UNIVERSIDAD DE CHILE - FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES


El Autor de la Semana


Robert Louis Stevenson

 

III

EL DOCTOR JEKYLL VIVÍA MUY DESPREOCUPADO

Quiso la buena suerte que el doctor diese quince días más tarde una de las agradables cenas con que acostumbraba obsequiar a cinco o seis íntimos, hombres, todos ellos, inteligentes y de prestigio, además de expertos catadores de los buenos vinos; y Mr. Utterson se las arregló para quedarse después de que los demás se retiraron. Esto no constituía una novedad, porque ya había ocurrido veintenas de veces. Allí donde Utterson era apreciado, los afectos que despertaba eran vivos. Los anfitriones gustaban de retener en su compañía a aquel abogado escueto de palabras, cuando ya los hombres alegres y dicharacheros tenían puesto el pie en el umbral; después del esfuerzo y desgaste producido por el pasado regocijo, les agradaba permanecer un rato en su discreta compañía, practicando la soledad, apagando la excitación de su alma en el expresivo silencio de Mr. Utterson. El doctor Jekyll no constituía una excepción de aquella regla; sentado a la vera del fuego, al otro lado de la chimenea, fornido, bien formado, sin arrugas en la cara a pesar de sus cincuenta años, con todas las señales de hombre inteligente y bondadoso, la expresión de su rostro decía a las claras que sentía por Mr. Utterson un afecto sincero y cordial.

—Hace días que deseaba hablarle, Jekyll —empezó a decir el abogado—. Es a propósito de su testamento, ¿lo recuerda?

Un observador atento quizá habría descubierto que era aquel un tema desagradable; pero el doctor lo trató alegremente, contestando :

—Mi pobre Utterson, es una desgracia para usted tener un cliente como yo. Jamás he visto pasar a un hombre tantos apuros como usted ha pasado con mi testamento, haciendo una excepción de los que le hice pasar a ese pedante de miras estrechas que se llama Lanyon con las que el llama mis herejías científicas. Sí, ya sé que es un buen hombre..., no hace falta que arrugue usted el ceño; pero no por eso deja de ser un obstinado pedante timorato, ignorante y vocinglero. Es el hombre que mayor chasco me ha dado en mi vida.

—Sabe que jamás estuve conforme con ese testamento —siguió diciendo Utterson, dejando implacablemente de lado el nuevo tema.

—¿Mi testamento? Sí, ya lo sé; ya me lo dijo usted —contestó el doctor con un poco de aspereza.

—Pues ahora se lo repito —prosiguió el abogado—. He hecho algunas averiguaciones acerca del joven Hyde.

El rostro ancho y hermoso del doctor Jekyll palideció hasta los labios y sus ojos se ensombrecieron al decir :

—No me interesa saber más. Es un asunto que habíamos convenido en no tocar.

—Lo que me han dicho es horrendo —insistió Utterson.

—En nada puede cambiar las cosas. No parece comprender mi situación —replicó el doctor, con cierta incoherencia de maneras—. Es dolorosa, Utterson; es una situación muy extraña..., muy extraña. Es uno de esos asuntos que no se arreglan discutiendo sobre ellos.

—Jekyll —dijo Utterson—, usted me conoce, le consta que soy hombre de quien se puede fiar. Confiese a mí. No me cabe la menor duda de que podré sacarle del atolladero.

—Mi buen Utterson —contestó el doctor—, su actitud es admirable, sencillamente admirable, y no encuentro palabras con que darle las gracias. Le creo plenamente; me confiaría a usted antes que a nadie en el mundo, antes que a mí mismo, si pudiera elegir; pero le aseguro que no se trata de lo que imagina; la cosa no llega a tanto; y le voy a decir una cosa con el exclusivo objeto de tranquilizar su buen corazón, agregando unas palabras que, estoy seguro, sabrá tomar en buen sentido: Utterson, se trata de un asunto privado y le suplico que lo deje estar.

Utterson, con la vista puesta en el fuego, reflexionó un poco y acabó por levantarse, diciendo:

—No me cabe duda de que tiene usted una buena razón para obrar así.

—Bien —siguió diciendo el doctor—, puesto que hemos tocado este asunto, desearía hacerle comprender una cosa. Es cierto que me intereso muchísimo por el pobre Hyde. Estoy enterado de su encuentro, me lo contó él mismo. Sospecho que se mostró rudo con usted. Pero mi interés por ese joven es grande, grandísimo y muy sincero. Deseo, Utterson, que me prometa que sabrá soportarlo y hará que adquiera sus derechos. Creo que si estuviese usted al corriente de todo, lo haría; y si me lo prometiese, me quitaría con ello un gran peso de encima.

—Me es imposible afirmar que yo pueda apreciar jamás a ese hombre —dijo el abogado.

—No le pido eso —dijo Jekyll suplicante, apoyando su mano en el brazo de Utterson—. Lo único que pido es justicia; lo único que pido es que, cuando yo falte, le ayude a él en obsequio mío.

Utterson no pudo reprimir un suspiro y exclamó:

—Así será; lo prometo.

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