UNIVERSIDAD DE CHILE - FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES


El Autor de la Semana


Robert Louis Stevenson

 

VI

EL NOTABLE INCIDENTE DEL DOCTOR LANYON

Corrieron los días, se ofrecieron miles de libras esterlinas de recompensa, porque la muerte de sir Danvers fue lamentada como una desgracia publica. Mr. Hyde se había puesto fuera del alcance de la policía como si jamás hubiese existido. Es cierto que se aireó una buena parte de su vida, que no podía ser más vergonzosa. Se publicaron relatos de la crueldad de aquel individuo, empedernido y violento al mismo tiempo; de la indignidad de sus costumbres, de las extrañas gentes con quienes se relacionaba y del odio que parecía acompañarle por todas partes, pero de sus andanzas actuales no se supo absolutamente nada.

Se había, pura y simplemente, esfumado desde el momento en que abandonó la casa del Soho en la mañana del crimen; gradualmente, a medida que pasaba el tiempo, Mr. Utterson comenzó a recobrarse de su intensa alarma y a volver paulatinamente a su antigua tranquilidad. Para su modo de pensar, la muerte de sir Danvers estaba más que compensada con la desaparición de Mr. Hyde.

Libre ya de aquella mala influencia, el doctor Jekyll inició una nueva vida. Salió de su aislamiento, reanudo el trato con sus amigos, se convirtió una vez mas en huésped y anfitrión habitual de los mismos. Si había sido siempre conocido por sus actos de caridad, no fue menor ahora la buena fama que adquirió por su fervor religioso. Llevaba una vida activa, gustaba del aire libre, hacía el bien; la expresión de su rostro era más franca y parecía como iluminada por el reflejo de un íntimo convencimiento de ser útil a los demás. El doctor vivió en paz por espacio de mas de dos meses.

El día 8 de enero, Mr. Utterson había cenado en casa del doctor con unos pocos invitados más. También Lanyon había asistido y la mirada del anfitrión iba del uno al otro, como en los buenos tiempos en que los tres eran amigos inseparables. El día 12, y después el 14, se encontró el abogado con que se le cerraban las puertas. Poole le dijo que el doctor se había aislado y que no recibía a nadie. Como Utterson se había acostumbrado durante los dos últimos meses a verse casi a diario con su amigo, no dejó de preocuparle este retorno a la soledad. La quinta noche de ocurrirle esto, Utterson había invitado a Guest a cenar con el; y la sexta se dirigió a la casa del doctor Lanyon.

Allí por lo menos no le fue negado el acceso; pero, una vez dentro, quedo dolorosamente sorprendido por el cambio que se advertía en el rostro de Lanyon. Se leía claramente en el mismo la sentencia de muerte. El hombre rubicundo estaba ahora pálido; había perdido carnes, se le veía a las claras más calvo y más envejecido; pero no fueron estos síntomas de rápida decadencia física los que llamaron la atención del abogado, sino la expresión de aquella mirada y un algo en las maneras del doctor que revelaban la existencia de un sentimiento de terror profundamente arraigado en aquella alma. Era improbable que el medico temiese morir; y, sin embargo, fue eso lo que Utterson se sintió tentado a sospechar, diciéndose para sus adentros:

«Sí, Lanyon es médico; conoce su propio estado y sabe que sus días están contados; y ese conocimiento le resulta insoportable.»

Pero cuando Utterson le habló de su mal aspecto, el doctor Lanyon le declaró con acento de gran firmeza que era hombre al agua, diciéndole:

—He recibido un choque moral y ya nunca me recobrare. Es cuestión de semanas. ¡Que le vamos a hacer! La vida me fue agradable; le tenia cariño, si, señor, me había habituado a disfrutarla. Pienso a veces que, si cada uno de nosotros supiese todo lo que hay que saber, nos marcharíamos más alegres de este mundo.

—También Jekyll se encuentra enfermo —le hizo notar Utterson—. ¿Lo ha visitado?

Al oír esta pregunta, cambió la expresión del rostro de Lanyon, alargó una mano temblorosa y exclamó en voz alta e insegura:

—Deseo no ver mas al doctor Jekyll ni oír hablar de él. He acabado por completo con esa persona y le suplico que suprima toda alusión a quien considero ya como muerto.

—¡Vaya! —exclamó Utterson y después de un largo silencio preguntó—. ¿No puedo intervenir yo? Somos los tres muy viejos amigos y ya no nos queda vida para hacer otros nuevos.

—Es inútil todo. Pregúnteselo a el mismo —contestó Lanyon.

—No quiere recibirme —dijo el abogado.

—No me sorprende —fue la respuesta de Lanyon—. Algún día, Utterson, cuando yo ya esté muerto, quizá sabrá las razones o sinrazones de esto. Ahora no puedo decírselas. Mientras tanto, si le es posible quedarse aquí y hablarme de otras cosas, hágalo, por el amor de Dios; pero si le resulta imposible dejar en paz este tema maldito, entonces, por amor de Dios, márchese, porque no puedo soportarlo.

En cuanto estuvo de vuelta en casa, Utterson se sentó y escribió a Jekyll quejándose de que lo excluyese de su trato y preguntándole la causa de su lamentable ruptura con Lanyon; al día siguiente recibió una larga respuesta que, si tenia párrafos de gran patetismo, estaba otras veces redactada de un modo oscuro y misterioso. La riña con Lanyon no tenia remedio. Escribía Jekyll:

«No censuro a nuestro viejo amigo, pero comparto su opinión de que nunca mas debemos encontrarnos. Me propongo llevar de aquí en adelante una vida de completo aislamiento; no debe sorprenderse, ni debe dudar de mi amistad, si encuentra con frecuencia mi puerta cerrada para usted. Debe tolerar que yo siga mi lóbrego camino. He atraído sobre mí un castigo y un peligro que me es imposible nombrar. Si soy el mayor de los pecadores, soy también el que más sufre de todos. Jamás pense que hubiese en la tierra lugar de terrores y de dolores tan inhumanos; para aliviar mi destino, sólo una cosa puede hacer, Utterson, y es respetar mi silencio.»

Utterson se hallaba asombrado; había desaparecido la dañina influencia de Hyde, el doctor había reanudado sus antiguas ocupaciones y amistades; hacia una semana todo eran perspectivas sonrientes de una vejez alegre y honrosa; y de pronto, en un solo instante, se venían abajo la amistad, la paz y todo su tenor de vida. Cambio tan grande y tan súbito parecía síntoma de locura; pero, a juzgar por las maneras y por las palabras de Lanyon, la raíz debía de ser mucho más profunda.

Una semana después, el doctor Lanyon cayó en cama y, en algo menos de una quincena, estaba muerto. La noche que siguió al funeral, ceremonia que afectó tristemente a Utterson, se encerró este con llave en su despacho y, sentado a la luz melancólica de una vela, sacó y puso encima de la mesa un sobre cuya dirección estaba escrita de puño y letra de su difunto amigo, además de estar lacrado con su sello, y que rezaba de esta enfática manera: «Reservado: Para entregar en 'propias manos' y únicamente a J. G. Uttetson y, si este hubiese fallecido, para que 'sea quemado sin abrir'.»

El abogado sentía miedo de enterarse del contenido, pensando: «Hoy he enterrado a un amigo. ¿No irá este escrito a hacerme perder otro?» Pero aquel temor se le antojó deslealtad y rompió el lacre. Dentro del primer sobre había otro, lacrado también, que tenia esta inscripción: No deberá abrir se hasta la muerte o desaparición del doctor Henry Jekyll.

Utterson no daba crédito a sus ojos. Si, decía desaparición; también aquí, lo mismo que en el loco testamento, que hacia tiempo ya que había devuelto a su autor, se hacia presente la idea de una desaparición y el nombre del docto Henry Jekyll entrecomillado. Pero en el testamento era Mr. Hyde quien ocasionaba la idea de la desaparición; constaba en el escrito con una finalidad demasiado evidente y demasiado horrible. ¿Que podía significar estando escrita de puño y letra de Lanyon?

El testamentario sintió una gran curiosidad que le hizo pensar en no hacer caso de la prohibición y en zambullirse de una vez hasta lo más profundo de aquellos misterios pero el honor profesional y la fe que debía a su difunto amigo constituían deberes muy rigurosos, y el sobre durmió en el mas apartado rincón de su caja de caudales particular.

Pero una cosa es defraudar la curiosidad y otra vencerla; y no es seguro que de allí en adelante desease Utterson la compañía de su amigo superviviente con el mismo anhelo que hasta entonces. Pensaba en el con cariño, pero sus pensamientos estaban llenos de temor y de inquietud. Desde luego, fue a visitarlo, pero acaso que le negasen la entrada fue para Utterson motivo de alivio; quizá allá, en su corazón prefería hablar con Poole en el umbral, rodeado de la atmósfera y de los ruidos de la calle abierta, mejor que ser recibido en aquella casa de reclusión voluntaria y sentarse para conversar con su inescrutable preso. Las noticias que Poole tenia que comunicarle no eran, desde luego, agradables. Según ellas, ahora mas que nunca, el doctor vivía confinado en el despacho que tenia encima del laboratorio e incluso dormía a veces allí; vivía abatido, se había vuelto muy callado y ya no leía nada; se habría dicho que tenia un peso en el alma.

Como esta clase de informes eran siempre de un carácter idéntico, Utterson fue poco a poco espaciando sus visitas.

 

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