Alcides Arguedas

Selección


Raza de Bronce

LIBRO SEGUNDO

EL YERMO

II

Pasó la fiesta de San Juan, y con las heladas de junio, en ese año rigurosas, desapareció toda huella verde en la estepa, que era inmensa sabana gris, por donde vagaban las columnas de polvo levantadas por los ganados al trajinar por eras y senderos, y que el viento disolvía en el cielo de un azul bruñido, implacable, que daba más tonalidad al contraste entre el blanco purísimo de las montañas de la cordillera y el gris pardusco del yermo, pelado, inmenso y seco.

Menguadas resultaron las cosechas, y ahora se hacían, sin entusiasmo, las labores de la matanza y de la elaboración del chuño, tunta, caya y otros productos exclusivos del altiplano, de fácil expendio en la meseta andina.

Los encargados de hacer tunta y caya atravesaron los remansos del río con redes de eneales (totora), cubrieron el fondo del lecho con un espeso tejido de paja sostenido por gruesas piedras y echaron encima, en sitios diferentes, las patatas y las ocas, donde quedarían hasta desprenderse de la cáscara, para luego exponerlas al aire, aprensarlas en seguida con los pies y secarlas por fin al hielo de media noche y al sol meridiano. Se veían sus chozas de paja en las orillas del río, a entrambos lados, redondas, en forma de colmena, bajas y de puerta angosta, por donde se deslizaban de noche los vigilantes, arrastrándose como larvas, a reculones, para quedar tendidos allí, desvelados y con los ojos fijos en las aguas del río, silenciosas, mansas. Unos pingajos tapaban el redondo agujero de la puerta, y en el interior, sobre el suelo apelmazado, no había sino dos cueros esquilmados de carnero, sobre los que reposaban como en el más mullido de los colchones.

Los encargados del chuño tenían sus chozas en torno a los enormes tendales de patatas, que formaban cuadros de colores variados —rojos, blancos, negros, amarillos, amoratados, según la familia del tubérculo—, y estaban tendidos parejo, sobre camas de paja dorada o fino césped, para recibir por igual el hielo y el sol, que en el yermo tuesta, y que, combinados, cuecen el fruto y lo secan, después de que los peones han penado por arrancarle la cáscara estrujándolo con los pies desnudos, antes de que salga el sol, cuando el frío de la aurora, que los indios llaman kalatakaya, porque en verdad revienta las piedras, lo ha convertido en guijos sonoros, tan duros como el pedernal.

Así se pasó el mes de las heladas crudas y de sol radioso, viendo venir a lo lejos el espectro del hambre, porque los más de los colonos habían recogido flaca cosecha, y muchos estaban decididos a marchar a la ciudad para conchabarse como jornaleros y poder reunir algún pequeño caudal, fondo que les permitiese comprar semillas y subvenir a sus exiguos gastos de vida diaria, que en el indio sólo se suman por centésimos, dada la mediocridad de sus gustos y la inverosímil parquedad de sus necesidades.

El éxodo se hizo general en la región que los yatiris dieron en creer condenada, ya que el mismo lago, siempre pródigo en dones, ahora se mostraba esquivo con sus riquezas de peces, aves y totoras, explotadas sin medida ni control desde tiempo inmemorial, hasta el punto de agotarse día a día por falta de una rudimentaria legislación que resguardase el raro tesoro de su fauna y flora, únicas en el mundo.

Las noticias de los pescadores, a este respecto, eran cada año más y más alarmantes. ¡El lago sagrado de la leyenda incásica se moría! Poco a poco se retiraba, en los veranos, para dejar en seco a los totorales, que se les veía amarillear, mustiarse sobre sus flexibles tallos y acamarse por fin, sin tentar el apetito de los bueyes, que pasaban hollándolos, desdeñosos, la cabeza alta, brillantes los ojos y las astas levantadas hacia el cielo, a buscar su alimento de verdes algas y tiernas totoras allá dentro, cerca las libres aguas... Se pudrían en las orillas lodosas, al contacto del agua impura, e infestaban con sus miasmas ponzoñosos ese ambiente estremecido por los hálitos fríos de la cordillera, cuyas cumbres blancas y enormes soplaban sobre el lago el aliento de sus nieves eternas. Se veía enormes extensiones de tierras negras, resquebrajadas, secas por los bordes y lodosas en las márgenes acribilladas de huellas animales, donde se estancaban las aguas de las lluvias, para congelarse de noche con una capa dura de cristal. En las hendiduras hormigueaban millares de sapitos negros y de patas amarillas, menudos, invisibles casi al primer golpe de vista, regalo de los pájaros bobos, de las gaviotas, flamencos y patos, que en numerosas y bulliciosas bandadas trazaban enormes parábolas en el aire o se detenían en las orillas, reflejando su plumón en las quietas aguas azules.

¡Se secaba el lago y se iban las totoras, que no solamente son alegre fleco de sus riberas, sino el más precioso producto de su limo, pues con ellas se construyen las balsas en que los costeños transportan los productos de la tierra, sirven de alimento a los hombres y a las bestias, se cubren los techos del hogar y dan mullido colchón a los enfermos! Y con las totoras y las algas se iban también los finos peces: el kesi, de vientre blanco y lomo azulado; el mantus sabroso, de plateadas escamas; el suche, ágil y espinoso, pero de carne deliciosa, y sólo quedaba el ordinario karachi, el menudo hispi y el inútil chajana.

Al amanecer, cuando los pescadores tornaban a sus hogares, luciendo al sol las velas de sus balsas, venían cabizbajos y entristecidos porque únicamente lograban coger algunos peces para la comida de una jornada a cambio de pasar toda la noche mecidos por el viento helado, azotados por la lluvia, mal comidos y sin dormir.

Y decían los yatiris que el lago de Wiñaymarka, hogaño generoso de recursos, ahora expulsaba, enfermo de males hechiceros, el mundo vivo de sus entrañas, arrojándolo hacia el estrecho de Tiquina, a las cercanías de la isla de Watajata, o la embocadura del río Desaguadero, pero tampoco se veía pasar a los isleños, en viaje al mercado de la capital, con sus cargas de pescados frescos, y los indios urus, que viven y mueren en el lago sobre sus balsas y alimentándose de peces, de poco a esta parte se hacían más insociables y más hoscos, porque disminuía su tribu, mermada por el hambre y las privaciones...

Era, pues, preciso poner algún remedio a tan grande aflicción. Urgía no descuidarse en ofrendar a las divinidades lacustres, quizá celosas por el abandono en que las tenía la incuria de los hombres.

Así lo pensó Choquehuanka. Y una mañana radiosa de julio en que el sol lucia con extraordinario esplendor arrancando áureos destellos de las olas irisadas por la brisa, convocó a los moradores de la hacienda para advertirles que al siguiente día debían celebrar la fiesta del chaulla katu, casi perdida ya, con los afanes que demanda el cultivo diligente de la tierra.

Puntuales fueron los pescadores...

Presentáronse vestidos con sus trajes de gala y rematada la punta de sus largos remos por un rodelete de paja tejida. Eran sesenta, y formados en la orilla, cada uno delante de su balsa, daban la ilusión de una compañía de lanceros.

A una seña de Choquehuanka comenzaron a desfilar los balseros por el canal abierto entre la maraña de los totorales. Delante iba el anciano conduciendo la red y le acompañaban el remero y dos músicos: el uno provisto de un tamboril engalanado con flecos de colores, y el otro, de su flauta revestida de papeles plateados.

Y al redoble acompasado del tambor y al son gemebundo de la flauta, iban los pescadores en fila, apoyando sus enormes perchas en el limo del fondo, y a cuyo impulso las balsas se deslizaban lentas y silenciosas. A su paso, las gaviotas levantaban el vuelo lanzando agudos chillidos, los patos escapaban por bandadas, las chocas huían azotando el agua con sus cortas alas y produciendo un ruido de cascada, las panas se zambullían o se ocultaban entre los gramadales, sacando sólo las cabezas negras, que brillaban como flores entre las verdosas algas.

Salieron así del limite de los totorales verdes y llegaron a la planicie ondulante de las libres aguas, transparentes como cristal. Los remeros adoptaron otra postura, porque las perchas ya no tocaban el fondo, y tuvieron que sentarse a remar para impulsar las balsas.

El sol hería oblicuamente las aguas y se veía el fondo de su lecho en sus menores detalles. Estaba tapizado de musgo de un verde claro. Aquí y allá brillaban, cual perlas, los moluscos de reflejos rosas y plateados, y se veía huir en bandada los peces, cuyos vientres blancos centelleaban como puñales al perderse entre las algas o a la sombra de las embarcaciones, que con su proa quebraban en prismas el fino cristal de la onda.

Llegaron a los dominios de la isla Ampura o Patapatani y allí se detuvieron, pues era imprudente seguir avanzando en aguas ajenas y no deseaban enconar aún más la cólera de los isleños, con quienes de tiempo inmemorial estaban en constante guerra; Se reprochaban mutuamente robarse la totora y cosechar los huevos de las panas en sus jurisdicciones, y muchas veces, tras cruenta lucha, habían tenido que dejar unos y otros sus muertos flotando sobre el agua, en la precipitación de la derrota. Y pues de algún tiempo a esta parte diezmaban sensiblemente las fuerzas de los costeños, obligados a huir o a emigrar para librarse de las crueldades del patrón, no era prudente provocar nuevos conflictos, que se resolverían a costa de sus propios intereses.

—Podemos detenernos aquí —dijo Choquehuanka, poniéndose en pie sobre su frágil embarcación.

Los pescadores suspendieron sus remos y las balsas se agitaron rítmicamente al impulso de la brisa mañanera.

El remero de Choquehuanka cogió la red y la echó al agua, inclinándose luego sobre la borda para verla bajar horizontalmente, arrastrada por las piedras aseguradas en el tejido. Los demás pescadores se fueron apartando poco a poco para formar un círculo casi perfecto, cuyo centro era la balsa del viejo Choquehuanka.

—¡Adelante y cuidado! —gritó éste.

Y los sesenta remeros, a un solo impulso, hundieron sus perchas hasta el fondo, bruscamente y con seco golpe. Al punto, de la balsa inmóvil volvió a levantarse el brioso redoblar del tambor y el melancólico son de la flauta.

Remaban mansamente los pescadores, hundiendo sus perchas en los flancos de sus balsas, y las ondas se movían alborotadas cual si dentro ardiese una llama y las hiciese hervir.

Cuando sus balsas comenzaron a rozarse entre sí, quedábase uno y avanzaba el otro, y pronto formaron dos círculos concéntricos, luego tres, y por fin, cuatro. En medio quedaba la red y a un lado la balsa de Choquehuanka.

—¡Arriba! —gritó el anciano cuando los quince remeros del primer círculo tocaron con sus proas las borlas de la red.

Soltaron al punto las perchas y cada remero empuñó un cable. Los otros seguían hiriendo el agua, y eran tan fuertes sus golpes que levantaban un agitado oleaje, haciendo danzar las balsas, mojadas con las salpicaduras. Los músicos habían dejado de tocar sus instrumentos y sólo se oía el golpe de los remos y el resoplido de los pescadores, sudososos, con los cabellos tendidos al aire, los brazos cobrizos desnudos, surcados de venas gruesas.

Lucía el sol ya en medio de su carrera y sus rayos se quebraban en las ondas, arrancando de ellas destellos luminosos teñidos con los colores del iris; una fuerte brisa hacía mecer en la orilla los totorales, que de lejos parecían sembríos de verde avena.

—¡Arriba! —volvió a gritar Choquehuanka.

Tiraron de la red los indios y fueron recogiéndola en sus balsas conforme salía del agua; en el fondo se movían los peces, chocando contra los hilos de la malla sin poder escapar.

—¡Alto!—ordenó el anciano Choquehuanka cuando la red hubo aparecido del todo y flotaba al ras de las agitadas ondas.

Aprisionados en el tejido estaban todos los moradores acuáticos del sagrado charco, hasta las repulsivas kairas, sapos enormes, de piel lustrosa y granujienta; pero faltaban el suche y sus vecinos los mauris, que huyen del agua estancada y anidan en los remansos de los ríos.

Levantaron la red y la depositaron sobre la balsa de Choquehuanka. Los peces, al sentirse fuera de su elemento, comenzaron a saltar, agitándose con movimientos tan bruscos que hasta la balsa parecía temblar, estremecida.

Cogieron los más gruesos de cada especie y los apartaron, aprisionándolos en una lata de alcohol mediada de agua, y volvieron a vaciar el resto al lago. Los que no estaban heridos desaparecían, rápidos como centellas, bajo las balsas de los pescadores, orientadas todas a la costa hacia el naciente, y los otros quedaban flotando en la superficie, maltrechos.

Entonces comenzó la ceremonia.

Cada una de las autoridades, según su rango, cogía de la lata, con precauciones, un pez, le apretaba por las agallas y le abría la boca, en la que el viejo Choquehuanka introducía una hoja de coca y vertía algunas gotas de alcohol, pronunciando las palabras mágicas forjadas al calor del común deseo y de iguales esperanzas:

—¡Vete, pez, y fecunda en el misterio de tu morada la prole que ha de matar en nosotros, les pobrecitos hombres, el hambre que nos devora!...

Cada especie recibió el estupendo encargo y su ración de coca y alcohol, mientras batía el tambor y se desgañitaba el flautista; mas no bien se retiraron los pescadores rumbo a sus moradas, que mijis, keullas, patos y macamacas revoloteaban lanzando agudos chillidos alrededor de los pobres peces ebrios y lastimados, y se abatían. con ruido. de picos y alas sobadas, a devorar los pescados que llevaban la misión de reproducirse para aplacar el hambre de los "pobrecitos hombres"...

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El Autor de la Semana © 1996-2001
Facultad de Ciencias Sociales
- Universidad de Chile
Selección y edición de Textos: Oscar E. Aguilera F.