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Editorial - Otras voces
Una cultura, dos culturas, n culturas
(Segunda Parte)







Prof. Tito Ureta.
Departamento de Biología
Facultad de Ciencias
Universidad de Chile.

Esta es la continuación del discurso que ofreció el Prof. Tito Ureta en la ceremonia de recepción a los alumnos del Programa de Bachillerato, publicado en el U-Noticias del mes de julio.
Ver primera parte del discurso

La divulgación de la Ciencia

Parte de la responsabilidad en el abismo entre las dos culturas reside en que lo que diarios y revistas nos entregan acerca de Ciencia está generalmente plagado de errores y es apenas comprensible. En efecto, casi no hay periodistas especializados en temas científicos y los que escriben sobre Ciencia sólo transcriben lo que las agencias internacionales envían. Por otro lado, los científicos son reacios a escribir para el gran público. De ambas prácticas resulta que el público queda desinformado. Pero aún más, el ritmo espectacular del avance científico no se acompaña de la necesaria generalización y síntesis por parte de los investigadores. La gran mayoría queda atrapada en su especialidad y se contenta con producir artículos con los detalles de sus experimentos y olvidan que sus resultados debieran insertarse en el paradigma del estado actual del conocimiento. Producimos diseños, algunos muy hermosos, pero no los entretejemos en el tapiz armonioso que debiera ser la cultura. Dejamos que otros, quizás menos preparados, lo hagan por nosotros y el resultado no es lo satisfactorio que debiera ser. Esto tiene consecuencias prácticas en lo que se refiere al apoyo cultural y político para el financiamiento de la educación superior. Es claro que hay que estimular a los científicos para que en sus clases y conferencias traten de comunicar en la forma más clara posible. Si sus conferencias son comprensibles será más fácil persuadir a gobernantes o industriales para que den mayores subvenciones o creen nuevas fuentes de trabajo. Como dijo alguien: si tus pensamientos son basura es mejor no expresarlos claramente.

En el caso de las Humanidades la situación es aún más grave. En efecto, no existen periodistas que sigan la producción de avances en las humanidades y lo poco que sale en los diarios aparece en suplementos escritos no por periodistas sino por otros humanistas que, al igual que los científicos, no se distinguen por la claridad y sencillez de sus escritos. En el caso de las artes hay un comunicador especializado que comenta lo que pasa: es el crítico de Arte. Este personaje no tiene contraparte en las ciencias ni en las humanidades.


Los problemas de la especialización extrema

La falta de la capacidad de síntesis se debe en parte a que la educación científica se ha hecho tan especializada que nuestros estudiantes (y nosotros mismos) no somos capaces de encajar los detalles que aprendemos en teorías amplias, como la Teoría de la Evolución o las modernas teorías cosmogónicas. De hecho, en la mayoría de las facultades con base científica, los cursos son organizados por un coordinador que recluta a colegas especialistas para participar en módulos del programa. Se arguye, y es cierto, que el especialista puede entregar en mejor forma los contenidos que se requieren, por tener más experiencia vivida en la materia y porque podría contestar en mejor forma las preguntas e inquietudes de los estudiantes. Pero, entonces, los estudiantes adquieren las materias en compartimientos estancos y se quedan con una ciencia fragmentada, modular, que no estimula la síntesis. Entonces, no debiera extrañarnos que nuestros estudiantes de Física no sepan la diferencia entre una proteína y un ácido nucleico, que los de Química no puedan decirnos cuál es la edad del Universo o de nuestro planeta o que los estudiantes de Matemáticas no sepan porqué el cielo es azul. En verdad, nuestra enseñanza básica y profesional se parece mucho a la de los militares: se dirige a la táctica (léase procedimientos) antes que a la estrategia y está diseñada para enseñar a los reclutas (los estudiantes), en el menor tiempo posible, el manejo de las armas (conocimiento) más novedosas para enviarlos a la línea de combate (las empresas) tan pronto como se pueda.

La comprensión de cómo funcionan los seres vivos (es decir la Biología) es crucial para entender las conductas del humano. Aunque falte mucho por conocer, es claro que la mayoría de los mecanismos que permiten el funcionamiento de un animal (humanos incluidos) ya es conocido o se conocerá pronto con mucho detalle, incluidas esas conductas angelicales que parecieran estar más allá de las meras conductas fisiológicas. Pero sería erróneo concluir que la única manera de entender al humano es mediante tubos de ensayo, que las grandes preguntas de siempre sólo serán contestadas por la Ciencia y que sociólogos, humanistas y artistas debieran colgar sus herramientas y dedicarse a otros menesteres. Es cierto que los científicos podemos describir con precisión los mecanismos que subyacen la actividad humana, pero también es cierto que los mecanismos por sí mismos sólo resultan en acciones que luego escapan de su sustrato molecular para producir, por ejemplo, relaciones entre individuos. Las descripciones no bastan: debemos también considerar el efecto que produce la belleza de una rima memorable o el trino increíble de una soprano. Para ello hay que escuchar al poeta, se necesita la reflexión del historiador, es indispensable la introspección del filósofo y el análisis del lingüista. Pero poeta, historiador, filósofo y lingüista también requieren de Ciencia para que su quehacer no se convierta en mera palabrería. Raymond Chandler decia que hay dos clases de verdad: la verdad que ilumina el camino y la verdad que emociona al corazón. La primera es la Ciencia, la segunda es el Arte. Ninguna es independiente o más importante que la otra. Sin Arte la Ciencia sería tan inútil como una pinza fina en las manos de un gásfiter. Sin Ciencia el Arte sería un revoltijo de folclor y charlatanería emocional. La verdad del Arte impide que la Ciencia se haga inhumana y la verdad de la Ciencia impide que el Arte se haga ridículo.

Desde Snow hasta nuestros días han pasado muchas cosas. Su propuesta de una educación temprana desdiferenciada cayó en oídos sordos y cada vez tiende a ser más especializada. Las Ciencias, a partir del siglo XX iniciaron una carrera que se ha convertido en estampida. La prensa nos bombardea todos los días con noticias acerca de descubrimientos sorprendentes. Las palabras genoma, clones, agujeros negros, alimentos transgénicos, son motivo de conversaciones familiares y de café, pero ciertamente no son comprendidas en profundidad y ni los humanistas ni el público general se percatan de que esos avances no sólo cambian nuestro modo de vida sino que alteran profundamente nuestra cosmovisión y el papel que el humano tendrá necesariamente que jugar en ese mundo desconocido del siglo XXI. Y sin embargo, está claro que la mera producción de artículos científicos, aunque vaya acompañada de avances prácticos para la sociedad, carece de sentido si no se logra insertar esos avances en una imagen del mundo que permita que nuestro paso por la vida sea trascendente y a la vez hermoso.

Por la vertiente humanista, los avances son más lentos y poco conocidos porque, como ya dije, los medios los ignoran. Cada vez asisten más espectadores a los museos a contemplar pinturas ejecutadas hace quinientos años. Cada vez es más difícil conseguir entradas para un concierto en que se ejecutará música barroca o de finales del siglo XIX. Esto porque se produce poco en las artes visuales y también en las musicales. Algunos gastan no poco dinero en grabaciones y tiempo en escucharlas, olvidando que se trata de música enlatada equivalente a las postales con reproducciones de pintura que se venden en calles y plazas. Alguien dijo que si Aristóteles pudiera tomar hoy un curso de Ciencias Naturales tendría que aprenderlo casi todo; en cambio, si asistiera a un curso de Filosofía estaría orgulloso porque su autoridad se ha mantenido intacta.


N culturas

Snow tenía razón. Pero se quedó corto. A comienzos del siglo XXI, la incomunicación no solo divide a científicos y humanistas. Ahora nos engloba a todos. En la vertiente humanista, los filósofos de la Ciencia no sólo no entienden a los científicos sino que además no se comunican con otros filósofos. Los poetas no se relacionan con los historiadores y los lingüistas raramente con los músicos. Por el lado de la Ciencia, los astrónomos no entienden a los biotecnólogos y los matemáticos son incomprensibles para todo otro científico. La especialización nos ha dividido en tribus de incomprensión mutua. En verdad existen n culturas, tantas como disciplinas finamente divididas.

¿Deberemos por lo tanto resignarnos a perder definitivamente a ese hombre del Renacimiento que se sentía cómodo en cualquier área del conocimiento? Los invito a ustedes, flamantes universitarios, a reconstruir una sola cultura. La relación entre Ciencia y Humanidades es crucial para el bienestar del humano. Muchos de los problemas actuales (conflictos étnicos, sobrepoblación, aborto, medio ambiente, pobreza, sólo para citar algunos) sólo tendrán solución si logran integrar conocimientos de las Ciencias Naturales con los de las Ciencias Sociales y las Humanidades. Para ello necesitamos, por cierto, educación pero, deberemos buscar soluciones más rápidas. Les propongo por ejemplo, la búsqueda de problemas que requieran de la participación activa de al menos las dos culturas, pero también de las n culturas. El análisis de esos problemas podría servir como punto de encuentro para lograr que el humanista se interese por las opiniones de los científicos y que el investigador o el ingeniero se interese por problemas cruciales para la existencia.

Es indispensable tender puentes entre estas culturas divergentes y crear algo nuevo: el Humanismo del siglo XXI. Saltemos todos juntos a enfrentar esta tarea.












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