Alcides Arguedas

Selección


Raza de Bronce

II

Al amanecer del siguiente día emprendieron marcha al valle de los viajeros.

Llevaban doce bestias, entre burros y mulas, cargadas con carnes y pescados secos, patos cocidos y curados al hielo, habas y arvejas tostadas, quesos frescos y otros productos del yermo, e iban casi de buen humor, porque Manuno, el jefe de la caravana, hubo de asegurarles que esos artículos alcanzaban precios fabulosos en el valle, donde las gentes, por la relativa facilidad con que ganaban el dinero, se mostraban pródigas. Y les seducía la expectativa del negocio lucrativo.

Era Manuno un hombre entrado en años, seco, anguloso, bastante alto y de nariz larga y afilada.

Viajero infatigable, conocía todos los rincones de Yungas y de los valles cercanos a La Paz, donde debía de realizar positivos negocios, porque a la vuelta de cada uno de sus viajes casi nunca dejaba de aumentar el caudal de su hacienda, comprando ropas de gala, una yunta o por lo menos algunas cabezas de ganado lanar, lo que demostraba hasta la evidencia no ser exageradas las relaciones que hacía del país, al que iban ahora por primera vez dos de sus compañeros, y del que se traían los almibarados higos, las sabrosas tunas, el buen maíz y tantos otros frutos, demasiado costosos para ser adquiridos con frecuencia.

Llegaron de noche a la ciudad, a casa del patrón; y allí, el compañero que hacía su semana de servicio (pongueaje) les dió la noticia de que el amo se había marchado la mañana de ese mismo día a su hacienda de Yungas. La recibieron con placer, pues podían entregarse de inmediato al reposo exigido por sus piernas fatigadas con el peso de setenta kilómetros recorridos en menos de catorce horas, de claro a oscuro y a buen trote.

Descargaron las bestias, y luego de saludar a la esposa del patrón, que en nombre de éste les entregó cuarenta pesos para la compra de ocho cargas de cebada en grano, fueron a tenderse en el zaguán, sobre las sudadas caronas de la recua. Manuno hizo un fajo con los billetes, envolvió el fajo en un trapo, el trapo en un pañuelo y añudóse el pañuelo a la garganta con cuatro apretados nudos. Para despojarle de su caudal sería menester degollarlo antes.

Al otro día, despuntando la aurora, prosiguieron el viaje.

Ya desde extramuros comenzó a cambiar al paisaje. El camino de Miraflores se quebraba en la cuesta de Karahani, seguía en un corto trecho la vera del río, se metía en la aldea de Obrajes y luego rastreaba la falda de cerros gredosos hoscos, pelados y de ásperas quiebras unas veces y de suaves ondulaciones en otras, orillando en ocasiones pequeños huertos de duraznos, campos de ovejas y vacas lecheras, casitas de indios diseminadas en las faldas de los cerros, entre el verde follaje de arbolillos enclenques.

Salía el sol cuando llegaron a la playa pedregosa del río Calacoto, tendida al pie de altísimos cerros de greda, cortados como por cuchillo.

Las aguas turbias y algo verdosas, confundidas en ese punto con las del río de La Paz, se arrastraban con violencia, y parecían perforar el cerro que al fondo cerraba el horizonte, alzándose rojo quebrado en sus flancos destrozados como una entraña.

Arremangáronse los calzones, y luego de vadear la corriente, quisieron componer sus ropas; pero Manuno les aconsejó no hacerlo, porque de allí en adelante habrían de seguir siempre la playa, atravesando con frecuencia el río, acrecentado por el caudal de los que se le reúnen.

—Y si no, miren cómo vienen ésos —les dijo el guía mostrándoles una pequeña caravana de vallunos, que en ese momento llegaba por la banda opuesta a la orilla de la corriente.

Los hombres traían las piernas desnudas y las mujeres mantenían solevantadas hasta el muslo las faldas, mostrando sus carnes sólidas, musculosas, morenas y limpias de vello. Muchas bestias llevaban huellas de barro seco en ancas e ijares, como si hubiesen caído en hondos atolladeros.

En Aranjuez comenzó a molestarles el sol. Tocaban ya las regiones cálidas, y ellos venían de las alturas rodeadas por montes que jamás se despojaban de su manto de nieves.

—Esto no es nada todavía. ¡Ya verán más adelante! —les amenazó Manuno, dándose tono y poniendo autoridad en sus palabras.

Ganada la cuesta de Aranjuez, en la pampa de Mallasa, gozaron la primera fruición del viaje.

A ambos lados del camino, enmarcados por vivos cercos de verdura, se extendían campos de vistosas chumberas, con las pencas cuajadas de frutos maduros o por madurar; arbolillos de duraznos rendidos por el fruto, álamos de hojas lustrosas y de un verde tierno.

Los ojos de los pampeños brillaban de codicia.

—¿Y si cogiéramos algunas? —consultó Agiali a los compañeros, mostrando las pencas.

—Estos sujetos —advirtió Manuno— son malos, y si nos cogen, nos sacuden una paliza o nos quitan una carga.

Pasaban en ese instante por un punto en que sobre el cerco de espinos ralo y bajo dejaba asomar hacia la ruta la paleta de una penca cuajada de grandes tunas sazonadas y cubiertas de pelusilla. Manuno echó un vistazo por el camino, y sólo vio venir a lo lejos un viajero conduciendo una yunta.

—Entra y coge las que puedas.

Y deteniendo a un asno con el arnés flojo, se puso a tirar de la cincha, en tanto que Agiali, encaramado sobre la punta de los pies, cosechaba con ahínco los frutos de la penca y los depositaba en su sombrero, sin cuidarse de las espinillas que se le incrustaban en las manos, produciéndole un cosquilleo desagradable.

—¡Cuidado! ¡Ahí viene el dueño! —le gritaron sus amigos con voz baja y temerosa.

Un hombre alto y corpulento había surgido casi de repente al otro lado del cerco, y avanzaba por el camino silbando una tonada alegre. Venía con reposado andar y se apoyaba en un recio palo de kuphi, fuerte como el hierro. Al llegar a la altura de los viajeros acortó el paso, y mirándolos con atención dijo en voz alta, como para hacerse oír.

—Estos sunichos suelen ser ladrones.

Cuidaron de darse por aludidos y fingieron no haber oído la ofensa. Estaban lejos de sus pagos y tenían que soportar toda clase de insultos. Además, no llevaban limpia la conciencia.

Se alejó el valluno, haciendo sonar su kuphi contra las piedras de la ruta.

—Si te coge, Agiali, te mata —le dijo Quilco.

El joven se sintió lastimado en su vanidad de hombre fuerte:

—¡Hubieras visto si me toca un pelo!

—Pero él tenía un palo.

—¿Y esto? —dijo el mozo mostrando el cabo de su látigo pendiente en las espaldas.

—¿Cuántas has cogido? —preguntó Manuno, para cortar la discusión.

Agiali levantó la bufanda de encima del sombrero y contó. Había doce cabales y se repartieron a tres, que devoraron en el acto, allí mismo.

Les supieron a gloria. Estaban dulces, frescas y jugosas.

—Se me han quedado en los dientes —dijo Quilco relamiéndose los labios y volviendo los codiciosos ojos al tunal.

—¿Y si pudiéramos coger otras? —repitió Manuno.

—No podemos. El dueño nos está espiando —repuso Cachapa, que había visto sacar la cabeza al hombre procaz por encima de las pencas.

—Quizá más adelante; vamos —ordenó Manuno.

Se pusieron en marcha. Y entonces el guía, alardeando conocimientos de la comarca, comenzó a ilustrar a sus ignorantes compañeros sobre las particularidades de esa pampa de Mallasa, donde los indios, sin tener ni las más remotas noticias del cultivo de secano, aplicaban, desde tiempos inmemoriales, por rutina, los procedimientos aconsejados por los modernos tratados de agricultura.

La charla instructiva se prolongó hasta el momento en que llegaron a un punto en que el camino hacía recodo. A la vera, sobre una pequeña altura, se alzaba una alegre morada de indio, con sus arbolitos de durazno junto a la rústica galería, y trepando por sus ramas un tumbo, cuyas guías habían saltado al techo, y de él caían, formando una especie de cortinaje, a la galería. Entre sus hojas triangulares saltaban el rojo de las flores acampanadas y de suntuoso cáliz y los frutos amarillos, como yema de huevos cocidos, largos y redondos, y de pulpa azucarada y deliciosa al paladar.

Bajo la sombra estaba sentado un indio. Tejía una canasta de carrizo y mimbre y algunas gallinas picoteaban el suelo cerca de él. A su lado había una canasta volcada y encima de la canasta un balay rebosante de tunas.

 

—¿Y si comprásemos? —propuso Agiali, entusiasmado a la vista de la fruta.

—Ponemos a un real —opinó Quilco.

—Con un real tenemos para todos ya verán —dijo Manuno.

Desvióse del grupo en dirección al cestero, y le saludó con humilde inflexión de voz y con el tono bajo y servil que emplean los indios cuando se dirigen a una extraño a quien desean pedir favor, cualesquiera que sean su casta y condición.

—Buenas tardes, tatito; ¿quieres venderme un realito de tunas?

Levantó la cabeza el valluno, y al medir con los ojos a su interlocutor, supo al punto su procedencia. Y viva alegría iluminó su rostro.

—Vienes del lago, ¿verdad?

Sí, tatito.

—Entonces no quiero venderte nada, pero te cambio con lo que traes. ¿Qué llevas en tu carga?

—Chalona, quesos, patos, pescado.

Los ojos del valluno se encendieron.

—Dame pescado y te doy tunas.

—¿Y cuántas me das por un pescado?

—Cinco; pero si traes hispi, por un plato (chúa) lleno te doy veinte tunas.

Ahora le brillaron los ojos a Manuno pero dominó su emoción. Y fingiendo conocer la superioridad de su producto, regateó mintiendo:

—En otra parte nos han querido dar cuarenta tunas y dos platos de maíz por uno de hispi, y no hemos querido.

—Yo te doy tres —dijo el valluno, dispuesto a no perder tan bella coyuntura.

Los compañeros de Manuno oían la charla y sudaban de espanto por el cínico aplomo del bribón; nunca imaginaran que se pudiera conseguir tanta bella cosa con un puñado de pescadillo seco, y creían que el valluno iba a emprender a palos con el bellaco, dándoles inmerecida parte a ellos, y no les pesaba que tal aconteciese, para escarmentar la desfachatez del granuja.

—Dame cinco —repuso el ladino, aumentando así la consternación de sus compañeros, que ya creían ver levantarse el palo del cestero.

—¡Eres un pillo! —saltó éste, exasperado. Y añadió en el colmo del enojo—: ¡Vete al diablo con tu pescado podrido y ojalá te cargue el río!...

—No te enojes, tatito, y adiós —repuso cachazudamente el muy zorro.

Y componiéndose el chal de alpaca con un movimiento de hombros, dió media vuelta y largó dos pasos.

—¡Te doy cuatro! —gritó el valluno, con la cólera de lo irremediable, pero sin voluntad para moverse de su posición cómoda e indolente.

Manuno, sin responderle, volvióse a sus compañeros, que estaban decididos a darle una paliza por su grosería, y guiñándoles los ojos les consultó:

—¿Qué dicen ustedes? Recuerden que las tunas del otro eran grandes y estaban frescas...

—¿Y crees que las mías están podridas, cara de momia (chulpa) vieja? —le gritó, fuera de sí, el valluno. Y cogiendo una se la arrojó con rencor a la cara—: ¡Métela ésa a tus ojos, que deben de estar podridos, para no ver!...

Y como el pillo no se tomase la molestia de recoger la fruta que rodaba por el suelo, aunque los ojos se le fueran detrás, transigió el malhumorado valluno:

—Ya sé que me están robando, pero acepto. Te doy las cinco.

Largos fueron los regateos del negocio. De una parte y otra aparentaban mostrarse descontentos de la mercancía ofrecida en trueque; y si los sunichos cogían una a una las tunas, las examinaban con ojos de anatomistas para rechazar las que ofrecían la menor huella de desperfecto, el valluno, perezosamente inclinado sobre el tari donde había vaciado la chúa de pescado menudo, revolvía la fritura con la palma de la mano, ponía a un lado los muy menudos, separaba los aplastados, y así se pasaron cosa de diez minutos, en que los sunichos aspiraban, con deleite y voluptuosidad el perfume de las frutas, que por primera vez en su vida las veían tan numerosas en su poder.

Al fin, uno y otro hubieron de darse por satisfechos con el cambio, no sin haber antes desechado casi la mitad de lo ofrecido, y fue solemne el instante en que los puneños distribuyeron en cuatro porciones iguales las tunas y el maíz, y cogiendo cada cual la que le correspondía, reanudaron la marcha, devorando, más que comiendo, las frutas que llevaban en sus bufandas, sobre el pecho.

—La gente se muere con cólico si después de comer tunas bebe leche —advirtió Manuno, con la boca llena.

Los otros siguieron devorando la jugosa fruta, sin poner mientes en lo oído. No conocían el sabor de la leche y no sería ese el momento de probar a lo que sabía.

¿Verdad que se hacen buenos negocios por aquí? —preguntó Manuno, ostentando aires de superioridad y satisfechísimo del éxito que habían alcanzado sus imposturas.

—¡Ca!... ¡Yo creí que te iba a romper las costillas!

—¡Si los conozco! Aquí no hay que acobardarse en pedir. ¡Ya lo viéramos si ellos fueran por nuestras pampas llevando sus productos! Por cada grano de maíz nos hacían dar un hispi, y por cada durazno, una papa.

Entretanto, la playa iba ahondándose al pie de los cerros y el sol picaba más, conforme ascendía por los altos cielos. A eso de las doce ganaron la cuesta de Lipari y entraron otra vez en la playa, que se estrechaba unas veces y se abría otras, pero siempre amurallada por altísimos cerros desnudos.

—Ahora llegamos a las huertas de duraznos, peras y manzanos; pero, lo ven, el camino es difícil.

Manuno llamaba camino a una huella blancuzca en la playa, señalada, entre pedrones de granito, por el guano de las bestias, y que caracoleaba de un lado para otro, siguiendo los caprichos del torrente, que iba trazando curvas y rompiendo en retazos la senda.

Las aguas, considerablemente engrosadas por los arroyos y riachuelos de las abras abiertas en el vértice de los cerros, se deslizaban dando tumbos contra los pedrones de granito, y su ruido monótono era coreado por el viento que soplaba playa arriba sacudiendo los árboles, cuyo ramaje, inclinado en una misma dirección, hablaba de la persistencia y regularidad con que el viento discurría por el valle.

Temprano estuvieron en Mecapaca, Y allí resolvieron pasar la noche y aun quedarse el día siguiente, caso de que no pudieran vender parte de su carga, con objeto de aliviar la fatiga de las bestias, para ellos más dolorosa que la suya propia.

Mecapaca era un poblacho mísero y en ruinas, alzado en la orilla izquierda del río, sobre una plataforma tendida al pie de cerros pelados y altísimos, color de greda y llenos de grietas y rugosidades. Se llegaba por una especie de calleja con pobres casuchas de planta baja y techo de paja y huertas de duraznos llenas de salvajina y otras plantas parásitas. Los solares de paredes desmoronadas abundaban; y aquí y allá, surgiendo del suelo, aparecían retazos de muros cubiertos por enredaderas silvestres con flores blancas, rosas y azules, en forma de campanillas.

Manuno explicó:

—Antes era este pueblo rico y alegre pero una noche entró la mazamorra, enterró las huertas y se llevó las casas. Desde entonces sólo viven gentes desgraciadas.

—¿Cuándo fue eso? —inquirió Agiali, que, de entre todos, era el más interesado en conocer las cosas del mundo.

Manuno se encogió de hombros:

—No sé; pero debiera ser hace mucho, porque hasta los solares se han desmoronado.

—Entonces no debemos quedarnos aquí. No ha de haber quien nos compre nada si son tan pobres como aseguras —reflexionó prudentemente Cachapa.

—Pierde cuidado. Los del pueblo no han de comprarnos gran cosa, pero vendrán de las haciendas...

Manuno sabía lo que decía.

Así que tocaron los sunichos las primeras casas del burgo salieron a sus puertas los moradores y les brindaban su techo para quedar en él, la noche o todo el tiempo de su permanencia, pues sabían que el hospedaje iba a traerles el beneficio de unos cuantos puñados de comestibles, y no querían desperdiciar la ocasión de variar su yantar de una noche con frutos preciados a su gusto. Pero Manuno defraudó todas las esperanzas, porque fue a alojarse a casa de Choque, antiguo conocido suyo, hombre honesto y de comodidades, incapaz de ninguna mala acción, aunque con la singularísima particularidad de ser extremadamente locuaz y comunicativo.

Descargaron, pues, sus bestias en casa de Choque, les sirvieron unas buenas brazas de pienso, y echando sobre los hombros parte de su carga, fueron a instalarse en media plaza, donde extendieron sus ponchos y manteos, para lucir encima los allí codiciados frutos del yermo.

La plaza, fea y triste, era de regulares dimensiones. La circundaban casitas romas con techo de paja y ventanas enrejadas. En un ángulo se erguía la iglesia, dentro el cementerio, y era el único edificio descollante. Un triste silencio reinaba en el pueblo, interrumpido únicamente por el viento y el monótono rumor del río. De vez en cuando se veía cruzar un perro flaco y lanudo, y entonces los ojillos negros de Supaya se animaban con súbito y extraordinario fulgor; pero tampoco se atrevía a dejar la compañía de su amo para correr en pos de galantes aventuras o de peligrosas querellas.

Los puneños se miraban cariacontecidos, pensando que esta vez habían fallado del todo los cálculos de Manuno, y hasta opinó Quilco que se recogiese la carga y se la llevara a ofrecer al buen hombre que tan galantemente los había albergado en su casa; mas en ese momento, y como para dar siempre razón al guía, una india apareció en un ángulo de la plaza, yendo hacia donde ellos se encontraban; a poco, un indio; luego, otro y otro. Diríase que recién se hubiesen enterado de la llegada de los costeños y acudían a divertirse con la heteróclita exposición de sus artículos. Cada uno, sin embargo, traía oculto, entre el pullo o bajo el poncho el tari en que se llevarían las cosas compradas, pero pasaban frente a los vendedores con gesto desdeñoso, fingiendo no interesarse por los comestibles. Algunos cogían los pescados y patos secos, los olían y los arrojaban fingiendo disgusto; parecían estar hartos de todo eso y nada dispuestos a dejarse coger el dinero, ganado con tan rudos esfuerzos.

Pero pronto tuvieron que apresurarse en abandonar su estudiado desdén. Se habían anoticiado los peones de las haciendas comarcanas del arribo de los costeños, y comenzaban a llegar en grupos, trayendo bolsas llenas de maíz seco y tostado, mazorcas (choclos) cocidas y sin cocer, canastas de higos y de duraznos, manojos de quirquiña y todo aquello por lo que se muestran codiciosos los habitantes de las regiones frías.

Sólo que ahora los tales estaban decididos a no dejar sus productos sino por dineros contantes y sonantes. Acaso al volver, y siempre que no se les cansase ninguna de sus bestias, se proveerían de esos buenos artículos; pero, por lo pronto, era inútil ofrecerles ninguna permuta, porque iban a comprar semillas por cuenta del patrón y ciertamente no iban a cargar ellos en hombros los productos que se les ofrecían en cambio. Que desatasen, por tanto, las bolsas y no diesen paz a las manos. De no, cargaban con sus productos y se iban a venderlos en las haciendas del interior, donde seguramente les pagarían buenos precios.

Este discurso de Manuno, dicho con gesto compungido y gran aire de sinceridad, surtió efectos sorprendentes, porque en un abrir y cerrar de ojos, casi a rebatiña, dieron fin con los productos de los costeños, que de fijo acababan al punto con su cargamento, entusiasmados por la venta, si Manuno no les disuadiese de la idea. Que no fueran cándidos y fiasen a su experiencia y conocimiento del país. ¿Acaso era la primera vez que él andurriaba por esas regiones? Allí había que vender todo lo susceptible de dañarse con el calor, como los patos cocidos y los huevos; pero más adelante y por cerca de Tirata, desaparecería el resto de la carga en un santiamén y sacarían buenos precios.

Así les habló a solas, camino de la casa hospitalaria; y como encontrasen los otros atendible su razonamiento, limitáronse a echar un vistazo a los asnos, para lanzarse en seguida a merodear por las huertas.

Iban en fila los tres, deleitándose ante las ramas rendidas por la abundancia del fruto, oyendo el incansable rumor del río y el perenne sollozar del viento, maravillados de que hubiese tantas aves de vivos colores y cuya armoniosa algarabía llenaba de alegre rumor los espacios rutilantes y de los que caía una luz tibia, alegre, que encendía los tonos de las hojas, ya amarilleadas por el otoño, doraba con reflejos cambiantes las lejanas cimas de los cerros e iluminaba intensamente las grietas de los montes. Respiraban con fruición el aire impregnado con todos los perfumes de las flores silvestres, que brillaban en el suelo, entre la hierba de los pastales, se enroscaban a los árboles, trepaban por sus ramas y pendían sus flores azules, moradas, blancas, rosadas, bicolores, con lujo de matices, y tan frescas, tan lozanas, cual si acabasen de abrir su capullo.

Un trueno, surgido de una nube negra que apareció de pronto sobre los altos cerros del poniente, les hizo tornar a la casa de Choque, quién les dió la bienvenida con una olla llena de choclos cocidos, y, como postre, un gran manojo de cocidos, y, como postre, un gran manojo de huiros tiernos, duraznos y manzanas pintadas.

Comieron vorazmente, sin hablar, atentos a su ración y sin quitar los ojos de la olla. Choque los miraba devorar, sin decir nada, arrojando de tiempo en tiempo codiciosas ojeadas a la carga de los costeños.

Al fin habló:

—¿Quieren venderme un poquito de hispi?

Manuno puso aire compungido:

—¡Ay, tata! Lo vendimos casi todo, y ya no nos queda sino un poquito, para nuestro uso solamente.

—¿Y qué necesidad tienen ustedes de comer lo que comen todos los días? Es como si yo fuera a su tierra y sólo me alimentara de maíz...

Manuno deshizo uno de los tercios, introdujo con tiento la mano, y, tras largo hurgonear, cual si le costase trabajo encontrar lo que buscaba, sacó un puñado de pescado y se lo alcanzó a Choque:

—Toma este poco, y es lo único que podemos ofrecerte...

El valluno se deshizo en mil promesas de amistad:

—Ustedes pueden venir cuando quieran y alojarse en mi casa. Yo no voy a pedir paga por el pasto que coman sus bestias; me basta que me den alguna cosita del lago —les dijo con tono despreocupado, sin hacerles sospechar que su beneficio lo obtenía del guano dejado por sus bestias y que hacía producir las cebollas monstruosas, los repollos y coliflores de cabeza enorme y dura que vendía a muy alto precio en los mercados de la ciudad.

Llegó la noche. Una noche oscura, perfumada y tibia. Los viajeros desacaronaron las bestias, y luego de manearlas, tendieron mantas y albardas en el suelo, y echándose encima, de espaldas, estiraron los pies a lo alto, apoyándolos contra el muro de la casa. Luego se colocaron en fila, a fumar un cigarrillo, arrebujándose en sus ponchos, y a poco se elevaban sus ronquidos fuertes y nada acompasados.

Despertaron a eso de media noche, tiritando de frío. Una oscuridad profunda e impenetrable rodeaba todo y se oía caer con fuerza el ruido de una lluvia torrencial. Despertaron mojados y se dieron prisa en colocar la carga bajo el alar del techo, del que caían hilos de agua tibia.

—Es una tempestad —dijo Manuno.

—Son las últimas lluvias de otoño, las más peligrosas —respondió Choque desde lo hondo de su covacha, en medio de la cual brillaba, como un rubí, el ascua del fogón.

Y añadió en seguida:

—Seguro que mañana entra la mazamorra .

Los puneños, sin saber por qué, estremeciéronse con la noticia. Las bestias pateaban en el corral, impotentes para defenderse de la picadura de los murciélagos, cuyas sedosas alas rozaban de vez en cuando el rostro de los viajeros.

—¡Es terrible la mazamorra!dijo Manuno.

—Sí; hay que tener cuidado.

—¿Y qué es preciso hacer para defenderse?

—Nada; contra ella no se puede nada. No hay más que resignarse y dejar que haga lo que quiera, hasta que se le pase la cólera.

—¿De veras este pueblo ha sido enterrado por la mazamorra? —preguntó Agiali, que había retenido la breve relación de su compañero.

—Sí. ¿No viste acaso las ruinas al llegar al pueblo?

—Vimos; pero Manuno no supo explicarnos cómo había pasado la cosa. ¿Viste tú?

—Pasó de noche, como ahora, y nadie vio nada; pero todos sentimos la desgracia.

—¿También tú?

—Yo también.

—¿Y cómo fue?

El valluno se calló. El ascua roja ensanchó su círculo, alzóse una llamita azul del fogón y a su resplandor se vio que Choque encendía un cigarrillo. Y de pronto surgió su voz tranquila y gruesa.

—Era, como ahora, una noche oscura y hacía calor. Estábamos en el mes del Carnaval, y las gentes que habían venido de la gran ciudad (marca) se divertían bailando en la plaza a la luz de la luna, que brillaba entre nubarrones negros. Todas las noches precedentes habían bailado hasta el amanecer, pero en ésta, ya porque estuviesen rendidas o se sintieran amedrentadas por el aspecto del cielo, se recogieron temprano a descansar. Entonces era yo muchacho y había corrido casi toda la semana en pos de las pandillas de los patrones que discurrían por las huertas, arrojándose flores y romaza, que nosotros les alcanzábamos talando acequias y jardines. No sabiendo qué hacerme también me fui a dormir en el momento en que del cielo comenzaban a caer torrentes de agua tan grande como jamás viera ni espero ya ver. Era una masa compacta que se desgajaba de las alturas; parecía que allí arriba el cielo era un lago desfondado y que la masa de agua caía precisamente sobre este pueblo...

"Entonces, repito, era yo un muchacho, y para volver al campo (sayaña) de mis padres tenía que atravesar un arroyo casi siempre seco, menos cuando llovía en las alturas, pero al aproximarme esa noche, su ruido me anunció que había crecido hasta desbordarse. Las aguas, salidas de su cauce, empinado y hondo, invadían gran parte del camino y se entraban por las calles, llegándome hasta el tobillo. Me detuve, no iba a ser tan loco de atravesarlo. ¿Qué hacer entonces? Yo estaba mojado de pies a cabeza y tiritaba, no tanto de frío como de miedo: miedo de la noche, miedo del ruido, miedo de encontrarme solo y hasta de recibir al día siguiente una paliza de mis padres, a los que ya no debía volver a ver nunca.

"Entretanto, el ruido del río crecía más y más. Era como si cajones enteros de cohetes reventasen en el espacio, y ese ruido no provenía del arroyo, a cuya orilla temblaba yo de espanto, sino de otros que, convertidos en ríos, se precipitaban sobre el pueblo desde lo alto de los cerros vecinos.

"De repente me pareció sentir que el agua entre mis pies tomaba mayor violencia e iba aumentando de caudal. Al mismo tiempo, hacia la playa, sentía ruidos intermitentes y poderosos, como disparos de las camaretas en el día de nuestra fiesta parroquial. ¡Cómo! ¡Yo conocía de sobra ese ruido! Una vez que se le oye, ya no se le confunde jamás con ningún otro... ¿Se nos venía acaso la mazamorra...? Eché a correr con todas mis piernas por entre los árboles de las huertas, tropezando con los troncos, resbalando entre los charcos, levantándome, pero siempre ganando instintivamente las alturas...

"En esto oí gritos: demandaban socorro, y eran gritos de angustioso espanto, y sentí temblar la tierra cual si todos los montes se viniesen abajo... Corrí, corrí desesperado, camino de la rinconada, y conmigo corrían muchos, y detrás de nosotros oíamos aullidos de perros en pena, gritos de gentes como esos mismos aullidos y que de pronto cesaban cual si una mano les tapase la boca y otros mil ruidos terribles que expresaban el espanto, el terror más bien...

"Al amanecer no quedaba casi nada del pueblo: la mazamorra se lo había llevado y cubierto. Las huertas estaban enterradas y sólo surgían sobre el lodo las copas de los árboles. Aquí y allá se veía algún cadáver rígido... Era el castigo de Dios contra un pueblo que sólo sabía pecar...

"Desde entonces ya no vienen las gentes de la gran ciudad a divertirse y el pueblo está abandonado..."

Al oír la relación, los sunichos se estrechaban unos contra otros, como si ya sintiesen venir la mazamorra; pero el ruido de la lluvia fue calmando poco a poco y cesó por completo.

Volvieron a dormirse.

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El Autor de la Semana © 1996-2001
Facultad de Ciencias Sociales
- Universidad de Chile
Selección y edición de Textos: Oscar E. Aguilera F.