UNIVERSIDAD DE CHILE - FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES
Robert Louis Stevenson
IV
EL ASESINATO DE CAREW
Casi un año después de los hechos anteriores, en el mes de octubre del año 18..., Londres se sobresaltó al enterarse de un crimen de extraordinaria ferocidad y que llamó aún más la atención por la posición elevada que ocupaba la víctima. Los detalles que se poseían eran pocos y sorprendentes.
Una criada de servicio, que vivía sola en una casa situada no lejos del río, subió al piso de arriba a eso de las once para acostarse. Aunque en las horas de la madrugada se extendió la niebla por la ciudad, la primera parte de la noche había sido serena y sin nubes, y una luna llena iluminaba brillantemente el camino, sobre el que daba la ventana del cuarto de dicha doncella. Parece que esta era dada a lo romántico, porque se sentó encima de un baúl que tenía bajo el repecho de la ventana y permaneció allí, absorta en sus ensueños. Al narrar entre un torrente de lágrimas el hecho, aseguraba que jamás se había sentido más en paz con los hombres, ni había pensado en el mundo con espíritu más cariñoso. Estando así sentada, se dio cuenta de que por el camino se acercaba un apuesto caballero entrado en años y que, en sentido contrario al suyo, venía un caballero de corta estatura y al que ella apenas prestó atención al principio.
Cuando ambos caballeros se acercaron lo suficiente para dirigirse la palabra —y esto ocurrió precisamente bajo los ojos de la doncella—, el anciano hizo una inclinación y se aproximó al otro con muestras de la más rendida cortesía. No parecía que lo que le preguntaba fuese cosa de importancia; a juzgar por la manera que tuvo varias veces de señalar, se habría dicho que le pedía que le orientara en su camino; la luna le daba en la cara y la doncella lo contemplaba con un sentimiento de placer; aquellas facciones parecían respirar inocencia y una amabilidad de tiempos antiguos, pero también denotaban elevación, propia de quien tiene razones para sentirse satisfecho de si mismo.
Poco después, la doncella se fijo en el otro personaje y quedó sorprendida al reconocer en el mismo a cierto Mr. Hyde, que había hecho en determinada ocasión una visita a su amo y por el que ella había concebido un sentimiento de repulsión. Este personaje empuñaba un pesado bastón y jugueteaba con el mismo; no contestó una sola palabra y daba señales de estar escuchando con impaciencia lo que el otro hablaba. Pero de pronto estalló en un arrebato de ira furiosa, golpeando el suelo con el pie, blandió el bastón y se condujo como un loco —según lo que la doncella decía—. El caballero anciano retrocedió un paso, con aspecto de persona muy sorprendida y algo molesta, y entonces Mr. Hyde perdió los estribos y lo apaleó hasta derribarlo al suelo. Acto seguido, con furia de mono enloquecido, pateó a la víctima en el suelo y descargó sobre la misma una avalancha de golpes; eran éstos tan violentos que se oían los crujidos de los huesos al romperse y el cuerpo saltaba de un lado al otro del camino. Horrorizada con lo que estaba viendo y oyendo, la doncella se desmayó.
Eran las dos de la mañana cuando volvió en si y pidió socorro a la policía. Hacia largo rato que el asesino había desaparecido, pero la víctima seguía allí, en mitad del camino, increíblemente destrozada. El bastón con el que había consumado el hecho era de una madera rara, muy dura y pesada, y a pesar de eso se había roto por el medio, a causa de la violencia a que lo había sometido aquella insensata crueldad; una de las mitades, astillada, había rodado hasta el otro yo de la carretera; la otra se la había llevado seguramente el asesino en su huida. Se le encontraron a la víctima un monedero y un reloj de oro; no llevaba encima tarjetas, ni más papeles que un sobre sellado y franqueado que llevaba probablemente al correo y sobre el cual se leía la dirección de Mr. Utterson.
Este sobre fue llevado a la mañana siguiente al abogado, cuando todavía estaba en la cama; apenas lo vio y apenas le contaron las circunstancias del caso, Mr. Utterson exclamó solemnemente:
—No diré una sola palabra hasta que haya visto el cadáver; este asunto podría tener consecuencias muy graves. Tengan la amabilidad de esperar mientras me visto.
La seriedad de su expresión no cedió un instante mientras desayunaba precipitadamente y se dirigía en coche a la comisaría a la que había sido llevado el cadáver. No bien entró en el cuarto donde éste yacía, hizo una señal afirmativa con la cabeza y dijo:
—Sí, lo reconozco. Mucho me duele decir que el muerto es sir Danvers Carew.
—¡Santo Dios, señor mío! ¿Es posible? —exclamó el funcionario; e inmediatamente sus ojos se iluminaron con un acceso de ambición profesional—. Esto va a levantar mucho ruido y quizá usted nos pueda ayudar a dar con el criminal.
Le contó brevemente cuanto había dicho la doncella y le mostró el trozo roto del bastón.
Al oír el nombre de Hyde, Mr. Uttetson había sentido un encogimiento de miedo, pero cuando le mostraron el bastón ya no pudo dudar aunque estaba roto y lleno de golpes, lo identificó como uno que años atrás el mismo había regalado a Henry Jekyll.
—¿Es el señor Hyde un individuo de corta estatura? —preguntó.
—De estatura singularmente pequeña y de aspecto singularmente malvado, eso es lo que dice la doncella —contestó el funcionario.
Mr. Utterson meditó; luego alzó la cabeza y dijo:
—Si quiere subir a mi coche, creo que podré llevarle a su domicilio.
Serian para entonces las nueve de la mañana y Londres estaba envuelto en la primera niebla espesa de la estación. Se extendía por el cielo una inmensa cortina de color chocolate, pero el viento cargaba sobre aquellos vapores formados en orden de batalla y los destrozaba. Por eso pudo observar Utterson, mientras el carruaje avanzaba a paso lento por las calles, una maravillosa sucesión de matices y tonalidades de luz aquí reinaba una oscuridad propia de noche cerrada, allí, una luminosidad vivísima, intensa, como el estallido de un incendio; mas allá la niebla quedaba un instante desgarrada y entre los remolinos de la misma penetraba bruscamente, como un dardo, la luz temerosa del día. El triste barrio del Soho, visto ahora por el abogado con aquella luz cambiante con sus calles fangosas, sus transeúntes desaseados y sus faroles, que no habían sido apagados, o habían sido encendidos de nuevo para hacer frente a aquella invasión de tinieblas, se le representaba como un distrito de alguna ciudad de pesadilla. También sus pensamientos eran lóbregos; y cuando ponía los ojos en la otra persona que ahora iba en su coche, sentía como si le invadiese el terror de la ley y de sus funcionarios, que asaltaba a veces aún a las personas más honradas.
Cuando el coche se detuvo delante de la casa cuya dirección le había sido dada la niebla se levantó un poco y el abogado vio una calle sucia, una taberna, un mísero restaurante francés, una tienda en que se vendía infinidad de cosas a penique y ensaladas a dos peniques, muchos niños harapientos amontonados en los quicios de las puertas y muchas mujeres de distintas nacionalidades que iban y venían con la llave en la mano para tomarse el vaso de la mañana pero a los pocos instantes la niebla volvió a cerrar sobre aquel escenario, cubriéndolo de un velo tan marrón como la tierra umbría, dejándolo aislado de aquellos alrededores miserables.
Allí tenía su domicilio el favorito de Henry Jekyll, allí tenia su domicilio un hombre que había de heredar un cuarto de millón de libras esterlinas.
Una vieja de cara amarillenta y cabellos de plata les abrió la puerta. Su rostro expresaba maldad difuminada por la hipocresía, pero sus maneras fueron completamente correctas. Contestó que sí, que aquella era la casa de Mr. Hyde pero que no se encontraba en ella; había llegado a una hora muy avanzada de la noche, pero había vuelto a salir antes de que transcurriese una hora, cosa que no tenia nada de particular porque era hombre de costumbres muy irregulares y se ausentaba de casa con mucha frecuencia, por ejemplo, llevaba casi dos meses sin verlo hasta la noche anterior.
—Perfectamente; en ese caso deseamos examinar sus habitaciones —empezó a decir el abogado y, al oírle decir a la mujer que aquello era imposible, agregó—: Será mejor que le diga que este señor que me acompaña es el inspector Newcomen, de Scotland Yard.
—¡Vaya! Se ha metido en líos, ¿verdad? ¿Que es lo que ha hecho?
Mr. Utterson y el policía cambiaron una mirada y este último dijo:
—Por lo que veo, no goza de grandes simpatías. Y ahora, mi buena señora, permita que este caballero y yo echemos un vistazo a la casa.
Mr. Hyde sólo había hecho uso de dos habitaciones en toda la casa y por lo visto no había en ella nadie más que la anciana.
Había una despensa llena de vinos; la vajilla era de plata, la mantelería elegante; colgaba de la pared un bello cuadro, que Utterson supuso que seria un regalo de Henry Jekyll, bastante entendido en cuestiones de pintura, las alfombras eran muy tupidas y de colores armoniosos. Sin embargo, en aquel momento las habitaciones mostraban claras señales de haber sido revueltas hacia poco y precipitadamente; se veían por el suelo prendas de vestir con los bolsillos vueltos hacia fuera; cajones que se cerraban con llave estaban ahora abiertos de par en par; había en el hogar un montón de cenizas grises, como si hubiesen quemado en él una gran cantidad de papeles. El inspector desenterró de entre aquellas cenizas el extremo de un talonario verde de cheques que había resistido a la acción del fuego; encontraron detrás de la puerta la otra mitad del bastón y, como todo ello afianzaba sus sospechas, el inspector se declaró encantado. Su satisfacción fue completa cuando, al hacer una visita al Banco, descubrieron que el asesino tenía allí un saldo a su favor de varios miles de libras. Y dijo a Mr. Utterson:
—Puede contar con que lo tengo ya en mis manos. Ha debido perder la cabeza, porque de lo contrario por nada del mundo habría dejado ahí el medio bastón y, sobre todo, no habría quemado el libro de cheques. Sin dinero no puede vivir. Todo lo que nos queda por hacer es mantenernos al acecho en su Banco y anunciar la captura.
Pero la cosa no fue tan fácil de realizar; porque eran pocas las personas familiarizadas con Mr. Hyde (el amo mismo de la doncella sólo lo había visto dos veces); no hubo manera de descubrirle parientes; jamás se había retratado; las pocas personas capaces de hacer una descripción del mismo diferían mucho entre ellas, como suele ocurrir a la mayoría de la gente. Sólo en un punto coincidían: en que el fugitivo dejaba en cuantos lo veían una sensación inquietante de cosa deforme, aunque sin poder señalar concretamente la deformidad.
Textos
El Autor de la Semana © 1996-2001
Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de Chile
Selección y edición de Textos: Oscar E. Aguilera F.