Alcides Arguedas

Selección


Raza de Bronce

IV

El terror al río ganó de lleno el corazón de los viajeros.

Iban ahora intranquilos, miedosos.

Cuando tenían que atravesar la corriente, todavía más gruesa con la junción del río de Palca, quedaban en la orilla a esperar que algún viajero de la comarca se aventurase en sus aguas turbias, y la atravesaban con miedo, cogidos los tres de las manos para sostenerse mutuamente en caso de peligro.

La playa, siempre idéntica, ofrecía a los ojos el mismo espectáculo imponente y hosco: a ambos costados cerros altísimos que se echaban hacia atrás, mostrando sus faldas verdes y pobladas de huertas, o se estrechaban, cayendo a plomo sobre el río, para enseñar la estructura de sus rocas rayadas horizontalmente, como las perforadas hojas de un libro. Y siempre el ruido bravo de la linfa opaca, combinado con el del viento incansable, tenaz, formando todo un concierto de voces duras, que los puneños escuchaban con el corazón encogido de angustia...

Hacia el atardecer llegaron a Tirata, donde vendieron el resto de su carguío pero sin obtener los precios indicados por el difunto. Comenzaban a cansarse de veras del viaje riesgoso; y la playa, sin camino, sin puentes, calentada como plancha por el sol, les causaba una indefinible angustia. Unicamente anhelaban llegar a su destino, comprar el grano y tornar a sus pagos, para no alejarse nunca de ellos, ni a la fuerza.

En Tirata, la playa se abría con gesto pródigo, dejando en medio una extensa llanura fértil, toda plantada de cañaverales que se mecían al soplo de la brisa, con rumor tenue de hojas frotadas entre sí, y los árboles adquirían gigantescas proporciones.

Las casitas de caña eran miserables, a pesar de las enredaderas silvestres que trepaban por el techo, festoneando su sordidez con flores de vivos colores y penetrante perfume. Algunas ostentaban un emparrado o yacían a la sombra de añosos y retorcidos algarrobos, en cuyos troncos se colgaban con fuerte abrazo las granadillas, y los lacayotes dejaban reposar sus enormes calabazas amarillas sobre el soporte de las ramas.

Enjambres de aves de brillante y encendido plumaje picoteaban, entre silbos y trinos, la cosecha de los árboles. Diamantinos colibríes venían a libar la miel de los tumbos, y revoloteaban, haciendo cabrillear al sol, como piedras preciosas, sus plumas metálicas y doradas; zumbaban las abejas silvestres en torno a sus colmenas colgadas de las ramas, y las mariposas —verdes, rojas, tornasoles, amarillas— iban por los campos floridos reflejando el polvo luminoso de sus alas tenues...

Pidieron hospitalidad en casa de un indio viejo que hablaba con voz gangosa, apenas perceptible, porque un enorme bocio le cubría toda la garganta, y era encorvado, canijo y de una palidez cadavérica.

Su casucha de carrizo medraba a la benigna sombra de una opulenta higuera, la sola que se veía en la rinconada, a la vera del cañaveral rumoroso y ondulante.

Vino la noche: una noche serena, tibia, plácida y de infinita melancolía. La luna brillaba en el alto cielo, y de cada brizna de hierba se alzaba el canto de un grillo, monocorde e igual; de los charcos venía el largo croar de las ranas, y de lejos, el incesante rumor de la turbia onda, lento, regular, incansable. En el corral, los asnos pateaban impacientes el suelo para librarse de las picaduras de los murciélagos, a los que, a la luz de la naciente luna, se les veía revolotear en torno de la casa, agitando incesantemente las alas. Pequeñas chispas de luz se encendían y apagaban en el aire, y se oía el zumbido de los noctámbulos insectos...

Fatigados por el calor, molidos de cansancio, abrumados por la pena, los sunichos se tendieron en el suelo a descansar, junto al lugareño, que se había echado con pereza sobre su poyo y dormía con trabajosa respiración, medio ahogado por el bocio.

—Oye —dijo Quilco a Agiali en uno de esos momentos—: vamos a coger cañas.

—¿Y si nos ven? objeto Agiali de mala gana y deseando más dormir.

—No hay nadie por ese lado.

—Vamos contigo —Se brindó Cachapa.

Levantáronse cautelosamente y desaparecieron entre la maraña del cañaveral. De vez en cuando se oía el ruido de las cañas al quebrarse, y estuvieron de regreso a la media hora. Cada uno traía la bufanda llena de cañas cortadas, y pronto las hicieron desaparecer en el fondo de los costales vacíos.

—¡Toma! Parecen de miel —dijo Quilco, ofreciendo una a Agiali.

—¿Comiste muchas?

—Hartado estoy de comer.

—Cuidado con enfermarse. Le oí decir a Manuno que hacían daño tomándolas en el sitio donde se producen.

—¿Y qué hacen?

—Traen las tercianas. Y en Tirata dicen que hasta las aves enferman.

—¡Demonio! ¡Si me hubiese acordado antes! —dijo preocupado Quilco.

Y se tendió a dormir, en tanto que el otro guardaba prudentemente el fruto entre su chal.

Se levantaron al amanecer y emprendieron la marcha. Al pasar por la orilla de los cañaverales echaban una ojeada por todos lados, y de un tirón arrancaban desde raíz los frutos. Así lograron formar casi una carga.

El río había bajado mucho y las aguas ya no tenían el tinte lodoso que tanto impresionaba a los puneños. Corrían turbias por entre arroyuelos cristalinos, que se iban a perder a la sombra de los gramales y bejucos que crecían en medio de pantanos podridos.

El aire era tibio, a pesar de que el sol no doraba aún la playa, y en el alfoz de los cerros crecían enormes algarrobos de tronco atormentado, gigantescos cactos y otras plantas y arbustos cubiertos de salvajina o de enredaderas. Bandadas de loros recorrían la playa, y sus gritos estridentes llenaban de salvaje ruido esas regiones desiertas y hoscas.

A eso de mediodía echáronse a descansar un momento al pie de unos algarrobos que proyectaban espesa sombra en el suelo, formando ancho círculo. Pegadas al tronco había dos piedras puestas de filo y ennegrecidas por el humo de las fogatas encendidas por los viajeros.

—No estoy bien —dijo Quilco cuando se disponían a emprender la marcha.

—¿Qué tienes?

—Me duele la cabeza y siento escalofríos —repuso, estremeciéndose y dando diente con diente.

—¿No serán las tercianas? —advirtió Agiali, mirándole con interés.

—Pudiera.

Estaba desencajado, pálido, y tenía los ojos acuosos y algo hundidos.

—Sigamos andando; acaso te mejores con la marcha.

Llegaron a Llujrata. Y un caminito empinado que subía por el talud les condujo a una estrecha plataforma encajada entre los altos cerros y partida en medio por un riachuelo de lecho pedregoso y escarpado, y en cuyas orillas medraban los algodoneros, ofreciendo al aire sus grandes flores amarillas y sus nueces reventadas, de las que emergían los copos blancos con los que estaba cubierto el suelo.

Vibraba de claridad el aire, y su tibieza hacía pensar en las emanaciones de una fragua. Zumbaban enjambres de hormigas aladas, grandes moscardones de cuerpo negro, peludo y alas tornasoladas, avispas de talle estrecho y cuyos nidos se balanceaban pendientes de las ramas de los algarrobos altos y retorcidos; peligrosos e invisibles zancudos zumbaban incansables en los oídos de los cansados y dolidos viajeros.

A poco andar, buscaron el refugio de la sombra. Sentíanse sofocados por ese aire de fuego y Quilco se quejaba de una sequedad terrible en la garganta. Las bestias, chorreando sudor, caminaban al paso, con las cabezas inclinadas, pendientes y yertas las orejas.

Se internaron en un bosque de pakaes que encontraron a la izquierda del camino, al pie de una cuesta; descargaron los borricos bajo lo más espeso de la enramada y se tendieron a dormir la siesta.

Los elevadísimos árboles estaban agobiados por granadillas, cuyos sarmientos, cual cuerdas, se anudaban a las ramas; trepaban por ellas hasta la copa, y allí, entre las redondas y lustrosas hojas, verdes unas, rojas y amarillas otras por la vejez, colgaban sus flores moradas con pistilos en forma de cruz, y sus redondas frutas como huevos y de color que iba del verde y llegaba al rojo oscuro pasando por el amarillo de tonos delicados.

Las bandadas de loros discurrían de un monte a otro incesantemente, y sus agudos chillidos resonaban con tal fuerza en el estrecho alfoz, que dejaban un sordo zumbido en los oídos. Se los veía posarse en las ramas altas, dar pico con pico, colgarse hasta quedar con el pecho blanco al cielo, morder los verdes frutos, pasando de unos a otros con rabia de destrucción, y los cuales, ya dañados, se pudrían y secaban, no quedando sino las vainas huecas, que al chocar entre sí con el viento producían extraño y triste rumor.

Los sunichos no pudieron dormir. Tábanos y zancudos se abatían sobre ellos con voracidad; la sed les torturaba las entrañas y los loros no cesaban de atronar la encañada con sus chillidos.

Quilco rogó a Agiali fuese a ver si en el riachuelo podía conseguir un poco de agua. Se moría de sed y no se sentía con ánimos de continuar el camino si no bebía algo que aliviase la sequedad de su garganta. Fue el mozo, pero el riachuelo estaba seco se puso a cavar en el cauce, y las piedras quemaban.

Cuando volvió, Quilco deliraba. Creía encontrarse a orillas de su lago y que de las ondas mansas emergía la cabeza trágica de Manuno...

Agiali propuso a Cachapa —mozo ágil y listo— cosechar frutas. Acaso su jugo causaría algún alivio al enfermo, y ellos mismos aplacarían su sed, porque no se atrevían a tocar las cañas, a las que atribuían el mal de Quilco. Aceptó Cachapa, y despojándose ambos de sus chaquetas, treparon a los pakaes izándose por los sarmientos de las granadillas, y luego de hacer una buena provisión de frutas, exprimieron el jugo de algunos limones dulces y se lo dieron a beber al enfermo.

Quedaron allí hasta la tarde, y emprendieron la marcha por la empinada cuesta cuando el sol había desaparecido tras el alto cerro.

Ganaron las alturas de Cotaña antes de que el sol se ocultase en el ocaso, y allí un nuevo espectáculo se presentó a los atónitos ojos de los viajeros.

Todo era color, perfume y ruido en aquellas alturas.

El verde, con sus infinitas gamas, ostentábase en la cimera de los árboles escalonados a lo largo de los montes. Los naranjos y limoneros lucían su verde claro y lustroso; los granados, un verde oscuro que ponía de relieve la púrpura de sus flores; casi negros eran los eucaliptos, las ceibas, enormes y copudas, tenían color de esmeralda con flores de rubíes; los nísperos ondulaban a la brisa su apergaminado follaje oscuro, y los pinos araucaria recortaban su elegantísima silueta sobre la nieve de Illimani, que, allá arriba, sobre el esplendor de tanto follaje loco, señoreando cimas, se ostentaba por la primera vez, erguido; majestuoso, inaccesible.

Hicieron noche en la huerta de un montañés. Y al siguiente día, temprano, arribaron, por fin, al lugar de su destino; mas, como si la desgracia les persiguiese, díjoseles en Ursi que el patrón había vendido en la misma hacienda toda su cosecha de grano, y se les aconsejó ir a buscarlo en las alturas de Cohoni y de Palca, donde los colonos estaban recogiendo la cosecha.

Muy a pesar suyo hubieron de permanecer dos días en Ursi, porque Quilco deseaba mejorarse para emprender, de un tirón, el camino de sus pagos. Partieron al tercero por una cuesta en empinadísimo zigzag y de difícil acceso, allí donde por ningún lado reposan los ojos en la línea serena de un plano, y llegaron a la cumbre de una montaña, sobre cuyos lomos de piedra se afirman las estribaciones del último pico de Illimani, que salta enorme sobre los montes, cubriendo todo el ancho cielo con su masa de nieve y de granito, acribillado de oquedades negras, de ventisqueros, de torrentes cristalinos que al juntarse caen en cascadas desde prodigiosas alturas, azotando con furia los muros de sus alfoces.

Tan fuerte era la visión del paisaje, que los viajeros, no obstante su absoluta insensibilidad ante los espectáculos de la Naturaleza, sintiéronse, más que cautivados, sobrecogidos por el cuadro que se desplegó ante sus ojos atónitos y por el silencio que, en ese concierto del agua y del viento, parecía sofocar con su peso la voz grave de los elementos, única soberana de esas alturas.

Era un silencio penoso, enorme, infinito. Pesaba sobre el ambiente con dolor.

El mismo trinar de mirlos y gorriones, el ajeo estridente de las perdices, el bramar y el mugir de toros y llamas, dispersos en los hondos pliegues de la ladera, contribuían para hacer más sensible la insignificancia de la vida animal frente a aquella enorme mole blanca que cubría el cielo, desafiaba tempestades y parecía amurallar el horizonte infinito, ahogando sus voces sonoras.

Y bajo el esplendor del sol, a la luz cruda del astro vivo, ¡cómo parecía muerto el enorme paisaje!

Unicamente los cóndores osaban mostrarse allí ensoberbecidos por el poder de sus recias alas. Se los veía cruzar a lo largo del monte siguiendo la conformación de sus salientes; pero ¡cuán insignificantes!, ¡cuán pequeños! Diríase que aleteaban con trabajo, impotentes para escalar esas cimas, donde quizá nunca llegue a posarse planta humana...

La tarde fue cayendo dulcemente, mansamente, y la cuesta no llevaba trazas de acabar nunca. A una loma se sucedía otra más alta, luego otra más alta todavía. Y así, trasmontando cumbres, habían viajado desde mediodía, reposando apenas de un cansancio que desde hacía días venían sintiéndolo, terrible, indominable.

Todo allí eran barrancos, desfiladeros, laderas empinadas, insondables precipicios. Por todas partes, surgiendo detrás de los más elevados montes, presentándose de improviso a la vuelta de las laderas, saltaba el nevado alto, deforme, inaccesible, soberbiamente erguido en el espacio. Su presencia aterrorizaba y llenaba de angustia el ánimo de los pobres llaneros. Sentíanse vilmente empequeñecidos, impotentes, débiles. Sentían miedo de ser hombres.

En este dulce atardecer caminaban viéndolo de más cerca que nunca. Apenas les separaba una quiebra abrupta, rugosa y a medio rellenar con los peñones desgajados de los ventisqueros, quiebra que ellos dominaban, porque iban por la arista del monte opuesto, cuyas vertientes caían en saltos bruscos, pero cubiertos de algaidas, y surcadas por arroyos, que, al rodar sobre cauces angostos y empinados, se deshacían en espuma blanca y cantaban su enorme canción vibrante y cristalina.

Desde esa atalaya de montes, veían los viajeros extenderse las playas de todos los valles que van a verter sus aguas en el callejón de las Juntas. Primero, el valle de Mecapaca, que ellos acababan de dejar; luego, el de Caracato, unido al de Luribay, casi al frente, el de Araca. Esas playas blancas, desde allí, parecían senderos y estaban enmarcadas por el verde jocundo de las huertas y viñedos, que atenuaba el gris y el pardo de las sierras calvas, bañadas a esa hora de rosa y azul.

En la quiebra no se veía vestigio de huella viviente. Sólo un senderito empinado y blanco rastreaba con timidez por entre el hueco de los peñascales caídos en las faldas inferiores del monte helado, al pie mismo de las nieves que avanzaban —dijérase ríos de leche— manchando de un blanco purísimo e inmaculado la negra roca de la montaña, y se detenía, cortado a pico, pata verter en cascadas el purísimo cristal de sus aguas.

Unicamente los cóndores parecían vivir sin la angustia de lo grande en aquellos sitios que otro día los poetas han de elegir para cantar alguna tremenda tragedia humana. Rayando la claridad divina del espacio, se les veía cruzar por el horizonte embermejado, rumbo de sus inaccesibles cubiles. Volaban lentamente, en línea recta, con el acollarado cuello erguido y la cabeza moviendo de derecha a izquierda, oteando la maraña de cumbres y de valles. A veces, trazaban un ancho círculo en el espacio, volvían sobre la ruta, daban una enorme vuelta alrededor de la caravana, descendían más bajo, hasta hacer oír el fuerte zumbido de sus alas, y entonces, en las parábolas que describían, se veía brillar su lomo blanco, encendido también de rosa por los reflejos de la nieve iluminada por el sol crepuscular...

Pronunciábase la noche cuando llegaron a media cuesta de Tamipata, a un punto en que el camino reposaba sobre el lomo de una montaña, a cuatro mil metros de altura, casi junto a las nubes.

Una pobre casucha de pastor, defendida por seto vivo de arbustos salvajes, erguía su negro y bajo techo de paja, y era el solo refugio en toda esa región alta y solemne. Pequeñas parcelas de tierra, sembrada de cebada y empalidecida por los anuncios de los hielos invernales, manchaban de dorado el fondo oscuro del cerro y aseguraban abundante pienso a las bestias rendidas y hambrientas.

Fue Quilco quien propuso quedarse allí para pasar la noche. Ya no podía más con la debilidad de sus piernas. Se había arrastrado penosamente toda la tarde, y ahora, sus miembros, fatigados y doloridos, se negaban formalmente a servirle. La fiebre le devoraba las entrañas; sentíase cansado, roto, molido. Si sus amigos querían seguir adelante, que se fuesen solos. El se quedaba allí, y ojalá por siempre...

El enamorado Agiali, no obstante su empeño en llegar a los distantes pagos, aprobó la idea, no únicamente por piedad hacia su camarada, sino porque se le ocurrió que por allí podían conseguir el grano que faltaba, y opinó porque se descansase todo el siguiente día en ese punto, para dar reposo al enfermo y poder explorar la región, buscando lo menester. Cachapa, contra su deseo también, y aun sabiendo que, de negarse en complacer al maltrecho, tendría que seguirle aunque reventase, halló convincentes las razones de Agiali y aprobó la idea del reposo.

Uno de ellos haló la caravana y enderezó el paso de las bestias perezosas hacia la al parecer abandonada casita de pastor; mas no bien asomaron a los muros, cuando saltó enfurecido sobre la vieja y carcomida pared del redil un perrillo canijo, lanudo y bullicioso, que hubo de callarse repentinamente al distinguir la faz hosca y malhumorada de Supaya. Detrás del menguado can mostróse en los umbrales un indio de cara redonda, mejillas abultadas por la coca y la expresión idiotizada y embrutecida.

—Buenas tardes nos dé Dios, tatito —saludó Agiali.

Repuso el indio al saludo con una especie de gruñido malhumorado, pero sonriendo tontamente.

—¿Quieres ofrecernos hospedaje por esta noche en tu casa? Hemos de pagarte.

El pastor envolvióles en una mirada detenida y escrutadora, y al punto vio, por las trazas, que esos viajeros venían de la puna, y traían quizá en sus cargas la codiciada chalona, el pescado delicioso, el acu perfumado y nutritivo.

—¿Y qué me han de pagar? —preguntó con recelo.

Agiali púsose a enumerar todos los productos de sus pagos. La experiencia del difunto Manuno le había enseñado que los nombres de los comestibles del yermo daban mejores resultados que los más rendidos ruegos, o las ofertas de pago, o las amenazas. Al nombre del acu, o de los hispis no había valluno que se negase a abrir las puertas de su casa. Solté, pues, delante del entontecido pastor todos los buenos nombres de los comestibles. Y a medida que los enunciaba, una sonrisa enorme le abría más la boca estupenda; y, al fin, les dejó penetrar dentro el cerco del chiquero, que no era otra cosa la cuadra del pastor, y donde nunca debía de haberse guardado ganado, porque la dura paja crecía locamente entre las junturas de piedra de los muros y el desigual y rocalloso piso.

Descargaron las bestias y metiéronlas al corral, sobre cuyas tapias la yerba erguía también sus salvajes tallos. El pastor los dejó un momento solos, y a poco estuvo de vuelta, trayendo en brazos dos pobres manojos de cebada, que distribuyó a las necesitadas bestias.

—Es un real —les dijo entrando al patio, donde los sunichos habían ya dispuesto la cama de Quilco bajo los aleros del techo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Agiali, ofreciéndole su bolsa para que tomara algunas hojas de coca.

—¡Mallcu! —repuso con énfasis el idiota. Y su rostro se iluminó con una sonrisa de soberbia y orgullo.

Porque, en verdad, el solo sentimiento que animaba con su divina chispa esa alma dormida era el orgullo.

Estaba orgulloso de su nombre, o más bien, de su apodo, porque cuando algún habitante del otro lado le llamaba Kesphi, su verdadero nombre, se enojaba. Y quien le viera no alcanzaba a explicarse la analogía o relación que podía existir entre Kesphi —tuerto, canijo e idiota— y un mallcu, cóndor viejo y lleno de tretas, maligno y rapaz.

Fue un hecho notable en la región lo que le puso el sobrenombre que con tanta fiereza ostentaba.

Y sucedió así:

Profunda consternación reinaba en la montaña.

De años atrás, eran contados los días que no se notase la desaparición de alguna res de entre los ganados que en los montes pastaban, y pronto cundió la noticia de que un cóndor viejo (mallcu), feroz y ladino, atacaba los rebaños, sin temor al colmillo de los perros ni a los certeros hondazos de los pastores.

 

Muchos de éstos, haciendo la cruz sobre el escupón, juraron haber visto al mallcu vencer las reses viejas y bravas, sirviéndose de una treta diabólica y audaz. Desde la cima del risco virgen e inaccesible a planta de bestia o de hombre, y donde tenía su habitual morada, o de lo alto de las nubes, escrutaba las laderas de los montes, y al descubrir una res al borde de un barranco emprendía el vuelo en descenso, y al llegar a la altura de su víctima, de un fuerte aletazo la precipitaba despeñadero abajo, y luego, soberbiamente, se iba a dormir la siesta a su cubil inaccesible, para tornar de noche a regalarse con abundante y fresco festín...

Así había desolado la montaña.

Alarmáronse los indios, y en ellos surgió la creencia de que el mismo demonio se ocultaba bajo la piel del mallcu. Y fue repetido con tanta insistencia el absurdo que aun los hacendados concluyeron por participar de esta opinión y a cobrar viva inquietud por la presencia de la feroz ave de rapiña. Para ahuyentarla, organizáronse batidas en regla. Valle y montaña se poblaron con el hórrido fragor de descargas de fusilería y el ladrido de los perros incitados a la lucha se hicieron conjuros, y los brujos (yatiris) pusieron las mañas de sus artes mágicas para destruirla, pero todo en vano. Al día siguiente, o al otro, o al tercero, se echaba de menos la presencia de un buey de una vaquilla, o por lo menos, de una oveja, porque la muy socarrona ave estaba ya enviciada y no quería alimentarse sino de carne fresca y tierna.

Un día. . . ¡Oh, fue el gran día! . . . Un día un pastor joven y aguerrido llevó al patrón de una hacienda la noticia de que el mallcu merodeaba en torno a una majada instalada en una loma vecina al caserío. Armóse el patrón de una carabina, llamó en su ayuda a varios colonos, los colonos llamaron a sus perros y todos fueron al encuentro del audaz mallcu, que volaba con el ojo pegado a la majada aterrorizada. Volaba lentamente, describiendo fantásticas parábolas sobre el fondo luminoso y purísimo de los cielos, y su plumaje negro era como un punto en la vasta planicie rutilante del dombo azul.

El patrón, perito en el manejo de las armas, echóse la carabina a la cara, hizo fuego, y el ave, en línea oblicua, abatióse pesadamente en tierra.

Hombres y perros se lanzaron sobre el caído.

El primer perro que llegó, anheloso de hacer presa, rodó a los pies del mallcu con el cráneo hendido de un picotazo. Los hombres, medrosos, hicieron llover descomunales pedradas sobre el duro plumón del herido, que se defendía de unos y otros repartiendo aletazos, que hacían crujir su sólida armazón y abatía al ser que tocaban.

El patrón, entusiasmado por el bello plumaje del bicho y sabiendo que se habitúan pronto a la esclavitud, ordenó se respetase la vida del cóndor, al que cogieron tras porfiada lucha y lo llevaron a la casa de hacienda, donde lo encerraron en un vasto granero, a la sazón desocupado.

No fue larga la convalecencia del cautivo. Cuando acudió el curandero (kolliri) para examinar la herida, constató con sorpresa que tenía vacío el buche y coligió que su caída fue más efecto de la vigilia que de la avería leve.

El hacendado, gozoso con su presa, ciñó el desnudo y arrugado cuello del ave, encima de su albo collar de plumas tiernas y sedosas, con otro artificial de lana hecho con los colores de la patria enseña, y dispuso que se le mirase con gran acatamiento. Y no había títere que pasase por sus dominios que no oyese de sus labios la fantástica relación de la captura del cóndor ni fuese invitado a admirar las dos bestias que más halagaban su vanidad: primero, un magnífico marrano de raza inglesa, expresamente traído para progenitor y mejora de la menguada raza porcuna, y luego, el temible mallcu, cautivo merced a su coraje y a la invencible firmeza de su pulso.

Y pasaron los días, las semanas y aun los meses.

Humillada la dignidad del cóndor con la oportuna y necesaria mutilación de las guías de sus alas, se le dejó en libertad, y pronto parecieron establecerse cordiales relaciones entre el monarca cautivo y los demás ordinarios y vulgarísimos bichos de corral. Terneros, ovejas, gallos, patos y gansos pasaban orondamente a su vera, sin experimentar temor ni respeto alguno por el destronado rey de los aires y como burlándose más bien de la esclavitud del solitario, quien los miraba discurrir, indiferente y desdeñoso a sus ademanes confiados y altaneros, que sólo revelaban su índole plebeya y su bajo instinto de servidumbre.

Desde lo alto de una pared que había elegido por morada, quizá porque era el sitio más culminante de toda la vivienda pasaba horas y horas contemplando la vasta extensión rutilante de los cielos, tranquilo y resignado al parecer, pero en realidad nostálgico de espacio.

Y distraía su nostalgia siguiendo los pesados andares del puerco, señor y vil, por el que parecía sentir particular afección, pero que no era sino pura codicia porque un día, fuertes ya sus alas y sin que nadie sospechara siquiera tamaño desaguisado, lanzóse sobre la pesada bestia, hincó las fuertes garras en su lomo graso, y sin arredrarse por los horrendos gruñidos del marrano ni las desoladas blasfemias del burlado dueño, testigo impotente del asalto, escaló los aires con su presa y desapareció raudo en el azul, para recomenzar, días después, sus rapiñas, pero más feroces, más arriesgadas pues ya conocía a los hombres y había llegado a adquirir idea de su falsa bondad. . .

Volvió a cundir el abatimiento entre los moradores de la montaña, pero fue de corta duración, porque a los pocos días sucedió la catástrofe definitiva.

Era una tarde hibernal, clara y vibrante de luz. Ni una nube, ni la menor sombra en los cielos. Arriba, fulgurando, las cumbres eternamente nevadas del Illimani; abajo, las cimas de los montes y en lo hondo de la vega, el verde de los trópicos en las huertas de sabrosos frutos y flores de turbador perfume. Ningún ruido humano en la quieta extensión de las alturas, y sólo el golpear de las cascadas, que descienden, espumosas, por el granito de su angosto alfoz, y el gemir del viento en los ralos pajonales, donde pastan pobres y ariscos rebaños de llamas y alpacas.

Kesphi vigilaba aquella tarde su majada.

De bruces sobre el plano de una roca, cuyas hendiduras ennegrecía el musgo, soplaba en su zampoña los aires melancólicos de la sierra.

De pronto oyó zumbido de alas y una sombra colosal se proyectó en el suelo. Las ovejas, juntando las cabezas, hicieron un montón de carne palpitante por la angustia. El perrillo buscó refugio al lado del pastor y se puso a ladrar medrosamente, con el hocico husmeando el cielo. Kesphi levantó la cabeza y vio cernirse al bravío mallcu en lo alto, a unos treinta metros del suelo. Traía las patas extendidas y abiertas las aceradas garras, listas a hacer presa. Su plateado lomo brillaba al sol en sus raudos vuelos, y sobre el cuello se veían lucir los colores de la bandera nacional, paseados por las luminosas alturas. . .

Lento, lento, a cada parábola de su enorme vuelo se aproximaba con desfachatez y sangre fría al montón gimiente de las bestias; y cuando hubo hecho su elección, precipitóse en medio, enredó las garras en el vellón de una maltona, y dando un fuerte aletazo cargó con su presa, sin tomar en serio el ladrar desesperado del menguado can ni las pedradas inútiles de Kesphi, que parecía más espantado todavía por la sin par audacia del mallcu, quien, en brusco impulso, trepó a un lugar vecino al del pastoreo y depositó sobre la roca su presa, yerta por el feroz picotazo que le había hendido y abierto el cráneo.

Kesphi, atolondrado de estupor, de cólera bravía, pero impotente, al verle posar tan junto a la majada supuso que, no satisfecho aún con su víctima, tornaría al ataque para cargar con otra, y entonces su despecho tocó las lindes de la desesperación.

Cogió su cayado, y deslizándose y trepando por entre las quiebras del barranquerío, llegó a unos veinte pasos del glotón, puso un afilado guijo en su honda, y dándole dos vueltas silbantes sobre la cabeza, lanzó el proyectil en dirección al ave con todas sus fuerzas y al mismo tiempo prorrumpió en trermendo alarido, deseoso de que, sorprendida el ave por la insólita acometida, huyese dejando por lo menos la presa. . . Pero ¡cómo fue de enorme su consternación cuando vio que el mallcu se lanzó barranca abajo, no al impulso y abandono de sus fuertes alas, sino rodanda con estrépito en franco sacudón de su plumaje, hasta dar en el fondo, con las alas rotas las patas al aire y bañado en lodo y sangre el blanco plumón de su collar intocado! . . .

Kesphi, aturdido, sin saber aún fijamente lo que había hecho, pero presintiendo la catástrofe, se lanzó barranca abajo también, y tuvo que emplear no pocos minutos hasta llegar a la sima del despeñadero y encontrar allí el tibio cadáver del aguerrido mallcu, que se agitaba aún en leves convulsiones, con el cráneo magullado por el fenomenal hondazo.

Aquella tarde, contra su costumbre, llegó temprano al caserío, conduciendo sobre sus hombros, orgullosamente, los despojos del ave y de la bestia.

Al verle llegar así acudió la indiada al establo, consternada de veras por la inaudita proeza del canijo pastor, y todos reconocieron tener delante los despojos del audaz mallcu.

Las mujeres se precipitaron sobre el cadáver y se pusieron a arrancar el plumón para ahuyentar de sus casa las aves de mal agüero; los hombres le arrancaron los hígados y los pulmones, y se los comieron para adquirir la fortaleza y la perspicacia del ave simbólica.

—¿Y cómo fue?—preguntó el hilacata, haciendo uso de su autoridad.

Kesphi abrió la boca y enseñó su fuerte dentadura de lobezno, pero no articuló palabra. No sabía razonar y era impotente para coordinar algunas frases con lógica ilación.

—¿A palo? ¿A piedra?

Kesphi comprendió y mostró su honda anudada alrededor del talle.

—Eres un valiente: has matado al mallcu. Eres más que el mallcu.

A estas palabras volvió a sonreír Kesphi, pero ahora había orgullo y vanidad en su sonrisa.

Y articuló, apoyando la mano sobre el pecho:

—Sí; yo, Mallcu.

Le quedó el apodo. Y desde entonces todos le llamaron así, y al que por descuido o por olvido le llamaba Kesphi, su nombre, torcíale los ojos y le sacaba la lengua, manifiesto signo de profundo desprecio.

Y nadie se hacía despreciar.

Esta proeza les refirió con torpe frase y media lengua el tonto, cuya vida era simplemente animal, porque no la movían sino los apetitos de la carne.

La montaña y la soledad habían aplastado completamente su espíritu. Jamás se ponía en comunicación con ningún ser dotado de palabra. De tarde en tarde cruzaba por allí algún viajero; pero pasaba de largo, como huyendo de la vecindad de los agentes naturales que allí se ostentaban en toda su grandeza. Y él se quedaba solo con sus pocas ovejas, solo frente a la montaña, solo con sus ruidos, con el viento y la tempestad.

Había cerrado la noche, y una vaga claridad comenzó a dorar las cumbres de los montes sumidos en silencio y oscuridad: era la luna que surgía detrás de un pico del Illimani, rielando en un cielo limpio y tachonado de estrellas. Lejos, en las cuencas de los valles y en la falda de los montes, se encendieron algunos fuegos, como para anunciar la presencia del hombre en esos parajes, cuya grandeza y soledad angustiosa oprimían dolorosamente el corazón.

Los viajeros se dieron a la faena de preparar su merienda.

Uno de ellos, Cachapa, cogió una pequeña chonta que encontró sobre una piedra plana que servía de muela al pastor y, con disimulo, salióse a cosechar en una chacra de patatas que había visto crecer detrás de la casa, a la vera del camino, y a poco regresó llevando en su poncho una buena porción de ellas. Agiali fue en busca de la leña, porque el pastor se mostraba huraño y permanecía de pie a la entrada de su covacha, mirando con gran curiosidad los andares de sus huéspedes.

En uno de ellos Agiali alargó el cuello en el interior de la vivienda de Mallcu, iluminada por un pabilo puesto sobre grasa en roto cacharro, y dijo en voz baja a sus compañeros:

—Este es más pobre que el Leque.

Era el tal un miserable sin más bienes en el mundo que los andrajos con que se cubría.

Cachapa, curioso, se asomó al agujero negro.

Casi nada había en la desamparada vivienda. Un poyo de barro por lecho y encima dos cueros carcomidos y casi pelados, sobre los que el idiota dormía abrazado a su perro; un fogón con una olla desportillada encima, un cántaro con el cuello roto, y, colgados de los muros, una chontilla vieja y dos lazos. Era todo... Quilco, acurrucado contra el ángulo de las dos habitaciones que componían la casa, temblaba encogido bajo su poncho. Hicieron los otros un lecho con las caronas sudadas de las bestias, se arroparon con mantas, agruparon en su torno los costales de semilla, dieron un último vistazo a sus animales y luego de sorber su caldo y mascar un poco de coca tendiéronse a dormir.

La luna, en su plenitud, brillaba en lo alto del cielo, limpio de nubes, y velaba el fulgor de las estrellas, que parecían agonizar en ese horizonte de claror indefinible.

Repentinamente, en medio del silencio infinito de la montaña, agrandado quizá por el lento y perenne golpear de las cascadas, surgió un largo fragor de trueno que despertó sobresaltados a lo sunichos. Supaya y el perrillo del pastor, apoyadas las patas delanteras contra el cerco de piedra, ladraban con la cabeza tendida hacia la blanca montaña.

El trueno, largo, sordo e inacabable, parecía surgir del seno mismo del nevado. Volvieron hacia allí los ojos y vieron diseñarse sobre la inmaculada albura de su flanco una brecha oscura, que poco a poco fue creciendo y ensanchándose por su base, en forma de ángulo, a la vez que las negras faldas se vestían de blanco; era como si un lienzo se desprendiese del cuerpo de la montaña y rodase por sus pies para mostrar la conformación de su recia musculatura de piedra.

—¡Es una avalancha! —dijo el tonto desde el fondo de su agujero, con la tranquilidad del que está habituado a los accidentes de la Naturaleza.

Al día siguiente, Quilco amaneció peor y tuvieron que demorar en casa de Mallcu hasta mediodía, hora en que, a paso de procesión, emprendieron la marcha por las alturas para dirigirse a la hacienda de Phinaya al pie mismo del nevado, donde les dijeron unos viajeros que habrían de encontrar grano a precio relativamente bajo, por ser abundante en esa región.

Llegaron al anochecer y se alojaron en casa de un indio de holgada apariencia, que prometió proveerles de todo lo que necesitaban; pero al otro día, al distribuir el pienso a la recua Agiali echó de ver que faltaba una de las mejores bestias de carga y puso el grito en el cielo creyendo que se la habían robado; mas Kalahumana, su casero, le aseguró que en la comarca no había ladrones y que debiera haberse soltado en la noche para ir a ramonear por los campos vecinos.

—¿Y cómo era tu mula? —le preguntó, demostrando tomar parte en su infortunio.

—Era. . . ¡No; yo la he de encontrar! Lo único que les pido es que me ayuden -repuso evasivamente y mirando con afán el suelo.

—Como quieras —contestó Kalahumana sin dar importancia a la evasiva de Agiali.

—Quilco puede quedarse con las bestias; Cachapa que vaya a buscar por los alrededores, y tú, si eres bueno, sígueme, porque aquí veo las huellas de mi mula—, dijo sin levantar los ojos de la tierra.

Se dispersaron.

Agiali, siempre con los ojos en el suelo, como un sabueso, iba delante, cerro arriba, sin detenerse, cual si en tierra hubiese descubierto alguna señal conocida para él. En los trechos rocallosos se detenía, al parecer desorientado; se bajaba, iba a un lado, luego a otro, volvía a su punto de partida y al fin echaba a caminar al cabo de algún tiempo, seguro de sí mismo.

—Pero ¿dónde crees que haya ido por acá? —le preguntó el casero con cierta desconfianza.

—No sé, pero por acá ha ido; conozco sus huellas.

—Será mejor preguntar por aquí —dijo, señalando una casita levantada a la orilla del empinado sendero y dirigiéndose a ella.

A poco apareció sonriendo socarronamente:

—Tienes razón. Dicen que esta mañana, al amanecer, ha pasado un pastor conduciendo una recua a la apacheta. Llevaba consigo una bestia desconocida: negra, frontina. . .

—¡Mi mula! —le interrumpió Agiali, radiante—. ¡Si ya sabía que vino por acá!...

—Entonces ya no tienes necesidad de mí. Sigue el rastro, y si lo pierdes, pregunta por el pastor Walpa, que es quien lleva tu mula. . . Tienes que andar un poco, es lejos, allá arriba. . .

Y con el brazo señaló la blanca montaña que se erguía serena, majestuosa y radiante, bajo el cielo azul.

—¿Y por qué no vienes conmigo?

—Si me dieras algo. . .

Me queda un poco de hispi, ¿quieres?

¡Que si quería! Al fin del mundo iría él por tan preciada cosa. . .

Llegaron a un plano, en la coronación de una lomada que servía de era a los montañeses de la hacienda. Sus vertientes, suaves de un lado, caían hoscos al costado hasta perderse en la hondura donde estaba la casa de hacienda, parda y chata, a la sombra de negruzcos eucaliptos, sobre un campo verde de alfalfa.

En la era esperaban las hacinas, y las aves —tórtolas, gorriones, kellunchos, torcaces y jilgueros— piaban, abatiéndose por bandadas sobre el grano, impávidas ante la presencia de los peones, que, sentados en un desmonte, mascaban coca esperando el mediodía, hora en que el viento sopla con fuerza sobre esas alturas, para aventar el grano batido que el sol tostaba en la parva. Yacían mudos, silenciosos, graves, y cada uno tenía junto a sí, recogidos en canastos de mimbre y carrizo, los pequeños enseres de madera fabricados por sus propias manos.

Se detuvieron un instante para juzgar la calidad de la cosecha y ver si la espiga había alcanzado su total madurez, y luego de cambiar frases breves con los peones, prosiguieron, monte arriba, su ruta, a cada instante más penosa por la sutileza del aire, cada vez mayor a medida que ganaban la altura.

—¿Está lejos todavía?; —preguntó Agiali deteniéndose en un recodo para respirar con algún desahogo.

El montañés señaló con el dedo la región de las nieves.

—Todavía. Pero no mucho. Cerca de la nieve, en una hondonada.

El mozo ya no podía más. Latíale el pecho con fuerza inusitada, zumbábanle los oídos y le parecía que el aire había huido de esas alturas, desalojado por la gigantesca masa del nevado.

La soledad era impresionante allí. No había huella de habitación humana ni rastro alguno de vida animal. Por todas partes la roca viva a flor de tierra, el musgo renegrido y haces de paja en las hiendas de la piedra calva y casi brillante a los rayos del sol.

El más pequeño ruido insólito adquiría una sonoridad extraña y patética en las oquedades. La atmósfera era de una transparencia indescriptible. Los objetos más lejanos destacaban nítidos sus contornos, y la mirada se extendía hasta tropezar con la curva del cielo y la bruma de la tierra, confundida en una línea azul. Y bajo la bóveda, jalonando el horizonte, alzábanse las cumbres de los cerros —rojas, pardas, amarillas, ocres, azules— hasta acentuarse y diluirse en los confines, junto a una raya rutilante, más allá de una enorme mancha roja salpicada de puntos blancos y brillantes.

—¿Sabes lo que es aquello, allá, en el confín? —preguntó el montañés apuntando a esa mancha.

Agiali volvió los ojos hacia el punto señalado, y dijo sin vacilar:

—Es la ciudad.

Kalahumana le miró con asombro.

—¿Y aquello? —añadió, mostrando la raya diamantina que era como pincelada de luz en el espacio.

—¡Toma! El lago . . . ¡Mi tierra! —suspiró el mancebo con el pecho palpitante de amor.

—¡Qué ojos tienes!

Y Kalahumana, que a un centenar de metros solía distinguir, sobre la negra peña, las garras negras de un cóndor, sintió, por la primera vez, envidia de otro hombre.

Agiali sonrió y le dijo que había nacido al horizonte sin fin de sus pampas, donde los ojos, como ahora, no tropiezan sino con el azul.

Al cabo de una hora llegaron por fin al límite de las nieves perpetuas, un vasto glaciar que avanza por las faldas del monte, hasta detenerse al borde de la roca cortada casi a pico sobre el lomo de la última cumbre, en que venía a morir el infinito escalonamiento de montes, cuyas cimas alborotadas iban a rendirse todas a los pies del nevado inaccesible.

Allí vio Agiali un fenómeno extraordinario, cuya causa nunca pudo explicarse, porque jamás llegó a sospechar que los ventisqueros, a semejanza de los ríos, tuviesen su movimiento de avance y la fuerza suficiente para trasladar peñascos de lo alto de las cumbres a lo hondo de los valles.

Vio —y apenas podía dar crédito a sus ojos—posados sobre finos pilares de hielo azulado y casi transparente, enormísimos peñascos de pizarra negra. Estos pilares, así coronados o simplemente lisos, que a veces tomaban esbeltez de columnas, yacían en toda la extensión del ventisquero menos en las orillas de un laguito circular cubierto por una cepa de nieve que, derretida en sus bordes por el sol, oscilaba rítmicamente con el viento como un péndulo.

El ventisquero, visto desde lejos, daba la impresión de un río de leche petrificada pero de cerca era un caos de cosas blancas, cerrado en los costados por dos murallas de granito. En su ondulada superficie se abrían grietas insondables, y la nieve adquiría coloraciones azuladas y verdosas, por donde chorreaba el agua transparente. Y ruidos extraños, ruidos como de cristal que se quiebra, surgían de los abismos de esas grietas, que parecían palpitar con una vida vigorosa y que fuera hostil a la vida humana.

—¿Y dónde pueden pastar las bestias por aquí? —preguntó Agiali repentinamente, invadido de un miedo incontenible frente a la grandeza de esa masa blanca y viva.

El otro, sin responder, le señaló el muro lateral que cerraba el ventisquero, indicándole que al otro lado de él se encontraban las bestias.

Así era, en efecto.

Un poco más abajo de las nieves, en otra vasta ondulación, surcada en medio por un torrentoso arroyo de aguas cristalinas, había un prado verdoso, donde pacían numerosas majadas de alpacas, llamas y ovejas. Pequeños remansos y laguitos de fondo esmeraldino servían de refugio a bandadas de gaviotas y gansos silvestres, cuyos albos plumajes parecían retazos de nieve desprendidos de la montaña.

Allí, entre una recua de asnos y caballitos de pelaje lanoso, estaba la mula de Agiali, quien tornó al lado de sus compañeros radiante por el hallazgo y por huir de la vecindad de esos parajes, en que el hombre ni aun alcanza a tener traza de gusano.

Cinco días anduvieron Cachapa y Agiali por las haciendas comarcanas, sin poder completar su cargamento de grano, pues los colonos preferían venderlo en la ciudad, donde alcanzan precios subidos, ya que nada significa para ellos las fatigas del viaje si han de obtener algunos céntimos de beneficio.

—Vayan a Collana—les aconsejó Kalahumana—, y allí conseguirán lo que necesitan. Esos indios siempre tienen buenas cosechas y prefieren venderlas en plaza.

Y como Agiali repusiese que no conocían la región, el montañés les dio detalles sobre el camino que debían seguir.

Era fácil. Bajar, cuesta adentro, hasta el valle de Quilihuaya, tomar la otra banda del río y subir la cuesta de Tacachía. En las alturas estaba el pueblo, en las faldas de una lomada, y del pueblo a la ciudad la jornada era cómoda y corta: apenas medio día de viaje.

Los sunichos temblaron a la sola idea de meterse otra vez en la garganta de los montes, y sobre todo, atravesar ríos ahora que el cielo volvía a encapotarse hacia el poniente. Ya estaban verdaderamente hartos de aventurarse en peripecias riesgosas y llenos llevaban los oídos con el ruido de los torrentes enfurecidos. Ellos anhelaban el horizonte desnudo de sus pampas, la claridad indefinible de su cielo vasto. . .

Kalahumana les tranquilizó. Sólo debían atravesar una vez el río y el valle no quedaba lejos.

Con esta seguridad partieron los cuitados, satisfechos de acortar la distancia que los separaba de sus pagos, e hicieron jornada breve, porque llegaron a Tacachía cuando el sol se hundía tras los elevados montes del poniente.

La playa era relativamente angosta y la hacienda ocupaba las faldas de los cerros que en ese punto se echan atrás, dejando un gran plano sobre el río, lleno de huertas de duraznos, manzanos y un viñedo.

El río había roído el terreno de las huertas, que en algunos puntos quedaban a quince y veinte metros de altura y los árboles colgaban en medio del acantilado, con las raíces prendidas en tierra y la cimera volcada hacia la corriente.

Un senderito discretamente abierto en un hueco del acantilado conducía a la huerta de manzanos, y tomaron por él los viajeros, decididos a pedir hospedaje en el primer rancho que encontrasen.

La huerta, baja y enmarañada ofrecía aspecto de abandono e indolente descuido. Los árboles, cubiertos de salvajina, inclinaban sus copas chatas al peso del parásito. Parecían viejos, enanos. Entre las luengas crines o surgiendo de ellas brillaban al sol los colores encendidos de las pomas. El piso, plano igual y gredoso, mostrábase en partes desnudo de vegetación y empedrado del fruto que el viento había arrancado de los árboles y se pudría allí abandonado. Entre la salvajina y la fronda colgaban nidos de aves y los bolsones blancos de una casta de mariposas de cuerpo ventrudo y afelpado, alas bicoloras, rojo y negro, y patas gruesas. Eran tantos que los árboles parecían producir insectos, pues cada bolsón, hecho de hojas enroscadas y cubiertas de una gasa de hilos de seda blanca, contenía una asquerosa larva . . .

Casi toda la huerta estaba invadida por los voraces insectos. Se les veía revolotear sueltos o acoplados en crisis de amor, alrededor de las flores silvestres penderse de los frutos para devorar la miel que contenían las deyecciones de las aves, avanzar por las ramas con las alas temblorosas y convulsas.

En medio del pomar, en un claro de la maraña, encontraron los viajeros una casucha de barro, con techo de paja y rodeada por un maizal alto, que en partes se había acamado por el grosor desmesurado de las mazorcas. En la cocina, con paredes de cañahejas recubiertas de barro y con techo de paja, sobre el que un zapallo había colgado sus hojas redondas y amplias y sus frutos verdosos, merendaba la familia; el padre, alto, grueso y viejo; el hijo, mozo y enclenque; dos muchachos casi desnudos, y la mujer, blancona y opulenta.

Adelantóse Quilco, y con tono humilde y rendidas maneras, pidió hospedaje por esa sola noche, pues se sentía empeorar y deseaba descanso.

El valluno los recibió de mala manera. Estaba ocupado en las vendimias de la hacienda y no le hacía gracia ofrecer hospitalidad a tipos de la calaña de los sunichos, pobres, codiciosos y ladrones.

—¿Y qué traen ustedes? —les preguntó, rascándose la cabeza de muy mal humor.

—Un poco de semillas, tata.

—¿Y me han de comprar manzanas?

- No podemos. Hemos venido por cuenta del patrón. . .

—Entonces no me convienen—dijo el valluno con sequedad.

—No seas malo, tata—rogó Agiali—. Nos bastará un rincón de tu corral para nuestras bestias y el alero de tu techo para nosotros. Si no quieres alojarnos en tu casa, déjanos dormir en la huerta.

El valluno volvió a rascarse la cabeza, indeciso, y repuso tras breves momentos de vacilación:

—Sus bestias harían daño y ustedes robarían manzanas de mi huerta, y eso no me hace gracia.

No, tata —repuso Agiali humildemente—; nosotros mismos hemos de segar hierba para la recua y no te hemos de robar fruta como crees.

La hembra grasa tomó aparte a su esposo, y le dijo:

—No los eches. Que uno de ellos te supla dos o tres días en el trabajo y tú puedes ir a la ciudad a cobrar tu deuda.

El valluno encontró razonable el consejo de su consorte, y volviéndose hacia los viajeros les dijo, cambiando de tono:

—Si quieren pueden quedarse aquí en casa, pero a condición de que entraban sus bestias y uno de ustedes me supla en el trabajo de mañana. Es fácil; no hay más que cortar uvas y trasladarlas al lagar. Estamos vendimiando y pueden atracarse de ellas y trasladar el resto al lagar...

Aceptaron el trato los sunichos; y esa misma noche, conseguida la licencia, partió el valluno en pos de su atrasada deuda.

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El Autor de la Semana © 1996-2001
Facultad de Ciencias Sociales
- Universidad de Chile
Selección y edición de Textos: Oscar E. Aguilera F.