Primera
Parte
Un
viaje a Liliput
Capítulo
1
El
autor da algunas referencias de sí y de su familia y de sus primeras
inclinaciones a viajar. Naufraga, se salva a nado y toma tierra en el
país de Liliput, donde es hecho prisionero e internado...
Mi
padre tenía una pequeña hacienda en Nottinghamshire. De
cinco hijos, yo era el tercero. Me mandó al Colegio Emanuel,
de Cambridge, teniendo yo catorce años, y allí residí
tres, seriamente aplicado a mis estudios; pero como mi sostenimiento,
aun siendo mi pensión muy corta, representaba una carga demasiado
grande para una tan reducida fortuna, entré de aprendiz con míster
James Bates, eminente cirujano de Londres, con quien estuve cuatro años,
y con pequeñas cantidades que mi padre me enviaba de vez en cuando
fuí aprendiendo navegación y otras partes de las Matemáticas,
útiles a quien ha de viajar, pues siempre creí que, más
tarde o más temprano, viajar sería mi suerte. Cuando dejé
a míster Bates, volví al lado de mi padre; allí,
con su ayuda, la de mi tío Juan y la de algún otro pariente,
conseguí cuarenta libras y la promesa de treinta al año
para mi sostenimiento en Leida. En este último punto estudié
Física dos años y siete meses, seguro de que me sería
útil en largas travesías.
Poco
después de mi regreso de Leida, por recomendación de mi
buen maestro míster Bates, me coloqué de médico
en el Swallow, barco mandado por el capitán Abraham
Panell, con quien en tres años y medio hice un viaje o dos a
Oriente y varios a otros puntos. Al volver decidí establecerme
en Londres, propósito en que me animó míster Bates,
mi maestro, por quien fuí recomendado a algunos clientes. Alquilé
parte de una casa pequeña en la Old Jewry; y como me aconsejasen
tomar estado, me casé con mistress Mary Burton, hija segunda
de míster Edmund Burton, vendedor de medias de Newgate Street,
y con ella recibí cuatrocientas libras como dote.
Pero
como mi buen maestro Bates murió dos años después,
y yo tenía pocos amigos, empezó a decaer mi negocio; porque
mi conciencia me impedía imitar la mala práctica de tantos
y tantos entre mis colegas. Así, consulté con mi mujer
y con algún amigo, y determiné volverme al mar. Fui médico
sucesivamente en dos barcos y durante seis años hice varios viajes
a las Indias Orientales y Occidentales, lo cual me permitió aumentar
algo mi fortuna. Empleaba mis horas de ocio en leer a los mejores autores
antiguos y modernos, y a este propósito siempre llevaba buen
repuesto de libros conmigo; y cuando desembarcábamos, en observar
las costumbres e inclinaciones de los naturales, así como en
aprender su lengua, para lo que me daba gran facilidad la firmeza de
mi memoria.
El
último de estos viajes no fue muy afortunado; me aburrí
del mar y quise quedarme en casa con mi mujer y demás familia.
Me trasladé de la Old Jewry a Fatter Lane y de aquí a
Wapping, esperando encontrar clientela entre los marineros; pero no
me salieron las cuentas. Llevaba tres años de aguardar que cambiaran
las cosas, cuando acepté un ventajoso ofrecimiento del capitán
William Pritchard, patrón del Antelope, que iba a emprender
un viaje al mar del Sur. Nos hicimos a la mar en Bristol el 4 de mayo
de 1699, y la travesía al principio fue muy próspera.
No
sería oportuno, por varias razones, molestar al lector con los
detalles de nuestras aventuras en aquellas aguas. Baste decirle que
en la travesía a las Indias Orientales fuimos arrojados por una
violenta tempestad al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según
observaciones, nos encontrábamos a treinta grados, dos minutos
de latitud Sur. De nuestra tripulación murieron doce hombres,
a causa del trabajo excesivo y la mala alimentación, y el resto
se encontraba en situación deplorable. El 15 de noviembre, que
es el principio del verano en aquellas regiones, los marineros columbraron
entre la espesa niebla que reinaba una roca a obra de medio cable de
distancia del barco; pero el viento era tan fuerte, que no pudimos evitar
que nos arrastrase y estrellase contra ella al momento. Seis tripulantes,
yo entre ellos, que habíamos lanzado el bote a la mar, maniobramos
para apartarnos del barco y de la roca. Remamos, según mi cálculo,
unas tres leguas, hasta que nos fue imposible seguir, exhaustos como
estábamos ya por el esfuerzo sostenido mientras estuvimos en
el barco. Así, que nos entregamos a merced de las olas, y al
cabo de una media hora una violenta ráfaga del Norte volcó
la barca. Lo que fuera de mis compañeros del bote, como de aquellos
que se salvasen en la roca o de los que quedaran en el buque, nada puedo
decir; pero supongo que perecerían todos. En cuanto a mí,
nadé a la ventura, empujado por viento y marea. A menudo alargaba
las piernas hacia abajo, sin encontrar fondo; pero cuando estaba casi
agotado y me era imposible luchar más, hice pie. Por entonces
la tormenta había amainado mucho.
El
declive era tan pequeño, que anduve cerca de una milla para llegar
a la playa, lo que conseguí, según mi cuenta, a eso de
las ocho de la noche. Avancé después tierra adentro cerca
de media milla, sin descubrir señal alguna de casas ni habitantes;
caso de haberlos, yo estaba en tan miserable condición que no
podía advertirlo. Me encontraba cansado en extremo, y con esto,
más lo caluroso del tiempo y la media pinta de aguardiente que
me había bebido al abandonar el barco, sentí que me ganaba
el sueño. Me tendí en la hierba, que era muy corta y suave,
y dormí más profundamente que recordaba haber dormido
en mi vida, y durante unas nueve horas, según pude ver, pues
al despertarme amanecía. Intenté levantarme, pero no pude
moverme; me había echado de espaldas y me encontraba los brazos
y las piernas fuertemente amarrados a ambos lados del terreno, y mi
cabello, largo y fuerte, atado del mismo modo. Asimismo, sentía
varias delgadas ligaduras que me cruzaban el cuerpo desde debajo de
los brazos hasta los muslos. Soló podía mirar hacia arriba;
el sol empezaba a calentar y su luz me ofendía los ojos. Oía
yo a mi alrededor un ruido confuso; pero la postura en que yacía
solamente me dejaba ver el cielo. Al poco tiempo sentí moverse
sobre mi pierna izquierda algo vivo, que, avanzando lentamente, me pasó
sobre el pecho y me llegó casi hasta la barbilla; forzando la
mirada hacia abajo cuanto pude, advertí que se trataba de una
criatura humana cuya altura no llegaba a seis pulgadas, con arco y flecha
en las manos y carcaj a la espalda. En tanto, sentí que lo menos
cuarenta de la misma especie, según mis conjeturas, seguían
al primero. Estaba yo en extremo asombrado, y rugí tan fuerte,
que todos ellos huyeron hacia atrás con terror; algunos, según
me dijeron después, resultaron heridos de las caídas que
sufrieron al saltar de mis costados a la arena. No obstante, volvieron
pronto, y uno de ellos, que se arriesgó hasta el punto de mirarme
de lleno la cara, levantando los brazos y los ojos con extremos de admiración,
exclamó con una voz chillona, aunque bien distinta: Hekinah
degul. Los demás repitieron las mismas palabras varias veces;
pero yo entonces no sabía lo que querían decir. El lector
me creerá si le digo que este rato fue para mí de gran
molestia. Finalmente, luchando por libertarme, tuve la fortuna de romper
los cordeles y arrancar las estaquillas que me sujetaban a tierra el
brazo izquierdo -pues llevándomelo sobre la cara descubrí
el arbitrio de que se habían valido para atarme-, y al mismo
tiempo, con un fuerte tirón que me produjo grandes dolores, aflojé
algo las cuerdecillas que me sujetaban los cabellos por el lado izquierdo,
de modo que pude volver la cabeza unas dos pulgadas. Pero aquellas criaturas
huyeron otra vez antes de que yo pudiera atraparlas.
Sucedido
esto, se produjo un enorme vocerío en tono agudísimo,
y cuando hubo cesado, oí que uno gritaba con gran fuerza: Tolpo
phonac. Al instante sentí más de cien flechas
descargadas contra mi mano izquierda, que me pinchaban como otras tantas
agujas; y además hicieron otra descarga al aire, al modo en que
en Europa lanzamos por elevación las bombas, de la cual muchas
flechas me cayeron sobre el cuerpo -por lo que supongo, aunque yo no
las noté- y algunas en la cara, que yo me apresuré a cubrirme
con la mano izquierda. Cuando pasó este chaparrón de flechas
oí lamentaciones de aflicción y sentimiento; y hacía
yo nuevos esfuerzos por desatarme, cuando me largaron otra andanada
mayor que la primera, y algunos, armados de lanzas, intentaron pincharme
en los costados. Por fortuna, llevaba un chaleco de ante que no pudieron
atravesar.
Juzgué
el partido más prudente estarme quieto acostado; y era mi designio
permanecer así hasta la noche, cuando, con la mano izquierda
ya desatada, podría libertarme fácilmente. En cuanto a
los habitantes, tenía razones para creer que yo sería
suficiente adversario para el mayor ejército que pudieran arrojar
sobre mí, si todos ellos eran del tamaño de los que yo
había visto. Pero la suerte dispuso de mí en otro modo.
Cuando la gente observó que me estaba quieto, ya no disparó
más flechas; pero por el ruido que oía conocí que
la multitud había aumentado, y a unas cuatro yardas de mí,
hacia mi oreja derecha, oí por más de una hora un golpear
como de gentes que trabajasen. Volviendo la cabeza en esta dirección
tanto cuanto me lo permitían las estaquillas y los cordeles,
vi un tablado que levantaba de la tierra cosa de pie y medio, capaz
para sostener a cuatro de los naturales, con dos o tres escaleras de
mano para subir; desde allí, uno de ellos, que parecía
persona de calidad, pronunció un largo discurso, del que yo no
comprendí una sílaba.
Olvidaba
consignar que esta persona principal, antes de comenzar su oración,
exclamó tres veces: Langro dehul san. (Estas palabras
y las anteriores me fueron después repetidas y explicadas.) Inmediatamente
después, unos cincuenta moradores se llegaron a mí y cortaron
las cuerdas que me sujetaban al lado izquierdo de la cabeza, gracias
a lo cual pude volverme a la derecha y observar la persona y el ademán
del que iba a hablar. Parecía el tal de mediana edad y más
alto que cualquiera de los otros tres que le acompañaban, de
los cuales uno era un paje que le sostenía la cola, y aparentaba
ser algo mayor que mi dedo medio, y los otros dos estaban de pie, uno
a cada lado, dándole asistencia. Accionaba como un consumado
orador y pude distinguir en su discurso muchos períodos de amenaza
y otros de promesas, piedad y cortesía. Yo contesté en
pocas palabras, pero del modo más sumiso, alzando la mano izquierda,
y los ojos hacia el sol, como quien lo pone por testigo; y como estaba
casi muerto de hambre, pues no había probado bocado desde muchas
horas antes de dejar el buque, sentí con tal rigor las demandas
de la Naturaleza, que no pude dejar de mostrar mi impaciencia -quizá
contraviniendo las estrictas reglas del buen tono -llevándome
el dedo repetidamente a la boca para dar a entender que necesitaba alimento.
El hurgo -así llaman ellos a los grandes señores, según
supe después- me comprendió muy bien. Bajó del
tablado y ordenó que se apoyasen en mis costados varias escaleras;
más de un centenar de habitantes subieron por ellas y caminaron
hacia mi boca cargados con cestas llenas de carne, que habían
sido dispuestas y enviadas allí por orden del rey a la primera
seña que hice. Observé que era la carne de varios animales,
pero no pude distinguirlos por el gusto. Había brazuelos, piernas
y lomos formados como los de carnero y muy bien sazonados, pero más
pequeños que alas de calandria. Yo me comía dos o tres
de cada bocado y me tomé de una vez tres panecillos aproximadamente
del tamaño de balas de fusil. Me abastecían como podían
buenamente, dando mil muestra de asombro y maravilla por mi corpulencia
y mi apetito. Hice luego seña de que me diesen de beber. Por
mi modo de comer juzgaron que no me bastaría una pequeña
cantidad, y como eran gentes ingeniosísimas, pusieron en pie
con gran destreza uno de sus mayores barriles y después lo rodaron
hacia mi mano y le arrancaron la parte superior; me lo bebí de
un trago, lo que bien pude hacer, puesto que no contenía media
pinta, y sabía como una especie de vinillo de Burgundy, aunque
mucho menos sabroso. Trajéronme un segundo barril, que me bebí
de la misma manera, e hice señas pidiendo más; pero no
había ya ninguno que darme. Cuando hube realizado estos prodigios,
dieron gritos de alborozo y bailaron sobre mi pecho, repitiendo varias
veces, como al principio hicieron: Hekinah degul. Me dieron
a entender que echase abajo los dos barriles, después de haber
avisado a la gente que se quitase de en medio gritándole: Borach
mivola; y cuando vieron por el aire los toneles estalló
un grito general de: Hekinah degul. Confieso que a menudo estuve
tentado, cuando andaban paseándoseme por el cuerpo arriba y abajo,
de agarrar a los primeros cuarenta o cincuenta que se me pusieran al
alcance de la mano y estrellarlos contra el suelo; pero el recuerdo
de lo que había tenido que sufrir, y que probablemente no era
lo peor que de ellos se podía temer, y la promesa que por mi
honor les había hecho -pues así interpretaba yo mismo
mi sumisa conducta-, disiparon pronto esas ideas. Además, ya
entonces me consideraba obligado por las leyes de la hospitalidad a
una gente que me había tratado con tal esplendidez y magnificencia.
No obstante, para mis adentros no acababa de maravillarme de la intrepidez
de estos diminutos mortales que osaban subirse y pasearse por mi cuerpo
teniendo yo una mano libre, sin temblar solamente a la vista de una
criatura tan desmesurada como yo debía de parecerles a ellos.
Después de algún tiempo, cuando observaron que ya no pedía
más de comer, se presentó ante mí una persona de
alto rango en nombre de Su Majestad Imperial. Su Excelencia, que había
subido por la canilla de mi pierna derecha, se me adelantó hasta
la cara con una docena de su comitiva, y sacando sus credenciales con
el sello real, que me acercó mucho a los ojos, habló durante
diez minutos sin señales de enfado, pero con tono de firme resolución.
Frecuentemente, apuntaba hacia adelante, o sea, según luego supe,
hacia la capital, adonde Su Majestad, en consejo, había decidido
que se me condujese. Contesté con algunas palabras, que de nada
sirvieron, y con la mano desatada hice seña indicando la otra
-claro que por encima de la cabeza de Su Excelencia, ante el temor de
hacerle daño a él o a su séquito-, y luego la cabeza
y el cuerpo, para dar a entender que deseaba la libertad. Parece que
él me comprendió bastante bien, porque movió la
cabeza a modo de desaprobación y colocó la mano en posición
que me descubría que había de llevárseme como prisionero.
No obstante, añadió otras señas para hacerme comprender
que se me daría de comer y beber en cantidad suficiente y buen
trato. Con esto intenté una vez más romper mis ligaduras;
pero cuando volví a sentir el escozor de las flechas en la cara
y en las manos, que tenía llenas de ampollas, sobre las que iban
a clavarse nuevos dardos, y también cuando observé que
el número de mis enemigos había crecido, hice demostraciones
de que podían disponer de mí a su talante. Entonces el
hurgo y su acompañamiento se apartaron con mucha cortesía
y placentero continente. Poco después oí una gritería
general, en que se repetían frecuentemente las palabras Peplom
Selan y noté que a mi izquierda numerosos grupos aflojaban
los cordeles, a tal punto que pude volverme hacia la derecha. Antes
me habían untado la cara y las dos manos con una especie de ungüento
de olor muy agradable y que en pocos minutos me quitó por completo
el escozor causado por las flechas. Estas circunstancias, unidas al
refresco de que me habían servido las viandas y la bebida, que
eran muy nutritivas, me predispusieron al sueño. Dormí
unas ocho horas, según me aseguraron después; y no es
de extrañar, porque los médicos, de orden del emperador,
habían echado una poción narcótica en los toneles
de vino.
A
lo que parece, en el mismo momento en que me encontraron durmiendo en
el suelo, después de haber llegado a tierra, se había
enviado rápidamente noticia con un propio al emperador, y éste
determinó en consejo que yo fuese atado en el modo que he referido
-lo que fue realizado por la noche, mientras yo dormía-, que
se me enviase carne y bebida en abundancia y que se preparase una máquina
para llevarme a la capital.
Esta
resolución quizá parezca temeraria, y estoy cierto de
que no sería imitada por ningún príncipe de Europa
en caso análogo; sin embargo, a mi juicio, era en extremo prudente,
al mismo tiempo que generosa. Suponiendo que esta gente se hubiera arrojado
a matarme con sus lanzas y sus flechas mientras dormía, yo me
hubiese despertado seguramente a la primera sensación de escozor,
sensación que podía haber excitado mi cólera y
mi fuerza hasta el punto de hacerme capaz de romper los cordeles con
que estaba sujeto, después de lo cual, e impotentes ellos para
resistir, no hubiesen podido esperar merced.
Estas
gentes son excelentísimos matemáticos, y han llegado a
una gran perfección en las artes mecánicas con el amparo
y el estímulo del emperador, que es un famoso protector de la
ciencia. Este príncipe tiene varias máquinas montadas
sobre ruedas para el transporte de árboles y otros grandes pesos.
Muchas veces construye sus mayores buques de guerra, de los cuales algunos
tienen hasta nueve pies de largo, en los mismos bosques donde se producen
las maderas, y luego los hace llevar en estos ingenios tres o cuatrocientas
yardas, hasta el mar. Quinientos carpinteros e ingenieros se pusieron
inmediatamente a la obra para disponerla mayor de las máquinas
hasta entonces construida. Consistía en un tablero levantado
tres pulgadas del suelo, de unos siete pies de largo y cuatro de ancho,
y que se movía sobre veintidós ruedas. Los gritos que
oí eran ocasionados por la llegada de esta máquina, que,
según parece, emprendió la marcha cuatro horas después
de haber pisado yo tierra. La colocaron paralela a mí; pero la
principal dificultad era alzarme y colocarme en este vehículo.
Ochenta vigas, de un pie de alto cada una, fueron erigidas para este
fin, y cuerdas muy fuertes, del grueso de bramantes, fueron sujetas
con garfios a numerosas fajas con que los trabajadores me habían
rodeado el cuello, las manos, el cuerpo y las piernas. Novecientos hombres
de los más robustos tiraron de estas cuerdas por medio de poleas
fijadas en las vigas, y así, en menos de tres horas, fui levantado,
puesto sobre la máquina y en ella atado fuertemente. Todo esto
me lo contaron, porque mientras se hizo esta operación yacía
yo en profundo sueño, debido a la fuerza de aquel medicamento
soporífero echado en el vino. Mil quinientos de los mayores caballos
del emperador, altos, de cuatro pulgadas y media, se emplearon para
llevarme hacia la metrópolis, que, como ya he dicho, estaba a
media milla de distancia.
Hacía
unas cuatro horas que habíamos empezado nuestro viaje, cuando
vino a despertarme un accidente ridículo. Habiéndose detenido
el carro un rato para reparar no sé qué avería,
dos o tres jóvenes naturales tuvieron la curiosidad de recrearse
en mi aspecto durante el sueño; se subieron a la máquina
y avanzaron muy sigilosamente hasta mi cara. Uno de ellos, oficial de
la guardia, me metió la punta de su chuzo por la ventana izquierda
de la nariz hasta buena altura, el cual me cosquilleó como una
paja y me hizo estornudar violentamente. En seguida se escabulleron
sin ser descubiertos, y hasta tres semanas después no conocí
yo la causa de haberme despertado tan de repente.
Hicimos
una larga marcha en lo que quedaba del día y descansé
por la noche, con quinientos guardias a cada lado, la mitad con antorchas
y la otra mitad con arcos y flechas, dispuestos a asaetearme si se me
ocurría moverme. A la mañana, siguiente, al salir el sol,
seguimos nuestra marcha, y hacia el mediodía estábamos
a doscientas yardas de las puertas de la ciudad. El emperador y toda
su corte nos salieron al encuentro; pero los altos funcionarios no quisieron
de ninguna manera consentir que Su Majestad pusiera en peligro su persona
subiéndose sobre mi cuerpo.
En
el sitio donde se paró el carruaje había un templo antiguo,
tenido por el más grande de todo el reino, y que, mancillado
algunos años hacía por un bárbaro asesinato cometido
en él, fue, según cumplía al celo religioso de
aquellas gentes, cerrado como profano. Se destinaba desde entonces a
usos comunes, y se habían sacado de él todos los ornamentos
y todo el moblaje. En este edificio se había dispuesto que yo
me alojara. La gran puerta que daba al Norte tenía cuatro pies
de alta y cerca de dos de ancha. Así que yo podía deslizarme
por ella fácilmente. A cada lado de la puerta había una
ventanita, a no más que seis pulgadas del suelo. Por la de la
izquierda, el herrero del rey pasó noventa y una cadenas como
las que llevan las señoras en Europa para el reloj, y casi tan
grandes, las cuales me ciñeron a la pierna izquierda, cerradas
con treinta y seis candados. Frente a este templo, al otro lado de la
gran carretera, a veinte pies de distancia, había una torrecilla
de lo menos cinco pies de alta. A ella subió el emperador con
muchos principales caballeros de su corte para aprovechar la oportunidad
de verme, según me contaron, porque yo no los distinguía
a ellos. Se advirtió que más de cien mil habitantes salían
de la ciudad con el mismo proyecto, y, a pesar de mis guardias, seguramente
no fueron menos de diez mil los que en varias veces subieron a mi cuerpo
con ayuda de escaleras de mano. Pero pronto se publicó un edicto
prohibiéndolo bajo pena de muerte.
Cuando
los trabajadores creyeron que ya me sería imposible desencadenarme,
cortaron todas las cuerdas que me ligaban, y acto seguido me levanté
en el estado más melancólico en que en mi vida me había
encontrado. El ruido y el asombro de la gente al verme levantar y andar
no pueden describirse. Las cadenas que me sujetaban la pierna izquierda
eran de unas dos yardas de largo, y no sólo me dejaban libertad
para andar hacia atrás y hacia adelante en semicírculo,
sino que también, como estaban fijas a cuatro pulgadas de la
puerta, me permitían entrar por ella deslizándome y tumbarme
a la larga en el templo.
Capítulo
2
El
emperador de Liliput, acompañado de gentes de la nobleza, acude
a ver al autor en su prisión. -Descripción de la persona
y el traje del emperador.- Se designan hombres de letras para que enseñen
el idioma del país al autor.- Éste se gana el favor por
su condición apacible.- Le registran los bolsillos y le quitan
la espada y las pistolas.
Cuando
me vi de pie miré a mi alrededor, y debo confesar que nunca se
me ofreció más curiosa perspectiva. La tierra que me rodeaba
parecía toda ella un jardín, y los campos, cercados, que
tenían por regla general cuarenta pies en cuadro cada uno, se
asemejaban a otros tantos macizos de flores. Alternaban con estos campos
bosques como de media pértica; los árboles más
altos calculé que levantarían unos siete pies. A mi izquierda
descubrí la población, que parecía una decoración
de ciudad de un teatro.
Ya
había descendido el emperador de la torre y avanzaba a caballo
hacia mí; lo que estuvo a punto de costarle caro, porque la caballería,
que, aunque perfectamente amaestrada, no tenía en ningún
modo costumbre de ver lo que debió de parecerle como si se moviese
ante ella una montaña, se encabritó; pero el príncipe,
que es jinete excelente, se mantuvo en la silla, mientras acudían
presurosos sus servidores y tomaban la brida para que pudiera apearse
Su Majestad. Cuando se hubo bajado me inspeccionó por todo alrededor
con gran admiración, pero guardando distancia del alcance de
mi cadena. Ordenó a sus cocineros y despenseros, ya preparados,
que me diesen de comer y beber, como lo hicieron adelantando las viandas
en una especie de vehículos de ruedas hasta que pude cogerlos.
Tomé estos vehículos, que pronto estuvieron vaciados;
veinte estaban llenos de carne y diez de licor. Cada uno de los primeros
me sirvió de dos o tres buenos bocados, y vertí el licor
de diez envases -estaba en unas redomas de barro- dentro de un vehículo,
y me lo bebí de un trago, y así con los demás.
La emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre de
uno y otro sexo, acompañados de muchas damas, estaban a alguna
distancia, sentados en sus sillas de manos; pero cuando le ocurrió
al emperador el accidente con su caballo descendieron y vinieron al
lado de su augusta persona, de la cual quiero en este punto hacer la
prosopografía. Es casi el ancho de mi uña más alto
que todos los de su corte, y esto por sí solo es suficiente para
infundir pavor a los que le miran. Sus facciones son firmes y masculinas;
de labio austríaco y nariz acaballada; su color, aceitunado;
su continente, derecho; su cuerpo y sus miembros, bien proporcionados;
sus movimientos, graciosos, y majestuoso su porte. No era joven ya,
pues tenía veintiocho años y tres cuartos, de los cuales
había reinado alrededor de siete con toda felicidad y por lo
general victorioso. Para considerarle mejor, me eché de lado,
de modo que mi cara estuviese paralela a la suya, mientras él
se mantenía a no más que tres yardas de distancia; pero
como después lo he tenido en la mano muchas veces, no puedo engañarme
en su descripción. Su traje era muy liso y sencillo, y hecho
entre la moda asiática y la europea; pero llevaba en la cabeza
un ligero yelmo de oro adornado de joyas y con una pluma en la cresta.
Tenía en la mano la espada desenvainada para defenderse si acaso
yo viniera a escaparme; la espada era de unas tres pulgadas de largo,
y la guarnición y la vaina eran de oro, avalorado con diamantes.
Su voz era aguda, pero muy clara y articulada; yo no podía oírla
estando de pie. Las damas y los cortesanos vestían con la mayor
magnificencia; tanto, que el espacio en que se encontraban podía
compararse a un guardapiés bordado de figuras de oro y plata
que se hubiera extendido en el suelo. Su Majestad Imperial me hablaba
con frecuencia, y yo le respondía; pero ni uno ni otro entendíamos
palabra.
Estaban
presentes varios sacerdotes y letrados -por lo que yo colegí
de sus vestidos-, a quienes se encargó que se dirigiesen a mí.
Yo les hablé en todos los idiomas de que tenía algún
conocimiento, tales como alto y bajo alemán, latín, francés,
español, italiano y lengua franca; pero de nada sirvió.
Después de unas dos horas se retiró la corte y me dejaron
con una fuerte guardia, para evitar la impertinencia y probablemente
la malignidad de la plebe, que se apiñaba muy impaciente a mi
alrededor todo lo cerca que su temor le permitía, y entre la
cual no faltó quien tuviera la desvergüenza de dispararme
flechas estando yo sentado en el suelo junto a la puerta de mi casa.
Con una de ellas estuvo en nada que me atinase al ojo izquierdo. Entonces
el coronel hizo coger a seis de los cabecillas, y pensó que ningún
castigo sería tan apropiado como entregarlos atados en mis manos,
lo que ejecutaron, en efecto, algunos de sus soldados, empujándolos
con los extremos de las picas hasta que estuvieron a mi alcance. Los
cogí a todos en la mano derecha, me metí cinco en el bolsillo
de la casaca, y en cuanto al sexto hice como si fuese a comérmelo
vivo. El pobre hombre gritó despavorido, y el coronel y sus oficiales
mostraron gran disgusto, especialmente cuando me vieron sacar mi cortaplumas;
pero pronto les tranquilicé, pues mirando amablemente y cortando
en seguida las cuerdas con que el hombre estaba atado, lo dejé
suavemente en el suelo, donde él al punto echó a correr.
Hice lo mismo con los otros, sacándolos del bolsillo uno por
uno, y observé que tanto los soldados como el pueblo se consideraron
muy obligados por este rasgo de clemencia, que se refirió en
la corte muy en provecho mío.
Llegada
la noche encontré algo incómoda mi casa, donde tenía
que echarme en el suelo, y así tuve que seguir un par de semanas;
en este tiempo el emperador dio orden de que se hiciese una cama para
mí. Se llevaron a mi casa y se armaron seiscientas camas de la
medida corriente. Ciento cincuenta de estas camas, unidas unas con otras,
daban el ancho y el largo; a cada una se superpusieron tres más,
y, sin embargo, puede creerme el lector si le digo que no me preocupaba
en absoluto la idea de caerme al suelo, que era de piedra pulimentada.
Según el mismo cálculo se me proporcionaron sábanas,
mantas y colchas, bastante buenas para quien de tanto tiempo estaba
hecho a penalidades.
La
noticia de mi llegada, conforme fue extendiéndose por el reino,
atrajo a verme número tan enorme de personas ricas, desocupadas
y curiosas, que las poblaciones quedaron casi vacías; y se hubiera
llegado a un gran descuido en la labranza y en los asuntos domésticos
si Su Majestad Imperial no hubiese proveído por diversos edictos
y decretos de gobierno contra esta dificultad. Dispuso que los que ya
me hubiesen visto se volviesen a sus casas y que nadie se acercase a
la mía en un radio de cincuenta yardas sin permiso de la corte,
con lo cual obtuvieron los secretarios de Estados considerables emolumentos.
En
tanto, el emperador celebraba frecuentes consejos para discutir qué
partido había de tomarse conmigo, y después me aseguró
un amigo particular -persona de gran calidad que estaba, según
fama, tanto como el que más, en los secretos de Estado- que la
corte tenía numerosas preocupaciones respecto de mí. Temían
que me libertase, que mi dieta, demasiado costosa, fuera causa de carestías.
Algunas veces determinaron matarme de hambre, o, por lo menos, dispararme
a la cara y a las manos flechas envenenadas que me despacharían
pronto; pero luego consideraban que el hedor de un tan gran cuerpo muerto
podía desatar una peste en la metrópoli y probablemente
extenderla a todo el reino. En medio de estas consultas, varios oficiales
del ejército llegaron a la puerta de la gran Cámara del
Consejo, y dos de ellos, que fueron admitidos, dieron cuenta de mi conducta
con los seis criminales antes mencionados, conducta que produjo impresión
tan favorable para mí en el corazón de Su Majestad y en
el de toda la Junta, que se despachó una comisión imperial
para obligar a todos los pueblos situados dentro de un radio de novecientas
yardas en torno de la ciudad a entregar todas las mañanas seis
bueyes, cuarenta carneros y otras vituallas para mi manutención,
junto con una cantidad proporcionada de pan, de vino y de otros licores.
En pago de todo ello, Su Majestad entregaba asignados contra su tesoro;
porque sépase que este príncipe vive especialmente de
su fortuna personal y sólo rara vez, en grandes ocasiones, levanta
subsidios entre sus vasallos, que están obligados a auxiliarle
en las guerras a expensas de sí propios. Se dictó también
un estatuto para que se pusieran a mi servicio seiscientas personas,
que disfrutaban dietas para su mantenimiento y pabellones convenientemente
edificados para ellas a ambos lados de mi puerta. Asimismo se ordenó
que trescientos sastres me hiciesen un traje a la moda del país;
que seis de los más eminentes sabios de Su Majestad me instruyesen
en su lengua, y, por último, que a los caballos del emperador
y a los de la nobleza y tropas de guardia se los llevase a menudo a
verme para que se acostumbrasen a mí. Todas estas disposiciones
fueron debidamente cumplidas, y en tres semanas hice grandes progresos
en el estudio del idioma, tiempo durante el cual el emperador me honraba
frecuentemente con sus visitas y se dignaba auxiliar a mis maestros
en la enseñanza. Ya empezamos a conversar en cierto modo, y las
primeras palabras que aprendí fueron para expresar mi deseo de
que se sirviese concederme la libertad, lo que todos los días
repetía puesto de rodillas. Su respuesta, por lo que pude comprender,
era que el tiempo lo traería todo, que no podía pensar
en tal cosa sin asistencia de su Consejo, y que antes debía yo
Lumos Kelmin peffo defmar lon Emposo: esto es, jurar la paz
con él y con su reino. No obstante, yo sería tratado con
toda amabilidad; y me aconsejaba conquistar, con mi paciencia y mi conducta
comedida, el buen concepto de él y de sus súbditos. Me
pidió que no tomase a mal que diese orden a ciertos correctos
funcionarios de que me registrasen, porque suponía él
que llevaría yo conmigo varias armas que por fuerza habían
de ser cosas peligrosísimas si correspondían a la corpulencia
de persona tan prodigiosa. Dije que Su Majestad sería satisfecho,
porque estaba dispuesto a desnudarme y a volver las faltriqueras delante
de él. Esto lo manifesté, parte de palabra, parte por
señas. Replicó él que, de acuerdo con las leyes
del reino, debían registrarme dos funcionarios; y aunque él
sabia que esto no podría hacerse sin mi consentimiento y ayuda,
tenía tan buena opinión de mi generosidad y de mi justicia
que confiaba en mis manos las personas de sus funcionarios añadiendo
que cualquier cosa que me fuese tomada me sería devuelta cuando
saliera del país o pagada al precio que yo quisiera ponerle.
Tomé a los funcionarios en mis manos y los puse primeramente
en los bolsillos de la casaca y luego en todos los demás que
el traje llevaba, excepto los dos de la pretina y un bolsillo secreto
que no quise que me registrasen y en que guardaba yo alguna cosilla
de mi uso que a nadie podía interesar sino a mí. Por lo
que hace a los bolsillos de la pretina, en uno llevaba un reloj de plata,
y en el otro una pequeña cantidad de oro en una bolsa. Aquellos
caballeros, provistos de pluma, tinta y papel, hicieron un exacto inventario
de cuanto vieron, y cuando hubieron terminado me pidieron que los bajase
para ir a entregárselo al emperador. Este inventario, vertido
por mí más tarde dice literalmente como sigue:
«Imprimis.
En el bolsillo derecho de la casaca del «Gran-Hombre-Montaña»
(así traduzco Quinbus Flestrin), después del
más detenido registro, encontramos sólo una gran pieza
de tela ordinaria, de bastante tamaño para servir de alfombra
en la gran sala del trono de Vuestra Majestad. En el bolsillo izquierdo
vimos una enorme arca de plata, con tapa del mismo metal, que nosotros
los comisionados no pudimos alzar. Expresamos nuestro deseo de que fuese
abierta, y uno de nosotros se metió en ella, y se encontró
hasta media pierna en una especie de polvo, parte del cual nos voló
a la cara y nos obligó a estornudar varias veces a los dos. En
el bolsillo derecho del chaleco encontramos un enorme envoltorio de
objetos blancos, delgados, doblados unos sobre otros, del grandor aproximado
de tres hombres, atado con un fuerte cable y marcado con cifras negras,
que nosotros, con todos los respetos, suponemos que son escrituras,
de letras casi como la mitad de nuestra palma de la mano cada una. En
el izquierdo había una especie de artefacto, del dorso del cual
se elevaban veinte largas pértigas -algo así como la estacada
que hay ante el palacio de Vuestra Majestad-, y con lo cual conjeturamos
que el Hombre-Montaña se peina la cabeza, pues no siempre nos
decidimos a molestarle con preguntas, a causa de las grandes dificultades
que encontrábamos para hacernos comprender de él. En el
gran bolsillo del lado derecho de su cubierta media -así traduzco
la palabra Ranfu-lo, con que designaban mis calzones- vimos
una columna de hierro hueca, de la altura de un hombre, sujeta a un
sólido trozo de viga mayor que la columna; de un lado de ésta
salían enormes pedazos de hierro, de formas extrañas,
que no sabemos para qué puedan servir. En el bolsillo izquierdo,
otra máquina de la misma clase. En el bolsillo más pequeño
del lado derecho había varios trozos redondos y planos de metal
blanco y rojo, de tamaños diferentes; algunos de los trozos blancos,
que parecían ser de plata, eran tan grandes y pesados que apenas
pudimos levantarlos entre los dos. En el bolsillo izquierdo había
dos columnas negras de forma irregular; con dificultad alcanzábamos
a su extremo superior desde el fondo del bolsillo. Una de ellas estaba
tapada y parecía toda de una pieza; pero en la parte alta de
la otra aparecía un objeto redondo, blanco, dos veces como nuestra
cabeza de grande, aproximadamente. Dentro de cada uno había cerradas
la presión de su vientre. Del de la derecha minado por nuestras
órdenes, tuvo que enseñarnos el Gran-Hombre-Montaña,
pues sospechábamos que pudieran ser máquinas peligrosas.
Las sacó de sus cajas y nos dijo que en su país tenía
por costumbre afeitarse la barba con una de ellas y cortar la carne
con la otra. Había dos bolsillos en que no pudimos entrar: los
llamaba él sus bolsillos de pretina, y eran dos grandes rajas
abiertas en la parte superior de su media cubierta, pero que mantenía
cerradas la presión de su vientre. Del de la derecha colgaba
una gran cadena de plata, con una extraordinaria suerte de máquina
al extremo. Le ordenamos sacar lo que hubiese sujeto a esta cadena,
que resultó ser una esfera la mitad de plata y la otra mitad
de un metal transparente, porque en el lado transparente vimos ciertas
extrañas cifras, dibujadas en circunferencia, y que creímos
poder tocar, hasta que notamos que nos detenía los dedos aquella
substancia diáfana. Nos acercó a los oídos este
aparato, que producía un ruido incesante, como el de una aceña.
Imaginamos que es, o algún animal desconocido, o el dios que
él adora; aunque nos inclinamos a la última opinión,
porque nos aseguró -si es que no le entendimos mal, ya que se
expresaba muy imperfectamente- que rara vez hacía nada sin consultarlo.
Le llamaba su oráculo, y dijo que señalaba cuándo
era tiempo para todas las acciones de su vida. De la faltriquera izquierda
sacó una red que casi bastaría a un pescador, pero dispuesta
para abrirse y cerrarse como una bolsa, y de que se servía justamente
para este uso. Dentro encontramos varios pesados trozos de metal amarillo,
que, si son efectivamente de oro, deben tener incalculable valor.
»Una
vez que así hubimos, obedeciendo las órdenes de Vuestra
Majestad, registrado diligentemente todos sus bolsillos, observamos
alrededor de su cintura una pretina hecha de la piel de algún
gigantesco animal, de la cual pretina, por el lado izquierdo, colgaba
una espada del largo de cinco hombres, y por el derecho, un talego o
bolsa, dividido en dos cavidades, capaz cada una de ellas para tres
súbditos de Vuestra Majestad. En una de estas cavidades había
varias esferas o bolas de un metal pesadísimo, del tamaño
de nuestra cabeza aproximadamente, y para levantar las cuales hacía
falta buen brazo. La otra cavidad contenía un montón de
ciertos granos negros, no de gran tamaño ni peso, pues pudimos
tener más de cincuenta en la palma de la mano.
»Esto
es exacto inventario de lo que encontramos sobre el cuerpo del Hombre-Montaña,
quien se comportó con nosotros muy correctamente y con el respeto
debido a la comisión de Vuestra Majestad. Firmado y sellado en
el cuarto día de la octogésimanovena luna del próspero
reinado de Vuestra Majestad. -Clefrin Frelock, Marsi Frelock.»
El
emperador, cuando le fue leído este inventario, me ordenó,
aunque en términos muy amables, que entregase los distintos objetos
que en él se mencionaban. Me pidió primero la cimitarra,
que me quité con vaina y todo. Mientras tanto, mandó que
tres mil hombres de sus tropas escogidas -que estaban dándole
escolta- me rodeasen a cierta distancia, con arcos y flechas en disposición
de disparar; pero no me di cuenta de ello porque tenía mi vista
totalmente fija en Su Majestad.
Después
mostró su deseo de que desenvainase la cimitarra, la cual, aunque
algo enmohecida por el agua del mar, estaba en su mayor parte en extremo
reluciente. Lo hice así, e inmediatamente todas las tropas lanzaron
un grito entre de terror y sorpresa, pues al sol brillaba con fuerza,
y les deslumbró el reflejo que se producía al flamear
yo la cimitarra de un lado para otro. Su Majestad, que es un príncipe
por demás animoso, se intimidó mucho menos de lo que yo
podía esperar; me ordenó volverla a la vaina y arrojarla
al suelo lo más suavemente que pudiese, a unos seis pies de distancia
del extremo de mi cadena. Pidió después una de las columnas
huecas de hierro, como llamaban a mis pistoletes. Lo saqué, y,
conforme a su deseo, le expliqué como pude para qué servía;
y cargándolo sólo con pólvora, la cual, gracias
a lo bien cerrado de mi bolsa, se libró de mojarse en el mar
-percance contra el cual tiene buen ciudado de precaverse todo marinero
avisado-, advertí primero al emperador que no se asustara y luego
tiré al aire. Aquí el asombro fue mucho mayor que a la
vista de la cimitarra. Cientos de hombres cayeron como muertos de repente,
y hasta el emperador, aunque no cedió el terreno, no pudo recobrarse
en un rato. Entregué los dos pistoletes del mismo modo que había
entregado la cimitarra, y luego la bolsa de la pólvora y las
balas, previniéndole que pusiese aquélla lejos del fuego,
pues con la más pequeña chispa podía inflamarse
y hacer volar por los aires su palacio imperial. De la misma manera
entregué mi reloj, al que el emperador tuvo tan gran curiosidad
por ver, que mandó a dos de los más corpulentos soldados
de su guardia que lo sostuvieran sobre un madero en los hombros, como
hacen en Inglaterra los carreteros con los barriles de cerveza. Se asombró
del continuo ruido que hacía y del movímiento del minutero,
que él podía fácilmente percibir -porque la vista
de ellos es mucho más perspicaz que la nuestra-, y requirió
la opinión de algunos de sus sabios que tenía próximos,
opiniones que fueron varias y apartadas, como el lector puede bien imaginar
sin que yo se las repita, aunque, desde luego, no pude entenderlas muy
perfectamente. Luego entregué las monedas de plata y de cobre,
la bolsa, con nueve piezas grandes de oro y algunas más pequeñas;
el cuchillo y la navaja de afeitar; el peine, la tabaquera, el pañuelo
y el libro diario. La cimitarra, los pistoletes y la bolsa de la carga
fueron llevados en carro a los almacenes de Su Majestad; pero las demás
cosas me fueron devueltas.
Tenía
yo, como antes indiqué, un bolsillo secreto que escapó
del registro, donde guardaba unos lentes -que algunas veces usaba por
debilidad de la vista-, un anteojo de bolsillo y otros cuantos útiles
que, no importando para nada al emperador, no me creí en conciencia
obligado a descubrir, y que temía que me rompiesen o estropeasen
si me arriesgaba a soltarlos.
Capítulo
3
El
autor divierte al emperador y a su nobleza de ambos sexos de modo muy
extraordinario. -Descripción de las diversiones de la corte de
Liliput. -El autor obtiene su libertad bajo ciertas condiciones.
Mi
dulzura y buen comportamiento habían influído tanto en
el emperador y su corte, y sin duda en el ejército y el pueblo
en general, que empecé a concebir esperanzas de lograr mi libertad
en plazo breve.Yo recurría a todos los métodos para cultivar
esta favorable disposición. Gradualmente, los naturales fueron
dejando de temer daño alguno de mí. A veces me tumbaba
y dejaba que cinco o seis bailasen en mi mano, y, por último,
los chicos y las chicas se arriesgaron a jugar al escondite entre mi
cabello. A la sazón había progresado bastante en el conocimiento
y habla de su lengua. Un día quiso el rey obsequiarme con algunos
espectáculos del país, en los cuales, por la destreza
y magnificencia, aventajan a todas las naciones que conozco. Ninguno
me divirtió tanto como el de los volatineros, ejecutado sobre
un finísimo hilo blanco tendido en una longitud aproximada de
dos pies y a doce pulgadas del suelo. Y acerca de él quiero,
contando con la paciencia del lector, extenderme un poco.
Esta
diversión es solamente practicada por aquellas personas que son
candidatos a altos empleos y al gran favor de la corte. Se les adiestra
en este arte desde su juventud y no siempre son de noble cuna y educación
elevada. Cuando hay vacante un alto puesto, bien sea por fallecimiento
o por ignominia -lo cual acontece a menudo-, cinco o seis de estos candidatos
solicitan del emperador permiso para divertir a Su Majestad y a la corte
con un baile de cuerda, y aquel que salta hasta mayor altura sin caerse
se lleva el empleo. Muy frecuentemente se manda a los ministros principales
que muestren su habilidad y convenzan al emperador de que no han perdido
sus facultades. Flimnap, el tesorero, es fama que hace una cabriola
en la cuerda tirante por lo menos una pulgada más alta que cualquier
señor del imperio. Yo le he visto dar el salto mortal varias
veces seguidas sobre un plato trinchero, sujeto a la cuerda, no más
gorda que un bramante usual de Inglaterra. Mi amigo Reldresal, secretario
principal de Negocios Privados, es, en opinión mía -y
no quisiera dejarme llevar de parcialidades-, el que sigue al tesorero.
El resto de los altos empleados se van allá unos con otros.
Estas
distracciones van a menudo acompañadas de accidentes funestos,
muchos de los cuales dejan memoria. Yo mismo he visto romperse miembros
a dos o tres candidatos. Pero el peligro es mucho mayor cuando se ordena
a los ministros que muestren su destreza, pues en la pugna por excederse
a sí mismos y exceder a sus compañeros llevan su esfuerzo
a tal punto, que apenas existe uno que no haya tenido una caída,
y varios han tenido dos o tres. Me aseguraron que un año o dos
antes de mi llegada, Flimnap se hubiera desnucado infaliblemente si
uno de los cojines del rey, que casualmente estaba en el suelo, no hubiese
amortiguado la fuerza de su caída.
Hay
también otra distracción que sólo se celebra ante
el emperador y la emperatriz y el primer ministro, en ocasiones especiales.
El emperador pone sobre la mesa tres bonitas hebras de seda de seis
pulgadas de largo: una es azul, otra roja y la tercera verde. Estas
hebras representan los premios que aquellas personas a quienes el emperador
tiene voluntad de distinguir con una muestra particular de su favor.
La ceremonia se verifica en la gran sala del trono de Su Majestad, donde
los candidatos han de sufrir una prueba de destreza muy diferente de
la anterior, y a la cual no he encontrado parecido en otro ningún
país del viejo ni del nuevo mundo. El emperador sostiene en sus
manos una varilla por los extremos, en posición horizontal, mientras
los candidatos, que se destacan uno a uno, a veces saltan por encima
de la varilla y a veces se arrastran serpenteando por debajo de ella
hacia adelante y hacia atrás repetidas veces, según que
la varilla avanza o retrocede. En algunas ocasiones el emperador tiene
un extremo de la varilla y el otro su primer ministro; en otras, el
ministro la tiene solo.
Aquel
que ejecuta su trabajo con más agilidad y resiste más
saltando y arrastrándose es recompensado con la seda de color
azul; la roja se da al siguiente, y la verde al tercero, y ellos la
llevan rodeándosela dos veces por la mitad del cuerpo. Se ven
muy pocas personas de importancia en la corte que no vayan adornadas
con un ceñidor de esta índole.
Los
caballos del ejército y los de las caballerizas reales, como
los habían llevado ante mí diariamente, ya no se espantaban
y podían llegar hasta mis mismos pies sin dar corcovos. Los jinetes
los hacían saltar mi mano cuando yo la ponía en el suelo,
Y uno de los monteros del emperador, sobre un corcel de gran alzada,
pasó mi pie con zapato y todo, lo que fue, a no dudar, un formidable
salto.
Un
día tuve la buena fortuna de divertir al emperador por un procedimiento
curioso. Le pedí que me hiciese llevar varios palitos de dos
pies de altura y del grueso de un bastón corriente; inmediatamente
Su Majestad ordenó al director de sus bosques que dictase las
disposiciones oportunas, y a la mañana siguiente llegaron seis
guardas con otros tantos carros, tirados por ocho caballos cada uno.
Tomé nueve de estos palitos y los clavé firmemente en
el suelo, en figura rectangular, de dos pies y medio en cuadrado; cogí
otros cuatro palitos y los até horizontalmente a los cuatro ángulos,
a unos dos pies del suelo. Después sujeté mi pañuelo
a los nueve palitos que estaban de pie y lo extendí por todos
lados, hasta que quedó tan estirado como el parche de un tambor;
y los cuatro palitos paralelos, levantando unas cinco pulgadas más
que el pañuelo, servían de balaustrada por todos lados.
Cuando hube terminado mi obra pedí al emperador que permitiese
a fuerzas de su mejor caballería en número de veinticuatro
hombres, subir a este plano y hacer en él ejercicio. Su majestad
aprobó mi propuesta y fui subiendo a los soldados con las manos,
uno por uno, ya montados y armados, así como a los oficiales
que debían mandarlos. Tan pronto como estuvieron formados se
dividieron en dos grupos, simularon escaramuzas, dispararon flechas
sin punta, sacaron las espadas, huyeron, persiguieron, atacaron y se
retiraron; en una palabra: demostraron la mejor disciplina militar que
nunca vi. Los palitos paralelos impedían que ellos y sus caballos
cayesen del escenario aquel; y el emperador quedó tan complacido,
que mandó que se repitiese la diversión varios días,
y una vez se dignó permitir que le subiera a él mismo
y encargarse del mando. Llegó, aunque con gran dificultad, incluso
a persuadir a la propia emperatriz de que me permitiese sostenerla en
su silla de manos, a dos yardas del escenario, desde donde abarcaba
con la vista todo el espectáculo. Sólo una vez un caballo
fogoso, que pertenecía a uno de los capitanes, hizo, piafando,
un agujero en el pañuelo, y, metiendo por él la pata,
cayó con su jinete; pero yo levanté inmediatamente a los
dos, y, tapando el agujero con una mano, bajé a la tropa con
la otra, de la misma manera que la había subido. El caballo que
dio la caída se torció la mano izquierda, pero el jinete
no se hizo ningún daño, y yo arreglé mi pañuelo
como pude. No obstante, no me confiaría más en su resistencia
para empresas tan peligrosas.
Dos
o tres días antes de que me pusieran en libertad estaba yo divirtiendo
a la corte con este género de cosas, cuando llegó un correo
a informar a Su Majestad de que un súbdito suyo, paseando a caballo
cerca del sitio donde me habían hallado por primera vez, había
visto en el suelo un objeto negro, grande, de forma muy extraña,
que alcanzaba por los bordes la extensión del dormitorio de Su
Majestad y se levantaba por el centro a la altura de un hombre, y que
no era criatura viva, como al principio sospecharon, porque yacía
sobre la hierba, sin movimiento. Algunos habían dado la vuelta
a su alrededor varias veces; subiéndose unos en los hombros de
otros, habían alcanzado a la parte de arriba, y golpeando en
ella, descubierto que estaba hueca; con todos los respetos, habían
pensado que podía ser algo perteneciente al Hombre-Montaña,
y si Su Majestad lo mandaba estaban dispuestos a encargarse de llevarlo
con sólo cinco caballos. Entonces me di cuenta de lo que querían
decir, y me alegré en el alma de recibir la noticia. Según
parece, al llegar a la playa después del naufragio, me encontraba
yo en tal estado de confusión, que antes de ir al sitio donde
me quedé dormido, mi sombrero, que había yo sujetado a
mi cabeza con un cordón mientras remaba, y se me había
mantenido puesto todo el tiempo que nadé, se me cayó;
el cordón, supongo, se rompería por cualquier accidente
que yo no advertí. Yo creía que el sombrero se me había
perdido en el mar. Supliqué a Su Majestad que diese órdenes
para que me lo llevasen lo antes posible, al mismo tiempo que le expliqué
su empleo y su naturaleza, y al siguiente día los acarreadores
llegaron con él, aunque no en muy buen estado. Habían
practicado dos agujeros en el ala, a pulgada y media del borde, y metido
dos ganchos por los agujeros; estos ganchos se unieron por medio de
una larga cuerda a los arneses, y de esta suerte arrastraron mi sombrero
más de media milla inglesa; pero como el piso de aquel país
es extremadamente liso y llano, recibió mucho menos daño
del que se pudiera temer.
Dos
días después de esta aventura, el emperador, que había
ordenado que estuviesen listas las tropas de su ejército de guarnición
en la metrópoli y las cercanías, tuvo la ocurrencia de
divertirse de una manera muy singular: hizo que yo me estuviera, como
un coloso, en pie y con las piernas tan abiertas como buenamente pudiese,
y luego mandó a su general -que era un adalid de larga experiencia
y gran valedor mío- disponer sus tropas en formación cerrada
y hacerlas pasar por debajo de mí, los infantes de a veinticuatro
en línea y la caballería de a dieciséis, a tambor
batiente, con banderas desplegadas y con lanzas en ristre. Este cuerpo
se componía de tres mil infantes y mil caballos.
Había
enviado yo tantos memoriales y tantas solicitudes en demanda de libertad,
que Su Majestad, por fin, llevó el asunto primero al Gabinete
y luego al Consejo pleno, donde nadie se opuso, excepto Skyresh Bolgolam,
quien se complacía, sin que yo le diese motivo alguno, en ser
mi mortal enemigo. Pero fue aprobado, en contra de su voluntad, por
toda la Junta, y confirmado por el emperador. Ese ministro a que me
refiero era Galbet, o sea almirante del reino, persona muy de la confianza
de su señor y muy versada en los asuntos, pero de temperamento
rudo y agrio. Sin embargo, le persuadieron al fin para que consintiese,
pero concediéndole que los artículos y condiciones bajo
los cuales se me pusiera en libertad, y que yo debía jurar, fuese
él mismo quien los redactase. Estos artículos me fueron
presentados por Skyresh Bolgolam en persona, acompañado de los
subsecretarios y varias personas significadas. Una vez que me fueron
leídos, se me propuso que jurase su cumplimiento, primero a la
usanza de mi propio país y luego según el procedimiento
descrito por las leyes de allá, y que consistió en sostenerme
en alto el pie derecho con la mano izquierda, al tiempo que me colocaba
el dedo medio de la mano derecha en la coronilla y el pulgar en la punta
de la oreja derecha. Pero como el lector puede que sienta curiosidad
por tener una idea del estilo y modo de expresión peculiar de
este pueblo, así como por conocer los artículos en virtud
de los cuales recobré la libertad, he hecho la traducción
de todo el documento, palabra por palabra, tan fielmente como he podido,
y quiero sacarlo a luz en este punto:
«Golbasto
Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, muy poderoso emperador
de Liliput, delicia y terror del universo, cuyos dominios se extienden
cinco mil blustrugs -unas doce millas en circunferencia- hacia los confines
del globo; monarca de todos los monarcas, más alto que los hijos
de los hombres, cuyos pies oprimen el centro del mundo y cuya cabeza
se levanta hasta tocar el Sol; cuyo gesto hace temblar las rodillas
de los príncipes de la tierra; agradable como la primavera, reconfortante
como el verano, fructífero como el otoño, espantoso como
el invierno. Su Muy Sublime Majestad propone al Hombre-Montaña,
recientemente llegado a nuestros celestiales dominios, los artículos
siguientes, que por solemne juramento él viene obligado a cumplir:
»Primero.
El Hombre-Montaña no saldrá de nuestros dominios sin una
licencia nuestra con nuestro gran sello.
»Segundo.
No le será permitido entrar en nuestra metrópoli sin nuestra
orden expresa. Cuando esto suceda, los habitantes serán avisados
con dos horas de anticipación para que se encierren en sus casas.
»Tercero.
El citado Hombre-Montaña limitará sus paseos a nuestras
principales carreteras, y no deberá pasearse ni echarse en nuestras
praderas ni en nuestros sembrados.
»Cuarto.
Cuando pasee por las citadas carreteras pondrá el mayor cuidado
en no pisar el cuerpo de ninguno de nuestros amados súbditos,
así como sus caballos y carros, y en no coger en sus manos a
ninguno de nuestros súbditos sin consentimiento del propio interesado.
»Quinto.
Si un correo requiriese extraordinaria diligencia, el Hombre-Montaña
estará obligado a llevar en su bolsillo al mensajero con su caballo
un viaje de seis días, una vez en cada luna, y, si fuese necesario,
a devolver sano y salvo al citado mensajero a nuestra imperial presencia.
»Sexto.
Será nuestro aliado contra nuestros enemigos de la isla de Blefuscu,
y hará todo lo posible por destruir su flota, que se prepara
actualmente para invadir nuestros dominios.
»Séptimo.
El citado Hombre-Montaña, en sus ratos de ocio, socorrerá
y auxiliará a nuestros trabajadores, ayudándoles a levantar
determinadas grandes piedras para rematar el muro del parque principal
y otros de nuestros reales edificios.
»Octavo.
El citado Hombre-Montaña entregará en un plazo de dos
lunas un informe exacto de la circunferencia de nuestros dominios, calculada
en pasos suyos alrededor de la costa.
»Noveno.
Finalmente, bajo su solemne juramento de cumplir todos los anteriores
artículos, el citado Hombre-Montaña dispondrá de
un suministro diario de comida y bebida suficiente para el mantenimiento
de 1.724 de nuestros súbditos, y gozará libre acceso a
nuestra real persona y otros testimonios de nuestra gracia. Dado en
nuestro palacio de Belfaborac, el duodécimo día de la
nonagésimaprimera luna de nuestro reinado.»
Juré
y suscribí estos artículos con gran contento y alborozo,
aun cuando algunos no eran tan honrosos como yo podía haber deseado,
lo que procedía enteramente de la mala voluntad de Skyresh Bolgolam,
el gran almirante. Inmediatamente después me soltaron las cadenas
y quedé en completa libertad. El mismo emperador en persona me
hizo el honor de hallarse presente a toda la ceremonia. Mostré
mi reconocimiento postrándome a los pies de Su Majestad, pero
él me mandó levantarme; y después de muchas amables
expresiones, que no referiré por que no se me tache de vanidoso,
agregó que esperaba que yo fuese un útil servidor y que
mereciese todas las gracias que ya me había conferido y otras
que pudiera conferirme en lo futuro.
El
lector habrá podido advertir que en el último artículo
dictado para el recobro de mi libertad estipula el emperador que me
sea suministrada una cantidad de comida y bebida bastante para el mantenimiento
de 1.724 liliputienses. Pregunté algún tiempo después
a un amigo mío de la corte cómo se les ocurrió
fijar ese número precisamente, y me contestó que los matemáticos
de Su Majestad, habiendo tomado la altura de mi cuerpo por medio de
un cuadrante, y visto que excedía a los suyos en la proporción
de doce a uno, dedujeron, tomando sus cuerpos como base, que el mío
debía contener, por lo menos, mil setecientos veinticuatro de
los suyos, y, por consiguiente, necesitaba tanta comida, como fuese
necesaria para alimentar ese número de liliputienses. Por donde
puede el lector formarse una idea del ingenio de aquel pueblo, así
como de la prudente y exacta economía de tan gran príncipe.
Capítulo
4
Descripción
de Mildendo, metrópoli de Liliput, con el palacio del emperador.
-Conversación entre el autor y un secretario principal acerca
de los asuntos de aquel imperio. -El ofrecimiento del autor para servir
al emperador en sus guerras.
Lo
primero que pedí después de obtener la libertad fue que
me concediesen licencia para visitar a Mildendo, la metrópoli;
licencia que el emperador me concedió fácilmente, pero
con el encargo especial de no producir daño a los habitantes
ni en las casas. Se notificó a la población por medio
de una proclama mi propósito de visitar la ciudad. La muralla
que la circunda es de dos pies y medio de alto y por lo menos de once
pulgadas de anchura, puesto que puede dar la vuelta sobre ella con toda
seguridad un coche con sus caballos, y está flanqueada con sólidas
torres a diez pies de distancia. Pasé por encima de la gran Puerta
del Oeste, y, muy suavemente y de lado, anduve las dos calles principales,
sólo con chaleco, por miedo de estropear los tejados y aleros
de las casas con los faldones de mi casaca. Caminaba con el mayor tiento
para no pisar a cualquier extraviado que hubiera podido quedar por las
calles, aunque había órdenes rigurosas de que todo el
mundo permaneciese en sus casas, ateniendose a los riesgos los desobedientes.
Las azoteas y los tejados estaban tan atestados de espectadores, que
pensé no haber visto en todos mis viajes lugar más populoso.
La ciudad es un cuadrado exacto y cada lado de la muralla tiene quinientos
pies de longitud. Las dos grandes calles que se cruzan y la dividen
en cuatro partes iguales tienen cinco pies de anchura. Las demás
vías, en que no pude entrar y sólo vi de paso, tienen
de doce a dieciocho pulgadas. La población es capaz para quinientas
mil almas. Las casas son de tres a cinco pisos; las tiendas y mercados
están perfectamente abastecidos.
El
palacio del emperador está en el centro de la ciudad, donde se
encuentran las dos grandes calles. Lo rodea un muro de dos pies de altura,
a veinte pies de distancia de los edificios. Obtuve permiso de Su Majestad
para pasar por encima de este muro; y como el espacio entre él
y el palacio es muy ancho, pude inspeccionar éste por todas partes.
El patio exterior es un cuadrado de cuarenta pies y comprende otros
dos; al más interior dan las habitaciones reales, que yo tenía
grandes deseos de ver; pero lo encontré extremadamente difícil,
porque las grandes puertas de comunicación entre los cuadros
sólo tenían dieciocho pulgadas de altura y siete pulgadas
de ancho. Por otra parte, los edificios del patio externo tenían
por lo menos cinco pies de altura, y me era imposible pasarlo de una
zancada sin perjuicios incalculables para la construcción, aun
cuando los muros estaban sólidamente edificados con piedra tallada
y tenían cuatro pulgadas de espesor. También el emperador
estaba muy deseoso de que yo viese la magnificencia de su palacio; pero
no pude hacer tal cosa hasta después de haber dedicado tres días
a cortar con mi navaja algunos de los mayores árboles del parque
real, situado a unas cien yardas de distancia de la ciudad. Con estos
árboles hice dos banquillos como de tres pies de altura cada
uno y lo bastante fuertes para soportar mi peso. Advertida la población
por segunda vez, volví a atravesar la ciudad hasta el palacio
con mis dos banquetas en la mano. Cuando estuve en el patio exterior
me puse de pie sobre un banquillo, y tomando en la mano el otro lo alcé
por encima del tejado y lo dejé suavemente en el segundo patio,
que era de ocho pies de anchura. Pasé entonces muy cómodamente
por encima del edificio desde un banquillo a otro y levanté el
primero tras de mí con una varilla en forma de gancho. Con esta
traza llegué al patio interior, y, acostándome de lado,
acerqué la cara a las ventanas de los pisos centrales, que de
propósito estaban abiertas, y descubrí las más
espléndidas habitaciones que imaginarse puede. Allí vi
a la emperatriz y a la joven princesa en sus varios alojamientos, rodeadas
de sus principales servidores. Su Majestad Imperial se dignó
dirigirme una graciosa sonrisa y por la ventana me dio su mano a besar.
Pero
no quiero anticipar al lector más descripciones de esta naturaleza
porque las reservo para un trabajo más serio que ya está
casi para entrar en prensa y que contiene una descripción general
de este imperio desde su fundación, a través de una larga
seria de príncipes, con detallada cuenta de sus guerras y su
política, sus leyes, cultura y religión, sus plantas y
animales, sus costumbres y trajes peculiares, más otras materias
muy útiles y curiosas. Porque aquí mi principal propósito
sólo es referir acontecimientos y asuntos ocurridos a aquellas
gentes o a mí mismo durante los nueve meses que residí
en aquel imperio.
Una
mañana, a los quince días aproximadamente de haber obtenido
mi libertad, Reldresal, secretario principal de Asuntos Privados -como
ellos le intitulan-, vino a mi casa acompañado sólo de
un servidor. Mandó a su coche que esperase a cierta distancia
y me pidió que le concediese una hora de audiencia, a lo que
yo inmediatamente accedí, teniendo en cuenta su categoría
y sus méritos personales, así como los buenos oficios
que había hecho valer cuando mis peticiones a la corte. Le ofrecí
tumbarme para que pudiera hacerse oír de mí más
cómodamente; pero él prefirió permitirme que lo
tuviese en la mano durante nuestra conversación. Empezó
felicitándome por mi libertad, en la cual, según dijo,
podía permitirse creer que había tenido alguna parte;
pero añadió, sin embargo, que a no haber sido por el estado
de cosas que a la sazón reinaba en la corte, quizá no
la hubiese obtenido tan pronto. «Porque -dijo- por muy floreciente que
nuestra situación pueda parecer a los extranjeros, pesan sobre
nosotros dos graves males: una violenta facción en el interior
y el peligro de que invada nuestro territorio un poderoso enemigo de
fuera. En cuanto a lo primero, sabed que desde hace más de setenta
lunas hay en este imperio dos partidos contrarios, conocidos por los
nombres de Tramecksan y Slamecksan, a causa de los tacones altos y bajos
de su calzado, que, respectivamente, les sirven de distintivo. Se alega,
es verdad, que los tacones altos son más conformes a nuestra
antigua constitución; pero, sea de ello lo que quiera, Su Majestad
ha decidido hacer uso de tacones bajos solamente en la administración
del gobierno y para todos los empleados que disfrutan la privanza de
la corona, como seguramente habréis observado; y por lo que hace
particularmente a los tacones de Su Majestad Imperial, son cuando menos
un drurr más bajos que cualesquiera otros de su corte -el drurr
es una medida que viene a valer la decimoquinta parte de una pulgada-.
La animosidad entre estos dos partidos ha llegado a tal punto, que los
pertenecientes a uno no quieren comer ni beber ni hablar con los del
otro. Calculamos que los Tramocksan, o tacones-altos, nos exceden en
numero; pero la fuerza está por completo de nuestro lado. Nosotros
nos sospechamos que Su Alteza Imperial, el heredero de la corona, se
inclina algo hacia los tacones-altos; al menos, vemos claramente que
uno de sus tacones es más alto que el otro, lo que le produce
cierta cojera al andar. Por si fuera poco, en medio de estas querellas
intestinas, nos amenaza con una invasión la isla de Blefuscu,
que es el otro gran imperio del universo, casi tan extenso y poderoso
como este de Su Majestad. Porque en cuanto a lo que os hemos oído
afirmar acerca de existir otros reinos y estados en el mundo habitados
por criaturas humanas tan grandes como vos, nuestros filósofos
lo ponen muy en duda y se inclinan más bien a creer que caísteis
de la Luna o de alguna estrella, pues es evidente que un centenar de
mortales de vuestra corpulencia destruirían en poco tiempo todos
los frutos y ganados de los dominios de Su Majestad. Por otra parte,
nuestras historias de hace seis mil lunas no mencionan otras regiones
que los dos grandes imperios de Liliput o Blefuscu, grandes potencias
que, como iba a deciros, están empeñadas en encarnizadísima
guerra desde hace treinta y seis lunas. Empezó con la siguiente
ocasión: Todo el mundo reconoce que el modo primitivo de partir
huevos para comérselos era cascarlos por el extremo más
ancho; pero el abuelo de su actual Majestad, siendo niño, fue
a comer un huevo, y, partiéndolo según la vieja costumbre,
le avino cortarse un dedo. Inmediatamente el emperador, su padre, publicó
un edicto mandando a todos sus súbditos que, bajo penas severísimas,
cascasen los huevos por el extremo más estrecho. El pueblo recibió
tan enorme pesadumbre con esta ley, que nuestras historias cuentan que
han estallado seis revoluciones por ese motivo, en las cuales un emperador
perdió la vida y otro la corona. Estas conmociones civiles fueron
constantemente fomentadas por los monarcas de Blefuscu, y cuando eran
sofocadas, los desterrados huían siempre a aquel imperio en busca
de refugio. Se ha calculado que, en distintos períodos, once
mil personas han preferido la muerte a cascar los huevos por el extremo
más estrecho. Se han publicado muchos cientos de grandesvolúmenes
sobre esta controversia; pero los libros de los anchoextremistas han
estado prohibidos mucho tiempo, y todo el partido, incapacitado por
la ley para disfrutar empleos. Durante el curso de estos desórdenes,
los emperadores de Blefuscu se quejaron frecuentemente por medio de
sus embajadores, acusándonos de provocar un cisma en la religión
por contravenir una doctrina fundamental de nuestro gran profeta Lustrog,
contenida en el capítulo cuadragésimocuarto del Blundecral
-que es su Alcorán-. No obstante, esto se tiene por un mero retorcimiento
del texto, porque las palabras son éstas: «Que todo creyente
verdadero casque los huevos por el extremo conveniente». Y cuál
sea el extremo conveniente, en mi humilde opinión, ha de dejarse
a la conciencia de cada cual, o cuando menos a la discreción
del más alto magistrado, el establecerlo. Luego, los anchoextremistas
han encontrado tanto crédito en la corte del emperador de Blefuscu
y aquí tanta secreta asistencia de su partido, que entre ambos
imperios viene sosteniéndose una sangrienta guerra hace treinta
y seis lunas, con varia suerte, y en ella llevamos perdidos cuarenta
grandes barcos y un número mucho mayor de embarcaciones más
pequeñas, junto con treinta mil de nuestros mejores marinos y
soldados; y se sabe que las bajas del enemigo son algo mayores que las
nuestras. Pero ahora han equipado una flota numerosa y están
precisamente preparando una invasión contra nosotros, y Su Majestad
Imperial, poniendo gran confianza en vuestro valor y esfuerzo, me ha
ordenado exponer esta relación de sus negocios ante vos.»
Rogué
al secretario que presentase mis humildes respetos al emperador y le
hiciera saber que juzgaba yo no corresponderme, como extranjero que
era, intervenir en cuestiones de partidos; pero que estaba dispuesto,
aun con riesgo de mi vida, a defender su persona y su estado contra
los invasores.
Capítulo
5
El
autor evita una invasión con una extraordinaria estratagema.
-Se le confiere un alto título honorífico. -Llegan embajadores
del emperador de Blefuscu y demandan la paz.
El
imperio de Blefuscu es una isla situada al lado nordeste de Liliput,
de donde sólo está separada por un canal de ochocientas
yardas de anchura. Yo no lo había visto aún, y ante la
noticia del intento de invasión evité presentarme por
aquel lado de la costa, no me descubriese alguno de los buques del enemigo,
que no tenía de mí noticia ninguna, rigurosamente prohibida
como está la relación entre los dos imperios durante la
guerra, bajo pena de muerte, y decretado por nuestro emperador el embargo
de todos los buques, sin distinción. Comuniqué a Su Majestad
un proyecto que había formado para apresar completa la flota
del enemigo, la cual, por lo que nos aseguraban nuestros exploradores,
estaba anclada en el puerto, lista para darse a la vela al primer viento
favorable. Consulté a los más experimentados hombres de
mar acerca de la profundidad del canal, que sondaban frecuentemente,
y me dijeron que en el centro, durante la marea alta, tenía setenta
glumgruffs de profundidad, lo que equivale a unos seis pies de medida
europea, y el resto de él, cincuenta glumgruffs lo más.
Me dirigí hacia la costa nordeste, frente a Blefuscu, y allí,
tumbado detrás de una colina, saqué mi pequeno anteojo
de bolsillo y descubrí anclada la flota del enemigo, constituída
por unos cincuenta buques de guerra y un gran número de transportes.
Volví después a mi casa y di orden -para lo cual tenía
autorización- de que me llevasen una gran cantidad del cable
más fuerte y de barras de hierro. El cable venía a tener
el grueso del bramante, y las barras la longitud y el tamaño
de agujas de hacer media. Tripliqué el cable para hacerlo más
resistente, y con el mismo fin retorcí juntas tres de las barras
de hierro, cuyos extremos doblé en forma de gancho. Cuando hube
fijado cincuenta ganchos a otros tantos cables volví a la costa
nordeste y, quitándome la casaca, los zapatos y las medias, me
entré en el mar, con mi chaleco de cuero, como una hora antes
de subir la marea. Vadeé todo lo aprisa que pude y nadé
en el centro unas treinta yardas, hasta que hice pie; llegué
a la flota en menos de media hora. El enemigo se aterró de tal
modo cuando me vio, que saltó de los barcos y nadó a la
costa, donde no habría menos de treinta mil almas. Tomé
entonces mis trebejos y, después de pasar un gancho por la proa
de cada buque, até juntas todas las cuerdas por su extremo. Mientras
yo procedía a esta maniobra, el enemigo me disparó varios
miles de flechas, muchas de las cuales me daban en las manos y en la
cara y, además de excesivo escozor, me causaban gran molestia
en mi trabajo. Por lo que más temía era por los ojos,
que infaliblemente hubiera perdido a no haber dado en seguida con un
medio. Guardaba yo, entre otros pequeños útiles, un par
de lentes en un bolsillo secreto que, como antes advertí, había
escapado a las investigaciones del emperador; los saqué y me
los sujeté a la nariz todo lo fuerte que pude, y así armado
continué tranquilamente mi obra, a pesar de las flechas del enemigo,
muchas de las cuales iban a dar contra los cristales de mis lentes,
pero sin otro efecto que el de desajustármelos un poco. Una vez
que tuve fijos todos los ganchos, cogí el nudo y empecé
a tirar; pero no se movía ni un barco, porque todos estaban demasiado
fuertemente sujetos por las anclas; así, que faltaba la parte
más dura de mi empresa. Solté la cuerda y, dejando los
ganchos fijos a los barcos, corté resueltamente con mi navaja
los cables que amarraban las anclas, mientras recibía sobre doscientos
tiros en la cara y las manos. Tomé luego el extremo anudado de
los cables a que estaban atados los ganchos, y con gran facilidad me
llevé tras de mí cincuenta de los mayores buques de guerra
del enemigo.
Los
blefuscudianos, que no tenían la menor sospecha de lo que yo
me proponía, quedaron al principio confundidos de asombro. Me
habían visto cortar los cables y pensaban que mi designio era
solamente dejar los barcos a merced de las olas o que se embistiesen
unos contra otros; pero cuando vieron toda la flota echar a andar en
orden y a mí tirando delante, lanzaron tal grito de dolor y desesperación,
que casi es imposible de explicar ni de concebir. Ya fuera de peligro,
me detuve un rato para sacarme las flechas que se me habían hincado
en las manos y en la cara y me untó ungüento del que me
habían dado al principio de mi llegada, según he referido
anteriormente. Luego me quité los lentes, y aguardando alrededor
de una hora a que la marea estuviese algo más baja, vadeé
el centro con mi carga y llegué salvo al puerto real de Liliput.
El
emperador y toda su corte estaban en la playa esperando el éxito
de esta gran aventura. Veían avanzar los barcos formando una
extensa media luna; pero no podían distinguirme a mí,
que estaba metido hasta el pecho en el agua. Ya llegaba yo a la mitad
del canal y su zozobra no menguaba, porque las aguas me cubrían
hasta el cuello. Pensaba el emperador que yo me había ahogado
y que la flota del enemigo se aproximaba en actitud hostil; pero en
breve se desvanecieron sus temores, porque, disminuyendo la poca profundidad
del canal a cada paso que daba yo, pronto estuve a distancia para hacerme
oír; y alzando el cabo del cable con que estaba atada la flota,
grité en voz muy alta: «ˇViva el muy poderoso emperador de Liliput!»
Este gran príncipe me recibió al llegar a tierra con todos
los encomios posibles y me hizo allí mismo nardac, que es el
más alto título honorífico entre ellos.
Su
Majestad quería que yo aprovechase alguna otra ocasión
para traer a sus puertos el resto de los barcos de su enemigo. Y tan
desmedida es la ambición de los príncipes, que parecía
pensar nada menos que en reducir todo el imperio de Blefuscu a una provincia
gobernada por un virrey, en aniquilar a los anchoextremistas desterrados
y en obligar a estas gentes a cascar los huevos por el extremo estrecho,
con lo cual quedaría él único monarca del mundo
entero. Pero yo me encargué de disuadirle de su propósito
por medio de numerosos argumentos sacados de los principios de la política,
así como de los de la justicia, y protesté francamente
que yo nunca serviría de instrumento para llevar a la esclavitud
a un pueblo libre y valeroso. Y cuando el asunto se discutió
en Consejo, la parte más prudente del Ministerio fue de mi opinión.
Esta
rotunda declaración mía era tan opuesta a los planes y
a la política de Su Majestad Imperial, que éste no me
perdonó nunca; se refirió a ella de una muy artificiosa
manera en el Consejo, donde, según me dijeron, algunos de los
más prudentes parecían -al menos, este alcance podía
darse a su silencio- ser de mi opinión; pero otros, que eran
mis enemigos secretos, no pudieron contener ciertas expresiones, que
por caminos indirectos llegaron hasta mí. Desde este momento
comenzó una intriga entre Su Majestad y una camarilla de ministros
maliciosamente dispuestos en contra mía, intriga que estalló
en menos de dos meses y hubiera conducido probablemente a mí
total perdición. ˇDe tan poco peso son los mayores servicios
para los príncipes si se los pone en la balanza frente a una
negativa de satisfacer sus pasiones!
A
las tres semanas de mi hazaña llegó una solemne embajada
de Blefuscu con humildes ofrecimientos de paz, y ésta quedó
prontamente concertada, en condiciones muy ventajosas para nuestro emperador,
y de las cuales hago gracia a los lectores. Los embajadores eran seis,
con una comitiva de unas quinientas personas, y su entrada fue de toda
magnificencia, como correspondía a la grandeza de su señor
y a la importancia de su negocio. Cuando estuvo concluido el tratado,
durante cuya negociación yo les auxilié con mis buenos
oficios, valiéndome del crédito que entonces tenía,
o al menos parecía tener, en la corte, Sus Excelencias, a quienes
en secreto habían informado de cuanto había procurado
en favor suyo, me invitaron a visitar aquel reino en nombre del emperador,
su señor, y me pidieron que les diese alguna muestra de mi fuerza
colosal, de la que habían oído tantas maravillas, en lo
cual les complací. Pero no quiero molestar al lector con estos
detalles.
Cuando
hube entretenido algún tiempo a Sus Excelencias, con infinita
satisfacción y sorpresa por su parte, les pedí que me
hiciesen el honor de presentar mis más humildes respetos al emperador,
su señor, la fama de cuyas virtudes tenía tan justamente
lleno de admiración al mundo entero, y a cuya real persona tenía
resuelto ofrecer mis servicios antes de regresar a mi país. De
consiguiente, la próxima vez que tuve el honor de ver a nuestro
emperador pedí su real licencia para hacer una visita al monarca
blefuscudiano, licencia que se dignó concederme, según
pude claramente advertir, de muy fría manera. Pero no pude adivinar
la razón, hasta que cierta persona vino a contarme misteriosamente
que Flimnap y Bolgolam habían presentado mi trato con aquellos
embajadores como una prueba de desafecto, culpa de la que puedo asegurar
que mi corazón era por completo inocente. Y ésta fue la
primera ocasión en que empecé a concebir idea, aunque
imperfecta, de lo que son cortes y ministros.
Es
de notar que estos embajadores me hablaron por medio de un intérprete,
pues los idiomas de ambos imperios se diferencian entre sí tanto
como dos cualesquiera de Europa, y cada nación se enorgullece
de la antigüedad, belleza y energía de su propia lengua
y siente un manifiesto desprecio por la de su vecino. No obstante, nuestro
emperador, valiéndose de la ventaja que le daba la toma de la
flota, les obligó a presentar sus credenciales y pronunciar su
discurso en lengua liliputiense. Debe, sin embargo, reconocerse que
a consecuencia de las amplias relaciones de ambos reinos en el campo
del comercio y los negocios; del continuo recibimiento de desterrados,
que entre ellos es mutuo, y de la costumbre que hay en cada imperio
de enviar al otro a los jóvenes de la nobleza y de las más
acaudaladas familias principales para que se afinen viendo mundo y estudiando
hombres y costumbres, hay pocas personas de distinción, así
como comerciantes y hombres de mar que viven en las regiones marítimas,
que no sepan sostener una conversación en ambas lenguas. Así
pude apreciarlo algunas semanas después, cuando fuí a
ofrecer mis respetos al emperador de Blefuscu; visita que, en medio
de las grandes desdichas que me acarreó la maldad de mis enemigos,
resultó para mí muy feliz aventura, como referiré
en el oportuno lugar.
Recordará
el lector que cuando firmé los artículos en virtud de
los cuales recobré la libertad, había algunos que me disgustaban
por demasiado serviles, y a los cuales sólo me podía obligar
a someterme una necesidad extrema. Pero siendo ya como era un nardac
del más alto rango del imperio, tales oficios se consideraron
por bajo de mi dignidad, y el emperador -dicho sea en justicia- nunca
jamás me los mencionó.
Capítulo
6
De
los habitantes de Liliput: sus estudios, leyes y costumbres y modo de
educar a sus hijos. -El método de vida del autor en aquel país.
-Vindicación que hizo de una gran dama.
Aunque
es mi propósito dejar la descripción de este imperio para
un tratado particular, me complace, en tanto, obsequiar al curioso lector
con algunas nociones generales. De poco menos de seis pulgadas de alto
los naturales de estatura media, hay exacta proporción en los
demás animales, así como en árboles y plantas.
Por ejemplo: los caballos y bueyes más grandes tienen de cuatro
a cinco pulgadas de altura; los carneros, pulgada y media, poco más
o menos; los gansos, el tamaño de un gorrión aproximadamente;
y así las varias gradaciones en sentido descendente, hasta llegar
a los más pequeños, que para mi vista eran casi imperceptibles.
Pero la Naturaleza ha adaptado los ojos de los liliputienses a todos
los objetos propios para su visión; ven con gran exactitud, pero
no a gran distancia. Como testimonio de la agudeza de su vista para
los objetos cercanos puedo mencionar la diversión que me produjo
observar cómo un cocinero pelaba una calandria que no llegaba
al tamaño de una mosca corriente, y cómo una niña
enhebraba una aguja invisible con una seda invisible. Sus árboles
más crecidos son de unos siete pies de altura; me refiero a algunos
de los existentes en el gran parque real, y a las copas de los cuales
llegaba yo justamente con el puño. Los otros vegetales están
en la misma proporción; pero esto lo dejo a la imaginación
de los lectores.
Solamente
diré ahora algo acerca de la cultura, que durante largas épocas
ha florecido en aquel pueblo en todas sus ramas. La manera de escribir
es muy particular, pues no escriben ni de izquierda a derecha, como
los europeos, ni de derecha a izquierda, como los árabes, ni
de arriba abajo, como los chinos, sino oblicuamente, de uno a otro ángulo
del papel, como las señoras de Inglaterra.
Entierran
sus muertos con la cabeza para abajo, porque tienen la idea de que dentro
de once mil lunas todos se levantarán otra vez, y que al cabo
de este período la Tierra -que ellos juzgan plana- se volverá
de arriba abajo, y gracias a este medio, cuando resuciten se encontrarán
de pie. Los eruditos confiesan el absurdo de esta doctrina; pero la
práctica sigue, en condescendencia con el vulgo.
Hay
en este imperio algunas leyes y costumbres muy particulares; y si no
fuesen tan por completo contrarias a las de mi querido país,
me darían ganas de decir algo en su justificación. Sólo
sería de desear que se cumpliesen. La primera de que hablaré
se refiere a los espías. Todos los crímenes contra el
Estado se castigan con la mayor severidad; pero si la persona acusada
demuestra plenamente su inocencia en el proceso, inmediatamente se da
al acusador muerte ignominiosa, y de sus bienes muebles y raíces
es cuatro veces indemnizada la persona inocente, por la pérdida
de tiempo, por el peligro a que estuvo expuesta, por las molestias de
su prisión y por todos los gastos que haya tenido que hacer para
su defensa. Si el fondo no alcanza es generosamente completado por la
Corona. El emperador, asimismo, confiere al interesado alguna pública
prueba de su gracia y se hace por la ciudad la proclamación de
su inocencia.
Consideran
allí el fraude como un crimen mayor que el robo, y, por consecuencia,
rara vez dejan de castigarlo con la muerte porque sostienen ellos que
el cuidado y la vigilancia, practicados con el común entendimiento,
pueden preservar de los ladrones los bienes de un hombre, mientras que
la honradez no tiene defensa contra una astucia superior; y como es
necesario que haya perpetuas relaciones de compra y venta y comercio
a crédito, donde se permite y tolera el fraude, o donde no hay
leyes para castigarlo, el comerciante más honrado sale siempre
perdiendo y el bribón saca la ventaja. Recuerdo que en una ocasión
intercedía yo con el rey por un criminal que había perjudicado
a su amo en una gran cantidad de dinero recibido por orden, y con el
cual se escapó; y como dijese a Su Majestad, a modo de atenuación,
que se trataba sólo de un abuso de confianza, el emperador encontró
monstruoso que yo presentase como defensa la mayor agravación
de su crimen; y la verdad es que al contestarle tuve bien poco que añadir
a la respuesta usual de que las diferentes naciones tienen diferentes
costumbres, porque confieso que quedé enteramente confundido.
Aunque
nosotros, generalmente llamarnos al premio y al castigo los goznes sobre
que gira todo gobierno, nunca vi que pusiera en práctica esta
máxima nación ninguna, a excepción de Liliput.
Quienquiera que allí pueda probar suficientemente que ha observado
con puntualidad las leyes de su país durante setenta y tres lunas,
tiene derecho a ciertos privilegios, de acuerdo con su calidad y la
condición de su vida, unidos a una cantidad de dinero proporcionada,
que sale de un fondo afecto a este uso.Asimismo adquiere el título
de sninall, o sea legal, que se agrega a su apellido, pero que no pasa
a la descendencia. Aquellas gentes creyeron enorme defecto de nuestra
política lo que yo les referí acerca de obligar nuestras
leyes sólo por el castigo, sin mencionar el premio para nada.
Por esta razón, la imagen de la Justicia en sus tribunales está
representada con seis ojos: dos delante, dos detrás y uno a cada
lado, que significan circunspección, más una bolsa de
oro abierta en la mano derecha y una espada envainada en la izquierda,
con que se quiere mostrar que está mejor dispuesta para el premio
que para el castigo.
Al
escoger personas para cualquier empleo se mira más la moralidad
que las grandes aptitudes; pues dado que el gobierno es necesario a
la Humanidad, suponen allí que el nivel general del entendimiento
humano ha de convenir a un oficio u otro, y que la Providencia nunca
pudo pretender hacer de la administración de los negocios públicos
un misterio que sólo comprendan algunas personas de genio sublime,
de las que por excepción nacen tres en una misma época.
Piensan, por el contrario, que la verdad, la justicia, la moderación
y sus semejantes residen en todos los hombres, y que la práctica
de estas virtudes, asistidas por la experiencia y una recta intención,
capacitan a cualquier hombre para el servicio de su país, salvo
aquellos casos en que se requieran estudios especiales. Y creían
por de contado que la falta de virtudes morales estaba tan lejos de
poder suplirse con dotes superiores de inteligencia, que nunca debían
ponerse cargos en manos tan peligrosas como las de gentes que merecieran
tal concepto, pues, cuando menos, los errores cometidos por ignorancia
con honrado propósito jamás serían de tan fatales
consecuencias para el bien público como las prácticas
de un hombre inclinado a la corrupción y de grandes aptitudes
para conducir y multiplicar y defender sus corrupciones.
Del
mismo modo, no creer en una Divina Providencia incapacita a un hombre
para desempeñar cargos públicos; porque, dado que los
reyes se proclaman a sí Mismos diputados de la Providencia, los
liliputienses entienden que no hay nada más absurdo en un príncipe
que dar empleos a hombres que niegan la autoridad en nombre de la cual
ellos se conducen.
Al
hablar de estas y de las siguientes leyes quiero que se entienda que
me refiero sólo a las instituciones originales, y no a la escandalosa
corrupción en que este pueblo ha caído a causa de la degenerada
naturaleza del hombre; pues por lo que toca a esa vergonzosa práctica
de obtener altos cargos haciendo volatines, o divisas de favor y distinción
saltando por encima de varillas o arrastrándose bajo ellas, ha
de saber el lector que fue introducida por el abuelo del emperador hoy
reinante, y ha prosperado a tal punto por el incremento gradual de partidos
y facciones.
La
ingratitud allí es un crimen capital, como leemos que lo ha sido
en algunos otros países; porque -razonan ellos- aquel que paga
con maldad a su bienhechor ha de ser necesariamente un enemigo común
del resto de la Humanidad, que no le ha hecho beneficio ninguno, y,
por lo tanto, tal hombre no es a propósito para esta vida.
Sus
nociones respecto de los deberes de padres e hijos difieren extremadamente
de las nuestras. De ningún modo conceden que un niño está
obligado a su padre por haberlo engendrado, ni a su madre por haberlo
traído al mundo; lo cual, teniendo en cuenta las miserias de
la vida humana, no es un beneficio en sí mismo, ni tampoco fue
la intención de sus padres, cuyo pensamiento durante sus lides
amorosas tenía bien distinta ocupación. Por estos y otros
parecidos razonamientos, es su opinión que los padres son los
últimos a quienes debe confiarse la educación de sus propios
hijos, y, en consecuencia, hay en cada edad establecimientos públicos,
adonde todos los padres, con excepción de los aldeanos y los
labradores, están obligados a llevar a sus pequeños de
uno y otro sexo para que los críen y eduquen así que llegan
a la edad de veinte lunas, tiempo en que ya se les suponen algunos rudimentos
de docilidad. Estos seminarios son de varias categorías, acomodadas
a las diferentes clases, y para ambos sexos. Tienen profesores especialmente
hábiles en la educación de niños para la condición
de vida conveniente a la alcurnia de sus padres y a la propia capacidad
de cada uno, así como a las particulares inclinaciones. Diré
primero algo de los establecimientos para varones, y luego de los de
hembras.
Los
seminarios para niños varones de noble o eminente cuna cuentan
con graves y cultos profesores y sus correspondientes auxiliares. Las
ropas y el alimento de los niños son sencillos y simples. Se
educa a éstos en los principios de honor, justicia, valor, modestia,
clemencia, religión y amor de su país; se les tiene siempre
dedicados a algún quehacer, excepto en las horas de comer y dormir,
que son muy pocas, y en las dos que se destinan a recreo, que consiste
en ejercicios corporales. Son vestidos por hombres hasta que tienen
cuatro años de edad, y a partir de entonces se les obliga a vestirse
solos, por elevado que sea su rango, y las mujeres ayudantes, que proporcionalmente
tienen la edad de las nuestras de cincuenta años, realizan sólo
los trabajos serviles. No se tolera a los niños que hablen nunca
con criados, sino que han de ir juntos, en grupos mayores o menores,
a esparcirse en sus recreos, y siempre en presencia de un profesor o
auxiliar; así se evitan esas tempranas perniciosas impresiones
de insensatez y vicio a que nuestros niños están sujetos.
A los padres sólo se les tolera que los vean dos veces al año;
la visita no dura más de una hora. Se les consiente que besen
al niño al llegar y al marcharse; pero un profesor, que siempre
está presente en tales ocasiones, no les tolera de ningún
modo que cuchicheen, ni que usen de expresiones de mimo ni que les lleven
regalos de juguetes, dulces o cosa parecida.
La
pensión para la educación y el mantenimiento de los niños
se encargan de cobrarla a las familias, por medio de embargo, los oficiales
del emperador, en caso de no haber sido debidamente satisfecha.
Los
establecimientos para niños de familias de posición media,
como comerciantes, traficantes y menestrales, funcionan proporcionalmente
según el mismo sistema, sólo que los que han de dedicarse
a oficio empiezan el aprendizaje a los once años, mientras los
de las personas de calidad continúan sus ejercicios hasta los
quince, que corresponden a los veinticinco entre nosotros, aunque su
reclusión va perdiendo gradualmente en rigor durante los tres
años últimos.
En
los seminarios para hembras, las niñas de calidad son educadas
casi lo mismo que los varones, sólo que las viste reposada servidumbre
de su mismo sexo, pero siempre en presencia de un profesor o auxiliar,
hasta que se visten ellas solas, que es cuando llegan a los cinco años.
Si se descubre que estas niñeras intentan alguna vez distraer
a las niñas con cuentos terroríficos o estúpidos,
o con alguno de los disparates que acostumbran las doncellas entre nosotros,
son públicamente paseadas con azotes tres vueltas a la ciudad,
encarceladas por un año y desterradas de por vida a la parte
más desolada del país. De este modo las señoritas
sienten tanta vergüenza como los hombres, de ser cobardes y melindrosas,
y desprecian todo adorno personal que vaya más allá de
lo decente y lo limpio; ni tampoco advierten en su educación
diferencia ninguna basada en la diferencia de sexo, a no ser que los
ejercicios femeninos nunca llegan a ser tan duros, que se les instruye
en algunas reglas referentes a la vida doméstica, y que se les
asigna un plan menos amplio de estudios. Es allí una máxima
que, entre gentes de calidad, la esposa debe ser siempre una discreta
y agradable compañía, ya que no puede ser siempre joven.
Cuando las muchachas llegan a los doce años, que es entre ellos
la edad del matrimonio, sus padres o tutores se las llevan a casa con
vivas expresiones de gratitud para los profesores, y rara vez sin lágrimas
de la señorita y de sus compañeras. En los colegios para
hembras de más baja categoría se enseña a las niñas
toda clase de trabajos propios de su sexo y de sus varios rangos. Las
destinadas a aprendizajes salen a los siete años, y las demás
siguen hasta los once.
Las
familias modestas que tienen niños en estos colegios, además
de la pensión anual, que es todo lo más reducida posible,
tienen que entregar al administrador del colegio una pequeña
parte de sus entradas mensuales, destinada a constituir un patrimonio
para el niño, y, en consecuencia, la ley limita los gastos a
todos los padres, porque estiman los liliputienses que nada puede haber
tan injusto como que las gentes, en satisfacción de sus propios
apetitos, traigan niños al mundo y dejen al común la carga
de sostenerlos. En cuanto a las personas de calidad, dan garantía
de apropiar a cada niño una cantidad determinada, de acuerdo
con su condición, y estos fondos se administran siempre con buena
economía y con la justicia más rigurosa.
Los
aldeanos y labradores conservan a sus hijos en casa, ya que su ocupación
ha de ser sólo labrar y cultivar la tierra, y, por tanto, su
educación, de poca consecuencia para el común. A los pobres
y enfermos se les recoge en hospitales, porque la mendicidad es un oficio
desconocido en este imperio.
Y
ahora quizá pueda interesar al lector curioso que yo le dé
alguna cuenta de mis asuntos particulares y de mi modo de vivir en aquel
país durante una residencia de nueve meses y trece días.
Como tengo idea para las artes mecánicas, y como también
me forzaba la necesidad, me había hecho una mesa y una silla
bastante buenas valiéndome de los mayores árboles del
parque real. Se dedicaron doscientas costureras a hacerme camisas y
lienzos para la cama y la mesa, todo de la más fuerte y basta
calidad que pudo encontrarse, y, sin embargo, tuvieron que reforzar
este tejido dándole varios dobleces, porque el más grueso
era algunos puntos más fino que la batista. Las telas tienen
generalmente tres pulgadas de ancho, y tres pies forman una pieza. Las
costureras me tomaron medida acostándome yo en el suelo y subiéndoseme
una en el cuello y otra hacia media pierna, con una cuerda fuerte, que
sostenían extendida una por cada punta, mientras otra tercera
medía la longitud de la cuerda con una regla de una pulgada de
largo. Luego me midieron el dedo pulgar de la mano derecha, y no necesitaron
más, pues por medio de un cálculo matemático, según
el cual dos veces la circunferencia del dedo pulgar es una vez la circunferencia
de la muñeca, y así para el cuello y la cintura, y con
ayuda de mi camisa vieja, que extendí en el suelo ante ellas
para que les sirviese de patrón, me asentaron las nuevas perfectamente.
Del mismo modo se dedicaron trescientos sastres a hacerme vestidos;
pero ellos recurrieron a otro expediente para tomarme medida. Me arrodillé,
y pusieron una escalera de mano desde el suelo hasta mi cuello; uno
subió por esta escalera y dejó caer desde el cuello de
mi vestido al suelo una plomada cuya cuerda correspondía en largo
al de mi casaca, pero los brazos y la cintura, me los medí yo
mismo. Cuando estuvo acabado mi traje, que hubo que hacer en mi misma
casa, pues en la mayor de las suyas no hubiera cabido, tenía
el aspecto de uno de esos trabajos de retacitos que hacen las señoras
en Inglaterra, salvo que era todo de un mismo color.
Disponía
yo de trescientos cocineros para que me aderezasen los manjares, alojados
en pequeñas barracas convenientemente edificadas alrededor de
mi casa, donde vivían con sus familias. Me preparaban dos platos
cada uno. Cogía con la mano veinte camareros y los colocaba sobre
la mesa, y un centenar más me servían abajo en el suelo,
unos llevando platos de comida y otros barriles de vino y diferentes
licores, cargados al hombro, todo lo cual subían los camareros
de arriba, cuando yo lo necesitaba, en modo muy ingenioso, valiéndose
de unas cuerdas, como nosotros subimos el cubo de un pozo en Europa.
Cada plato de comida hacía por un buen bocado, y cada barril,
por un trago razonable. Su cordero cede al nuestro, pero su vaca es
excelente. Una vez comí un lomo tan grande, que tuve que darle
tres bocados; pero esto fue raro. Mis servidores se asombraban de verme
comerlo con hueso y todo, como en nuestro país hacemos con las
patas de las calandrias. Los gansos y los pavos me los comía
de un bocado por regla general, y debo confesar que aventajan con mucho
a los nuestros. De las aves más pequeñas podía
coger veinte o treinta con la punta de mi navaja.
Un
día, Su Majestad Imperial, informado de mi método de vida,
expresó el deseo de tener él y de que tuviera su real
consorte, así como los jóvenes príncipes de la
sangre de ambos sexos, el gusto -como él se dignó decir-
de comer conmigo. En consecuencia vinieron, y yo los coloqué
en tronos dispuestos sobre mi mesa, justamente frente a mí, rodeados
de su guardia. Flimnap, gran tesorero, asistía allí de
igual modo, en la mano el blanco bastón, insignia de su cargo,
y observé que frecuentemente me miraba con agrio semblante, lo
que hice ademán de no ver. Lejos de ello, comí más
que de costumbre, en honor a mi querido país, así como
para llenar de admiración a la corte. Tengo mis razones particulares
para creer que esta visita de Su Majestad dio a Flimnap ocasión
para hacerme malos oficios con su señor. Este ministro había
sido siempre mi secreto enemigo, aunque exteriormente me halagaba más
de lo que era costumbre en la aspereza de su genio. Pintó al
monarca la triste situación de su tesoro: cómo se veía
obligado a negociar empréstitos con gran descuento; cómo
los vales reales no circularían a menos de nueve por ciento bajo
la par; cómo, en fin, yo había costado a Su Majestad por
encima de millón y medio de sprugs -la mayor moneda de oro de
ellos, aproximadamente del tamaño de una lentejuela-, y, en resumidas
cuentas, cuán prudente sería en el emperador aprovechar
la primera ocasión favorable para deshacerse de mí.
Debo
aquí vindicar la reputación de una distinguida dama que
fue víctima inocente a costa mía. El tesorero dio en sentirse
celoso de su mujer, por culpa de ciertas malas lenguas que le informaron
de que su gracia había concebido una violenta pasión por
mi persona, y durante algún tiempo cundió por la corte
el escándalo de que ella había venido una vez secretamente
a mi alojamiento. Declaro solemnemente que esto es una infame invención,
sin ningún fundamento, fuera de que su gracia se dignaba tratarme
con todas las inocentes muestras de confianza y amistad. Confieso que
venía a menudo a mi casa, pero siempre públicamente y
nunca sin tres personas más en el coche, que eran generalmente
su hermana, su joven hija y alguna amistad particular; pero lo mismo
hacían otras muchas damas de la corte. Y además apelo
a todos mis criados para que digan si alguna vez vieron a mi puerta
coche ninguno sin saber a qué personas llevaba. En tales ocasiones,
cuando un criado me pasaba el anuncio, era mi costumbre salir inmediatamente
a la puerta, y, luego de ofrecer mis respetos, tomar el coche y los
dos caballos cuidadosamente en mis manos -porque si los caballos eran
seis, el postillón desenganchaba cuatro siempre- y ponerlos encima
de la mesa, donde había colocado yo un cerco desmontable todo
alrededor, de cinco pulgadas de alto, para evitar accidentes. Con frecuencia
he tenido al mismo tiempo cuatro coches con sus caballos sobre mi mesa,
llena de visitantes, mientras yo, sentado en mi silla, inclinaba la
cabeza hacia ellos; y cuando yo departía con un grupo, el cochero
paseaba a los otros lentamente alrededor de la mesa. He pasado muchas
tardes muy agradables en estas conversaciones; pero desafío al
tesorero y a sus dos espías -se me antoja citarlos por sus nombres
y allá se las hayan después-, Clustril y Drunlo, a que
prueben que me visitó nunca nadie de incógnito, salvo
el secretario Reldresal, que fue enviado por mandato expreso de Su Majestad
Imperial, como antes he referido. No me hubiese detenido tanto en este
particular a no tratarse de un punto que toca tan cerca a la reputación
de una gran señora, para no decir nada de la mía propia,
aunque yo tenía entonces el honor de ser nardac, lo que no es
el tesorero, pues todo el mundo sabe que sólo es glumlum, titulo
inferior en un grado, como el de marqués lo es al de duque en
Inglaterra, aunque esto no quita para que yo reconozca que él
estaba por encima de mí en razón de su cargo. Estos falsos
informes, que llegaron después a mi conocimiento por un accidente
de que no es oportuno hablar, hicieron que Flimnap, el tesorero, pusiera
durante algún tiempo mala cara a su señora, y a mí
peor; y aunque al fin se desengañó y se reconcilió
con ella, yo perdí todo crédito con él y vi decaer
rápidamente mi influencia con el mismo emperador, quien, sin
duda, se dejaba influir demasiado por aquel favorito.
Capítulo
7
El
autor, informado de que se pretende acusarle de alta traición,
huye a Blefuscu. -Su recibimiento allí.
Antes
de proceder a dar cuenta de mi salida de este reino puede resultar oportuno
enterar al lector de una intriga secreta que durante dos meses estuvo
urdiéndose contra mí.
Yo,
hasta entonces, había ignorado siempre lo que eran cortes, pues
me inhabilitaba para relacionarme con ellas lo modesto de mi condición.
Desde luego, había oído hablar y leído bastante
acerca de las disposiciones de los grandes príncipes y los ministros;
pero nunca esperé encontrarme con tan terribles efectos de ellas
en un país tan remoto y regido, a lo que yo suponía, por
máximas muy diferentes de las de Europa.
Estaba
disponiéndome yo para rendir homenaje al emperador de Blefuscu,
cuando una persona significada de la corte -a quien yo una vez había
servido muy bien, con ocasión de haber ella incurrido en el más
profundo desagrado de Su Majestad Imperial- vino a mi casa muy secretamente,
de noche, en una silla de mano, y, sin dar su nombre, pidió ser
recibida. Despedidos los silleteros, me metí la silla con su
señoría dentro, en el bolsillo de la casaca, y dando órdenes
a un criado de confianza para que dijese que me sentía indispuesto
y me había acostado, aseguré la puerta de mi casa, coloqué
la silla de mano sobre la mesa, según era mi costumbre, y me
senté al lado. Una vez que hubimos cambiado los saludos de rigor,
como yo advirtiese gran preocupación en el semblante de su señoría
y preguntase la razón de ello, me pidió que le escuchase
con paciencia sobre un asunto que tocaba muy de cerca a mi honor y a
mi vida. Su discurso fue así concebido, pues tomé notas
de él tan pronto como quedé solo.
-Habéis
de saber -dijo- que recientemente se han reunido varias comisiones de
consejo con el mayor secreto y sois vos el motivo; y hace no más
que dos días que Su Majestad ha tomado una resolución
definitiva. Sabéis muy bien que Skyresh Bolgolam, galvet -o sea
almirante-, ha sido vuestro mortal enemigo casi desde que llegasteis.
No sé las razones en que se funde; pero su odio ha aumentado
a partir de vuestra gran victoria contra Blefuscu, con la cual su gloria
como almirante está muy obscurecida. Este señor, en unión
de Flimnap, el gran tesorero -cuya enemiga contra vos es notoria a causa
de su señora-; Limtoc, el general; Lalcon, el chambelán,
y Balmull, el gran justicia, han redactado en contra vuestra artículos
de acusación por traición y otros crímenes capitales.
Este
prefacio me alteró en tales términos, consciente como
estaba yo de mis merecimientos y mi inocencia, que estuve a punto de
interrumpir, cuando él me suplicó que guardara silencio,
y prosiguió de esta suerte:
-Llevado
de la gratitud por los favores que me habéis dispensado, me procuré
informes de todo el proceso y una copia de los artículos, con
lo cual arriesgué mi cabeza en servicio vuestro.
ARTÍCULOS
DE ACUSACIÓN CONTRA QUINBUS FLESTRIN (EL HOMBRE-MONTAÑA)
Artículo
I
«Que
el citado Quinbus Flestrin, habiendo traído la flota imperial
de Blefuscu al puerto real, y habiéndole después ordenado
Su Majestad Imperial capturar todos los demás barcos del citado
imperio de Blefuscu y reducir aquel imperio a la condición de
provincia, que gobernase un virrey nuestro, y destruir y dar muerte
no sólo a todos los desterrados anchoextremistas, sino asimismo
a toda la gente de aquel imperio que no abjurase inmediatamente de la
herejía anchoextremista, él, el citado Flestrin, como
un desleal traidor contra Su Muy Benigna y Serena Majestad Imperial,
pidió ser excusado del citado servicio bajo el pretexto de repugnancia
a forzar conciencias y a destruir las libertades y las vidas de pueblos
inocentes.
Artículo
II
»Que
siendo así que determinados embajadores llegaron de la corte
de Blefuscu a pedir paz a la corte de Su Majestad, el citado Flestrin,
como un desleal traidor, ayudó, patrocinó, alentó
y advirtió a los citados embajadores, aunque sabía que
se trataba de servidores de un príncipe que recientemente había
sido enemigo declarado de Su Majestad Imperial y estado en guerra declarada
contra su citada Majestad.
Artículo
III
»Que
el citado Quinbus Flestrin, en contra de los deberes de todo súbdito
fiel, se dispone actualmente a hacer un viaje a la corte e imperio de
Blefuscu, para lo cual sólo ha recibido permiso verbal de Su
Majestad Imperial, y so color del citado permiso pretende deslealmente
y traidoramente emprender el citado viaje, y, en consecuencia, ayudar,
alentar y patrocinar al emperador de Blefuscu, tan recientemente enemigo
y en guerra declarada con Su Majestad Imperial antedicha.
»Hay
algunos otros artículos, pero éstos son los mas importantes,
y de ellos os he leído un extracto.
»En
el curso de los varios debates habidos en esta acusación hay
que reconocer que Su Majestad dio numerosas muestras de su gran benignidad,
invocando con frecuencia los servicios que le habíais prestado
y tratando de atenuar vuestros crímenes. El tesorero y el almirante
insistieron en que se os debería dar la muerte más cruel
e ignominiosa, poniendo fuego a vuestra casa durante la noche y procediendo
el general con veinte mil hombres armados de flechas envenenadas a disparar
contra vos, apuntando a la cara y a las manos. Algunos servidores vuestros
debían recibir orden secreta de esparcir en vuestras camisas
y sábanas un jugo venenoso que pronto os haría desgarrar
vuestras propias carnes con vuestras manos y morir en la más
espantosa tortura. El general se sumó a esta opinión,
así que durante largo plazo hubo mayoría en contra vuestra;
pero Su Majestad, resuelto a salvaros la vida si era posible, pudo por
último disuadir al chambelán.
»Reldresal,
secretario principal de Asuntos Privados, que siempre se proclamó
vuestro amigo verdadero, fue requerido por el emperador para que expusiera
su opinión sobre este punto, como así lo hizo, y con ello
acreditó el buen concepto en que le tenéis. Convino en
que vuestros crímenes eran grandes, pero que, no obstante, había
lugar para la gracia, la más loable virtud en los príncipes,
y por la cual Su Majestad era tan justamente alabado. Dijo que la amistad
entre vos y él era tan conocida en todo el mundo, que quizá
el ilustrísimo tribunal tuviera su juicio por interesado. Sin
embargo, obedeciendo al mandato que había recibido, descubriría
libremente sus sentimientos. Si Su Majestad, en consideración
a vuestros servicios y siguiendo su clemente inclinación, se
dignara dejaros la vida y dar orden solamente de que os sacaran los
dos ojos, él suponía, salvando los respetos, que con esta
medida la justicia quedaría en cierto modo satisfecha y todo
el mundo aplaudiría la benignidad del emperador, así como
la noble y generosa conducta de quienes tenían el honor de ser
sus consejeros. La pérdida de vuestros ojos -argumentaba él-
no serviría de impedimento a vuestra fuerza corporal, con la
que aun podíais ser útil a Su Majestad. La ceguera aumenta
el valor ocultándonos los peligros, y el miedo que tuvisteis
por vuestros ojos os fue la mayor dificultad para traer la flota enemiga.
Y, finalmente, que os sería bastante ver por los ojos de los
ministros, ya que los más grandes príncipes no suelen
hacer de otro modo.
»Esta
proposición fue acogida con la desaprobación mas completa
por toda la Junta. Bolgolam, el almirante, no pudo contener su cólera,
antes bien, levantándose enfurecido, dijo que se admiraba de
cómo un secretario se atrevía a dar una opinión
favorable a que se respetase la vida de un traidor, que los servicios
que habíais hecho eran, según todas las verdaderas razones
de Estado, la mayor agravación de vuestros crímenes; que
la misma fuerza que os permitió traer la flota enemiga podría
serviros para devolverla al primer motivo de descontento; que tenía
firmes razones para pensar que erais un estrechoextremista en el fondo
de vuestro corazón, y que, como la traición comienza en
el corazón antes de manifestarse en actos descubiertos, él
os acusaba de traidor con este motivo, e insistía, por tanto,
en que se os diera la muerte.
»El
tesorero fue de la misma opinión. Expuso a qué estrecheces
se veían reducidas las rentas de Su Majestad por la carga de
manteneros, que pronto habría llegado a ser insoportable, y aun
añadió que la medida propuesta por el secretario, de sacaros
los ojos, lejos de remediar este mal lo aumentaría, como lo hace
manifiesto la práctica acostumbrada de cegar a cierta clase de
aves, que así comen más de prisa y engordan más
pronto. A su juicio, Su Sagrada Majestad y el Consejo, que son vuestros
jueces, estaban en conciencia plenamente convencidos de vuestra culpa,
lo que era suficiente argumento para condenaros a muerte sin las pruebas
formales requeridas por la letra estricta de la ley.
»Pero
Su Majestad Imperial, resueltamente dispuesto en contra de la pena capital,
se dignó graciosamente decir que, cuando al Consejo le pareciese
la pérdida de vuestros ojos un castigo demasiado suave, otros
había que poderos infligir después. Y vuestro amigo el
secretario, pidiendo humildemente ser oído otra vez, en respuesta
a lo que el tesorero había objetado en cuanto a la gran carga
que pesaba sobre su Majestad con manteneros, dijo que Su Excelencia,
que por sí solo disponía de las rentas del emperador,
podía fácilmente prevenir este mal con ir aminorando vuestra
asignación, de modo que, falto de alimentación suficiente,
fuerais quedándoos flojo y extenuado, perdierais el apetito y
os consumierais en pocos meses. Tampoco sería entonces -tan peligroso
el hedor de vuestro cadáver, reducido como estaría a menos
de la mitad; e inmediatamente después de vuestra muerte, cinco
o seis mil súbditos de Su Majestad podían en dos o tres
días quitar toda vuestra carne de vuestros huesos, transportarla
a carretadas y enterrarla en diferentes sitios para evitar infecciones,
dejando el esqueleto como un monumento de admiración para la
posteridad.
»De
este modo, gracias a la gran amistad del secretario, quedó concertado
el asunto. Se encargó severamente que el proyecto de mataros
de hambre poco a poco se mantuviera secreto; pero la sentencia de sacaros
los ojos había de trasladarse a los libros; no disintiendo ninguno,
excepto Bolgolam, el almirante, quien, hechura de la emperatriz, era
continuamente instigado por ella para insistir en vuestra muerte.
»En
un plazo de tres días vuestro amigo el secretario recibirá
el encargo de venir a vuestra casa y leeros los artículos de
acusación, y luego daros a conocer la gran clemencia y generosidad
de Su Majestad y de su Consejo, gracias a la cual se os condena solamente
a la pérdida de los ojos, a lo que Su Majestad no duda que os
someteréis agradecida y humildemente. Veinte cirujanos de Su
Majestad, para que la operación se lleve a efecto de buen modo,
procederán a descargaros afiladísimas flechas en las niñas
de los ojos estando vos tendido en el suelo.
»Dejo
a vuestra prudencia qué medidas debéis tomar; y, para
evitar sospechas, me vuelvo inmediatamente con el mismo secreto que
he venido.»
Así
lo hizo su señoría, y yo quedé solo, sumido en
dudas y perplejidades.
Era
costumbre introducida por este príncipe y su Ministerio -muy
diferente, según me aseguraron, de las prácticas de tiempos
anteriores- que una vez que la corte había decretado una ejecución
cruel fuese para satisfacer el resentimiento del monarca o la mala intención
de un favorito-, el emperador pronunciase un discurso a su Consejo en
pleno exponiendo su gran clemencia y ternura, cualidades sabidas y confesadas
por el mundo entero. Este discurso se publicaba inmediatamente por todo
el reino, y nada aterraba al pueblo tanto como estos encomios de la
clemencia de Su Majestad, porque se había observado que cuando
más se aumentaban estas alabanzas y se insistía en ellas,
más inhumano era el castigo y más inocente la víctima.
Y en cuanto a mí, debo confesar que, no estando designado para
cortesano ni por nacimiento ni por educación, era tan mal juez
en estas cosas, que no pude descubrir la clemencia ni la generosidad
de esta sentencia; antes bien, la juzgué -quizá erróneamente-
más rigurosa que suave. A veces pensaba en tomar mi defensa en
el proceso; pues, aun cuando no podía negar los hechos alegados
en los varios artículos, confiaba en que pudieran admitir alguna
atenuación. Pero habiendo examinado en mi vida atentamente muchos
procesos de Estado y visto siempre que terminaban según a los
jueces convenía, no me atreví a confiarme a tan peligrosa
determinación en coyuntura tan crítica y frente a enemigos
tan poderosos. En una ocasión me sentí fuertemente inclinado
a la resistencia, ya que, estando en libertad como estaba, difícilmente
hubiera podido someterme toda la fuerza de aquel imperio, y yo podía
sin trabajo hacer trizas a pedradas la metrópoli; pero en seguida
rechacé este proyecto con horror al recordar el juramento que
había hecho al emperador, los favores que había recibido
de él y el alto título de nardac que me había conferido.
No había aprendido la gratitud de los cortesanos tan pronto que
pudiera persuadirme a mí mismo de que las presentes severidades
de Su Majestad me relevaban de todas las obligaciones anteriores.
Por
fin tomé una resolución que es probable que me valga algunas
censuras, y no injustamente, pues confieso que debo el conservar mis
ojos, y por lo tanto mi libertad, a mi grande temeridad y falta de experiencia;
porque si yo hubiese conocido entonces la naturaleza de los príncipes
y los ministros como luego la he observado en otras muchas cortes, y
sus sistemas de tratar a criminales menos peligrosos que yo, me hubiera
sometido a pena tan suave con gran alegría y diligencia. Pero
empujado por la precipitación de la juventud y disponiendo del
permiso de Su Majestad Imperial para rendir homenaje al emperador de
Blefuscu, aproveché esta oportunidad antes de que transcurriesen
los tres días para enviar una carta a mi amigo el secretario
comunicándole mi resolución de partir aquella misma mañana
para Blefuscu, ateniéndome a la licencia que había recibido;
y sin aguardar respuesta, marché a la parte de la isla donde
estaba nuestra flota. Cogí un gran buque de guerra, até
un cable a la proa, y después de levar anclas me desnudé,
puse mis ropas -juntas con mi colcha, que me había llevado bajo
el brazo- en el buque, y, tirando de él, ya vadeando, ya nadando,
llegué al puerto de Blefuscu, donde las gentes llevaban esperándome
largo tiempo.
Me
enviaron dos guías para que me encaminasen a la capital que lleva
el mismo nombre. Los llevé en las manos hasta que llegué
a doscientas yardas de las puertas y les rogué que comunicasen
mi llegada a uno de los secretarios y le hiciesen saber que esperaba
allí las órdenes de Su Majestad. Al cabo de una hora obtuve
respuesta de que Su Majestad, acompañado de la familia real y
de los magnates de la corte, salía a recibirme. Avancé
cien yardas. El emperador y su comitiva se apearon de sus caballos,
la emperatriz y las damas de sus coches, y no advertí en ellos
temor ni inquietud alguna. Me acosté en el suelo para besar la
mano de Su Majestad y de la emperatriz. Dije a Su Majestad que había
ido en cumplimiento de mi promesa y con permiso del emperador, mi dueño,
a tener el honor de ver a un monarca tan poderoso y de ofrecerle cualquier
servicio de que yo fuese capaz y se aviniese con mis deberes hacia mi
propio príncipe, no diciendo una palabra acerca de la desgracia
en que había caído, puesto que a la sazón no tenía
yo informes ofíciales de ella y podía fingirme por completo
ignorante de tal designio. Ni tampoco podía razonablemente pensar
que el emperador descubriese el secreto estando yo fuera de su alcance,
en lo que no obstante, bien pronto pude echar de ver que me engañaba.
No
he de molestar al lector con la relación detallada de mi recibimiento
en esta corte, que fue como convenía a la generosidad de tan
gran príncipe, ni las dificultades en que me encontré
por falta de casa y lecho, y que me redujeron a dormir en el suelo envuelto
en mi colcha.
Capítulo
8
El
autor, por un venturoso accidente, encuentra modo de abandonar Blefuscu.
-Después de varias dificultades, vuelve sano y salvo a su país
natal.
Tres
días después de mi llegada, paseando por curiosidad hacia
la costa nordeste de la isla, descubrí, como a media legua dentro
del mar, algo que parecía como un bote volcado. Me quité
los zapatos y las medias, y, vadeando dos o trescientas yardas, vi que
el objeto iba aproximándose por la fuerza de la marea, y luego
reconocí claramente ser, en efecto, un bote, que supuse podría
haber arrastrado de un barco alguna tempestad. Con esto, volví
inmediatamente a la ciudad y supliqué a Su Majestad Imperial
que me prestase veinte de las mayores embarcaciones que le quedaron
después de la pérdida de su flota y tres mil marineros,
bajo el mando del vicealmirante. Esta flota se hizo a la vela y avanzó
costeando, mientras yo volvía por el camino más corto
al punto desde donde primero descubriera el bote; encontré que
la marea lo había acercado más todavía. Todos los
marineros iban provistos de cordaje que yo de antemano había
trenzado para darle suficiente resistencia. Cuando llegaron los barcos
me desnudé y vadeé hasta acercarme como a cien yardas
del bote, después de lo cual tuve que nadar hasta alcanzarlo.
Los marineros me arrojaron el cabo de la cuerda, que yo amarré
a un agujero que tenía el bote en su parte anterior, y até
el otro cabo a un buque de guerra. Pero toda mi tarea había sido
inútil, pues como me cubría el agua no podía trabajar.
En este trance me vi forzado a nadar detrás y dar empujones al
bote hacia adelante lo más frecuentemente que podía con
una de las manos; y como la marea me ayudaba, avancé tan de prisa,
que en seguida hice pie y pude sacar la cabeza. Descansé dos
o tres minutos y luego di al bote otro empujón, y así
continué hasta que el agua no me pasaba de los sobacos; y entonces,
terminada ya la parte más trabajosa, tomé los otros cables,
que estaban colocados en uno de los buques, y los amarré primero
al bote y después a nueve de los navíos que me acompañaban.
El viento nos era favorable, y los marineros remolcaron y yo empujé
hasta que llegamos a cuarenta yardas de la playa, y, esperando a que
bajase la marea, fuí a pie enjuto adonde estaba el bote, y con
la ayuda de dos mil hombres con cuerdas y máquinas me di traza
para restablecerlo en su posición normal, y vi que sólo
estaba un poco averiado.
No
he de molestar al lector relatando las dificultades en que me hallé
para, con ayuda de ciertos canaletes, cuya hechura me llevó diez
días, conducir mi bote al puerto real de Blefuscu, donde se reunió
a mi llegada enorme concurrencia de gentes, llenas del asombro en presencia
de embarcación tan colosal. Dije al emperador que mi buena fortuna
había puesto este bote en mi camino como para trasladarme a algún
punto desde donde pudiese volver a mi tierra natal, y supliqué
de Su Majestad órdenes para que se me facilitasen materiales
con que alistarlo, así como su licencia para partir, lo que después
de algunas reconvenciones de cortesía se dignó concederme.
En
todo este tiempo se me hacía maravilla no tener noticia de que
nuestro emperador hubiese enviado algún mensaje referente a mí
a la corte de Blefuscu; pero después me hicieron saber secretamente
que Su Majestad Imperial, no imaginando que yo tuviera el menor conocimiento
de su propósito, creía que sólo había ido
a Blefuscu en cumplimiento de mi promesa, de acuerdo con el permiso
que él me había dado y era notorio en nuestra corte, y
que regresaría a los pocos días, cuando la ceremonia terminase.
Mas sintióse, al fin, inquietado por mi larga ausencia, y, luego
de consultar con el tesorero y el resto de aquella cábala, se
despachó a una persona de calidad con la copia de los artículos
dictados en contra mía. Este enviado llevaba instrucciones para
exponer al monarca de Blefuscu la gran clemencia de su señor,
que se contentaba con castigarme no más que a la pérdida
de los ojos, así como que yo había huido de la justicia
y sería despojado de mi título de nardac y declarado traidor
si no regresaba en un plazo de dos horas. Agregó además
el enviado que su señor esperaba que, a fin de mantener la paz
y la amistad entre los dos imperios, su hermano de Blefuscu daría
orden de que me devolviesen a Liliput sujeto de pies y manos, para ser
castigado como traidor.
El
emperador de Blefuscu, que se tomó tres días para consultar,
dio una respuesta consistente en muchas cortesías y excusas.
Decía que por lo que tocaba a enviarme atado, su hermano sabía
muy bien que era imposible; que aun cuando yo le había despojado
de su flota, no obstante, él me estaba muy obligado por los muchos
buenos oficios que le había dispensado al concertarse la paz;
que, sin embargo, sus dos majestades podían quedar pronto tranquilas,
por cuanto yo había encontrado en la costa una colosal embarcación
capaz de llevarme por mar, la cual había él dado orden
de alistar con mi propia ayuda y dirección, y así confiaba
en que dentro de pocas semanas ambos imperios se verían libres
de carga tan insoportable.
Con
esta respuesta se volvió a Liliput el enviado. El monarca de
Blefuscu me refirió todo lo acontecido, ofreciéndome al
mismo tiempo -pero en el seno de la más estrecha confianza- su
graciosa protección si quería continuar a su servicio.
Pero en este punto, aun cuando yo creía sus palabras sinceras,
resolví no volver a depositar confianza en príncipes ni
ministros mientras me fuera posible evitarlo; y así, con todo
el reconocimiento debido a sus generosas intenciones, le supliqué
humildemente que me excusase. Le dije que ya que la fortuna, por bien
o por mal, había puesto una embarcación en mi camino,
estaba resuelto a aventurarme en el Océano antes que ser ocasión
de diferencias entre dos monarcas tan poderosos. Tampoco encontré
que el emperador mostrase el menor disgusto, y descubrí, gracias
a cierto incidente, que estaba muy contento de mi resolución,
lo mismo que la mayor parte de sus ministros.
Estas
consideraciones me movieron a apresurar mi marcha algo más de
lo que yo tenía pensado; a lo que la corte, impaciente por verme
partir, contribuyó con gran diligencia. Se dedicaron quinientos
obreros a hacer dos velas para mi bote, según instrucciones mías,
disponiendo en trece dobleces el más fuerte de sus lienzos. Pasé
grandes trabajos para hacer cuerdas y cables, trenzando diez, veinte
o treinta de los más fuertes de los suyos. Una gran piedra que
vine a hallar después de larga busca por la playa me sirvió
de ancla. Me dieron el sebo de trescientas vacas para engrasar el bote
y para otros usos. Pasé trabajos increíbles para cortar
algunos de los mayores árboles de construcción con que
hacerme remos y mástiles, tarea en que me auxiliaron mucho los
armadores de Su Majestad, ayudándome a alisarlos una vez que
yo había hecho el trabajo más duro.
Transcurrido
como un mes, cuando todo estuvo dispuesto, envié a ponerme a
las órdenes del emperador y a pedirle licencia para partir. El
emperador y la familia real salieron del palacio; me acosté,
juntando la cara al suelo, para besar su mano, que él muy graciosamente
me alargó, y otro tanto hicieron la emperatriz y los jóvenes
príncipes de la sangre. Su Majestad me obsequió con cincuenta
bolsas de a doscientos sprugs cada una, con más un retrato suyo
de tamaño natural, que yo coloqué inmediatamente dentro
de uno de mis guantes para que no se estropeara. Las ceremonias que
se celebraron a mi partida fueron demasiadas para que moleste ahora
al lector con su relato.
Abastecí
el bote con un centenar de bueyes y trescientos carneros muertos, pan
y bebida en proporción y tanta carne ya aderezada como pudieron
procurarme cuatrocientos cocineros. Tomé conmigo seis vacas y
dos toros vivos, con otras tantas ovejas y moruecos, proyectando llevarlos
a mi país y propagar la casta. Y para alimentarlos a bordo cogí
un buen haz de heno y un saco de grano. De buena gana me hubiese llevado
una docena de los pobladores pero ésta fue cosa que el emperador
no quiso en ningún modo permitir; y además de un diligente
registro que en mis bolsillos se practicó, Su Majestad me hizo
prometer por mi honor que no me llevaría a ninguno de sus súbditos,
a menos que mediase su propio consentimiento y deseo.
Preparado
así todo lo mejor que pude, me di a la vela el 24 de septiembre
de 1701, a las seis de la mañana; y cuando había andado
unas cuatro leguas en dirección Norte, con viento del Sudeste,
a las seis de la tarde divisé una pequeña isla, como a
obra de media legua al Noroeste. Avancé y eché el ancla
en la costa de sotavento de la isla, que parecía estar inhabitada.
Tomé algún alimento y me dispuse a descansar. Dormí
bien y, según calculé, seis horas por lo menos, pues el
día empezó a clarear a las dos horas de haberme despertado.
Hacía una noche clara. Tomé mi desayuno antes de que saliera
el sol, y levando ancla, con viento favorable, tomé el mismo
rumbo que había llevado el día anterior, en lo que me
guié por mi brújula de bolsillo. Era mi intención
arribar, a ser posible, a una de las islas que yo tenía razones
para creer que había al Nordeste de la tierra de Van Dieme. En
todo aquel día no descubrí nada; pero el siguiente, sobre
las tres de la tarde, cuando, según mis cálculos, había
hecho veinticuatro leguas desde Blefuscu, divisé una vela que
navegaba hacia el Sudeste; mi rumbo era Levante. La saludé a
la voz, sin obtener respuesta; aprecié, no obstante, que le ganaba
distancia, porque amainaba el viento. Tendí las velas cuanto
pude, y a la media hora, habiéndome divisado, enarboló
su enseña y disparé un cañonazo.No es fácil
de expresar la alegría que experimenté ante la inesperada
esperanza de volver a ver a mi amado país y a las prendas queridas
que en él había dejado. Amainó el navío
sus velas, y yo le alcancé entre cinco y seis de la tarde del
26 de septiembre; el corazón me saltaba en el pecho viendo su
bandera inglesa. Me metí las vacas y los carneros en los bolsillos
de la casaca y salté a bordo con todo mi pequeño cargamento
de provisiones. El navío era un barco mercante inglés
que volvía del Japón por los mares del Norte y del Sur,
y su capitán, Mr. John Biddel, de Deptford, hombre muy amable
y marinero excelente. Nos hallábamos a la sazón a la latitud
de 30 grados Sur; había unos cincuenta hombres en el barco y
allí encontré a un antiguo camarada mío, un tal
Peter Williams, que me recomendó muy bien al capitán.
Este caballero me trató con toda cortesía y me rogó
que le diese a conocer cuál era el sitio de donde venía
últimamente y adónde debía dirigirme, lo que yo
hice en pocas palabras; pero él pensó que yo desvariaba
y que los peligros porque había pasado me habían vuelto
el juicio. Entonces saqué del bolsillo mi ganado vacuno y mis
carneros, y por ellos, después de asombrarse grandemente, quedó
del todo convencido de mi veracidad. Le enseñé después
el oro que me había dado el emperador de Blefuscu, así
como el retrato de tamaño natural de Su Majestad y algunas otras
curiosidades de aquel país. Le di dos bolsas de doscientos sprugs,
y le prometí que en llegando a Inglaterra le regalaría
una vaca y una oveja preñadas.
No
he de molestar al lector con la relación detallada de este viaje,
que fue en su mayor parte muy próspero. Llegamos a las Dunas
el 13 de abril de 1702. Sólo tuve una desgracia, y fue que las
ratas de a bordo me llevaron uno de los dos carneros; encontré
sus huesos en un agujero, completamente mondados de carne. El resto
de mi ganado lo saqué salvo a tierra y le di a pastar en una
calle de césped de los jardines de Greenwich, donde la finura
de la hierba les hizo comer con muy buena gana, en contra de lo que
yo había temido. Y tampoco me hubiera sido posible conservarlo
durante tan largo viaje si el capitán no me hubiese cedido parte
de su mejor bizcocho, que, reducido a polvo y amasado con agua, fue
su alimento constante. El poco tiempo que estuve en Inglaterra, obtuve
considerable provecho de enseñar mi ganado a numerosas personas
de calidad y a otras, y antes de emprender mi segundo viaje lo vendí
por seiscientas libras. A mi último regreso he encontrado que
la casta ha aumentado considerablemente, especialmente los carneros;
y espero que ello será muy en ventaja de la manufactura lanera,
a causa de la finura del vellón.
Sólo
estuve dos meses con mi mujer y mis hijos, pues mi deseo insaciable
de ver países extraños no podía permitirme continuar
más. Dejé a mi mujer mil quinientas libras y la instalé
en una buena casa de Recriff. El resto de mis reservas lo llevé
conmigo, parte en dinero, parte en mercancías, con esperanza
de aumentar mi fortuna. El mayor de mis tíos, Juan, me había
dejado una hacienda en tierras, cerca de Epping, de unas treinta libras
al año, y yo tenía un buen arrendamiento del Black Bull
en Fetter Lane, que me rendía otro tanto; así que no corría
el peligro de dejar mi gente a la caridad de la parroquia.
Mi
hijo Juanito, que se llamaba así por su tío, estaba en
la Escuela de Gramática y era aún muchacho. Mi hija Betty
-hoy casada y con hijos- aprendía entonces a bordar. Me despedí
de mi mujer, mi niño y mi niña, con lágrimas por
ambas partes, y pasé a bordo del Adventure, barco mercante
de trescientas toneladas, destinado para Surat, mandado por el capitán
John Nicholas, de Liverpool.
Pero
la relación de esta travesía debo remitirla a la segunda
parte de mis viajes.
Fin
de la Primera Parte