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Editorial - Otras voces
Una cultura, dos culturas, n culturas
(Primera Parte)







Prof. Tito Ureta.
Departamento de Biología
Facultad de Ciencias
Universidad de Chile.

Inevitablemente esta ceremonia de recepción a los nuevos alumnos del Programa de Bachillerato de nuestra Universidad de Chile, me trae a la memoria mi propio ingreso a la Universidad. Es cierto que se trata de tiempos lejanísimos, pero la excitación era, es, la misma. Es el momento en que se abren las puertas a un mundo desconocido, pero del cual ya ustedes lo han oído todo a través de sus padres, hermanos mayores, amigos. No importa, ninguna experiencia es traspasable de oreja a oreja. Toda experiencia tiene que ser vivida, aprendida y aprehendida, gozada y sufrida. Algunos de ustedes llegan a la universidad suponiendo que después de unos pocos años estarán en condiciones de ejercer alguna profesión, ojalá con retorno económico alto; otros se aprestan a obedecer los mandatos vocacionales; esos, a una mezcla de ambos; aquellos, a graduarse en carretes más entretenidos que los de la educación secundaria; muchos, sabiendo que cualquiera que sea el impulso inicial, el camino es difícil, demandante y les consumirá años importantes de sus vidas.

Les decía hace un minuto que su llegada me recuerda la mía. Era el momento en que descubría la belleza increíble de libros como La Montaña Mágica, Demián, Servidumbre Humana y El Lobo Estepario. Mi comprensión seguramente era limitadísima pero mediante esos libros tuve el goce incomparable del pensar y, quizás por ello, casi de inmediato, sentirme impetuosamente dueño del Universo, capaz de alcanzar cualquiera meta por imposible que pareciera; experimentar la petulancia infinita de que nada del conocimiento humano podía serme ajeno y que nada podía ser tan abstruso que, con un pequeño esfuerzo, no pudiese entender: geometría riemaniana, filosofía oriental, todos los idiomas del mundo, física cuántica o contrapuntos dodecafónicos. Hoy, muchos años después, entiendo que ese desenfreno adolescente provenía de la secreción abrupta de cantidades no despreciables de testosterona que, en pocas horas, convierten al tímido cervatillo en un impetuoso macho cabrío. Ahora sé, con cierto desencanto, que el conocimiento humano es ciertamente más vasto y complicado de lo que imaginó mi soberbia juvenil, pero sigo creyendo en la capacidad del humano para entender el mundo. Entonces quería saberlo todo. Hoy, me basta la belleza de cada instante.

Fue en ese primer año de universidad en que cayó en mis manos un pequeño libro de un escritor inglés llamado Carl Snowe el que contenía su conferencia Rede titulada Las Dos Culturas.* Sus primeras páginas me llenaron de asombro porque en mi juvenil ignorancia yo suponía que existía una sola cultura, La Cultura. Creía que toda persona culta era capaz de absorber todo el conocimiento humano, saber de ciencias físicas y astronomía, gozar de una pintura renacentista y a la vez capaz de analizar el arte moderno; conversar de lógica simbólica y también discurrir sobre el ritmo y la belleza del Allegretto de la Séptima Sinfonía de Beethoven. En buenas cuentas, un renacentista a la manera de Leonardo da Vinci o Pico della Mirandola. Sin embargo, Snow (físico y literato a la vez) me decía que existían dos culturas: una, la de los científicos e ingenieros, expresada en un lenguaje técnico, frío, preciso, pero que ponían los ojos en blanco cuando se les hablaba de los temas folclóricos presentes en la música de Richard Strauss o de Gustav Mahler. La otra, la de los humanistas, sensibles a la cadencia de las rimas de Shakespeare, conocedores de la obra de los filósofos, amantes de los mosaicos bizantinos, pero que no pueden recordar el enunciado de la segunda ley de la termodinámica y que, en todo caso, la consideran intrascendente para lo verdaderamente sublime, el espíritu humano.

En breves palabras, Snow pinta el abismo que en su opinión separa a humanistas y científicos. Por una parte hablan lenguajes que en el fondo son diferentes y mutuamente incomprensibles; por otra, sus intereses los llevan por senderos divergentes. No existe, según Snow, comunicación entre ambas maneras de ver el mundo, incomunicación que comienza tempranamente en la educación primaria y secundaria, en las que cada profesor según su inclinación tiende a reforzar similares inclinaciones en los jóvenes a su cargo y a lograr la especialización que lo llevará inevitablemente por uno u otro camino. La lectura me dejó perplejo. Me pregunté primero si el diagnóstico era cierto. Comencé escudriñando a mis compañeros de curso en esas eternas conversaciones en el casino o en cafés cercanos a la Facultad en donde, entonces como ahora, soñábamos con cambiar el mundo y en las que inevitablemente afloraban nuestras personalidades, nuestros defectos, y algunas cualidades. Algunos de mis compañeros pensaban que no sólo era necesario estudiar física, química, biología, matemáticas, para luego entender los ramos profesionales clínicos que vendrían y que aún no conocíamos, sino que además conocer de antropología, historia, literatura, filosofía y poesía, como única manera de entender y ayudar al humano enfermo. Las enfermedades, decíamos, no existen, sólo son etiquetas de conveniencia semántica: lo que importa son los enfermos y para ayudarlos es necesario una medicina holista. Pero otros no estaban de acuerdo y tenían ideas muy precisas y muy diferentes: no tengo tiempo para literatura, música, filosofía o poesía. Todo mi esfuerzo está dedicado a preparar la prueba de la próxima semana. Cuando me reciba podré dedicar algún tiempo a todas esas cosas hermosas pero que hoy no me ayudan a entender el trayecto abdominal del nervio neumogástrico. Otro agregaba: si alguna vez tengo que operarme de vesícula recurriré al cirujano que más sepa de anatomía biliar. Me importa un bledo si ha leído los Diálogos de Platón!

Esas consideraciones me mostraron que Snow tenía razón. La literatura científica crece en forma descomunal y anualmente se publican millones de artículos que describen experiencias científicas. Por suerte, una buena parte no merece la lectura. Pero aún así, todo científico necesita gastar muchas horas leyendo trabajos de su propia especialidad y ni siquiera puede darse el lujo de leer otros trabajos científicos en áreas alejadas. Mis compañeros que pensaban postergar para más adelante la literatura o la filosofía tienen ahora aún menos tiempo, si quieren mantenerse al día en su propia especialidad. Lo mismo ocurre con los humanistas. Circunstancias que no es del caso relatar me hacen estar en contacto con filósofos, músicos, historiadores y poetas. Claramente no se interesan lo que la Ciencia descubre. A la menor provocación matemática o química cierran sus circuitos cerebrales y dejan de escuchar. No tienen tiempo para otras disciplinas excepto la propia.

Pero hay una consideración adicional interesante que resulta del hecho de que tanto humanistas como científicos defienden y están orgullosos de su ignorancia recíproca. Para unos, sólo las humanidades pueden realmente dar respuestas a las grandes preguntas de la humanidad. Los científicos sólo pueden descubrir mecanismos que son incapaces de mostrar la esencia de las cosas. Todavía más: ensucian la belleza del pensar. Un arco iris pierde todo su encanto cuando se dice que resulta de la difracción de los rayos solares en los prismas que son las gotas de lluvia! La cultura no necesita los fríos resultados de la ciencia. Los humanistas son, en verdad, arrogantes.

Por su parte, los científicos tienden a considerar a las humanidades como adornos que es bueno tener pero que no son esenciales para los descubrimientos serios que se hacen en los laboratorios. Las humanidades nada han aportado para el espectacular avance que nos permite tener electricidad, refrigeración, viajes intercontinentales, comunicaciones, etc, etc (la lista es larga). El humano ha alcanzado en la segunda mitad del siglo 20 una calidad de vida antes desconocida y puede enorgullecerse de haber derrotado a la mortalidad infantil, a una buena parte de las enfermedades infecciosas y por lo tanto llegar hasta los 75 años y más, gracias a los descubrimientos científicos. ¿Qué han hecho los humanistas para llegar a conocer nuestro sistema planetario mediante la tecnología de los viajes espaciales? La filosofía de la Ciencia es tan importante para los científicos como la ornitología para los pájaros! El avance de la sociedad sólo se logra mediante el esfuerzo de la Ciencia. Los científicos son, en verdad, arrogantes.


* La conferencia de Snow y su librito provocaron un amplio debate y tuvieron gran resonancia. El libro ha sido traducido a muchos idiomas y aún hoy, muchos años después, puede encontrársele en las librerías.

(El Prof. Ureta continúa su exposición sobre el tema en el próximo número).










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