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Cyber Humanitatis Nº 22 (otoño 2002)

 

La poesía de Soledad Fariña "Pupila Insondable". Por Soledad Bianchi.

 
 

 

Narciso mira y se contempla en el agua cuando ve un reflejo y se ve en una prolongación, su prolongación, su reflejo. Entonces, queriendo "calmar su sed... siente nacer una nueva sed... Se desea a sÍ mismo; es el amante y el objeto amado...", según las palabras de Ovidio, tan actuales que se dirían posteriores a Freud y al psicoanálisis.

Casi veinte siglos nos separan de Las metamorfosis, de Ovidio. Casi veinte siglos, y más, que Soledad Fariña asume por lecturas... Entre otras sobre este personaje: la del latino; tal vez, la pieza teatral El divino Narciso, de Sor Juana Inés de la Cruz; de Lezama Lima, su poema, "Muerte de Narciso", sin duda.

Se dice que el año 8, al partir al exilio, Ovidio quemó Las metamorfosis. Sabía, eso sí, que otros manuscritos circulaban entre sus amigos, entre sus cercanos. Versiones varias, entonces, nada fijo, como cuando Narciso, conmovido, intenta asir su imagen, pero se le escapa porque mueve las aguas. Entonces, al querer encontrar, al querer encontrarse, él mismo se pierde, desaparece. Turbado (de amor), Narciso enturbia el lago y, perturbado, deja de verse. Agitado, el bello joven altera la inmovilidad del reflejo y, en la espera, desespera.

 Nada fijo hay, tampoco, en el poema contemporáneo de Soledad Fariña. Tampoco habrá certidumbres en nú acercamiento, con posterioridad a sumergirme en una lectura cómplice de un escrito complicado, vario, pleno de cambios y mudanzas, cruzado por numerosas fusiones, por pliegues como ondas, por dobleces que son duplicaciones.... porque apropiarse de una tradición y re-elaborarla resulta complejo: ¿cómo hacerlo?, ¿desde dónde?, ¿qué énfasis marcar, y con qué?.

De todos modos, a la poeta actual no le interesa contar una historia, tal vez porque este mito ya lo conocemos en diversos relatos y versiones. Tal vez, más probablemente, creo, porque como Soledad Fariña no es una poeta narrativa, nunca se ha sentido cautivada por secuencias hiladas, regulares y completas ni por linealidades, a diferencia de su curiosidad y extremo cuidado por la palabra justa y su ubicación, y otras pulcritudes y desvelos, que redundan en su escritura, siempre breve y económica, siempre potente, poderosa.

No hay, en su "Narciso", una ilación que complete un todo acabado, sin fisuras. Por el contrario, hay murmullos, instantáneas, hay fugaces miradas, o está ...la grieta profunda/ que ahueca.. o ...el hueco vacío y/ húmedo... No hay respuestas a las múltiples interrogantes, incluso explicitadas... Esas dudas, reconocibles como uno de los rasgos de la poesía de Soledad Fariña, pues están presentes desde el inicio de El primer libro, su primera publicación.

Abundantes, tal vez en demasía, son las preguntas desde la mitad del último poemario. No obstante, sospechas, perplejidades, alternativas sin solución, conjeturas, vaivenes, son tanteos que reclaman al lector al exigirle ver, aguzar los sentidos, fundir los sentidos, sentir la naturaleza, aceptar el fragmento, seguir trayectos laterales, mirar de otro modo, ser y estar más alerta en la lectura, en esta lectura.

Vigilante debe ser la lectura del "Narciso" donde un sujeto no sólo se duplica en su reflejo sino que, plural, se hace muchos en uno, así como cuando podemos divisarnos en un espejo quebrado, así como cuando la piedra cae al agua y hace trizas la única imagen reflejada.

Aquí, entre fragmento y fragmento, con rapidez, el emisor se dirige a sí mismo o encamina su palabra a otro, explica y se explica, describe, reflexiona porque se refleja, reflexiona porque medita... Así, como un entendimiento de su propio quehacer poético, como meta-poesia, podrían comprenderse algunos poemas y ciertos versos de este "Narciso": no obstante, por un frecuente desborde de sentidos, jamás se agotarán en uno exclusivo y único.

El comienzo de este poemario-poema puede pensarse, tal vez, como un alcance sobre el poetizar:

HOY
digo a este aliento
te abrazaré en mi pupila
te nombraré en el hueco vacío y
húmedo
de mi pecho enconado

Ese "hoy" inicial podría ser percibido, incluso, como la certeza de una voz conciente de su trabajo, en el preciso momento del arranque y despliegue de su "nombrar" y del escrito (que está ante nuestros ojos). Esta "voz"/ este hablante se expresa y dice en estos versos pues, aunque parezca curioso para la poesía del presente que con mayor frecuencia se lee y no se oye, existe en este segmento -y en otros- un buscado énfasis en mencionar lo oral: a mi parecer, otra característica frecuente de la poesía de Soledad Fariña, a la que señala sin equívocos la "fabla-habla y el decir -enriquecido por otras artes que implican al cuerpo (la pintura, la cerámica...)-, de El primer libro (1985); o la abarcadora palabra lengua, de Albricia (1988), o el nombrar, hablar o decir de En amarillo oscuro (1994).

Al indicar (a) la oralidad se evidencia -creo- otra de las complejidades de estos textos pues más que aludir a un modo de compartir y propagar la poesía, estos versos refieren tanto a un soplo, pre-verbal, génesis de la palabra (poética), como a la factura del poema mismo, de este poema, por una voluntad de capturar un "ahenlo" y mencionarlo; de coger una respiración y articularla verbalmente; de asir un hálto y exponerlo en lenguaje.

Esta opción por el habla oral y un momento todavía previo, (me) lleva a imaginar un mundo anterior a la escritura, un espacio poco -o nada- urbano: ¿y dónde sino en la naturaleza podría situarse este Narciso, al igual que su antecedente del siglo primero? Y, de nuevo, me acerco a otro de los rasgos que se repiten en la producción de Soledad Fariña, que -se diría- privilegia ámbitos naturales, incluso cuando En amarillo oscuro se contempla con embeleso la grandeza y majestad del monumento de piedra ancestral, que llega a hacerse voz: de la piedra que fue, de la piedra que es... Antes, en Albricia, el cuerpo se encuentra con el cuerpo, propio y ajeno; o el cuerpo se aproxima a elementos (tierra, aves...) que -pareciera- se le han distanciado, mas vuelve a descubrirlos (El primer libro).  Y, del mismo modo que ahora, siempre la búsqueda es tenaz.

Porque, Narciso, el personaje, se persigue, se busca a sí mismo, y es en un espacio campestre donde ubica su hallazgo y cree encontrarse en esa "agua discursiva" -según nombra Lezama Lima-, esa agua que (le) habla y (nos) habla.

Diría, yo, que la imagen del Narciso vista -y "mostrada"- por Soledad Fariña no "respeta" la escisión contemplador-reflejado, ni se circunscribe a la pareja de Ovidio, pues al apropiarse y trascender, trascender y apropiarse, del mito completo, Narciso no se limita a dirigirse a él mismo en su propio reflejo ni -"al borde de ese vértigo"- apela sólo al otro que es su imagen especular (y el "je est un autre", de Rimbaud, se aparece) sino que "frente al espejo", Narciso se ve, también, como la flor y coexiste con el "narciso" en que fue metamorfoseado después de su muerte, en Las metamorfosis, donde perece fuera del agua, y no ahogado, como en otras versiones. Y así como Elías Canetti pensaba: "quizá todo lo que no es superficie sea falso", cuando -sin cerrarse ni inmovilizarse- termina el texto (del) presente, de Soledad Fariña, se diría que se quiebra el tajante antagonismo entre apariencia y realidad, ilusión y verdad, superficie y profundidad, interior y exterior..., pues atisbando una idendad nada fija ni escindida, Narciso y su imagen parecen hacerse uno (¿una?), al fundirse y fusionarse: "ella y yo nos dormimos/ acunando el reflejo/ de esta pupila de/ agua".

Me he centrado en una sola imagen de este escrito que, a diferencia de las publicaciones anteriores de Soledad Fariña, no está constituido por un solo texto pues, a pesar que El primer libro y Albricia estén divididos en fragmentos con títulos individuales, y puedan leerse de modo independiente, es en el conjunto que adquieren otro sentido y mayor brío. Aquí, en cambio, en Narciso y los árboles, son tres las unidades, pues junto a "Narciso", en su proximidad, están "Los árboles" y, también, otros "Cinco poemas".

Por supuesto, podríamos imaginar "Los árboles" como el entorno de Narciso que, incluso, "en un murmullo de ramas" se reflejaba con el joven o se imbricaba con fragmentos de él: la boca, la cabeza, del personaje, espectador o reflejado... Pero, también, "Los árboles", estos ocho parcos poemas, tan delgados que se dirían caligramáticos, pueden apartarse del "Narciso" y leerse aislados o, más bien, en el conjunto y la combinación que los ocho forman, y que va de una descriptiva desnudez (casi invernal), muy cercana a la objetividad -en los tres primeros textos-; a los cuatro siguientes, de un tono muy distinto porque en casi todos se expresa un yo, identificable con un árbol, que podría no ser siempre el mismo y, en progresión, a "Tres sépalos", el último, donde se llega a una cumbre de intensidad por la sintaxis y los énfasis en un vocabulario -con muchos términos botánicos- que adquiere una fuerte carga erótica, haciendo imaginar una posterior gestación y hasta un alumbramiento que "desordena", amalgamando, mundo vegetal y animal:

él baja
ella se expande
abre mis huesos con las manos

TRES FILAS DE ALAS

tres sépalos dentados

El trastorno se continúa en "Cinco poemas", veloces hasta el vértigo de la pasión, del deseo, de una hablante femenina que en su rastreo inagotable, varía, se hace animal, sin dejar de ser mujer; casi deja de verse "escondida en tu puño...", "...escondida en el follaje de tus cejas".

Estos poemas muestran otra faceta de la poesía de Soledad Fariña y no sólo porque se sitúen en un espacio diferente al natural, que pudiera ser la ciudad -"salgo loba a la calle..."- sino, también, por la presencia de ciertos brotes de cotidianeidad en elementos de uso habitual. No obstante, aunque las dudas estén atenuadas, las preguntas continúan pues no hay nada cierto. Tal vez porque -de nuevo- se trata de una búsqueda o porque al ser sólo un puñado, estos escritos podrán continuarse, más tarde, en otras direcciones: por esto, el final abierto, "titubeando en el aire"...: quizá, por el enigma del reflejo o de los espejos; posiblemente, por el enigma que somos nosotros mismos; acaso, por el enigma de la poesía o por el enigma de la palabra... "titubeando en el aire".

  Santiago, agosto del 200

Narciso y los árboles | La poesía de Soledad Fariña "Pupila Insondable". Por Soledad Bianchi.