Alcides
ArguedasSelecciónRaza de BronceVI Bravo amaneció el tiempo al siguiente día. El cielo, encresponado, mostraba hosca faz, y un viento de huracán curvó la copa de los árboles, arrojando al suelo la fruta a medio madurar, que los vallunos miraban con solicitud, por las ganancias que se prometían vendiéndola en la ciudad en meses en que la fruta de los valles es poca y fuera de sazón A mediodía se anunció la lluvia. Una lluvia torrencial, de gotas gruesas y pesadas, con gran acompañamiento de truenos, rayos y relámpagos. Se suspendió la cosecha de la uva y la peonada fue enviada a las huertas a recoger la fruta desgajada por el viento, para reblandecerla al sol antes de ser pisada en el lagar, y el trabajo, hecho de prisa y bajo la vigilancia inmediata del patrón, resultó demasiado duro para el comedido Agiali y su compañero Cachapa, que había tornado a la faena para no perder su jornal del día anterior. Cuando se recogieron, en la noche, estaban molidos. Ninguno podía levantar los brazos y un sudor copioso y caliente bañaba sus miembros. Apenas comieron. Quilco, no obstante su malestar creciente, los recibió con bromas. Parecen burros derrengados rió, viéndoles entrar con las manos en las adormecidas caderas y los rostros descompuestos. ¿Mucho trabajo? interrogó la patrona, afanándose por dar de comer a sus conejos. Los otros hicieron un gesto como de rencor y cansancio, sin responder, casi furiosos contra el enfermo. Se echaron a dormir al pie de los aleros, para resguardarse de la lluvia, que creyeron iba a caer, porque aún colgaban del cielo oscuros nubarrones y el viento no cesaba de sacudir el follaje. Se hizo la noche, y en la espesura de las sombras sólo brillaba la llama del fogón, que atizaba la hembra, para alistar la merienda del día siguiente. De pronto ladraron los perros corriendo hacia la fronda lindante con la playa y eran sus ladridos desesperados e inquietos. La dueña creyó que era un gato montés que venía a rondar las gallinas encaramadas en la rama de un viejo manzano, y armándose de una azada, salió de la cocina en dirección a la espesura, y a pocos pasos de ella, de frente a la luz del hogar, vio a un hombre que manejaba un grueso bastón y tenía en jaque a los enfurecidos canes. ¿Quién es? Oye, mamita; están bravos tus perros; has de guardar mucho dinero. La dueña reconoció al punto la voz del hilacata y comenzó a castigar a las bestias, que se perdieron entre los árboles, quejándose. ¿Qué te trae a rondar por aquí y a estas horas? Me ha enviado el patrón a ver la playa, y eso da miedo. . . ¿No oyes el ruido del río? Sí; revienta como camaretas. Está horrible. Se ha llevado los dos reparos de la toma, y cambiando de curso ha dejado en seco al más fuerte y se ha metido al pie de la viña. Si esta noche no se la lleva, puede que no se la cargue nunca. ¿Y sabe el patrón? Voy a decírselo. Estará sufriendo la huerta de Tomás. Y también la tuya. ¿De veras? Por eso he venido. No sería inútil que cosechases los árboles de la orilla, porque si se los ha de cargar el río vale más que el fruto se quede en casa. Puede que te dé algo. No se lo hizo repetir la dueña. Despertó a sus dos pequeños y llamó en su ayuda a sus huéspedes, y todos cinco se encaminaron a la playa. La noche, oscura, se hacía tenebrosa en la huerta por el espeso follaje del pomar. Nada se podía descubrir en medio de tanta negrura; pero los muchachos tenían tal potencia de visualidad, que, como los nictálopes, andaban con absoluta confianza y sin apartarse un punto de la senda ni chocar con los troncos retorcidos de los manzanos. Conforme se acercaban a la playa crecía el rumor del torrente, que chocaba contra las indefensas paredes del acantilado, carcomiendo su base y echando abajo la tierra de labor junto con los árboles cargados de fruto maduro. El piso temblaba, amenazando abrirse, y se sentía correr el aire agitado por la fuerza de la corriente. De pronto, entre el hórrido fragor del río desbordado, oyóse repicar la campana de la casa de hacienda llamando a la peonada. La huertana, oyéndola, gritó a uno de los muchachos: Si quieren, que vengan; nosotros no vamos. Y volviéndose a sus huéspedes, espantados por el fragor del río: --¡Ligero! Trepen a los árboles de la orilla y recojan cuanto puedan del fruto. Los puneños protestaron. ¡Eso sí que no! En tierra, bueno, todo lo que se les pida; pero nada en los árboles y sobre el agua. Los muchachos se colgaron del cuello su aguayo y como simios subieron a los manzanos, inclinados ya sobre el rugiente abismo. A poco, entre la espesura de las tinieblas, brillaron lucecitas rojas. Eran los peones, encabezados por el patrón y el hilacata, que venían a instalar reparos sobre la corriente misma para echarla, si posible, a la opuesta orila. Los indios estaban provistos de hachas y cuerdas. Llegados al punto amenazado, el patrón dio orden de derribar todos los árboles que bordeaban la orilla del talud, pues ya que se hacía difícil guardar el terreno por lo menos que se salvasen la madera y frutos de los árboles: la fruta, para hacer aguardiente, y los troncos, para alimentar la hoguera de la falca y construir albergadas. Se pusieron a la faena los peones. Algunos ataron cuerdas en los troncos de los árboles distantes de la orilla, el cabo a su cintura, y animosos emprendieron con los árboles amenazados por el torrente. ¡Blum! Un golpe seco y rápido. Viose inclinarse un retazo del suelo y desaparecer entre el oscuro cauce del río. Tembló el piso bajo la planta de los peones y todos emprendieron atropellada carrera de recule hacia el interior de la huerta. Un grito de angustia brotó del fondo del abismo, dominando el ruido de las aguas, y alguien, al correr, tropezó con una cuerda tendida y tirante que vibraba a punto de romperse. Alguien ha caído al agua gritó el que había tropezado con ella tomándola entre las manos. El patrón, refugiado al pie de un corpulento manzano y a buena distancia del peligro, ordenó tirasen de ella. Hízose así y remontaron el cuerpo inanimado de un peón. Como no había nada a mano para volverlo en sí, tuvo que correr un indio hasta la casa patronal en busca de una botella de alcohol, árnica y suturas. ¿Y ustedes? preguntó el hilacata a los puneños, que todo lo veían con el mayor de los espantos y sin atreverse a prestar ninguna ayuda. ¡A ver, a las hachas! . . . No lo oyeron segunda vez. Al avanzar hacia el torrente de sus espantos, fingiendo obedecer, dijo Agiali a Cachapa: Corre a acaronar las bestias y yo escapo más luego. Si Quilco no puede o no quiere, que se quede. . . Algunos minutos después se habían eclipsado los sunichos. Partieron con el alba, y cual si quisieran hacerse pago por los jornales no cobrados al valluno, se pusieron a cosechar los frutos que les caían en las manos, desgajando de intento las ramas, pues bien sabían que el pomar estaba deshabitado y a merced de quien se diese el trabajo de venir a cosechar en él; lo que no sucedía nunca. Cantaban los grillos entre las piedras de camino y las luciérnagas vagaban por los árboles rayando de luz las sombras; el río decía entre la rocalla su canción de espumas, y de vez en cuando surgía el canto arrogante de algún gallo. Y era todo el ruido que se oía en el valle. Les salió el sol cuando ganaban la altura, y a la luz radiante de su lumbre vieron sus ojos el último paisaje, que; se llevaron prendido a la retina. El valle se abría a sus pies en ancha zanja ribeteada de verde, y al otro lado se escalonaban los montes jocundos y llenos de huertas y de flores en su base y cuyas cimas, desnudas, atormentadas y de colores en gama, variadísima, desde el negro hasta el rojo encendido, iban a morir todas a los pies del Illimani, cubierto hasta las faldas con su alba vestidura de nieve. Una nube parda ceñía el cuerpo de la montaña con una banda tenue, y sus picos, dorados por el sol, tenían un borde cristalino, cual si la nieve de la cumbre floreciese en diamantes o se orlase de una diadema en honor del astro alegre y fecundo. Salieron al llano de Collana, extendido en las faldas de unos cerros altos cubiertos de pajonales, y dejaron a la izquierda el poblacho, que se veía, a lo lejos, sobre una lomada. Las casas, con techos de paja, cuadradas unas y redondas las más en forma de conos, se derramaban por la vertiente en torno a la iglesia, cuyo rojo techo era la sola nota riente en esa mancha gris del caserío. Desde que los viajeros dejaron sus pagos, era la primera vez que podían abarcar con los ojos el ancho cielo sin tropezar con las líneas duras de los montes hostiles; y fue tanta su alegría, que se les ocurrió hallar cierto parecido entre su comarca y esa en que ahora estaban, con el corazón ligero de penas y sobresaltos. Ancho era el horizonte, pelado y gris el suelo, y los ojos podían extenderse por el lado del pueblo hasta tropezar con la línea del espacio. Desistieron de tocar en el poblacho. Quilco, acaso únicamente en fuerza de la ilusión, se sentía más aliviado, y como temía que le atacase el mal, que lo sabía caprichoso, con mayor fuerza, prefirió seguir viaje a la urbe, acortando así la distancia que lo separaba de su hogar. No opusieron ningún reparo los otros y aun acogieron con alegría la súplica del enfermo. Sentíanse cansados y con grandes deseos de verse en sus casas, más que por ellos mismos por sus bestias. Casi todas llevaban desollados y purulentos los lomos: caminaban con pereza y doblándose cada vez que al subir o bajar esos escarpados senderos les oprimía el lomo la carga. Arribaron a la ciudad pasado mediodía, y como el patrón aún no había vuelto de su hacienda de los Yungas, devolvieron a la esposa el dinero sobrante de las compras, descansaron un día y al siguiente, con luz de aurora, emprendieron, felices, la última etapa del viaje. Llegaron con el crepúsculo a la hacienda e hicieron su entrada llevando sobre las espaldas la carga de dos asnos rendidos por la fatiga y empujando por la grupa a los que ya no podían más con el desarreglo que les había producido la fresca hierba de los valles. Muchos colonos, al divisarlos en la lejanía de la ruta, acudieron para recibirlos en la casa de hacienda, donde era obligación deshacerse del cargamento. Allí encontraron, de las primeras, a sus familias los viajeros. La mujer de Manuno, en espera desde hacía muchos días, fue la más empeñosa en correr a la casa patronal. En la puerta topó con Agiali, que se ocupaba en aflojar la cincha a sus bestias. ¿Y mi marido? El mozo, con pretexto de que un asno tomaba camino de la querencia, corrió a detenerlo, dejando sin respuesta a la viuda. Ella se volvió a Quilco, flaco y pálido. ¿Y mi marido? Quilco no pudo hallar una respuesta. Y púsose a temblar con todos sus miembros, apoyándose contra la pared para no dar en el suelo con los sacudimientos de la fiebre. Se ha quedado. ¿Dónde? Allá, en el valle. ¿Y por qué? No veo su mula; seguramente se cansaría. Yo le dije que no la llevara. . . ¿O ha perdido el dinero y tiene miedo de volver? Quilco permanecía silencioso, dando diente con diente. Entonces ella comenzó a gimotear, presintiendo una desgracia: ¿Está enfermo quizá? . . . ¡Ha muerto, se lo ha llevado el río!repuso brutalmente el enfermo, sin ánimos para fingir. Un alarido estridente rasgó el silencio del crepúsculo. Los perros de la casa comenzaron a ladrar con furia, irritados por la brusca irrupción del grito, y al punto respondieron los de las casas vecinas, agrupadas en torno a la de la hacienda. como pollos al regazo de la madre. Uno de los asistentes, temeroso de que se encolerizara el administrador y emprendiese a palos con los intrusos, cogió a la viuda por el brazo y se la llevó campo adelante, sin conseguir que la desolada cesase de poblar la calma del crepúsculo con sus alaridos inconsolables. . . ¿De veras? ¿Y cómo? inquirió no de los circustantes. Entonces, Quilco, a pesar de la fiebre que le devoraba, narró la escena con lujo de detalles y haciendo correr libre la fantasía. Desfiguró los hechos, rodeándolos de siniestro aparato; dijo de cosas que nunca habían pasado, con asentimiento tácito de los otros, y juró por su vida, y juraron Agiali y Cachapa, haber visto al diablo la noche de la fatal tormenta. La concurrencia quedó sumida en silencio meditativo y grave. ¡Estaba previsto! exclamó uno, solemnemente. Los demás inclinaron la cabeza y, temblando, se separaron sin decir nada, y cada uno, por distinta senda, se perdió en la borrosidad de la noche... Sólo quedó con los viajeros Tokorcunki, el hilacata, y estaba mudo, con el ceño fruncido Apareció Troche, el administrador. Acababa de comer y venía alegre fumando su cigarrillo. ¡Ah! ¿Son ustedes? Me alegro. ¿Han conseguido semillas? Sí, tata; traemos. ¿Y cuánto? Cinco cargas. ¿Y por qué cinco? Por perezosos, sin duda. No, tata; no pudimos conseguir más. ¡Quítate con eso, pillo! Seguro que en vez del grano han traído fruta para vender. Calláronse los viajeros con la confesión de la culpa. ¿Y tú qué tienes? le interrogó Troche a Quilco viéndole temblar incesantemente y sin poder tenerse en pie. Está enfermo, señorrepuso por él Tokorcunki. Son las tercianas . . . ¿Y Manuno? preguntó, queriendo desviar la conversación y evitar reproches. Ha muerto. . . Troche se echó atrás bruscamente cual si delante se le hubiese erguido una sombra acusadora. ¡Cómo! ¿Ha muerto dices? preguntó con voz opaca. Sí, señor; se lo ha llevado el río. ¿Y cómo fue? ¡Pobrecito! Agiali volvió a contar brevemente la escena, y Troche la escuchaba, alelado, sin interrumpirle. Al fulgor de su cigarrillo se le veía pálido y ceñoso. Cuando Agiali dejó de hablar, les dijo: Bueno, váyanse a dormir y vengan mañana temprano a entregar la carga . . . |
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Autor de la Semana © 1996-2001 Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de Chile Selección y edición de Textos: Oscar E. Aguilera F. |