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Barros Arana
Recuerdos presentes de un hombre de ayer

Historiador, diplomático, académico e infatigable humanista, Diego Barros Arana entregó su vida al quehacer intelectual y al trabajo público, destacándose en el ámbito de la educación con su paso por el Instituto Nacional y la Universidad de Chile, donde fue Rector. Su extensa obra constituye un preciado patrimonio cultural que cruza la formación de muchas generaciones.

Cien años educando a varias generaciones de estudiantes, especialmente a los jóvenes de provincia, cumplió durante el mes de mayo el Internado Nacional Barros Arana (INBA).

De la centenaria vida de este establecimiento han sido protagonistas importantes y destacadas personas del quehacer nacional que, como muchos otros de la comunidad Inbana, han hecho suyos muchos de los ideales del insigne educador, historiador, político y diplomático chileno Diego Barros Arana, con cuyo nombre fue bautizado el internado con más tradición del país.

Los festejos del INBA permiten recordar aquí a este hombre esencialmente humanista cuya vida y obra cargada de grandes propósitos es también parte de nuestro presente. Barros Arana y su trascendental “Historia General de Chile”, sigue siendo hoy texto obligado de consulta para quienes desean conocer nuestro pasado. Esta obra constituye sólo una parte del fecundo trabajo realizado por este hombre de letras en Chile y el exterior. Barros Arana estudió en el Instituto Nacional, establecimiento del que fue más tarde maestro y luego rector. En ambas tareas dejó el sello de su visión filosófica al incorporar los ramos científicos y propiciar la cultura toda, entre los estudiantes, además de defender la enseñanza pública y los valores en los que descansa.

Algo que también supo la Universidad de Chile, institución que, con el correr de los años, también lo tendría como Rector. En el campo diplomático, su activa participación en las relaciones internacionales permitió que Chile conservara una relación apacible con Argentina durante la Guerra del Pacífico, aunque lo mismo le traería fuertes críticas por la pérdida de territorio.

En el campo de las letras, Barros Arana fue calificado como parco en la expresión escrita, pero absolutamente respetuoso y fiel a la verdad histórica. Para muchos es uno de los intelectuales de más hondo significado para nuestro país y el continente americano.


Formación histórica

Nacido, el 16 de agosto de 1830, en el seno de una familia de recursos, su amor por el estudio y la lectura, en especial de las obras históricas, marcó desde temprana edad su formación en esta vertiente de las ciencias sociales. La historia cuenta que el compendio del abate Juan Ignacio Molina, otras obras de Claudio Gay y la mejor biblioteca del país que su padre compró cuando falleció Miguel de la Barra, serían una parte fundamental de su “formación histórica” que es un ejemplo de su vocación personal por el estudio, ya que debido a una enfermedad no pudo concluir estos regularmente.

Su obra “Historia General de Chile”, es una de las más completas que se escribió en aquel tiempo sobre un país del continente americano. Dicho trabajo requirió de una exhaustiva investigación que no contó con los avances que facilitaran la recopilación de antecedentes u otros textos publicados de apoyo a su labor. Por ende, el proceso de acumulación de información, redacción, y publicación de la obra le demandó casi 20 años de trabajo, asunto que reflejó cabalmente su perseverancia y rigurosidad investigativa.

Así, el libro que abarca desde el descubrimiento de América hasta la Constitución de 1833, fue publicado en 16 volúmenes entre 1884 y 1902. Recientemente fue reeditado.

Otras obras del ilustre historiador son “Compendio histórico de América”; “Historia de la Guerra del Pacífico”; “Historia general de la Independencia de Chile”; y “Vida y viajes de Hernando de Magallanes”.

La constante inquietud intelectual parecía ser sinónimo de la vida de don Diego. Algo que lo hizo transitar permanentemente entre los elogios y las críticas, tal como ocurrió cuando introdujo reformas a la enseñanza del Instituto Nacional e intentó, en su afán democrático, hacer desaparecer las diferencias entre ricos y pobres, cuestión que fue vista con inquietud por los sectores aristocráticos.

En su libro “Barros Arana: formación in- telectual de una Nación”, el historiador Sergio Villalobos narra diversas modificaciones que impulsó don Diego en el régimen interno del Instituto Nacional, tales como la supresión de la misa matinal y del rezo del rosario en la noche, y el hacer que las clases de religión pasaran a ser optativas. Obviamente, más tarde sería duramente rechazado por los sectores conservadores quienes propiciaron su salida como rector del colegio institutano. Habría, sin embargo, otras oportunidades en el campo de la enseñanza para este hombre que consagró su vida al servicio público. Diego Barros Arana fue Decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile y Rector del plantel a partir de 1892. Siendo la máxima autoridad de la Casa de Estudios presentó un proyecto para reglamentar la aplicación del bachillerato, mientras que la gran creación de publicaciones y artículos científicos fue uno de los logros de la Corporación en ese período. Fue reelegido en 1897, pero el Presidente no dio curso a su nombramiento.


Su huella

Su muerte, el 4 de noviembre de 1907, significó duelo nacional. En su funeral fue recordado como un hombre de una aptitud prodigiosa para recordar, y como un polemista terrible que actuaba con pasión, pero siempre animado por grandes objetivos. También hubo sentidas palabras que hicieron alusión a la pérdida de un humanista de gran inteligencia, que era duro en sus planteamientos, pero ecuánime ante todo.

En esa triste oportunidad el ministro de Instrucción Pública de la época, Domingo Amunátegui, se refirió al él como un hombre poseedor de dos armas invencibles: su palabra convencida y su fecunda pluma. Luego señalaría que “nunca olvidaremos la infinita bondad con que daba la mano a los jóvenes inteligentes y virtuosos que carecían de recursos”.

En la prensa, también, uno de sus ex alumnos del Instituto Nacional recordaría el principal consejo que por aquella época de maestro don Diego daba a los estudiantes: leer, siempre leer.

Tras su muerte, parte de la biblioteca y archivo del historiador fue donado a la Biblioteca Nacional. Un monumento en su memoria ubicado a un costado de este edificio, es quizás el mejor lugar escogido para honrar a este gran representante de las letras nacionales.










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