Para que nadie quede atrás
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“Luego del golpe pinochetista del 11 de setiembre de 1973
–reme-
mora Chiclayo–
que nos lanzó por caminos distintos, nunca inte-
rrumpimos nuestra comunicación y siempre hubo en la distancia el
espacio y tiempo para dar curso a la encendida fe en los destinos de
Chile y la patria latinoamericana, y enviarnos mutuamente revis-
tas y reflexiones. Aun guardo sus trabajos publicados y sus mensajes
online, siempre fervorosos y anclados en la simpatía y afecto, en la
lealtad inclaudicable a nuestras creencias y los sueños que supimos
transmitirnos”,
termina.
Paty en el corazón de todos
Mi amiga Paty fue coherente en todas sus facetas. Ambas nos ne-
gamos a realizar el falso periodismo que debía efectuarse en tono
de sobreviviente al golpe. Cuando yo le conté que estaba trabajan-
do en otras cosas para ganarme la vida “sin entregarle el alma al
diablo”, ella a su vez, me dijo que estaba trabajando en una fábrica,
por lo mismo. Nos dimos muchos abrazos y nos deseamos suerte.
Esto se repitió cada vez que nos encontrábamos. En cierta oca-
sión, ya post dictadura, nos juntamos en un paradero de buses y
le dije…
“mira, ese flacuchento que se va ahí es uno de los pacientes
viviendo con VIH, con los que yo trabajo… Se está muriendo y tengo
la desgracia de haberme hecho su amiga… y por eso ahora voy a su-
frir mucho”
. La Paty me abrazó fuerte, una vez más. Ella ya estaba
enferma y yo no sabía.
Ahora me he quedado con sus abrazos y su recuerdo iluminador,
y como dice Chiclayo,
“siento que he perdido una de las luces más
potentes de mi existencia”.
Patricia Bravo, año 2005. Trabajando con las mujeres
rurales.




