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Cyber Humanitatis N°48 (Primavera 2008)

 

El historiador y la experiencia de la temporalidad en la producción historiográfica

Karrizzia Allegrette Moraga Rodríguez
Estudiante IV año.
Licenciatura en Historia.
Universidad de Chile.

 

¿Cómo trabajan los historiadores? ¿Cuáles son las prácticas o metodologías que permiten al historiador ‘escribir la historia’? ¿Existen técnicas u ‘operaciones’ que son propias del trabajo de los  historiadores? ¿Cuál es la relación del historiador con la escritura? ¿Qué vínculo establece el historiador, entre la ‘escritura de la historia’ y la experiencia del tiempo? ¿Cuándo se puede hablar de pasado y cuándo de presente, para los historiadores?... Éstas resultan ser sólo algunas de las interrogantes que permiten generar una importante, necesaria y –muchas veces- soslayada reflexión en torno a los métodos y prácticas utilizadas por los historiadores en el desarrollo de su oficio.

Es en el entendido de aportar a esta reflexión respecto de las prácticas del quehacer del historiador, que intentaré abordar la problemática acerca de: Cuál es la relación que establece el historiador con la noción de tiempo o temporalidad, esencial para el desarrollo de la producción historiográfica. Así como, problematizar el despliegue de dicha relación en la construcción del relato historiográfico y sus implicancias.

La experiencia de la temporalidad es constitutiva a la vida de los seres humanos. Es inevitable que el paso de los años, meses, días, horas (llegando hasta los grados de medición más infinitesimales establecidos por los seres humanos) nos envuelva e –incluso a algunos- atemorice. Lo anterior, hasta el punto de que muchos, luchen por evitarlos a través de la intervención en lo corporal (‘operaciones rejuvenecedoras’), respondiendo en este sentido, sólo a la percepción física que se tiene del paso del tiempo. Luchando contra los vestigios que el transcurso de los años va estampando en nuestras propias corporalidades. Pero también encontramos la experiencia social y cultural del paso del tiempo, es en este contexto de vivencia y percepción donde se inserta la producción historiográfica, y la labor tan querida por el historiador. Lo anterior, pues el estudio de las sociedades y culturas implica dimensionar a las mismas de modo espacial y temporal. Estas son las principales coordenadas que caracterizan ‘los guiones’ del historiador, que le permiten reconstruir lo que sucedió en el tiempo pasado. Lo que ya fue, de lo que podemos tener recuerdos o conocimiento por la transmisión oral o escrita, pero que ya es ausencia. A pesar de que como ya hemos hecho mención, los vestigios y huellas quedan de modo material, o través de las prácticas, costumbres y representaciones culturales que se manifiestan en una sociedad.

Entonces podemos preguntarnos, ¿Cómo se aproxima a la noción del tiempo el historiador en la práctica historiográfica?, ¿Cómo se manifiesta dicha aproximación en la producción historiográfica?, ¿Cuáles han sido algunas de las perspectivas que han guiado el trabajo de los historiadores respecto de su relación con la dimensión temporal?, ¿Qué deberíamos entender por el ‘tiempo histórico’?, ¿El tiempo del relato histórico da cuenta de la  noción de tiempo experimentada por los sujetos en sociedad, o en realidad, nos remite a la elaboración del ‘tiempo histórico’ efectuada por el propio historiador?, ¿De qué manera influye en la construcción historiográfica del historiador (representación del pasado) el contexto temporal que le toca vivir, considerándolo como un intelectual situado?, ¿Cuáles son las convenciones o motivaciones que determinan en la práctica del historiador, la elección de determinado marco o espectro temporal para la realización de sus investigaciones?... Estas serán algunas de las interrogantes que guiarán mi reflexión en torno a lo que sitúa al historiador, y a su producción historiográfica respecto de la dimensión del tiempo.

Los historiadores reconocen en el pasado a un referente histórico, el cual corresponde esencialmente al tiempo que apartamos del presente que experimentamos. Del pasado nos quedan las huellas y vestigios materiales (edificaciones, esculturas, obras literarias, entre otras) que los historiadores hacen suyas, por medio de la denominación y taxonomía fontal. También la memoria entra a jugar un rol importante en la experiencia y trabajo con la dimensión temporal del pasado, rescatándose las tradiciones orales, y la rememoración de los que aún viven entre nosotros. En este sentido se entra a debatir entorno a lo que puede ser considerado objeto de estudio histórico, si el pasado del que nos distanciamos bastante en el tiempo, o también del considerado pasado reciente.

Es así como las trazas y vestigios de nuestro referente –el pasado- hallados por el historiador, le permiten al mismo, por medio de una serie de prácticas legitimadas en el gremio, aspirar a reconstruirlo. El historiador no se solaza solamente con el hallazgo, sino que también por medio de la elección, organización e interpretación de los que pasarán a dar vida a su relato histórico. Sí, porque el producto del trabajo del historiador se traduce en un relato; lo que obliga y conduce a los historiadores a utilizar –con resguardos (aunque sean de modo inconsciente), intencionalidades, y no inocentemente también- el lenguaje.

El lenguaje como principal medio que los seres humanos tenemos para dar sentido o significar la realidad. Es ese medio, el que a final de cuentas, se vuelve también esencial en el obrar del historiador. La producción historiográfica pasa a ser la mediación lingüística entre lo que se ha seleccionado del pasado y el desarrollo epistemológico-explicativo de ese referente. Y será la selección en el tiempo pasado y su reconstrucción en el relato histórico, lo que pondrá de manifiesto la “operación histórica” –en el decir de De Certau- por parte del historiador, es decir, “enfocar la historia como una operación, será intentar, de un modo necesariamente limitado, comprenderla como la relación entre un lugar (un reclutamiento, un medio ambiente, un oficio, etc.), y unos procedimientos de análisis (una disciplina).”[1] Michel De Certau argumenta que el asumir este enfoque respecto del oficio del historiador, conlleva el admitir que el historiador forma parte de la realidad que estudia, “ y que esta realidad puede captarse “en cuanto actividad humana”, “en cuanto práctica”. (...) la operación histórica se refiere a la combinación de un espacio social y de prácticas “científicas”.”[2]

En el reconocimiento de estas prácticas, así como en el de nuestro referente, es que la componente esencial de lo que llamamos corrientemente historia, no corresponde a ‘la historia’, sino que a la realidad de lo vivido por mujeres y hombres en las diversas sociedades y culturas, a lo largo del tiempo. En específico, los historiadores radicarán su interés en aquellas sociedades e individuos que contemplamos y determinamos como del tiempo pasado. El historiador intentará por medio del relato histórico, realizar una representación del pasado.

Circunscrito también al ámbito de las ‘operaciones históricas’ o prácticas historiográficas, es que hallamos diferentes concepciones en el mismo gremio de los historiadores, respecto de cómo aproximarnos a lo pasado. Acordando en definitiva, que es posible de considerar como historiable y que manifestaciones o procesos sociales, aún no poseen dicho estatus.

Dentro de los paradigmas o enfoques que han imperado en la esfera del trabajo del historiador, encontramos el que plantea la necesidad de lejanía temporal del historiador respecto de lo que ha de historiar. Posibilitando la comprensión plenamente desapasionada y objetiva de su objeto de estudio.

Según este enfoque objetivo o denominado científico, el historiador debe establecer una vinculación respecto de su referente de estudio (el pasado) distante, que le permita mantener una perspectiva en el análisis, trayendo consigo la tan elogiada por algunos ‘historia verdadera’, es decir, ‘lo que realmente aconteció’.

En la práctica, el historiador no puede en pos de conseguir objetividad y perspectiva (léase distancia) para la comprensión del pasado, negar su estatuto e inscripción como ser humano, y sujeto social situado en el presente. Es desde el presente como sujetos sociales, afectos a las problemáticas, cuestionamientos y responsabilidades que condicionan y afectan nuestro habitar en sociedad, que se nos plantea como una tentativa imposible, abstraernos de la experiencia del tiempo presente. Al respecto el historiador mexicano, Carlos Pereyra, nos dirá que “se vuelve cada vez más insostenible la pretensión de desvincular la historia en la que se  participa y se toma posición de la historia que se investiga y se escribe”[3]. Y el mismo, citando a un importante historiador inglés, E. H. Carr, nos remitirá a saber que “la función del historiador no es ni amar el pasado ni emanciparse de él, sino dominarlo y comprenderlo, como clave para la comprensión del presente”[4].

Respecto de este paradigma, muchos denuncian que la legitimidad teórica de la obra historiográfica puede verse comprometida, mermada y supeditada a la funcionalidad o ‘utilidad que se puede obtener de la historia’.[5]
Este aspecto de la funcionalidad social de la historia, se hace claramente patente e inclusive legítima (por los gobiernos en muchas ocasiones) en lo que conocemos como ‘historias nacionales o patrias’. Esto pues, los historiadores de las ‘gestas’ de la independencia americana, tal como postula Germán Colmenares, escribieron a los pocos años de finalizadas las guerras de emancipación. Inclusive, siendo algunos, partícipes indirectos o contemporáneos de estos procesos políticos-bélicos:

...“Los historiadores del siglo XIX estaban situados en una posición hasta cierto punto privilegiada. Muchos habían presenciado o se sentían herederos inmediatos de una revolución que parecía ponerlos en posesión de la historia, de sus mecanismos de cambio político y social,...”[6]

En esta línea, los historiadores hispanoamericanos del siglo XIX, demostraban su predilección por determinados temas, en este caso, los procesos de independencias americanas, y se situaban en el específico tiempo en que ellas se habían realizado. Como historiadores ponían en práctica las operaciones historiográficas, los procedimientos y elecciones que le permitieron construir las narraciones y relatos históricos de lo que hoy conocemos como nuestras historias nacionales. Pudiendo preguntarnos, ¿Por qué esa elección?, ¿Por qué dichos historiadores prefirieron situarse como historiadores de un referente-pasado tan reciente para los mismos? ¿Qué representaciones de dicha realidad buscaron construir?...

Al respecto Colmenares nos guiará, en el sentido de que los ‘historiadores de lo patrio’ se sintieron “como dueños de los orígenes mismos de la historia (...) era familiar en la medida que pudiera penetrarse en sus secretos, que aparecían como arcanos del poder, o en las intenciones de los actores”.[7] Los historiadores del siglo XIX hispanoamericano, sentían que su labor de historiador y por ende de ‘escribir la verdad de lo que sucedió’, según los parámetros y convenciones de la época, sólo podía verse concretada en tanto, ellos mismos fueran partícipes de esa historia que se aprontaban a escribir, “con la conciencia de que se estaba actuando en la historia”.[8] De hecho, y remitiéndonos a la ‘funcionalidad histórica’, será por medio de dichas construcciones historiográficas, que los sujetos de las elites hispanoamericanas, se posicionarán como los ‘verdaderos sujetos históricos’, los ‘hacedores de la historia’. Serán los únicos que tendrán los valores, virtudes y el carácter para gobernar, y dirimir acerca de los destinos de nuestras naciones. Algunos historiadores inclusive, hablarán de las historias escritas por los vencedores (los héroes, las elites) y la ‘historia  de los vencidos’[9] (indígenas, los afrodescendientes, los esclavos, los sujetos populares), es decir, la historia no escrita (lo que se ha intentado subsanar durante las últimas décadas), subterránea, que recorre tal como la sangre, ‘las venas más profundas de nuestras naciones’.

Teniendo en consideración lo expuesto hasta el momento, es posible darnos cuenta que la noción de tiempo, y la vinculación y elección del mismo por parte del historiador, resultan ser importantes problemáticas que enfrentar y resolver a la hora de desempeñar su oficio. No sólo por las circunstancias y diversas maniobras investigativas que éste debe desarrollar, para hallar los vestigios materiales o intangibles de los sujetos y sociedades del pasado, que le permitan reconstruir su historia;  sino que además, la problemática del tiempo, se torna en sumo, de interés al momento de la fabricación o elaboración de los relatos historiográficos. 

Es inevitable el hecho de que el historiador escriba desde el tiempo en que se encuentra situado, por ende, él mismo, llegue a encarnar como ser humano (por ende, temporal) y sujeto social, la experiencia de la temporalidad.  Experiencia que puede remitirnos a la construcción del tiempo como: pasado-presente y futuro, que para occidente se constituye en una línea de tiempo que transcurre siempre mirando hacia el progreso, o tal vez, teniendo la concepción de la experiencia temporal que nos remite eternamente a los orígenes, de modo cíclico. Contemplando como las principales fases de la vida de los seres humanos se ven determinadas por el ‘tiempo de lo profano y lo sagrado’. Así como otras tantas concepciones temporales e históricas –aún ignoradas o desestimadas-. Y tal vez, porque no decir, cosmovisiones y concepciones a-históricas; es decir, aquellos pueblos que no conciben lo histórico, o la necesidad de ello, según las prácticas y concepciones que se tienen en el ‘Occidente’.
 
Ahora bien, no podemos obviar que junto a la vivencia y experiencia del tiempo, encontramos en las propias prácticas u operaciones que efectúa el historiador para construir el relato histórico, lo que involucra a la figuración del tiempo. Pues la dimensión temporal para el historiador pasa también a constituir, materia de construcción. Colmenares nos plantea que la figuración del tiempo en la narrativa es convencional, acortándose o expandiéndose según las necesidades dramáticas o de intensidad de la acción en el relato histórico.[10] En ello es que reconocemos, que la temporalidad pasa a formar parte del material mismo de producción historiográfica. El historiador no concibe el relato histórico, con todo lo que ello implica respecto del trabajo investigativo, explicativo y hermenéutico, encontrando al ‘tiempo pasado’ como ya existente por sí mismo, como ‘el pasado’ allí. Si no más bien, ese tiempo pasado yacerá en elaboración. Es así como en el relato histórico, un día o fecha ‘x’ pueden alcanzar una dimensión voluminosa de páginas, así también como, varios años pueden ser condensados en sólo una de ellas.

Paul Ricoeur en tanto nos remite a la problemática de la ‘intencionalidad histórica’, apuntando al estatuto epistemológico del tiempo histórico con relación a la temporalidad de la narración. Para éste, “el tiempo construido por el historiador se construye –en el segundo, en el tercero, en el enésimo  plano- sobre la temporalidad construida (...)”.[11] La temporalidad del relato histórico, para Ricoeur, nos transporta epistemológicamente, a la concepción de que el tiempo que inclusive creemos todos vivir al unísono, -como uno sólo y mismo-, es resultado de una ‘elaboración de vivencia’, de los propios individuos. Mas para el historiador –en la perspectiva de Ricoeur-, se revelará el dilema, de reconocer en el tejido que constituye el relato histórico, no sólo su constitución explicativa, sino que narrativa, y temporal. Es así como, en su análisis hace patente que en la construcción del relato histórico, -que se inscribe tradicionalmente como eminentemente explicativo- entran a jugar las configuraciones narrativas, lo que nos conduce y posibilita a  cuestionarnos de como es posible caer en confundir la coherencia narrativa del relato, con la conectividad explicativa de la misma. En palabras del mismo autor, “sigo pensando que lo narrativo no está confinado al ámbito de lo acontecido sino que es coextensivo a todos los niveles de explicación y a todos los juegos de escalas. Es más, si bien los códigos narrativos no sustituyen a los modos explicativos, le agregan la nota de legibilidad y visibilidad ya mencionada”.[12]

Es con relación a la construcción narrativa de lo histórico, y por lo tanto, también de lo temporal, en que el mismo Ricoeur  reconoce a su vez, una ‘aporía’ que surge de la distancia irreversible, existente entre la percepción íntima o existencial del tiempo, y la concepción del tiempo objetivo o físico.[13]

La construcción del ‘tiempo histórico’ de la narración entraría a resolver, a inscribirse como una suerte de mediación entre la experiencia fenomenológica y la experiencia física del tiempo. Parafraseando a Ricoeur, Colmenares nos dirá que se “constituye una solución poética de la aporía”.[14] Solución que para ambos autores ya mencionados, se revelará en una construcción que empleará ‘tres herramientas’, a saber: el ‘calendario’, la ‘perspectiva de las generaciones’ y las ‘trazas del pasado.’[15]

Colmenares anota que el uso del calendario implicará que “a partir de un tiempo axial puede ordenarse una cronología hacia atrás o hacia adelante”... Así también, respecto de “la perspectiva de las generaciones, en la que se combina la experiencia de predecesores, contemporáneos y sucesores. A la propia experiencia histórica se puede adicionar la de los supervivientes de una generación anterior, ampliando así el ámbito temporal perceptible de una manera más o menos directa.”... y finalmente, los vestigios o trazas del pasado, “sus testimonios, en los cuales lo que pasó está de alguna manera presente en un fragmento material, en una supervivencia. Tales trazas o fragmentos son las fuentes del historiador.”[16]

Dichas herramientas resultan ser básicas, por no decir esenciales, al momento de poder pronunciarnos en relación con lo que constituye el material para la construcción temporal que efectúan los historiadores, aunque muchos no se den tiempo para reflexionar sobre ello. Además de no olvidar, que junto a la toma de conciencia respecto de dicha construcción temporal, encontramos la propia construcción narrativa; la que sin lugar a dudas, nos remite, a una serie de convenciones, tropos y figuras narrativas, que permiten al historiador la ‘representación del pasado’ en el relato histórico.

Lo que nos resta, ‘a estas alturas del partido’, es tratar de responder acerca del historiador mismo, y su relación experiencial del tiempo. Es de suma importancia dicha problematización, debido a que determina en gran medida, la elección que los historiadores harán de determinados marcos temporales para sus estudios, así como de determinadas fabricaciones en torno a la temporalidad en los relatos historiográficos.

Los historiadores no pueden enajenarse del carácter temporal que les constituye por su naturaleza humana. No son dioses, a pesar de que, las figuras y ‘efectos de realidad’, utilizados en ocasiones, les posicionen en la construcción historiográfica, como si lo fueran. Apareciéndose como sujetos omniscientes, que saben todos los pormenores de lo acontecido, inclusive de lo que cavilaban o no los actores del relato histórico.
La experiencia del historiador en el presente resulta ser decidora. Esto pues como historiador situado, -consciente de las prácticas del oficio, y al tanto de lo que acontece en el hoy-, encuentra estímulos que le conducen de alguna u otra manera, hacia determinadas áreas y temáticas de interés socio-histórico. Lo afirmado se esgrime por algunos representantes del gremio, como cercano a las prácticas apologéticas e ideológicas de la historia. Esto pues serán, determinadas valoraciones, experiencias políticas, ideológicas, sociales y culturales, entre otras, las que guiarán el interés del historiador en estudiar tal o cual proceso histórico. Significando de tal o cual forma lo investigado, en su relato. En este aspecto, obviamente nos remitimos a la funcionalidad de la historia, la que no puede ser soslayada, pero que tal como plantea Carlos Pereyra, no debe porque imponerse degradando la legitimidad teórica de la historia. En palabras de Pereyra, “un aspecto decisivo del oficio del historiador consiste, precisamente, en vigilar que la preocupación por la utilidad (político-ideológica) del discurso histórico no resulte en detrimento de su legitimidad (teórica)”[17].

El historiador en el presente, se formula las preguntas e interrogantes que lo conducirán a los archivos, a los testigos, a los artefactos o iconografías, entre otros tantos materiales o fuentes, que le permitirán hacerse una idea del pasado, así como lograr representarlo. Es por eso que el hoy, que pronto pasa a constituir ayer, no puede ser menospreciado respecto de la labor del historiador. Será sólo a la luz del presente, teniendo una perspectiva respecto del mismo, que el historiador hallará sentido del porqué realizar determinada investigación histórica respecto del pasado. Tal vez siendo majadera, es necesario reiterar, que es en el presente, y tomando en consideración la propia experiencia -cultural, social, económica, etc.-, del historiador,  que surgen las interrogantes, las preguntas acerca de lo que fue y lo que no ocurrió –motores esenciales- para el despliegue de la investigación histórica.

Hasta aquí nuestras reflexiones y lecturas. La experiencia del tiempo resulta esencial e inherente a todos los seres humanos. Nuestra ‘batalla contra el tiempo’, -como suelen decir algunos- se da en nuestro quehacer, desde los aspectos más cotidianos de nuestras vidas, hasta por las más grandes problemáticas que enfrentamos como humanidad, y que aún no logramos resolver. Pues bien, el historiador, como un intelectual situado,  profesional de la disciplina histórica, decide entrar en lo que denominaré ‘diálogo con la historia’, o más bien, ‘con el pasado’. Será insoslayable, en el desempeño del historiador, en su constante cuestionar y explorar, el viajar desde el presente al pasado, y volver nuevamente desde el pasado al presente. La experiencia del tiempo, constituirá el pasaporte que permitirá al historiador entrar en contacto con los ya ‘ausentes’, y poder volver a la actualidad, para contarle a los ‘presentes’, a sus coetáneos, y a los que vendrán, el fruto de sus investigaciones en el campo de lo histórico.


Bibliografía.

  1. De Certau, Michel, “La Operación histórica”, en Hacer la Historia,        Jacques Le Goff (editor), Editorial Lacia, Barcelona: 1985.
  2. Colmenares, Germán, Las Convenciones contra la cultura. Ensayos  sobre la historiografía del siglo XIX, Centro de Investigaciones Barros Arana, Santiago de Chile: 2006.
  3. Monsiváis, Carlos, “La pasión de la Historia”, en Historia ¿Para Qué?, Siglo Veintiuno editores, México: 1998.
  4. Pereyra, Carlos, “Historia, ¿Para qué?”, en Historia ¿Para Qué?, Siglo Veintiuno editores, México: 1998.
  5. Ricoeur, Paul, “La intencionalidad histórica”, en Tiempo y Narración, Tomo I, Editorial Siglo Veintiuno, México: 2003.
  6. ....................., “Historia y memoria. La escritura de la historia y la representación del pasado”, en http://etica.uahurtado.cl/historizarelpasadovivo/es_contenido.php.Copyright 2007, Anne Pérotin-Dumon, consultado 24/05/2008.      

 

Notas

[1] Michel de Certau, “La operación histórica”, en ‘Hacer la Historia’. Jacques Le Goff (editor) Editorial Lacia, Barcelona: 1985. p. 16.

[2] Ibíd. p. 16.

[3] Carlos Pereyra, “Historia, ¿Para qué?”, en “Historia ¿Para Qué?” Siglo Veintiuno Editores, México:1998. p. 16.

[4] Ibíd. p. 16.

[5] Carlos Pereyra, Ibíd. pp. 11-15.

[6] Germán Colmenares, Las Convenciones contra la cultura. Ensayos sobre la historiografía del siglo XIX. Centro de Investigaciones Barros Arana. Santiago, Chile: 2006. p. 17

[7] Colmenares, Ibíd. p. 18.

[8] Colmenares, Ibíd. p. 18.

[9] Carlos Monsiváis nos iluminará con sus planteamientos en relación con ‘la visión de los vencidos en la versión de los vencedores’, plegándose a Colmenares, respecto de que en el siglo XIX la tendencia fue identificar Historia con épica, y “sentimiento histórico con el caudal de reacciones que desatan los enfrentamientos, los mártires, la construcción y el crecimiento de las ciudades, las grandes traiciones y los grandes sacrificios, las batallas y las conspiraciones, las sublevaciones y las matanzas” (p. 176)
Planteándonos que para la historia de México, los ‘hombres del pueblo’, los que acompañaron a Pancho Villa confiaron y ‘actuaron su fe en la Historia como el futuro que desde ese momento los entiende y alaba’; muriendo y sacrificando sus vidas en la confianza que dichos episodios aislados en los que participaban se tornarían en entidad histórica redentora del pueblo mexicano. Así los que quedaban en el camino, los vencidos serían marginados o no invitados a lo que pasaría a constituir ‘la Historia de México’, en palabras del autor: “Para el caso no importó demasiado la supresión oficial del proceso de los derrotados ni que entre los vencidos cundiera el pesimismo ante un pueblo irredento (...) No importó demasiado esta objetividad del vencedor y esta sacralizada subjetividad del vencido, porque comúnmente se siguió concibiendo a la Historia como el instante de excepción, la luminosa y sangrienta marcha de la Independencia, la Reforma o la Revolución.” p. 177. “La Pasión de la Historia”, en Historia Para Qué. Siglo Veintiuno Editores, 1998.

[10] Colmenares, Ibíd. p. 59.

[11] Paul Ricoeur,  “La intencionalidad histórica” en Tiempo y Narración. Tomo I. Editorial Siglo Veintiuno, México, 2003, p. 229.

[12] Paul Ricoeur, Historia y memoria. La escritura de la historia y la representación del pasado. en http://etica.uahurtado.cl/historizarelpasadovivo/es_contenido.php. Copyright 2007. Anne Pérotin-Dumon, Consultado 24/05/2008.

[13] Colmenares, Ibíd. p. 59.

[14] Ibíd. p. 59.

[15] Ibíd. p. 59.

[16] Ibíd. p. 59.

[17] Pereyra, Ibíd. p. 31.

Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile ISSN 0717-2869