UNIVERSIDAD DE CHILE - FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES


El Autor de la Semana


Robert Louis Stevenson

 

VII

EL INCIDENTE DE LA VENTANA

Un domingo, cuando Mr. Utterson daba su paseo habitual en compañía de Mr. Enfield, dio la casualidad de que volvieran a pasar por la callejuela; al pasar por delante de la puerta, ambos paseantes se detuvieron y se quedaron mirando hacia ella. Mr. Enfield dijo:

—Se acabó por fin aquel asunto. Ya no volveremos jamás a ver a Mr. Hyde.

—Me imagino que no —dijo Mr. Utterson—. ¿Le he dicho ya que hable con el en cierta ocasión y que experimente su mismo sentimiento de repulsión?

—Era imposible verlo y no sentirlo —contestó Enfield—. A propósito ¿verdad que me tomaría por un mastuerzo al no averiguar yo que esta viene a ser la parte trasera de la casa de Mr. Jekyll? Pues culpa suya fue que lo averiguase por fin.

—¿De modo que lo averiguó por fin? —dijo Utterson— Pues, si es así, bien podemos entrar en la plazoleta y echar un vistazo a las ventanas. Para ser sincero, estoy intranquilo por el pobre Jekyll y tengo la sensación intima de que la presencia de un amigo, aunque sea fuera de la casa, pudiera serle de utilidad.

La plazoleta estaba muy fría y se hallaba algo húmeda y en pleno crepúsculo prematuro, porque allá arriba el cielo brillaba todavía con el sol poniente. De las tres ventanas, la del centro se hallaba a medio abrir; junto a ella, tomando el aire con expresión de tristeza infinita, a la manera de algún afligido presidiario, vio Utterson al doctor Jekyll y le gritó:

—¿Cómo va eso, Jekyll? Me imagino que ya estará mejor.

—Estoy triste, Utterson, estoy muy triste —repuso el doctor con voz que causaba espanto—. Ya no viviré mucho gracias a Dios.

—Vive usted demasiado tiempo encerrado —le dijo el abogado—. Debería salir para activar la circulación de la sangre, como lo hacemos Mr. Enfield y yo... Le presento a mi primo, Mr. Enfield..., Mr. Jekyll... ¡Hale!, póngase el sombrero y venga a dar un rápido paseo con nosotros.

—Es usted muy bueno —suspiró el de la ventana—. Me agradaría mucho dar ese paseo; pero no, es completamente imposible, no me atrevo. Pero de veras, Utterson, me alegro mucho de verle; constituye para mí un gran placer autentico. Yo les convidaría a usted y a Mr. Enfield a subir a mi despacho, pero la verdad es que el lugar no está como para recibir a nadie.

—Pues entonces —dijo el abogado con toda simpatía—, lo mejor que podemos hacer es quedarnos aquí y conversar con usted desde donde estamos.

—Eso es precisamente lo que iba yo a arriesgarme a proponerles —contestó sonriente el doctor

Pero no bien pronunció estas palabras cuando la sonrisa desapareció de su rostro, siendo reemplazada por una expresión de terror y desesperación tan abyectos que a los dos caballeros que había en la plazoleta se les heló la sangre en las venas. Aquello duro el tiempo de un relámpago, porque instantáneamente se cerró la ventana; pero aquella ojeada había sido suficiente y ambos caballeros salieron a la calle sin pronunciar palabra. También en silencio cruzaron la callejuela; solo cuando estuvieron en una arteria próxima, en la que había cierto movimiento incluso los domingos, se volvió por fin Mr. Utterson para mirar a su compañero. Los dos estaban pálidos y en sus ojos había como una respuesta horrorizada. Mr. Utterson exclamó:

—¡Qué Dios nos tenga de su mano! ¡Qué Dios nos tenga de su mano!

Pero Mr. Enfield solo pudo hacer un ademán afirmativo con la cabeza y siguieron paseando otra vez en silencio.

 

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