UNIVERSIDAD
DE CHILE
- FACULTAD
DE CIENCIAS SOCIALES
El
Autor de la Semana
Roberto
Jorge Payró
(1867-1928)
El
casamiento de Laucha
El nombre de Laucha -apodo y no apellido- le sentaba
a las mil maravillas.
Era pequeñito, delgado,
receloso, móvil; la boca parecía un hociquillo orlado de poco y rígido
bigote; los ojos negros, como cuentas de azabache, algo saltones, sin
blanco casi, añadían a la semejanza, completada por la cara angostita,
la frente fugitiva y estrecha, el cabello descolorido, arratonado...
Laucha era, por otra parte,
su único nombre posible. Laucha le llamaron cuando niño en la provincia
del interior donde nació; Laucha comenzaron a apodarle después, allí
donde lo llevó la suerte de su vida, desde temprano aventurera; por
Laucha se le conoció en Buenos Aires, llegado apenas, sin que a nadie
se pudiese atribuir la invención del sobrenombre, y Laucha le han dicho
grandes y pequeños durante un período de treinta y un años, desde que
cumplió los cinco, hasta que murió a los treinta y seis...
De sus mismos labios oí
la narración de la aventura culminante de su vida y, en estas páginas,
me he esforzado por reproducirla tal como se la escuché. Desgraciadamente,
Laucha ya no está aquí para corregirme si incurro en error; pero puedo
afirmar que no me aparto de la verdad muchos centímetros.
I
Pues, señor, después de
andar unos años por Tucumán, Salta, Jujuy y Santiago, ganándome la vida
perra como Dios me daba a entender, unas veces de bolichero, otras de
mercachifle, de repente de peón, de repente de maestro de escuela, aquí
en un pueblo, allí en una ciudad, allá en una estancia, más allá en
un ingenio, siempre pobre, siempre rotoso, algunos días con hambre,
todos los días sin plata, comencé por fin a temar con que puede ser
que me fuera mejor en Buenos Aires, en donde nunca me podría ir peor,
porque esas provincias nunca son buenas para hombres así como yo, sin
un peso, ni mucha letra menuda, ni mucha fuerza... ni muchas ganas de
trabajar tampoco... Y tanto temé, que al fin resolví largarme y principié
a hacer economías de a centavo -¡yo que nunca había juntado plata!-
hasta que reuní todo lo que necesitaba para el viaje... lo preciso y
nada más.
No he de contar los milagros
y otras vivezas que tuve que hacer para juntar la platita: ya se lo
imaginarán, y de no, poco importa. El caso es que un día me acomodé
en el tren -¡claro que en segunda, porque no había boleto de perro!-,
llegué hasta Córdoba, subí al Central Argentino, y en el Rosario me
embarqué para Campana en el vapor de la carrera, porque la cosa salía
más barata... Campana era entonces el puerto de salida y de llegada
de los vapores del Paraná, y ahí mismo se tomaba el tren para Buenos
Aires.
Desembarqué con mi equipaje,
que era un poncho grueso de lana, criollo, de los tejidos a mano, muy
lleno de colorinches, y que le había ganado a la taba a un peón catamarqueño
en Tucumán: se lo había hecho la mujer qué sé yo en qué punta de años...
¡Ah!, ya había volado
hasta el último cobre en las comidas y copetines del viaje; así es que
me encontré en Campana con que para seguir a Buenos Aires tenía que
empeñar o vender alguna prenda... y a no ser el poncho... Creerán que
esto no tiene nada que ver con mi casamiento; pero esperen un poco...
La miseria, como buena vieja brava hace con el hombre lo que se le antoja...
A mí me hizo llegar hasta el casorio; ya verán...
II
Bueno, pues, anduve de
tienda en tienda queriendo vender el poncho y sacar boleto con la platita,
pero sin suerte porque no encontraba ningún aficionado.
-Esos ponchos no se usan
por acá -me decía uno.
-Ya tengo demasiados ponchos
-me decía otro.
-No compro ropa usada
-me gritó furioso un tendero gallego que no tenía más que clavos del
tiempo de ñaupa.
Por fin un bolichero me
dio por él cuatro nacionales -y digo nacionales porque ya habían cambiado
la moneda argentina (bolivianos o pesos del carnerito), tan linda y
tan rendidora-.
El boleto de segunda de
Campana a Buenos Aires valía entonces alrededor de peso y medio o dos
pesos, y no como ahora que cobran cerca de cinco. Así es que yo estaba
bien, al fin y al cabo, gracias al ponchito catamarqueño... Pero mi
maldita suerte, que no me va a dejar en la pucha vida, quiso que mientras
andaba entretenido en el cambalache del poncho, el tren se mandara mudar
sin esperarme... ya ven, no tenía reloj, y aunque tuviera no me iba
a ir sin boleto y sin plata.
Lo peor es que para ese
tiempo no había más que un tren al día, y me tuve que quedar en Campana,
y comer y dormir en un bodegón y posada en que sabían parar los reseros
que llevaban hacienda para el saladero, que después se hizo frigorífico.
La historia me costó peso y medio, así es que me quedé tecleando. ¡Miren
qué polaina!
A la noche anduve ronciando
la mesa de los reseros que despuntaban el vicio al mus. Los ojos se
me iban, pero jugaban muy fuerte, cinco pesos la caja... ¡Figúrense!,
yo no iba a pedir media caja, está claro... Me quedé con las ganas y
me fui a dormir.
Al otro día me clavé en
la estación media hora antes que el tren... y no lo perdí esa vez. Pero
¡vean si no me sobra razón para hablar de mi suerte perra! Bajé en una
estación para tomar una copa, y cuando acordé el tren iba pita que te
pita, ¡a cinco cuadras!
No, no se me rían: no
estaba ni alegrón siquiera, aunque otro pasajero llevaba un frasco de
ginebra marca llave (que no es como la de ahora) y de vez en cuando
me convidara a pegarle un beso... ¡Bueno, bueno!; sea como sea, el caso
es que me quedé en la estación Benavídez, que tenía, ¡qué iba a tener!,
ni sombra de los pobladores que tiene hoy. Volví bastante tristón a
la pulpería de frente al tren, donde había estado antes, y que era un
boliche con cuatro botellas locas, un queso viejo del país, un pedazo
de dulce de membrillo amohosado, y media docena de salchichones entre
una pila de cajas de sardinas...
Me puse a conversar con
el pulpero, y al rato éramos amigotes. Lo convidé con una copa -porque
todavía me quedaban unos centavos-, y cuando le hablé de lo pobre y
apurado que estaba, me dijo que por las chacras de ahí cerca andaban
necesitando peones para el maíz y que era fácil que me conchabaran si
no era muy mulita y no me rendía de estarme al sol el día en peso. Yo,
la verdad, no he nacido sino para trabajos de escritorio, de ésos de
no hacer nada, sentadito a la sombra; pero la necesidad tiene cara de
hereje, y ese mismo día me conchabé con un chacarero que, del partido
de las Conchas, donde está la estación Benavídez, me llevó para el Pilar,
a recoger maíz.
¡Qué quieren! A los dos
días ya no podía más, charqueado por el sol, y trasijado por el trabajo
bruto. Le cobré dos jornales al chacarero, que me raboneó unos cuantos
centavos como buen gringo, me largué a Belén, que estaba cerquita, a
buscar otro acomodo más conveniente, y ahí fue donde empezó el baile...
o donde siguió, porque ya hacía rato que había principiado...
No hice huesos viejos
en Belén. Antes de la semana ya me había ido sin rumbo, y seguí de pueblo
en pueblo y de chacra en estancia, alejándome cada vez más de Buenos
Aires, como si en mi perra vida hubiera pensado ver a los porteños.
Válgale a la suerte que juega con el hombre como el viento con la paja
voladora.
III
Una mañanita que estaba
en una esquina, muy lejos para el suroeste, matando el bicho con una
poca de caña paraguaya, me puse a conversarle al patrón, porque yo era
el único marchante y él se aburría como yo, del otro lado de la reja,
medio echado de barriga sobre el mostrador y con la cara muerta de sueño
entre las manos. Yo andaba otra vez sin trabajo y con poquitos cobres
en el bolsillo... Es que no me puedo conformar con que me manden, ni
con echar los bofes como una mula...
-¿Para dónde va ese camino?
-le pregunté entre otras cosas al pulpero, mostrándole con la zurda
-en la otra tenía el vaso- una huella que agarraba para el sur.
-A Pago Chico. Esa huella
sigue derechito como unas seis leguas, y va a dar a la misma estación
del ferrocarril del Pago...
Yo había oído las mentas
de ese partido, y me entraron ganas de ir, por puro gusto: al fin y
al cabo, lo mismo era trabajar allí que en cualquier otra parte, y el
mismo gusto tiene una copa de ginebra legítima. Pero como no tenía caballo
ni de dónde sacarlo, y seis leguas a pie son mucha música, le pregunté
al pulpero si no caería alguna carreta o algún carro que me llevara.
-No, amigo -me contestó-:
esas huellas son de las tropas que pasaban antes con lana para Buenos
Aires; pero desde hace un año ya no andan, porque todo se lo lleva el
tren.
-¡Caramba, amigo, qué
lástima!
-¡Mire qué casualidad!
-siguió el pulpero al ratito-. ¡No me acordaba, hombre! Tiene suerte,
porque hoy mismo, y cuando más mañana, va a venir la jardinera del almacén
del pueblo que trae el surtido para todas las esquinas del camino al
Pago, y para mi casa también.
-¿Y de ahí?
-El repartidor lo llevará,
si se le hace amigo.
-¡Oh, y cómo no! Lo voy
a esperar no más, porque de veras que tengo muchas ganas de conocer
Pago Chico. Es un pueblo grande, ¿no?
-Bastante.
-¿Y tiene escritorios
y tiendas?
-¡Ya lo creo!
-¡Magnífico!
Y me quedé tomando una
que otra copita con el pulpero que era un buen gallego acriollado, hasta
que a eso de las diez de la mañana, apareció sobre un albardón una manchita
negra que iba agrandándose despacio entre el verde del campo.
-¿Ve eso? -me preguntó
el pulpero-. ¿Y sabe lo que es?
-¡Sí, la jardinera! La
cuestión será que me quiera llevar el almacenero...
-Por eso pierda cuidado,
porque es un muchacho bueno y servicial, y a más, si usted sabe ganarle
el lado de las casas, hará lo que quiera con él...
Con esta seguridad, y
aunque me quedara tecleando la platita, le compré provisiones para el
viaje, salchichón, queso, galleta, cigarros, fósforos, y... nada más...
Aunque también me parece que le pedí dos cuartas de vino carlón...
Llegó el repartidor del
almacén, y después de unas cuantas copas y un poco de jarana, no tuvo
inconveniente en llevarme, como me había dicho el pulpero.
El hombre era conversador,
yo nunca he sido manco; así es que la charla empezó en cuanto salimos
de la pulpería... eso sin contar el aperital de adentro...
Volvía de vacío, los caballos
eran buenos, oscurecía tarde, y de consiguiente podíamos llegar ese
mismo día a Pago Chico.
Le conté mi vida; él me
contó la suya desde que vino de España: siempre detrás del mostrador,
sin salir ni los días de su santo, hasta que lo hicieron repartidor,
y andaba como bola sin manija, trotando en la jardinera, y tardándose
dos y tres días para volver al Pago. Cuando le hablé que buscaba conchabo,
me dijo:
-Si usted quiere trabajar
sin deslomarse, ya sé lo que le conviene. Lo dejaré a una legua de Pago
Chico, en la pulpería de doña Carolina, que allí encontrará en qué pichulear
algo.
-¡Magnífico, amigo! Yo
para todo estoy pronto, en tratándose de trabajar, y más cuando ya casi
no me queda ni un centavo, como ahora...
-Entonces, doña Carolina
anda buscando un dependiente que le convenga... Pero es muy delicada,
y una punta han tenido que volverse sin que los tomase... Por eso ahora
ya nadie va. En fin: de todos modos, usted encontrará trabajo, porque
ahí cerquita está el campo de los Torres y siempre necesitan peones.
Almorzamos, sin dejar
el trote y galope; yo pesqué un rato despertándome con los barquinazos;
volvimos a charlar, a fumar, a tomar unos traguitos; por fin, a la tardecita
llegamos al destino de que hablara el hombre, y nos apeamos.
IV
La casa era bastante grandecita,
con negocio de almacén, tienda, y un poco de ferretería. Tenía también
un despacho de bebidas, con gran reja de fierro adelante del mostradorcito,
y sin mesas, ni bancos, ni menos sillas, para que el paisanaje y el
gringaje, no teniendo en qué sentarse, se largara en cuantito tomaba
la tarde o la mañana.
Entramos a la ramada,
y del otro lado de la reja se nos apareció una mujer de más de treinta
años -después supe que tenía treinta y cuatro-, bastante buena moza
todavía, alta, muy blanca, de pelo negro y ojos oscuros. Cuando nos
contestó las buenas tardes, conocí que era italiana.
-Doña Carolina -le dijo
el repartidor-, aquí le traigo un forastero que anda medio en desgracia,
y como el hombre busca trabajo, yo le he dicho que aquí puede ser que
encuentre. ¿Qué le parece?
-Sí -contestó la mujer,
mirándome con atención-; si se queda por acá, luego o mañana no más,
han de venir del establecimiento de Torres... Lo pueden conchabar...
-Y usted, doña Carolina,
¿por qué no lo toma de dependiente? Es mozo vivo y capaz de ayudarla.
-¡Oh, yo! -dijo la gringa,
suspirando-; ya no pienso en eso. Se me ha ido la idea.
-No importa -le dije-;
me quedaré a esperar a los de Torres. Y, de mientras, sírvanos dos vasos
de vino que sea bueno, que estoy galgueando de sed, y este compañero
no le digo nada.
Tomamos el vino, que era
bastante rico, y el repartidor se despidió porque tenía apuro de llegar
al pueblo. Yo me quedé a la espera, mirando la casa, para matar el tiempo.
El almacén estaba regularcito de surtido, con
muchas bebidas, latas de conservas en un estante, salchichones y tocino
colgados del techo, queso y dulce de membrillo en una vidriera, junto
con masas de facturería, caramelos largos, pan viejo y galleta.
Había también cosas de
ferretería, frenos, facones, cuchillos, tijeras de esquilar, hachas,
lebrillos y cacerolas y una punta de chirimbolos, pero del otro lado
de la reja, lo mismo que las cosas de tienda, bramante, zaraza, coleta,
ponchos, camisetas, pañoletas, calzoncillos, chiripás, hilo, canutillo,
pañuelos de seda celestes y colorados, y qué sé yo qué más.
La casa era un galpón
grande con techo de fierro, y al fondo tenía un cuartito que me pareció
el dormitorio de doña Carolina. Afuera, a unas diez varas y como cuadrando
la especie de patio de tierra pisoteada, que quedaba entre la ramada
y el palenque, había otro galpón más chico, pelado, sin otra cosa que
un fogón en el medio, hecho con una llanta de carro y lleno de ceniza:
no había cama, ni en qué sentarse, pero era la comodidad de
los forasteros que se quedaban a dormir en el negocio. Eso no es nada
para cualquier hombre de campo, que arma cama con el recado; pero yo,
sin más que lo puesto, ni una pilcha para abrigo, lo iba a pasar muy
mal si no llegaban a tiempo los de Torres...
Me llamó muchísimo la
atención no ver a nadie más que a doña Carolina, ni en las casas, ni
en el galpón, ni por ahí cerca. Los animales que andaban en un pastizal
medio alambrado, eran cinco o seis guachitos y un overo rosado que,
por la pinta, debía ser viejo y manso y de la silla de doña Carolina.
Afuera de la ramada había
colgado un cuarto de carne, y una nube de moscas revoloteaban alrededor,
mientras que otras, paradas, estaban acresándolo. Pero de balde miré
a todos lados a ver si había gente: no vi a nadie.
-¿Cómo puede vivir esta
pobre mujer, en tanta soledad? -pensé-. Los perros no bastan para cuidarla,
porque cualquier malevo los achura, y después a ella, y le roba hasta la última hilacha... ¡Se necesita ser guapa!...
Sólo que la gente haya ido al pueblo...
Ya me empezaba a interesar
la gringa; así es que me volví a las casas y le pregunté:
-Perdone, misia Carolina;
pero, ¿usted está sola aquí, en esta casa?
-Sí -me contestó-; no
somos más que yo y un viejito que está ahí, en el bajo del arroyo, cuidando
los chanchos. Es el que me ayuda un poco.
-¡Caramba, señora! ¿Y
no tiene miedo de vivir tan retirada del pueblo, en esta soledad? Porque
el viejo poco ha de servir para compaña...
-¡Así es, el pobre está
muy viejo!... Y aunque yo tengo una escopeta, y soy capaz de usarla,
a veces me da miedo... Por eso pensaba tomar alguno para que me acompañara
y me ayudara a despachar... ¡pero, qué quiere!
Al decir esto, me miró
muy seria, muy atenta, y después se quedó callada.
-¿Y por qué no lo ha hecho?
-le pregunté por fin.
-¡Eh!, ¡por qué!, ¡por
qué!... Porque los que querrían conchabarse no me convenían... y como
no puedo pagar más de quince pesos al mes... Por ese sueldo hoy no se
acomodan nada más que los que no sirven, aunque se les dé la casa y
la comida...
Yo, entonces, medio serio,
medio riéndome, le dije:
-¿Y yo también soy de
los que no sirven?
-¡Oh!, ¡usted no! -me
contestó mirándome a los ojos.
-¿Y entonces?, ¿no le
dijo mi amigo el repartidor?...
-Sí; son cosas que se
dicen, y después...
-Pues mire, señora, lo
que es yo, trabajaría con usted, no digo por esa plata... hasta por
mucho menos... Estoy cansado de andar rodando... Lo que tiene, que no
traigo recomendaciones... ni tengo en el Pago más conocido que el repartidor...
Doña Carolina me volvió
a mirar un rato, sin abrir la boca, como para verme las intenciones
en la cara. Yo no soy un buen mozo, ya lo sé; pero tengo algo, algo
que me hace simpático, sobre todo a las mujeres. ¿Se ríen? ¡Oh!... pues
si yo les contara... El caso es que a doña Carolina
le debí parecer buen muchacho, porque en seguida me dijo:
-Si fuera sólo por eso
de las recomendaciones, no importaría, porque usted no tiene laya de
ser mala persona, ¡al contrario!... Pero, ¡qué ha de querer una colocación
así, cuando hasta de peón puede ganar dos o tres pesos diarios, cuando
menos!
Le conté entonces que
yo era más pueblero que hombre de campo, y que no me gustaba trabajar
al viento y al sol, como tenía que hacerlo para no morirme de hambre
desde que principié a andar en la mala y perdí lo poco mío que tenía.
Le dije que me quitaron un empleíto en Buenos Aires, por intrigas de
un compañero traidor que me quería sustituir; que después anduve por
las provincias del interior, corriendo tierras y buscando la suerte,
pero que todo me salió mal hasta que tuve que volverme con una mano
atrás y otra adelante. En fin, le hice un cuento de los que no se empardan,
y ella me escuchaba con mucho interés y atención: hasta me parece que
lagrimeó un poco...
En esto entraron unos
carreros a tomar la copa y yo me salí para el patio.
Los carreros andaban apurados
y se fueron en seguida. Doña Carolina me chistó:
-Bueno -me dijo-; si quiere,
quédese aquí unos días para probar...
-¡Qué probar ni qué probar!
¡Si me quedo aquí, será para toda la vida! -dije entusiasmado.
-¡Quién sabe!... En fin,
le pagaré por ahora los quince pesos, y después... si los negocios andan
bien, veremos... Le daré un poco de ropa, tiene la comida asegurada,
y puede dormir en el galpón, que yo le prestaré unas jergas para blandura
y un ponchito para que se tape.
Ahí no más cepillé un
gato de puro contento.
V
Cuando volví a salir al
patio ya era casi de noche, y me encontré al viejo de los chanchos que
había vuelto al entrarse el sol. Estaba pitando un cigarro negro, sentado
en una cabeza de vaca, a la puerta del galpón, por
la que se veían las llamaradas de una fogata de leña y un humazo terrible
que no dejaba divisar las paredes.
-¿Tomando el fresco, paisano?
-le pregunté, para entrar en conversación.
-Ansina mismo es, don
-me contestó-; demientras se calienta l'agua y medio si asa el churrasco.
¿Quiere dentrar a prenderle a un verde?
-Con mucho gusto, amigo
don...
-Cipriano, p'a servirlo
-añadió el viejo, que se sacó el pucho negro de la boca, mirándolo y
remirándolo, como con pena de que se le acabara tan pronto.
Entramos en el galpón.
Al lado del fuego, que ardía con grandes llamas y chisporroteo de leña
verde, echando un humo espeso y agrio que hacía lagrimear, hervía una
inmensa pava, negra de hollín; al lado estaba la enorme yerbera cuadrada,
de palo, mediada de yerba parnanguá, entre la que se asentaba el mate,
una galleta muy bien retobada con miga. Al calor de la llama se iba
asando un pedazo de carne de la que vi colgada, y ahí no más, cerquita,
el porrón de la salmuera. El viejo era amigo de su comodidad. Entró
la cabeza de vaca, yo me senté en otra, y comenzamos a matear y a menearle
taba.
-¿Y p'ande va, amigo?
-me preguntó don Cipriano, mandándome un amargo-. Porque usted no es
del Pago, ¿no?
-No; no soy del Pago,
pero voy a ser -le dije.
-¡Ajá, está bueno! ¿Y
ande piensa trabajar?... si me permite la pregunta.
-Aquí mismo. Me quedo
a ayudar a la patrona.
-¡Bien haiga! Falta le
hacía a la pobrecita, dende que murió el finao, aura hará un año p'a
la yerra... La mujer no ha di andar sola, dispués de haber tirao en
yunta... solita, se hace mañera, y no sirve ni p'a noria.
Al principio no entendí
bien lo que me quería decir el viejo, pero la agachada era demasiado
clara, para que al fin no cayese en cuenta. Refregándome los ojos que
me ardían con el humo, le dije con retintín...
-¡Sola!... tan sola no
vivía, desde que estaba con usted.
-Se mi hace que l'incomoda
la humadera, amigo, y que ya no ve lo maceta que mi han puesto los años...
Y cómo será cuando tuavía no gastábamos más leña que la de oveja, ni
pitábamos más que naco o cuerda, y yo era viejón y duro de coyunturas...
No friegue, pues, mocito.
Yo me eché a reír. El
viejo, después de estarse callado un rato, siguió con los cuentos de
la patrona.
-Dende que murió el finau,
que Dios tenga en gloria, doña Carolina anda como pan que no se vende.
A esa moza -porqu'es moza tuavía- le falta algo, ¡claro está! Y la verdá,
que anqu'es trabajadora y se levanta al alba, la esquina suele ser de
mucho trajín p'a ella sola, pobrecita...
Chupó tranquilamente el
mate, y después siguió:
-Y es buenaza la patroncita...
Cuando vivía el finau, todo era mimos y comiditas... Aura rejunta cuanto
guacho encuentra y los trata como a hijos... A mí, a su lau no me falta
nada, y eso que soy un viejo deslomao que no vale ni una sé di auga...
Y hace mucha caridá, y no hay rancho de pobre por ahí cerca, en que
no la quieran como al pan bendito...
-Me alegro de tener una
patrona así -le dije-; de ese modo me voy a quedar aquí toda la vida.
Me miró con risita fregona,
y después de un rato agregó, mientras encendía un candil de sebo de
carnero:
-¡Mire!... usté, lo que
debe hacer, mocito, es indilgársele derecho viejo, y ronciarla de lo
lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté no me parece lerdo, más que
para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la pobre, necesita compaña...
Óigale a este viejo que no ha visto al ñudo tanta madrugada, y siga
su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y aura, vamos a tender el asador
y a echarle la salmuera p'a que acabe di asarse al recoldito... ¡Ya
verá qué churrasco! También ya no sirvo p'a otra cosa.
Saqué el cuchillo y busqué
dónde afilarlo, pensando en lo que me había dicho el viejo ño Cipriano,
que no dejó de interesarme mucho. La verdad que allí podían acabar mis
penurias, sin hacer mal a nadie, y principiar una vida tranquila y honrada,
con una buena mujer, unos pesos siempre listos en el bolsillo, trabajo
descansado y divertido, una
copita cuando se me antojara, comida abundante, cama blanda...
-A naides ha querido conchabar
de todos los que han venido a ofrecerse -dijo ño Cipriano-. Y si lo
ha tomado a usté, es porque ya tiene más de la mitá del camino andau.
¡Arriejesé sin miedo, mozo!
Le iba a contestar, cuando
oí que doña Carolina me llamaba desde la ramada:
-¡Eh!, joven, ¡eh! Venga
aquí, haga el favor.
Todavía no le había dicho
mi nombre.
Salí y fui a la ramada.
-¡No! -gritó doña Carolina-.
Entre nomás por el patio, que los dos vamos a comer aquí adentro, en
esta mesa.
Había puesto un mantel
limpito, dos cubiertos, una pila de platos, pan con grasa, queso fresco,
una caja de sardinas abierta, y un gran platazo de nueces y pasas.
-Aquí se come a lo pobre,
y usté dispensará porque no hay cómo hacer muchas cosas.
-¡No diga, señora! -le
contesté-. Si viera los gofios que he comido todo este tiempo, y el
maíz cocido de las provincias del norte, no pensaría eso. Muchos días
me lo he pasado con una galleta y un traguito de aguardiente, y otros,
sin galleta...
-¡Pobre mozo! -dijo doña
Carolina, que se había puesto tristona, y medio lagrimeaba, como yo
en el galpón con el humo-. Pero ahora, siempre tendrá lo más preciso;
porque aquí, gracias a Dios, nunca falta qué comer...
Y aquella noche, al menos,
era verdad, porque comimos sopa de fideos, las sardinas, una ensalada
de carne, asado, el queso, las pasas y nueces, y qué sé yo, hasta que
tuve que decir que no quería más, al servirme la segunda botella del
vino que habíamos probado con el repartidor...
¿A qué contarles la conversación
mientras cenamos, ni lo alegre que me acosté, ni lo bien que dormí esa
noche en un montón de bajeras y cueros de carnero bien lavados y blandísimos...
¡y hasta con sábanas!
VI
Me levanté al alba, agarré
una escoba y me puse a barrer la ramada y el corredor de la casa, porque
misia Carolina todavía estaba durmiendo encerrada adentro.
De repente se me apareció,
me quitó la escoba de las manos, como si estuviese muy enojada, y me
dijo:
-¡No quiero que haga eso!
Más bien entre al negocio; arrégleme las bebidas y después... ¿Sabe
escribir?
-¿Cómo no, señora? Y tengo
bastante linda letra.
-Bueno, me alegro. Entonces,
me va a poner en limpio la libreta de cuentas.
-Perfectamente, señora:
yo haré todo lo que me mande. Pero tampoco me incomoda lo de barrer;
así es que si usted quiere, puedo hacer las tres cosas, porque las mañanas
son muy largas todavía.
-¡No, no! Vaya al negocio
nomás; yo le iré a ayudar en seguida.
¿Eh?, ¿qué tal?, ¿qué
me dicen? Me parece que los primeros golpes estaban bien dados, ¿eh?
Entré al almacén, tomé
mi mañana, más abundante y mejor que de costumbre, y me puse a arreglar
las botellas, que en su mayor parte eran falsificadas en la licorería
de Pago Chico y unas mixturas asquerosas. Al ver esto, se me ocurrió
una invención que debía dar muy buenos resultados. Cuando acabé con
las botellas busqué una libreta nueva, y principié a copiar la vieja
toda ajada y mugrienta de tanto manoseo, llena de garabatos, rayas y
borrones. Escribí que era un primor, y ya estaba acabando cuando entró
misia Carolina, que se quedó embobada al ver mi trabajo y me miró con
admiración, casi con susto de que me le fuera a ir. Para admirarla todavía
más, le dije sobre el pucho:
-¿Sabe, señora, lo que
se me ha ocurrido? Que, como yo sé fabricar coñá, hacer dos cuarterolas
de vino de una sola, falsificar el bíter, el ajenjo, el anís, y todo
lo demás, lo mismo que mixturar la yerba buena con la mala sin que se
conozca, podemos hacer aquí todas esas cosas. Usté ganaría
muchísimo más que ahora, que está regalando la platita al licorero
falsificador de Pago Chico.
Misia Carolina abrió tamaños
ojos, se rió un poquito, pero no consintió en seguida.
-¡Eso es tan difícil!
¡Se necesitan tantas cosas!
-No crea, señora; con
poco se hace.
-No importa; por ahora,
no; después veremos. ¡Hay tiempo!
Pero yo ya le había ganado
la voluntad, y medio se me recostó en el hombro, para volver a ver la
primorosa libreta.
Tan bien iban las cosas,
que esa mañana el almuerzo fue mejor todavía que la cena de la noche
antes, porque además de puchero, hubo gallina con arroz, tortilla, mazamorra
con leche y dulce de membrillo. La patrona echaba el resto o poco menos.
Entonces principié la
vida gorda, las grandes charlas y beberaje con los marchantes, las jugadas
al mus, al truco y a la taba, las payadas y guitarreos, los viajes de
todo un día, hasta el Pago, en el overo maceta.
-Diviértase, diviértase
nomás -decía misia Carolina-, que para eso es joven; y mientras no me
falte al trabajo...
La verdad es que la gringa
no hablaba del todo así, como he dicho. Se conocía que era italiana,
y decía coven, trabaco... Pero eso no le hace. Al fin yo me
divertía y gozaba sin tener que pensar en nada. ¿Qué importa la habla
entonces? Yo también suelo ser fino cuando quiero -¡oh!, ¿y de no?-,
pero me gusta que todos me entiendan...
Bueno, pues: como las
cosas iban tan bien, me le animé a la gringa. Ya hacía tiempo que la
andaba pastoreando para eso, pero no hallaba cómo principiar la declaración
y me daba miedo de pegar una rodada... En fin, aquella tardecita me
dije: «Amigo Laucha» (yo también me he acostumbrado a lo de Laucha),
«amigo Laucha, lo que es de esta hecha, que no se te escape». Y así
fue nomás...
Cuando ya estábamos acabando
de comer, le busqué la vuelta y le dije:
-Conque desde que enviudó,
misia Carolina, ha estado solita... ¿solita y su alma?
Le hablé con la voz tembleque
y mirándola medio al soslayo.
-¡Hace más de un año!
-y suspiró la gringa.
Yo aproveché la bolada:
-¡Qué lástima, tan joven!
-y en seguida le soplé más despacito: -¡Y tan hermosa!
A la verdad, doña Carolina
no tenía entonces nada de fea, y era grande y gorda, como a mí me gustan,
puede ser por lo que soy así flacón y bajito.
-¡Qué quiere!, ¡así son
las cosas de la vida! -dijo suspirando otra vez, y como si no hubiese
oído el piropo-. Y sola y mi alma me he de morir, porque ¿quién me va
a querer a mí, vieja y fea como soy?...
La gringa había esperado
para retrucarme el cumplimiento, pero con toda baquía me dejaba un juego
lindazo para mis intenciones... y las de ella.
-¡Señora! -le contesté,
sobre el pucho y muy estirado-, usted está en una posición mejor que
la mía, que si no, y perdone el atrevimiento, yo me comprometería a
hacerla feliz, y que se olvidara del finadito. Y ¿sabe por qué?... porque
a gatas la vi, me fue muy simpática, y hoy ya la quiero de alma...
Doña Carolina se agachó
al plato, como para seguir comiendo; pero no comió, y al rato me dijo
despacio, como con miedo de que le hiciera caso a lo que me decía:
-No hablemos más de esas
cosas.
Yo me quedé callado, porque
no había para qué estirar mucho la prima, y era mejor pasar por corto
de genio... Ella fue la que habló primero, mientras estaba sirviendo
el postre...
-Cuénteme algo de lo suyo...
de su vida -me dijo-. Ya sabe que me gusta mucho oírlo hablar.
-¡Mi vida ha sido tan
triste hasta ahora, misia Carolina!... Puras penas nomás... He sufrido
mucho y no quisiera molestarla con mis recuerdos...
-Bueno -contestó medio
afligida-. No quiero que se vuelva a entristecer -y entusiasmándose,
siguió-: Ya no ha de pasar más penurias, porque no va a estar toda la
vida conmigo como un dependiente... Usté es trabajador, aunque
le gusta divertirse a veces... Lo voy a hacer entrar como socio:
ya sabe que en este boliche se gana platita. ¡Ya ve que todas las noches
saco treinta o treinta y cinco pesos del cajón, y hay, también, que
contar los fiados y las libretas... Pero, si usté mismo hace las bebidas,
que son lo más caro, tenemos que ganar mucho más.
-¡Así es, señora! -le
dije con los ojos como patacón.
-Dígame entonces lo que
necesita -siguió ella-, y yo le daré la plata para que se vaya a Chivilcoy,
o al mismo Buenos Aires, si es mejor, y se traiga todo...
-¡Mire, doña Carolina,
me hace llorar de buena que es! ¡Y créame que no favorece a un desagradecido!
E hice la farsa de limpiarme
los ojos con un pañuelo de seda celeste -¡ah criollo!- que ella me había
regalado en los primeros días y que tenía limpito y muy planchado. Después
seguí:
-¡Bueno, señora!, me iré
mañana mismo, si le parece, y con doscientos pesos haré el viaje y compraré
las cosas y las mixturas que me hacen falta. Y en un año, no habrá que
comprarle al indino del licorero más que la soda y la cerveza...
-¡Está bueno! Mañana mismo
irá.
Pensé acercármele al ver
que le brillaban los ojos, pero en seguida me pareció que quién sabe
si no corcoveaba...
Yo, al fin, soy un poco
corto de genio... ¡aunque no tanto!...
VII
Esa noche quedó arreglado
y convenido todo lo de la fabricación, y en buen camino las otras cosas,
que por lo visto no le habían disgustado mucho a la gringa. ¡Ah!, ¡me
olvidaba! También me dijo:
-Usté no tiene capital,
y aquí en el boliche hay un capitalito de unos pocos miles de pesos.
Pero haremos cuenta que la mitá es de usté, para no andar con embrollos.
Yo me largué contentísimo
al galpón, donde tenía mi cama; pero aunque era blandita, casi me pasé
toda la noche revolviéndome, sin poder pegar los ojos.
Pues en cuantito principió
a clarear, ya estaba con los huesos de punta y con todo aprontado para
el viaje...
Tomé unos cimarrones con
ño Cipriano, que dormía en la otra punta del galpón sobre unas pilchas
viejas, y con quien nos habíamos hecho amigazos. Cuando le conté lo
de la sociedad y el viaje, bailando de gusto, me dijo muy serio:
-Tenga mucho cuidau, paisano,
con lo qui hac'en la ciudá; no vay'a dejar qu'el asau si arda antes
de qu'esté en su punto. Usté va lejos, pero más lejos van las mujeres...
De puro desconfiadas y ladinas, cuand'uno va, ya están de güelta. No
se me descuide, y se me quede di a pie cuando ya está estribando.
Me hice el desentendido
y me reí, brindándole el mate que cebábamos una vez cada uno, a lo resero.
Después me levanté para irme.
-Bueno, hasta la vuelta,
amigo don Cipriano.
-Que le vaya bien y hasta
la güelta, mozo: no se tarde, que al güey lerdo... sabe...
Me fui a despedir de la
gringa que me dio tres o cuatro sacudones de manos, con los ojos aguachentos,
monté el sotreta overo que ya había ensillado, y con su galope de ratón
seguí hasta un almacén de al lado de la estación de Pago Chico. Ahí
dejé el mancarrón, muy recomendado, y me entretuve tomando unas cañitas,
porque todavía faltaba rato para el tren...
En Buenos Aires compré
etiquetas con todos los nombres y todas las marcas de las bebidas, corchos,
lacre, cápsulas de lata, esencias de todo, y unas damajuanas de aguardiente
muy fuerte, que es lo principal para los licores. No me olvidé tampoco
de los polvitos de anilina para dar color, ni de una punta de yerbas
y palos de droguería que necesitaba. Compré también por si acaso un
«Manual del Licorista», y sin perder tiempo, acordándome del buen consejo
de ño Cipriano, me volví a Pago Chico, y enderecé en seguida para la
esquina «La Polvadera», como le sabían decir a la casa de negocio.
No se me da la gana de
decirles cómo me recibió doña Carolina, pero les aseguro que no fue
mal... ¡No!, lo que es eso, ¡no!; hasta ahí no llegaba la broma todavía...
Bueno, pues, al otro día
mismo, ya me puse a hacer mis menjunjes, y de ahí salió anís, coñá,
ginebra, guindado, hasta vermú; rebajé todo el vino que había (dejando
unas damajuanas aparte para nuestro uso), le eché mucho aguardiente,
un poco de anilina, y de cada cuarterola alcancé a hacer más de dos,
como se lo había prometido a mi gringa. Y todavía me acuerdo que, entusiasmado
con el trabajo, hasta inventé licores, o más bien dicho, el color y
así hice caña de duraznos azul, ginebra amarilla como el oro, bíter
de naranja verde y colorado, y un licorcito muy dulce de vainilla, color
violeta claro, que los reseros sabían llevarle a la novia de regalo,
por lo rico, y sobre todo por lo lindo que era.
La cosa resultó magnífica,
y a los marchantes les gustaban más algunas bebidas hechas por mí que
las legítimas, puede ser que porque eran más fuertes. Y decían al pedirlas:
-¡Eh, mozo!, una caña...
de la que toma el patrón, ¡eh!
Carolina estaba muerta
de contenta, y un día me dijo:
-Usté tiene unas manos
de ángel (decía ánquel) y estamos ganando mucha plata. Y...
¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era un joven (coven)
como usté... Y ahora que lo conozco bien... ya le puedo prometer que...
que vamos a ser felices en todo sentido...
Yo no había vuelto a hablarle
del asunto serio, pero en todo aquel tiempo la miraba con ojos de carnero
degollado, ronciándola y pensando: «¡Ya has de caer!, ¡ya has de caer,
mi vida!», seguro de que no se me iba a escapar. Y todavía, haciéndome
el sonso, le salí con esta agachada:
-¿Qué quiere decirme,
señora, con felices en todo sentido?
La gringa se desentendió,
contestándome colorada:
-Conversaremos esta noche,
después de cerrar el negocio... Entonces le diré la contestación...
Yo hubiera bailado en
una pata, de puro contento.
Y efectivamente... Cuando
acabamos de comer, cerré la puerta de la ramada -que se cerraba por
afuera-, entré al negocio por la del patio, y me encontré a Carolina
que me estaba esperando.
-Ahora puede decirme -principié
despacito, para quitarle los últimos recelos.
Pero ya no había necesidad
de tantas historias.
-Bueno, conversemos -dijo
muy seria-. Pero antes digamé la verdad... ¿Usted se casaría conmigo?...
Le iba a contestar, pero
no me dejó.
-Soy un poco vieja y fea
-siguió con una especie de coqueteo que hoy me da risa-, pero lo quiero
mucho; y, como le dije hoy, podemos ser felices en todo sentido... La
cosa es, que hay que casarse, si no, ninte!
Yo nunca había pensado
en semejante cosa, pero comprendí que la gringa no iba a aflojar ni
por un queso, y conseguí ponerle buena cara.
-¡Oh, misia Carolina!
Nunca creí otra cosa, y casarme con usted será mi felicidad -le dije.
Se rió muy contenta, y
me dio la mano que me apretó mucho, con los ojos medio llorosos.
-¡Bueno, bueno! -siguió-.
Entonces yo le daré lo que quiera, y si no tiene inconveniente, mañana
mismo se va a Pago Chico, a comprar todo lo que haga falta para casarnos
en cuanto pasen las amonestaciones...
Y como para ensartarme
más de lo que estaba, dijo que el negocio no era más que una parte de
su fortunita, porque tenía un campito ahí cerca, arrendado a unos vascos,
unos pesitos puestos en Buenos Aires, en el Banco de Italia, y algunas
cositas más que yo vería después.
-¡Aunque no tuviera en
qué caerse muerta, misia Carolina! -le dije contentísimo-. ¡Sería lo
mismo para mí, y me casaría con usté inmediatamente!... ¡Sí! Mañana
mismo me voy al Pago, a hacer las compras, a ver al cura, a buscar los
padrinos, y mandarme hacer una ropita decente, porque no me he de casar
como un zaparrastroso.
Y agarrándola por la cintura,
como para bailar, le grité:
-¡Ya verás, m'hijita,
qué felices vamos a ser!...
Pero aunque el negocio
me conviniera mucho, yo no dejaba de tener un poco de vergüenza, por
las relaciones y la familia, que no iban a dejar de saber mi casamiento,
porque al fin y al cabo yo no soy un cualquiera, aunque
anduviese más pobre que las ratas... ¡Y se me ocurrió una idea
macanuda!
-Mirá, hijita -le dije
sobre el pucho-: como vos sos viuda y yo soy un poquito más joven, como
no tengo un real ni para remedio, fuera de lo que vos me das, será mejor
que tratemos de no dar que hablar a las lenguas largas: ya sabés lo
mala y enredadora que es la gente, sobre todo en Pago Chico. Casémonos,
pero sin fiesta, que para fiesta bastantes somos los dos...
-¿Y de ahí? -me preguntó
medio alarmada.
-¡Mirá! Arreglamos con
el cura Papagna la dispensa de las amonestaciones; viene aquí mismo,
nos casa, con algún vecino, o el mismo ño Cipriano, y una amiga de confianza,
de padrinos, y después, cuando todo el mundo sepa y se haya acostumbrado,
si se nos antoja podemos dar cuanta farra se nos dé la gana, sin que
nadie se ría de nosotros, ni ande con habladurías, ni levantadas...
-¡Hacé lo que querás!
-me dijo por fin la gringa, que estaba más contenta que cuzco recién
desatado-. Con tal de que nos case el cura, y nos eche la bendición
delante de los padrinos, a mí no me importa nada. ¡Hacé lo que querás!...
VIII
¡Pues, señor! Echo en
saco roto una punta de menudencias para contarles lo del cura, que es
realmente divertido, como que a mí mismo me dejó pasmado, y medio sonso,
aunque haya visto tantas cosas raras en la vida.
Este cura, que era un
napolitano cerrado de lo que no hay, hacía poco que estaba en el Pago,
pero por las mentas ya se había puesto riquísimo y pensaba irse pronto
a su tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el favor, ¿cómo puede ponerse rico
un cura en un pueblo de campo, aunque le lluevan las limosnas y le goteen
las velas para los santos y haga como el sacristán de Nuestra Señora
de la Estrella: «la mitá p'a mí, la mitá p'a ella»? Yo no creía, ni
muchos creían tampoco, que el cura Papagna estuviese regularón
siquiera; pero es que era un verdadero pillo, un gran canalla,
un fraile como no he visto otro en todas mis recorridas por esta tierra,
en que he hallado unos muy buenos, otros regular no más, y otros muy
malos... ¡No, lo que es como aquél!...
El cura Papagna era bajito,
gordinflón, muy narigueta, bastante canoso, con unas manos peludas y
como patas de carancho, pero más gruesas, ¡natural! Andaba siempre con
la sotana perdida de lamparones, y la barba sin afeitar de muchos días;
así es que parecía -y era- ¡un sucio! Yo no sé si han notado que hay
gente que se diría que no se afeita nunca; pero entonces, ¿cómo es que
siempre tienen cortos los pelitos de la barba?...
Bueno, pues, cuando salía
al campo, a casar y bautizar, iba en un bayo tan peludo y tan sucio
como él. Por el pueblo poco se le veía, sino en la misma iglesia y a
la hora de la misa, o cuando había rosario, novenas, o qué sé yo. Según
decían los comerciantes del Pago, nunca gastaba un cobre, y hasta vendía
las gallinitas y pollitos que le llevaban de regalo las beatas. Siempre
andaba llorando miseria aunque el cuerpo le destilara grasa por todos
lados. ¡Corrían unos cuentos de él!... Muchos vecinos se habían quejado
varias veces al arzobispo, no me acuerdo bien por qué, pero el arzobispo
se hizo la chancha renga, y el cura Papagna siguió tan suelto de cuerpo
en la parroquia, casando, bautizando, diciendo misa y predicando...
¡Vieran los sermones!... Eran cosa de perecer de risa. No se oían más
que las mentas de las barbaridades y bolazos que largaba medio en napolitano,
porque ni el italiano sabía bien. Cuando fui a hablar con él, estaba
en la sacristía, sentado cerca de una mesa mugrienta, con las manos
cruzadas sobre la barriga, redonda como un tremendo queso de bola.
-¿Qué vulite? -me preguntó.
-Yo, señor cura... venía...
venía porque me voy a casar...
-Va bene!, va bene! Songo
diechi nachonale... E un qui se ne casa?... Bisoña pagá antichipate
pei publicazione... amonestazione... A mushás é de acá?... ¡Eh!... vedite...
diechi nachonale é poca roba!
-¡Espere un poco, señor
cura!... Es que yo quisiera la, ¿cómo se dice?, ¡ah!, ¡sí!, la despensa
de las amonestaciones...
-Allora so tranta!
-Y que nos casara en casa
de la novia...
-Allora so sesanta...
Un pozo fá de meno.
-¡Oh!, por eso no importa,
señor cura: se le pagarán los sesenta pesos... Pero ¿cuándo nos podrá
casar?
-Cuanne vulite... ¿E qui
é á compromesa?
-¿La qué dice?
-La mushás...
-¡Ah! ¡Sí! Doña Carolina,
la viuda, ¿sabe? la de la pulpería de la Polvadera...
-Va bene, va bene.
Y el cura se quedó un
rato callado, como pensando. Después, medio riéndose, se levantó de
la silla, se me acercó, y agarrándome la solapa de la chapona, me dijo
despacito, como para que nadie lo pudiese oír, aunque no hubiese nadie
en la sacristía...
¡Ah! Como me parece que
alguno de ustedes no entiende el nápoli, lo voy a hacer hablar en Castilla.
-¿Pero usté quiere casarse
de veras?... ¿en el libro de la parroquia? -me dijo.
Al principio no entendí
lo que quería decirme y lo miré azorado.
-¿Por qué me dice eso?
-le pregunté por fin.
-¿Eh? -me contestó el
muy sinvergüenza-. Porque hay algunos que quieren casarse, sí, pero
que no les pongan el casamiento en el libro... Entonces, yo les hago
un certificado en un papel suelto, y se lo doy para que lo guarden.
Entonces... pero no va a decir nada, ¿eh?
-¡Qué esperanza, padre!
-¿De veras?
-¡Mire: por éstas!
-Entonces, si la mujer
es buena, ellos lo guardan; pero si no es buena, lo rompen y se mandan
mudar si quieren y la mujer no puede hacer nada, ¡eh!... Yo tengo permiso
para casar así, pero nadie tiene que saberlo, porque es un secreto de la Iglesia... y también es mucho más caro que el otro
casamiento...
¡Qué iba a tener permiso
el cura picarón! Era una historia que había inventado para far l'América,
y llenar pronto el bolsillo aunque se fuera al infierno derechito; tantas
ganas tenía de volverse a su tierra a comer pulenta y macarrones.
Pero, después de un rato...
la verdá... pensé que no sería malo casarse así, como él decía, aunque
nunca, ni menos entonces, se me había pasado por la cabeza engañar a
la gringa, tan buena y cariñosa... El diablo del cura me tentó, yo no
tenía la culpa, al fin y al cabo, y como lo que era por plata no había
que echarse atrás, porque Carolina tenía bastante, pisé el palito, me
pareció que ésa era una gran seguridad para mí, y le dije al cura:
-¿Y cuánto sería el gasto
de ese modo, padre Papagna?
-Trechento pesi.
-¿No puede ser algo menos?
-le pregunté, porque para rebajar siempre hay tiempo.
-¡Ni un chentavo!... Y
además, usté me va a jurar, por el santo Dios y la Santísima Virgen,
que no le va a decir nada a nadie, de mientras yo esté en cuest'América!...
-¡Qué quiere, padre! ¡No
puedo darle tanto! Y ni le pago, ni juro -añadí, para obligarlo a rebajar.
Él medio se me asustó,
y palmeándome el hombro, comenzó a ver si me amansaba. Pero no aflojé,
ni él tampoco, y así estuvimos un rato largo regateando. ¡Miren qué
negocio para regatear! ¡Hoy mismo me estoy haciendo cruces!... En fin,
cuando me dejó la cosa en ciento cincuenta pesos, le dije:
-Bueno, le pagaré y juraré
-pegándole una palmadita en la panza, porque ya le había perdido el
respeto. ¡Y de no!
Saqué el rollo que me
había dado Carolina y me puse a contar. ¡Le vieran los ojos al fraile!
¡Parecía que se quería tragar la plata!
Cuando le di los ciento
cincuenta, los agarró con sus uñas de carancho, de medio luto por la
mugre, los contó él también, y los volvió a contar. Se alzó la sotana
y se los metió bien al fondo del bolsillo del pantalón que
tenía debajo, como para que no se le escapasen.
¡Y qué agarrado! Mientras
estaba guardándolos, temblaba todo, como si fuera perlático. ¡Nunca
he visto cosa igual!... Después se sosegó un poco y me dijo:
-Bueno, ahora vamos a
jurar.
Me llevó a la iglesia
por la puerta de la sacristía, me hizo hincar enfrente del altar mayor,
y con mucha seriedad, principió:
-¿Jura por Dios y por
el Santísimo Sacramento y por la Santa Virgen, no decir nunca a nadie
cómo lo he casado, mientras yo esté en Pago Chico y en América?
-¡Sí, juro! -contesté
fuerte.
-¡Ponga la mano sobre
este libro, que es el Evangelio, y de esta cruz, y jure otra vez!...
Y si falta al juramento, ¡los diablos lo perseguirán en esta vida, y
lo harán arder en la otra!...
Puse la mano como él decía,
y volví a jurar.
-¡Bueno!, ahora levántese,
dígame cuándo quiere casarse, y se puede ir no más.
-Hoy es jueves. El lunes
a la noche, ¿no le parece?
-¡Beníssimo!; a la nove,
¿no?
-Muy bien... y ¿no tendremos
que confesamos?
-¡Eh!, ¡qué confesarnos,
ni confesarnos!... ¡para esta clase de casamiento no se prechisa!...
IX
Figúrense lo contento
que me iría a comprar los muebles, aunque hubiesen mermado tanto los
pesitos que me dio la gringa Carolina. Los gasté todos y todavía quedé
debiendo a nombre de la gringa, para pagar a los dos o tres meses; el
mueblero no tuvo inconveniente en fiarme, porque ya se sabía en el Pago
que yo era socio de la pulpería y algunos me la achacaban de querida
a la gringa. ¡La gente es tan mala!...
Bueno, pues, nos casamos
el lunes que habíamos dicho con el cura, y salieron de padrinos el viejo
ño Cipriano y una parda medio adivina que vivía en un ranchito cerca
del negocio, y siempre andaba descalza y de pañuelo colorado en la cabeza.
Carolina se había encajado
un gran traje de seda negra, con pollera de volados y bata de cadera,
y se había puesto una manteleta en la cabeza, que le pasaba por detrás
de las orejas y se ataba debajo de la barba, unas caravanas larguísimas
de oro que le zangoloteaban a los lados de la cara redonda y colorada,
y un tremendo medallón con el retrato del finadito, de medio cuerpo.
Después se puso el mío...
El cura, que fue en su
bayo peludo, sin sacristán ni nada, nos echó sus jerigonzas, en dos
minutos, hizo firmar la partida de casamiento, la firmó él también,
salió al patio conmigo, me dio el papel sin que nadie lo viera, montó
el sotreta, y se largó al trotecito para el pueblo, gritando:
-¡Eh! ¡que siano feliche!...
No se quedó a comer como
lo había invitado Carolina -y eso que era un gran tragaldabas-, seguramente
porque en el Pago no se fuera a maliciar la cosa del casorio falluto.
Pero se llevó un pollo
asado, una botella de Chianti y otras cositas más...
Carolina, que se pintaba
sola para esas cosas, había hecho una cenita de regular arriba, y los
cuatro -yo, ella, ño Cipriano y la parda- nos sentamos a comer y a chupar
en grande. ¡No, si era chacota!... El viejo se le prendió al vino como
guacho hambriento a leche recién ordeñada. La parda, de consiguiente.
Carolina se puso medio alegrona, y yo... ¡no les digo nada!... A los
postres, ño Cipriano, para rematar la fiesta, se le prendió a la caña
de durazno y soltando refranes y dando consejos, se mamó tan fiero,
que tuvimos que llevarlo al galpón entre los tres...
-¡Cosas de la vida! ¡Cosas
de la vida! -decía la parda, trastabillando, lagrimeando y babosa con
la tranca.
Al rato se enloqueció
del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo que quedar aquella
noche. Al otro día le dijo a Carolina que había soñado que un ángel
bajaba del cielo para venir a bendecirla a ella y a mí, y que ésa era seña segura de que íbamos a ser lo más felices. Que también soñó
que le regalaban unas gallinitas y un corte de vestido... ¡Miren la
parda ladina!
La gringa, de puro contenta,
porque yo no le había mezquinado aquella noche -y si no ¡juéguenle risa
no más! ¡después de andar galgueando tanto tiempo!-, le regaló efectivamente
las gallinas y el generito y hasta me parece que un par de pesos de
yapa, con lo que la parda se fue contentísima, blanqueándole los dientes
y relampagueándole los ojos.
Yo la atajé cerca del
palenque, para decirle que no fuera a decir nada del casamiento, que
tenía que ser cosa muy secreta.
-¿Y a quién l'he d'ecir
-me contestó-, si pronto voy a dirme del Pago!...
Y era verdad, porque a
los dos meses se fue.
Pero ¡miren lo que son
las cosas! Habíamos empezado tan bien cuando ¡zás-trás!, no faltó quien
viniera a descomponer el baile. En esta vida no hay fiesta completa.
Ño Cipriano, que dejamos
tumbado en el galpón, no aparecía aunque el sol ya estuviese alto.
Al principio no nos fijamos,
pero Carolina me preguntó de repente:
-¿Ché, lo has visto al
viejo?
-No, ¿y vos? -le contesté.
-Yo tampoco.
-Se habrá ido p'al arroyo
con los chanchos.
-¿Qué, no ves los chanchos
encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si no le ha pasado algo!...
-Estará durmiendo la mona;
pero, no le hace, vamos a ver.
Fuimos al galpón ¡y qué
les cuento!, nos encontramos al viejo ño Cipriano tendido panza arriba,
todo como acalambrado, con la cara color violeta, y frío, helao. Carolina,
asustada, comenzó a darle fletaciones, pero ¡qué caray! al
divino botón: el pobre viejo con la mamúa, había cantado para el carnero.
La gringa se me puso a llorar como una Magdalena.
-Pero ¿qué te da, hijita,
para llorar de ese modo? -le pregunté.
-Es que... ¡es que ño
Cipriano era tan bueno! Y además...
-Además, ¿qué?
-¡Que me parece que tenemos
que ser muy desgraciados! ¡Miren qué casamiento, con un difunto en la
casa, desde el primer día!...
-¡Bah!, ¡no seas pava!
-le dije, enojado-. Ño Cipriano estaba muy viejo, y cualquier día tenía
que estirar la pata... ¡Eso no quiere decir nada; ya sabés... muertos
no hablan!... ¡Y, fuera de eso, acordate de lo del ángel y no llorés,
sonsa!
Medio se calmó con lo
que le dije, pero ya quedó sentida para siempre, y asustadiza y tristona.
¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de agüerías!
Yo tuve que costearme
al pueblo, a avisar a la autoridad. A la tarde se presentaron el comisario
Barraba, el doctor Calvo, que era médico de policía, y dos milicos.
Después de mucho registrar y molernos a preguntas, de cómo había sido,
y cómo no, se llevaron a ño Cipriano en un carrito, para abrirlo y ver
de qué espichó, y me quedé solo con Carolina, todavía más triste y asustada.
-¡Lo van a achurar al
pobre!... ¡Qué desgracia!... ¡Maledetta sorte!
Y volvió a llorar a sollozos.
-¡Miren, la mujer tan
grande y tan pazguata!... Déjese de llanto, misia Carolina, que eso
es de criaturas -le dije en broma-. ¡Para lo que va a sufrir ño Cipriano
con que le anden adentro a estas horas! ¡Vaya!, vamos a tratar de divertirnos
un poco. Los muertos no quieren andar estorbando a los vivos, sino que
los dejen quietos. Récele si gusta, pero vamos a ver si comemos, ¡y
bien!
¿No les parece natural?
¡Natural!
Carolina se sosegó un
poco, fue a cocinar, comimos después de cerrar la pulpería, yo traté
de alegrarla con una punta de dichos y hasta milongas, y tempranito
no más nos acostamos... Desde el otro día, principió la vidorria y farra,
después de enterrar a ño Cipriano, que resultó bien muerto y sin culpa
de nadie.
Los amigos -y ya tenía
una punta- caían como moscas a
La Polvadera, y yo los obsequiaba lo mejor que podía.
Carolina se pasaba la
vida con las ollas y acomodando la casa. Nosotros, para matar el tiempo,
y menudeándole a las copas, armábamos jugarretas de truco y taba; después
hicimos riñas de gallos, y hasta dimos bailongos en el patio, entre
el palenque y la ramada.
En la taba y en las riñas,
el comisario -que me había dado permiso, aunque el juego estuviera prohibido
en toda la provincia- no se llevaba más que la mitad de la coima; así
es que todo me hubiera salido perfectamente, si no me da la loca por
jugar fuerte a mí también.
Como siempre perdía, Carolina
principió a rezongar.
-¡Ya decía yo, cuando
encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había de traer desgracia!
¡Ya todo empieza a andar mal! ¡Oh, Madona, Madona mía!
Y estos lloriqueos y rezongos
fueron empeorando, empeorando. La gringa echó un genio de la gran perra.
Se me quería imponer y teníamos un sinfín de peloteras; pero, ¡qué había
de poder conmigo, ni qué se iba a poner mis pantalones, que tengo tan
bien puestos!... ¡A cada zafarrancho yo, de gusto, lo hacía peor, cataba
una mona, y el vino de reserva era el que pagaba el pato!
Por consejo de un amigote,
y aunque rabiara la gringa, hice arreglar bien el camino real, en el
retazo que estaba frente a la Polvadera, que quedó parejito como un
billar. Y ahí no más armé carreras los domingos, también con permiso
del comisario Barraba, que sabía a veces presentarse a cobrar la coima
en persona, para que no hubiese barullo, ni peleas, decía.
¡Vieran qué lindas farras!
Los paisanos caían que era un gusto, y el beberaje y el fandango duraban
desde la mañana hasta ya anochecido, el cajón se nos llenaba de cobres,
y yo tenía negocio y diversión a un tiempo.
Pero compré un potrillo
zaino, parejero, y ésa fue mi perdición...
Una suerte perra me perseguía
sin darme alce. Agarraba una taba y ¡zas!, culo sin fallar una vez.
Al mus siempre había quien se desemporotora primero, y ¡a pagar! Al
truco, ¡parecía cosa del diablo!, los compañeros me embromaban con que era capaz de perder el envido con treinta
y tres de mano. Si cantaba flor, me echaban el contraflor el resto,
y si caía el bicho de parra, ya podía estar seguro de que el contrario
empacaba el de amansar locos para darme en el mate. Mis gallos, cuando
no me resultaban juidos, tenían que clavar el pico a las primeras de
cambio. «¡Pucha que había sido mulita, amigo!» -me sabían decir los
camaradas. Era una maldición, y yo, como es natural, me calentaba más
cada vez y buscaba el desquite como un toro furioso.
Y como de uvita a uvita
se acaba un parral, los pesos volaban que era un contento. Pero tenía
una gran esperanza, que era el potrillo zaino, lindo animal, fino de
patas, de pescuezo largo y cabeza chica, delgado, sin ni esto de barriga,
voluntario como él solo, y más manso que el overo rosado de Laguna.
Yo mismo le daba de comer, lo bañaba, lo rasqueteaba, y todas las mañanitas
salía a varearlo donde no me vieran. Y en unas cuantas largadas que
hicimos de balde y en secreto con unos amigos, el pingo resultó de mi
flor. ¡Qué parejero! ¡Con él no me habían de ganar ni por chiripa!
Carolina, a todo esto,
viendo que la plata se le iba como el agua de una tina sin arcos, comenzó
a armarme camorra peor que nunca.
-¡Así no podemos seguir!
¡Estás tirando todo lo que he ganado con mi trabaco, canalla!
-me decía medio rabiando, medio llorando.
Cuando me hacía enojar
mucho, yo gritaba también y más fuerte que ella.
-¡Dejame en paz! ¡Sos
una gringa de porra! ¡No me incomodés, que te puede costar muy caro!
¡Callate la boca, y más que ligero!, ¿eh?, ¿me has entendido?... ¡Si
no te callás, te va a pesar!
¡Era que entonces me acordaba
de lo del casamiento y del papel que me había dado el cura, pero sin
intención de largarla, pobrecita!...
Quiso esconder la plata,
pero, ¡por dónde no la iba a encontrar yo, cuando me entraban ganas
de echar una talladita al monte o hacer un truco de cuatro! Y Carolina,
al ver que se la había pispado, gritaba y maldecía
primero, y después se metía a llorar en un rincón.
-¡No es por la plata!,
¡no es por la plata! ¡Es que veo que no me querés y que no pensás en
mañana!
-Dejá, hijita -le contestaba
yo entonces, amansado por sus lloriqueos-. Ya verás cómo nos desquitamos.
¡No te aflijás, sonsa!, ¡si hemos de ser muy felices!
-¡Ah, Madona, Madona mía!
-suspiraba la gringa.
En cuanto creí que el
zaino estaba en punto de caramelo, me apronté a dar el gran golpe. Lo
había tenido tapado, como ya les dije, y no lo conocían más que dos
o tres amigos, que pensaban jugar fuerte a sus patas, y que no me iban
a descubrir ni por un queso.
Un domingo de madrugada
agarré y lo tusé desparejo, lo entrepelé, le llené la cola de barro
y abrojos y lo puse, en fin, que parecía el último matungo de una chacra
de gallegos. Después le puse un apero viejo, y encargué a un peón de
lo de Torres, que tenía comprado, que a la hora de las carreras cayese
montándolo a la pulpería. El peón se llevó el parejero.
-Hoy voy a correr con
el zaino -le dije a Carolina.
-Dejate de esas cosas
-me contestó-. ¡Qué carreras, ni carreras! El juego es la perdición
del cristiano.
-¡Esta vez estoy seguro
de ganar! Al zaino lo he puesto desconocido, lo van a tomar por un sotreta,
y ya verás la ponchada de pesos que nos ganamos.
-Prometeme, al menos -dijo
la gringa, aprovechándose al verme blandito-, prometeme, al menos, que
si de esta hecha perdés, no vas a volver a jugar.
-¡Mirá, por éstas! -le
contesté, besando la cruz de los dedos...
X
¡Qué quieren que les diga!
Principió a caer gente y La Polvadera se llenó como la misma plaza de
Pago Chico para un veinticinco de Mayo. Se largaron varias carreras.
Corrió el coperío, que no dábamos abasto para despachar. El paisanaje se calentaba ya de lo lindo, cuando llegó el
peón con mi zaino.
Había un tal Contreras,
que le tenía mucha fe a su crédito, un tordillo ligerón, es cierto,
pero no gran cosa. Mi parejero no tenía ni para empezar.
Contreras era diablón,
mal intencionado, peleador de alma atravesada, y jugaba platales que
se agenciaba no sé cómo: dicen que se los daba el pillo del escribano
Ferreiro, para que le guardara las espaldas, y para que asustara a sus
contrarios políticos... ¡con nada!, palizas y hasta puñaladas y tajos
si a mal no venía.
-¡Lindo su tordillo! -le
dije, eligiéndolo de ahijado, porque era hombre de meterle un cien y
es lo que me convenía-. ¡Lástima que se haya puesto tan gordo!
-¿Gordo?, ¡no embrome!
Está en carnes, compadre, y es capaz de tragarse al más pintau. Y eso,
que venimos de lejos...
¡Mentira! Hacía una semana
que lo tenía descansadito en el Pago, preparándolo.
-¡Bah! -le volví a decir
para calentarlo más-. En cuanto principian a echar panza...
Me miró riéndose para
que no le conocieran la rabia.
-¡No cargue, que no hay
quien lave, paisano! Si quiere verle la panza, tiene que ponerse antiojos.
Y, barrigón o no -siguió gritando-: ¿a ver quién es el mozo guapo que
quiere perder cien pesos?
Muchos se acercaron y
nos rodearon.
-En ese estau del caballo
-le contesté sobre el pucho, medio riéndome-, yo le corro con cualquier
maceta.
-¡Oiganlé! ¿Y con cuál?
-Con este zaino abrojudo,
sin ir más lejos. ¿Me lo empriesta, paisano?
-¡Cómo no! -contestó el
peón que lo había llevado-. ¡Corra no más!
Contreras miró con atención
el caballo, lo palmeó, lo hizo andar un poquito.
-Este mancarrón no es
lo que parece -me dijo-. ¡A mí con
l'uña! Pero... porque no se diga... le corro, ¡bah!
-¿Por los cien pesos?
-¡Y entonces!
-¡Depositemos!
-¿Depositemos? ¡Avise,
compadre! -rezongó, revolviéndose los ojos.
Yo, sabiendo que aquello
quería decir pelea, me callé la boca, desensillé el zaino, le puse bocado
y una jerguita, me saqué el saco y el chaleco, me hice una vincha con
un pañuelo colorado, y ¡ya estuvo!
El paisanaje, caliente,
jugaba a raja cincha. Muchos ofrecían doble a sencillo contra mi zaino.
Yo agarré una punta de paradas, y los amigos que sabían de la cosa,
de consiguiente.
El tiro era de dos cuadras.
Después de unas cuantas partidas, largamos y mi potrillo principió a
sacar su ventajita, primero la cabeza, después un pescuezo, después
medio cuerpo, ¡sin castigar! ¡Contreras venía a dos rebenques, lonja
y lonja!... Claro que el tordillo se le iba a aplastar, pero estaba
ciego de rabia con la fumada... Yo vi mía la carrera, y por no dar a
conocer todo el juego del animalito, lo llevaba sobre la rienda... Asimismo
saqué un cuerpo de ventaja, cuando ¡malhaya!, medio matando su tordillo,
Contreras me alcanza, le mete pierna al zaino, que rueda largándome
por las orejas y pasa como un refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!...
Por suerte yo caí parado,
pero, ¡vieran el avispero que se armó! El paisanaje gritaba, se insultaba,
hasta zangoloteaba al juez de la carrera... Salieron a relucir cuchillos,
y si no se mete el comisario Barraba, la cosa hubiera acabado mal.
Contreras volvía al tranquito,
golpeándose la boca, muy contento... ¡Me dio una rabia!...
En cuanto me alcanzó -yo
iba a juntarme con los otros frente a la pulpería, cabrestiando al zaino
rengo-, no pude más y grité:
-¡Canalla! ¡Tramposo,
sinvergüenza! Me has metido pierna, ¡hijuna gran!...
Ahí no más se tiró del
caballo pelando el fiyingo. Yo me eché atrás para desenvainar también.
A mí no me gustan mucho
esas cosas, ¿a qué decir? Soy bajito, bastante delgadón, no tengo gran
fuerza, y a más, no entiendo mucho de cuchillo. Pero el hombre me apuraba,
los paisanos habían corrido a ver, y había que hacer la pata ancha...
Me tiró dos puñaladas
que conseguí atajarme, mal que mal. ¡Pero las papas quemaban, compañeros!...
-A la larga no hay cotejo
-me gritaba Contreras, bailándome alrededor y con unas risitas calentadoras,
como chungueándome.
Yo ya me encomendaba a
la Virgen viendo la cosa mal parada, y el bárbaro aquel de seguro me
achura, si no llega Carolina, corriendo y chillando, hecha una loca,
y no sé cómo, con la desesperación, ¡seguro!, le arranca el cuchillo
de la mano.
-¡Y ustedes lo decan,
y ustedes lo decan! -les gritaba a los mirones.
Los gauchos nos rodearon,
desapartándonos, y recién entonces se acercó el comisario Barraba. Yo
había hecho la chambonada de no decirle la cosa del zaino, y él le jugó
al tordillo... ¡Se necesita andar en la mala!...
Contreras, y la mayor
parte de los paisanos, alegaban que el tordillo había ganado en buena
ley, y que la rodada fue porque el zaino mancarrón, flojo de patas,
no era para correr... El juez de la carrera se desgañitaba al cuete;
no le llevaban el apunte, ni a mí, ni a mis amigos tampoco.
-¡Que resuelva el señor
Comisario! -gritaron algunos, de repente.
-¡Sí, eso es!... ¡eso
es! -rebuznaron todos los que habían jugado al tordillo.
El gran pillo de Barraba
dio la sentencia:
-La carrera es legal.
¡Ha ganau Contreras!
Contra la fuerza no hay
resistencia.
-Pero, señor Comisario...
-principié.
-¡Callate y pelá! Tenés
que pagar a todo el mundo.
Y tuve que pagar no más,
calladito la boca, y ahí se me fueron
los últimos pesos guardaditos... ¡y hasta los del cajón del mostrador!...
Carolina me miraba con
los ojos saltones, y de veras que la cosa no era para menos.
-¡Mi alma!, ¡te debo la
vida! -le dije.
-¡Sí, sí! -contestó medio
llorando-. Pero no cugués, ¡no cugués más, por Dios!
-¡Sí, perdé cuidau!
Y me puse a despachar
copas y a chupar yo también, para olvidarme de tanta pena, y ¡qué quieren!,
el ginebrón me hizo boracear y empecé a las convidadas. ¡Miren qué momento
para darme corte!
-¡Eh, paisano, tomen lo
que gusten!
Y al ratito no más, dale,
otra vuelta y otra...
-¿Qué gustan servirse,
caballeros?
Carolina se había puesto
furiosa.
-¡Ma!... ¡Ma!... -me decía
atorada de rabia.
-La patrona está llamando
a la mama -decía un paisano.
-¡O a la ma... múa del
patrón! -retrucó otro.
¡Después, nunca me pude
acordar! Creo que hubo payada y baile, y que repartí cuanto había de
comer y de chupar en la casa.
Lo cierto es que la pulpería
quedó tecleando. Pero también, ¡qué farra!
A la otra mañana, me encontré
tirado en un zanjón que había junto al palenque. Se me está haciendo
que allí dormía, pero no sé cómo fui a parar a semejante cama. ¡Cuando
uno agarra uno de esos de P. P. y W.!...
La gringa estaba encerrada
en su cuarto, y no me quería abrir ni a cañón, y según me dijo después,
se había pasado la noche llorando desesperada. Cuando conseguí que me
abriera, tanto lloró y suplicó, que me ablandé, y le prometí que aquella
era la última vez, y le dije que me iba a poner a trabajar
de veras, como un burro si era necesario, para desquitarnos de todo
lo que habíamos perdido, sin volver a pensar en jugar, ni en gallos,
ni en carreras.
-¿Te crés que m'he olvidar
que te debo la vida? -le dije-; porque si no sos vos, ¡Contreras me
achuraba!...
Pero el hombre propone
y Dios dispone...
¡Bueno! ¿y qué hay con
eso? Me parece que no hay que asustarse por tan poco... Yo no soy el
primero que haya olvidado sus juramentos por seguir sus gustos. Ni el
último, tampoco... Así es el hombre, caballeros, y hasta el más pintado,
si no es un hipócrita, confesará que ha sabido olvidarse muchas veces
de sus buenas intenciones -de las que no había desembuchado por lo menos-,
para dar satisfacción a lo que le tiraba más.
Esto es sin vuelta. Lo
que hay, es que algunos saben pararse a tiempo, o tienen maña o baquía
para hacer lo que les da la gana, a lo mosca muerta, sin que nadie diga
nada. ¡No, y de no!
Unos juegan y se maman
en los club, sin dar que hablar, y pelean en los duelos, a vista y paciencia
de los policianos, y hacen lo mismo que hice yo, y peor, que, como ellos
lo hacen no parece tan malo y nadie les saca el cuero...
En fin, ¡qué tanto servir
a usted p'a decir cómo le va! El caso es, que el droguis y la jugarreta,
me volvieron a agarrar de lo lindo, y como, de sonso, sabía jugar bastante
en trinquis, ¡todo el mundo me aprovechaba como a una criatura! Así
se fue, detrás de la platita guardada, el campito de Carolina. ¡Pero
qué agarrada la de ese día, santo Dios! La gringa -¿querrán creer?-
hasta me arañó la cara, que anduve una punta de días medio cebrunos...
-¡Mirá, gringa! -le grité-.
¡No sabés lo que hacés! ¡El día menos pensado, ya verás!...
Le iba a soltar lo de
que no estábamos casados, pero caí en la cuenta de que con la rabia
era capaz de no firmar la escritura y hasta de echarme de la pulpería...
y ¡como un poste!
-¡Si yo hubiera sabido!
-gritaba la gringa-. ¡Si yo hubiera sabido! porca la...
Y se agarraba de los pelos.
Pero firmó...
¿A qué decirles que los
pesos del Banco de Italia ya se habían ido por un camino? Quedaba la
pulpería... pero casi tan pelada como la misma palma de la mano... ni
un frasco, ni una pilcha. Yo me preguntaba muchas
veces cómo se lo había llevado todo pateta, sin atinar con tanto bochinche,
hasta que caí en la cuenta de que la Carolina, con sus lloriqueos y
rabietas al botón, descuidaba el negocio y lo dejaba ir barranca abajo...
Entonces quise remediar
yo solo las cosas, compré mucho al fiado, y principié a medio querer
arreglar el boliche... Pero, la verdad: el ginebrón y las barajas, con
la yapa de la taba y de los gallos, hicieron que de repente comenzaran
a llover demandas y más demandas, toda una papelería. El alguacil no
hacía más que viajar del Pago a La Polvadera, como conchabado... Y no
teníamos adónde buscar madre que nos envolviera ¡ni el zaino, que de
la rodada quedó manco del encuentro!... Entonces me acordé de lo que
sabía decir el viejo ño Cipriano:
-¿Ande irá el guay, que
nu are?
La desgracia me había
perseguido siempre; ¿por qué me había de dejar entonces?
Carolina comprendió que
estábamos más fregados que unos atorrantes, que nos iban a vender la
pulpería para cobrarse, que no nos quedaba ni un cobre, y un día, me
armó una zafacoca. ¡Cristo santo!, ¡ni me quiero acordar!... Cebada
con lo de los arañones, hasta agarró un palo, y principió a darme de
garrotazos... ¡Como que éstas son cruces! ¡Una paliza!... ¡A mí!...
Yo, ¡qué quieren!, pelé
el cuchillo, naturalmente sin intención de lastimarla; y sólo cuando
me vio con él en la mano, se me separó, pero saltándole los ojos, y
echando espuma por la boca. ¡Nunca la había visto tan rabiosa!... ¡Parecía
una tigra!...
-¡Canalla! ¡Bandido! ¡Ladrón!...
¿De ese modo te acordás que me debés la vida? Devolveme mi plata, ¡birbante,
canaglia!
Y yo, ¿cómo iba a dejar
que siguiera diciéndome esas cosas, y hasta zurrándome como a una criatura?
-¡Mirá, Carolina! -le
dije sin soltar el cuchillo-. Yo ahora me mando mudar y para siempre,
¿entendés? ¡Ya no te puedo aguantar más!
Se le cambió la cara,
pero todavía siguió gritando e insultándome.
-¡Qué! ¿Te pensás ir?
¡Madona!, ¡después de haberme dejado desnuda y en la calle, canalla,
sinvergüenza, ladrón! ¡Ah, no, per Dio! Sos mi marido, y tenés
que quedarte aquí, a trabacar como yo, porca la...
Yo me reía a carcajadas.
-¿Y quién te ha dicho
que soy tu marido? -le dije-. ¡Pues no hay tal! No sos más que mi querida.
-¡Mentís, canalla!
-¿Que es mentira? ¡Sí!,
andá, preguntaseló al cura y verás...
-El cura Papagna...
-¡Qué!, tu nápolis se
ha ido hace un mes a mangiar macaroni en tu tierra... Andá,
preguntáselo al nuevo, si hay apunte de tu casamiento en la iglesia...
Me miraba con tamaña boca
abierta, sin querer creer lo que decía... De repente le pareció que
debía ser cierto... Asustada, desesperada, loca, salió corriendo. Vi
que se largaba a pie camino del Pago, en cabeza, con la ropa de entre
casa... Seguro que iría a averiguar...
Yo saqué los pocos pesos
que por casualidad había en el cajón, ensillé el maceta, ¡y si te he
visto no me acuerdo! Agarré para otro lado, después de hacer pedazos
el papel de Papagna, muy tranquilo y segurito de que no me iban a perseguir...
¡Qué!, ¿y se afligen por tan poco?... Pero fijensé, y verán que era
muchísimo mejor para mí... y también para Carolina...
¿Que si tengo noticias?
Sí. Ayer supe que estaba perfectamente: de enfermera en el hospital
del Pago.
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El
Autor de la Semana ©
1996-2001
Facultad de Ciencias Sociales - Universidad
de Chile
Selección y edición de Textos: Oscar
E. Aguilera F.
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