Alcides
ArguedasSelecciónRaza de BronceLIBRO SEGUNDO EL YERMO I La noticia de la trágica muerte de Manuno cundió con pasmosa celeridad en el disperso caserío de la hacienda y de los contornos y fue recibida con sordo encono por los peones, que atribuyeron a la codicia del terrateniente y sus servidores mestizos las irreparables desgracias que sobre ellos y sus bestias se abatían, periódicamente, cada año. Ellos, los amos, por economizar unos céntimos y poner a prueba su mansedumbre urdían ardides para hacerles caer en faltas, y luego, por castigo, enviarlos a esas regiones malditas, donde atrapaban dolencias a veces incurables, sin recibir ninguna recompensa y más bien utilizando sus bestias, que a raíz de cada viaje resultaban enfermas por meses de meses y a veces definitivamente ellos... En todas las casas, de todas las bocas se elevó, en secreto, un coro de anatemas contra los criollos detentadores de esas tierras, que, por tradición, habían pertenecido a sus antepasados, y de las que fueron desposeídos, hace medio siglo, cuando sobre el país, indefenso y acobardado, pasaba la ignorante brutalidad de Melgarejo. Entonces, so pretexto de poner en manos diligentes y emprendedoras la gleba, en las suyas infecunda, arrancaron, con mendrugos o a balazos, la tierra de su poder, para distribuirla, como gaje de vileza, entre las mancebas y los paniaguados del mandón, cayendo así en su aridez de ahora, porque el brazo indígena, que por interés, codicia y sarcasmo dieron en llamar inactivo los congresales de ese año triste de 1868, resultó más pobre, más ocioso, que el de los improvisados terratenientes, que sólo tuvieron la habilidad de encontrar en el indio un producto valioso de fácil explotación y el talento de inventar nuevas cargas sin osar ningún esfuerzo de modernización, inhábiles del todo para emprender... La familia ilegítima del caudillo bárbaro fue la primera en acaparar, aunque sin provecho, extraordinarias extensiones de tierras feraces a orillas del lago, y el despojo se consumó vertiendo a torrentes la sangre de más de dos mil indios que rehuyeron aceptar los mendrugos señalados como precio de su heredad. Fueron los propios miembros de la fatal familia los encargados de poner en ejecución el decreto presidencial autorizado por el servil Congreso. El hermano de la manceba, casado con la hija legítima del presidente Melgarejo, estrenó las insignias de su generalato yendo a balear montoneras de indios armados de palos y de hondas. Entonces se improvisaron fortunas y se vieron cosas inauditas. El incendio, el robo, el estupro, la violación, el asesinato, campearon sin control en los campos de Taraco, Guaycho, Ancoraimes y Tiquina, a la vera del lago azul y de leyendas doradas. Y el frío mes de junio de 1869 fue testigo del furor bestial que a veces gasta el hombre para con otros que considera inferiores en casta y estirpe. Se cogía a los adolescentes de ambos sexos para fusilarlos en presencia de los padres, trincados como fieras, con lazos y grillos a pilares de barro o madera; los soldados infantes se hartaron con forzadas caricias de doncellas y llegaron a sentir asco por la pegajosa humedad de la sangre tibia, los de a caballo ataron a los principales indios a la cola de sus brutos, y con el trote duro de sus corceles hollaron, como otrora los guerrilleros de la independencia, pero innoblemente ahora, la grave calma de la estepa, tiñéndola de sangre, y todos se mostraron cínicamente crueles y heroicos... Así, a fuerza de sangre y lágrimas, fueron disueltas, en tres años de lucha innoble, cosa de cien comunidades indígenas, que se repartieron entre un centenar de propietarios nuevos, habiendo no pocos que llegaron a acaparar más de veinte kilómetros seguidos de tierras de pan llevar. De ese modo más de trescientos mil indígenas resultaron desposeídos de sus tierras, y muchos emigraron para nunca más volver, y otros, vencidos por la miseria, acosados por la nostalgia indomable de la heredad, resignáronse a consentir el yugo mestizo y se hicieron colonos para llegar a ser, como en adelante serían, esclavos de esclavos... Con estos procedimientos había logrado entrar en posesión de la comunidad de Kohahuyo don Manuel Pantoja, el padre del actual poseedor de la hacienda en que servían nuestros maltraídos viajeros. Asociado a un general favorito de Melgarejo, hombre de instintos feroces, cobarde, pero traidor y malo, borrachín y sucio, había asolado las regiones de Chililaya, Aigachi y Taraco, lanzando a la soldadesca iletrada contra los comunarios, que, no obstante su pavor, apercibiéronse para la defensa de sus tierras, adjudicadas a don Manuel por un alto precio nominal, pero casi de balde, porque sólo alcanzó a cubrir menos de un tercio del valor estipulado, y sus hazañas, silenciadas entonces por la prensa servil, sólo llegaron a conocerse tarde ya, cuando se hubo disipado con la muerte la sombra del soldado audaz y nuevos hombres se hicieron cargo de los destinos de la nación agonizante. Entonces apareció la figura de don Manuel en toda su fea desnudez moral. Incondicional partidario de Melgarejo, le había servido con decisión inquebrantable, primero en calidad de escribiente y luego como su secretario de Hacienda; y su labia fácil, aunque vulgar, que se desbordaba cálida y humilde en los orgiásticos banquetes servidos con cualquier motivo en palacio, le valieron la singular estima de Melgarejo, que le placía verse comparado con las más grandes figuras de la Historia por sus ministros juguetes y sus demás obedientes servidores, civiles y militares, quienes sabían que adular al amo era conseguir sus favores y, con ellos, fortuna y honores. Aduló como nadie don Manuel; fue obediente y comedido; supo ser feliz y bastante cínico en sus discursos de bacanal y sus escritos de prensa, y Melgarejo lo premió concediéndole enormes extensiones de tierras comunarias y pasando por alto su morosidad de deudor insolvente. Hizo más. Le prestó la ayuda de uno de sus generales para reducir a la obediencia a los comunarios rebeldes y castigar a aquellos que se negasen a entregar su suelo fecundado con el sudor de interminables generaciones de indios, agotados en el cultivo de esas tierras magras y frías. Y estos dos hombres, el uno alto, jetón y ventrudo, y el otro rechoncho, grueso y picado de viruelas, se entendieron a maravilla, ganando en crueldad el militar al abogado, y en beneficios el abogado al militar, porque mientras el uno entablaba apuestas por botellas de cerveza con sus oficiales para ver quién presentaba en la tarde de una cacería más cabezas de indios, el otro ponía pilares de piedra y barro a los terrenos robados, yéndose de las lindes de Huarina hasta Guaqui, a orillas del lago, de los ríos Cullucachi, Batallas, Sehuenka y Colorado, que bajan de la cordillera nevada y se pierden en la linfa azul. Tamaño latifundio, que de subsistir habría hecho de don Manuel uno de lo más poderosos hacendados de que se tenga memoria, fue reparado en parte por la Asamblea de 1871, formada a la caída de Melgarejo, que, en su ley de 21 de julio, anuló todo lo realizado por los Congresos del 68 y 69 en materia de tierras; pero, así y todo, fue lo bastante hábil para quedarse con una parte de su expoliación, mostrando títulos de apariencia legal, que parecían justificar su dominio sobre las valiosas tierras de la comunidad de Kohahuyo, deshecha por rivalidad de los mismos poseedores, y una de las más grandes y ricas en la región ribereña. Así había llegado a constituir la valiosa hacienda don Manuel Pantoja, y ahora era su hijo quien la explotaba, haciendo caer sobre los colonos, siempre descontentos, su sed inmoderada de lucro, que, con la sangre, había recibido por herencia. Isaac Pantoja era avaro y se mostraba brutal, como su padre, con el indio. El indio carecía para él de toda noción de sentimiento, y su única superioridad sobre los brutos era que podía traducir por palabras las necesidades de su organismo. No sabía ni quería establecer distinción alguna entre los servicios de la bestia y del hombre. Sólo sabía que de ambos podía servirse por igual para el uso de sus comodidades. Y así como se mostraba indiferente al trabajo de los brutos, le dejaban frío las penas de los hombres, bien que en él unos y otros no entraban casi nunca en el marco de sus preocupaciones, que se reducían a amontonar caudales y a llevar una vida de diversiones y de frivolidad mundana en la ciudad. Indolente para realizar ninguna tentativa que rompiese con la secular rutina, y menos para innovar; se contentaba con recoger cada año el producto de las cosechas y suplir con desgana los menesteres que su empleado le decía indispensables para mantener la renta de la propiedad en el pie en que la había dejado su padre. Era el administrador quien dirigía el fundo. El joven Pantoja se contentaba con visitarlo de tarde en tarde, para las cosechas o siembras, en compañía de sus amigos. Entonces, si de algo se ocupaba, era en perseguir a cuanta ave se ponía al alcance de su fusil, que no erraba pieza, y en probar el temple de sus puños en las espaldas de los peones que incurriesen en falta. Y los peones le odiaban y le temían, porque nunca supieron encontrar apoyo en él contra los abusos inauditos del bravucón exprofesamente puesto para hostilizarles. Encontraba Pantoja que en Kahohuyo había demasiados colonos y deseaba aumentar los terrenos de hacienda que, por falta de inteligente actividad descansan los siete años de rotación estilados en las grandes e incultivadas estancias del yermo. De ahí sus exigencias cada día renovadas, su impasibilidad egoísta ante las quejas de los esclavos y su tolerancia culpable y desmedida con Troche, el administrador, cholo grosero, codicioso y sensual, y al que pagaba un sueldo mezquino a trueque de permitirle carta blanca en sus manejos con los colonos. Troche supo aprovechar a maravilla la terrible concesión. Instaló en la casa de hacienda un tenducho de comestibles y licores e impuso a los indios la obligación de comprarle sus artículos, que él los vendía al triple de su valor, castigando con saña a quienes no acudían al puesto. Prefería siempre cederlos al fiado, para cobrar intereses de judaica usura y pagarse, a la postre, con las prendas retenidas en su poder, o sea, ponchos finos, raros objetos de plata vieja y quizá bestias de labor. Su casa resultó con el tiempo un almacén de telas sólidas y bellamente tejidas que él las enviaba a la ciudad, donde las vendía en muy buen precio. Y como no tardase en ver que eran grandes los beneficios del negocio, estableció un campo de tejer e hilar en uno de los espaciosos corralones de la casa patronal, y éste fue un pretexto para llamar junto a él a todas las muchachas jóvenes de la hacienda, que tornaban a sus hogares mancilladas y con el gusto del pecado en la carne. Y tuvo muchos hijos, renegados todos a vista y paciencia de la esposa, únicamente anhelosa de negociar en el tenducho, sorda a las tímidas reclamaciones que alguna vez intentaron las familias ofendidas, creyendo que al provocar un conflicto doméstico podrían moderar los arranques amatorios del Don Juan mestizo. Y todo esto, agravado sin cesar, traía en extremo disgustados a los colonos de Kohahuyo, los cuales inútilmente discurrían la manera de romper sus cadenas de esclavitud, ya que cualquier esfuerzo de liberación lo pagaban, no sólo con la pérdida de sus bienes, sino de su sangre derramada en diversas ocasiones estérilmente, cual si hubiese una suerte de confabulación oculta para mantenerlos en un estado de servidumbre o exterminarlos sin remisión y de un modo implacable. Y su conciencia sobresaltada les decía que tamaña falta de equidad se hacía indispensable enmendar por cualesquiera medios, si todavía alentaba en ellos el instinto de vivir, elemental en todos los seres... Los más de los colonos desfilaron por la casa de Agiali, unos para pedir detalles sobre los desgraciados incidentes de la excursión y otros para enterarse del contenido de su cargamento, pues se sabía que el mozo había retenido prendas a la hija de Coyllor-Zuma y esperaban el inmediato noviazgo, con su cortejo de danzas locas y abundantes libaciones que se realiza tan luego como tos parientes se enteran del suceso. Ni Coyllor-Zuma ni su hija aparecieron por casa del viajero, y esto quería decir que no miraban con desagrado las intenciones de Agiali, ya que de lo contrario habrían sido de las primeras en acudir a casa del pretendiente a recuperar la prenda cogida a la zagala. Así lo comprendió el enamorado, y se hallaba gozoso de su suerte. Se había echado de espaldas sobre la tarima (patajati), con las piernas apoyadas en la pared, tendidas a lo alto, y pensaba con dolor en sus bestias, cual si en sus propios lomos llevase las contusiones y mataduras que se habían producido en dos semanas de viaje por caminos abiertos en las atormentadas entrañas del valle. Una dulce languidez se fue apoderando de sus cansados miembros. Sentíase a gusto en su casa, con los suyos, oyendo balar en el establo a los corderos, cuyas menudas coces se percibían a través de las delgadas paredes, saboreando el acre olor del estiércol y oyendo gemir incansable el viento en los aleros de la casucha. ¡Qué bien estaba allí, después de haber visto tantas veces cara a cara la muerte! Pero en esto de la muerte pensó de pasada, porque jamás para él constituía una preocupación. Se muere en cualquier parte, de cualquier modo. Lo esencial era vivir en cómoda holganza y satisfaciendo las necesidades del cuerpo frágil; que las bestias no sufriesen nunca ningún accidente; que las cosechas le permitiesen vivir sin hambre, y que en las fiestas de común devoción hubiese mucha cosa buena de comer y beber y dinero para comprar un disfraz recamado de plata o salir airosamente en los ineludibles compromisos del alferazgo... Entró su madre, una viejecita de cara redonda y arrugada, todavía fuerte a pesar de sus cincuenta y pico de años. Se acordó de la vaca que adquiriera en la feria de Laja, días antes de partir, y la dejara a punto de tener su cría. No la había visto en el establo y un prolongado mugido le anunció su presencia. ¿Y ha parido la Choroja? preguntó con vivo interés. Ayer de mañana. ¿Hembra o macho? Hembra. Hizo un gesto de contrariedad. El habría preferido un macho para formar yunta con el ternero que ya tenía tratado con el viejo Leque, huérfano a los pocos días de nacer. Salió fuera de casa para ver la bestia. Estaba tendida junto al muro del aprisco y la cría dormitaba hecha una bola, blanco y negro, pegada a sus flancos. Acarició el testuz de la madre y dio dos palmadas sobre el lomo enflaquecido de la bestezuela, y volvió a la cocina. Sentíase de veras fatigado, con ganas sólo para dormir. Aflojóse la correa que le sujetaba el calzón, tendióse sobre la tarima, encima los gastados cueros que le servían de colchón, y cerró los ojos. En ese momento oyó: entrar a su madre. Pensó en Wata-Wara, su novia. Y con voz soñolienta, fatigada, preguntó: ¿Ha venido Coyllor-Zuma? Hacía rato que la madre esperaba la pregunta, y repuso haciendo un gesto de malicia: No ha venido... Sonrió apenas el mozo, volvióse hacia la pared y a poco roncaba apaciblemente. Tuvo pesadilla. Soñó con montañas que se desgajaban, con ríos caudalosos y de corriente tumultuosa, con barrancos de insondable sima. Y en todas partes creía ver el cadáver de Manuno, con el trágico gesto de espanto helado en el rostro. Se levantó con el alba y corrió a ver sus bestias. Los burros habían botado en la noche las caronas y mostraban enormes hinchazones en el lomo desollado y purulento. ¡Lo de siempre! Ahora los trabajos eran para él. Quedarían inutilizados por algún tiempo o tendrían que acabarlos de rematar usándolos en ese estado, sin que nadie le resarciese los perjuicios que sufriera. Meneó la cabeza con desaliento y fue a ver el ganado. Los toros, amarrados en sus estacas y tendidos en el suelo, rumiaban gravemente y en silencio; en sus pieles erizadas habíase congelado el rocío y de sus flancos se escapaba un vapor ligero y tenue; las ovejas hacían grupo en medió del corral y dormitaban pegadas unas a otras formando un solo montón. El cielo tenía un color pálido y estaba limpio de nubes. El sol comenzaba a dorar las lejanas cimas de los cerros alzados en la banda opuesta del lago, hacia cl estrecho de Tiquina. Enfrente a ese horizonte vasto y limpio, respiró Agiali con satisfacción. ¡Cómo era bella su tierra, plana, luminosa, infinita! Allí nada de cuestas, de horizontes cerrados, de precipicios, de cimas. Verdad que sus frutos no destilaban miel y aroma, ni se daban en ella el buen maíz o las sabrosas tunas; pero latía el lago, abundante en pesca y en huevos de aves marinas, y en el cielo ancho se respiraba aire fresco, sin gérmenes de malignas fiebres. Fue hasta el río, y al acercarse a uno de sus remansos levantó el vuelo una bandada de patos salvajes. Apareció el sol. Un sol claro, rutilante, pero frío. De las casitas comenzaron a elevarse columnas de humo azulado, y era tanta la serenidad del ambiente, que se alzaban rectas, para confundir en el cielo su penacho desleído. Siguió andando hasta el lago, deseoso de ver sus balsas. A lo lejos bogaban los pescadores nocturnos en dirección de la tierra, y las velas de sus balsas blanqueaban nítidas a la luz del sol. Un pescador se abrió paso entre los totorales y tomó uno de los canales, que venía a morir en el sitio mismo donde se encontraba Agiali. Buenos días nos dé Dios saludó al marino, saltando sobre el lodo de la orilla. Buenos días, Agiali. ¿Qué tal la pesca? El pescador se alzó de hombros, apenado: Mal y todos los días peor. Yo no sé adónde van ahora los peces. Por aquí ya tenemos pocos, creo que pasan el estrecho. Mira lo que he cogido en toda la noche. Con el pie empujó hacia la proa un montón de algas que había en medio de la balsa y puso al descubierto unos veinte carachis, de cabeza grande, cuerpo menudo, amarillentos. Algunos aún se estremecían con las últimas convulsiones de la agonía. ¿Nada más? Nada más y entré a media noche... Despidióse Agiali y siguió andando hasta el sitio en que tenía por costumbre dejar sus balsas. Estaban allí, atracadas a la salida de un canal. Eran nuevas y aún no habían perdido su color de paja seca. Las acarició con los ojos, y luego de probar la firmeza de las amarras, volvió a casa, donde su madre le esperaba con el yantar preparado, simple y burdo: una sopa de quinua y un poco de pescado cocido. Comió de prisa, ansioso de operar cuanto antes la primera curación en sus bestias, en lo que puso esmerosa diligencia, gastando más de dos horas en reventar las hinchazones, lavar las llagaduras, cubrirlas de orines podridos y sal... Cuando hubo concluido la ingrata faena, deshizo las chipas, desempaquetó la lata de alcohol y los abundantes comestibles de que se había provisto en la ciudad, cogió algunas manzanas de las mejores, las anudó en una de las extremidades de su chal y fuese en busca de Wata-Wara, al cerro Cusipata, donde la moza tenía por costumbre apacentar su ganado. Iba sonriente, dichoso, deteniéndose como nunca en las particularidades del paisaje, atento a los ruidos de la pampa. Todo le parecía nuevo y seductor. Al llegar a media cuesta se detuvo para mirar el caserío de la peonada agrupada en torno a la casa dé hacienda, construida en el lomo de un alto zano. Su portalón se abría mirando a lago y los muros bajos de los aijeros que la rodeaban se extendían hasta el río Colorado, que en ese punto hacía una ancha curva y luego iba a morir pausadamente en el charco. Constaba de un solo piso la casa y sus paredes enjalbegadas de blanco eran la única nota de color limpio en el yermo. Uno de sus lados, libre de habitaciones, comunicaba con los corrales, hechos a tapialera; los pesebres ocupaban el fondo, al abrigo de los vientos de la costa. Las casitas de los indios agrupábanse en torno, sin orden, unas a lo largo del muro del aprisco y otras a entrambas orillas del río. Eran chatas de puertas angostas y sin ventanas, y todas tenían un corralito de paredes bajas. Había algunas adosadas al cerro o erguidas en la ladera; y al amor de sus muros y entre las hiendas de la roca, medraban arbolillos de olivos silvestres los fuertes kishuaras, budleya de follaje oscuro por encima y casi blanco en el dorso, mostrando con el viento el contraste armonioso de sus dos colores. Se veían agitarse en los corrales las majadas de ovejas; bueyes y vacas rumiaban en el campo, junto a los corralones, atados a sus estacas de piedras; cerca de ellos había pequeñas hacinas de estiércol seco, por entre los que vagabundeaban perros y aves de corral, en amable consorcio. Agiali siguió trepando por el angosto sendero, y a medida que ganaba la cumbre, el paisaje se dilataba y aparecía el lago más ancho, más abierto. Los menudos ruidos llegaban hasta él nítidos y en toda su sonoridad: el ladrido de algún perro, el cacarear de las gallinetas en la orilla del lago, el estridente repique de los yaka-yakas, y, de cuando en cuando, dominando todos estos ruidos, el bramido de un toro en celo; pero la paz del cielo era infinita. Ya en la cuesta, volvió a detenerse el mancebo para engullir unas cuantas hojas de coca. Abrió su bolsa, y, al hacerlo, difundió gozosamente la mirada en torno del paisaje, pues traía los ojos horrorizados con el espectáculo de la montaña y sentía la necesidad de reposarlos en la sedante contemplación de un panorama familiar y plácido. La pampa, surcada en medio por el río, se alargaba hasta el fondo de la rinconada en multitud de colinas y oteros, parecidos a rebalses petrificados de la cadena de montes que en serranía áspera y rocosa se ostentaba a la derecha como una muralla, perfilando vigorosamente los contornos de su arista sobre la nevada masa de la cordillera, que quedaba detrás de esta cortina de montes, y cuyas nevadas cumbres, partiendo del Illimani, se sucedíancombas unas romas otras, rotas y agudas las más a lo largo del lago yendo a tropezar con el Illampu, gallardamente erguido en el horizonte, allá, en el lejano confín de las aguas azules y cual si de ellas surgiese. El lago brillaba a los rayos del sol temprano, terso como un cristal, roto en primer término por los cerros ásperos de la isla Ampura, que dejaban ver por entre sus huecos las islas de Pakawi, Paco, Taquiri, Sicoya, Suani, y los islotes de Cumana, Quevaya, Kachilaya Mercedes y otros cercanos al estrecho de Tiquina, a la derecha y en el fondo dando la ilusión de estar en tierra, el cerro de la isla de Sojata, erguida entre el verde de los totorales; a la izquierda, en un rincón, la isla Ampura, y, avanzando en forma de fierro de una lanza, la punta de Taraco, en la dirección de Guaqui; al frente mismo, en la azul lejanía, el estrecho de Tiquina por fin, amurallando entre la roca de sus paredes cortadas casi a pico las aguas cristalinas y puras, que en la tarde, cuando el sol crepuscular las tiñe de rojo, parecen un río de sangre irrumpiendo en el caudal fecundo del lago de las sagradas leyendas incásicas. Difundió Agiali la mirada en torno, respiró con ansias ese aire frío y puro y siguió su marcha por la meseta, hasta llegar junto al rebaño de Wata-Wara. Estaba la pastora sentada en el suelo, al abrigo de unas rocas, y se entretenía en zurcir una red de pesca. Había enganchado uno de los extremos en el dedo mayor de su pie, y los de la mano se movían ágiles con el manejo de las agujas enhebradas con hilo blanco. Buenos días, Wata-Wara saludó Agiali, risueño. La joven, sin responder directamente al saludo ni alzar la cabeza de la empeñosa labor, preguntó con acento tranquilo y como si se hubiesen separado la víspera: ¿Has traído semillas? Sí. ¿Y frutas? También. Habrá algunas para mí dijo, siempre con la cabeza inclinada a la tarea. Cogió el otro las manzanas y se las entregó. ¡Ay, qué lindas! ¡Y cómo huelen bien!dijo Wata-Wara cogiendo el presente y respirando con fruición el aroma de las frutas. Luego las enfiló en su regazo, sobre la red, y se entretuvo en hacer una imaginaria distribución, comenzando por la más gorda: Esta, para mi madre; esta otra, para Choquehuanka; ésta, para mi hermanito menor, y ésta, para mí. Y cogiendo la dedicada a su madre, hincó en ella los dientes con glotonería, haciendo crujir la lustrosa y encendida piel. Agiali la contemplaba en silencio, con codicia, y parecía placerle su voracidad. ¡Cómo hubiese querido, él también, devorarle la carita redonda y linda con sus rudas caricias de amor y de deseo! ¿De veras ha muerto Manuno? interrogó, con la boca llena y los labios humedecidos por el jugo. Al recuerdo de la desgracia se nubló el rostro del enamorado. Y púsose a contar con detalles la desgracia. ¡Pobrecito! dijo la joven con indiferencia, y calló. Y tú, ¿qué has hecho? Mi madre me dijo que fuiste a servir de mitani. La zagala suspendió su trabajo y miró por primera vez a su novio, fijamente. Sí. Me hizo llamar el mayordomo, al día siguiente mismo de tú marcha, y tuve que ir. ¿Y quedaste muchos días? Toda la semana. Te trataría mal. Hizo un gesto vago la moza, sin responder. Luego metió las manos al seno por entre la ajustada chaqueta, y sacando una bolsa menuda, nueva y tejida de mil colores, se la alargó el enamorado, casi temblando de congoja: Me ha dado esto. Tomóla Agiali y la sintió tibia. En el suave tejido dibujaban las monedas sus contornos circulares. Una gran zozobra penetró como una cuchillada en el corazón del mozo a la vista del obsequio. Jamás Troche se mostraba dadivoso con nadie y aquello era el pago de un favor... Entoncesdijo con voz alterada, tú te has quedado a dormir en la casa de hacienda... Si confesó con voz débil y lenta la pecadora. ¿Todas las noches? Todas..., pero... Agiali no la dejó disculparse. De un brinco estuvo a su lado, cogióla por los cabellos y con la diestra pósose a descargar fuertes golpes en la cabeza de la joven. Wata-Wara abandonó los hilos de la red y las manzanas y con ambas manos se cubrió el rostro humildemente, sin quejarse y con la mansedumbre de su perrillo, que ladraba con recelo, dando vueltas alrededor de la pareja por lo insólito de la escena. ¡Eso no más, Agiali; basta! imploró con voz suplicante y cuando le hubo parecido que ya estaba bien castigada su culpa. Al oír el quejido miróla fijamente un rato, y sin proferir palabra, se alejó algunos pasos, sentóse sobre una saliente roca, apoyó la cabeza en la palma de las manos y se quedó inmóvil, mudo, mirando el paisaje. La cólera le ahogaba. No por el acto, sino porque le había desobedecido yendo a dormir a la casa del pecado... La maltrecha no se movió de su sitio. Lloraba con la cabeza inclinada sobre el regazo, dulcemente, sin quejarse; lloraba de alegría, porque al conocer el enamorado su falta, no le había pedido su anillo ni la despreció como una bestia del campo, y sus golpes, pocos y casi leves, revelaban su amor y su bondad. Al verle inmóvil, le dijo: Yo no tengo la culpa, Agiali; me ha forzado... El otro, sin alzar la cabeza, repuso con voz sorda y baja: Mientes... No miento, Agiali, créeme; Dios nos escucha. El mozo se puso en pie y se aproximó a la cuitada. Eres malo, me has lastimado... dijo ésta con los ojos húmedos y frotándose las heridas del rostro. Agiali se sentó a su lado y abrió la bolsa. Contenía ocho monedas de a diez céntimos... Ya tienes para comprar cuatro gallinas o un cordero, cuando nos casemos dijo tranquilamente. No; he de reunir para comprarme un rebozo, pero no me voy a casar contigo. Me has lastimado repuso la otra con zalamería y sonriendo al través de las lágrimas. Si me hubieses obedecido, no te habrías quedado en casa del patrón y ahora estaríamos en paz arguyó el mancebo evasivamente. ¿Y lo hice acaso por mi gusto? le interrumpió la joven, gozosa al ver la tribulación del enamorado. Me puso fuerza, y si no cedo, nos arroja de la hacienda, como a otros, sin dejarnos sacar la cosecha, o cuando menos, lo manda a mi hermano al valle para que inutilice sus bestias o vaya a morirse como el Manuno. Dicen que a éste lo mandó porque no fue fácil su mujer... El reparo era justo y así lo sabía Agiali. Y repuso mansamente, con humildad: Tienes razón, pero no soy malo. La sangre me ha subido a la cabeza... Y ya no me has de pegar por eso?... Agiali frunció el ceño, pero al punto arregló el rostro. Nunca. Tú no tienes la culpa; pero a él, si pudiera, le comería el corazón... ¡Y yo también! Le odiamos, ¿verdad? Nada repuso Agiali. Con el entrecejo fruncido y el gesto duro, acariciaba la cabeza de Leke y parecía pensar en cosas lejanas. A poco se levantó para ir a su casa y contarle todo a su madre. Choquela se puso furiosa. ¿Y por qué quieres casarte todavía? le dijo. Seguro que has de tener hijo ajeno, y los hijos cuestan. Pero también ayudan. No, no; cuestan. ¡Si sabré yo, que te he tenido a ti y a los otros que se han muerto! Es que, si quiere, puede hacer como las otras: botarlo al lago o al río. Así, quién sabe. Pero es todavía muy tonta. Todo lo habla. ¿Por qué te ha contado eso, cuando bien pudo guardárselo? Tendría pena la pobre. Y como no puede decirle nada a su hermano... ¡Merece que la maten! repuso Choquela, con esa inquina de las madres pobres que viven a expensas de los solteros. A ella, no, a él... repuso con indolencia el mozo. Días después, y ya decidido a formalizar sus relaciones con la zagala, casi indiferente a las consecuencias de su pecado, le dijo a su madre: Olvida lo sucedido, como yo, y anda a ofrecer el jichi a los Coyllor. No han venido a reclamar el anillo de Wata-Wara y deben de estar esperando tu visita. Como quieras, pero has de criar hijo ajeno repuso la otra, rencorosa y suspicaz. Te digo que no. Se lo comerán los cerdos Crían muchos en su casa para que no dejen ni los huesos contestó el joven, interrumpiéndola. Se encogió de hombros Choquela, hizo un gesto de despecho y se metió en la habitación donde guardaba las ropas y demás objetos preciosos, y a poco apareció vestida con traje de fiesta, trayendo en manos el tari vistoso, guarnecido con flecos de diverso color. El mozo le echó un vistazo y le dijo: ¿Por qué no te pones tus zarcillos y tus prendedores de plata? Han de creer que los has vendido y que ya no tenemos nada. Tuvo que obedecer Choquela. El mozo le hablaba con tono imperativo, y, además, era razonable su advertencia. Los pobres siempre son desdeñados y ella debía evitar que se tuviera en mal concepto a su hijo. Fue recibida con mayores miramientos de los que se imaginara, y esto calmó su inquina contra la presunta nuera. La vieja Coyllor le salió al encuentro hasta el patio, con los brazos tendidos al tari, que Choquela presentó abierto desde los umbrales de la casa. Cogió unas cuantas hojas y se las llevó a la boca... Que sean felices y que nunca les falte ni el comer ni el vestir dijo elevando los ojos al cielo. Los mozos imitaron a su madre y también mascaron la hierba, en signo de aceptación y parentesco. Anda donde tu hermana y dile que su novio la espera ordenó Coyllor a uno de sus pequeños. Salió éste y las dos comadres se entretuvieron en organizar el porvenir de los novios. Debían pedir un terreno (sayaña), tomar la calidad de personas, y salir de la condición de agregados de familia, como es costumbre. Wata-Wara era laboriosa, económica y entendía bien el manejo de una casa. Habíase captado desde muy moza la afección del viejo Choquehuanka y recibido de él sabias lecciones de orden y prudencia. Nadie como ella para tejer pullos y frazadas o agenciarse lo necesario para el arreglo de la vida. Seguramente lo haría feliz a Agiali. Nada le faltaba por el momento, era rica en ropas lujosas y su ganado había crecido mucho desde hacía algunos años. Dineros tenía pocos, como los más. Los malos años se comieron las economías y era preciso bregar sin tregua para rehacer lo perdido. Choquela tampoco anduvo corta en alabar cumplidamente los merecimientos de su hijo. Era, de entre todos, hábil para las labores y animoso en los esfuerzos. ¿Quién como él para roturar un campo y matar los ocios recogiendo abundante pesca del lago? Envidia causaba a los demás por su actividad, tesonería y vida ordenada; y si por el momento no contaba con bienes de fortuna, ya sabría él arreglárselas para no morirse de hambre... Así, intrigándose mutuamente, pasaron casi medio día. A la caída de la tarde, Coyllor-Zuma y sus hijos se presentaron en casa de Agiali. Iban todos trajeados de fiesta y traían el chimo, es decir, otro tari lleno. Detrás seguía Wata-Wara luciendo su mejor ropa. Llevaba cubierta la cabeza con un pequeño manto (pullo) cuadrado y lleno de borlas, y andaba con actitud cohibida, gacha la cabeza, las mejillas encendidas. Agiali salió a recibirlas hasta el borde de la casa. Coyllor-Zuma abrió el tari y lo presentó al mozo. Cogió éste algunas hojas, hizo una cruz sobre la boca y se puso a mascarlas. Choquela imitó a su hijo. El patio del lar estaba limpio de basuras y cacharros. En medio se veía una pequeña mesa y, encima, una botella de licor y tres copas. Sobre los poyos se habían tendido mantas nuevas, cuyos colores gayos daban alegre aspecto a la vivienda gris. Comenzaron a beber. A la entrada del sol Agiali presentó al hermano de su novia un tambor y plantó una bandera blanca en medio del patio, junto a la mesa. El mozo salió a la vera del aprisco y rompió la dulce tranquilidad del crepúsculo batiendo el instrumento de una manera particular, primero con lentos y espaciados golpes, después más seguidos y sonoros. Tun..., tun..., tun... Tu tun, tun, tun... Tu tun, tun, tun... En las casa aledañas hubo movimiento. Los peones, ya advertidos, aparecieron tras las tapias de los corrales o en las puertas de sus viviendas. Algunos, los más curiosos, subían sobre las paredes de los corrales para ver de dónde partía el redoble. A poco contestó otro tambor de la casa más cercana a la de Agiali; después, otro de la más distante, en la opuesta orilla del río; a los pocos minutos, en cada casa, latía un timbal, y la llanura se poblaba de un enorme y desconcertante fragor de tambores agitados con la alegría de un regocijante suceso. Luego surgió, lánguido, el sollozo de una flauta; contestó otra y otra. Y todas sonaban un mismo aire, y las nuevas que surgían iban a aumentar el concierto de las demás. Comenzó el desfile de los peones. Venían en grupos de dos o más personas. Cada grupo batía su caja y soplaba en su flauta. Seguían las mujeres, vestidas con sus prendas nuevas o poco usadas, y todos llevaban aire regocijado y malicioso. Al llegar al patio, saludaban las mujeres a Wata-Wara y a los padres de los novios y se sentaban en los poyos, frente a los taris extendidos en el suelo; los hombres se destocaban, y con las manos juntas tendidas a lo alto, y armadas, la una con el sombrero y la otra con el tambor, el palillo y la flauta, avanzaban hasta medio patio, cerca la mesa, inclinaban el busto y se reunían al familiar grupo, congregado junto a las tapias del corral. Se llenó la casa. Los retardados hubieron de esparcirse en sus contornos, donde les alcanzó la primera copa, bebida; en honor de los novios, y que servía Agiali, pasándola de mano en mano. Sonaron flautas y tambores y organizóse el baile. Estrecho como era el patio para contener tanta gente, desbordaron de él los bailarines e invadieron la llanura cortada por el río. Iban en pandilla hombres y mujeres, cogidos por las manos. Agiali rompía la marcha prendido a su novia y dirigía la rueda, trazando, a su capricho, círculos y ángulos obtusos, ya a la vera del río o en torno de las casas, y parecía de lejos la pandilla una enorme culebra roja arrastrándose por el llano yermo y gris. Cerró la noche. En el cielo profundo saltaron a lucir los astros, y la culebra seguía moviéndose en la sombra, incansable, y no se oía sino el tuntunear de los tambores, el quejido lamentable y doloroso de las flautas y el grito triunfal de las doncellas: ¡Huiphala!, ¡huiphalita! De pronto, un grito unánime y regocijado resonó en la llanura quieta: " ¡Ladrón!, ¡ladrón!... " Cesaron a un punto los tambores y las flautas; se oyó chasquido de piedras y saltaron en la sombra las chispas de los guijos rotos al chocar. Agiali, cumpliendo el rito ancestral, de un jalón brusco había desprendido a su novia de la cuerda y la arrastraba tras sí, fingiendo llevarla contra su deseo, y los otros simulaban perseguirlo para libertar a la cautiva. Los gritos fueron cesando poco a poco, y el silencio cayó, letal, profundo, sobre la llanura. Sólo a lo lejos resonaba el canto triunfal del enamorado: Me llevo, me llevo, una blanca Palomita me llevo... Los novios llegaron a casa, ahora vacía y muda. Venían doloridos por las piedras que les habían alcanzado: Agiali traía la cabeza rota y la novia se quejaba de dolores en las espaldas, pero a ambos les latía el pecho de alegría. Empujó el mozo a Wata-Wara a la alcoba y se atrancó por dentro... Venas fulgía intensamente en lo alto del cielo. |
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Autor de la Semana © 1996-2001 Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de Chile Selección y edición de Textos: Oscar E. Aguilera F. |