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Cyber Humanitatis Nº 36 (Primavera 2005)

 

Presentación del libro Metáforas de perversidad. Percepción y representación de lo femenino en el ámbito literario y artístico, de los editores Ángeles Mateo del Pino y Gregorio Rodríguez Herrera

De ángeles del hogar a "parasitos": La crisis del ideal de feminidad en la inglaterra de finales del siglo XX

María del Mar Pérez Gil
 

 

            Los casi sesenta y cuatro años que la reina Victoria ocupó el trono de Inglaterra se sitúan entre los más prósperos en la historia del país, asociados a una etapa de rápido desarrollo económico e industrial y sorprendentes adelantos técnicos. Inglaterra se convirtió en la primera potencia mundial, en la civilización más avanzada sobre la faz de la tierra, como proclamaron ufanos los ingleses. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XIX, la proliferación de ciertos debates alarmistas en torno a cuestiones de carácter social y económico, unida a las derrotas iniciales de los ingleses en la Guerra Anglo-bóer (1899-1902) y a la creciente rivalidad industrial de países como Alemania y Estados Unidos, hicieron temer de cerca a los ingleses el final de su liderazgo. Según Sally Ledger y Roger Luckhurst (2000: xiii), el final del siglo XIX en Inglaterra fue un periodo de contradicciones, pues si bien por un lado muchos victorianos estaban convencidos del todavía poder ilimitado que seguía conservando la nación inglesa, por contra, el inicio evidente de una etapa de retroceso económico sembró de incertidumbre los ánimos de otro sector importante de la población. Como explican Ledger y Luckhurst, para los más utópicos, el progreso del país era claramente visible en signos tales como la anexión de nuevos territorios al Imperio, la puesta en práctica de mejoras sociales y la llegada de continuos avances en materia tecnológica (entre los que pueden citarse el teléfono, los rayos X, el telégrafo sin hilos o el cinematógrafo). Para quienes el futuro se presentaba más imprevisible, era un hecho innegable que Inglaterra había entrado en un periodo de recesión económica, y este dato, sumado a otras circunstancias a las que me referiré más adelante, fueron el origen de fantasías y temores que calaron profundo en la sociedad victoriana, entre ellos los de la ruina inminente del Imperio británico y el miedo a que la raza inglesa estuviese degenerando y perdiendo vigor.

            Como señalan diversos estudios en torno a esta época, el cuerpo saludable fue considerado el factor clave del progreso nacional (Pick, 1989: 212). Para mantener cohesionado el Imperio era, pues, fundamental disponer de hombres robustos y valerosos como primera garantía de éxito (Ledger, 1997: 94). De hecho, los datos del reclutamiento de la época no invitaban a ser muy optimistas y arrojaban cifras poco esperanzadoras para quienes insistían en que la raza inglesa estaba realmente degenerando. Varios miles de hombres fueron rechazados del ejército por no presentar una buena condición física, siendo uno de los motivos del rechazo la incidencia de la sífilis, que azotó con virulencia la sociedad europea de finales de siglo. De la sífilis no escapaban ni tan siquiera los niños recién nacidos, al convertirse la madre infectada en transmisora de la enfermedad. En estos niños la sífilis era la causante de graves problemas, como la deficiencia mental o la ceguera congénita. Se calcula que entre un sesenta y un noventa por ciento de los niños contagiados morían en su primer año de vida (Showalter, 1990: 197).

            Numerosas voces se alzaron para alertar sobre el peligro que suponía para el país la degeneración física y moral de parte de su población. Las palabras del matemático Karl Pearson, profesor por aquel entonces del University College de Londres, demuestran hasta qué punto el vigor físico y mental de la raza y el progreso nacional formaban un todo inseparable en las mentes de muchos. En una conferencia pronunciada en 1900, Pearson sostuvo que traer hijos al mundo no era una cuestión que afectara en exclusiva a la familia, sino también a la nación. Pearson fue un defensor de la eugenesia, doctrina según la cual es posible mejorar la raza humana mediante el emparejamiento de individuos fuertes y sanos que engendren una descendencia óptima. Este científico sugería que la importancia de una nación podía venir a menos en apenas dos generaciones si la población nueva era procreada mayoritariamente por aquellos individuos menos capaces física e intelectualmente. Así decía Pearson ante el público allí congregado:

            Téngase presente que tan sólo una cuarta parte de los matrimonios de este país -digamos, de una sexta a una octava parte de la población adulta- produce el cincuenta por ciento de la próxima generación. Podrán comprobar entonces lo esencial que es para el mantenimiento de una raza física y mentalmente sana que esta sexta a octava parte de nuestra población proceda de la mejor casta, no de la peor. Una nación que empiece a manipular la fertilidad puede alterar inconscientemente sus características nacionales antes de dos generaciones[1]. (1900: 329)

            Como observa Angelique Richardson, para los partidarios de la eugenesia en Inglaterra -Pearson incluido-, la clase media constituía el eslabón clave de la mejora racial. Por lo tanto, que el índice de natalidad estuviera cayendo entre quienes integraban esta clase era algo que resultaba preocupante (Richardson, 1999/2000: 235 y 249; id., 1999: 2). La consagración de la burguesía como ideal ético, estético y, ahora, biológico trajo consigo la demonización paralela de la pobreza, el alcoholismo, la locura, el crimen, la prostitución y la sífilis como sinónimos de la degeneración, y el consiguiente miedo a que éstos se extendieran incontrolados.

            La escena finisecular victoriana también se vio alterada por la aparición de un grupo de mujeres que se rebeló en contra de los patrones de género vigentes, que veían en el ángel del hogar –la mujer sometida a su esposo, a la vez que madre amantísima y sacrificada- el modelo de feminidad auténtica. Frente a esta imagen estereotipada que circunscribió a la mujer al ámbito doméstico y la crianza de sus hijos, las New Women, o Mujeres Nuevas -que así es como se conoce al grupo anterior-, defendieron su derecho a decidir por sí solas sobre sus vidas sin la intermediación del varón, a trabajar fuera del hogar y a desarrollar sus capacidades intelectuales en igualdad de condiciones. Las Mujeres Nuevas llevaron una vida más independiente que la tradicional de la mujer victoriana: algunas estudiaron en la universidad, muchas de ellas trabajaron en puestos remunerados, otras lucharon en defensa de los derechos de la mujer. Mientras unas elegían formar una familia, sin renunciar por ello a sus aspiraciones personales o profesionales, para otras la maternidad no entraba en sus planes, ni tan siquiera el matrimonio. 

            Un sector importante de la ciencia, la política y la sociedad no tardó en asociar a la Mujer Nueva y sus demandas feministas con la degeneración física y moral. Como se había sostenido tradicionalmente, el deber de la mujer era ser madre, así que los victorianos más reaccionarios, guiados por este principio, acusaron a las Mujeres Nuevas de ser unas degeneradas, al juzgar que carecían del instinto maternal, con el peligro que este hecho suponía para el futuro de una nación necesitada de hombres. Otros tacharon a estas mujeres de histéricas, por los desórdenes psicológicos que, según pensaban, les terminaba provocando su dedicación al estudio y su modo de vida.[2] Para otros, las Mujeres Nuevas no eran más que unas libertinas y promiscuas, por  su rechazo del matrimonio en favor de las uniones libres con los hombres. Desde la familia, en los círculos sociales cercanos -que controlaban y condenaban con miradas, palabras o silencios reprobatorios toda acción considerada poco femenina-, desde la ciencia, desde la política, desde los periódicos o desde la literatura se condenó de cualquiera de las maneras posibles a la Mujer Nueva. A pesar de su diversidad, este grupo fue catalogado de forma homogénea por sus detractores. La conducta y acciones de estas mujeres fueron tachadas de poco femeninas (unwomanly) o masculinas (mannish). Para el gran público, las Mujeres Nuevas fueron unas insensibles y unas degeneradas, que sólo se preocupaban por satisfacer sus ansias personales, profesionales o intelectuales.

 

Caricatura de la New Woman
 (Punch, 19 de mayo de 1894)

 

            Algunos, como Charles G. Harper, se atrevieron incluso a aventurar que la descendencia de la Mujer Nueva podía ser proclive a padecer taras físicas y mentales, causadas por la ‘malsana’  dedicación de la mujer al estudio. Como escribía Harper en el año 1894, la naturaleza misma “nunca contempló la posibilidad de producir una mujer sabia o musculosa” (cit. en Ledger, 1997: 18). Por lo tanto, la Mujer Nueva, si llegaba a convertirse en madre, podría engendrar niños “canijos e hidrocefálicos”. De ser ésta la mujer del futuro y su más que probable descendencia, Harper auguraba, con cierto tono catastrofista, la extinción final de la raza. No fue, ni mucho menos, el único en asociar de esta forma a la Mujer Nueva con la degeneración. Veinte años antes, en 1874, el doctor Henry Maudsley reflexionaba sobre la posible relación de causa-efecto que podría darse entre la excesiva dedicación de la mujer al estudio y la procreación de una descendencia “enclenque, debilitada y enfermiza” (cit. en Ledger, 1997: 18). En la década de los ochenta, hubo quienes sostuvieron que las mujeres que estudiaban se exponían a padecer “anemia, atrofia del crecimiento, nerviosismo, dolores de cabeza, neuralgias, una propensión mórbida al alcohol o las drogas, histeria, inflamación del cerebro e incluso locura” (cit. en Forward, 2000: 299).

            Lamentablemente, este tipo de opiniones surgía al amparo del discurso científico decimonónico, para el que el instinto maternal era una cualidad femenina innata, mientras que el desarrollo de las facultades intelectuales era una tarea más propia del varón. Como documenta Bram Dijkstra en su ensayo Idols of Perversity. Fantasies of Feminine Evil in Fin-de-Siècle Culture (1986), conocidos antropólogos y sociólogos del siglo XIX se esforzaron por dotar de una base científica la suposición de que la mujer era inferior intelectualmente al hombre. La craneología fue una de las ciencias de las que se valieron para tal fin. El perímetro craneal de la mujer, de volumen menor al del varón, fue el argumento utilizado para justificar la supuesta inferioridad femenina. Se aludió, además, a la “mayor consistencia” y “densidad” de la sustancia cerebral masculina, “más blanda y menos voluminosa” en el caso de la mujer (Nicholas Cooke, cit. en Dijkstra, 1986: 169). Se comparó también el tamaño del cerebro femenino con el de un niño, llegándose a la conclusión de que ambos estaban aún por desarrollar. La inferioridad intelectual femenina halló una inusitada explicación fisiológica: se pensó que las energías que la mujer destinaba al desarrollo de su función reproductora (ciclo menstrual, embarazo o amamantamiento) le restaban vigor al desarrollo de sus capacidades intelectuales. August Strindberg escribía en 1895 que el cuerpo de una mujer, desde los doce o catorce años hasta los cuarenta y cinco, se regulaba por la labor de procrear, y señalaba que “estos sangrados periódicos eran en parte responsables de la detención del crecimiento y desarrollo de la mujer”, contribuyendo además a “atrofiar su cerebro” (cit. en Dijkstra, 1986: 170). Por otro lado, el sociólogo y filósofo Herbert Spencer, principal representante del positivismo en Gran Bretaña, escribía en The Study of Sociology (1873) que la mujer era un ser inferior en la escala evolutiva, en el que se mostraban insuficientes las dos facultades más evolucionadas que --según pensaba este autor-- posee el ser humano: “el poder del razonamiento abstracto y ... el sentimiento de la justicia” (cit. en Dijkstra, 1986: 169). Charles Darwin, por su parte, afirmaba en El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871) que la atrofia generalizada de las facultades intelectuales femeninas motivada por el poco uso que las mujeres hacen de ellas daría lugar a un abismo intelectual cada vez mayor entre los sexos. Los ejemplos que Dijkstra proporciona son más y dan buena cuenta del sexismo imperante en el discurso ‘científico’ del siglo XIX.[3]

            No deben resultar extrañas, pues, en el contexto social y políticamente viciado de la ciencia decimonónica, las palabras de Harper en torno a la Mujer Nueva. Su opinión, y la de otros victorianos y victorianas, persiguió que los avances y los derechos que defendían las Mujeres Nuevas se vieran como todo lo contrario; es decir, como una manifestación de retroceso social e incluso degeneración, una opinión compartida por teóricos de otros países de Europa y de Estados Unidos. Así, por ejemplo, el alemán Max Nordau, en su obra Degeneration (1892), llamaba depravadas, histéricas y ninfómanas a las Mujeres Nuevas y las acusaba de haber pervertido su instinto maternal, habiéndolo sustituido por la promiscuidad sexual y la prostitución (Nordau, 1895: 413). Nordau lamentaba que en las obras del noruego Henrik Ibsen la mujer fuera siempre “el ser inteligente, fuerte y valiente” y el hombre “el tonto y cobarde”, y añadía en referencia a la primera: “El vínculo del matrimonio no la ata. Huye cuando anhela la libertad, o cuando cree que tiene motivo de queja contra su marido, o cuando él la complace un poquito menos que otro hombre” (1895: 412). Nordau, en fin, describía a esta mujer como una inconsciente y egoísta, sólo interesada en satisfacer sus propios deseos: “Con Ibsen incluso ha dejado atrás su instinto más primitivo -el de la maternidad- y, cuando se le antoja buscar satisfacciones en otra parte, abandona a su prole sin inmutarse siquiera” (Nordau, 1895: 412).

Lo que occurrirá dentro de poco:

La Señorita Sampson. ¡Por favor Sr. Smithereen permítame que le lleve sus maletas!

(Punch, 24 de febrero de 1894)

 

            Contra este clima desfavorable tuvieron que luchar las Mujeres Nuevas. Y lo cierto es que el análisis de esta figura femenina desde la perspectiva del siglo XXI nos la muestra como un ser más cercano a la realidad actual. La Mujer Nueva significó todo un cambio -de actitudes, comportamiento e incluso vestimenta- con respecto a la figura tradicionalmente idealizada por los victorianos: la de la mujer sumisa y dócil, entregada a su marido e hijos en la esfera del hogar. Por primera vez, coincidiendo con el final de la centuria, las mujeres se lanzaron en masa a la esfera de lo público, hasta ahora dominio casi exclusivo del varón, y pasaron a desempeñar oficios diversos, algunos de ellos tradicionalmente reservados a los hombres, como los de oficinista, médico, abogada y periodista. El censo de la época y las cifras que arroja resulta un marcador significativo del cambio que se operó a finales de siglo en el acceso de la mujer al mercado laboral. La profesión de maestra, por ejemplo, se convirtió en un dominio prácticamente femenino: de las 80.000 maestras que había en el año 1861 se pasó a las 172.000 en 1901, frente a los 58.000 hombres que se dedicaban a esta profesión (Richardson y Willis, 2001: 5). Como documenta Gail Cunningham (1978: 4), en 1871 no había censada ninguna mujer oficinista. Diez años más tarde, en 1881, se contabilizaban unas 6.000, y en 1891 el número de mujeres que se dedicaba a esta profesión ascendía a la ya notable cantidad de 17.859. El acceso a la profesión médica encontró una oposición más férrea y en el año 1891 tan sólo había unas cien mujeres que ejercieran la medicina (Fernando, 1977: 4).

            En el terreno de la educación se produjeron mejoras significativas en el ámbito de la enseñanza secundaria. Las universidades también fueron abriendo paulatinamente sus aulas a la mujer. El Queen’s College y el Bedford College de Londres fueron fundados en los años 1848 y 1849, respectivamente. Del Queen’s College salió la primera promoción de maestras con formación académica. En muchas universidades, hombres y mujeres compartieron las mismas aulas. Además, la educación media y superior se convirtió en una solución para bastantes mujeres de la burguesía, que veían así al menos garantizada una cierta estabilidad económica futura. Y es que, como señalan algunos estudios de la época y posteriores, a finales de siglo hubo un exceso significativo de población femenina y, por tanto, de mujeres que nunca llegarían a casarse. Sarah V. Barnes explica la variedad de motivos que condujeron a las mujeres a las aulas, y entre ellos cita el anterior:

            Al ser más numerosas las mujeres que los hombres ... se hubo de buscar trabajos respetables para aquellas de clase media que tenían la desgracia de -o quizás preferían- quedarse solteras. En este caso, el objetivo de la educación superior era capacitar a una joven para que se ganara la vida si llegaba a ocurrir un desastre, aunque sin perjudicar, de hecho, sus oportunidades de casarse. (Barnes, 1994: 36)

            Poco a poco, el panorama de la educación universitaria fue cambiando en beneficio de la mujer. Las prestigiosas Oxford y Cambridge fueron los centros que más tardaron en adaptarse a la nueva situación. No sin cierta reticencia e incluso alborotos protagonizados por profesores y estudiantes reacios (Showalter, 1990: 7), ambas instituciones acabaron permitiendo finalmente el acceso a la mujer. En 1869 se funda el Girton College para mujeres en Cambridge. Lady Margaret Hall, el primer college femenino de la Universidad de Oxford, habrá de esperar casi unos diez años más, hasta 1878. Aun a pesar de ser admitidas en ambas universidades, las mujeres no gozaron de las mismas igualdades que los hombres, pues al finalizar sus estudios no se les concedía el correspondiente título universitario, sino un certificado de estudios (Beckson, 1992: 133). De hecho, no será hasta el año 1922 que la Universidad de Oxford empiece a otorgar dicho reconocimiento oficial a las mujeres, con bastantes décadas de retraso de lo que lo habían hecho ya otras universidades. Cambridge tardaría aún más, y concedería títulos a las estudiantes en 1947. Todavía a finales del siglo XIX, las mujeres sólo habían conseguido que estas dos universidades les permitieran asistir a las clases y presentarse a los mismos exámenes que los hombres (Willis, 1999: 58; Fernando, 1977: 4). Y algunas de estas jóvenes llegaron a

Las primeras estudiantes de la Universidad de Cambridge  (fotografía de 1869)

conseguir calificaciones más brillantes que sus compañeros. Chris Willis menciona el caso de Philippa Fawcett, hija de la sufragista Millicent Garrett Fawcett. Philippa fue alumna de Cambridge y consiguió las mejores calificaciones en matemáticas en los exámenes de final de carrera del año 1890, superando con ventaja a sus más cercanos competidores. No obstante, la presencia de la mujer en Cambridge, Oxford y otras universidades seguía siendo aún un hecho poco habitual. Sólo hay que tener presente que, en el año 1898, unas ochenta mil niñas estudiaban en colegios de secundaria (Ledger, 1997: 17) y sólo una de cada cien llegaba a realizar estudios superiores.

            A la solicitud de mejoras en la educación femenina que acompañó la segunda mitad del siglo XIX se sumó también la petición del derecho a voto. Si bien es cierto que a lo largo de la centuria la mujer había ido ganando en derechos, aún quedaban muchas desigualdades por combatir, siendo la del voto femenino una de ellas. Las propuestas que, en este sentido, fueron presentadas al Parlamento, con el beneplácito previo de un buen número de parlamentarios, encontraron siempre la negativa final del primer ministro Gladstone. La lucha por conseguir este derecho duró más de seis décadas y se intensificó a finales de siglo, aunque no será hasta 1918 cuando se convierta en una realidad.

            El acceso de la mujer de clase media al mercado laboral y a la universidad entrañó cambios en el día a día de la sociedad victoriana. Las nuevas posibilidades de realización personal, laboral e intelectual significaron para la mujer de finales de siglo una mayor libertad e independencia económica. Las costumbres femeninas e incluso el atuendo experimentaron también modificaciones. Como señala Linda Gertner Zatlin, las mujeres “comenzaron a vestir sin el constrictivo corsé. Comían en los restaurantes sin la compañía masculina y sin temer ataques a su reputación. Comenzaron a viajar solas en bicicleta, en el metro y en el ferrocarril, sin ser tomadas ya por ello como unas prostitutas” (Zatlin, 1990: 12). Asimismo, desterraron los miriñaques en favor de indumentarias más sencillas, y alguna de estas mujeres hasta fumaba y bebía en público. No obstante, como bien observa Zatlin, todos estos cambios en las costumbres femeninas fueron considerablemente lentos, y las nociones sobre la forma correcta de ser o de comportarse en público una mujer tardaron tiempo en desaparecer.

            El debate en torno a la Mujer Nueva llenó páginas y páginas, en contra y a favor de sus reivindicaciones. La presencia de una mujer con ideas propias, que tomaba sus propias decisiones sin contar con el varón, o que no dependía económicamente de él, originó, cómo no, numerosos comentarios reprobatorios. En Inglaterra, el escritor Grant Allen manifestaba en su artículo “Plain Words on the Woman Question” (1889) que la soltería femenina o el rechazo de la maternidad no habían de considerarse algo normal en las mujeres, quienes

deberían avergonzarse cuando dicen que no desean casarse ni ser madres.... En lugar de presumir y enorgullecerse de su asexualidad, deberían ocultarla.... Deberían sentir que están muy por debajo de los sanos instintos de las de su clase, en lugar de dárselas de ser en cierta manera la crema del universo, a partir de lo que es en realidad una aberración funcional. (cit. Ardis, 1990: 23)

            Las palabras de Allen sintonizaban con las de la también escritora Eliza Lynn Linton, para quien la maternidad era la “razón de ser de una mujer”. Asimismo, Allen consideraba un “error” que la educación fuera igual para hombres que para mujeres. De hecho, en algunos ensayos, obras literarias, viñetas y artículos periodísticos la mujer con ansias intelectuales era tratada de poco femenina, enfermiza y nada atractiva físicamente. Las críticas adversas se tornaron a veces claros insultos, lamentablemente usuales para cualquier mujer que a lo largo de la historia haya manifestado su rechazo del ideal de feminidad existente. A Mary Wollstonecraft, por ejemplo, conocida defensora de los derechos de la mujer en el siglo XVIII, la llegó a llamar otro escritor una “hiena con enaguas”, y de esta misma autora y de Harriet Martineau se dijo que eran “medio mujeres, hermafroditas mentales” (cit. en Welter, 1966: 173). Como ya mencioné con anterioridad, las Mujeres Nuevas fueron tachadas de degeneradas, libertinas o marimachos, unos desprecios que no resulta extraño encontrar aplicados a los personajes literarios que las representan.

            Con todo lo dicho, es fácil adivinar que la lucha de las Mujeres Nuevas en contra de las convenciones sociales no iba a resultar, ni mucho menos, sencilla. Algunas mujeres lograron ganar esa batalla, pero muchas otras se quedaron a mitad de camino, al no conseguir superar el obstáculo más complicado de todos: la incomprensión familiar. En The Daughters of Danaus, una novela del año 1894, Mona Caird utiliza el símil de la telaraña queriendo así mostrar la falta de libertad que sufrían muchas mujeres. En esa telaraña vivían atrapadas, sin poder escapar, y la lucha por liberarse las iba dejando lisiadas de partes de su ser. Esa “enorme telaraña -escribe Caird- parecía extender su delicado cordaje alrededor de cada casa .... Los fragmentos de alas arrancadas daban fe de las luchas que habían tenido lugar entre los sedosos y traicioneros hilos” (1894: 268). Los sutiles hilos de esa tela eran, precisamente, los que tejían los hijos, el esposo y la familia alrededor de la mujer, hasta lograr aprisionarla emocionalmente. Muchas mujeres tuvieron que abandonar su lucha para no herir ni ver sufrir a los suyos. En tanto que madres y esposas, acababan renunciando a su propia vida, intereses y aspiraciones y terminaban convertidas en el ideal victoriano de la ‘verdadera’ feminidad: el ángel del hogar. Como he apuntado en otro lugar (Pérez Gil, 2003: 154), en las novelas que tomaron partido a favor de la Mujer Nueva muchas fueron las imágenes utilizadas para reflejar el ahogo físico y emocional de las mujeres obligadas a representar toda su vida el papel de ángeles. Son imágenes angustiosas, como las de la jaula en la que se sienten atrapadas de por vida, las cadenas y las vendas que aprisionan todo su cuerpo, o la grieta estrecha que las inmoviliza y de la que no pueden salir.

            Las escritoras que defendieron a la Mujer Nueva se rebelaron en contra de un estereotipo que consideraron artificial y caduco. El ángel del hogar, como ya he señalado, fue el símbolo venerado de virtud, dulzura, delicadeza, entrega maternal, obediencia conyugal, pureza y devoción; apoyo del marido y ejemplo de generosidad y perdón en los momentos de debilidad moral de éste. El hombre consideró a esta mujer superior moralmente a él, la ‘guardiana de su alma’. La natural esfera del ángel era el hogar, del que lograba hacer un “santuario”, como indica Carol Christ: el remanso donde aún podían mantenerse vivos los valores morales y religiosos tradicionales, amenazados en la esfera pública (Christ, 1977: 146). La literatura se convirtió en un medio valioso desde el que las Mujeres Nuevas criticaron este ideal. En cierto modo, la Mujer Nueva no abandonó el papel de guía espiritual masculina con que la habían ensalzado los victorianos, pero, eso sí, su misión se transformó, pues ahora era el conjunto de la sociedad y su código moral lo que se proponía reformar, un código que consideraba arbitrario, sórdido, injusto e inmoral. Como advierte Elaine Showalter, la Mujer Nueva aplicó a gran escala la teoría victoriana de la influencia moral femenina (Showalter, 1977: 183-184), haciendo de la sociedad, y no ya de la esfera doméstica, su campo de actuación. En las novelas incluidas en este género, subyace la lucha entre un orden social y moral caduco, lleno de incoherencias, y otro orden considerado (r)evolucionario, representado cada uno por un modelo femenino definido: el ángel o mártir del hogar y la Mujer Nueva. En la novela The Heavenly Twins (1893), de Sarah Grand, se reprueba la conducta de la esposa-mártir que guarda silencio ante los vicios y flaquezas del marido, permitiendo así que la degeneración moral siga extendiéndose. Para Evadne Frayling, una de las protagonistas, es un error que la mujer perdone a su esposo, creyendo aún que puede reconducirlo por el buen camino, pues -como sentencia- los hombres no cambiarán mientras las mujeres sigan perdonándole todo (Frayling, 1893: 79). Evadne considera la idealización del sacrificio femenino un mal social que debe ser erradicado. En The Daughters of Danaus, Caird acusa a la mujer angelical de no tener el valor suficiente de romper las cadenas del silencio y la sumisión, condenando a sus hijas a vivir la misma vida que ella o a sufrir el castigo de la sociedad, las que se rebelan.

            En The Heavenly Twins, Grand proclamó la necesidad de desterrar la tan idealizada inocencia femenina y hacerles saber a las jóvenes de la existencia de enfermedades como la sífilis, que podían transmitirles sus esposos. Grand advertía a las jóvenes de que no se casaran con hombres de pasado licencioso, por las consecuencias imprevisibles que dicha decisión podría acarrearles. Su personaje Edith Beale, a quien sus padres han educado en la ignorancia, se casa con un hombre mujeriego. Su hijo nace con sífilis y ella se vuelve loca. Evadne no consuma su matrimonio con el coronel Colquhoun al enterarse el día de su boda del pasado inmoral de éste. Tanto Colquhoun como el marido de Edith Beale, personajes ambos de vida disoluta, son asociados por la autora con la retórica de la degeneración, la sífilis, la bebida y la inmoralidad. Para Grand y otras Mujeres Nuevas, la regeneración moral de la sociedad dependía también de la responsabilidad femenina de escoger hombres moralmente íntegros como cónyuges.

            Las novelas incluidas en este género reflejan, además, que el papel de ángel del hogar genera frustraciones en las mujeres e incluso las conduce en ocasiones al desequilibrio psíquico, al tener que renunciar a su individualidad, sueños o aspiraciones para interpretar de por vida un papel que sienten como ajeno. Asimismo, las escritoras denuncian la ociosidad y monotonía en las que transcurre la existencia de las mujeres de clase media. En The Heavenly Twins, Angelica Hamilton-Wells dice que el intervalo de tiempo desde que una mujer adinerada se levanta hasta que se acuesta lo pasa “de la forma elegante e inútil en que lo hacen las damas -un paseo a caballo, una vuelta en el coche, una cena, un baile, o un poco de música- malgastando el tiempo sin sentido” (454). En Woman and Labour (1911), Olive Schreiner llega a referirse a estas mujeres como “parásitos” que no realizan labor doméstica alguna o incluso abandonan el cuidado de sus hijos a otras mujeres, advirtiendo que esta condición inactiva en la que permanecen a diario resulta en la merma progresiva de su vitalidad e inteligencia. En el capítulo dos de dicho ensayo, Schreiner afirma que de las mujeres activas sólo puede nacer una “raza de héroes”, mientras que las ociosas procrean una descendencia débil. Para esta autora, el parasitismo femenino se ha convertido en un “peligro social” y, tanto en el pasado como en el presente, su presencia ha anticipado siempre la decadencia de una nación: a medida –escribe Schreiner- que el cerebro de la mujer ociosa “se debilita, se debilita también el del hombre al que da a luz; a medida que sus músculos se reblandecen, se reblandecen los de él; a medida que ella degenera, degenera la nación”. Como observa Sally Ledger, Schreiner responde así con elogiosa habilidad a todos aquellos científicos que sostenían que la mujer que realizara esfuerzos intelectuales o físicos podía engendrar niños débiles y enfermizos. Para Schreiner, el ángel del hogar y su parasitismo es lo que hace peligrar realmente el vigor de la raza (Ledger, 1997: 75).

            Tanto para esta escritora, como para Grand y Caird, las convenciones culturales y sociales en boga son capaces de deteriorar la salud física y mental de la mujer. Caird, por ejemplo, incide en que los continuos embarazos acaban por debilitar la fortaleza física femenina[4]. Grand, por su parte, critica la vestimenta típica de la mujer victoriana. En su novela The Heavenly Twins se califica de “deformidad” (562) la cintura oprimida por el corsé y se parodia a aquellas féminas que usan esta prenda, aplicándoles el calificativo de “mujeres heroicas” (132) y comparándolas con relojes de arena. Estas autoras reflejan el modo en que el equilibrio psíquico de la mujer puede verse afectado por circunstancias diversas -la frustración por no poder desarrollar su inteligencia y sus talentos, el dolor que les supone la incomprensión familiar, o la monotonía de sus propias vidas-, circunstancias todas ellas que las van minando psicológicamente.[5] En abierta contradicción con los postulados científicos de la época que atribuían un origen fisiológico a la inferioridad intelectual femenina, varias de estas novelas reflejan que la atrofia de dichas facultades viene motivada por circunstancias de carácter cultural.

            Como hicieron muchas Mujeres Nuevas en la vida real, en la literatura las escritoras también emprendieron la tarea de redefinir la esencia femenina. La mujer es descrita como un individuo poseedor de múltiples matices psicológicos, que el hombre desconoce, al haberla encasillado continuamente en el papel bien de ángel o de demonio. Lyndall, la protagonista de la novela de Olive Schreiner The Story of an African Farm (1883), compara la psicología femenina con el lado oculto de la luna, y dice: “Los hombres son como la tierra y las mujeres son la luna; siempre les mostramos una sola cara, y piensan que no hay ninguna más porque no la ven -pero la hay” (199). George Egerton comulga con la idea de Schreiner. Para esta escritora, el hombre aún no ha descubierto la naturaleza compleja y contradictoria de la mujer, una naturaleza -dice Egerton- salvaje, indomable y pasional. Este tipo de narrativa insiste en que la mujer no es sumisa ni pasiva por naturaleza, sino por obligación. Enfrentándose a la idealizada castidad femenina del ángel del hogar, Egerton habla de la sexualidad como un instinto natural femenino, que la sociedad y la cultura han querido insistentemente borrar. En “Now Spring has Come”, un relato incluido en la colección Keynotes (1894), la protagonista critica la arbitrariedad con que se ha asociado el sexo con el pecado: “los hombres han fabricado una moralidad artificial, han convertido en pecaminosas cosas que eran tan limpias en sí como el apareamiento de los pájaros sobre la rama” (41). El tradicional código moral victoriano es visto así por Egerton como una lucha continua entre “verdades instintivas y mentiras cultivadas” (41).

            Por otro lado, las escritoras de este género defendieron a la Mujer Nueva de una acusación muy extendida en la época: la de su rechazo del matrimonio y su carencia de instinto maternal. Autoras como Grand, Egerton y Victoria Cross manifestaron a través de los textos su creencia en el carácter sagrado de la anterior institución, siempre que los principios que la gobiernen sean el amor, el respeto y la igualdad entre los cónyuges. Lo que estas autoras criticaron, igual que algunas de sus predecesoras literarias, fue la degradación del vínculo matrimonial a una relación donde la mujer era tratada peor que una esclava. En varias de estas obras se condena que la sociedad utilice a los hijos como excusa para hacer que marido y mujer continúen juntos cuando el amor ya ha acabado.

            Asimismo, Egerton, junto con Grand y Schreiner, hacen notoria la intensidad del instinto maternal de muchos de sus personajes. Para Grand, la carencia de este instinto nunca será un defecto de la Mujer Nueva, opinión que comparte con Egerton, para quien el sentimiento maternal une a las mujeres de todas las clases sociales, que se sienten realizadas con él. En “The Spell of the White Elf”, un relato incluido en Keynotes, Belinda, la mujer que sirve en la casa de la protagonista, se lamenta de los convencionalismos sociales que glorifican la maternidad dentro del matrimonio y la condenan fuera de él, impidiendo que muchas mujeres vean realizado su deseo de ser madres. En The Story of an African Farm, Lyndall alude igualmente a la hipocresía de una sociedad que compara la llegada de un niño recién nacido a la de un ángel venido del cielo (cuando sus padres están casados) y condena, en cambio, a las madres solteras. La protagonista se pregunta así con ironía: “Cuando no ha habido un contrato legal entre los padres, ¿quién manda entonces a los niños? ¡Quizás el Diablo! ... ¡Qué extraño que algunos hombres vengan del infierno y otros del cielo y, sin embargo, todos sean tan parecidos cuando llegan aquí” (210). Más escéptica con la idealización social de la maternidad se muestra Mona Caird, para quien este acto encadena definitivamente a la mujer al papel de madre y esposa. Para Caird, el instinto maternal no es un instinto universal, como así quiere hacer creer la ciencia. La autora critica que la sociedad considere un deber natural de la mujer el ser madre, sin cuestionarse siquiera su voluntad. Caird lamenta, en este sentido, que las mujeres se sientan en la obligación de darle hijos a sus esposos, algo que, según ella, las distingue poco del ganado o de una esclava. Para Caird, es humillante que la mujer no tenga siquiera derechos sobre los hijos que trae al mundo, al ser su esposo el dueño legal. Esta escritora no se muestra contraria a la maternidad como tal, sino a los prejuicios, obligaciones y deberes que la acompañan y que hacen de ella un acto social antes que una manifestación de amor.[6]

            En The Story of an African Farm, Olive Schreiner describió con indudable acierto a las Mujeres Nuevas como adelantas de su tiempo, profetas que anunciaron una tierra prometida en la que nunca pudieron llegar a entrar. La Mujer Nueva sigue siendo, hoy en día, una gran desconocida para el público en general. Sin embargo, su lucha, y la de otras mujeres que la precedieron y siguieron en el tiempo, supuso un peldaño más en la batalla por la igualdad de derechos entre los sexos. El camino que las Mujeres Nuevas abrieron a finales de siglo con sus acciones y palabras haría que otras mujeres llegaran más lejos y avanzaran más rápido hacia la tierra prometida que ellas soñaron.

pp. 130-144


OBRAS CITADAS

- ARDIS, A. L. (1990), New Women, New Novels. Feminism and Early Modernism. New Brunswick: Rutgers University Press.
- BARNES, S. V. (1994), “Crossing the Invisible Line: Establishing Co-education at the University of Manchester and Northwestern University”. History of Education 23, 1 (1994): 35-58.
- BECKSON, K. (1992), London in the 1890s. A Cultural History. New York: W.W. Norton.
- CAIRD, M. (1894), The Daughters of Danaus. New York: The Feminist Press, 1989.
- CHRIST, C. (1977), “Victorian Masculinity and the Angel in the House” en M. Vicinus (ed.), A Widening Sphere. Changing Roles of Victorian Women. London: Methuen: 146-162.
- CUNNINGHAM, G. (1978), The New Woman and the Victorian Novel. New York: Harper & Row.
- DIJKSTRA, B. (1986), Idols of Perversity. Fantasies of Feminine Evil in Fin-de-Siècle Culture. New York: Oxford University Press, 1988.
- EGERTON, G. (1894), Keynotes. London: Elkin Mathews and John Lane.
- FERNANDO, Ll. (1977), “New Women” in the Late Victorian Novel. University Park: The Pennsylvania State University Press.
- FORWARD, S. (2000), “A Study in Yellow: Mona Caird's ‘The Yellow Drawing-Room' ”. Women's Writing 7, 2: 295-307.
- GRAND, S. (1893), The Heavenly Twins. Ann Arbor: The University of Michigan Press, 1992.
-  LEDGER, S. (1997), The New Woman. Fiction and Feminism at the Fin de Siècle. Manchester: Manchester University Press.
-  __________ – R. LUCKHURST (2000), “Introduction: Reading the ‘Fin de Siècle'”, en S. Ledger – R. Luckhurst (eds.), The Fin de Siècle. A Reader in Cultural History, c. 1880-1900. Oxford: Oxford University Press. xiii-xxiii.
- NORDAU, M. (1895), Degeneration, 2ª ed. Lincoln: University of Nebraska Press, 1993. [La obra fue publicada en Alemania en 1892 y traducida al inglés en 1895].
- PEARSON, K. (1900), “National Life from the Standpoint of Science”, en S. Ledger – R. Luckhurst (eds.),  The Fin de Siècle. A Reader in Cultural History, c. 1880-1900.  Oxford: Oxford University Press: 326-329.
- PÉREZ GIL, Mª DEL MAR. (2003), “El fin de siglo y ‘The New Woman'”, en S. Caporale Bizzini – A. Aragón Varo (Ed.), Historia crítica de la novela inglesa escrita por mujeres. Salamanca: Almar: 147-165.
-  PICK, D. (1989), Faces of Degeneration: A European Disorder, c. 1848 - c. 1918. New York: Cambridge University Press, 1999.
- RICHARDSON, A. (1999), “Allopathic Pills? Health, Fitness and New Woman Fictions”. Women: A Cultural Review 10, 1 (Spring 1999): 1-21.
- __________ (1999/2000), “The Eugenization of Love: Sarah Grand and the Morality of Genealogy”. Victorian Studies 42 (Winter 1999/2000): 227-255.
- __________ (2001), “'People Talk a Lot of Nonsense about Heredity': Mona Caird and Anti-Eugenic Feminism”, en A. Richardson - Ch. Willis (ed.),  The New Woman in Fiction and in Fact. Basingstoke: Palgrave: 183-211.
- ___________ - Ch. WILLIS (2001), “Introduction”, en A. Richardson – Ch. Willis (ed.), The New Woman in Fiction and in Fact. Basingstoke: Palgrave: 1-38.
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- SCHREINER, O. (1883), The Story of an African Farm. Harmondsworth: Penguin, 1984.
- ___________  (1911), Woman and Labour. London: T. Fisher Unwin.
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- WELTER, B. (1966), “The Cult of True Womanhood: 1820-1860”, American Quarterly XVIII, 2 (Summer 1966): 151-174.
- WILLIS, Ch. (1999), “ ‘All agog to teach the higher mathematics': University Education and the New Woman”. Women: A Cultural Review 10, 1 (Spring 1999): 56-66.
- ZATLIN, L. G. (1990), Aubrey Beardsley and Victorian Sexual Politics. Oxford: Clarendon.



[1] La traducción al español de las citas que aparecen en este trabajo es de la propia autora. En cuanto a las novelas que se mencionan, ninguna cuenta hasta la fecha con una versión española, si bien está próxima a salir al mercado una traducción de The Story of an African Farm (Historia de una granja africana), de Olive Schreiner, publicada por la editorial Littera.

[2] Según Elaine Showalter, en aquella época los datos reflejan que había veinte mujeres histéricas por cada hombre que padecía esta enfermedad (1990: 40).

[3] Puede consultarse también a este respecto el ensayo de Cynthia Eagle Russett Sexual Science: The Victorian Construction of Womanhood.

[4] Sobre este mismo asunto puede consultarse  también Richardson (Richardson, 2001: 199)

[5] Como refleja Elaine Showalter (1977: 129-130), ya desde mitad de siglo hubo médicos que advirtieron que la monotonía y la inactividad física y mental femenina eran las causantes, en muchos casos, de la depresión nerviosa, para la que se solía recetar opio o sus derivados como remedio.

[6] Para un estudio más detallado de la Mujer Nueva y la maternidad Ledger,(1997); Richardson (2001);  Pérez Gil (2003).