TERRA INGLESA: ANTICIPO PARA UNA ANTOLOGÍA DE SWINBURNE

1

El nuevo orden europeo surgido a partir de la derrota de Napoleón, situó a Inglaterra en una posición de privilegio tanto político como económico frente a las demás naciones del continente. Es la época del apogeo de la revolución industrial, con las máquinas y las fábricas como símbolos de un país ávido de expansión y prosperidad. La cultura dominante, inmersa en las doctrinas utilitarias de Bentham, Chadwick y Stuart Mill, otorgará al pensamiento científico un papel rector en la transformación de las condiciones de vida. A ello se sumará la aceptación de una moralidad en extremo represora y un renovado optimismo en la racionalidad como motor de cambio, progreso y felicidad para el ser humano.

Fue en medio de esta atmósfera espiritual donde se gestó la obra de poetas como Alfred Tennyson, Dante Gabriel Rossetti, Robert Browning, Gerard Manley Hopkins y Algernon Charles Swinburne. Como era de esperarse, más allá de cualquier divergencia, la poesía de estos autores se aglutina bajo un común denominador: el escepticismo ante lo que se consideraba una época estéticamente pobre, satisfecha de sí misma, fraguada al margen de la emoción y la imaginación, viciada por el racionalismo cientificista y por el materialismo. Las reacciones se desdoblan en múltiples direcciones: Browning y Hopkiris oponen la voluntad al intelecto; Swinburne desafiará la moral protestante apelando al erotismo y la perversión; Tennyson contrastará la magia y el heroísmo de la Inglaterra arturial a la monotonía gris de la Inglaterra victoriana; Rossetti y la hermandad prerrafaelista, tocados por el universo simbólico y metafísico de la Italia medieval, desecharán el empirismo y el realismo.

Ante la irrupción de un mundo mecanizado y cuantificable, donde la naturaleza era vista como una gigantesca fábrica productora y donde la idea de lo útil se anteponía a la idea de lo bello y lo verdadero, los poetas victorianos, además, reclamarán el carácter irreductible del alma humana, su libertad y unicidad frente a cualquier formulismo simplificador.

Cada uno, a su manera, vivió a disgusto con su tiempo; buscando superar un presente incómodo y estrecho, las miradas fueron dirigidas hacia los remotos confines de un pasado mítico y alegórico que ofrecía un clima más estimulante para la creación. Como bien apunta Bowra, los poetas de este período trataron de escapar de lo presente no hacia un brillante futuro, sino hacia un feliz sueño diurno, construyendo espacios imaginarios afincados en la visión de un pretérito paradigmático. Tennyson lo vislumbró en la Inglaterra del rey Arturo; Swinburne en la Grecia clásica; Rossetti en la Italia de los pintores anteriores a Rafael; Hopkins en la Europa escolástica de Ockham y Scoto.

La poesía victoriana, añadiendo un toque distintivo de época, en su búsqueda del gran ideal artístico que pudiera iluminar una realidad desdefiada, bebió del manantial de la gran tradición romántica sentada por Keats, Shelley y Coleridge. El quehacer poético, para ambas generaciones, más allá de cualquier función social, es ante todo afirmacion personal, un sondeo interior en la búsqueda de emociones y sentimientos. Parafraseando a Wordsworth, el poeta «es un hombre concreto y cierto, regocijado con sus propias pasiones y voliciones, que habla al resto de los hombres». Tanto románticos como victorianos profesaron una inequívoca fe en el hombre («Gloria al hombre en las alturas», cantaba Swinburne) y ensalzaron a la naturaleza como espejo perfecto de la divinidad por contraposición al entorno urbano e industrializado. Sin embargo, las afinidades espirituales aparecen contrarrestadas por la forma en la que es plasmado el germen creador, convirtiendo al periodo victoriano en un momento único de la poesía inglesa, donde el discurso lírico se perfila en algo autóctono, con identidad particular. Dicha forma estará marcada por un tono intimista y elegiaco; los trazos serán frescos pero controlados, muy depurados técnicamente, mostrando una clara predilección por la fluidez sonora de las palabras, aunque sin descuidar la presentación concisa y exacta de las cosas a través de imágenes adecuadas.

***

Algernon Charles Swinburne es probablemente el gran «maldito» de la poesía inglesa del siglo XIX. Aparte de los elegiacos griegos y romanos, la atmósfera enrarecida de Baudelaire y el Marqués de Sade influyó decisivamente en su obra, uniendo fatalismo, turbulencia, rebeldía y sensualidad. Su lenguaje es hipnótico, sugestivo, embriagador, impregnado de simbolismo. Swinburne concebía la poesía como un arte puro y no como un mero vehículo para expresar pensamientos o emociones. Detestaba la literatura comprometida, a la que definía como «herejía moral». Con su vida licenciosa, marcada por el alcohol y tronchada por la epilepsia, intentó desafiar las mezquinas convenciones del puritanismo victoriano, lo que le valió ser acusado de satanismo y perversión. Sus obsesiones fueron múltiples: la fragilidad de la vida; el incesto y el hastío; la crueldad como atributo de la hermosura; la voluptuosidad corruptora del tiempo; la negación del libre albedrío y la pasión por la belleza física. El acendrado sentimiento religioso que destila la poesía de sus contemporáneos, en particular la de Hopkins y Browning, encuentra en Swinburne su contrapunto. Buena parte de sus textos -véase por ejemplo el Atalanta- son un alegato contra la obstinada y atormentadora presencia de la divinidad. El Dios del que Swinburne reniega es un Dios brutal, abyecto y despótico, cuya inmensa sed de poder no puede exigir menos del hombre que renuncia y sumisión.

De las múltiples formas de versificación que ensayó, fue particularmente feliz en la balada por la riqueza sonora y significativa que logró imprimirle. Swinburne intuyó en el mundo una serie de arquetipos entrelazados cuyos movimientos eran impredecibles. Sostuvo, además, que la experiencia poética era inexorable como la muerte y asemejó el oficio del poeta, sumido en la embriaguez de las emociones, a un estado de trance o éxtasis místico en medio de la vigilia. Personaje remoto y exótico, extraño para sus propios compatriotas como lo fue Baudelaire en Francia, instauró un culto al esteticismo que imprimirá huellas profundas en la obra de Wilde y Yeats.

La poesía de Swinburne representa también un audaz esfuerzo de revitalización de las posibilidades del idioma. Utilizó abundantes neologismos y palabras dialectales, alteró las exigencias de la sintaxis tradicional, buscó nuevos efectos sonoros por la vía de la aliteración, la rima interna y el sistema del ritmo tanto auditivo como visual, creándose así una mutua asociación entre palabra, sonido, imagen y emoción. Siempre al servicio del evangelio de la belleza, intuyó en el artista a un explorador de nuevas posibilidades de vida. Un explorador que bendice y afirma por encima de consideraciones morales, con esa alegría destructora que encubre la verdadera creación.

Swinburne ha legado a la posteridad el canto de un mundo crepuscular, irremediable e irredimible, en el que cada cosa parece ser un «grito abandonado y yerto». El paisaje atormentador de una vida asimilada a una aburrida y monótona función de títeres, donde se ubican la mayor parte de sus referentes poéticos, fue el escenario escogido por él para desarrollar ese corrosivo instinto de soledad que fue el sello de toda su obra, y que en textos como «El Jardín de Proserpina» o «Ave Atque Vale», adquiere dimensiones cósmicas. Poeta diabólico, al decir de Ruskin, la tétrica ebriedad del tiempo, desbordando formas y contenidos, en una suerte de interiorización dolorosa marcada por la añoranza de una visión perdurable de seres y objetos -la visión única de la poesía-, lo impulsó a vislumbrar en la nostalgia, esa suerte de promesa de lo Eterno más allá del rostro cansado del tiempo, una patria hospitalaria, ajena al bullicio perturbador del mundo real.

***

En esta antología por anticipo he querido ofrecer una pequeña muestra de la obra de Swinburne, prácticamente desconocida en Sudamérica por falta de traducciones. Demás está el referirse -ya casi es un tópico- a los escollos, en ocasiones insalvables, que entraña una traducción, máxime si se trata de una traducción de poesía, que a lo sumo puede aspirar a transformarse en una versión o imitación. Valery sostenía que la traducción poética consiste en producir efectos análogos con medios diferentes. Consciente de lo anterior, en estas versiones he procurado mantener el sentido múltiple del poema original, con sus equivalencias estructurales y de contenido, aun cuando sé que las palabras de ese mismo poema, como las palabras de cualquier idioma, son insustituibles.

II

Algernon Charles Swinburne

El Mar

Retornaré a ti, madre generosa y dulce,
amante de los hombres, escondida bajo las aguas del mar.
Hasta tus profundidades descenderé, lejos de los hombres,
pugnando por besarte y fundirme a ti,
por asirte en un feroz abrazo.
¡Oh madre hermosa y blanca, que en días pretéritos
naciste sin hermanos ni hermanas!
Haz que mi alma sea libre, como libre es la tuya.
¡Oh bella madre mía, ceñida por verdores,
bajo las aguas del mar, vestida por el sol y la lluvia,
tus besos dulces y resueltos son fuertes como el vino
y tu abrazo, como el dolor, es hondo y vasto!
Sálvame y ocúltame con todas tus olas,
encuentra una tumba para mí entre los miles de sepulcros
helados que albergas en tus profundidades
y que forjaste sin necesidad de los hombres para un mundo más puro.

Dormiré. surcaré tus agua junto a los barcos,
seguiré el curso de tus vientos y mareas,
mis labios harán un festín en la espuma de los tuyos;
contigo he de alzarme y hundirme.
Dormiré, sin preguntarme de dónde eres o adónde vas,
con mis ojos y mis cabellos plenos de vida,
como una rosa colmada hasta los bordes
de brillo, fragancia y orgullo.

Y si esta vestidura mortal, tejida por la noche y el día
alguna vez me fuese arrebatada,
desnudo y contento zarpará hacia tus confines,
lleno de vida, sensible a ti y a tus caminos,
libre del mundo, buscando refugio en tu hogar
engalanado de verdores y coronado por la espuma,
sintiendo el pulso de la vida en tus radas y bahías,
como una vena en el corazón de las corrientes marinas.

El Jardín de Proserpina

Aquí, donde el mundo se acalla;
aquí, donde todas las aflicciones
se agolpan como olas exhaustas,
o como un tumulto de muertas corrientes
en un dudoso sueño de sueños.
Veo crecer las verdes campiñas
entre sembradores y labradores,
en tiempos de cosecha y en tiempos de ciega;
un dormido mundo de arroyos.

Cansado estoy de la alegría y la tristeza,
de los hombres que ríen y lloran,
y del destino que aguarda a sus cosechas.
Los días y las horas me fastidian,
marchitos capullos de flores estériles,
y también los anhelos, poderes y deseos;
dormir, sólo quiero dormir.

Aquí la vida es vecina de la muerte;
lejos de la vista y del oído, en otras regiones,
resuena el sollozo de las olas y de los vientos
empujando al espíritu en frágiles embarcaciones.
A la deriva, sin rumbo fijo.
Mas aquí, del otro lado del mundo,
donde nada florece,
esos vientos no soplan.

Aquí no brotan hierbas ni malezas;
no hay brezos ni vid;
entre débiles juncos donde las hojas no crecen
sólo mustios capullos de amapola,
verdes racimos de Proserpina,
para que ella exprima su vino mortal
y lo entregue a los muertos.

Pálidos, innumerables, sin nombre,
inclinándose en sombríos campos de mieses
durante toda la noche,
esos muertos, como almas tardías,
no acunadas en cielo o infierno alguno,
abatidas por la neblina y las tinieblas,
buscan el brillo de una luz
que los aleje para siempre de las sombras.
Mas por fuerte que sea nuestra vida
también algún día habremos de morir.
Y no seremos ángeles, si ascendemos al cielo,
ni sufriremos dolores, si caemos al infierno.
Pero la belleza que hay en nosotros
habrá de nublarse hasta perecer
y nuestro amor, ya en reposo, tocará su fin.

Allí está ella, detrás de atrios y pórticos,
coronada de yermas hojas,
recogiendo toda cosa mortal
que llegue hasta sus frías e inmortales manos.
Allí está ella, temida por el amor
a quien supera en dulzura,
acercando sus labios
a tantos hombres de tierras y tiempos diversos.

A la espera de todos nosotros,
nacidos para morir,
ella nos hace olvidar esta tierra, nuestra madre,
y la vida de los frutos y las mieses.
La primavera, las semillas y las golondrinas
emprenden vuelo y la siguen,
allí donde el canto del verano se ahueca
y la vida se aleja.

Allá van los amores marchitos,
los viejos amores con sus alas cansadas,
y los años perdidos y las cosas deshechas.

Moribundos sueños de inhóspitos días,
ciegos capullos arrancados por la nieve,
hojas salvajes arrastradas por el viento,
sangrientos extravíos de arruinadas primaveras.

Ni las tristezas ni las alegrías son seguras;
el presente ha de morir en el mañana
y nada hay que pueda doblegar el señorío del tiempo.
El corazón, decaído y displicente, suspira acongojado;
sus ojos abatidos y olvidadizos
gimen la brevedad del amor.

Por grande que sea nuestro apego a la vida,
buscamos liberamos de esperanzas y temores;
por eso agradecemos a los dioses,
no importa quiénes sean,
que la vida no dure para siempre,
que nada perturbe el dormir de los muertos,
que hasta el río menos generoso
haya siempre de retornar al mar.
Porque entonces no habrá estrellas ni soles
ni cambios de luz que puedan despertarnos;
no habrá aguas que se agiten tumultuosamente
ni sonidos ni visiones;
tampoco habrá días, estaciones, o seres luminosos;
sólo un eterno sueño
en una eterna noche.

Ave Atque Vale: en Memoria de Charles Baudelaire

¿Debo derramar una rosa, un quejido o un laurel,
oh hermano mío, sobre éste que fue tu velo?
Quizá deseas una flor apacible modelada por el mar
o una filipéndula, germinando lentamente,
de aquellas que las Dríadas, dormidas en verano, solían tejer
antes de ser despertadas por la suave y repentina nieve de la víspera.

Tal vez tu destino sea otro: marchitarte en el baldío
regazo de la tierra, entre pálidos capullos, sacudido por
el eterno calor de amargos veranos, lejos de las dulces
espigas que bordean la costa de un pueblo sin nombre.

Orgulloso y sombrío
palpitabas en el abismo profundo del cielo;
tus oídos atentos estuvieron al lamento del vagabundo,
al sollozo del mar en agrestes promontorios,
al estéril beso de las olas,
al rumor incierto de la tumba de Leucadia,
con sus hondos cantos.
Ah, el beso yerto y salado del mar,
el triste clamor de los vientos oceánicos sacudiendo los golfos,
acosándonos y derribándonos,
como ciegos dioses que ignoran la misericordia.

Fuiste tú, hermano mío, con tus antiguas visiones,
quien adivinó secretos y dolores vedados al hombre,
amores salvajes, frutos prohibidos y venenosos,
desnudos ante tu ojo escrutador
que se abría en medio del aire viciado de la noche.
Toscas cosechas en tiempos de lascivia:
pecado sin forma, placer sin palabra.
Turbulentos presagios se agolpaban en tus sueños
y hacían cerrar los afligidos ojos de tu espíritu.
En cada rostro viste la sombra
de aquellos que sólo siembran y cosechan hombres.

Oh corazón insomne, Oh alma fatídica incapaz de conciliar el sueño;
el silencio es tu regocijo, indiferente ante el altar de la vida,
¡has dejado a un lado el amor, la serenidad, el espíritu de lucha!
Ahora los dioses, hambrientos de muerte,
alma y cuerpo nos arrebatan, la primavera, nuestras melodías.
El amor no puede equivocarse
entregándose a un placer sin aguijón, colmillo o espuma,
allí donde hay labios que nunca se abrirán.
El alma se escurre del cuerpo
y la carne se arranca de los huesos, sin congojas,
como el rocío cuando cae desde las campánulas.

Es suficiente: el principio y el fin
son para ti una y la misma cosa, para ti que estás más allá de cualquier límite.
Oh mano separada del amigo incondicional,
sin frutos que recoger o victorias por alcanzar.
Lejos del triunfo, de los diarios afanes y de las codicias
sólo hojas muertas y un poco de polvo.
Oh, quietos ojos cuya luz nada nos dice,
los días se acallan; no así el insondable abismo de tu noche,
cuando tu mirada se desliza entre lóbregos silencios.
Pensamientos y palabras se desmoronan de tu alma;
dormir, dormir para ver la luz.

Ahora todas las horas y amores extraños han terminado;
sólo sueños y deseos, canciones y placeres umbríos.
Quizá has encontrado tu lugar
entre las piernas de la mujer de un Titán, pálida amante,
reclamando de ti hondas visiones
bajo la sombra de su cabeza, de sus prodigiosos pechos,
de sus poderosos miembros que inclinados te adormecen,
con todo el peso de sus cabellos
cuyo aroma evoca el sabor y la sombra de antiguos bosques de pino
donde aún gime el viento tras haber sorteado húmedas colinas.

¿Has encontrado alguna similitud para tus visiones?
Oh jardinero de extrañas flores: ¿cuáles brotes, cuáles
capullos has encontrado sembrados en la penumbra?
¿Existen acaso desesperanzas y júbilos? ¿No es todo
una cruel humorada? ¿Qué clase de vida es ésta, con salud o enfermedad?
¿Son las frutas grises como el polvo o brillantes como la sangre?
¿Crece alguna semilla para nosotros en aquella landa sombría?
¿Hay raíces que germinen en sus débiles campiñas,
allí, en las tierras bajas donde el sol y la luna se enmudecen? ¿Hay flores o frutos?

Ah, mi volátil canción se desvanece
ante ti, el mayor de los poetas, esquivo y arcano,
tú, veloz como ninguno.
Presiento oscuras burlas en la risa misteriosa
de los guardianes de la muerte, ciegos y sin lengua,
cubriendo con un velo la cabeza de Proserpina.
Pasajera y débil es mi visión: vanas lágrimas
que caen desde ojos acongojados,
que resbalan por pálidas bocas llenas de estertores.
Son éstas las cosas que atribulaban tu espíritu cuando las veías emerger.

Demasiado lejos te encuentras ahora; ni siquiera el vuelo de las palabras puede alcanzarte;
lejos, muy lejos del pensamiento o de la oración.
¿Qué nos incomoda de ti, que sólo eres viento y aire?
¿Por qué despertamos al vacío desgarrados de temor?
Fantasías, deseos,
o sueños hambrientos de muerte, como ráfagas que propagan el fuego.
Nuestros sueños persiguen nuestra muerte y no la encuentran.
Aun así, por rápida que ésta sea, un tenue ardor se desvanece de nosotros,
mortecina luz que cae desde cielos remotos
cuando el oído está sordo
y la mirada se nubla.

Nunca más serás aquello que fuiste; ajeno al tiempo
te alejas; por eso ahora intento apresar tan sólo
un destello del triste sonido tu alma,
la sombra de tu espíritu fugaz, este pergamino cerrado
en el que pongo mi mano sin dejar que la muerte separe
mi espíritu de la comunión con tus versos.
Estos recuerdos y estas melodías
que abruman el fúnebre y oscuro umbral de las musas;
las saludo, las toco, las abrazo y me aferro,
con mis manos prestas a ceñir,
con mis oídos atentos al vago clamor
de aquellos que marchan por la vida vestidos de luto.

Yo soy uno de ellos, avanzando
ante hogueras que arden, apilada la tierra,
ofreciendo libaciones a la muerte y sus dioses,
haciéndoles una leve reverencia en medio de la fúnebre procesión de los hombres,
sin plegarias ni alabanzas,
brindando mis ofrendas a sus taciturnas majestades,
que de miel y esencias están sembradas mis tierras
mientras mis frutos se pudren en el gélido aire.
Como Orestes, deposité en tu sepulcro
un rizo de mi cabello desgreñado.

No hay manos capaces de traicionarte,
oh rey de cabeza encogida,
pues tu pálido resplandor basta para acabar con la misma Troya.
Engaños, mentiras: sobre este polvo tuyo ninguna lágrima habrá de brotar.
Nunca hubo llanto como el tuyo: que ahora los hombres
escuchen la dulce caída de tus lágrimas eternas
en las hojas abiertas de las páginas de los santos poetas.
Ni Orestes ni Electra se conduelen de tu suerte;
pero arrodillándose desde sus urnas inmemoriales,
las más altas musas de todos los tiempos
gimen por ti y hasta el mismo Dios en su corazón te añora.

Así, aun cuando aquí entre nosotros
Dios esconda su sagrada fuerza
y apague su luz
sin manifestar su música y su poder
con el suave ardor de canciones sonoras,
quiso sin embargo tocar tus labios con vino amargo
y nutrirlos con su agrio aliento.
Seguramente de sus manos el alimento de tu alma viene.
Las llamas que atemorizaron tu espíritu con su fulgor
al mismo tiempo lo iluminaron, alimentando tu corazón hambriento
así como al nuestro lo sacia con fama.

Y ahora, en el ocaso de tu alma,
el dios de todos los soles y canciones se inclina
para unir sus laureles con tu corona de cipreses.
Es Él quien guarda tu polvo de la culpa y del olvido.
Sabiendo todo lo que fuiste y eres,
compasivo, melancólico, sagrado en cada orilla del corazón,
lamenta tu muerte como la muerte de sus hijos
y santifica con extrañas lágrimas y ajenos suspiros
tu boca sin palabras, tus ojos enlutados,
y sobre tu yerta cabeza
deposita un último trazo de luz.

Desearía sollozar junto a ti en las orillas del Leteo,
abrazar con mis lágrimas su cambiante curso,
llegar hasta la escarpada colina donde Venus levanta su santuario,
la genuina Venus, no aquella que después fue cambiada
por Citerea y Ericina, perdiendo sus labios y su rostro
la divina risa de la antigua Grecia.

Un fantasma, un dios abyecto y lascivo:
tú también te postraste a su carne,
por ella entonaste plegarias
y te apartaste hacia una tierra desconocida
mientras ardían las sombras del Infierno.

Sé que ninguna corona brotará de estas flores;
que ningún saludo atraerá la luz.
Tan sólo un espíritu enfermo en medio de la noche dulce y olorosa,
los cansados ojos del amor con sus manos y su pecho estéril.
No hay remedio para estas cosas; ya no hay nada
por alcanzar o enmendar; ni siquiera nuestras canciones, querido amigo,
despejarán el misterio de la muerte asegurando la inmortalidad.
Mas no por ello dejaré de hacer música para ti
cubriendo tu polvo con rosas, hiedras o vides silvestres.
Así al menos depositaré un cetro
en el relicario donde moran tus sueños.

Descansa en paz. Si la vida fue injusta contigo, el destino te absolverá.
Si acaso fue dulce, debes agradecer y perdonar,
pues a no mucho más puede aspirar el hombre.
Aquel mortecino jardín donde día tras día tus manos entrelazaban estériles flores,
flores urdidas en el sigilo y la sombra;
en sus verdes capullos encontraste sufrimientos y abyecciones,
en sus grises vestigios el penetrante sabor del veneno.
Tú, con el corazón lleno de esperanza,
desataste pensamientos y pasiones desde lo más profundo de tus sueños;
pero ahora has partido, atravesado por la guadaña de la muerte
que a todos habrá de alcanzarnos
cuando nuestras vidas se agoten en la fúnebre corriente de los días.
Para ti, hermano mío,
alma sumergida en el silencio.

Recoge de mi mano esta guirnalda y despídete.
Delgadas son las hojas y baldíos los inviernos.
La tierra, nuestra madre fatal, se enfría a tu alrededor;
de sus entrañas brota la tristeza
y en medio de sus pechos asoma una tumba.
Mas, de cualquier modo, conténtate, porque tus días han acabado;
Ahora descansas en paz, sin turbulencias
ni visiones ni cantos que perturben tu espíritu.
Vaya este canto para ti, querido hermano,
sol inmóvil en donde todos los vientos se aquietan,
solitaria orilla en la que todas las aguas confluyen.

Antes del Ocaso

Antes que la noche se abrace a la tierra
la luz crepuscular del amor declina en el cielo.
Antes que al miedo le sea posible sentir temblores o escalofríos,
la luz crepuscular del amor declina en el cielo.

Cuando el insaciable corazón murmura entre lamentos
"o es demasiado o es poco",
y la boca sedienta tardíamente se abstiene.

Blandas, deslizándose por el cuello de cada amante,
las manos del amor sostienen secretamente la brida;
y mientras buscamos en él la señal esperada,
su luz crepuscular declina en el cielo.

Fragmentos de Atalanta en Calidon

Mirad a los dioses: no aman la justicia más que el destino;
lastiman la boca del noble y la boca del impío;
sangre corrupta dejan correr por las venas del hombre devoto;
mancillan el labio del santo y el labio del traidor.
Oh Dios, supremo mal,
todos estamos contra ti, contra ti, Oh Dios.
Con la espada y la vara nos recoges;
nos cubres de sombras apilando la hierba;
el destino debe cumplirse para oscurecer el rostro
del hombre ante ti, oh Dios

Fugaz y débil es el amor, ciego como una llama;
enmascarado por la risa, oculta lágrimas y deseos;
a su lado camina un hombre y una doncella.
Una doncella en cuyos ojos todo goce se apaga
cuando los capullos encienden su aliento nupcial.
A él lo bautizan bajo el nombre del Destino;
su amada no es otra que la muerte...

Oh madre soñadora,
¿podrás cubrirme
con todos tus anhelos, cálidos como el sol,
cuando yo me sumerja en lo oscuro, como una sombra entre las sombras
y solloce entre arroyos insalvables?

 

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