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Vivir Vorazmente
Era capaz de generar redes y armar grupos de personas que antes
no se conocían (algunos de los cuales aún conservamos la cercanía
en que nos dejó). Así fue como logró que una pequeña multitud
llegara a visitarla hasta Cañete. Por un par de días nos adueñamos
del pueblo. Su mamá nos pedía que la cuidáramos. No era dif ícil
quedar perpleja con algunas de sus salidas. A ratos parecía que ha-
bitaba en una especie de universo paralelo donde no había duda de
que podía ser quien quisiera, sin pedir perdón ni permiso. El mun-
do tenía que abrirle espacio y quererla así. Y muchos la quisimos
así: genuina hasta lo impensable, leal, desprejuiciada, generosa, di-
vertida, terrible y amable.
Le gustaba el caos, soltarse y dejarse caer como fuera, donde fuera,
a la hora que fuera, sin medir consecuencias. Vivía aquí y ahora.
No la oímos arrepentirse de algo. Era de las que daban un paso al
frente a la primera provocación. Valiente y arrojada en una dimen-
sión muy Machuca.
Debimos seguirle el ritmo en el Camino del Inca, donde iba a paso
rápido pese a su escasa estatura, para alcanzar a un italiano que la
había dejado prendada. En el mismo viaje bailamos por las calles de
Puno al son del carnaval, y cómo nos reíamos. Vaya que era conta-
giosa su risa. Y apareció la sombra de la enfermedad, pero éramos
jóvenes, la muerte no existía. No era posible que algo malo pasara.
Probablemente esa sombra hizo que se revolucionara aún más
y que quisiera vivir todo lo que no había podido hasta entonces:
concebir hijos, viajar, creer en Carlos Castañeda y adentrarse por
caminos chamánicos, exprimiendo al máximo sus posibilidades.
Vivir vorazmente.
Algunos le escuchamos decir que no sería madre jamás y, más tar-
de, que la enfermedad no le permitía embarazarse, pero tal como
cantó Walt Whitman, uno de sus poetas, ella era grande, contenía
multitudes. Y quiso dejar su semilla. Aprendió platería mapuche,
trabajó con la comunidad de su pueblo natal, se instaló en un cen-
tro cultural en Cañete, donde lavaba los pañales de sus guaguas
con agua fría (porque como es de esperarse estaba en contra de los
pañales desechables).
El 2007 volvió a México, donde había concebido a su primer hijo.
Partió sola y con pocos pesos a buscar una cura con la Pachita, la
mítica chamana de la que Jodorowsky habla en Psicomagia; encon-
tró al hijo de Pachita pero al parecer éste ya cobraba prácticamente
con Mastercard. No tuvo el dinero necesario para pagar el trata-
miento, 10 mil pesos mexicanos.
Una vez de regreso en el sur de Chile, se le hizo cada vez más dif ícil
respirar. Dejó tres retoños y muchas historias y anécdotas tras su
partida con cantos mapuches.
Chica, ruda, audaz, rebelde, con una risa llena de ironía.




