UNIVERSIDAD DE CHILE - FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES
Robert Louis Stevenson
VIII
LA ÚLTIMA NOCHE
Estaba una noche Mr. Utterson sentado junto al fuego después de cenar, cuando recibió con sorpresa la visita de Poole. Al verlo, exclamó:
—¿Cómo por aquí, Poole? ¿Qué es lo que le trae —y después de fijarse en él, agregó:— ¿Que ocurre de malo? ¿Está enfermo el doctor?
—Mr. Utterson —dijo el hombre—, las cosas no van bien.
—Siéntese y beba este vaso de vino —dijo el abogado—. Y ahora, después de que se haya sosegado, dígame sin rodeos en que puedo ayudarle.
—Ya conoce la manera de ser del doctor y como suele encerrarse sin recibir a nadie. Pues bien, otra vez vive encerrado en el despacho; y no me gusta nada lo que ocurre, no, señor. ¡Que me muera si me gusta lo que ocurre! Mr. Utterson, estoy asustado.
—¡Venga, hombre, desembúchelo todo! ¿De que está asustado?
—Llevo una semana con el susto en el cuerpo y ya no puedo soportarlo mas —contestó Poole, esquivando obstinadamente la pregunta.
El aspecto del hombre confirmaba plenamente sus palabras; sus maneras habían empeorado; y fuera del primer instante, cuando dio a entender su terror, no había vuelto a mirar una sola vez al abogado a la cara. Y aun ahora seguía con el vaso de vino sobre sus rodillas, sin probarlo, y con la mirada fija en un ángulo del suelo de la habitación; volvió a repetir:
—No puedo soportarlo más.
—Poole —dijo el abogado—, veo que oculta algo importante, veo que ocurre algo grave. Haga un esfuerzo y dígamelo.
—Creo que alguien ha jugado sucio —contestó Poole con voz áspera.
—¿Que alguien ha jugado sucio? —exclamó el abogado, al que su gran temor produjo la irritación consiguiente—. ¿Que juego sucio es ese? ¿Que quiere decir?
—No me atrevo a hablar más, señor —fue la contestación del mayordomo—. ¿Quiere acompañarme y ver usted mismo lo que ocurre?
Por toda contestación, Mr. Utterson se levanto y se puso el sombrero y el gabán; pero no pudo menos de fijarse en la expresión de gran alivio del rostro del mayordomo y no fue menor su asombro al observar que dejaba intacto el vaso de vino para seguir tras él.
Era una noche desabrida, fría, de principios de marzo; la luna estaba de espaldas en el firmamento, como si el viento la hubiese basculado, y volaban celajes (8) del más diáfano tejido de linón (9). El viento hacía difícil hablar y ponía venas rojizas en la cara. Parecía además que hubiese barrido las calles de transeúntes de un modo desacostumbrado, y a Mr. Utterson le dio la impresión de que no había visto nunca tan desierta aquella parte de Londres. Era lo contrario de lo que él había deseado; nunca en su vida había experimentado de un modo tan agudo el deseo de ver y de tocar a otros seres humanos, a pesar de los esfuerzos que hacia, no lograba apartar de su pensamiento el abrumador barrunto de una calamidad.
Cuando entro en la plaza, era éste un remolino de viento y de polvo, y los delgados arbolillos del jardín azotaban con sus ramas la verja. Poole, que durante todo el camino se había mantenido uno o dos pasos delante de Mr. Utterson, se detuvo ahora en medio de la calzada y, a pesar de lo crudo de la temperatura, se quitó el sombrero y se enjugaba el sudor con un pañuelo rojo. Aunque habían caminado deprisa, no era el sudor del ejercicio físico lo que se enjugaba sino la fría humedad de la angustia que lo ahogaba; porque estaba pálido y su voz era áspera y quebrada.
—Bien, señor —dijo—, ya hemos llegado y quiera Dios que no ocurra nada malo.
—Amén —contestó el abogado.
El mayordomo entonces llamó a la puerta con mucha reserva; ésta se entreabrió, sujeta por dentro con la cadena una voz preguntó desde el interior:
—¿Eres tu, Poole?
—Soy yo; abrid —dijo Poole.
Cuando entraron en el vestíbulo, éste se hallaba brillantemente iluminado; el fuego ardía con fuerza en la chimenea y toda la servidumbre, hombres y mujeres, se apelotonaban alrededor del hogar como un rebaño de cordero. Al ver a Mr. Utterson, estalló la doncella en lloriqueos histéricos y la cocinera corrió a echarse en sus brazos, gritando:
—¡Bendito sea Dios! ¡Ya está aquí Mr. Utterson!
—Pero ¿cómo? ¿Qué es esto? —exclamó el abogado en tono de reconvención—. Esto se sale de las normas; parece increíble y es seguro que desagradaría a Mr. Jekyll.
—Están asustados —dijo Poole.
Siguió a esto un silencio tétrico, sin que nadie dejas oír la más leve protesta; únicamente la doncella se puso chillar y llorar ruidosamente.
—¡Calla la boca! —le dijo Poole, con una ferocidad de expresión en la que se delataba la alteración de sus propio nervios.
La verdad es que cuando la joven aumentó de pronto la intensidad de su llanto todos se sobresaltaron y se volvieron para mirar hacia la puerta interior con rostros en que se pintaba la expectación más temerosa. El mayordomo, encarándose con el marmitón (10), siguió diciendo:
—Tráeme una vela y pondremos manos a la obra inmediatamente.
Rogó después a Mr. Utterson que le siguiese y le condujo a través del jardín interior.
—Camine, señor, con el mayor tiento posible —le dijo—. Desearía que escuchase sin ser oído. Además, si acaso el le rogase que entre en su despacho, guárdese de hacerlo.
Este final inesperado provocó tal sacudida en los nervios de Mr. Utterson, que estuvo a punto de perder la serenidad; pero concentro todo su valor y entro detrás del mayordomo en el laboratorio cruzando por entre los canastos y las botellas hasta el pie de la escalera que conducía al despacho. Una vez allí, Poole le indico que permaneciese a un lado y que escuchase; mientras él, dejando la vela en el suelo y haciendo un claro llamamiento a su fuerza de voluntad, subía las escaleras y golpeaba con mano insegura la puerta, revestida de bayeta roja, del despacho.
—Señor, Mr. Uttetson está aquí y desea verle —dijo y, mientras hablaba, indico por señas aún más expresivas al abogado que prestase atención.
Una voz contesto desde dentro:
—Dígale que no puedo ver a nadie.
El tono de la voz era quejumbroso.
—Gracias, señor —dijo Poole y su voz tenia vibraciones de triunfo, tomó la vela que había puesto en el suelo y condujo a Mr. Uttetson, a través del patio, hasta la cocina principal, en la que el fuego estaba apagado y unos pequeños insectos negros saltaban por el suelo.
—Señor —dijo, mirando fijamente a los ojos a Mr. Uttetson—, ¿era ésa la voz de mi amo?
—Muy cambiada parece —contestó el abogado, muy pálido, pero sosteniendo la mirada de Poole.
—¿Cambiada? Quizá —dijo el mayordomo—. ¿Llevo yo o no llevo veinte años en la casa de este hombre para que pueda equivocarme respecto a su voz? No, señor, han acabado con el amo; acabaron con él hace ocho días, cuando le oí gritar: «¡Por amor de Dios!» Y ¿quien es el que está ahí dentro haciéndose pasar por él y por que permanece donde esta? Son cosas que claman al cielo, Mr. Uttetson.
—Ésa es una historia por demás extraña, Poole; es una historia desatinada, hombre de Dios —exclamó Mr. Utterson mordiéndose el dedo—. Demos por sentado que sea lo que usted supone, porque lo que supone es que el doctor Jekyll ha sido... asesinado. ¿Como se compagina eso con la permanencia del asesino? Es una suposición que no se sostiene y que rechaza la razón.
—Mr. Utterson, es usted hombre difícil de convencer, pero lo lograré —dijo Poole—. Durante toda la semana última —es preciso que se lo diga—, él o lo que vive ahí dentro del despacho, sea lo que sea, ha estado pidiendo noche y día yo no se que especie de medicina y no se satisface con las que le traen. En ocasiones adopta la costumbre del amo, es decir, escribe una orden y echa el papel a la escalera. Durante toda la semana no nos ha devuelto nada no hemos visto más que papeles y la puerta cerrada, y hasta las comidas hemos tenido que dejarlas ahí para que él las metiese dentro a escondidas cuando nadie le miraba. Sí, señor; todos los días, hasta dos y tres veces, se han recibido órdenes y se han oído quejas, y yo he tenido que salir volando a todas las casas de productos farmacéuticos al por mayor que hay en Londres. Cuantas veces he traído la mercancía, otras tantas he recibido un papel ordenándome que volviese a decirles que el producto no era puro, y otro pedido para una casa diferente. Sea para lo que sea, esa droga que pide la necesita desesperadamente.
—¿Tiene a mano alguno de esos papeles? —preguntó Utterson.
Poole hurgó en su bolsillo y le entregó un papel arrugado que Utterson estudio cuidadosamente, acercándose más a la luz de la vela. Decía así:
«El doctor Jekyll presenta sus saludos a los señores Maw y les asegura que la última muestra es impura y completamente inútil para el fin que desea. El doctor J. compró el año 18... a los señores M. una cantidad algo mayor. Suplica, pues, encarecidamente, que busquen con el mayor cuidado por si quedase algún resto de aquel producto y que se lo envíen inmediatamente. No se repara en el precio. Es difícil exagerar la importancia que esto tiene para el doctor Jekyll.»
Hasta llegar a ese punto, la nota estaba escrita con serenidad; pero de pronto, la emoción del escritor había estallado en súbitas salpicaduras de tinta, agregando: «¡Por el amor de Dios! Búsquenme alguna cantidad del producto antiguo.»
—Es una nota extraña —dijo Mr. Utterson y luego preguntó con viveza—. ¿Cómo está en su poder?
—El hombre que me atendió en la casa Maw se enojó al leerla y me la tiró como quien tira un papel a la basura, señor —contesto Poole.
—¿Sabe si esta letra es, sin discusión alguna, la del doctor? —preguntó el abogado.
—Así me lo pareció —dijo el criado algo molesto; pero luego agregó, cambiando de voz—. Y ¿que importancia tiene la letra, cuando yo lo he visto a el?
—¿Que lo ha visto? —replicó Mr. Utterson—. ¿Cómo fue?
—Pues fue así —dijo Poole—: me metí de pronto en el anfiteatro (11), viniendo del jardín. Por lo visto él había salido del despacho en busca de su droga o de lo que sea; porque la puerta estaba abierta y él revolviendo entre los canastos, al extremo del laboratorio. Cuando yo entre, levantó la vista, dejó escapar algo así como un grito y salió corriendo escaleras arriba, metiéndose en el despacho. Lo vi sólo un minuto y los pelos se me pusieron tiesos como si fuesen púas. Señor, si aquel era mi amo, ¿por que llevaba la cara tapada con una máscara? Si aquel era mi amo, ¿por que dio un chillido como de rata y huyó de mi? Llevo suficientes anos sirviéndole. Además... —el hombre calló un momento y se pasó la mano por la cara.
—Todos estos son detalles muy extraños —dijo Utterson—, pero creo que empiezo a ver claro. Su amo, Poole, padece alguna de esas enfermedades que torturan y deforman a quien las sufre; de ahí proviene, a mi entender, la alteración de su voz; de ahí que lleve una máscara y evite el trato de sus amigos; de ahí su angustia por procurarse esa droga, que es la última esperanza que tiene su alma de encontrar la curación. ¡Quiera Dios que no se engañe! Ésa es mi explicación; es bastante triste, Poole, y aterra pensar en ella; pero es una cosa lógica y clara, que se compagina bien y que nos libra de toda clase de alarmas exageradas.
—Señor —dijo el mayordomo y su cara se cubrió de una palidez moteada—, aquello que yo vi no era mi amo, y esa es la pura verdad. Mi amo —y Poole miró en torno suyo y empezó a hablar cuchicheando— es un hombre alto y fornido, y lo que yo vi era un enano.
Utterson intentó protestar.
—Pero, señor —exclamo Poole—, ¿cree usted que no conozco a mi amo después de vivir con el veinte años? ¿Se imagina que no se hasta dónde llega con su cabeza en la puerta del despacho, si lo he visto en ella todas las mañanas de mi vida? No, señor, la cosa aquella enmascarada no era el doctor Jekyll y mi corazón me dice que se ha cometido un asesinato.
—Poole —dijo el abogado—, puesto que eso afirma, mi obligación es cerciorarme y salir de dudas. Por grande que sea mi deseo de no herir la susceptibilidad de su amo, por mucho que me intrigue su nota, que parece demostrar que se encuentra vivo, considero mi deber echar abajo la puerta de esa habitación.
—Muy bien, Mr. Utterson —exclamó el mayordomo.
—Ahora viene la segunda parte: ¿quién derribará la puerta? —siguió diciendo Utterson.
—¡Usted y yo, naturalmente! —fue la resuelta contestación.
—Muy bien dicho —prosiguió el abogado—; y ocurra lo que ocurra, a mi cargo corre que no pierda usted nada con ello.
—En el anfiteatro hay un hacha —dijo Poole—; y usted podría armarse con el atizador de la cocina.
El abogado echó mano a ese rudo pero pesado instrumento y lo blandió; luego alzo los ojos y dijo:
—¿Se da cuenta, Poole, de que usted y yo vamos a pasar por momentos de peligro?
—¡Desde luego que me doy cuenta! —contestó el mayordomo.
—Vale, pues, la pena que hablemos con franqueza —dijo Utterson—. Los dos pensamos cosas que no hemos dicho; ¡fuera, pues, disimulos! ¿Reconoció a la persona enmascarada?
—Vera, señor, corrió tan rápido y marchaba tan encogido que no podría jurarlo —fue la respuesta—. Pero si me pregunta: ¿era Mr. Hyde?, le diré que sí, que me parece que sí. Porque era más o menos de su misma corpulencia; porque era vivaracho como el y porque, además, ¿que otra persona podía entrar por la puerta del laboratorio? ¿Ha olvidado, señor, que cuando cometió el asesinato de sir Danvers disponía aún de la llave? Pero no es eso todo. Ignoro, Mr. Utterson, si habrá hablado alguna vez con Mr. Hyde.
—Sí —dijo el abogado—, he hablado con el en una ocasión.
—Entonces sabrá, como todos nosotros, que había algo raro en ese caballero..., algo que moldeaba a una persona....
—La verdad es que no encuentro palabras adecuadas, fuera de estas: que llegaba hasta la medula..., un no se que de escalofriante y de cortante.
—Confieso que yo experimente algo por el estilo —contestó Mr. Utterson.
—Muy bien; pues —prosiguió Poole—, cuando esa cosa enmascarada y parecida a un mono saltó de entre los productos químicos y salió disparada escaleras arriba, me corrió por toda la espina dorsal un escalofrío. Sí, Mr. Utterson, se bien que eso no constituye una prueba; he leído lo bastante para saberlo; pero uno tiene sus sentimientos..., y yo le juro sobre la Biblia que era Mr. Hyde.
—Si, le creo —dijo el abogado—. Mis temores me inclinan hacia esa misma tesis. Yo temía fundadamente, estaba seguro de que semejante relación había de traer malas consecuencias. Le creo, si; creo que el pobre Henry ha muerto y creo que su asesino sigue acechando en el despacho de la víctima, Dios sólo puede saber con que fines. Vamos, pues, a tomar venganza. Llame a Bradshaw.
El lacayo acudió al llamamiento, muy pálido y nervioso. El abogado le dijo:
—¡Ánimo, Bradshaw! Me doy cuenta de que esta incertidumbre les tiene asustados a todos, pero estamos ya decididos a terminar con ella. Poole y yo vamos a entrar por la fuerza en el despacho. Si no ha ocurrido nada, mis espaldas son lo bastante anchas para soportar todas las censuras. Por de pronto, y por si ha ocurrido alguna desgracia o algún mal hechor intenta huir por la parte trasera de la casa, usted y el muchacho irán, provistos de dos buenas estacas, a situarse a la puerta del laboratorio. Disponen de diez minutos para colocarse en su puesto.
Cuando Bradshaw se retiró, el abogado consultó su reloj y dijo:
—Y ahora, Poole, vamos nosotros a ocupar los nuestros.
Agarró el atizador y marcho delante, saliendo al patio. Los celajes se habían remansado encima de la luna y la noche estaba oscura. El viento, que solo penetraba en aquel pozo profundo que formaban los edificios circundantes, por vaharadas y corrientes, hacía bailar la luz de la vela entre sus pasos, hasta que llegaron a ponerse al abrigo del anfiteatro, donde se sentaron en silencio a esperar. Se oía alrededor el solemne zumbido de Londres; pero al lado mismo de ellos, únicamente interrumpía el silencio el ruido de unos pasos que iban y venían constantemente por el suelo del gabinete. Poole susurró:
—Tal como ahora, se pasa el día caminando; el día y la mayor parte de la noche. Sólo se interrumpe un rato cuando llega alguna nueva muestra de los almacenes farmacéuticos. ¡Una mala conciencia es el peor enemigo del sueño! ¡Si, señor, en cada paso de los que da hay sangre criminalmente derramada! Pero, vuelvo a decirlo, Mr. Utterson..., escuche con atención, ¿son ésos los pasos del doctor?
Aunque lentas, las pisadas sonaban ligeras y extrañas, llenas de elasticidad; era algo completamente distinto del paso pesado y crujiente del doctor Jekyll. Utterson suspiró:
—¿No tiene nada más que contarme?
Poole asintió con la cabeza y dijo:
—Sí; una vez le oí llorar.
—¿Llorar? ¿Cómo fue? —preguntó el abogado, sintiendo un súbito escalofrío de terror.
—Lloraba igual que una mujer o un alma en pena —dijo el mayordomo—. Me dejó un peso tal en el corazón que, cuando me retiré, estaba yo también a punto de llorar.
Habían pasado ya los diez minutos. Poole desenterró el hacha de entre un montón de paja de embalar, colocaron la vela encima de la mesa más próxima a fin de que les alumbrase durante el ataque y se fueron acercando con el aliento en suspenso al lugar en que sonaban incansables los pasos, en un constante ir y venir en medio del silencio de la noche. Utterson gritó con todas sus fuerzas:
—Jekyll, deseo verle —calló un momento, pero no obtuvo contestación—. Le advierto noblemente que se ha despertado nuestra desconfianza y debo entrevistarme con usted; y me entrevistaré —siguió diciendo—. Si no es por las buenas, será por las malas... Si no es con su consentimiento, será por la fuerza bruta.
—¡Utterson, por amor de Dios, tenga compasión de mí! —exclamó la voz.
—¡Esa no es la voz de Jekyll..., es la de Hyde! —exclamó Utterson—. ¡Vamos a echar abajo la puerta. Poole!
Poole dio impulso al hacha por encima de su hombro; el hachazo hizo retemblar el edificio y la puerta de bayeta roja sufrió una tremenda sacudida contra los goznes y la cerradura. En el interior del despacho estalló un chillido tristísimo de terror puramente animal. El hacha volvió a alzarse y otra vez los paneles de la puerta crujieron y la armazón vibró con violencia, cuatro veces más cayó el hacha, pero la madera era dura y el montaje había sido hecho por obreros excelentes; hasta el quinto hachazo no quedó arrancada la cerradura y los restos de la puerta se derrumbaron hacia el interior, cayendo sobre la alfombra.
Los sitiadores, asustados por su propio estrépito y por el silencio que siguió luego, no avanzaron, limitándose a mirar al interior. Tenían ante sus ojos el despacho iluminado por la tranquila luz de una lámpara; en la chimenea ardía entre chasquidos un buen fuego, la olla cantaba su fino estribillo, veíanse un par de cajones abiertos, sobre la mesa escritorio, ordenados cuidadosamente, muchos papeles, y mas cerca del fuego, el servicio de te dispuesto para tomarlo; a cualquiera le habría parecido la habitación mas tranquila y la más vulgar del Londres de aquella noche, a no ser por los armarios de cristal, llenos de productos químicos.
En el centro mismo de la habitación yacía el cuerpo de un hombre, dolorosamente contorsionado y palpitante aun. Se acercaron a el de puntillas, lo volvieron boca arriba y se encontraron ante la cara de Edward Hyde. Vestía ropas demasiado grandes para el, ropas que correspondían a la corpulencia del doctor; los nervios de su cara se movían aún, dando una sensación de vida, pero esta se había acabado ya por completo, por el frasco destrozado que tenia en la mano y por el fuerte olor a almendras amargas que flotaba en el aire, comprendió Utterson que tenia delante el cuerpo de un suicida.
—Hemos llegado demasiado tarde —dijo severamente—, lo mismo para salvar que para castigar. Hyde se ha marchado a rendir cuentas y ya sólo nos queda descubrir el cadáver del doctor Jekyll.
La parte mayor del edificio la ocupaban el anfiteatro, que abarcaba casi toda la planta baja y recibía luz cenital (12), y el despacho, que formaba un piso superior a un extremo de aquél y daba a la plazoleta. Un pasillo poma en comunicación el anfiteatro con la puerta que daba a la callejuela; el despacho comunicaba con aquél por un segundo tramo de escaleras. Había, además, algunas habitaciones oscuras y un espacioso sótano. Utterson y Poole examinaron una tras otra todas las habitaciones. Bastaba echar un vistazo a las habitaciones sin ventanas para ver que estaban vacías y que hacía mucho tiempo que no habían sido abiertas, a juzgar por el polvo que cayó de las puertas. El sótano estaba lleno de maderas de todas clases, la mayor parte de las cuales databan de los tiempos del cirujano que había precedido a Jekyll; pero con sólo abrir la puerta se convencieron de la inutilidad de llevar adelante el registro, porque una tupida red de telaraña les demostró que el sello que formaba en la puerta no había sido roto en muchos años. No había por parte alguna rastro de Henry Jekyll, ni vivo ni muerto.
Poole golpeó con el pie las losas del pasillo y exclamo, prestando oído atento al sonido que hacían:
—Debe de estar sepultado aquí.
—O quizá haya huido —dijo Utterson.
Y se volvió para examinar la puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, encima de una de las losas, encontraron la llave, con señales ya de oxidación.
—No parece que haya sido usada —hizo notar el abogado.
—¡Usada! —repitió Poole—. ¿No ve, señor, que esta rota? Como si alguien la hubiese pisoteado.
—Tiene razón —siguió diciendo Utterson—, y hasta el sitio de la rotura esta roñoso —ambos hombres se miraron sobresaludos—. No alcanzo a comprender, Poole.
Subieron las escaleras en silencio y en silencio procedieron a examinar más detenidamente el contenido del despacho, dirigiendo de cuando en cuando algunas miradas de espanto al cadáver. Advirtieron en una mesa señales de haberse trabajado allí en combinaciones químicas, porque había varios montoncitos de unas sales blancas en platos pequeños de cristal, como si estuviesen preparados para un experimento que la llegada de los dos hombres había impedido hacer al muerto.
—Es la misma droga que yo le he estado trayendo constantemente —dijo Poole. En el instante de decir estas palabras, la olla resopló con un ruido que les produjo sobresalto.
Esto los condujo hacia la chimenea; junto al fuego se hallaba el sillón y, a un lado y al alcance de la mano, el servicio de té, completamente a punto: hasta el azúcar había sido echado en la taza. Veíanse varios libros en un estante; otro libro estaba abierto en la mesita de té. Utterson vio con asombro que se trataba de un libro piadoso por el que Jekyll había demostrado gran estimación en varias ocasiones, pero que estaba acotado con blasfemias indignantes de puño y letra del mismo.
Continuando en su examen de la habitación, se acercaron al espejo basculante y contemplaron su luna con horror involuntario. Pero el ángulo de su inclinación solo les reflejaba el rojizo resplandor que jugueteaba en el techo, el llamear del fuego que se multiplicaba en los cristales delanteros de los armarios y sus propios rostros, pálidos y temerosos, inclinados para mirar en su luna.
—Este espejo ha debido de ver cosas extraordinarias —susurró Poole.
—Aunque lo más extraño aquí es el espejo mismo —dijo el abogado, susurrando también—. ¿Para que pudo Jekyll —al pronunciar estas palabras se detuvo, pero se sobrepuso en seguida a su debilidad-..., para que pudo Jekyll necesitarlo?
—Tiene razón, ¿para que?
Pasaron a examinar la mesa escritorio. Entre los papeles cuidadosamente distribuidos destacaba un sobre voluminoso que tenía escrito, de puño y letra del doctor, el nombre de Mr. Utterson. El abogado rompió el lacre, cayendo al suelo varios papeles que había dentro. El primero era una declaración de voluntad, redactada en los mismos términos excéntricos que la que el abogado le había devuelto seis meses antes y que debería servir de testamento en caso de muerte o de acta de donación en caso de desaparecer Jekyll; pero el abogado vio con indecible asombro que, en lugar del nombre de Edward Hyde, figuraba en el documento el de Gabriel John Utterson. Miró primero a Poole, volvió a fijar la vista en los documentos y contempló por último el cadáver del malhechor, que yacía sobre la alfombra, y dijo:
—Me siento presa del vértigo... De modo que todos estos días han estado estos documentos en su poder, no tenia motivos para sentir simpatía por mí; le habrá puesto furioso el verse desplazado; y, sin embargo, no ha destruido el documento.
Echó mano del papel siguiente, que consistía en una breve nota de puño y letra del doctor, con la fecha en el borde superior. Esto hizo exclamar al abogado
—¡Oh Poole! Hoy vivía y ha estado aquí. No es posible que el asesino haya podido hacer desaparecer el cadáver en tan poco tiempo. ¡Seguramente vive y ha huido!... Pero ¿por qué ha huido? Y ¿cómo? Y, en ese supuesto, ¿podemos aventurarnos a calificar de suicidio la muerte de este otro? Debemos andar con mucho tiento. Preveo que podríamos envolver a Mr. Jekyll en alguna terrible catástrofe.
—¿Por qué no lee lo que dice? —le preguntó Poole.
—Porque me da miedo —contestó el abogado—. ¡Quiera Dios que sea infundado!
Dicho esto, extendió el documento ante sus ojos y leyó lo que sigue:
«Mi querido Utterson: Cuando este papel llegue a sus manos, yo habré desaparecido, aunque no puedo prever en qué circunstancias porque no llega a tanto mi penetración; pero el instinto y la incalificable situación en que me encuentro me dicen que el final es inevitable e inminente. Después de leer esto, empiece por repasar el relato que el Dr. Lanyon ha debido de entregarle, según me advirtió; y, si aún desea saber más, lea la confesión de este su indigno y desdichado amigo,
Henry Jekyll»
—¿Existe, según esto, otro sobre mas? —preguntó Utterson.
—¡Aquí esta, señor! —dijo Poole y le entregó un paquete cerrado con varios lacres.
El abogado se lo metió en el bolsillo.
—No querría hablar para nada de este documento. Si su amo ha huido o esta muerto, podremos por lo menos dejar a salvo su buena reputación. Son ahora las diez; es preciso que yo regrese a mi casa y lea con tranquilidad estos documentos; sin embargo, estaré de vuelta para la medianoche y entonces avisaremos a la policía.
Salieron del edificio, cerrando tras ellos la puerta del anfiteatro. Utterson dejó de nuevo a la servidumbre reunida en el vestíbulo alrededor del fuego y regreso con paso cansado a su despacho, para leer las dos narraciones en las que se aclara el misterio.
Textos
El Autor de la Semana © 1996-2001
Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de Chile
Selección y edición de Textos: Oscar E. Aguilera F.