"La propuesta subjetiva de Kierkegaard: Una experiencia mal entendida"

Por Nancy Muñoz.

La Época Moderna, dejó en nosotros huellas  que hasta el día de hoy percibimos en nuestra acción, en nuestro lenguaje, en nuestra forma de establecer comunidad humana, si se puede llamar a nuestra forma de relacionarnos, comunidad. Porque al parecer nuestra manera de encontrarnos con el otro, trae a la  memoria las palabras que algún día pronunció Kierkegaard, " Como época desapasionada no tiene el activo del sentimiento en lo erótico, ni el activo del entusiasmo y la interioridad en lo político y lo religioso, ni el activo de lo doméstico, la piedad o la admiración en lo diario y la vida social" [1] . Hemos perdido el encanto por las cosas, el encanto por los otros como sujetos, el encanto por nosotros. Somos al igual que lo fue la época de Kierkegaard, una época desapasionada.

A través de una mirada a lo largo de la historia de nuestra subjetividad, encontramos, en uno de sus períodos, un sujeto absolutizado en el ejercicio del Ser, perdido en la voluntad del sistema, nos encontramos con el que quizás fue el último sistema, el hegeliano. Él, más que experiencia subjetiva, expresaba en cada acto de voluntad, la voluntad de la Historia. Encerrado en este sistema se encontraba el filósofo danés, Sorën Kierkegaard, quien trataría de liberarse permanentemente de esta subjetividad sujetada y condicionada por el sistema. Este sistema no representaba, si embargo, para el pensador danés, el lugar donde habitan los filósofos sistemáticos, refiriéndose a esto en su Diario intimo, Kierkegaard escribe: “ Ellos no viven dentro de sus enormes edificios sistemáticos . En el campo del espíritu esto constituye una objeción capital. Las ideas de un hombre deben ser su propia morada; de lo contrario peor para ellas.”.

Razón de lo anterior es que el filósofo  dedicó cada momento de su vida y obra a reinstalar el individuo y el ejercicio de responsabilidad que tiene este consigo mismo y con la sociedad, pero sobre todo con Dios, por sobre el absoluto hegeliano, que para Kierkegaard no era más que la posibilidad del individuo de perderse en una masa nivelada, carente de pasión.

Este trabajo se ha propuesto dos objetivos. El primero es mostrar como el individuo, es capaz de colocarse por sobre el sistema, como voluntad única y móvil, en el ejercicio de libertad subjetiva, una libertad que quiere romper el mandato del absoluto. El segundo objetivo desea instalarnos en los alcances de esta subjetividad desligada de todo, que corre el riesgo de pasar del absoluto al mandato de la nada, que es quizás el lugar que ahora, época contemporánea, nos cobija. Hasta el momento sólo tengo pequeños signos que me llevan a pensar lo último, pensar que ya no hay posibilidad para un sistema filosófico, pensar también que esta  subjetividad del siglo veintiuno no era la solución al problema que veía Kierkegaard, o darme cuenta quizás que no entendimos bien lo que el filósofo danés nos mostraba a través de su experiencia,  sin embargo, espero poder develar esta existencia que en el pasado siglo ocupó el interés filosófico de todo pensador. Y que hoy al igual que en la Época Moderna, aparece desapasionada y muchas veces pasiva.

En  la obra  de Kierkegaard podemos encontrarnos con una fuerte crítica al sistema hegeliano y los alcances que había tenido este, sin embargo, en su libro La Epoca Presente, el cual fue publicado en 1846, como la tercera parte de una obra más extensa titulada " Una Recensión Literaria"  (En Literair Anmeldelse) como recensión de la novela "Dos Épocas" escrita por Thomasine Gyllembourg. Esta obra de Kierkegaard ha sido considerada por mí, pues pienso que en ella  encontramos a diferencia de los otros, una crítica explícita a su sociedad y la forma como esta aparece estructurada, nivelada por una sistematización del conocimiento y de toda forma de relación y acción humana. Por esta razón, este libro ha sido elegido para guiar el análisis de este trabajo, pues en él se dan las pautas que marcaría Kierkegaard en su búsqueda de un individuo libre de esta nivelación reflexiva, libre de la masa, ejerciendo su voluntad en cada acto responsable, acto que se encamina a un encuentro personal y apasionado con Dios. Ante esta realidad de su época  el filósofo escribiría lo siguiente: "La envidia  en proceso de establecerse es la nivelación, y mientras que una época apasionada acelera, eleva y derriba, levanta y oprime, así una época reflexiva y desapasionada hace lo contrario, ahoga, frena y nivela." [2]

Debemos volver entonces a la Epoca Moderna y de modo exacto,  debemos volver al tiempo de Kierkegaard, del que quizás todavía no logramos salir, porque tal como él que quiso romper con la tradición usando, sin embargo, sus herramientas, nosotros queremos establecernos en una Postmodernidad, que hasta ahora aparece nada más que como un periodo que carece en sí mismo de significado, por lo que recurre permanentemente a las marcas que dejo su antecesor.

Lo anterior, pretende  mostrar cómo Kierkegaard, Marx y Nietzsche, en un momento que no era fácil, quisieron romper con lo que hasta ahora aparecía como la forma de pensamiento político, religioso y metafísico tradicional, haciendo un ejercicio filosófico que deseaba  invertir conscientemente la jerarquía tradicional de los conceptos, que hasta ese momento habían regulado la estructura social de la época, y con esto todo, pensamiento.

Cada filósofo produjo la ruptura con la tradición a partir de su concepción de la realidad y el lugar que ocupa el ser humano en esta. Para la pensadora Hanna arendt, en su libro Entre el pasado y el futuro, esto presenta la siguiente forma: Marx, hizo un salto de la teoría a la  acción y de la contemplación al trabajo, luego de que Hegel transformara la metafísica en una filosofía de la historia, donde cada movimiento se revelaría por sí mismo, pasando a ser  el filosofo sólo un espejo de este; Nietszche saltaría desde la trascendencia de las ideas a la inversión de esta, estableciendo un "platonismo invertido" que sería uno de los signos más importantes en el ocaso de la tradición, colocando el acento en la posibilidad que tiene el ser humano de descubrir su hombre interior; Kierkegaard y su salto de fe, por ultimo, rompería con la relación sine qua non que estableció Hegel a través de su sistema, el cual se movía en esta estrecha relación  entre razón y religión. Como vemos cada uno de estos pensadores realizó un salto que invirtió y hasta desintegró, las rígidas estructuras de pensamiento que, hasta ese periodo se tenían en la Metafísica, la Política y la Religión. Esta última fue en su época, el principal enemigo de Kierkegaard, ya que el cristianismo para el filósofo había sido de-generado por el sistema hegeliano, perdiendo todo valor y toda posibilidad subjetiva de encuentro con Dios, si bien este es el máximo interés que dio Kierkegaard a su obra, con el fin de poder desligar su existencia de la masa y así tener un encuentro personal con Dios, no por esto, se puede desconocer el permanente ejercicio crítico que estableció con dirección a la Iglesia, quien hasta ese momento había sufrido cambios importantes desde que se extendiera, en la segunda década del siglo XVI, la reforma luterana  desde Alemania a Dinamarca, para que, ya en 1660 cuando se instauro la Monarquía Absoluta, la verdadera y única doctrina reconocida fuera la Ortodoxa Luterana, la cual instauraba un gran control en la ciudadanía. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVIII, la filosofía, y con esto el pensamiento ilustrado, provocó fuertes criticas hacia la Iglesia y sus dogmas, esto fue una de las razones para la abolición de la Monarquía Absoluta en 1848 y la Constitución de 1849, que se tradujo en una libertad religiosa, aún cuando el Estado quedará obligado a subvencionar a la Iglesia Luterana como Iglesia Nacional. Fue a este desafío de la Ilustración y lo que significo la filosofía hegeliana, a lo cual contesto y criticó fuertemente Kierkegaard, pero también se dirigió con sus ataques, a quienes estaban a cargo de la Iglesia Luterana en su Época, pues habían facilitado la perdida del espíritu del hombre, esto lo sintieron en su filosofía y teología tanto Kierkegaard como Grundtvig, quien era otro pensador  que contesto a los ajustes que se le estaban haciendo a la concepción de cristiano. En los dos pensadores el hombre sólo deviene un yo auténtico cuando  se contempla a sí mismo como una creación de Dios y no cuando va articulando su subjetividad  como un ser  que se excluye al transformarse en "muchos" y se difumina  en la  nivelación y la perdida de lucha interior que debe ser accionada por cada ser humano.

Considero que la ironía que utiliza Kierkegaard se debe a esta molestia que le produce el sentir que el mundo será siempre igual, pues lamentablemente ¡ Mundus vult decipi!. Qué puede ser más desesperante que un mundo que quiere ser engañado ante la eminencia, la sabiduría, la creación, persiguiendo y castigando el entusiasmo del autor para luego aclamarlo al ver que este ya ha muerto y no representa un peligro para esta contemporaneidad que tanto miedo le tiene  a la fuerza de la pasión que lucha, se esfuerza por develar un poco de verdad para sus manos, su palabra, su pensamiento. Quizás más desesperante que esta situación tan nuestra como es celebrar y homenajear a nuestros artistas luego que han fallecido,  fue para Kierkegaard   poder  escuchar  la desesperación permanente del ser humano en la limitación de su existencia y la posibilidad de esta, de una manera única y libre, ejerciendo la responsabilidad que cada uno tiene consigo mismo, responsabilidad que al ejercerla se transforma en un peso constante en cada conciencia que se mantiene permanente en el abismo del absurdo y donde su única posibilidad más que la razón es la fe. Una fe que es capaz de entregar dignidad a la existencia humana, y que muchas veces aparece como la única que puede dar alivio a esa enfermedad mortal que vive el cristiano que tiene conciencia de su situación, si es que se puede llamar conciencia, pues  esta enfermedad más bien aparece como la propia existencia. De este modo, Kierkegaard establece una profunda incompatibilidad entre la razón que a lo largo de toda la tradición ha sido el soporte del ser humano en toda su obra; y la fe que más que respuestas a los avances científicos concretos y lo propio de la ciencia moderna en el actuar del ser humano, es la verdad en un ejercicio de revelación que se da por el acto de voluntad  ejercido por cada individuo. Sin embargo, esta tarea que encauso Kierkegaard tratando de salvar la fe del ataque de la Modernidad, niveló la religión moderna al someterla a la duda y la desconfianza, dando como  única respuesta  un salto a lo más profundo del abismo existencial. Fue esta existencia abismante la que quería salvar el filósofo  de la masa, del hombre común, de la nivelación que mantenía al individuo impotente, en un círculo de permanente contradicción que llevaba  la nivelación a tomar cada vez más fuerza y de este modo marcaba el triunfo de la abstracción por sobre los individuos, Kierkegaard dijo: "Cualquiera puede ver que la nivelación tiene su profundo significado en la primacía de la categoría de generación por sobre la categoría de individualidad" [3] . Y sigue así " El individuo ya no pertenece a Dios, ni a sí mismo, ni a su amada, ni a su arte, ni a su ciencia; no, tal como un peón pertenece a una hacienda, así el individuo sabe que está perteneciendo a una abstracción, en la que la reflexión lo subordina" [4] . Podemos claramente apreciar la crítica social que hace Kierkegaard, sin embargo, no se puede establecer claramente, las ventajas y desventajas de esta propuesta kierkegaardiana a la existencia humana, pues a pesar del permanente ataque que hizo a la Iglesia Danesa,  en busca de un cristianismo puro que liberara al individuo de esta igualdad, en la que estaba sumergido por la nivelación, pues esta igualdad  en la que estaba sumergido el individuo lo llevaba a una confusión entre el sufrimiento existencial de un hombre finito y pecador, y la operación meramente ideal del principio- dialéctico-de la negatividad que había  instaurado Hegel con su cristianismo masivo. De este modo, Kierkegaard, llama al ejercicio de una subjetividad que tenga el sufrimiento  como único camino para aprender el significado del arrepentimiento, de la obediencia a Dios y del poder de la fe. Y hace este llamado a la existencia individual, porque su propia experiencia con la prensa y con la Iglesia de su época, le enseñaron que el mundo, por naturaleza, odia el principio del amor y la lucha por suprimir la verdad religiosa, siempre que puede. Por esto, en su polémica contra el orden establecido, Kierkegaard se sentía apoyado por un pensamiento central y decisivo: el que cada creyente individual puede llegar a ser contemporáneo de Cristo [5] . Para Kierkegaard es Dios el que da el poder de participar en el Instante, y con esto, da inmediatamente, las mismas condiciones de fe a todo aquel que cree en Cristo, aunque viva en una época posterior. Así, el Instante aparece siempre que el individuo deje  de estar dominado  por el instinto de rebaño, y cuando, como individuo, retorna a la preocupación por sí mismo, virando su voluntad a Dios, es entonces, cuando logra consagrarse en  una constitución libre y personal. Sin embargo, hay aquí un problema porque si bien hemos delimitado el camino que debe realizar el sujeto para construir una personalidad libre, esta personalidad es libre en el regazo de Dios, y sólo lo es así. De este modo, mientras cortamos relación con la sociedad y nos hacemos carga de nuestra finitud, nos vemos solos, en el desamparo más grande, porque ni siquiera la Iglesia, es parte de este Instante, sino que el ser humano se encuentra ante el espejo abismante de su propia existencia.

Tal existencia sería para Jean-Paul Sartre, el origen de este quiebre contemporáneo de nuestra tan pesada humanidad, que aparece como una experiencia desamparada, abandonada por el resto del mundo, una mochila que llevamos a cuestas en el ejercicio de nuestra existencia. Lo anterior nos instala en el segundo objetivo del trabajo, porque al parecer no completamos el esfuerzo de Kierkegaard, sino que nos caímos al dar el salto, pues nos falto la fe, que requiere de una entrega total por parte de cada uno de nosotros. Pero, ¿ estamos realmente dispuestos a una entrega total o es una muestra más de esta cara de la humanidad que no tiene nada de humanitaria?. No es fácil contestar a semejante propuesta, porque si lo hiciéramos, quizás, una parte de la construcción se vendría abajo y nos demostraría lo débiles que son nuestros cimientos, tan débiles como los pensamientos que tenemos sostenidos de ella, tan débiles como la fe que tenemos, pues hemos colocado el saber en la obra, en el artificio humano, sin embargo, al hacer esto, las verdades se han trastocado y la figura de lo humano se ha desconfigurado perdiendo la movilidad de su ser más allá de un saber que nos contiene en una existencia que ve sus pasos en la Historia. Una Historia que no concuerda con su recorrido porque perdemos tan rápido la memoria de lo que somos que corremos el riesgo permanente de caer ante el horror de nuestro rostro imperfecto. Cuidado, nos diría Kierkegaard, con despreciar a nuestros contemporáneos, pero claro, quién otro que ellos, hace el presente. Y, por qué entonces, sólo  aprehendemos su pensar  cuando este ya es pasado, quizás porque ya no nos puede responder, quizás porque, como ahora, yo puedo hablar y enlazar a Kierkegaard con mi presente, pero él no podrá contestarme con ironía, sin embargo en la movilidad, en lo vivo de su pensamiento queda entreabierta la puerta de su existencia.

 De este modo, nos damos cuenta que  Kierkegaard nos dejo propuesto el camino a la eternidad, y en caso que negáramos esto,  nos reputaría que para él, el sentido de soledad y la aturdida falta de orientación del hombre, son los resultados de una decisión pecaminosa de abandonar a Dios, más que los rasgos originales y necesarios de la existencia. Nuestra vida no puede estar más que descoyuntada y el  mundo no puede ser más que un laberinto espantoso, como lo describe Kafka, una vez que se suprime la relación con Dios [6] . Sin embargo, parece que esto se nos olvido al experimentar vivamente, si de algún modo hemos llegado a escoger como lo hizo Kierkegaard, pues él nos advirtió que cuando rompemos el lazo con Dios, o nos descuidamos, el ser humano se arriesga a quedar en un predicamento sin sentido, frustrado, herido, tal como sentimos nuestra experiencia hoy. Paradójicamente la experiencia quebrada de la que hablamos, esa experiencia abandonada en el desierto de la incertidumbre, no se vislumbra en el acto único de la subjetividad, sino más bien en la figura dispersa que denominamos humanidad, es esta la que nos ahoga al respirar nuestra existencia.

 Kierkegaard trató de liberarnos de la contradicción de su época. No entendamos esto como una formulación de su pensamiento y obra encaminada a regir a cada hombre y mujer, pues de ser admitido así correríamos el riesgo de objetivar y sistematizar  la subjetividad kierkegaardiana, él escribe en su Diario íntimo, “Soy, en lo más profundo de los sentidos una individualidad infeliz”. Por esto, entendamos la obra de Kierkegaard como una búsqueda única y viva que se vuelve hacia lo más íntimo de la existencia, ese ahí interno donde nosotros tal vez nos enfrentamos con el horror de nuestra conciencia,  para el filósofo, es la posibilidad del encuentro personal y genuino con el Dios que lo libera de su dolor, su angustia, su desesperación , ese “aguijón en la carne”  siempre presente que es manifestación de la fuerza de espíritu que él siente poseer frente a la voluntad nivelada de sus contemporáneos que no se atreven a elegir.

En todo momento. al encaminarnos por  la experiencia kierkegardiana, sentimos que aquel cristiano íntimo no nos acoge como respuesta a la incertidumbre de nuestra razón que linda con los límites oscuros de la locura. Por esto, hemos ido  trazando nuevos caminos que nos alejaron  cada vez más del filósofo, porque, si bien, entendimos que era necesario hacernos cargo de nuestras existencias como instante único, rompimos con el equilibrio y la seguridad que hacía posible esta decisión, rompimos el lazo con la fe y volvimos la elección hacia el ejercicio de la razón. Es así como  rompimos con Dios.

Así, hoy nos damos cuenta, que al dar el salto no nos encontrábamos preparados para enfrentarnos con sentido y madurez a la crisis que significaba el desarrollo de la personalidad. El tiempo nos ha demostrado con esto, que el valor existencialista, la eficacia naturalista y la astucia burguesa se compran a cambio de un conocimiento voluntariamente limitado del  hombre, pues a lo largo de nuestra historia, desde Kierkegaard a nuestro días, hemos avanzado en lo científico,  tecnológico, en lo económico, sin embargo, nuestro conocimiento acerca de lo que somos y el rol que cumplimos, esta cada vez más en juego, pues hace tiempo que chocamos con el límite de nuestra existencia. Un límite que trae consigo la frustración y el sabor amargo de no encontrarnos capaces de responder por el vacío que en el pasar interminable del tiempo, de pronto nos aborda y contrae el ritmo de nuestro cuerpo.

Como hemos podido observar, hay en la existencia del filósofo  un signo que caracteriza  su época,  este es la contradicción, pues a pesar de los intentos por desligarse de la masa y romper con este hombre común, Kierkegaard fue un pensador que decidió experimentar su propia filosofía, mediante lo cual, padeció cada momento que describía, desde ser un esteta, que al igual que muchos vivió el instante, hasta sentir la culpa y la desesperación del ser en la cristiandad, su salto nunca logro ser absoluto, en el esfuerzo de romper con el absoluto hegeliano, sin embargo, instalada en  mi propia subjetividad me doy cuenta que si lo hizo, porque en esa subjetividad que dejo como herencia para nuestra época, encontramos los signos de un intento por atacar el problema del poder político, haciendo resaltar el valor personal y la vocación religiosa del hombre. Pues tal vez de ese modo, el filósofo, preveía una restauración del Estado y de la vida política y el correspondiente declinar del individualismo romántico, en cuanto los individuos se den cuenta de su propia dignidad y responsabilidad. Sin embargo, a pesar de que reconocemos ese esfuerzo, experimentamos el vacío del que somos parte, pues nuestra época ofrece a un individuo que si bien tiene conciencia de su dignidad, no por esto se hace responsable de ella, sino más bien se juega entre el abismo de la nada, ese sentimiento de subjetividad fragmentada con el que carga, y una existencia desligada de todo cuerpo social, porque si Kierkegaard pensó que la religión era la respuesta, el ser humano contemporáneo llego sólo al quiebre con el absoluto y es ahí donde se encuentra hoy, en un quiebre. Si bien podemos ver que somos una época desapasionada, no hay en nosotros la reflexión permanente aún dada como nivelación, que caracterizaba la época de Kierkegaard, y si esto es así, si nuestra sociedad posee reflexión, podríamos entender que tal nivelación nos ha normalizado, pues hemos perdido el máximo poder que tenemos, nuestra voz. Una voz que entre la multitud hace valer la diferencia de su sonido, buscando conectarse a la sonoridad de una palabra que pregunte por la libertad, por la condición de la mismidad que no es lo mismo para todos, que pregunte en el fondo por lo que oculto esta  bajo el volumen aturdidor del mercado y las transacciones del objeto-producto humano que nos mantiene normados, perdón, normales; activados en una red que se instala sobre el movimiento único de nuestras subjetividades, pues nuestro tiempo padece la ausencia de esta reflexión, ya que hemos pasado de una sistematización hegeliana a una especie de metafísica, donde el que nos interpela ahora, es el Ser, sin embargo, nuestra respuesta a esta interpelación no es la experiencia  que nos invitaba Kierkegaard a vivir en el ejercicio de nuestra libertad, sino más bien un ahogo permanente de existencia, donde ni siquiera encontramos a Dios de testigo. Y ¿Cuál sería el ejercicio de nuestra libertad como mujeres y hombres contemporáneos, sin el ojo  superior que se instala sobre nuestras conciencias?. La respuesta, al parecer, no estaría en lo subjetivo, sólo en ello como algo inconexo con el mundo. Tampoco, como hemos visto, encontraremos la libertad dentro de un sistema, pues los ordenes del pensamiento tradicional ya han sido alterados, y otras categorías han sido colocadas como posible respuesta a esta cuestión. ¿Cuáles son estas?. Las categorías de las que hablo se mueven dentro del quehacer político del individuo y proponen una libertad que se muestra sólo en el ejercicio de una comunidad civil donde cada individuo sea un agente activo de esta. ¿En qué momento las sociedades occidentales y los sujetos participes en estas han estructurado de este modo sus comunidades?. Los objetivos de este trabajo se instalan en cuestiones que repercuten tanto en lo social como en lo personal, sin embargo la variedad de inquietudes que presenta el ser contemporáneo son atravesadas constantemente por los límites de lo público y lo privado, nos diría Hanna Arendt.

La intención de este trabajo no es hacerse cargo de estas cuestiones pues escapan de algún modo a los objetivos antes planteados, sin embargo, como ya hemos dicho, estos objetivos repercuten de algún modo en estas problemáticas. Problemáticas que se mueven sobre todo por los espacios que Kierkegaard ha llamado la masa nivelada, pues ¡Cómo buscar la libertad en un espacio donde la comunidad civil  no esta comprometida ni activa frente a las cuestiones que la afectan y atraviesan?; ¿Esto es acaso una muestra más de la falta de pasión de nuestra época?;, y ¿Cómo conseguir entonces ser libres dentro de una comunidad que presenta un carácter ahogante y desapasionado frente así misma?. Somos nosotros, cada uno perteneciente a esta comunidad, los que hemos mal entendido el sentido de la libertad, pues no se trata de una libertad como simple elección de mercado frente a un producto u otro, no es eso a lo que se refería Kierkegaard, cuando nos hablaba de la elección que debemos hacer “ O lo uno o lo otro”, ni tampoco es la elección de un sistema que nivele mi voluntad. De lo que se trata cuando hablamos de libertad, es de la pasión que se activa en cada uno de nosotros al elegirnos responsable y conscientemente a nosotros mismos y hacernos cargo de esta elección a través de la participación dentro de la comunidad política. Para Kierkegaard su elección es frente a Dios, para nosotros la elección es frente a nuestros pares junto con los cuales conformamos un cuerpo político que nos brinda la posibilidad de desatar los nudos que trae consigo la voluntad de un discurso hegemónico, como es el discurso de Libre Mercado que tenemos presente en todo ámbito de nuestro ser contemporáneo y que, nos representa como agentes productores y consumidores, pero no como sujetos de derecho. Sin embargo, en Kierkegaard, no podemos olvidar, que el estadio ético se presenta para el hombre como un deber frente a cualquiera situación accesible para la mayoría de los hombres que ubican al individuo dentro de una sociedad, pero no es la realización fundamental para el filósofo pues esta se encuentra como posibilidad sólo en el estadio religioso. De este modo, podemos observar como se nos hace cada vez más evidente el riesgo del desamparo que posee el ser individuo cuando se elige a si mismo y no posee el manto de Dios para ser acogido, pues para Kierkegarrd su desesperación representa una obra extraordinaria “En medio de mi labor he creído sin cesar también que interpretaba  cada vez mejor la voluntad de Dios, hasta soportar el tormento que él me ha impuesto y así cumplo con una obra extraordinaria”. (Diario íntimo, pag., 156).

No entendamos lo anterior, como una vuelta a la vida religiosa por parte del ser contemporáneo, sino que entendámoslo como el sentido de incomprensión que puede tener el individuo frente a su propia existencia cuando esta no es explicada a través de una divinidad eterna que cobije su voluntad. Entonces lo que se presenta al individuo es la disyuntiva entre ser un ser normal, normado, nivela por condicionantes externas a su voluntad, y el espacio vacío que queda al tratar de constituirse en el movimiento de la pura interioridad sin acoger, acogerse con los otros en una comunidad que le permita proponer su subjetividad, y con esto su diferencia, dentro de una pluralidad que se activa en un espacio político.

Kierkegaard escribe, “Todo hombre podría ser infinitamente fuerte, si no debiera aplicar dos tercios de sus fuerzas en la búsqueda de su tarea”. Esta búsqueda es la que convoca a los seres humanos a ser participes de una sociedad y comprometerse responsablemente con esta y con los actos que el mismo ejerza sobre ella a través de la elección que hagan de si mismos, pues la libertad de cada uno se encuentra precisamente en el proyecto o tarea que buscamos y proponemos tratando de trascender nuestro propios limites, todo esto dentro de un espacio civil donde ponemos en juego nuestra tarea al tratar de constituirnos en un espacio donde hay otros distinto de mi, pero no por esto extraños a mi naturaleza. Pues como vemos en un pasaje del Diario Intimo, Kierkegaard, tiene in comodidades frente a la forma de la multitud, por lo que se pronuncia, “hay una concepción de la vida que piensa que donde esta la multitud esta también la verdad, que es una necesidad de la misma verdad procurarse para si a la multitud. Hay otra concepción de la vida; esta piensa que donde esta la multitud esta la falsía. Sin embargo, más adelante nos dirá que “La multitud esta formada por los individuos, de modo que cada uno está capacitado para convertirse en lo que realmente es:. Un Ente. De ser un Ente, nadie esta excluido sino aquel que se excluye al transformarse en “muchos”. (Diario intimo, pag. 168). La subjetividad no es una existencia restringida por los otros, ni por un sistema solo en la medida que actúa con pasión y compromiso tanto en la esfera publica como en el ámbito personal de su vida.

Bibliografía

-         ARENDT, Hanna.  "Entre pasado y el futuro", Cap. I. La tradición y la época moderna. Barcelona, España.  Ediciones Península.  1996.

-         COLLINS, James.  "El pensamiento de Kierkegaard", Cap. VI. La naturaleza del individuo humano y Cap. VII. Cómo llegar a ser Cristiano en la Cristiandad.  Ciudad de México, México.  Editorial Fondo de Cultura Económica.  1958. 

-         KIERKEGAARD, Sören.  "La época presente".  Santiago, Chile.  Editorial Universitaria. Primera edición, Noviembre de 2001.



[1] Sören Kierkegaard, La época presente. Santiago de Chile, 2001, Pág.50.

[2] Ibid. P. 63

[3] Ibid., p. 64

[4] Ibid., p. 65

[5] James Collins, El pensamiento de Kierkegaard. México, 1958, p. 240

[6] Para una lectura teísta de Kafka, Véase Walter Ong, S. J., "Kafka's Castle in the West", Thought, XXII (1947), pp. 439-60.