Alcides Arguedas

Selección


Raza de Bronce

V

Rayando el alba despertóles la mujer del valluno para pedirles fuesen a cosechar mazorcas en un maizal alga distante de la casa, pues los pequeños debían estar antes del amanecer en la viña, donde llenaban faenas de espantajos, y el mayor había marchado con su padre a la ciudad. Recibieron con agrado la comisión y se encaminaron al través de la huerta, por entre un almarjal, al maizal lejano.

Hacía frío y era la hora en que cuaja el aljófar. Aún chirriaban los grillos y la brisa estaba saturada con hálitos de flores silvestres.

Ya, al marchar por la huerta, se dieron los sunichos un buen atracón de duraznos y manzanas, que un insólito viento de tempestad había hecho caer en la noche. Y aprovecharon su aislamiento para reunir en un poncho una buena provisión de frutos, sin más trabajo que bajarse y recoger los del piso. Llegados al maizal, fue un segundo atracón de cañas. Arrancábanlas con glotonería insaciable, y después de despojarlas de sus mazorcas chupaban las varillas, apretujándolas con sus fuertes dientes de lobos, y bebían el azucarado líquido con fruición indecible. Les parecía que una vez en la huerta tenían derecho a saciar su apetito, romper sus privaciones de toda la vida, ya que esas cosas deliciosas estaban al alcance de sus manos y no había alma viviente que les privase de gustarlas.

Volvieron a la media hora, después de haber ocultado su rapiña en lo espeso de un cañahejal que crecía, impenetrable, al borde de una acequia. La dueña les dijo:

—Han tardado mucho; probablemente, se han atracado de huiros. Hacen mal puede que los atrape la terciana.

Cocidos los choclos, los ató en su tari y entregó el retovo al que debía suplir al amo ausente.

Fue Agiali quien se prestó voluntariamente para la faena del día, y por consejo de la casera le acompañó Cachapa, porque le aseguró que como había mucho trabajo, el mayordomo le pagaría tres reales por la jornada. Marcháronse, pues, los dos, y cuando llegaron a la viña, vieron que eran los primeros en llegar.

El sol, ausente todavía del valle, doraba los picos de los cerros de Occidente. Las aves cantaban bullangueras y había rumor de alas en la floresta. Una escarcha fina perlaba las hojas de los alfalfares y humedecía los pies de los pasantes. El viñedo, inmenso y empalidecido, estaba desierto. En medio se erguía la atalaya de los pajareros, hecha de carrizos, junto a la choza de paja y mimbre, que ocupan los pastores desde que endulza la uva hasta el momento de la vendimia; de su cono se alzaba una columna de humo recta y fina, como el tronco azulado de una palmera.

Una chicuela, de pie sobre la atalaya agitaba su latiguillo haciendo restallar el ñudo que lo remataba, hecho con la fibra de agave, sedosa y blanca.

Los sunichos, al verse tan al alcance de la codiciada fruta, sufrieron una especie de atolondramiento.

Las cepas empalidecían al sol, cuyos besos ardientes arrancan fuego de las piedras, y ya sus hojas amarilleaban por el largo estío. Colgaban los racimos pesadamente, rindiendo a las débiles ramitas o descansando en el suelo, y ostentaban sus granos, opacados por una especie de polvo. Las higueras agitaban sus grandes y elásticas ramas, cargadas de fruto, sobre el que se abatían las aves con feroz insistencia, picoteándolos todos sin acabar ninguno. . . Cuando la bandada crecía hasta poblar el espacio con sus gorjeos, el pastor dirigía un hondazo a las cimeras desde su atalaya, y entonces las glotonas bestezuelas remontaban el vuelo para buscar refugio en la huerta lindante, interrumpían su gritería y tornaban a poco, más tenaces y mas destructoras.

-¡Higos! Yo creí que se daban en árbol bajo—dijo Cachapa, que era expansivo y no sabía disimular sus impresiones.

Agiali, sin responder, estiró la mano, cursó una rama y arrancó un higo, el más grande, el más negro, el más lucio; mas apenas hubo mordido en el fruto lo escupió haciendo un gesto.

—¿Malo?

—Quema; parece de fuego.

En ese momento apareció el primer jornalero.

Traía pendiente de su brazo una canasta y dentro las tijeras de podar. A poco llegaron los restantes.

Eran como cuarenta y venían mascando coca o engullendo retazos de carne con maíz tostado. A eso de las siete, y cuando el sol descendía al valle, apareció el administrador. Montaba una yegua zaina y de la muñeca le pendía un grueso y flexible rebenque.

—¡A la faena! ¡A la faena! —ordenó—; hoy acabamos de vendimiar.

Los peones se despojaron de sus ponchos, se ajustaron al talle las fajas y empuñaron sus herramientas.

—¿Son ustedes los que han venido en lugar de José? —interrogó el empleado viendo a los dos puneños, que permanecían aún emponchados y medio corridos por la malicia con que los miraban los comarcanos.

Sí, tata.

—¿Y saben vendimiar?

No, tata.

El empleado se molestó:

—Si se les deja a estos animales, han de estropear la viña; más vale hacerles pisar uva.

Fueron enviados al lagar, pero a eso de mediodía ya estaban deshechos los novicios. El calor les sofocaba y dentro del lagar no sabían qué hacer. El caldo pegajoso de la uva les producía mareos y un malestar indefinible en la cabeza.

Las moscas revoloteaban incansables alrededor del torno, muchas caían, borrachas, sobre la pegajosa masa. Del techo pendían anchas cortinas de telarañas, cuajadas con los despojos de moscardones, cucarachas y gusanillos, en medio de los cuales yacían inmóviles las arañas, ventrudas y con sus patas gruesas y peludas. Una luz indecisa y escasa se cernía por una ventana, guarnecida de sólidos barrotes, abierta en el grueso muro, sin conseguir ahuyentar las sombras adueñadas de los rincones.

Chirriaba el torno al aprensar la masa; cantaba el mosto cayendo sobre los anchos y robustos tinajones de cinc, y se oía fuera el alborotado cacareo de las aves caseras, sueltas en el vasto patio de la casa, donde jugueteaban los chicos de la servidumbre arrastrándose sobre el suelo cubierto de verde pelusilla.

—¿Tienes hambre? —interrogó a su compañero Agiali, apenado porque su calzón nuevo había cogido miel.

—Me estoy muriendo.

Llegó la hora de la merienda, y fue una fruición para los maltrechos sunichos el poder estirar sus enmeladas piernas a la vera de un arroyo que corría murmurador, besando las robustas raíces de una vieja ceiba, cuyas flores habían tapizado de rojo el jugoso césped...

Frugal fue la merienda: cuatro choclos cocidos, un poco de chuño, manzanas e higos, mas no bien hubo devorado Cachapa su ración, huyó a la huerta, sin ánimo de cobrar su jornal, y decidido a pagarse, con la fruta de cercado ajeno, su trabajo de medio día.

Encontrábase el rebelde verdaderamente nostálgico del limpio horizonte de las llanuras. Ese aire cálido e impregnado de perfume de azahares no cuadraba a sus pulmones ni era grato a sus oídos el sordo mugir del río, que le recordaba incesantemente el fin trágico del pobre Manuno.

Quedó en la huerta, oculto en la maraña y hartándose con fruta, hasta el atardecer, y distrajo su ocio interesándose con rara obstinación en las aves, en las plantas y en los insectos. Le entusiasmó seguir los afanes del pico (carpintero), ave de fuerte garra y recio pico, que vive mal golpeando y taladrando los troncos, barrenándolos con suprema habilidad.

Entretanto, había vuelto al trabajo Agiali de muy mal talante y llenaba su faena con pereza, furiosamente arrepentido de haberse prestado a suplir a su casero cuando bien podía a esa hora estar merodeando por las huertas, libre de fatigas y ahíto de frutas escogidas y abundantes.

—¿Qué tiene ese hombre? Parece que está enfermo —dijo en ese momento el patrón entrando al lagar.

Era un hombre de cuarenta o más años, alto, grueso, moreno, de nariz aguileña, ojos pequeños y cenicientos, bigote y ceja poblados.

—No sabe trabajar, señor; es la primera vez que viene al valle.

El patrón, con el entrecejo fruncido, se volvió hacia Agiali.

—¿De dónde eres?

—Del lago.

—¿Quién es tu patrón?

—El caballero Pantoja.

—Entonces tú has de saber servir, porque conozco a tu patrón y sé que nunca gasta servidumbre fuera de sus pongos. Anda, pues, a ayudar a la señora, y que el pongo de casa venga a reemplazarte en el lagar.

Agiali se fue a la galería, donde la esposa del terrateniente, esbelta, pálida, de ojos infinitamente tristes y piadosamente dulces, desmochaba maíz acompañada de algunas indias, sentadas en torno a una enorme hacina de mazorcas secas, y recibió la orden como una liberación, que bien pudo ser su sentencia de muerte, si la fortuna no se le hubiese mostrado propicia en esa tarde indeleble en su memoria.

La aventura que hasta su muerte no pudo olvidar aconteció así:

Días atrás, concluido el yantar, la familia del terrateniente había dejado el comedor y fue a sentarse en los poyos circundantes del largo patio, embellecido por un jardín central, donde un frondoso naranjo, un ciprés de copa torcida y un pimiento cuajado de fruto ofrecían cómodo reposo a las torcaces y a los mirlos, que aún entre las luces del crepúsculo ensayaban sobre el techo de paja sus últimos gorjeos. De barro eran los poyos, pero en los ángulos estaban cubiertos de grandes y anchas losas sin pulir o pulidas por el uso, sobre las cuales, en tiempo de cosecha, se ponían a secar las frutas mondadas, o se muele el maíz tierno para las humintas, después de borrar de su superficie las huellas que dejan las aves de corral, en sus devaneos amorosos o sus querellas con odio, aunque sin rencor.

La madre, como de costumbre, ocupó su asiento, tibio aún por los rayos del sol, junto a la puerta de la sala, al pie de un limonero cuajado de azahares y de frutos verdes y maduros a la vez púsose a la diestra su primogénito, bachiller en letras, mozo de quince años, alto, paliducho y de rostro serio; a la siniestra, el del medio, que daba ocupación a las manos tallando el mango de un bastón de jamillo, y fuese el más pequeño, del brazo del padre, al establo para ver la distribución de alfalfa a las bestias de servicio y ayudar, si cabe, al recuento de las aves, reacias siempre a cobijarse bajo de techo, donde quedan libres de la garra del gato montés, ávido de carne fresca.

Tarde tranquila y de indefinible dulzura. Del follaje de las huertas aledañas venía el postrer gorjeo de las aves, cuyos fuertes aletazos se escuchaban entre el incesante trinar de gorriones instalados ya entre la espesura de la querencia; zumbaba en el aire el élitro de los insectos nocturnos; los gusanos de luz "gotas de luna", rayaban las sombras con el brillo de sus alas, y los murciélagos vagabundeaban por el cielo, en vuelo bajo, rozando con sus alas de pergamino el ramaje de los limoneros y haciendo caer lluvia de azahares marchitos. . . A lo lejos, el río cantaba su enorme y larga canción de espumas.

—¡Un cuento, mamá, un cuento!

Y en tanto que la pálida matrona, de aire modesto y enfermizo, aliviada por entretenidas lecturas, urdía algún cuentecillo inocente con que colmar la despierta imaginación del rapaz, el mayor de los mozos, perito ya en la lectura de Julio Verne, dirigía los ojos por sobre la colina arboleada, a cuyas faldas parecía soñar la casa de hacienda, para fijarlos, ya en el cielo enrojecido por el crepúsculo, ya en el monte alto y desgarrado que se alzaba al fondo como una muralla, y entre cuyos peñascales hallaban reposo los cóndores y cómoda guarida las vizcachas.

Era este cerro el último eslabón de una cadena de montañas cortadas en medio por el río de Palca, angosto como un sajo. Uno de sus costados moría en saltos bruscos sobre el río; el centro se desgajaba, casi perpendicular, sobre una planicie, al pie de la cual se erguía la casa de hacienda en medio de huertas de higos, limoneros, granadas, pakaes y duraznos, y el otro costado se cortaba también en sajo sobre un callejón de paredes rectas, por el fondo del cual corría un arroyo de aguas escasas en invierno, dividiendo en dos partes el plano, lleno de oteros, altozanos y plataformas, que constituía la hacienda.

Mirando la cumbre del cerro desde las honduras del valle, se le veía a una distancia fantástica, cual si allí concluyese el espacio o estuviesen asentadas las bóvedas del horizonte; pero por el callejón, y poniendo raya negra en la púrpura del cielo crepuscular, volaban los cóndores o se posaban en las crestas de los peñascales, inmóviles, hasta que las sombras se hacían densas.

Decían los indios de Collana, famosos montañeses hechos a trepar riscos, que desde el otro lado de la cuesta veíase en medio del despeñadero alzado sobre el abismo una honda cueva donde anidaban los rapaces bajo la protección de un mallcu, y la noticia traía caviloso al estudiante, que en las tardes, desde el poyo de su casa, se la pasaba con los ojos fijos en la cuenca, siguiendo el vuelo lento de los animales y con el propósito firme, que llegó a poseerle con la cruel fijeza de una obsesión, de matar algunos para disecar sus pieles y venderlas a los indios, que las buscan con interés y las pagan a buen precio, para disfrazarse con ellas en las festividades de su devoción.

—Papá, regálame el Zorro —le dijo, al fin, un día el bachiller a su padre.

El Zorro era un asno envejecido en servicio de la hacienda. Durante diez años, una vez por semana, había trillado los cuarenta kilómetros que separan el fundo de la ciudad, cargando en sus lomos la fruta de las cosechas en primavera, la dorada uva de las vendimias en otoño y el maíz seco o el vino mosto en invierno, y el propietario lo conservaba en gratitud de sus humildes servicios, dejándole vegetar junto con las demás bestias útiles de la recua.

Tenía el Zorro un color indefinible, entre pardo y rosillo, como si el polvo del camino hollado en diez años de ajetreo se hubiera infiltrado en su piel dándole ese color raro de las cosas viejas.

—¿Y qué has de hacer con el Zorro? —preguntó con indolencia el terrateniente.

—Una cosita, papá. Regálamelo, pues ya no sirve, y no me preguntes más.

—Te lo regalo.

No lo dijera el caballero, pues al punto lanzóse el bachiller a la sala y a poco apareció cargado de su enorme escopeta de dos cañones y de atacar por la boca; traía al costado la bolsa de municiones fabricada por su madre y una jáquima con lazo en la diestra.

—¿Qué has de hacer con todo eso? —preguntó el padre, un poco intrigado y pesaroso ya de haber consentido en el obsequio.

—Una cosita, papá. . . Te lo diré mañana . . .

Y huyó el demonio para evitar indiscretas preguntas, ansioso de sorprender a todos con sus hazañas.

A la salida del callejón, bajo la sombra de un emparrado y junto a la acequia, encontró a su pequeño hermano, que se entretenía en poner diques a la corriente. Le dio la jáquima y se lo llevó consigo al alfalfar.

Allí pastaban las bestias en grupo, bajo el ojo vigilante de dos harapientos rapaces provistos de hondas, y que prorrumpían en grandes gritos cada vez que las bestias avanzaban más allá de la línea indicada por el patrón. Holgaban en medio alfalfar o entre retamales fraganciosos, con las panzas hinchadas; y muchas, ahítas de rumiar, dormían la siesta a la sombra de una coposa y corpulenta ceiba, cuyas flores encarnadas tapizaban el suelo ahora pelado e igual.

El Zorro reposaba bajo esta sombra.

Como su edad ya respetable y la hinchazón de sus patas no le permitían quedar mucho tiempo en pie, dormitaba con la cabeza yerta y recogidas bajo del vientre las nudosas patas. Se le aproximaron sin que intentase huir, como las demás bestias; le pusieron la jáquima y le obligaron a levantarse.

El asno se puso en pie perezosamente y a los jalones que el muchacho daba del ronzal comenzó a moverse, paso a paso, lentamente, con la cabeza inclinada, las orejas gachas, el continente cansado y humilde.

Era el atardecer. El sol brillaba en el cielo, próximo a esconderse tras el elevado monte; a lo lejos se escuchaban los gritos de los pastores que en huertas y viñedos ahuyentaban a las aves sacudiendo tambores o haciendo reventar sus fuetes estrepitosamente.

Atravesaron una huerta de manzanos y, cerro arriba, tomaron la cuenta que en pronunciado zigzag va hasta la lejana y alta cumbre. Zorro, al notar que le conducían por un camino distinto al de la querencia, se detuvo y probó empacarse, como para advertir a sus conductores que se equivocaban de ruta pero un par de fuetazos dados con la espinosa rama de un algarrobo le hizo doblar el lomo como un arco y lo redujo a la obediencia. Siguió adelante, mustio y perezoso; y como ya no tenía costumbre de subir cuestas, a poco andar comenzó a ponerse más pesado y más flojo. Estiraba con tiento las patas, como para ver dónde iba a ponerlas el sudor le bañó los flancos huesudos, sus ijares, de tanto resoplar parecían fuelles, y se detenía a tomar aliento cada diez pasos.

Una hora o más duró la pesada caminata y llegaron a la meseta cuando el sol se había escondido tras la montaña y el valle estaba iluminado con los últimos reflejos del astro, que aún doraba los cerros de la banda opuesta del río.

Al ver el estudiante que Zorro ya no podía más y considerando que de intentar subir al primer tramo del monte es cogería la noche, que en los valles hondos de la sierra se viene apenas puesto el sol, hizo que el rapaz se desviase un poco del camino hacia la rinconada donde los flancos del cerro caen como paredes sobre la meseta, y se internaron por en medio de los cactos y espinos gigantescos que crecen en ese suelo torturado por peñones y lastras rodados de la hosca muralla. Se detuvieron junto a un cerco de piedras, en cuyas junturas crecían plantas silvestres de vistoso aspecto y penetrante perfume, y sólo se oía el canto armonioso, pero estridente de las calandrias. . . Zorro molido por el paseo insólito, dobló las temblorosas y deformes patas y se dejó caer pesadamente en tierra. Estaba bañado en sudor y las fosas de su nariz se dilataban y recogían con el resuello.

Sentóse el mozo sobre un cerco de piedras y cebó su vieja escopeta. Cuando hubo atacado la doble carga de perdigones, echósela a la cara e hizo puntería bajo la oreja del asno. Zorro, como si adivinara la intención matadora del estudiante, volvió en ese momento la cabeza y se quedó inmóvil, mirándole fijamente con sus ojos hundidos y cansados. Se estremeció el mozalbete, pues era algo sentimental, creyó leer en la mirada de la bestia vieja una súplica. Y bajó su arma, turbado de un miedo y de una piedad que hasta entonces jamás había sentido por las bestias.

—No; no puedo. ¡Pobrecito!

—¿Quiéres que le mate yo? —preguntó el minúsculo hombrecillo, lleno de atrevimiento inconsciente.

—¡Qué disparate! Lo harías sufrir.

—¡Sí, sí, yo le mato! —repuso el pequeño dándoselas de hombre hecho y derecho.

—No; hazlo parar más bien.

Descargó el rapaz una patada en las costillas de Zorro, y éste se alzó de pie dio dos perezosos pasos y se puso a pastar la hierba que crecía entre la rocalla derrumbada. Al ver esto enternecióse más el bachiller, y dominado por la pena, pensó desistir de sus fatales propósitos si la idea de la segura ganancia no le decidiera a mostrarse valeroso y despiadado. Apuntó por segunda vez, y ésta sin esperar mucho tiempo, dio un firme apretón al gatillo, mas el tiro no partió. Se había olvidado amartillar el arma y tomó el olvido como un anunció de la Providencia para respetar la vida de un ser que en luengos años de trabajo había adquirido el incontestable derecho de morir cuando buenamente le llegase su hora.

—¡Yo le mato! ¡Yo le mato!—insistía el rapaz frente a la indecisión de su hermano.

—¡No, hombre! —repuso el otro con cierto mal humor por la crueldad del pequeño.

Y seguramente dejara con vida al menguado pollino si por desgracia para él no acudiesen en ese instante a la memoria del colegial las ideas generales de una teoría aprendida en uno de sus libros y según la cual la vida no era sino un combate rudo e incesante en todos los elementos de la Naturaleza y entre todos los seres vivos de la creación: una cruel y enorme carnicería en que los más fuertes vivían a costa de los menos fuertes. Y pensó (acababa de pasar su examen de filosofía escolástica): los cóndores se comen a las reses útiles y son dañosos; para matar cóndores hay que ofrecerles carroña, luego...

Preparó el arma hizo puntería parapetándose en el cerco de piedras, cerró los ojos y apretó el gatillo.

Una fragorosa detonación turbó la paz del crepúsculo e hizo huir de espanto a las aves que gorjeaban quedamente en sus nidos. Abrió los ojos el desalmado y vio al viejo borrico caído de costado, con las patas temblantes y rígidas, tendido el cuello. Un hilillo de sangre le corría a lo largo del hocico y un grueso lagrimón se desprendía de sus ojos enormemente abiertos. . .

El estudiante huyó, sollozando.

Al día siguiente, al atardecer, fue a ver su víctima. Estaba allí, con los ojos turbios mirando al cielo. En lo alto volaban los cóndores sin atreverse a descender al valle.

Volvió al otro. Tampoco nada; pero al olor penetrante de la carne descompuesta comenzaban a acudir los hambrientos canes de los colonos, se les veía agazapados contra los gruesos pedruscos o a la sombra de los algarrobos.

Y por los perros fue devorada la carroña, pues los cóndores, intimidados de bajar al valle, cerca del camino, se contentaban con voltear en lo alto, los ojos fijos en la hondonada.

—¿Y qué has hecho con el Zorro? —le preguntó esa tarde, la de nuestra historia, el padre, sonriendo socarronamente.

El estudiante enrojeció, reacio a la confesión.

—Me han dicho —prosiguió el caballero—que ibas a matar cóndores; ¿dónde están?

—Espérate, papá; ya verás. ¿Quieres prestarme al pongo por algunas horas? —repuso súbitamente iluminado por una idea y resuelto a conseguir por la audacia lo que con la astucia no había podido alcanzar.

—¿Para qué? Tiene que hacer.

—Quisiera que me acompañe un momento . . .

- ¿Pero adónde?

- No; ahora no te lo digo. . . Después.

—Al pongo no te lo presto. Si quieres, llévate a ése -dijo; el padre señalando a Agiali, que acababa de salir de la cocina, donde había ido a beber un trago de agua.

El mozo le llamó y entregándole su venerable escopeta se lo llevó consigo. . .

¡Sí; qué diantre! Había que salirles al encuentro. Ya que ellos no tenían el coraje de descender al valle, él iría a sus riscos y los atacaría, como hombre, junto a sus cubiles. . .

Y esgrimía con fiereza un gran cuchillo de monte, de que se había provisto el bachiller, imaginándose luchas feroces entre él y los rapaces con pico y garras de hierro.

Eran próximamente las tres de la tarde. El camino, llano en lo hondo, se levantaba en empinadísimo zigzag por los flancos riscosos de la montaña, y estaba obstruido en partes por los derrumbes que habían producido las recientes lluvias, y a medida que ganaban la altura, la masa del Illimani crecía y se achataban las de los montes arremolinados a sus plantas.

Llegaron a un punto bravío. Metíase el camino a un recodo de tierra amarilla bautizado por los indios de la región con el nombre de kellu-kelluni, y dieron frente a un cerro cortado a pico sobre el riachuelo de Collana, que corre al fondo de la cima profunda, invisible desde el camino por las rocas que sobresalen del despeñadero liso.

Cuando los cazadores llegaron a este punto comenzaron a caer de la bóveda menudas piedrecillas y un hilo de arena amarilla se deslizó con blando ruido por la pared tosca.

—¡Vizcachas, señor, vizcachas! —exclamó Agiali radiante de contento.

—¿Crees?

—Sí, señor; son vizcachas.

El estudiante y el indio levantaron los ojos y sólo tropezaron con las paredes toscas y rajadas, inclinadas sobre el camino limpio de toda huella animal.

- Espérame aquí, niño; voy a ver lo que es.

Y Agiali, andando sobre las puntas de los pies, se alejó del borde del precipicio yendo hacia el final superior de la zeta desde donde se dominaba el peñón amarillo.

El mozo quedó bajo la bóveda, los ojos levantados a la pared y en las manos la escopeta amartillada, lista a hacer fuego.

—¿Qué hay? —preguntó por señas cuando Agiali hubo llegado al final de la zeta.

Agiali levantó la mano a la altura de la cara e indicó que nada veía.

El mozo se puso en marcha; mas no bien hubo salido de debajo de la bóveda cuando un ruido sordo que hizo temblar el suelo le obligó a volver la cabeza.

Al punto nada pudo distinguir. Una densa polvareda se había alzado entre él y los objetos, pero sintió crujir el piso a la fuerza irresistible con que los peñascos rodaban precipicio abajo, hasta saltar en el vacío e ir a chocar en la pared del otro cerro, a no menos de treinta metros, para volver a rebotar al primero, contra los peñones incrustados en la pendiente y desgajarlos, para rodar todos hasta el riachuelo en medio de un ruido espantoso.

El mozo echó a correr cuesta arriba, pálido y despavorido, en alcance de su compañero, y cuando llegó junto a él, daba diente con diente, con el rostro lívido y desencajado de horror.

Agiali se había sentado en una piedra y cascaba la argamasa de su llucta, al parecer impasible, pero mudo de angustia y de sufrimiento. . .

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El Autor de la Semana © 1996-2001
Facultad de Ciencias Sociales
- Universidad de Chile
Selección y edición de Textos: Oscar E. Aguilera F.