El Sombrero
de Tres Picos
D.
JOSÉ SALVADOR DE SALVADOR
dedicó
esta obra
P.
A. DE ALARCÓN
Julio
de 1874
Prefacio
del autor
Pocos
españoles, aun contando a los menos sabios y leídos, desconocerán la historieta
vulgar que sirve de fundamento a la presente obrilla.
Un
zafio pastor de cabras, que nunca había salido de la escondida Cortijada en
que nació, fue el primero a quien nosotros se la oímos referir. -Era el tal
uno de aquellos rústicos sin ningunas letras, pero naturalmente ladinos y
bufones, que tanto papel hacen en nuestra literatura nacional con el dictado
de pícaros. Siempre que en la Cortijada había fiesta, con motivo
de boda o bautizo, o de solemne visita de los amos, tocábale a él poner los
juegos de chasco y pantomima, hacer las payasadas y recitar los Romances y
Relaciones; -y precisamente en una ocasión de éstas (hace ya casi toda una
vida..., es decir, hace ya más de treinta y cinco años), tuvo a bien deslumbrar
y embelesar cierta noche nuestra inocencia (relativa) con el cuento en verso
de El Corregidor Y La Molinera, o sea de El Molinero Y La Corregidora,
que hoy ofrecemos nosotros al público bajo el nombre más trascendental y filosófico
(pues así lo requiere la gravedad de estos tiempos) de El Sombrero De Tres
Picos.
Recordamos,
por señas, que cuando el pastor nos dio tan buen rato, las muchachas casaderas
allí reunidas se pusieron muy coloradas, de donde sus madres dedujeron que
la historia era algo verde, por lo cual pusieron ellas al pastor de oro y
azul; pero el pobre Repela (así se llamaba el pastor) no se mordió
la lengua, y contestó diciendo: que no había por qué escandalizarse de aquel
modo, pues nada resultaba de su Relación que no supiesen hasta las monjas
y hasta las niñas de cuatro años...
-Y
si no, vamos a ver -preguntó el cabrero-: ¿qué se saca en claro de la historia
de El Corregidor Y La Molinera? ¡Que los casados duermen juntos, y
que ningún marido le acomoda que otro hombre duerma con su mujer! ¡Me parece
que la noticia!...
-¡Pues
es verdad! -respondieron las madres, oyendo las carcajadas de sus hijas.
-La
prueba de que el tío Repela tiene razón -observó en esto el padre
del novio-, es que todos los chicos y grandes aquí presentes se han enterado
ya de que esta noche, así que se acabe el baile, Juanete y Manolilla estrenarán
esa hermosa cama de matrimonio que la tía Gabriela acaba de enseñar a nuestras
hijas para que admiren los bordados de los almohadones...
-¡Hay
más! -dijo el abuelo de la novia-: hasta en el libro de la Doctrina y en los
mismos Sermones se habla a los niños de todas estas cosas tan naturales, al
ponerlos al corriente de la larga esterilidad de Nuestra Señora Santa Ana,
de la virtud del casto José, de la estratagema de Judit, y de otros muchos
milagros que no recuerdo ahora. Por consiguiente, señores...
-¡Nada,
nada, tío Repela! -exclamaron valerosamente las muchachas-. ¡Diga
V. otra vez su Relación; que es muy divertida!
-¡Y
hasta muy decente! -continuó el abuelo-. Pues en ella no se aconseja a nadie
que sea malo; ni se le enseña a serlo; ni queda sin castigo el que lo es...
-¡Vaya!
¡repítala V.! -dijeron al fin consistorialmente las madres de familia.
El
tío Repela volvió entonces a recitar el Romance; y, considerado ya
su texto por todos a la luz de aquella crítica tan ingenua, hallaron que no
había pero que ponerle; lo cual equivale a decir que le concedieron
las licencias necesarias.
***
Andando
los años, hemos oído muchas y muy diversas versiones de aquella misma aventura
de El Molinero Y La Corregidora, siempre de labios de graciosos
de aldea y de cortijo, por el orden del ya difunto Repela, y además
la hemos leído en letras de molde en diferentes Romances de ciego
y hasta en el famoso Romancero del inolvidable D. Agustín Durán.
El
fondo del asunto resulta idéntico: tragicómico, zumbón y terriblemente epigramático,
como todas las lecciones dramáticas de moral de que se enamora nuestro pueblo;
pero la forma, el mecanismo accidental, los procedimientos casuales, difieren
mucho, muchísimo, del relato de nuestro pastor, tanto, que éste no hubiera
podido recitar en la Cortijada ninguna de dichas versiones, ni aun aquellas
que corren impresas, sin que antes se tapasen los oídos las muchachas en estado
honesto, o sin exponerse a que sus madres le sacaran los ojos. ¡A tal punto
han extremado y pervertido los groseros patanes de otras provincias el caso
tradicional que tan sabroso, discreto y pulcro resultaba en la versión del
clásico Repela!
Hace,
pues, mucho tiempo que concebimos el propósito de restablecer la verdad de
las cosas, devolviendo a la peregrina historia de que se trata su primitivo
carácter, que nunca dudamos fuera aquel en que salía mejor librado el decoro.
Ni ¿cómo dudarlo? Esta clase de Relaciones, al rodar por las manos del vulgo,
nunca se desnaturalizan para hacerse más bellas, delicadas y decentes, sino
para estropearse y percudirse al contacto de la ordinariez y la chabacanería.
Tal
es la historia del presente libro... Conque metámonos ya en harina; quiero
decir, demos comienzo a la Relación de El Corregidor Y La Molinera,
no sin esperar de tu sano juicio (¡oh respetable público!) que «después de
haberla leído y héchote más cruces que si hubieras visto al demonio (como
dijo Estebanillo González al principiar la suya), la tendrás por digna
y merecedora de haber salido a luz».
Julio
de 1874.
I
De
cuándo sucedió la cosa
Comenzaba
este largo Siglo, que ya va de vencida. No se sabe fijamente el año: sólo
consta que era después del de 4 y antes del de 8.
Reinaba,
pues, todavía en España Don Carlos IV de Borbón; por la gracia de Dios,
según las monedas, y por olvido o gracia especial de Bonaparte, según los
boletines franceses. Los demás soberanos europeos descendientes de Luis XIV
habían perdido ya la corona (y el jefe de ellos la cabeza) en la deshecha
borrasca que corría esta envejecida Parte del mundo desde 1789.
Ni
paraba aquí la singularidad de nuestra patria en aquellos tiempos. El Soldado
de la Revolución, el hijo de un oscuro abogado corso, el vencedor en Rívoli,
en las Pirámides, en Marengo y en otras cien batallas, acababa de ceñirse
la corona de Carlo-Magno y de transfigurar completamente la Europa, creando
y suprimiendo naciones, borrando fronteras, inventando dinastías y haciendo
mudar de forma, de nombre, de sitio, de costumbres y hasta de traje a los
pueblos por donde pasaba en su corcel de guerra como un terremoto animado,
o como el «Antecristo», que le llamaban las Potencias del Norte...
Sin embargo, nuestros padres (Dios los tenga en su santa Gloria), lejos de
odiarlo o de temerle, complacíanse aún en ponderar sus descomunales hazañas,
como si se tratase del héroe de un Libro de Caballerías, o de cosas que sucedían
en otro planeta, sin que ni por asomos recelasen que pensara nunca en venir
por acá a intentar las atrocidades que había hecho en Francia, Italia, Alemania
y otros países. Una vez por semana (y dos a lo sumo) llegaba el correo de
Madrid a la mayor parte de las poblaciones importantes de la Península, llevando
algún número de la Gaceta (que tampoco era diaria), y por ella sabían
las personas principales (suponiendo que la Gaceta hablase del particular)
si existía un Estado más o menos allende el Pirineo, si se había reñido otra
batalla en que peleasen seis u ocho Reyes y Emperadores, y si NAPOLEÓN se
hallaba en Milán, en Bruselas o en Varsovia... Por lo demás, nuestros mayores
seguían viviendo a la antigua española, sumamente despacio, apegados a sus
rancias costumbres, en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición y sus Frailes,
con su pintoresca desigualdad ante la Ley, con sus privilegios, fueros y exenciones
personales, con su carencia de toda libertad municipal o política, gobernados
simultáneamente por insignes Obispos y poderosos Corregidores (cuyas respectivas
potestades no era muy fácil deslindar pues unos y otros se metían en lo temporal
y en lo eterno), y pagando diezmos, primicias, alcabalas, subsidios, mandas
y limosnas forzosas, rentas, rentillas, capitaciones, tercias reales, gabelas,
frutos-civiles, y hasta cincuenta tributos más, cuya nomenclatura no viene
a cuento ahora.
Y
aquí termina todo lo que la presente historia tiene que ver con la militar
y política de aquella época; pues nuestro único objeto, al referir lo que
entonces sucedía en el mundo, ha sido venir a parar a que el año de que se
trata (supongamos que el de 1805) imperaba todavía en España el antiguo
régimen en todas las esferas de la vida pública y particular, como si,
en medio de tantas novedades y trastornos, el Pirineo se hubiese convertido
en otra Muralla de la China.
II
De
cómo vivía entonces la gente
En
Andalucía, por ejemplo (pues precisamente aconteció en una ciudad de Andalucía
lo que vais a oír), las personas de suposición continuaban levantándose
muy temprano; yendo a la Catedral a Misa de prima, aunque no fuese
día de precepto; almorzando, a las nueve, un huevo frito y una jícara
de chocolate con picatostes; comiendo, de una a dos de la tarde, puchero y
principio, si había caza, y, si no, puchero solo; durmiendo la siesta después
de comer; paseando luego por el campo; yendo al Rosario, entre dos luces,
a su respectiva parroquia; tomando otro chocolate a la Oración (éste con bizcochos);
asistiendo los muy encopetados a la tertulia del Corregidor, del Deán, o del
Título que residía en el pueblo; retirándose a casa a las Ánimas; cerrando
el portón antes del toque de la queda; cenando ensalada y guisado
por antopomasia, si no habían entrado boquerones frescos, y acostándose
incontinenti con su señora (los que la tenían), no sin hacerse calentar primero
la cama durante nueve meses del año...
¡Dichosísimo
tiempo aquel en que nuestra tierra seguía en quieta y pacífica posesión de
todas las telarañas, de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los respetos,
de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos
los abusos santificados por los siglos! ¡Dichosísimo tiempo aquel en que había
en la sociedad humana variedad de clases, de afectos y de costumbres! ¡Dichosísimo
tiempo, digo..., para los poetas especialmente, que encontraban un entremés,
un sainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o una epopeya detrás
de cada esquina, en vez de esta prosaica uniformidad y desabrido realismo
que nos legó al cabo la Revolución Francesa! -¡Dichosísimo tiempo, sí!...
Pero
esto es volver a las andadas. Basta ya de generalidades y de circunloquios,
y entremos resueltamente en la historia del Sombrero de tres picos.
III
Do ut des
En
aquel tiempo, pues, había cerca de la ciudad de*** un famoso molino harinero
(que ya no existe), situado como a un cuarto de legua de la población, entre
el pie de suave colina poblada de guindos y cerezos y una fertilísima huerta
que servía de margen (y algunas veces de lecho) al titular. Intermitente y
traicionero río.
Por
varias y diversas razones, hacía ya algún tiempo que aquel molino era el predilecto
punto de llegaday descanso de los paseantes más caracterizados de la mencionada
Ciudad... Primeramente, conducía a él un camino carretero, menos intransitable
que los restantes de aquellos contornos. En segundo lugar, delante del molino
había una plazoletilla empedrada, cubierta por un parral enorme, debajo del
cual se tomaba muy bien el fresco en el verano y el sol en el invierno, merced
a la alternada ida y venida de los pámpanos... En tercer lugar, el Molinero
era un hombre muy respetuoso, muy discreto, muy fino, que tenía lo que se
llama don de gentes, y que obsequiaba a los señorones que solían honrarlo
con su tertulia vespertina, ofreciéndoles... lo que daba el tiempo, ora habas
verdes, ora cerezas y guindas, ora lechugas en rama y sin sazonar (que están
muy buenas cuando se las acompaña de macarros de pan y aceite; macarros que
se encargaban de enviar por delante sus señorías), ora melones, ora uvas de
aquella misma parra que les servía de dosel, ora rosetas de maíz,
si era invierno, y castañas asadas, y almendras, y nueces, y de vez en cuando,
en las tardes muy frías, un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y
al amor de la lumbre), a lo que por Pascuas se solía añadir algún pestiño,
algún mantecado, algún rosco o alguna lonja de jamón alpujarreño.
-¿Tan
rico era el Molinero, o tan imprudentes sus tertulianos? -exclamaréis interrumpiéndome.
Ni
lo uno ni lo otro. El Molinero sólo tenía un pasar, y aquellos caballeros
eran la delicadeza y el orgullo personificados. Pero en unos tiempos en que
se pagaban cincuenta y tantas contribuciones diferentes a la Iglesia y al
Estado, poco arriesgaba un rústico de tan claras luces como aquél en tenerse
ganada la voluntad de Regidores, Canónigos, Frailes, Escribanos y demás personas
de campanillas. Así es que no faltaba quien dijese que el tío Lucas (tal era
el nombre del Molinero) se ahorraba un dineral al año a fuerza de agasajar
a todo el mundo.
-«Vuestra
Merced me va a dar una puertecilla vieja de la casa que ha derribado», -decíale
a uno.- «Vuestra Señoría -decíale a otro- va a mandar que me rebajen el subsidio,
o la alcabala, o la contribución de frutos-civiles.» «Vuestra Reverencia me
va a dejar coger en la huerta del Convento una poca hoja para mis gusanos
de seda.» «Vuestra Ilustrísima me va a dar permiso para traer una poca leña
del monte X.» «Vuestra Paternidad me va a poner dos letras para que me permitan
cortar una poca madera en el pinar H.» «Es menester que me haga Usarcé una
escriturilla que no me cueste nada.» «Este año no puedo pagar el censo.» «Espero
que el pleito se falle a mi favor.» «Hoy le he dado de bofetadas a uno, y
creo que debe ir a la cárcel por haberme provocado.» «¿Tendría su Merced tal
cosa de sobra?» «¿Le sirve a Usted de algo tal otra?» «¿Me puede prestar la
mula?» «¿Tiene ocupado mañana el carro?» «¿Le parece que envíe por el burro?...»
Y
estas canciones se repetían a todas horas, obteniendo siempre por contestación
un generoso y desinteresado... «Como se pide».
Conque
ya veis que el tío Lucas no estaba en camino de arruinarse.
IV
Una
mujer vista por fuera
La
última y acaso la más poderosa razón que tenía el señorío de la Ciudad
para frecuentar por las tardes el molino del tío Lucas, era... que, así los
clérigos como los seglares, empezando por el Sr. Obispo y el Sr. Corregidor,
podían contemplar allí a sus anchas una de las obras más bellas, graciosas
y admirables que hayan salido jamás de las manos de Dios, llamado entonces
el Ser Supremo por Jovellanos y toda la escuela afrancesada de nuestro
país...
Esta
obra... se denominaba «la señá Frasquita».
Empiezo
por responderos de que la señá Frasquita, legítima esposa del tío Lucas, era
una mujer de bien, y de que así lo sabían todos los ilustres visitantes del
molino. Digo más: ninguno de éstos daba muestras de considerarla con ojos
de varón ni con trastienda pecaminosa. Admirábanla, sí, y requebrábanla en
ocasiones (delante de su marido, por supuesto), lo mismo los frailes que los
caballeros, los canónigos que los golillas, como un prodigio de belleza que
honraba a su Criador, y como una diablesa de travesura y coquetería, que alegraba
inocentemente los espíritus más melancólicos. «Es un hermoso animal»,
solía decir el virtuosísimo Prelado. «Es una estatua de la antigüedad helénica»,
observaba un Abogado muy erudito, Académico correspondiente de la Historia.
«Es la propia estampa de Eva», prorrumpía el Prior de los Franciscanos. «Es
una real moza», exclamaba el Coronel de milicias. «Es una sierpe, una sirena,
¡un demonio!», añadía el Corregidor. «Pero es una buena mujer, es un ángel,
es una criatura, es una chiquilla de cuatro años», acababan por decir todos,
al regresar del molino atiborrados de uvas o de nueces, en busca de sus tétricos
y metódicos hogares.
La
chiquilla de cuatro años, esto es, la señá Frasquita, frisaría en los treinta.
Tenía más de dos varas de estatura, y era recia a proporción, o quizás más
gruesa todavía de lo correspondiente a su arrogante talla. Parecía una Niobe
colosal, y eso que no había tenido hijos: parecía un Hércules... hembra; parecía
una matrona romana de las que aún hay ejemplares en el Trastevere. Pero lo
más notable en ella era la movilidad, la ligereza, la animación, la gracia
de su respetable mole. Para ser una estatua, como pretendía el Académico,
le faltaba el reposo monumental. Se cimbraba como un junco, giraba como una
veleta, bailaba como una peonza. Su rostro era más movible todavía, y, por
tanto, menos escultural. Avivábanlo donosamente hasta cinco hoyuelos: dos
en una mejilla; otro en otra; otro,muy chico, cerca de la comisura izquierda
de sus rientes labios, y el último, muy grande, en medio de su redonda barba.
Añadid a esto los picarescos mohines, los graciosos guiños y las variadas
posturas de cabeza que amenazaban su conversación, y formaréis idea de aquella
cara llena de sal y de hermosura y radiante siempre de salud y alegría.
Ni
la señá Frasquita ni el tío Lucas eran andaluces: ella era navarra y él murciano.
Él había ido a la ciudad de***, a la edad de quince años, como medio paje,
medio criado del Obispo anterior al que entonces gobernaba aquella Iglesia.
Educábalo su protector para clérigo, y tal vez con esta mira y para que no
careciese de congrua, dejole en su testamento el molino; pero el
tío Lucas, que a la muerte de Su Ilustrísima no estaba ordenado más que de
menores, ahorcó los hábitos en aquel punto y hora, y sentó plaza
de soldado, más ganoso de ver mundo y correr aventuras que de decir Misa o
de moler trigo. -En 1793 hizo la campaña de los Pirineos Occidentales, como
Ordenanza del valiente General Don Ventura Caro; asistió al asalto de Castillo
Piñón, y permaneció luego largo tiempo en las provincias del Norte, donde
tomó la licencia absoluta. En Estella conoció a la señá Frasquita, que entonces
sólo se llamaba Frasquita; la enamoró; se casó con ella, y se la
llevó a Andalucía en busca de aquel molino que había de verlos tan pacíficos
y dichosos durante el resto de su peregrinación por este valle de lágrimas
y risas.
La
señá Frasquita, pues, trasladada de Navarra a aquella soledad, no había adquirido
ningún hábito andaluz, y se diferenciaba mucho de las mujeres campesinas de
los contornos. Vestía con más sencillez, desenfado y elegancia que ellas,
lavaba más sus carnes, y permitía al sol y al aire acariciar sus arremangados
brazos y su descubierta garganta. Usaba, hasta cierto punto, el traje de las
señoras de aquella época, el traje de las mujeres de Goya, el traje de la
reina María Luisa: si no falda de medio paso, falda de un paso solo, sumamente
corta, que dejaba ver sus menudos pies y el arranque de su soberana pierna:
llevaba el escote redondo y bajo, al estilo de Madrid, donde se detuvo dos
meses con su Lucas al trasladarse de Navarra a Andalucía; todo el pelo recogido
en lo alto de la coronilla, lo cual dejaba campear la gallardía de su cabeza
y de su cuello; sendas arracadas en las diminutas orejas, y muchas sortijas
enlos afilados dedos de sus duras pero limpias manos. Por último: la voz de
la señá Frasquita tenía todos los tonos del más extenso y melodioso instrumento,
y su carcajada era tan alegre y argentina, que parecía un repique de Sábado
de Gloria.
Retratemos
ahora al tío Lucas.
V
Un
hombre visto por fuera y por dentro
El
tío Lucas era más feo que Picio. Lo había sido toda su vida, y ya tenía cerca
de cuarenta años. Sin embargo, pocos hombres tan simpáticos y agradables habrá
echado Dios al mundo. Prendado de su viveza, de su ingenio y de su gracia,
el difunto Obispo se lo pidió a sus padres, que eran pastores, no de almas,
sino de verdaderas ovejas. Muerto Su Ilustrísima, y dejado que hubo el mozo
el Seminario por el Cuartel, distinguiolo entre todo su Ejército el General
Caro, y lo hizo su Ordenanza más íntimo, su verdadero criado de campaña. Cumplido,
en fin, el empeño militar, fuele tan fácil al tío Lucas rendir el corazón
de la señá Frasquita, como fácil le había sido captarse el aprecio del General
y del Prelado. La navarra, que tenía a la sazón veinte abriles, y era el ojo
derecho de todos los mozos de Estella, algunos de ellos bastante ricos, no
pudo resistir a los continuos donaires, a las chistosas ocurrencias, a los
ojillos de enamorado mono y a la bufona y constante sonrisa, llena de malicia,
pero también de dulzura, de aquel murciano tan atrevido, tan locuaz, tan avisado,
tan dispuesto, tan valiente y tan gracioso, que acabó por trastornar el juicio,
no sólo a la codiciada beldad, sino también a su padre y a su madre.
Lucas
era en aquel entonces, y seguía siendo en la fecha a que nos referimos, de
pequeña estatura (a lo menos con relación a su mujer), un poco cargado de
espaldas, muy moreno, barbilampiño, narigón, orejudo y picado de viruelas.
En cambio, su boca era regular y su dentadura inmejorable. Dijérase que sólo
la corteza de aquel hombre era tosca y fea; que tan pronto como empezaba a
penetrarse dentro de él aparecían sus perfecciones, y que estas perfecciones
principiaban en los dientes. Luego venía la voz, vibrante, elástica, atractiva;
varonil y grave algunas veces, dulce y melosa cuando pedía algo, y siempre
difícil de resistir. Llegaba después lo que aquella voz decía: todo oportuno,
discreto, ingenioso, persuasivo... Y, por último, en el alma del tío Lucas
había valor, lealtad, honradez, sentido común, deseo de saber y conocimientos
instintivos o empíricos de muchas cosas, profundo desdén a los necios, cualquiera
que fuese su categoría social, y cierto espíritu de ironía, de burla y de
sarcasmo, que le hacían pasar, a los ojos del Académico, por un D. Francisco
de Quevedo en bruto.
Tal
era por dentro y por fuera el tío Lucas.
VI
Habilidades
de los dos cónyuges
Amaba,
pues, locamente la señá Frasquita al tío Lucas, y considerábase la mujer más
feliz del mundo al verse adorada por él. No tenían hijos, según que ya sabemos,
y habíase consagrado cada uno a cuidar y mimar al otro con esmero indecible,
pero sin que aquella tierna solicitud ostentase el carácter sentimental y
empalagoso, por lo zalamero, de casi todos los matrimonios sin sucesión. Al
contrario: tratábanse con una llaneza, una alegría, una broma y una confianza
semejantes a las de aquellos niños, camaradas de juegos y de diversiones,
que se quieren con toda el alma sin decírselo jamás, ni darse a sí mismos
cuenta de lo que sienten.
¡Imposible
que haya habido sobre la tierra molinero mejor peinado, mejor vestido, más
regalado en la mesa, rodeado de más comodidades en su casa, que el tío Lucas!
¡Imposible que ninguna molinera ni ninguna reina haya sido objeto de tantas
atenciones, de tantos agasajos, de tantas finezas como la señá Frasquita!
¡Imposible también que ningún molino haya encerrado tantas cosas necesarias,
útiles, agradables, recreativas y hasta superfluas, como el que va a servir
de teatro a casi toda la presente historia!
Contribuía
mucho a ello que la señá Frasquita, la pulcra, hacendosa, fuerte y saludable
navarra, sabía, quería y podía guisar, coser, bordar, barrer, hacer dulces,
lavar, planchar, blanquear la casa, fregar el cobre, amasar, tejer, hacer
media, cantar, bailar, tocar la guitarra y los palillos, jugar a la brisca
y al tute, y otras muchísimas cosas cuya relación fuera interminable. Y contribuía
no menos al mismo resultado el que el tío Lucas sabía, quería y podía dirigir
la molienda, cultivar el campo, cazar, pescar, trabajar de carpintero, de
herrero y de albañil, ayudar a su mujer en todos los quehaceres de la casa,
leer, escribir, contar, etc., etc,
Y
esto sin hacer mención de los ramos de lujo, o sea de sus habilidades extraordinarias...
Por
ejemplo: el tío Lucas adoraba las flores (lo mismo que su mujer), y era floricultor
tan consumado, que había conseguido producir ejemplares nuevos, por
medio de laboriosas combinaciones. Tenía algo de Ingeniero natural, y lo había
demostrado construyendo una presa, un sifón y un acueducto que triplicaron
el agua del molino. Había enseñado a bailar a un perro, domesticado una culebra,
y hecho que un loro diese la hora por medio de gritos, según las iba marcando
un reloj de sol que el Molinero había trazado en una pared; de cuyas resultas
el loro daba ya la hora con toda precisión, hasta en los días nublados y durante
la noche.
Finalmente:
en el molino había una huerta, que producía toda clase de frutas y legumbres;
un estanque encerrado en una especie de kiosco de jazmines, donde se bañaban
en verano el tío Lucas y la señá Frasquita; un jardín; una estufa o invernadero
para las plantas exóticas; una fuente de agua potable; dos burras, en que
el matrimonio iba a la Ciudad o a los pueblos de las cercanías; gallinero,
palomar, pajarera, criadero de peces; criadero de guanos de seda; colmenas,
cuyas abejas libaban en los jazmines; jaraíz o lagar, con su bodega correspondiente,
ambas cosas en miniatura; horno, telar, fragua, taller de carpintería, etc.,
etc.; todo ello reducido a una casa de ocho habitaciones y a dos fanegas de
tierra, y tasado en la cantidad de diez mil reales.
VII
El
fondo de la felicidad
Adorábanse,
sí, locamente el Molinero y la Molinera, y aun se hubiera creído que ella
lo quería más a él que él a ella, no obstante ser él tan feo y ella tan hermosa.
Dígolo porque la señá Frasquita solía tener celos y pedirle cuentas al tío
Lucas cuando éste tardaba mucho en regresar de la Ciudad o de los pueblos
adonde iba por grano, mientras que el tío Lucas veía hasta con gusto las atenciones
de que era objeto la señá Frasquita por parte de los Señores que frecuentaban
el molino; se ufanaba y regocijaba de que a todos les agradase tanto como
a él; y, aunque comprendía que en el fondo del corazón se la envidiaban algunos
de ellos, la codiciaban como simples mortales y hubieran dado cualquier cosa
porque fuese menos mujer de bien, la dejaba sola días enteros sin el menor
cuidado, y nunca le preguntaba luego qué había hecho ni quién había estado
allí durante su ausencia...
No
consistía aquello, sin embargo, en que el amor del tío Lucas fuese menos vivo
que el de la señá Frasquita. Consistía en que él tenía más confianza en la
virtud de ella que ella en la de él; consistía en que él la aventajaba en
penetración, y sabía hasta qué punto era amado y cuánto se respetaba su mujer
a sí misma; y consistía principalmente en que el tío Lucas era todo un hombre:
un hombre como el de Shakespeare, de pocos e indivisibles sentimientos; incapaz
de dudas; que creía o moría; que amaba o mataba; que no admitía gradación
ni tránsito entre la suprema felicidad y el exterminio de su dicha.
Era,
en fin, un Otelo de Murcia, con alpargatas y montera, en el primer
acto de una tragedia posible...
Pero
¿a qué estas notas lúgubres en una tonadilla tan alegre? ¿A qué estos relámpagos
fatídicos en una atmósfera tan serena? ¿A qué estas actitudes melodramáticas
en un cuadro de género?
Vais
a saberlo inmediatamente.
VIII
El
hombre del sombrero de tres picos
Eran
las dos de una tarde de octubre.
El
esquilón de la Catedral tocaba a vísperas, -lo cual equivale a decir que ya
habían comido todas las personas principales de la Ciudad.
Los
Canónigos se dirigían al Coro, y los seglares a sus alcobas a dormir la siesta,
sobre todo aquellos que, por razón de oficio, v. gr., las Autoridades, habían
pasado la mañana entera trabajando.
Era,
pues, muy de extrañar que a aquella hora, impropia además para dar un paseo,
pues todavía hacía demasiado calor, saliese de la Ciudad, a pie, y seguido
de un solo alguacil, el ilustre señor Corregidor de la misma, -a quien no
podía confundirse con ninguna otra persona ni de día ni de noche, así por
la enormidad de su sombrero de tres picos y por lo vistoso de su capa de grana,
como por lo particularísimo de su grotesco donaire...
De
la capa de grana y del sombrero de tres picos, son muchas todavía las personas
que pudieran hablar con pleno conocimiento de causa. Nosotros, entre ellas,
lo mismo que todos los nacidos en aquella Ciudad en las postrimerías del reinado
del Señor Don Fernando VII, recordamos haber visto colgados de un clavo, único
adorno de desmantelada pared, en la ruinosa torre de la casa que habitó Su
Señoría (torre destinada a la sazón a los infantiles juegos de sus nietos),
aquellas dos anticuadas prendas, aquella capa y aquel sombrero, -el negro
sombrero encima, y la roja capa debajo,- formando una especie de espectro
del Absolutismo, una especie de sudario del Corregidor, una especie de caricatura
retrospectiva de su poder, pintada con carbón y almagre, como tantas otras,
por los párvulos constitucionales de la de 1837 que allí nos reuníamos;
una especie, en fin, de espanta-pájaros, que en otro tiempo había
sido espanta-hombres, y que hoy me da miedo de haber contribuido
a escarnecer, paseándolo por aquella histórica Ciudad, en días de Carnestolendas,
en lo alto de un deshollinador, o sirviendo de disfraz irrisorio al idiota
que más hacía reír a la plebe... ¡Pobre principio de autoridad! ¡Así
te hemos puesto los mismos que hoy te invocamos tanto!
En
cuanto al indicado grotesco donaire del señor Corregidor, consistía (dicen)
en que era cargado de espaldas..., todavía más cargado de espaldas que el
tío Lucas..., casi jorobado, por decirlo de una vez; de estatura menos que
mediana; endeblillo; de mala salud; con las piernas arqueadas y una manera
de andar sui generis (balanceándose de un lado a otro y de atrás
hacia adelante), que sólo se puede describir con la absurda fórmula de que
parecía cojo de los dos pies. En cambio (añade la tradición), su rostro era
regular, aunque ya bastante arrugado por la falta absoluta de dientes y muelas;
moreno verdoso, como el de casi todos los hijos de las Castillas; con grandes
ojos oscuros, en que relampagueaban la cólera, el despotismo y la lujuria,
con finas y traviesas facciones, que no tenían la expresión del valor personal,
pero sí la de una malicia artera capaz de todo, y con cierto aire de satisfacción,
medio aristocrático, medio libertino, que revelaba que aquel hombre habría
sido, en su remota juventud, muy agradable y acepto a las mujeres, no obstante
sus piernas y su joroba.
D.
Eugenio de Zúñiga y Ponce de León (que así se llamaba Su Señoría) había nacido
en Madrid, de familia ilustre; frisaría a la sazón en los cincuenta y cinco
años, y llevaba cuatro de Corregidor en la Ciudad de que tratamos, donde se
casó, a poco de llegar, con la principalísima Señora que diremos más adelante.
Las
medias de D. Eugenio (única parte que, además de los zapatos, dejaba ver de
su vestido la extensísima capa de grana) eran blancas, y los zapatos negros,
con hebilla de oro. Pero luego que el calor del campo lo obligó a desembozarse,
vídose que llevaba gran corbata de batista; chupa de sarga de color de tórtola,
muy festoneada de ramillos verdes, bordados de realce; calzón corto, negro,
de seda; una enorme casaca de la misma estofa que la chupa; espadín con guarnición
de acero; bastón con borlas, y un respetable par de guantes (o quirotecas)
de gamuza pajiza, que no se ponía nunca y que empuñaba a guisa de cetro.
El
Alguacil, que seguía a veinte pasos de distancia al señor Corregidor, se llamaba
Garduña, y era la propia estampa de su nombre. Flaco, agilísimo;
mirando adelante y atrás y a derecha e izquierda al propio tiempo que andaba;
de largo cuello; de diminuto y repugnante rostro, y con dos manos como dos
manojos de disciplinas, parecía juntamente un hurón en busca de criminales,
la cuerda que había de atarlos, y el instrumento destinado a su castigo.
El
primer Corregidor que le echó la vista encima, le dijo sin más informes: «Tú
serás mi verdadero alguacil...» Y ya lo había sido de cuatro Corregidores.
Tenía
cuarenta y ocho años, y llevaba sombrero de tres picos, mucho más pequeño
que el de su Señor (pues repetimos que el de éste era descomunal), capa negra
como las medias y todo el traje, bastón sin borlas, y una especie de asador
por espada.
Aquel
espantajo negro parecía la sombra de su vistoso amo.
IX
¡Arre,
burra!
Por
dondequiera que pasaban el personaje y su apéndice, los labradores dejaban
sus faenas y se descubrían hasta los pies, con más miedo que respeto; después
de lo cual se decían en voz baja:
-¡Temprano
va esta tarde el señor Corregidor a ver a la señá Frasquita!
-¡Temprano...
y solo! -añadían algunos, acostumbrados a verlo siempre dar aquel paseo en
compañía de otras varias personas.
-Oye,
tú, Manuel: ¿por qué irá solo esta tarde el señor Corregidor a ver a la navarra?
-le preguntó una lugareña a su marido, el cual la llevaba a grupas en la bestia.
Y,
al mismo tiempo que la pregunta, le hizo cosquillas, por vía de retintín.
-¡No
seas mal pensada, Josefa! -exclamó el buen hombre-. La señá Frasquita es incapaz...
-No
digo yo lo contrario... Pero el Corregidor no es por eso incapaz de estar
enamorado de ella... Yo he oído decir que, de todos los que van a las francachelas
del molino, el único que lleva mal fin es ese madrileño tan aficionado a faldas...
-¿Y
qué sabes tú si es o no aficionado a faldas? -preguntó a su vez el marido.
-No
lo digo por mí... ¡Ya se hubiera guardado, por más Corregidor que sea, de
decirme los ojos tienes negros!
La
que así hablaba era fea en grado superlativo.
-Pues
mira, hija, ¡allá ellos! -replicó el llamado Manuel-. Yo no creo al tío Lucas
hombre de consentir... ¡Bonito genio tiene el tío Lucas cuando se enfada!...
-Pero,
en fin, ¡si ve que le conviene!... -añadió la tía Josefa, retorciendo el hocico.
-El
tío Lucas es hombre de bien... -repuso el lugareño-; y a un hombre de bien
nunca pueden convenirle ciertas cosas...
-Pues
entonces, tienes razón... ¡Allí ellos! ¡Si yo fuera la señá Frasquita!...
-¡Arre,
burra! -gritó el marido, para mudar la conversación.
Y
la burra salió al trote; con lo que no pudo oírse el resto del diálogo.
X
Desde
la parra
Mientras
así discurrían los labriegos que saludaban al señor Corregidor, la señá Frasquita
regaba y barría cuidadosamente la plazoletilla empedrada que servía de atrio
o compás al molino, y colocaba media docena de sillas debajo de lo más espeso
del emparrado, en el cual estaba subido el tío Lucas, cortando los mejores
racimos y arreglándolos artísticamente en una cesta.
-¡Pues
sí, Frasquita! -decía el tío Lucas desde lo alto de la parra-: el señor Corregidor
está enamorado de ti de muy mala manera...
-Ya
te lo dije yo hace tiempo -contestó la mujer del norte-... Pero ¡déjalo que
pene! ¡Cuidado, Lucas, no te vayas a caer!
-Descuida:
estoy bien agarrado... También le gustas mucho al señor...
-¡Mira!
¡no me des más noticias! -interrumpió ella-. ¡Demasiado sé yo a quién le gusto
y a quién no le gusto! ¡Ojalá supiera del mismo modo por qué no te gusto a
ti!
-¡Toma!
Porque eres muy fea... -contestó el tío Lucas.
-Pues,
oye..., ¡fea y todo, soy capaz de subir a la parra y echarte de cabeza al
suelo!...
-Más
fácil sería que yo no te dejase bajar de la parra sin comerte viva...
-¡Eso
es!... ¡y cuando vinieran mis galanes y nos viesen ahí, dirían que éramos
un mono y una mona!...
-Y
acertarían; porque tú eres muy mona y muy rebonita, y yo parezco un mono con
esta joroba...
-Que
a mí me gusta muchísimo...
-Entontes
te gustará más la del Corregidor, que es mayor que la mía...
¡Vamos!
¡Vamos! Sr. D. Lucas... ¡No tenga V. tantos celos!...
-¿Celos
yo de ese viejo petate? ¡Al contrario; me alegro muchísimo de que te quiera!...
-¿Por
qué?
-Porque
en el pecado lleva la penitencia. ¡Tú no has de quererlo nunca, y yo soy entretanto
el verdadero Corregidor de la Ciudad!
-¡Miren
el vanidoso! Pues figúrate que llegase a quererlo... ¡Cosas más raras se ven
en el mundo!
-Tampoco
me daría gran cuidado...
-¿Por
qué?
-¡Porque
entonces tú no serías ya tú; y, no siendo tú quien eres, o como lo creo que
eres, maldito lo que me importaría que te llevasen los demonios!
-Pero
bien; ¿qué harías en semejante caso?
-¿Yo?
¡Mira lo que no sé!... Porque, como entonces yo sería otro y no el que soy
ahora, no puedo figurarme lo que pensaría...
-¿Y
por qué serías entonces otro? -insistió valientemente la señá Frasquita, dejando
de barrer y poniéndose en jarras para mirar hacia arriba.
El
tío Lucas se rascó la cabeza, como si escarbara para sacar de ella alguna
idea muy profunda, hasta que al fin dijo con más seriedad y pulidez que de
costumbre:
-Sería
otro, porque yo soy ahora un hombre que cree en ti como en sí mismo, y que
no tiene más vida que esta fe. De consiguiente, al dejar de creer en ti, me
moriría o me convertiría en un nuevo hombre; viviría de otro modo; me parecería
que acababa de nacer; ¡tendría otras entrañas! Ignoro, pues, lo que haría
entonces contigo... Puede que me echara a reír y te volviera la espalda...
Puede que ni siquiera te conociese... Puede que... Pero ¡vaya un gusto que
tenemos en ponernos de mal humor sin necesidad! ¿Qué nos importa a nosotros
que te quieran todos los Corregidores del mundo? ¿No eres tú mi Frasquita?
-¡Si,
pedazo de bárbaro! -contestó la navarra, riendo a más no poder-. Yo soy tu
Frasquita, y tú eres mi Lucas de mi alma, más feo que el bu, con más talento
que todos los hombres, más bueno que el pan, y más querido... ¡Ah! ¡lo que
es eso de querido, cuando bajes de la parra lo verás! ¡Prepárate
a llevar más bofetadas y pellizcos que pelos tienes en la cabeza! Pero ¡calla!
¿Qué es lo que veo? El Señor Corregidor viene por allí completamente solo...
¡Y tan tempranito!... Ese trae plan... ¡Por lo visto, tú tenías razón!...
-Pues
aguántate, y no le digas que estoy subido en la parra. ¡Ese viene a declararse
a solas contigo, creyendo pillarme durmiendo la siesta!... Quiero divertirme
oyendo su explicación.
Así
dijo el tío Lucas, alargando la cesta a su mujer.
-¡No
está mal pensado! -exclamó ella, lanzando nuevas carcajadas-. ¡El demonio
del madrileño! ¿Qué se habrá creído que es un Corregidor para mí? Pero aquí
llega... Por cierto que Garduña, que lo seguía a alguna distancia, se ha sentado
en la ramblilla a la sombra... ¡Qué majadería! Ocúltate tú bien entre los
pámpanos, que nos vamos a reír más de lo que te figuras...
Y,
dicho esto, la hermosa navarra rompió a cantar el fandango, que ya le era
tan familiar como las canciones de su tierra.
XI
El
bombardeo de Pamplona
-Dios
te guarde, Frasquita... -dijo el Corregidor a media voz, apareciendo bajo
el emparrado y andando de puntillas.
-¡Tanto
bueno, señor Corregidor! -respondió ella en voz natural, haciéndole mil reverencias-.
¡Usía por aquí a estas horas! ¡Y con el calor que hace! ¡Vaya, siéntese Su
Señoría!... Esto está fresquito. ¿Cómo no ha aguardado Su Señoría a los demás
señores? Aquí tienen ya preparados sus asientos... Esta tarde esperamos al
señor Obispo en persona, que le ha prometido a mi Lucas venir a probar las
primeras uvas de la parra. ¿Y cómo lo pasa Su Señoría? ¿Cómo está la Señora?
El
Corregidor se había turbado. La ansiada soledad en que encontraba a la señá
Frasquita le parecía un sueño, o un lazo que le tendía la enemiga suerte para
hacerle caer en el abismo de un desengaño.
Limitose,
pues, a contestar:
-No
es tan temprano como dices... Serán las tres y media...
El
loro dio en aquel momento un chillido.
-Son
las dos y cuarto, -dijo la navarra, mirando de hito en hito al madrileño.
Éste
calló, como reo convicto que renuncia a la defensa.
-¿Y
Lucas? ¿Duerme? -preguntó al cabo de un rato.
(Debemos
advertir aquí que el Corregidor, lo mismo que todos los que no tienen dientes,
hablaba con una pronunciación floja y sibilante, como si se estuviese comiendo
sus propios labios.)
-¡De
seguro! -contestó la señá Frasquita-. En llegando estas horas se queda dormido
donde primero le coge, aunque sea en el borde de un precipicio...
-Pues
mira... ¡déjalo dormir!... -exclamó el viejo Corregidor, poniéndose más pálido
de lo que ya era-. Y tú, mi querida Frasquita, escúchame..., oye... ven acá...
¡Siéntate aquí; a mi lado!... Tengo muchas cosas que decirte...
-Ya
estoy sentada, -respondió la Molinera, agarrando una silla baja y plantándola
delante del Corregidor, a cortísima distancia de la suya.
Sentado
que se hubo, Frasquita echó una pierna sobre la otra, inclinó el cuerpo hacia
adelante, apoyó un codo sobre la rodilla cabalgadora, y la fresca y hermosa
cara en una de sus manos; y así, con la cabeza un poco ladeada, la sonrisa
en los labios, los cinco hoyos en actividad, y las serenas pupilas clavadas
en el Corregidor, aguardó la declaración de Su Señoría. Hubiera podido comparársela
con Pamplona esperando un bombardeo.
El
pobre hombre fue a hablar, y se quedó con la boca abierta, embelesado ante
aquella grandiosa hermosura, ante aquella esplendidez de gracias, ante aquella
formidable mujer, de alabastrino color, de lujosas carnes, de limpia y riente
boca, de azules e insondables ojos, que parecía creada por el pincel de Rubens.
-¡Frasquita!...
-murmuró al fin el delegado del Rey, con acento desfallecido, mientras que
su marchito rostro, cubierto de sudor, destacándose sobre su joroba, expresaba
una inmensa angustia-. ¡Frasquita!...
-¡Me
llamo! -contestó la hija de los Pirineos-. ¿Y qué?
-Lo
que tú quieras... -repuso el viejo con una ternura sin límites.
-Pues
lo que yo quiero... -dijo la Molinera-, ya lo sabe Usía. Lo que yo quiero
es que Usía nombre Secretario del Ayuntamiento de la Ciudad a un sobrino mío
que tengo en Estella..., y que así podrá venirse de aquellas montañas, donde
está pasando muchos apuros...
-Te
he dicho, Frasquita, que eso es imposible. El Secretario actual...
-¡Es
un ladrón, un borracho y un bestia!
-¡Ya
lo sé!... Pero tiene buenas aldabas entre los Regidores Perpetuos, y yo no
puedo nombrar otro sin acuerdo del Cabildo. De lo contrario, me expongo...
-¡Me
expongo!... ¡Me expongo!... ¿A qué no nos expondríamos por Vuestra Señoría
hasta los gatos de esta casa?
-¿Me
querrías a ese precio? -tartamudeó el Corregidor.
-No,
señor; que lo quiero a Usía de balde.
-¡Mujer,
no me des tratamiento! Háblame de V. o como se te antoje... ¿Conque vas a
quererme? Di.
-¿No
le digo a V. que lo quiero ya?
-Pero...
-No
hay pero que valga. ¡Verá V. qué guapo y qué hombre de bien es mi sobrino!
-¡Tú
sí que eres guapa, Frascuela!...
-¿Le
gusto a V.?
-¡Que
si me gustas!... ¡No hay mujer como tú!
-Pues
mire V.... Aquí no hay nada postizo... -contestó la señá Frasquita, acabando
de arrollar la manga de su jubón, y mostrando al Corregidor el resto de su
brazo, digno de una cariátide y más blanco que una azucena.
-¡Que
si me gustas!... -prosiguió el Corregidor-. ¡De día, de noche, a todas horas,
en todas partes, sólo pienso en ti!...
-¡Pues
qué! ¿No le gusta a V. la señora Corregidora? -preguntó la señá Frasquita
con tan mal fingida compasión, que hubiera hecho reír a un hipocondríaco-.
¡Qué lástima! Mi Lucas me ha dicho que tuvo el gusto de verla y de hablarle
cuando fue a componerle a V. el reloj de la alcoba, y que es muy guapa, muy
buena y de un trato muy cariñoso.
-¡No
tanto! ¡No tanto! -murmuró el Corregidor con cierta amargura.
-En
cambio, otros me han dicho -prosiguió la Molinera- que tiene muy mal genio,
que es muy celosa, y que V. le tiembla más que a una vara verde...
-¡No
tanto, mujer!... -repitió Don Eugenio de Zúñiga y Ponce de León, poniéndose
colorado-. ¡Ni tanto ni tan poco! La Señora tiene sus manías, es cierto...;
mas de ello a hacerme temblar, hay mucha diferencia. ¡Yo soy el Corregidor!...
-Pero,
en fin, ¿la quiere V., o no la quiere?
-Te
diré... Yo la quiero mucho... o, por mejor decir, la quería antes de conocerte.
Pero desde que te vi, no sé lo que me pasa, y ella misma conoce que me pasa
algo... Bástete saber que hoy..., tomarle, por ejemplo, la cara a mi mujer
me hace la misma operación que si me la tomara a mí propio... ¡Ya ves, que
no puedo quererla más ni sentir menos!... ¡Mientras que por coger esa mano,
ese brazo, esa cara, esa cintura, daría lo que no tengo!
Y,
hablando así, el Corregidor trató de apoderarse del brazo desnudo que la señá
Frasquita le estaba refregando materialmente por los ojos; pero ésta, sin
descomponerse, extendió la mano, tocó el pecho de Su Señoría con la pacífica
violencia e incontrastable rigidez de la trompa de un elefante, y lo tiró
de espaldas con silla y todo.
-¡Ave
María Purísima! -exclamó entonces la navarra, riéndose a más no poder-. Por
lo visto, esa silla estaba rota...
-¿Qué
pasa ahí? -exclamó en esto el tío Lucas, asomando su feo rostro entre los
pámpanos de la parra.
El
Corregidor estaba todavía en el suelo boca arriba, y miraba con un terror
in decible a aquel hombre que aparecía en los aires boca abajo.
Hubiérase
dicho que Su Señoría era el Diablo, vencido, no por San Miguel, sino por otro
Demonio del infierno.
-¿Qué
ha de pasar? -se apresuró a responder la señá Frasquita-. ¡Que el señor Corregidor
puso la silla en vago, fue a mecerse, y se ha caído!...
-¡Jesús,
María y José! -exclamó a su vez el Molinero-. ¿Y se ha hecho daño Su Señoría?
¿Quiere un poco de agua y vinagre?
-¡No
me he hecho nada! -dijo el Corregidor, levantándose como pudo.
Y
luego añadió por lo bajo, pero de modo que pudiera oírlo la señá Frasquita:
-¡Me
la pagaréis!
-Pues,
en cambio, Su Señoría me ha salvado a mí la vida -repuso el tío Lucas sin
moverse de lo alto de la parra-. Figúrate mujer, que estaba yo aquí sentado
contemplando las uvas, cuando me quedé dormido sobre una red de sarmientos
y palos que dejaban claros suficientes para que pasase mi cuerpo... Por consiguiente,
si la caída de Su Señoría no me hubiese despertado tan a tiempo, esta tarde
me habría yo roto la cabeza contra esas piedras.
-Conque
sí... ¿eh?... -replicó el Corregidor-. Pues, ¡vaya, hombre!, me alegro...
¡Te digo que me alegro mucho de haberme caído!
-¡Me
la pagarás! -agregó en seguida, dirigiendose a la Molinera.
Y
pronunció estas palabras con tal expresión de reconcentrada furia, que la
señá Frasquita se puso triste.
Veía
claramente que el Corregidor se asustó al principio, creyendo que el Molinero
lo había oído todo; pero que, persuadido ya de que no había oído nada (pues
la calma y el disimulo del tío Lucas hubieran engañado al más lince), empezaba
a abandonarse a toda su iracundia y a concebir planes de venganza.
-¡Vamos!
¡Bájate ya de ahí, y ayúdame a limpiar a Su Señoría, que se ha puesto perdido
de polvo! -exclamó entonces la Molinera.
Y,
mientras el tío Lucas bajaba, díjole ella al Corregidor, dándole golpes con
el delantal en la chupa y alguno que otro en las orejas:
-El
pobre no ha oído nada... Estaba dormido como un tronco...
Más
que estas frases, la circunstancia de haber sido dichas en voz baja, afectando
complicidad y secreto, produjo un efecto maravilloso.
-¡Pícara!
¡Proterva! -balbuceó Don Eugenio de Zúñiga con la boca hecha un agua, pero
gruñendo todavía...
-¿Me
guardará Usía rencor? -replicó la navarra zalameramente.
Viendo
el Corregidor que la severidad le daba buenos resultados, intentó mirar a
la señá Frasquita con mucha rabia; pero se encontró con su tentadora risa
y sus divinos ojos, en los cuales brillaba la caricia de una súplica, y, derritiéndosele
la gacha en el acto, le dijo con un acento baboso y sibilante, en que se descubría
más que nunca la ausencia total de dientes y muelas:
-¡De
ti depende, amor mío!
En
aquel momento se descolgó de la parra el tío Lucas.
XII
Diezmos
y primicias
Repuesto
el Corregidor en su silla, la Molinera dirigió una rápida mirada a su esposo,
y viole, no sólo tan sosegado como siempre, sino reventando de ganas de reír
por resultas de aquella ocurrencia: cambió con él desde lejos un beso tirado,
aprovechando el primer descuido de Don Eugenio, y díjole, en fin, a éste con
una voz de sirena que le hubiera envidiado Cleopatra:
-¡Ahora
va Su Señoría a probar mis uvas!
Entonces
fue de ver a la hermosa navarra (y así la pintaría yo, si tuviese el pincel
de Ticiano), plantada enfrente del embelesado Corregidor, fresca, magnífica,
incitante, con sus nobles formas, con su angosto vestido, con su elevada estatura,
con sus desnudos brazos levantados sobre la cabeza, y con un transparente
racimo en cada mano, diciéndole, entre una sonrisa irresistible y una mirada
suplicante en que titilaba el miedo:
-Todavía
no las ha probado el señor Obispo... Son las primeras que se cogen este año...
Parecía
una gigantesca Pomona, brindando frutos a un dios campestre; a un Sátiro,
v. gr.
En
esto apareció al extremo de la plazoleta empedrada el venerable Obispo de
la diócesis, acompañado del Abogado Académico y de dos Canónigos de avanzada
edad, y seguido de su Secretario, de dos familiares y de dos pajes.
Detúvose
un rato Su Ilustrísima a contemplar aquel cuadro tan cómico y tan bello, hasta
que, por último, dijo, con el reposado acento propio de los Prelados de entonces:
-El
Quinto... pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios, nos enseña
la doctrina cristiana; pero V., señor Corregidor, no se contenta con administrar
el diezmo, sino que también trata de comerse las primicias.
-¡El
señor Obispo! -exclamaron los Molineros, dejando al Corregidor y corriendo
a besar el anillo al Prelado.
-¡Dios
se lo pague a Su Ilustrísima por venir a honrar esta pobre choza! -dijo el
tío Lucas, besando el primero, y con acento de muy sincera veneración.
-¡Qué
señor Obispo tengo tan hermoso! -exclamó la señá Frasquita, besando después-.
¡Dios lo bendiga y me lo conserve más años que le conservó el suyo a mi Lucas!
-¡No
sé qué falta puedo hacerte, cuando tú me echas las bendiciones, en vez de
pedírmelas! -contestó riéndose el bondadoso Pastor.
Y,
extendiendo dos dedos, bendijo a la señá Frasquita y después a los demás circunstantes.
-¡Aquí
tiene Usía Ilustrísima las primicias! -dijo el Corregidor, tomando
un racimo de manos de la Molinera y presentándoselo cortésmente al Obispo-.
Todavía no había yo probado las uvas...
El
Corregidor pronunció estas palabras, dirigiendo de paso una rápida y cínica
mirada a la espléndida hermosura de la Molinera.
-¡Pues
no será porque estén verdes, como las de la fábula! -observó el Académico.
-Las
de la fábula -expuso el Obispo- no estaban verdes, señor Licenciado; sino
fuera del alcance de la zorra.
Ni
el uno ni el otro habían querido acaso aludir al Corregidor; pero ambas frases
fueron casualmente tan adecuadas a lo que acababa de suceder allí, que Don
Eugenio de Zúñiga se puso lívido de cólera, y dijo, besando el anillo del
Prelado:
-¡Eso
es llamarme zorro, señor ilustrísimo!
-¡Tu
dixisti! -replicó éste, con la afable severidad de un Santo, como diz
que lo era en efecto-. Excusatio non petita, accusatio manifesta. Qualis vir, talis oratio. Pero
satis jam dictum, nullus ultra sit sermo. O, lo que es lo mismo,
dejémonos de latines, y veamos estas famosas uvas.
Y
picó... una sola vez... en el racimo que le presentaba el Corregidor.
-¡Están
muy buenas! -exclamó, mirando aquella uva al trasluz y alargándosela en seguida
a su Secretario-. ¡Lástima que a mí me sienten mal!
El
Secretario contempló también la uva; hizo un gesto de cortesana admiración,
y la entregó a uno de los familiares.
El
familiar repitió la acción del Obispo y el gesto del Secretario, propasándose
hasta oler la uva, y luego... la colocó en la cesta con escrupuloso cuidado,
no sin decir en voz baja a la concurrencia:
-Su
Ilustrísima ayuna...
El
tío Lucas, que había seguido la uva con la vista, la cogió entonces disimuladamente,
y se la comió sin que nadie lo viera.
Después
de esto, sentáronse todos: hablose de la otoñada (que seguía siendo muy seca,
no obstante haber pasado el cordonazo de San Francisco); discurriose algo
sobre la probabilidad de una nueva guerra entre Napoleón y el Austria; insistiose
en la creencia de que las tropas imperiales no invadirían nunca el territorio
español; quejose el Abogado de lo revuelto y calamitoso de aquella época,
envidiando los tranquilos tiempos de sus padres (como sus padres habrían envidiado
los de sus abuelos); dio las cinco el loro..., y, a una seña del Reverendo
Obispo, el menor de los pajes fue al coche episcopal (que se había quedado
en la misma ramblilla que el Alguacil), y volvió con una magnífica torta sobada,
de pan de aceite, polvoreada de sal, que apenas haría una hora había salido
del horno: colocose una mesilla en medio del concurso; descuartizose la torta;
se dio tu parte correspondiente, sin embargo de que se resistieron mucho,
al tío Lucas y a la señá Frasquita..., y una igualdad verdaderamente democrática
reinó durante media hora bajo aquellos pámpanos que filtraban los últimos
resplandores del sol poniente...
[Siguiente
| Versión PDF]