DIÁLOGOS SOBRE EL ABORTO “PARIR LAS HABLAS”
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sexualidad. Al fin y al cabo, se trataba meramente de un cos-
to invisible, privado, de sus más “privadas partes”. Violencia
simbólica y material en la madriguera de los domos, en el
seno de la domesticación y lo doméstico, esa tierra de nadie.
La relación entre la gigantografía del útero reproductor es inver-
samente proporcional a la estatura de la mujer como persona cí-
vica. Pero también inversamente proporcional a las democracias
más radicales. No sólo en Chile. Basta recordar que el nazismo
le adjudicó pena de muerte. La República española lo despena-
lizó y Franco lo criminalizó. Durante la ocupación en Francia una
lavandera fue condenada a guillotina por aborto, porque para
el nazismo éste era considerado un “crimen contra el Estado”.
En Chile, se insertó el útero reproductivo en la ley antes que
se nos permitiera sufragar a las mujeres. Esto lo entendió el
MEMCH (Movimiento de Emancipación Chilena) mejor que
nadie en 1935. Las memchistas insistieron antes que nadie
hablara de biopolítica que las mujeres nos “emancipáramos
de la biología”. Por eso los estudios de género, la homoeró-
tica y los estudios
queer
, insisten: la sexualidad no es una.
Ni pura naturaleza. Ni puro discurso. Nada puro. Sexualida-
des en devenir. ¿Por qué representar como riesgo, irrespon-
sabilidad y hasta peligro el deseo productivo y la autonomía,
las energías, el goce, la “eroslución”?
Aquí y hoy, la democracia chilena en deuda. Todo se desregula
menos el sexo-cuerpo de las mujeres. Al término de las dictadu-
ras del Cono Sur, el Consejo Latinoamericano de Obispos redefi-
nió en Chiapas los derechos y puso en el centro a la Familia con
mayúsculas. El Hipermercado se anexó la maternidad obligato-
ria: fija los límites de la vida digna y de la vida indigna; crimina-
liza precisamente a partir de la miseria, fijando fronteras entre
las ciudadanías y las no-ciudadanías, entre el ser con derechos
y de aquéllas que no los detentan. ¿Es posible una comunidad
política que se oriente al goce pleno de la vida? ¿Cómo re pen-
sar posibilidades reales y concretas para las autonomías?
Reducido el Estado a su mínima expresión, enteramente irres-
ponsable en lo social y en los derechos, se les exige “respon-
sabilidad sexual” a los jóvenes, a las mujeres, a las disiden-
cias de la heterosexualidad mandatoria. Penalizado el aborto,
tenemos al Estado represivo metido dentro de las vísceras,
pura criminalización. El goce se va en moralina y la salud en
poder comprador. La cultura mercantil se obsesiona con los
genitales, con el útero y los cigotos... Y sacan sus cuentas
morales, sus cálculos, sus negocios y negociados. Imbunche
patriarcal híper mercantil. Lo que se pierde en derechos se
“gana” en sectarismo moral. “Abyecta la mujer que no es ma-
dre”, dirá el obispo. El derecho no podrá hacer carne en ella
sino para el castigo y la clandestinidad. En 25 años de demo-
cracia, la dictadura seguirá actuando al “interior” y “abajo”
de nuestros cuerpos al subordinar los derechos sexuales y
reproductivos de las mujeres al del “feto en gestación”. Des-
de lo interdicto, desde los cuerpos sexuados de las mujeres,
la Constitución del ‘81 es nuevamente el tope, la frontera, la
repulsa a los cuerpos propios, a los sujetos de derecho, a las
ciudadanías deseantes.
El aborto es hoy en Chile esa frontera mínima entre lo natural y lo cultural, entre
las catástrofes corporales y los inmensos abismos de las desigualdades, entre las
sexualidades y el derecho, pero también entre el goce y la criminalidad.




