Para que nadie quede atrás
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campus Juan Gómez Millas, Beto se levantaba contento por las ma-
ñanas; estudiando lo que siempre había querido nada podía salir mal.
Su cariño por la carrera y por el campus quedó retratado en uno de
sus primeros trabajos para la clase de Redacción: “Las diferencias
entre la Escuela de Gobierno y la de Periodismo son abismales (...)
No sólo en lo que a espacios, áreas verdes, infraestructura, horarios
y administración se refiere, sino que también está el factor humano.
La gran mayoría de mis compañeros de generación son excelentes
personas y unos compañeros muy motivados. Antes de que entrá-
ramos a clases, ya muchos se conocieron desde antes vía Facebook
y eso dio pie a que se asentaran todas las amistades, lo cual me pa-
rece notable. Nunca se me habría ocurrido. Yo llegué el mismo día
lunes 22 y me tardé dos semanas en aprenderme el nombre de casi
todos, pero eso no ha evitado que me lleve bien con ellos”.
Esta visión optimista duraría un semestre, o quizás menos, antes
que todo comenzara a derrumbarse.
“A veces es mejor no ser”
El campus era una verdadera fiesta esos días. La selección chilena
de fútbol ilusionaba a todo el país con su nueva participación en
un mundial en la categoría adulta y en el ICEI la cosa no era me-
nor. En Periodismo se formaban grupos espontáneos para obser-
var la incursión mundialera, influenciados por las aspiraciones de
triunfo, la buena onda y las eventuales cervezas. Chile enfrentaba a
Suiza; era el segundo partido del seleccionado nacional tras vencer
a Honduras en un debut que exacerbó las ilusiones de una tierra
mestiza con complejo perdedor.
Fue en ese ambiente carnavalesco que el Beto llegó hasta Plaza Italia
con un grupo de compañeros a celebrar el segundo triunfo nacio-
nal. Las calles eran una fiesta, las micros, quintas de recreo y cada
esquina podía tornarse en una juerga, entre cánticos y tambores im-
provisados. Tanto así, que hasta el tímido Beto se dejaba llevar por
dicha efervescencia y tomaba las riendas de esos torrentes sanguí-
neos disparados, haciendo de jefe de barra en los troncales camino
a Baquedano, gritando los
ce-hache-i
y coreando el himno nacional.
Los gritos del Beto cesaron en cuanto la micro se aproximó a su
destino. Una de las compañeras del grupo cargaba un dolor en su
tobillo, por lo que su caminar se volvía exigente. Roberto no dudó
en acercarse y cruzar el brazo de su compañera por sobre su hom-
bro; fue un gesto que ella nunca olvidó, y que realmente lamenta
nunca haber podido agradecer.
El mundial llegó a su fin rápidamente. Chile quedó fuera en octa-
vos de final y el seleccionado español se consagró campeón con un
vistoso juego. Este quizás es uno de los momentos más curiosos de
esta historia, porque pareciera que dicha situación no puede influir
en la existencia de nadie; pero al final uno nunca sabe dónde está
el punto de inflexión. Es verdad que existen un montón de factores
que desencadenan el amargo trago que produjo la decisión de Beto,
pero según sus propias palabras el final comenzó de esta manera:
“Mis desventuras comenzaron a mediados de semestre por una sim-
ple estupidez. Esto hace esta historia más patética, pero amena, di-
vertida y fácil de leer. Desde que España ganó el mundial de fútbol
(imagínense, no puede existir un contexto más idiota), que me he
distanciado de los que antes eran mis compañeros. ¿Por qué?, pues
porque se me ocurrió decir públicamente que España ganó usando
simplemente la suerte y la especulación, restándole méritos absolu-
Roberto Casanova Valdebenito.




