer ningún ruido (a fin de que no
lo oyesen desde arriba), metiéndose los puños por los ijares para no reventar,
estremeciéndose todo como un epiléptico, y teniendo que concluir por dejarse
caer en una silla hasta que le pasó aquella convulsión de sarcástico regocijo.
Era la propia risa de Mefistófeles.
No
bien se sosegó, principió a desnudarse con una celeridad febril; colocó toda
su ropa en las mismas sillas que ocupaba la del Corregidor; púsose cuantas
prendas pertenecían a éste, desde los zapatos de hebilla hasta el sombrero
de tres picos; ciñose el espadín; embozose en la capa de grana; cogió el bastón
y los guantes, y salió del molino y se encaminó a la Ciudad, balanceándose
de la propia manera que solía D. Eugenio de Zúñiga, y diciéndose de vez en
cuando esta frase que compendiaba su pensamiento:
-¡También
la Corregidora es guapa!
XXI
¡En
guardia, caballero!
Abandonemos
por ahora al tío Lucas, y enterémonos de lo que había ocurrido en el molino
desde que dejamos allí sola a la señá Frasquita hasta que su esposo volvió
a él y se encontró con tan estupendas novedades.
Una
hora habría pasado después que el tío Lucas se marchó con Toñuelo, cuando
la afligida navarra, que se había propuesto no acostarse hasta que regresara
su marido, y que estaba haciendo calceta en su dormitorio, situado en el piso
de arriba, oyó lastimeros gritos fuera de la casa, hacia el paraje, allí muy
próximo, por donde corría el agua del caz.
-¡Socorro,
que me ahogo! ¡Frasquita! ¡Frasquita!... -exclamaba una voz de hombre, con
el lúgubre acento de la desesperación.
-¿Si
será Lucas? -pensó la navarra, llena de un terror que no necesitamos describir.
En
el mismo dormitorio había una puertecilla, de que ya nos habló Garduña, y
quedaba efectivamente sobre la parte alta del caz. Abriola sin vacilación
la señá Frasquita, por más que no hubiera reconocido la voz que pedía auxilio,
y encontrose de manos a boca con el Corregidor, que en aquel momento salía
todo chorreando de la impetuosísima acequia...
-¡Dios
me perdone! ¡Dios me perdone! -balbuceaba el infame viejo-. ¡Creí que me ahogaba!
-¡Cómo!
¿Es V.? ¿Qué significa? ¿Cómo se atreve? ¿A qué viene V. a estas horas?...
-gritó la Molinera con más indignación que espanto, pero retrocediendo maquinalmente.
-¡Calla!
¡Calla, mujer! -tartamudeó el Corregidor, colándose en el aposento detrás
de ella-. Yo te lo diré todo... ¡He estado para ahogarme! ¡El agua me llevaba
ya como a una pluma! ¡Mira, mira cómo me he puesto!
-¡Fuera,
fuera de aquí! -replicó la señá Frasquita con mayor violencia-. ¡No tiene
V. nada que explicarme!... ¡Demasiado lo comprendo todo! ¿Qué me importa a
mí que V. se ahogue? ¿Lo he llamado yo a V.? ¡Ah! ¡Qué infamia! ¡Para esto
ha mandado V. prender a mi marido!
-Mujer,
escucha...
-¡No
escucho! ¡Márchese V. inmediatamente, señor Corregidor!... ¡Márchese V., o
no respondo de su vida!...
-¿Qué
dices?
-¡Lo
que V. oye! Mi marido no está en casa; pero yo me basto para hacerla respetar.
¡Márchese V. por donde ha venido, si no quiere que yo le arroje otra vez al
agua con mis propias manos!
-¡Chica,
chica! ¡no grites tanto, que no soy sordo!... -exclamó el viejo libertino-.
¡Cuando yo estoy aquí, por algo será!... Vengo a libertar al tío Lucas, a
quien ha preso por equivocación un alcalde de monterilla... Pero, ante todo,
necesito que me seques estas ropas... ¡Estoy calado hasta los huesos!
-¡Le
digo a V. que se marche!
-¡Calla,
tonta!... ¿Qué sabes tú? Mira... aquí te traigo el nombramiento de tu sobrino...
Enciende la lumbre, y hablaremos... Por lo demás, mientras se seca la ropa,
yo me acostaré en esta cama...
-¡Ah,
ya! ¿Conque declara V. que venía por mí? ¿Conque declara V. que para eso ha
mandado arrestar a mi Lucas? ¿Conque traía V. su nombramiento y todo? ¡Santos
y Santas del cielo! ¿Qué se habrá figurado de mí este mamarracho?
-¡Frasquita!
¡soy el Corregidor!
-¡Aunque
fuera V. el Rey! A mí, ¿qué?
-¡Yo
soy la mujer de mi marido, y el ama de mi casa! ¿Cree V. que yo me asusto
de los Corregidores? ¡Yo sé ir a Madrid, y al fin del mundo, a pedir justicia
contra el viejo insolente que así arrastra su autoridad por los suelos! Y,
sobre todo, yo sabré mañana ponerme la mantilla, e ir a ver a la señora Corregidora...
-¡No
harás nada de eso! -repuso el Corregidor, perdiendo la paciencia, o mudando
de táctica-. No harás nada de eso; porque yo te pegaré un tiro, si veo que
no entiendes de razones...
-¡Un
tiro! -exclamó la señá Frasquita con voz sorda.
-Un
tiro, sí... Y de ello no me resultará perjuicio alguno. Casualmente he dejado
dicho en la Ciudad que salía esta noche a caza de criminales... ¡Conque no
seas necia... y quiéreme... como yo te adoro!
-Señor
Corregidor; ¿un tiro? -volvió a decir la navarra, echando los brazos atrás
y el cuerpo hacia adelante, como para lanzarse sobre su adversario.
-Si
te empeñas, te lo pegaré, y así me veré libre de tus amenazas y de tu hermosura...
-respondió el Corregidor, lleno de miedo y sacando un par de cachorrillos.
-¿Conque
pistolas también? ¡Y en la otra faltriquera el nombramiento de mi sobrino!
-dijo la señá Frasquita, moviendo la cabeza de arriba abajo- Pues, señor,
la elección no es dudosa. Espere Usía un momento; que voy a encender la lumbre.
Y,
así hablando, se dirigió rápidamente a la escalera, y la bajó en tres brincos.
El
Corregidor cogió la luz, y salió detrás de la Molinera, temiendo que se escapara;
pero tuvo que bajar mucho más despacio, de cuyas resultas, cuando llegó a
la cocina, tropezó con la navarra, que volvía ya en su busca.
-¿Conque
decía V. que me iba a pegar un tiro? -exclamó aquella indomable mujer dando
un paso atrás-. Pues, ¡en guardia, caballero; que yo ya lo estoy!
Dijo,
y se echó a la cara el formidable trabuco que tanto papel representa en esta
historia.
-¡Detente,
desgraciada! ¿Qué vas a hacer? -gritó el Corregidor, muerto de susto-. Lo
de mi tiro era una broma... Mira... Los cachorrillos están descargados. En
cambio, es verdad lo del nombramiento... Aquí lo tienes... Tómalo... Te lo
regalo... Tuyo es... de balde, enteramente de balde...
Y
lo colocó temblando sobre la mesa.
-¡Ahí
está bien! -repuso la navarra-. Mañana me servirá para encender la lumbre,
cuando le guise el almuerzo a mi marido. ¡De V. no quiero ya ni la gloria;
y, si mi sobrino viniese alguna vez de Estella, sería para pisotearle a V.
la fea mano con que ha escrito su nombre en ese papel indecente! ¡Ea, lo dicho!
¡Márchese V. de mi casa! ¡Aire! ¡aire! ¡pronto!... ¡que ya se me sube la pólvora
a la cabeza!
El
Corregidor no contestó a este discurso. Habíase puesto lívido, casi azul;
tenía los ojos torcidos, y un temblor como de terciana agitaba todo su cuerpo.
Por último, principió a castañetear los dientes, y cayó al suelo, presa de
una convulsión espantosa.
El
susto del caz, lo muy mojadas que seguían todas sus ropas, la violenta escena
del dormitorio, y el miedo al trabuco con que le apuntaba la navarra, habían
agotado las fuerzas del enfermizo anciano.
-¡Me
muero! -balbuceó-. ¡Llama a Garduña!... Llama a Garduña, que estará ahí...
en la ramblilla... ¡Yo no debo morirme en esta casa!...
No
pudo continuar. Cerró los ojos, y se quedó como muerto.
-¡Y
se morirá como lo dice! -prorrumpió la señá Frasquita-. Pues, señor, ¡esta
es la más negra! ¿Qué hago yo ahora con este hombre en mi casa? ¿Qué dirían
de mí, si se muriese? ¿Qué diría Lucas?... ¿Cómo podría justificarme, cuando
yo misma le he abierto la puerta? ¡Oh! no... Yo no debo quedarme aquí con
él. ¡Yo debo buscar a mi marido; yo debo escandalizar el mundo antes de comprometer
mi honra!
Tomada
esta resolución, soltó el trabuco, fuese al corral, cogió la burra que quedaba
en él, la aparejó de cualquier modo, abrió la puerta grande de la cerca, montó
de un salto, a pesar de sus carnes, y se dirigió a la ramblilla.
-¡Garduña!
¡Garduña! -iba gritando la navarra, conforme se acercaba a aquel sitio.
-¡Presente!
-respondió al cabo el Alguacil, apareciendo detrás de un seto-. ¿Es V., señá
Frasquita?
-Sí,
soy yo. ¡Ve al molino, y socorre a tu amo, que se está muriendo!...
-¿Qué
dice V.? ¡Vaya un maula!
-Lo
que oyes, Garduña...
-¿Y
V., alma mía? ¿Adónde va a estas horas?
-¿Yo?...
¡Quita allá, badulaque! Yo voy... a la Ciudad por un médico! -contestó la
señá Frasquita, arreando la burra con un talonazo y a Garduña con un puntapié.
Y
tomó..., no el camino de la Ciudad, como acababa de decir, sino el del Lugar
inmediato.
Garduña
no reparó en esta última circunstancia; pues iba ya dando zancajadas hacia
el molino y discurriendo al par de esta manera:
-¡Va
por un médico!... ¡La infeliz no puede hacer más! ¡Pero él es un pobre hombre!
¡Famosa ocasión de ponerse malo!... ¡Dios le da confites a quien no puede
roerlos!
XXII
Garduña
se multiplica
Cuando
Garduña llegó al molino el Corregidor principiaba a volver en sí, procurando
levantarse del suelo.
En
el suelo también, y a su lado, estaba el velón encendido que bajó Su Señoría
del dormitorio.
-¿Se
ha marchado ya? -fue la primera frase de D. Eugenio.
-¿Quién?
-¡El
demonio!... Quiero decir, la Molinera...
-Sí,
señor... Ya se ha marchado...; y no creo que iba de muy buen humor...
-¡Ay,
Garduña! Me estoy muriendo...
-Pero
¿qué tiene Usía? ¡Por vida de los hombres!...
-Me
he caído en el caz, y estoy hecho una sopa... ¡Los huesos se me parten de
frío!
-¡Toma,
toma! ¡ahora salimos con eso!
-¡Garduña!...
¡ve lo que te dices!...
-Yo
no digo nada, señor...
-Pues
bien: sácame de este apuro...
-Voy
volando... ¡Verá Usía qué pronto lo arreglo todo!
Así
dijo el Alguacil, y, en un periquete, cogió la luz con una mano, y con la
otra se metió al Corregidor debajo del brazo, subiolo al dormitorio; púsolo
en cueros; acostolo en la cama; corrió al jaraiz; reunió un brazado de leña;
fue a la cocina; hizo una gran lumbre; bajó todas las ropas de su amo; colocolas
en los espaldares de dos o tres sillas; encendió un candil; lo colgó de la
espetera, y tornó a subir a la cámara.
-¿Qué
tal vamos? -preguntole entonces a D. Eugenio, levantando en alto el velón
para verle mejor el rostro.
-¡Admirablemente!
¡Conozco que voy a sudar! ¡Mañana te ahorco, Garduña!
-¿Por
qué, señor?
-¿Y
te atreves a preguntármelo?¿Crees tú que, al seguir el plan que me trazaste,
esperaba yo acostarme solo en esta cama, después de recibir por segunda vez
el sacramento del bautismo? ¡Mañana mismo te ahorco!
-Pero
cuénteme Usía algo... ¿La señá Frasquita?...
-La
señá Frasquita ha querido asesinarme. ¡Es todo lo que he logrado con tus consejos!
Te digo que te ahorco mañana por la mañana.
-¡Algo
menos será, señor Corregidor! -repuso el Alguacil.
-¿Por
qué lo dices, insolente? ¿Porque me ves aquí postrado?
-No,
señor. Lo digo, porque la señá Frasquita no ha debido de mostrarse tan inhumana
como Usía cuenta, cuando ha ido a la Ciudad a buscarle un médico...
-¡Dios
santo! ¿Estás seguro de que ha ido a la Ciudad? -exclamó D. Eugenio más aterrado
que nunca.
-A
lo menos, eso me ha dicho ella...
-¡Corre,
corre, Garduña! ¡Ah! ¡estoy perdido sin remedio! ¿Sabes a qué va la señá Frasquita
a la Ciudad? ¡A contárselo todo a mi mujer!... ¡A decirle que estoy aquí!
¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Cómo había yo de figurarme esto? ¡Yo creí que se
habría ido al Lugar en busca de su marido; y, como lo tengo allí a buen recaudo,
nada me importaba su viaje! Pero ¡irse a la Ciudad!... ¡Garduña, corre, corre...,
tú que eres andarín, y evita mi perdición! ¡Evita que la terrible Molinera
entre en mi casa!
-¿Y
no me ahorcará Usía si lo consigo? -preguntó irónicamente el Alguacil.
-¡Al
contrario! Te regalaré unos zapatos en buen uso, que me están grandes. ¡Te
regalaré todo lo que quieras!
-Pues
voy volando. Duérmase Usía tranquilo. Dentro de media hora estoy aquí de vuelta,
después de dejar en la cárcel a la navarra. ¡Para algo soy más ligero que
una borrica!
Dijo
Garduña, y desapareció por la escalera abajo.
Se
cae de su peso que, durante aquella ausencia del Alguacil, fue cuando el Molinero
estuvo en el molino y vio visiones por el ojo de la llave.
Dejemos,
pues, al Corregidor sudando en el lecho ajeno, y a Garduña corriendo hacia
la Ciudad (adonde tan pronto había de seguirle el tío Lucas con sombrero de
tres picos y capa de grana), y, convertidos también nosotros en andarines,
volemos con dirección al Lugar, en seguimiento de la valerosa señá Frasquita.
XXIII
Otra
vez el desierto y las consabidas voces
La
única aventura que le ocurrió a la navarra en su viaje desde el molino al
pueblo, fue asustarse un poco al notar que alguien echaba yescas en medio
de un sembrado.
-¿Si
será un esbirro del Corregidor? ¿Si irá a detenerme? -pensó la Molinera.
En
esto se oyó un rebuzno hacia aquel mismo lado.
-¡Burros
en el campo a estas horas! -siguió pensando la señá Frasquita-. Pues lo que
es por aquí no hay ninguna huerta ni cortijo... ¡Vive Dios que los duendes
se están despachando esta noche a su gusto! Porque la borrica de mi marido
no puede ser... ¿Qué haría mi Lucas, a media noche, parado fuera de camino?
¡Nada! ¡nada! ¡Indudablemente es un espía!
La
burra que montaba la señá Frasquita creyó oportuno rebuznar también en aquel
instante.
-¡Calla,
demonio! -le dijo la navarra, clavándole un alfiler de a ochavo en mitad de
la cruz.
Y,
temiendo algún encuentro que no le conviniese, sacó también su bestia fuera
del camino y la hizo trotar por otros sembrados.
Sin
más accidente, llegó a las puertas del Lugar, a tiempo que serían las once
de la noche.
XXIV
Un
Rey de entonces
Hallábase
ya durmiendo la mona el señor Alcalde, vuelta la espalda a la espalda de su
mujer (y formando así con ésta la figura de águila austriaca de dos cabezas
que dice nuestro inmortal Quevedo), cuando Toñuelo llamó a la puerta
de la cámara nupcial, y avisó al Sr. Juan López que la señá Frasquita, la
del molino, quería hablarle.
No
tenemos para qué referir todos los gruñidos y juramentos inherentes al acto
de despertar y vestirse el Alcalde de monterilla, y nos trasladamos desde
luego al instante en que la Molinera lo vio llegar, desperezándose como un
gimnasta que ejercita la musculatura, y exclamando en medio de un bostezo
interminable:
-¡Téngalas
V. muy buenas, señá Frasquita! ¿Qué le trae a V. por aquí? ¿No le dijo a V.
Toñuelo que se quedase en el molino? ¿Así desobedece V. a la Autoridad?
-¡Necesito
ver a mi Lucas! -respondió la navarra-. ¡Necesito verlo al instante! ¡Que
le digan que está aquí su mujer!
-¡Necesito!
¡necesito! Señora, ¡a V. se le olvida que está hablando con el Rey!...
-¡Déjeme
V. a mí de reyes, Sr. Juan, que no estoy para bromas! ¡Demasiado sabe V. lo
que me sucede! ¡Demasiado sabe para qué ha preso a mi marido!
-Yo
no sé nada, señá Frasquita... Y en cuanto a su marido de V., no está preso,
sino durmiendo tranquilamente en esta su casa, y tratado como yo trato a las
personas. ¡A ver, Toñuelo! ¡Toñuelo! Anda al pajar, y dile al tío Lucas que
se despierte y venga corriendo... Conque vamos... ¡cuénteme V. lo que pasa!...
¿Ha tenido V. miedo de dormir sola?
-¡No
sea V. desvergonzado, señor Juan! ¡Demasiado sabe V. que a mí no me gustan
sus bromas ni sus veras! Lo que me pasa es una cosa muy sencilla: que V. y
el señor Corregidor han querido perderme; ¡pero que se han llevado un solemne
chasco! ¡Yo estoy aquí sin tener de qué abochornarme, y el señor Corregidor
se queda en el molino muriéndose!...
-¡Muriéndose
el Corregidor! -exclamó su subordinado-. Señora, ¿sabe V. lo que se dice?
-¡Lo
que V. oye! Se ha caído en el caz, y casi se ha ahogado, o ha cogido una pulmonía,
o yo no sé... ¡Eso es cuenta de la Corregidora! Yo vengo a buscar a mi marido,
sin perjuicio de salir mañana mismo para Madrid, donde le contaré al Rey...
-¡Demonio,
demonio! -murmuró el Sr. Juan López-. ¡A ver, Manuela!... ¡muchacha!... Anda
y aparéjame la mulilla... Señá Frasquita, al molino voy... ¡Desgraciada de
V. si le ha hecho algún daño al señor Corregidor!
-¡Señor
Alcalde, señor Alcalde! -exclamó en esto Toñuelo, entrando más muerto que
vivo-. El tío Lucas no está en el pajar. Su burra no se halla tampoco en los
pesebres, y la puerta del corral está abierta... ¡De modo que el pájaro se
ha escapado!
-¿Qué
estás diciendo? -gritó el señor Juan López.
-¡Virgen
del Carmen! ¿Qué va a pasar en mi casa? -exclamó la señá Frasquita-. ¡Corramos,
señor Alcalde; no perdamos tiempo!... Mi rharido va a matar al Corregidor
al encontrarlo allí a estas horas...
-¿Luego
V. cree que el tío Lucas está en el molino?
-¿Pues
no lo he de creer? Digo más... cuando yo venía me he cruzado con él sin conocerlo.
¡Él era sin duda uno que echaba yescas en medio de un sembrado! ¡Dios mío!
¡Cuando piensa una que los animales tienen más entendimiento que las personas!
Porque ha de saber V., señor Juan, que indudablemente nuestras dos burras
se reconocieron y se saludaron, mientras que mi Lucas y yo ni nos saludamos
ni nos reconocimos... ¡Antes bien huimos el uno del otro, tomándonos mutuamente
por espías!...
-¡Bueno
está su Lucas de V.! -replicó el Alcalde-. En fin, vamos andando, y ya veremos
lo que hay que hacer con todos Vds. ¡Conmigo no se juega! ¡Yo soy el Rey!...
Pero no un Rey como el que ahora tenemos en Madrid, o sea en el Pardo, sino
como aquel que hubo en Sevilla, a quien llamaban D. Pedro el Cruel. ¡A ver,
Manuela! ¡Tráeme el bastón, y dile a tu ama que me marcho!
Obedeció
la sirvienta (que era por cierto más buena moza de lo que convenía a la Alcaldesa
y a la moral), y, como la mulilla del Sr. Juan López estuviese ya aparejada,
la señá Frasquita y él salieron para el molino, seguidos del indispensable
Toñuelo.
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